Pequeñas emociones, grandes decisiones

Nos encanta creer que somos seres racionales, sensatos. En mi fantasía personal, las decisiones que tomo son reflexivas y tienen que ver con un análisis de pros y contras, con la mejor decisión posible para mí, mi entorno, la ecología y la paz mundial. En la realidad, la cosa no es tan así y unos estudios demuestran que la mayoría de las veces las decisiones que tomamos a largo plazo tienen su raíz no tanto en la razón, si no en la emoción.

Ya, pero ¿qué tipo de emoción? Seguro que si una emoción es capaz de impactar decisiones en el largo plazo, tiene que haber sido importante. No sé, un susto grande -alguien te robó la cartera y ahora decides no ir por esos barrios sola-, un mal rato -tuviste una mala experiencia en un restaurant y nunca volviste-, o incluso una alegría grande -te ganaste un premio considerable en un juego de azar y desde entonces, sigues jugando juegos de azar-. Ojalá fuese así de lineal.

Las emociones son fugaces: nos alegramos o irritamos con facilidad por tonteritas: alguien no te da la pasada en el taco, viste un meme que te causó risa, alguien fue más amable que lo que esperabas en el minimarket. Y después sigues con tu vida tomando decisiones “en frío”. ¿Cierto?

No.

Los estudios que ha hecho Dan Ariely y Eduardo Andrade en torno a la toma de decisiones exploran los efectos que las emociones a corto plazo tienen sobre las decisiones en el largo plazo. Todos podemos reaccionar impulsivamente y luego arrepentirnos de lo que hicimos -decimos que la emoción nos cegó, que estábamos “demasiado enojados”, que “no supimos reacccionar”, que “lo hicimos sin pensar”, que estábamos “demasiado calientes”-. El problema es que las reacciones que tenemos a nuestras emociones pueden determinar patrones de comportamiento completamente desvinculados.

Entonces, un ejemplo más bien positivo: un día te pasa algo que te hace sentir muy feliz y generoso (por ejemplo, tu equipo gana un partido de fútbol). Esa misma noche vas a salir con tu polola y, como estás de buen humor, decides invitarle todo y por qué no, llevarle un ramito de flores -en un acto jamás antes visto-. Un mes más tarde la emoción por el triunfo de tu equipo ya se ha desvanecido, pero de nuevo vas a salir con tu polola, y cuando recuerdas la última vez que salieron, te acuerdas de que pagaste por todo y le llevaste flores, así que decides repetir el gesto. Desde entonces, repites el ritual hasta que se convierte en costumbre. La razón de fondo del gesto original ya no está -la alegría por el triunfo en el partido-, pero tú -como todos nosotros- consideras que lo que hiciste en el pasado es una buena indicación de lo que deberías hacer en el futuro y al mismo tiempo te identificas con tus acciones pasadas (por ej., con ser un “buen pololo”). En resumen, los efectos de la emoción inicial terminan influyendo en una larga cadena de decisiones.

Lo que se activa cuando imitamos nuestra propia historia de decisiones es el proceso de autorréplica: es decir, así como imitamos a los otros o seguimos sus consejos en lo que se refiere a vestimenta o comida -es decir, confiamos en su criterio-, hacemos lo mismo con nosotros mismos. Cuando recordamos las decisiones que hemos tomado en el pasado, nos parecen racionales y en general, buenas e inteligentes porque, ¿qué tipo de idiota querría voluntariamente tomar malas deciones? (Respuesta: nadie, pero todos caemos). Además esas decisiones las tomó la persona que tenemos en más alta consideración (nosotros mismos). Asímismo, los humanos tendemos a recordar las acciones, no las emociones (es más fácil recordar dónde estabas el jueves pasado a las 8pm que qué estabas sintiendo).

Entonces, cuando elegimos actuar en base a una emoción, tomamos decisiones a corto plazo que pueden afectar nuestras decisiones a largo plazo. A esto Ariely le llama cascada emocional. Algo que marca una diferencia sustancial en términos de autorréplica para generar la cascada emocional es si la autorréplica es específica o si es general.

La autorréplica específica se centra en el recuerdo de acciones específicas realizadas en el pasado y repetidas irreflexivamente. Este tipo funciona sólo en situaciones idénticas a las pasadas.
Ej.: fui a la casa de Pepito por primera vez la vez pasada y terminamos agarrando, por lo tanto, la próxima vez que vaya a la casa de Pepito no me parecerá tan mala idea, porque ya tengo el antecedente que lo hice la última vez.

La autorréplica general consiste en tomar nuestras acciones pasadas como una guía general para el futuro y repetir el patrón. Recordamos nuestras decisiones, pero lo interpretamos como un indicador de nuestro carácter y de nuestras preferencias generales. Este tipo de autorrépica nos sirve para responder a la pregunta retórica “¿es esto algo que yo haría?”.
Ej: fui a la casa de Pepito y me lo agarré, eso significa que soy más bien liberal y relajada, por lo tanto, tal vez estoy dispuesta a hacer otras cosas de carácter sexual sin darle mucha vuelta.

Los resultados que ha encontrado Ariely es que la versión general de la autorréplica es la que juega el papel principal en nuestras vidas. Ahora bien, si no hacemos nada mientras sentimos una emoción, no tiene por qué haber efectos en el corto ni en el largo plazo. Pero si reaccionamos a una emoción y tomamos una decisión, podemos crear un patrón de decisiones que siga orientándonos por mucho rato.

***

Bueno, ¿y en el sexo? ¿En nuestras relaciones amorosas? ¿En nuestras amistades? ¿En cómo nos comportamos con la gente que recién conocemos o en cómo mantenemos relaciones con la gente que llevamos conociendo años? Yo creo que a veces tenemos la sospecha de que las decisiones a largo plazo que hemos tomado no han sido las mejores -bien en el fondo, algo hace ruido-, pero lo obviamos porque es muy fuerte darse cuenta de que somos tan susceptibles, de que tal vez hay varias cosas en nuestra vida que hemos seguido haciendo sólo porque ya las hicimos antes, influenciados por una emoción pasajera.

Me gustaría ser tan seca como para darles un ejemplo real propio, pero creo que tendría que ser supraultraconsicente de mí misma. Se me ocurren ejemplos, a la rápida, de casos probables que a cualquiera le podrían pasar:

  • Te fue mal en la pega porque te penquearon, llegaste a la casa amurrada y a tu pareja se le ocurre hacer un avance sexual, cariñosón. Lo rechazas porque estás apestada, tal vez no en la mejor de las ondas, discuten. La próxima vez que hace un avance sexual te acuerdas de que la última vez lo rechazaste y que  discutieron y de pronto la decisión màs sensata sensata es rechazarlo de nuevo. Una escalada de desencuentros es posible.
  • Te llamó una amiga para darte una buena noticia -¡están organizando al fin ese viaje de veraneo y todas pueden!-. Cuelgas el teléfono, miras a tu cita, que tienes al frente. Hasta ese momento la cita iba más o menos fome, no tienes nada en común con el tipo y es medio sobradito, de hecho, ibas a irte inventando una excusa. Ahora, sin embargo, te parece que hay que celebrar, y ya que están aquí… Se toman unos tragos de más, se dan un par de besos locos. A los dos días te llama y te invita a salir de nuevo: por qué no, si la otra vez lo pasaste bien, ¿cierto?

 

No podemos retrotraernos a todas las decisiones que hemos tomado influenciados por la emoción, pero sí podmeos cuidar que las decisiones que tomemos en el futuro sean sin la influencia de una emoción a la base -ya sea negativa o positiva-. Cuesta su resto, pero vale la pena el intento.

Refs:
Las ventajas del deseo, Dan Ariely (basado en el capítulo 10).
Lon term effects of short term emotions http://bit.ly/2gEU6oL

 

 

 

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