Cambiar tu historia

Fin de año, al fin. Quiero desearles todo lo que todos nos deseamos mutuamente: que los proyectos, que la familia, que el trabajo, que el amor, que los deseos etc., etc., se cumplan. Quiero todo eso para cada uno de ustedes, obvio.

Pero esos buenos deseos me sacan bostezos. Son medios blandos, dulzones, fáciles, complacientes.

Ok, me arrepiento: lo retiro. En verdad no me interesa tanto que se les cumplan todos los proyectos y deseos, no.

Quiero desearles la capacidad de cambiar su historia.

*

El único motivo por el que el Año Nuevo como concepto suena tan bien es porque parece el inicio de algo más, lleno de promesas de cambio.

Cuando somos chicos esa ilusión es muy sensata: comenzamos otro ciclo escolar en el que aprenderemos cosas distintas y novedosas. Nos compran útiles escolares nuevos para poder embarcarnos en esa tarea, se vienen nuevos desafíos. Crecemos un par de centímetros, nuestra ropa ya no nos queda, nuestros cuerpos se transforman. Parece casi inevitable: cambia nuestro entorno y nuestro cuerpo, por lo tanto suponemos que porque pasamos de un año a otro nosotros también debemos cambiar, ser distintos.

Cuando somos mayores la ilusión es más difícil de mantener porque dejamos de crecer hace rato, normalmente vivimos y trabajamos en el mismo lugar de un año a otro y nuestras funciones y relaciones son más o menos las mismas. Sí, cambia el año en un dígito, pero ¿qué más cambia?

*

La cosa es que la vida no sigue el ritmo del calendario, porque la vida no se subdivide en casilleritos de tiempo que obedecen a un orden superior. Sí, nos acordamos de lo que pasó el 96 y el 99, el verano del 2002 y el invierno pasado, pero es porque nosotros quisimos ordenarlo así, ¿cierto?

La vida sigue, con o sin Año Nuevo, con o sin cambio de mes, con o sin horas. El cambio, si es que sucede, está muy distante de tener algo que ver con un constructo como el tiempo, y no tiene por qué obedecerlo. Entonces, ¿con qué tiene que ver? ¿Cómo se cambia? ¿Es posible el cambio?

*

Voy responder eso en diagonal, porque no tengo una respuesta 100% clara, pero sí unas cuantas ideas.

Pensemos un poco en las nociones populares de cambio sobre nosotros mismos que manejamos. Yo identifiqué 3:

  • La gente no cambia: en el fondo, uno siempre es el mismo, todos seguimos teniendo 15 años mentales y esto de ir a trabajar y relacionarnos como adultos es lo mismo que salir a recreo en el colegio. Las mismas envidias e inseguridades que nos tironeaban de chicos nos tironean ahora, sólo que ahora tenemos plata, hablamos de política y podemos comer dulces cuando queremos.
  • La gente cambia, pero gracias a todo lo que ha vivido: puedes cambiar radicalmente, pero eres lo que eres por tu historia. La oruga que se convierte en mariposa: la mariposa no es posible sin la oruga.
  • Siempre puedes ser mejor: este es el discurso de esos posts súper positivos, cargados de buenas intenciones. Más flaca, más culta, (de apariencia) más joven, más interesante, más, más, más, ¡más!

No hay nada de malo con ninguna de esas ideas. A mí me cuesta no estar de acuerdo con las dos primeras lógicas porque me parecen superficialmente opuestas, pero ambas tienen en común la idea de un núcleo duro de cosas que nos hacen ser nosotros mismos. En la primera, la identidad; en la segunda, la historia. Ambas estás súper ligadas: la historia que tenemos tiene que ver con quiénes somos, con las decisiones que tomamos. La tercera me parece simplemente agotadora y una buena técnica de publicidad, aunque eso sólo puede ser una idea mía. (Y a veces yo creo que uno puede querer ser menos: menos wea, menos hinchabolas, menos egocéntrica, menos, menos, ¡menos! … lo que también es agotador).

Las dos primeras, entonces, se anclan en la memoria: si no hay memoria, no hay identidad ni historia. La tercera se ancla en el presente, en una medición constante proyectada a una meta (la lógica del “no ser suficiente todavía, pero algún día…”).

El único problema de la memoria es que es selectiva. Claro, hacemos como que recordamos todo, porque es aterrador darnos cuenta de cuánto olvidamos. Se supone que recordamos lo importante…pero tanto de lo recordado tiene que ver con una selección específica para contar la historia que nos queremos contar.

Aguanten esa idea.

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Una de las cosas que me preocupa es la obsesión que tenemos con la continuidad, con la coherencia. Yo lo peleo en mi cabeza todo el tiempo. Decimos que algo es “raro en Pepito” cuando nos parece que no calza con los comportamientos previos o con la historia que le conocemos. Aplicamos esa misma lógica a nosotros mismos –self-herding, como lo expliqué un par de artículos atrás-: las decisiones que hemos tomado previamente nos parecen las más consistentes y sanas porque…las tomamos previamente. Entonces seguimos tomándolas. Y seguimos siendo súper consistentes haciendo cosas que ya hemos hecho.

Les tengo una noticia que no es noticia: ser consistente es súper bueno si uno ha tomado buenas decisiones, pero es súper mala idea si uno ha tomado decisiones que le hacen ser infeliz, que son pencas o conformistas.

¿Cuántas cosas dejamos de hacer porque no calzan en lo que somos / debemos ser? ¿Cuántas historias posibles se nos pierden?

*

¿Qué pasa si en vez de contarnos la misma historia sobre nosotros mismos decidimos contarnos una historia diferente?

No significa olvidarse de quiénes somos -la memoria sigue ahí y ojo, habrá gente muy muy interesada en recordarnos quiénes fuimos, cómo éramos, cómo hemos cambiado-, sino, más bien, en entender que lo que somos es un cuento.

Un cuento: un armado, un relato acondicionado con anécdotas que refuerzan específicamente ciertas cosas que quiénes somos y qué queremos.

Uy, tanta libertad si nos hacemos cargo de eso. Tantas posibilidades. Si lo que somos es un cuento, entonces ¿qué cuento queremos empezar a contarle al mundo de nosotros mismos ahora? ¿Qué versión? ¿Cómo nos armamos como personajes? ¿Qué historias queremos vivir? ¿Qué opciones decidimos tomar?

Como toda historia, hay límites que tienen que ver con la capacidad del autor: no podemos tener TODAS las historias del mundo a disposición, porque no somos autores omnipotentes, no tenemos todos los talentos posibles, pero sí podemos disponer de las historias para las que nos da el cuero, que podemos tolerar, que están a nuestro alcance.

Cuando estoy en una situación que me interesa o me preocupa hago el ejercico de preguntarme: de este momento, ¿cuáles son las historias posibles? ¿Cuáles son los universos paralelos que se bifurcan según el camino que tome? ¿Cuál de esas historias me gusta más?

*

Para este año que se viene, para mañana, para un par de horas más, para el siguiente minuto, tal vez en vez de pensar en la lógica cíclica del tiempo, en la coherencia, en el paso a paso, en el cierre de capítulo para continuar otro (que es, en el fondo, parte del mismo libro), ¿por qué no empezar a hacernos cargo de qué historia queremos contar ahora sobre nosotros mismos? Adiós capítulo, adiós caminito con migajas de pan, adiós “ella/él siempre ha sido”.

Bienvenidas las oportunidades
bienvenidas las nuevas experiencias
bienvenidas las nuevas personas
bienvenidas las cosas que queremos seguir haciendo porque las disfrutamos de verdad
bienvenido a “me cansé de aguantar”
bienvenida a “se acabó la buena ondi”
bienvenida a “en verdad soy cero femme fatale /macho alfa”
bienvenida a “waaa ¡nunca me había puesto un disfraz!”
bienvenida a “¿sabís qué? prefiero con la luz prendida”
bienvenida a “llevo 5 años trotando, pero ¡me carga!”
bienvenida a “no necesito comer 7 veces al día”
bienvenida a “ok, voy a empezar a tomar desayuno”
bienvenida a “me carga ser la que organiza todo”
bienvenida a “¿por qué tontera estábamos peleados?”
bienvenida a “ya no quiero estar contigo”
bienvenida a “la cagó cómo me gustas”.

Bienvenida a la historia que queremos empezar a contarnos de nosotros mismos.

Enamoramiento: la montaña rusa emocional

La mayoría de nosotros sabe cómo se siente: de pronto una persona que no era nadie se convierte en el foco de tu vida. Te cuesta dormir, fantaseas situaciones improbables con ella, a la mención de su nombre o de algo que se le relacione te sientes más alerta. Es como si esa persona te hubiese agarrado el corazón (y algo más) y decidido no soltarlo hasta nuevo aviso. Uno sufre pensando en que nunca se concretará o que se arruinará demasiado pronto, y se vive una intensidad tan eufórica que pareciera que uno es meramente el resto descerebrado de su antiguo yo. Se le puede llamar “enamoramiento” o “encaprichamiento” o “atracción”, o, como muy acertadamente me comentó una amiga ayer “¡es que me tiene babosa!”.

*

En los setenta Dorothy Tennov se dedicó a estudiar la sensación del amor romántico tomando testimonios de personas que decían sentirse de esa manera. Su hipótesis era que existía un estado psicológico distintivo e involuntario que era posible de identificar, independiente de diferencias socioculturales, de raza, sexo y cualquier otro atributo posible. A este estado ella le llamó “limerencia”.

Tennov definió la limerencia como un “estado involuntario interpersonal que involucra un deseo agudo de reciprocidad emocional, con pensamientos, sentimientos y comportamientos obsesivo-compulsivos, además de la sensación de dependencia emocional respecto de otra persona”. Albert Wakin, experto en limerencia y con una visión algo más fatalista, la define como una combinación de un desorden obsesivo-compulsivo y adicción, o sea, un estado de deseo compulsivo por otra persona. En el mejor de los casos se vive con intensidad y se transforma en amor mutuo sano (o se desintegra solo), en el peor, en un estado psicológico que se apodera de tu vida.

¿Suena exagerado? ¡JA! Lee las siguientes características de la limerencia a ver si has pasado por esto:

  • El elegido: una persona que empieza a cobrar un “significado especial”. Puede ser alguien nuevo o un amigo que comienzas a ver con otros ojos. (Como lo decía uno de los testimonios: “Todo mi mundo se había transformado. Tenía un nuevo eje, y ese eje era ella”).
  • Pensamientos intrusivos e incontrolables sobre el otro: recuerdas y atesoras cosas que el otro dijo, te preguntas qué pensaría de ese libro o película. Cada momento que comparten tiene un peso especial y se vuelve material a examinar mentalmente una y otra vez.
    Al principio estos pensamientos intrusivos son menos del 5% de las horas en que uno está despierto, pero a medida que crece la obsesión, pasan a ser del 85% al 100%. Y ahí comienza la cristalización.
  • Cristalización: no, no es idealización, ya que percibes las debilidades de tu ídolo, pero las descartas y te convences de que esos defectos son únicos y encantadores (además de preferir enfocarte en sus aspectos positivos).
  • Sensación de esperanza, euforia, incertidumbre y miedo: analizas sin fin de cada palabra y gesto para determinar su posible significado. A cualquier señal de reciprocidad -real o imaginada-, sientes euforia. La incertidumbre se vuelve miedo o desesperación si es que el otro rechaza tus avances. La intensidad pasional se mantiene e incluso engrandece ante la adversidad.
  • Experimentas síntomas físicos cuando estás en presencia del otro, como temblores, sonrojarse, sensación de debilidad general o palpitaciones del corazón, incluso tartamudeos. Te sientes extremadamente tímido o nervioso o confundido, como si se te hubiese olvidado cómo hacer hasta las cosas más sencillas: una torpeza sin límites.
  • Ajustas tu horario para maximizar los posibles encuentros con el otro.

Sí, es agotador.

*

Pero ¿qué es? ¿Qué nos pasa físicamente que sentimos ese amor-obsesión de manera tan rotunda? Cuando estás enamorado/obsesionado tu cuerpo cambia también. Las investigaciones señalan que este estado es el resultado de un proceso bioquímico en el cerebro. En corto, la glándula pituitaria responde a señales del hipotálamo y libera:
+ Norepinefrina
+ Dopamina
+ Estrógeno
+ Testosterona
+ Feniletilamina (FEA -o PEA, por su nombre en inglés-, una anfetamina natural que causa sensación excitación, euforia y entusiasmo)
Este cocktail tiene poco de inocencia, porque lo que genera es una sensación de euforia. Cómo no, si tu cerebro está generando anfetas.

*

Lo de la FEA (o PEA) no es como para tomárselo a la ligera. Michael Liebowitz y Donald Klein estudiaron, en los ochenta, los efectos de la FEA mientras trataban a pacientes que eran “adictos al amor” (love junkies). Estas personas anhelaban tener una relación, y en la urgencia de tenerla, elegían parejas inapropiadas. Luego, cuando eran rechazados, su euforia se volvía desamparo, hasta que volvían a “enamorarse” obsesivamente de nuevo. El “adicto al amor” pasaba entonces de sentirse absolutamente eufórico a sentirse devastado, en una montaña rusa emocional que lo hacía pedacitos.

 Lo que Liebowitz y Klein sospechaban era que este tipo de personas eran adictas a la FEA. Lo que hicieron entonces fue administrarles inhibidores de la MAO, que son antidepresivos que bloquean la acción de una enzima que degrada a la FEA (o sea, estos inhibidores elevan los niveles de FEA). Los resultados apuntaron a concluir que los “adictos al amor” lo eran debido a que carecían de suficientes niveles de FEA. Uno de los casos más ilustrativos fue el de un paciente que luego de un par de semanas de recibir los inhibidores MAO, comenzó a escoger con más cuidado a sus parejas, ya que ya no anhelaba el peak de FEA que le daban sus relaciones desastrosas. Este tipo había pasado años en terapia, pero no había sido capaz de aplicar nada de lo que había aprendido en ella hasta ese momento, porque siempre tenía una reacción emocional demasiado poderosa.

Ok, hasta ahí con la FEA, que explica en parte las sensaciones de euforia que uno siente cuando se está enamorando. Pero hay tanto más antes y después: la cultura también define de quién nos enamoramos, cuándo nos enamoramos y dónde. Cuando encuentras a esa persona de la que te enamoras, la FEA tiene responsabilidad sobre el cómo te enamoras.

Ahora bien, hay que notar que hay gente que nunca se ha enamorado. Se ha registrado que algunas de las personas que no son capaces de “enamorarse” de esta forma sufren de hipopituitarismo, una enfermedad de causa problemas hormonales y “ceguera al amor”, según Helen Fisher. Esta gente tinede a llevar vidas normales, y por ejemplo se casan, sí, pero por compañerismo, porque ese frenesí del que hablamos antes es algo que desconocen.

*

No todo dura para siempre y el enamoramiento, según algunos autores, corre esa misma suerte. Tennov midió la duración de este amor romántico desde el momento en que comenzaba el enamoramiento hasta llegar a un sentimiento de neutralidad por el objeto amado. ¿Cuánto dura? “El intervalo más frecuente y también el promedio es entre 18 meses y 3 años”.

Liebowitz, por su parte, sospecha que ese aplanamiento luego de tanta intensidad tiene que ver con un ajuste cerebral: cree que el cerebro no puede mantener ese estado de euforia romántica para siempre, ya sea porque las terminaciones nerviosas se acostumbran a los estimulantes naturales del cerebro o porque disminuyen los niveles de FEA. Él lo plantea así: “Si quieres mantener una situación en la que tú y tu pareja de años quieren seguir sintiéndose super excitados el uno por el otro, tienes que trabajarlo, porque te estás rebelando ante una marea biológica”.

Luego del enamoramiento la sensación de apego comienza a reemplazar a esa locura inicial. El apego es el sentimiento de calidez, seguridad y comodidad que tantas parejas dicen sentir. Cuando empieza a disminuir el enamoramiento y a aumentar la sensación de apego, comienza a operar otro sistema químico: los opiáceos. Se liberan endorfinas, las que son similares a la morfina y generan una sensación de tranquilidad, además de reducir el dolor y la ansiedad. Liebowitz teoriza que las parejas que están en la fase de apego se gatillan mutuamente esta producción de endorfinas, dándose el uno al otro una sensación de seguridad, estabilidad y tranquilidad. ¿Cuánto dura este apego? Se ha estudiado poco, pero sí se sabe que a medida que envejecemos, resulta más fácil sentirse apegados.

Sin embargo, hay esperanza, no todo se acaba aquí. Arthur Aron a estudiado parejas que sostienen relaciones de largo plazo que son intensas, profundamente conectadas y sexualmente activas, pero sin elementos de obsesividad. Al parecer, la suposición de que el amor romántico no puede existir en relaciones de largo plazo tendría que ver con la confusión entre dos términos: amor romántico y amor apasionado (este último incluiría alta obsesión, incertidumbre y ansiedad). Según Aron, existen relaciones duraderas en las que se mantiene la intensidad, el interés y la sexualidad, mientras que en el caso de las relaciones con un elemento más obsesivo es mucho menos frecuente que perduren. ¿Demasiado bueno para ser verdad o demasiado duro?

*

Un comentario final, personal, arrebatado, convencido, expectante, optimista: el unicornio existe. Tal vez sólo hay que salir a buscarlo.

 

Refs:

The Anatomy of Love, de Helen Fisher. También hay una charla TED muy buena: http://bit.ly/1igZglS

Chemical Connections: Pathways of Love http://nyti.ms/2hqxsQp (entrevista a Michael Liebowitz por su libro The Chemistry of Love, 1983).

Love-Variant: The Wakin-Vo I.D.R. Model of Limerence, Albert Wakin http://bit.ly/2ielpGO (propuesta para considerar la limerencia como un problema mental, similar a una adicción a drogas)

Limerence and the biochemical roots of love addiction http://huff.to/2ixpMJR (otra mirada un poco más fatalista sobre lo mismo)

Does a Long-Term Relationship Kill Romantic Love?, Arthur Aron https://www.apa.org/pubs/journals/releases/gpr13159.pdf

 

 

 

 

 

 

 

 

Refs:

The Anatomy of Love, de Helen Fisher.

Chemical Connections: Pathways of Love http://nyti.ms/2hqxsQp (entrevista a Michael Liebowitz por su libro The Chemistry of Love 1983).

Love-Variant: The Wakin-Vo I.D.R. Model of Limerence, Albert Wakin http://bit.ly/2ielpGO (propuesta para considerar la limerencia como un problema mental, similar a una adicción a drogas)

Limerence and the biochemical roots of love addiction http://huff.to/2ixpMJR (otra mirada un poco más fatalista sobre lo mismo)

 

 

Ser menos pelotudo

Es fin de año y todos sabemos cómo es: queremos arreglar durante el restito de año que nos queda todo lo que hemos hecho mal el año completo. De hecho, nos prometemos que el próximo año sí que seremos la mejor versión de nosotros mismos. Estamos TAN motivados que empezamos ahora mismo: llamamos a ese amigo  perdido, nos ponemos a reciclar, hacemos mandas de no tomar, los que no han ido en todo el año al gimnasio se ponen a correr. Y así.

Obviamente nunca funciona.
“Ser buenos” es un pésimo plan.
Y sí, ya sé, ¿qué tiene que ver eso con el sexo?
UN MONTÓN.

*

Pero antes de explicarles por qué “ser buenos” puede tener pésimos resultados en la cama, quiero justificar por qué tratar de ser buenos es una mala idea en general.

Creo que tratar de “ser bueno” es tan eficiente como calentar una prueba dos horas antes de darla: la expectativa de eficacia es alta -quizás ahora sí que sí memorice ese dato o entienda esa lógica que nunca entendí- y el resultado, sea cual sea, no tiene que ver con ese repasito del último minuto, sino con todo lo otro que hiciste antes.

Una de las ideas más románticas que tenemos es la de poder mejorar continuamente. Alan Watts -no, no es pariente, lamentablemente- lo explica bien, así que voy a resumir lo que él propone.

Tratamos la vida como un viaje, como si tuviese un propósito en sí misma: vamos del colegio a la universidad al trabajo al posgrado etc etc. El problema es que la vida no tiene una meta, un objetivo: no es como que un día te gradúes de “ser mejor persona”. Además, ese “yo” que quiere progresar es en sí mismo defectuoso, o sea que los intentos de ser mejor tienen intrínsecamente defectos / un punto ciego (y desde el taoísmo, lo bueno implica lo malo, entonces todo intento de ser mejor  trae aparejado el ser peor).

Entonces, dice Watts, qué pasa si en vez de tratar la vida como un viaje -con un destino, objetivo- la tratáramos como la música: disfrutamos a la música por lo que es, nos dejamos llevar. No escuchamos una canción para escuchar la última nota: la disfrutamos entera, cantamos y bailamos. Entonces, soltemos: en vez de hacer las cosas con un fin -meditar para ser iluminado, estudiar para el cartón- hay que hacer las cosas por lo que son -meditar porque te gusta meditar, estudiar porque te gusta estudiar…y una adición mía: ¡tirar porque te gusta tirar!-.

Ya, hasta ahí, Alan Watts (ídolo).

*

Ahora, si insisten -a pesar de todo- en querer ser buenos, salen más problemas al camino.

 “Ser buenos” es genérico, y como todos tenemos distintas apreciaciones sobre qué es ser bueno, todos esos esfuerzos quedan dispersos en microacciones con poquito impacto. A veces, todavía peor, hacemos como que sabemos lo que el otro espera de nosotros -le leemos la mente- y actuamos acorde a esa idea que más bien *nuestra* idea de lo que el otro quiere.

¿Entonces, tal vez la solución ser específicos? Ser buenos: tolerantes, cariñosos, considerados, amables, etc., etc. Hmm tampoco en realidad. Sé que no los voy a convencer de dejar de intentar ser buenos ahora ya, pero tengo una propuesta inversa para los duros de cabeza: en vez de ser buenos, apuntemos a ser menos pelotudos.

(Un ejemplo tonto: estás en el ascensor de la pega, vas medio atrasado y las puertas comienzan a cerrarse. Se acerca corriendo alguien y detienes el cierre. ¡Qué buena onda! Sí, excepto que para los otros 9 que estaban contigo en el ascensor es una acción arbitraria que ocupa su tiempo para tú te hagas el lindo haciéndote el generoso-paciente).

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La RAE dice que un pelotudo es una persona “que tiene pocas luces o que obra como si las tuviera”. O como dice el aforismo de Lichtenberg: “hay ineptos entusiastas, gente muy peligrosa”. Se es pelotudo cuando uno actúa creyendo que la hace de lujo cuando en realidad las está cagando.

Un racimito de ejemplos:

– Un amigo anda detrás tuyo, pero no te gusta. No quieres hacerlo sufrir, entonces no le dices nada. Él, persiste, tú nunca lo cortas.
Versión menos pelotuda: lo cortas, le ahorras el gasto de energía y tiempo, y tal vez gracias a eso tiene cabeza para conocer a otra persona.

– Estás tirando y tu contraparte está haciendo algo fome o molesto o doloroso. Como no quieres herir su orgullo ni matar la onda del momento, no dices nada. Como no dices nada, sigue.
Versión menos pelotuda: le dices que no te gusta lo que está haciendo y se dedican a hacer a algo que les guste.

– Llevas años con tu pareja y no hablan mucho de sexo, ya se conocen, sería reiterativo, quizás hasta ofensivo o vergonzoso. Ah pero claro, hablas todos los días del trabajo (que es el mismo), de lo que almorzaste (igual a la semana pasada), pero no hablas todos los días de sexo? ¡Ni siquiera semanalmente? Qué curioso, ¿ah?
Súper pelotudo, po. Dios de los pelotudos. La conversa sobre sexo es continua. Así como cambias en otros ámbitos, también cambias sexualmente.

– Tu pareja / pinche / tiramigo es guapísima, pero para qué decírselo, si ya lo sabe.
Pelotudo-egoísta-poco-galante, te pasaste. El refuerzo positivo, la apreciación gratuita, es una de las cosas más lindas que puedes hacer por alguien. Así que si vas a partir por ser menos pelotudo, parte por acá: dile que te gusta, que te calienta, que te mueve, que te hace feliz. Es gratis y tiene un ROI del 100%.

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Entonces, dos cosas:
1) Si puedes dejar de esforzarte en ser bueno y en cambio hacer, disfrutar, ser, soltar, do it!
2) Si no puedes soltar y tienes que aferrarte a algo, que sea a ser menos pelotudo. Sé consistentemente menos pelotudo, todos los días. Y tal vez un día caches que sólo puedes ser lo que eres, y sueltes.

Videos con lecturas de Alan Watts
– Music & Life (2min 22s): http://bit.ly/2i2Tx8K
– How to get out of your own way: http://bit.ly/2ilgYKT

 

workshop-4

Tener ganas

Un amigo me dice que hace años que no le atrae de verdad alguien. Una amiga ya no se calienta con su pareja. Otra me dice que ha pasado tanto tiempo que ya se le olvidó tirar. Un amigo tira, pero sin emoción y eso le arruina el cuento un poco.

Sentimos, a veces, que el deseo se apaga. Pero esa es una manera muy muy fácil de decirlo: “se apaga”, como si alguien más decidiera por nosotros. A veces le ponemos nombre a ese otro al que le echamos la culpa: decimos que nuestra pareja ha cambiado y por eso ya no es atractiva, que los tipos con los que salimos son pencas entonces así no se puede o que nuestro signo zodiacal y las estrellas y bla bla bla. Y así.

*

La gente dice “no logro engancharme” o “no me dan ganas de tirar” o “nadie me atrae” o “ya no me caliento” y la sarta de cosas que dicen después hacen que suene a que es algo estático y de causal externa, una condena a la que se han acostumbrado.

“No tiro, pero ya no es tan importante”. Hay gente que es menos sexual (y no me estoy refiriendo a ellos, ni tampoco a trastornos sexuales ni a causas físicas o psicológicas que puedan incidir), pero hay gente para los que el sexo fue importante y de pronto ya no lo es. Algo que era placentero se volvió una lata. Ahí hay que tomar cartas.

“Salgo y salgo con gente, pero nadie me gusta, me aburro”. De toda la gente que conoces, al menos alguien debe calificar para algo, sea o no viable. Nadie dice que tiene que gustarte para casarte, pero sentir esa chispa, ese revoltijo interno, ese temblor antes de ver a alguien que te gusta es un placer que yo creo que tenemos que cultivar. Quizás no te gusta la persona completa -no sé, tiene tal vez gustos en música que te parecen deplorables-, pero sí te gustan partes de ella de las que puedes disfrutar -pueden hablar de películas, te agrada su compañía o tiene unos labios muy besables que usas para ese fin precisamente-.

“No me caliento con nada”. ¡Con nada! ¿En serio? ¿Qué tiene que llegar, el pack completo? Ya, y por último, por tu cuenta: un poco de sexo con la persona que más amas (tú mismo) no le hace mal a nadie. ¿Ni siquiera eso? Si tú mismo no te puedes estimular y entretener, ¿cómo esperas que otro lo haga?

*

¿Por qué perdemos la capacidad de gozar de los otros?
En parte creo que hay un seteo bien rígido de cómo debemos gozar del otro: o nos gusta o no nos gusta -absolutista-, y luego si nos gusta, tiene que haber un componente sexual o por el contrario, si no nos gusta no puede haber un componente sexual. Y así.

Mi experiencia me demuestra que la vida es bien al lote y por lo mismo, he tratado de ir cambiando esas ideas. Fantaseo durante el día con gente con la que en la práctica no pasaría nada -juego a “Podría tirármelo?”, un juego muy sencillo para conectar con las ganas-. Me junto con gente que me gusta, pero a veces no me gusta completa y lo paso increíble igual. Me junto con gente que me hace reír -y ahí hay goce- ,con gente que me parece atractiva físicamente -y ahí hay goce de nuevo-, con gente que me estimula intelectualmente -y ahí hay goce-, con gente que piensa distinto a mí -y ahí hay goce-. Y si dejo que alguien me toque -ojo: yo elijo que alguien me toque- ahí hay goce también y disfruto de la experiencia (aunque no sea el amor de mi vida, aunque no cumpla con todo lo que quiero para una relación o ni siquiera para repetir, ¡celebro ese encuentro!).

También creo que esperamos que otros nos resuelvan cosas. Que otros te encanten, fascinen. En Tinder lo veo harto: “quiero alguien que me sorprenda”, “quiero a alguien que me haga reír”, “quiero a alguien que me desarme”. BACÁN, todos queremos eso, pero antes de quererlo tal vez hay que preguntarse si nosotros mismos somos sorprendentes, si nosotros mismos somos alegres y divertidos, si nosotros mismos somos capaces de reinventarnos. Si la respuesta es sí, entonces dale, pon la vara que quieras porque lo más probable es que te llueva gente.

*

Si andas apagado, si la gente no te parece tan interesante, probablemente tiene que ver contigo.
Para que el sexo sea fome requiere de dos (o más) personas que sean fomes en la cama.
Para que una conversación sea fome, también.

Si toda tu vida es plana, no es culpa de la gente, es responsabilidad tuya.

Tienes dos opciones, o seguir en la misma o empezar a preocuparte de pasarlo bien: con detalles chicos primero, buscando el placer para ti en cosas que a ti te gustan: desde tomarte un café hasta hacer deporte y no sé, pegarte un agarre de esos buenos con alguien que te gusta. ¿Por qué no? Pero es una decisión que hay que potenciar con ganas: hay que cultivar el goce para que tu vida sea más rica, y para eso tú mismo tienes que tener la disposición para pasarlo bien, de gozar con lo que tienes. Se parte con poco, pero después la vida es una fiesta.

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Los pendientes

Los pendientes: los “algún día” o los “podría haber sido diferente”. Los “si le hubiese dicho, tal vez algo habría pasado”. Los “en algún momento estaremos juntos, estoy seguro”. Los “siempre ha habido química, pero…”, los “me encanta, pero nunca se ha dado”.

Los pendientes. Los putos pendientes. Los pendientes son bien como la cresta porque ocupan espacio y energía, pero no son nada concreto. Son perfectos, sí, pero porque no existen: no hay mejor cacha que la que no se ha tenido, no hay mejor beso que ese que aún no se da. No hay mejor pareja que esa que está por venir. “Vamos a ser tan felices”.

Los pendientes son una mentira. Son cómodos y facilones porque uno siempre llega a ellos o demasiado tarde o demasiado anticipado. Pareciera que estamos a destiempo, que si las circunstancias fuesen distintas, podría funcionar, pero oh, qué tragedia, ya fue -se casó, perdimos el contacto, pololea, ya no me habla- o no sérá todavía -porque se casó, perdimos el contacto, pololea, ya no me habla-. Pfffff.

Los pendientes siempre quedan en un purgatorio amoroso: pagan las culpas de otras cosas, estancados en un limbo que puede que no tenga nada que ver con ellos, si no, más bien, con cosas que no nos atrevemos a tocar.

Es fácil chutear los deseos hacia atrás o hacia adelante. Es fácil añorar lo que se tuvo, lo que hubiese podido ser, lo que podría ser en el futuro. ¡Es lo más fácil del mundo! Y lo que es más fácil todavía es mentirse activamente mientras se añora.

Si no tienes las pelotas para hacerte cargo de tus pendientes, no mereces que se concreten. Si tienes claro que no te los mereces y te sigues refugiando en ellos, eres cobarde. Suena pesado, sí, pero mira lo tibio de tu postura: qué manera más sencilla de vivir si elegiste añorar los pendientes: en vez de hacer, esperar. En vez de arriesgarse, quedarse en la esquina. En vez de seguir adelante, entramparte.

Todos los tenemos: pendientes más o menos reales, pendientes en los que nos perdemos cuando la vida -la verdadera, ésta- se vuelve monótona o agobiante. Los pendientes son un escape, pero en la ilusión de ese escape se te va el tiempo.

Al pasado, final: tu ex es tu ex porque no están juntos. Esa mina que te gustaba y a la que nunca le dijiste nada es y será siempre la mina que te gustaba si es que sigues sin decirle nada. Esa relación que podría haber sido mejor, ya fue.
It’s over, finito, kaput, boooom!

Al futuro, acción: ¿quieres revertir algo que hiciste mal? Pide perdón. Las cosas no se desanudan solas. ¿Quieres empezar algo con alguien? Actúa, invítala a salir, pasen tiempo juntos. Las cosas tampoco nacen instantáneamente: requieren de voluntad.

Y si el pendiente se actúa y no funciona, ¿qué se pierde? Un resto, quizás. Tal vez te das cuenta que estuviste aferrado a un pendiente que la otra persona nunca querrá concretar. ¿Y qué? Move on, da vuelta la página, hay más gente allá afuera esperando una conexión real. Seamos felices ahora. Corramos riesgos. Hagamos esa llamada que hemos estado evitando. Resolvamos, avancemos, porque eso de quedarse atrapado en los pendientes es como irse a vivir a un cajón de calcetines huachos.

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