Christopher Walken y el fenómeno del guapifeo

No sé si hay un término en español, pero si no hay lo necesitamos urgentemente: el feo-atractivo, el feomino, el sexy-feo, el guapifeo, whatever. El asunto es que hay personas que no encajan en el estereotipo de belleza (y que incluso pueden ser consideradas feas)  y que son atractivas al mismo tiempo. Ese es su encanto.

Me pasa que el guapo-guapo nunca me parece atractivo del todo. Me resulta poco interesante, como mirar una pintura de un paisaje muy correcta. Bonita, sí, ¿y? ¿Qué más? Ay, pero el hombre sexy y un poco feo…nada se le compara. No es un feo tradicional, es más bien como si tomaras esa misma pintura del paisaje y le pusieras un brochazo de pintura roja justo al medio: imposible dejar de ver el brochazo, la posibilidad, lo perfecto que podría haber sido. Tal vez es esa añoranza. Christopher Walken pertenece a este grupo selecto de sujetos “interesantes” (entre otros como Jeff Goldblum, Willem Dafoe, Adam Driver, Christoph Waltz, Sean Penn, todos sobre los que algún día escribiré de manera individual. Y no: Owen Wilson sólo tiene la nariz torcida, Steve Buscemi no alcanza a ser sexy, Christopher Meloni es sexy pero no tiene nada feo, Robert Pattinson es mino, Jack Nicholson es otra cosa, Jason Schwartzmann es guapo y Will Ferrell no es sexy pero es chistoso -otra categoría-. Pocas mujeres que no sean muñecas, creo, aparte de Tilda Swinton).

 

Volviendo a Christopher Walken: tengo dos recuerdos maravillosos de él.
1) en Annie Hall como Duane Hall, siendo el hermano más raro de la tierra.

2) en Pulp Fiction como Captain Koons, en la escena en que al personaje niño de Bruce Willis le devuelve el reloj de su papá.

No tengo argumentos, es una cosa que siento en la parte baja de la espalda. Tiene el tipo de mirada que atraviesa y al mismo tiempo que parece completamente ida. La expresión fría de un hombre que viene de vuelta. Los labios como si estuvieran a punto de dar un beso. La apariencia de un hombre que acaba de ser condenado a la cárcel o acaba de salir de ella. Un algo trastornado. Algo frágil y a la vez a punto de convertirse en otra cosa.

Y si todavía no se convence: mírelo bailar en el video de Fatboy Slim.

 

Me encantaría (no) conocerte

He estado pensando harto sobre las relaciones ficcionales de la vida real: esas personas sobre las que uno se hace una idea determinada, fantasea con ellos, desea a distancia, disfruta con la idea de ellos…pero luego los conoce y el aterrizaje forzoso no te lo quita ni una sobredosis de relajantes musculares. La pregunta es: ¿cuánto de lo que nos gusta del otro está más en nuestra cabeza que en la realidad? (Les soplo, por si no lo saben ya: MUCHO).

La brecha entre realidad/ ficción no tiene por qué ser negativa o ni siquiera neutral, el error, creo, está en pretender que una cosa responda a la expectativa de la otra. Me ha costado años entender que muchas relaciones, inluso de las de amistad, se sostienen en suposiciones de quién es la otra persona y de cómo se comportaría en determinados escenarios. El problema está cuando se hace ese salto al vacío de querer conocer o ahondar más. Pasa, en el plano sexual y en el relacional, que gente que en tu cabeza funcionaba perfecto a la hora de concretar es más bien meh. Ejemplos que se me ocurren a la rápida románticamente: el profesor de universidad guapo, el amigo canchero y el Tinderazo que por whatsapp es el sujeto de tus sueños se convierten en la realidad en el desequilibrado emocional que te hacía clases, el jote básico que siempre te tuvo ganas  y el gallo que ni-con-5-piscolas. (Amistosamente: la amiga que es la perfecta aliada el viernes por la noche es un desastre en tus vacaciones de dos semanas en Brasil, el conocido con el que la conversación livianita fluye es una lata cuando te empieza a contar de su vida personal, la amiga yunta de tu expega con la que ya no tienes ni un tema en común, etc.). La estupidez, claro, es pretender que el encuentro cumpla la expectativa: nadie es tan atractivo como lo que define tu cabeza. Nadie es tan inteligente. Nadie es tan seductor. Nadie es tan chistoso. Nadie va a estar nunca a la altura.

El gap de información que tenemos de los otros nos permite llenar el vacío con información positiva, porque querámoslo o no, somos optimistas. Dan Ariely ya lo ha comprobado: llenamos los vacíos con información que nos acomoda. Mientras menos sabemos o más genérica es la información, más la amoldamos a nuestros deseos. ¿Dice que le gusta el cine? Entonces lo lógico es que le guste el mismo tipo de películas que mí. ¿Le gusta la música en vivo? Entonces ciertamente disfrutará más del jazz que del heavy metal, o vice versa. ¿Sale con anteojos en la foto? Seguro que tiene una mirada seductora y generosa a la vez (por ningún motivo de psicópata). Las fotos no tienen olor: seguro que siempre huele bien. Y así. A la hora del encuentro o de ahondar más, la desolación: obviamente el sujeto no da el ancho. NUNCA.

Me gusta la ficción. Me gusta saber que casi todo lo que tiene que ver con el placer sexual  (y de todo el resto, en verdad) está en mi cabeza: en cómo yo me erotizo, en cómo yo fantaseo, en las cosas a las que yo decido ponerles atención. Entrar en la treintena ha implicado entender que no todo lo que fantaseo tengo que llevarlo a un plano real, que poquísimas personas pueden dar la pelea a una fantasía sin fracturas -ya, honestamente, nadie-, y que es injusto exigirlo. ¿Hay que dejar de fantasear entonces? Mi postura es la seguir fantaseando todo lo que se pueda, pero ser estratégicos a la hora de concretar, elegir con quiénes damos ese paso extra de querer descubrir quiénes son y dedicarles tiempo. Y ser sensatos: somos tridimensionales, todos olemos a algo, tenemos gestos tontos y adorables, decimos cosas que son increíblemente pelotudas y otras brillantes. Todos somos tan magníficos como fallidos (y ahí está la gracia). A la ficción pidámosle todo lo que queramos, pero vayamos a la realidad con los brazos abiertos.

Parece una flor

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Elly Smallwood es una artista canadiense que pinta retratos y desnudos. En su IG se puede ver la fina línea entre lo que ella hace y quien ella es. A ratos la línea desaparece por completo. Una buena combinación de intimidad y exposición.

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My best friend, soulmate and spirit animal, @glorialou got me the most beautiful harness.

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Me gusta tu cara

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Esta puede no ser la típica referencia sexual, pero no sé si les pasa lo mismo que a mí con lo que hace Anthony Micallef. No es que sean pinturas sexuales, pero sí hay una intensidad que me hace pensar en cuerpo, piel, carne. En movimiento y peso. En materia. Y los retratos, las caras, me obligan a recordar que enganchamos con cuerpos específicos, que cuando deseamos a un otro es un cuerpo de entre miles de millones de otros cuerpos. Ese deseo específico me parece bonito. Me conmueve. Me hace recordar a todas las personas que he deseado. Me obliga a cuestionar qué, de esa composición del rostro, o de esa distribución de masa de un cuerpo, me gustó.

El video de abajo sirve para imaginarse qué tanto volumen tienen los retratos.