Cápsula de verano

Se llamaba Tomás y veraneaba en la casa de al lado. Tenía el pelo castaño, con un jopito hacia un lado, los ojos café claro, la piel bronceada. Era flaco y usaba un traje de baño rojo que le quedaba un poco grande. Tenía una de esas sonrisas torcidas, como de vaquero, y contaba chistes fomes y cuándo se reía parecía que le estuviese dando un pequeño ataque respiratorio. Era bajo, sólo unos centímetros más alto que yo, y tenía los dedos delgados, con las uñas muy cortas. Yo tenía frenillos, el pelo tan largo como ahora.

Él tenía 11 años, yo iba a cumplir 10.

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Hay pocas cosas más promisorias que el verano. Es la época del año en la que uno siente que todo puede pasar: hace calor, la gente anda con menos ropa, dan ganas de salir, de ir a nuevos lugares, de escaparse a la playa, de conocer gente nueva. Todos andan de mejor humor, las conversaciones de pasillo son agradables, livianitas. Flotamos de un encuentro social a otro, cual mariposas con relajante muscular. Todos son más gentiles y esa dosis de amabilidad extra los vuelve hasta más atractivos. De pronto Susanita, que nunca te había gustado, llega bronceada a la oficina y cada vez que sonríe empiezas a escuchar tambores africanos, el rugido de la selva, una brisita detrás de las orejas que te levanta los pelos del brazo. Sales a bailar y como por arte de magia ya no todos te parecen tan pasteles así que bailas con el primero que se te cruza y whaaaaam, no paraste más. Conoces a alguien nuevo que no calza en nada con tu estilo de vida y tienes una de las mejores conversaciones del último tiempo y entonces el mundo te parece que es una cajita de sorpresas, llena de gente maravillosa. Y así.

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A veces me acuerdo de Tomás. No pasó mucho entre nosotros, pero en retrospectiva, pasó todo. Me costaba dormir sabiendo que él estaba en la casa de al lado. Al despertar, la tortura del veraneo familiar preadolescente -camarotes, bullying de parte de los hermanos mayores, el intento infructífero de rescatar un resto de cereales y leche- se volvía soportable porque Tomás respiraba. Empecé a odiar mis frenillos, a hacer listas mentales de todos los motivos por lo que me gustaba, a escribir versitos tontos, a combinar mi apellido con su apellido, a marear a mi hermana contándole lo que me había dicho y lo que no me había dicho y lo que eso podía significar ahora, mañana, en mil años más. Nos juntábamos todas las noches con su primo, un amigo y mi hermana hasta tarde -¿diez?- a tomar Coca-Cola y comer papas fritas.

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El verano es como una versión mejorada de nuestra propia vida por un periodo acotado: hacemos lo que “realmente” queremos hacer, vivimos un poquito la vida que nos gustaría vivir. Pero lo que es tan rico del verano no tiene que ver con el verano en sí, sino con la onda mental veraniega. Es como si el verano fuese una excepción al resto del año, como si tuviese sus propias reglas (donde la regla principal es que no hay reglas).

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Ser adulto es bacán. Nadie te cuenta cuán bacán es cuando eres chico. Yo siempre quise ser grande y no lo cambio por nada, pero una gran parte de ser adulto es planear cosas. Organizar, calcular, agendar. Y eso tiene un costo: cuando uno entra en el switch de adulto es muy difícil salirse de ahí. Es como si uno tuviese un Google Translator interno que transformara instantáneamente todo a lenguaje adulto (¿Adultuñol? ¿Adultanglish? ¿Adultinés?), lo que acaba restándole diversión a las cosas. El mundo dice “vacaciones” y uno piensa “¿tengo plata?”. El mundo dice “fin de semana” y uno piensa “tengo que….”. Pero nada de eso es tan grave como cuando el mundo dice “salir / sexo / aventura ” y uno piensa “argh” o “nah”.

Aguanten esa idea.

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Tomás. Acuérdense de él.

Tomás era un niño cualquiera, en realidad. Y yo era una niñita cualquiera. Y lo que pasó es que nos cruzamos y, siendo todo lo niños que éramos, nos gustamos. Esa es toda la historia. Aquí no hay una vuelta de tuerca: compartimos un par de semanas durante un verano, con suerte nos tomamos de la mano. Listo. Se acabó. Fin.

Ah, ¡pero qué linda cápsula de felicidad! ¿Cómo? Porque fue lo que fue. No había una expectativa de nada más. Cuando se acabara el verano yo volvería a mi casa y él a su casa. Yo a mi colegio y él al suyo. Lo único que podíamos tener eran esos días. Era lo que era. Era verano. Y éramos niños.

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Cuando eres chico no hay nada que planear, porque la vida está planeada de antes, por otros. No hay mucho que decidir, pero apenas hay un asomo de libertad lo tomas, no lo cuestionas, ¿O sea que puedo salir a jugar? Dale, voy al tiro, no voy a negociar si esta oportunidad la voy a tener el resto de los días del año, voy no más. ¿O sea que hoy día puedo faltar al colegio? ¡JA! Nadie me lo va a creer, es lo más increíble que ha pasado en la vida. ¿O sea que puedo ver tele / jugar SuperMario hasta que me sangren los ojos? Yaaaaaaaa. Y así. A quién no le pasó. Eras chico y agarrabas lo que podías y le sacabas el jugo porque no sabías si eso se iba a repetir en un futuro cercano.

La vida era demasiado corta como para plantearse si valía la pena o no hacer algo.

Y ante las dudas, uno siempre hacía.

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Fast-forward al presente adulto y a veces me encuentro con primeras citas que son como someterse a una combinación terrorífica de interrogatorio policial y entrevista de trabajo, con minas que se angustian si no las toman en serio para pololear o que se preocupan porque no avanza la relación al ritmo que a ellas les gustaría, con tipos que se guardan de ser cariñosos para no engancharse o ilusionar a las minas, por pura precaución.

Es el switch adulto: el switch que hace que uno se pregunte si una persona que está recién conociendo es alguien de quién se podría enamorar y con quién formar una familia. El switch que hace que cuando tiras por primera vez evalúes qué tan buena fue la experiencia. El switch que hace que calcules, para lograr un determinado objetivo, cuándo tienes que acostarte o no con alguien o que evalúes de acuerdo a esa velocidad si ese alguien vale la pena. El switch que hace que te midas o no en la cantidad de gestos afectuosos para que el otro no se pase rollos (respuesta rápida: vuelve a tu pieza a ver Dawson’s Creek).

El switch que calcula, organiza y setea objetivos.

El switch adulto que arruina las cosas entretenidas.

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Hay ámbitos de la vida en los que es súper bueno ser estructurado. Por ejemplo, en la pega, en los estudios, en las platas, en salud. Pero hay cosas en las que esa cabeza ordenada nos juega malas pasadas, especialmente cuando se trata de las relaciones con los otros. Querer lograr cierta estabilidad económica o rendir físicamente para una competencia es muy diferente a ponerse objetivos relacionales. Con la amistad es donde todavía nos queda algo de sensatez: nadie anda diciendo “este año quiero ser mucho más amiga de la Gabi”, o “quiero lograr que Pepita en verdad me considere su amiga más chora” o “lo único que le falta a Francisco para que de verdad podamos ser amigos es ver esa serie de Netflix o jugar mejor fútbol” o “no quiero nunca más tener amigos cercanos después de lo que me pasó con el Guatón, mi exmejor amigo”. Sería ridículo decir cualquiera de esas cosas. Pero cuando se trata de salir con alguien, de conocer o vincularnos a una persona de forma amorosa o sexual, nos ponemos medio idiotas y aparecen exigencias del tipo “me gusta X, pero me encantaría que fuese un poco más…” o “no, es que la fulanita es sólo para tirar, yo no podría…”.

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Digo que el switch adulto arruina las cosas entretenidas porque las transforma en parte de un programa, con objetivos y funciones por cumplir.

Soy una convencida de que las cosas más lindas de la vida se escapan a esos programas. La capacidad de dejarse sorprender de los niños -esa que decimos que tanto admiramos- tiene que ver con que en sus cabecitas no hay un plan predeterminado para cada cosa, están recién descubriendo cómo funciona más o menos el mundo, entonces están en constante tanteo. ¿Y si hago esto? ¿Y si digo esto? ¿Y si intento esto? Prueba y error, y cero trauma con el error, dándole para adelante.

Los adultos nos aproximamos a las cosas aplicando la experiencia: hemos visto cómo han funcionado cosas parecidas antes, entonces aplicamos esos caminos. Esto es súper práctico para un montón de cosas -por ejemplo, para usar celulares, porque todos más o menos funcionan igual- pero súper penca para otras cosas, por ejemplo, para hacer nuevos amigos o enganchar con potenciales parejas: adiós sorpresa, adiós flexibilidad, adiós posibilidades.

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¿Qué pasaría si trasladáramos esa actitud veraniega / livianita / relajada / exploratoria al resto del año? ¿Qué pasaría si dejáramos de tratar de medir, controlar, hacer que calce el otro en nuestros planes o en lo que pensamos que queremos para nosotros? ¿Y si nos dejamos llevar?

Dejarse llevar, dejarse envolver, dejarse fluir, podrían decir los más hippies.

Bajar las defensas, dejar de controlar, dirán los psicólogos.

Yo diría: dejar de hinchar las pelotas, dejar de joder, dejar de exigir. Tomar lo que hay, dar ese llamado, decir que te importa. Preocuparse de lo que es necesario organizar, soltar lo que es posible soltar. Enfocarse en lo bien que lo estás pasando, no en lo que quieres lograr luego de pasarlo bien. Actuar con la entrega de los 10 años, como si la vida fuese solamente este verano.

Una capsulita de verano, para el resto del año.

La trampa mortal

Siempre que alguien menciona el término fidelidad sale alguno con la pregunta retórica, con masajeo de barbilla incluido, sobre si es natural o no. Con “natural” se tratan de cuestionar dos cosas: si está en la naturaleza del ser humano y si es que otros animales, con los que podríamos compararnos, practican algún tipo de lo mismo.
 
Primero, aclarar una cosa (siguiendo a Helen Fisher): ser monógamo significa estar casado o emparejado con una sola persona. A veces se habla de monogamia sexual, pero en términos estrictos, la monogamia no implica, en su definición, fidelidad. Incluso, cuando se hace hincapié en que esa vinculación sea esencialmente exclusiva en términos sexuales, ésta no queda anulada si es que se producen emparejamientos ocasionales externos a la pareja. Lo que la Fisher dice es que monogamia y fidelidad no son lo mismo. Y que el adulterio en general va de la mano de la monogamia.
 
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Una manera de mirarlo, dice Fisher, es la siguiente: si en términos evolutivos las especies generan estrategias reproductivas, el matrimonio es tan solo una de ellas. “En algunas culturas los hombres tienen una sola esposa, mientras que en otras tienen un harem. En algunas las mujeres se casan con un hombre por vez, mientras en otras tienen varios maridos de manera simultánea. Pero el matrimonio es solo una parte de las estrategias reproductivas humanas, el sexo extramarital es frecuentemente un componente secundario y complementario de nuestro mix de tácticas de apareamiento”.
 
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H. Fisher se dedicó a investigar el matrimonio en distintas culturas, y concluyó lo siguiente:
– El matrimonio es un universal cultural: predomina en cada sociedad del mundo, aunque sus manifestaciones varían.
– 16% de las 853 culturas registradas establece como norma la monogamia -una esposa a la vez-. El 84% restante permite que el hombre tenga más de una mujer a la vez. Los hombres buscan la poliginia -tener varias esposas- para propagar sus genes, mientras que las mujeres se unen a harems para adquirir recursos y asegurar la supervivencia de sus hijos (aunque estas sean motivaciones inconscientes para ambos sexos). Sin embargo, tan solo 5% a 10% de los hombres tienen varias esposas simultáneamente en las sociedades en que la poliginia es permitida.
– Excepcionalmente un 0.5% de las sociedades permite la poliandría -una mujer con varios esposos, y si ocurre, sucede bajo circunstancias extraordinarias: por ejemplo, si la mujer es tremendamente rica. El hecho de que la poliandría sea poco frecuente en los humanos y en otros animales tiene una explicación biológica: las aves hembras y mamíferas sólo pueden tener un número limitado de hijos a lo largo de su vida. Para un hombre, la poliandría puede significar un desperdicio de espermios, un suicidio evolutivo.
– Los matrimonios grupales son incluso menos frecuentes que la poliandría. Un caso interesante es el el caso de Oneida, liderada por John Humphrey Noyes en 1830: una comunidad sexual en la que el amor por una persona en particular se consideraba egoísta, donde los hombres de entre 12 y 25 años no podían eyacular a menos que las mujeres fuesen postmenopáusicas, y donde los hombres mayores iniciaban a las niñas pubescentes. Ah, y donde todos debían tener sexo con todos. En corto: a pesar de sostener normas estrictas de convivencia, Noyes no pudo evitar que la gente se enamorara y creara vínculos de parejas, de a dos.
 
Nosotros, los humanos, parece que estamos orientados a vincularnos de manera íntima de uno a uno.
 
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Entonces, ¿qué es el adulterio? ¿Tener sexo con el otro? ¿Penetración? ¿Salir con alguien amorosamente? Los Lozi, de Africa, no conciben el adulterio como algo coital: dicen que es adulterio si un hombre acompaña a una mujer casada, con la que no tiene relación alguna, mientras ella camina, o si él le da una cerveza o tabaco. Los Koyfar de Nigeria lo ven así: una mujer que está insatisfecha de su marido, pero que no quiere divorciarse, puede tener un amante legítimo que viva con ella en la misma casa del marido. Los hombres Koyfar tienen el mismo privilegio.
 
Es cultural, claro. Y como es cultural hay una historia registrable de las ideas que nos hacen considerar algo moralmente aceptable o no. Por ejemplo, un hombre de la China o Japón tradicional era considerado adúltero si tenía sexo con la mujer de otro hombre: el sexo ilícito con una mujer casada era una violación en contra del marido de la mujer y sus ancestros (y el castigo era la muerte). Si un hombre, en la India, seducía a la mujer de su gurú, podía exigírsele que se sentara en una plancha de acero caliente y que luego se rebanara su propio pico. La única salida venerable para un japonés, en este caso, era el suicidio. En las sociedades asiáticas agrícolas tradicionales tener sexo con geishas, prostitutas, esclavas y las concubinas no eran considerado adulterio.
 
Para las mujeres, en cambio, el asunto era distinto en el Japón, India y la China tradicional. El valor de una mujer era medido de dos maneras: su habilidad para incrementar las propiedades y prestigio de su marido con la dote que ella aportaba al casarse y su capacidad para tener hijos. De ahí se entiende que se exigiera que fuese casta antes de casarse y fiel en adelante -era necesario asegurar la paternidad y no poner en riesgo el linaje familiar-. Básicamente, una mujer infiel ponía en jaque las tierras, riquezas, status y honra de un hombre: tanto sus ancestros como sus descendientes se veían perjudicados por el comportamiento adúltero.
 
El mix religioso al que la sociedad occidental ha estado expuesta también ha hecho que lleguemos a considerar el sexo fuera del matrimonio como algo prohibido: la abstinencia sexual se ha asociado a la idea de lo bueno, positivo, divino, mientras que el adulterio es considerado pecaminoso (para los dos sexos).
 
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Fast forward a hoy en día. Nos enamoramos, nos casamos, nos prometemos fidelidad, nos engañamos y varios nos divorciamos. Luego nos volvemos a casar. Y así.
 
Vemos al adulterio como inmoral y sin embargo, sucede. Lo curioso es que teniendo tanto en contra, pase. Pareciera ser que a pesar de todo lo que intentamos controlarlo, se nos escapa. La cultura intenta ordenarnos, el cuerpo tira.
 
Motivos darwinistas para el adulterio: por el lado de los hombres, la diseminación de la “semilla”, la variabilidad genética. Por el lado de la mujer, una de dos alternativas para adquirir recursos (fidelidad a un solo hombre vs sexo clandestino con varios para obtener recursos de fuentes distintas). Comprensible.
 
Motivos individuales para el adulterio: todos los que existen y los que tu cabeza pueda imaginar.
 
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Este no es un curso de antropología, pero quise hacer esa repasada mental de las cosas que he leído sobre el tema porque me parece que hay algo de lo que debiéramos ser capaces de hacernos cargo: si validamos el matrimonio como un tipo de vínculo social e íntimo deseable y sabemos, al mismo tiempo, que el adulterio es una realidad concreta, ¿por qué no buscar maneras de enfrentarlo? ¿Por qué pareciera tan difícil todavía hablar del deseo del otro en la pareja? ¿Por qué actuamos como hipersorprendidos si ya nos sabemos el guión de memoria?
 
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Ah, el amor. Ah, las buenas intenciones. Ah, las cosquillas. Qué cosa más linda. Pero también: ay, afírmate cabrito, qué susto. Cuando alguien me gusta mucho me resulta hasta doloroso que mencione a otras mujeres: ese pellizcón de envidia-inseguridad-la-terrible-sensación-de-que-estás-a-punto-de-perderlo-todo. Y sin embargo saber que el otro es un pobre ser humano, igual que uno. Saber que siente y ama y se mueve como uno. Saber que duda, planea, organiza y destruye.
 
Ah, el amor. Un cuerpo que encuentra a otro cuerpo y decide quedarse con él un rato. Un cuerpo que opta por olvidarse de todo lo que sabe para tomar ese camino de a dos, aunque sea por un periodo acotado.
 
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Hablo con un montón de gente sobre qué quieren para sus vidas, qué buscan en términos de proyecto personal y con otro. La mayoría me responde que se imaginan en pareja o incluso con hijos. A algunos la sola idea de ser fieles les para los pelos y hace que les cueste pensar en cualquier futuro posible. Otros me dicen que no quieren casarse -porque no se imaginan tirando con alguien toda la vida-, pero sí están abiertos a una relación íntima de largo plazo con otra persona, en la que haya algo de cancha sexual.
 
Nuestra cultura muestra como deseable el estado de enamoramiento y un montón de gente se casa porque siente esa embriaguez por el otro. La lata es que esa embrigauez la mayoría de las veces pasa -aprox luego de 3 años- y entonces, acabo de mundo: se divorcian porque ya no sienten lo mismo, o se engañan porque no encuentran en su pareja ese estímulo emocional/sexual.
 
Se abandonan, ya sea porque se quedan en la relación a medias o porque se van.
 
Algunos antropólogos dicen que somos monógamos seriales (qué, curiosamente o no, me hace pensar en asesinos seriales).
 
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¿No habrá, acaso, una manera más sana de vincularnos? Si el matrimonio es un camino tomado con una persona a la que quieres, valoras y que dentro de todo es un gran partner para el día a día, ¿no será ese uno de los tantos caminos posibles? ¿Qué pasaría si entráramos al matrimonio teniendo en mente que elegimos alguien no sólo por la subida emocional que nos provoca el otro, sino porque lo consideramos un bacán? ¿Y si en vez de cortar, ampliamos las redes?¿Y si en vez de tratar de poseer /controlar al otro, nos interesara más verlo crecer? Poliamori, maybe. ¿Relaciones abiertas? ¿Acuerdos renovables sobre qué tipo de relaciones queremos tener?
 
Yo no tengo la solución, obviamente, pero me gusta pensar alternativas.
 
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Cada vez que pineso en estos temas me acuerdo de un librito maravilloso que le recomiendo a cualquiera que se atreva a sumergirse en el terreno del matrimonio, del compromiso y del sexo: “Here Lies My Heart. Essays on Why We Marry, Why We Don’t and What We Find There”. Con ensayos de un montón de escritores, esta colección es una joyita. En uno de los textos Barbara Ehrenreich se pregunta -y con esto termino-:
 
“¿Por qué un tipo que es bueno en la cama tiene que ser bueno contando historias para irse a dormir? ¿O un sujeto que puede poner paneles de yeso en el sótano tiene que ser un compañero de cena fascinante? Nadie espera que su pediatra venga a podar los arbustos, o que su contador doble y guarde la ropa lavada y acueste a los niños. Solamente en el matrimonio nos despedimos felizmente del sentido común y esperamos que cada necesidad humana la cumpla un solo -demasiado- humano”.
 
 
Refs:
El caso de Oneida: http://bit.ly/2jRZcwd
 
Anatomy of Love, Helen Fisher
 
Here Lies my Heart http://amzn.to/2jmv6Ay

Relaciones virtuales

No quiero ser tu amiga en Facebook ni seguirte en Instagram.
No, espera, eso sonó mal: no quiero ser tu amiga en Facebook o Instagram a menos que pasen 3 cosas:
– tú o yo estamos fuera del país o muy muy lejos
– somos meramente conocidos y queremos mantenernos así (como conocidos reales y virtuales)
– tenemos una amistad en la vida real y esto -esta versión virtual de nuestras vidas- es solo un complemento.

Lo que sí sé es que no quiero ser tu amiga en Facebook ni en ninguna plataforma si es una forma de que sientas que estamos en algo, cuando no es así.

A ver, de nuevo: no quiero ver fotos de tu familia, las celebraciones de tu cumpleaños, las cosas que te mueven, si no hay un buen motivo para no ser parte de tu mundo en la vida real.

¿Muy pesado?

Es sencillo: no soy tu público. Soy tu amiga o pinche o polola o tu ex o lo que se te ocurra, pero NO soy tu público.
No soy una foto.
Tú no eres una foto.
Nos acordamos de eso, ¿cierto?

(4min de lectura)

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A mí me gustan las redes sociales, en serio. Hacen que me sienta cerca de gente que está lejos. Hacen que me recuerde a mí misma de que hay otras cosas pasando, otros caminos tomados. Es bonito poder sintonizar, a pesar de la geografía y el tiempo, con la gente que es parte de tu historia. Lo que no me parece bien es que haya un uso artificioso de las redes sociales, como si hablar por Facebook, darle un corazón a una foto de Instagram, Whatsappearse, mandar un Snapchat, fuese igual a pasar tiempo en persona. Porque -¡Hola!, les tengo noticias- no lo es.

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Si tuvimos algo y ahora sólo tenemos Facebook, algo se torció. Algo dejó de funcionar.
Hacemos como que estamos, de manera virtual, y con eso pareciera suficiente. Sé de ti, tú sabes de mí, no necesitamos ni siquiera juntarnos para actualizarnos. Tan educaditos. Tan considerados. ¡Feliz cumple! ¡Feliz Año Nuevo! ¡Felicidades por tu hijo! ¡Qué envidia!
Argh.
¿A nadie más le agota?

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Eric Berne tiene un librito chistoso -y terriblemente profundo- que a mí me gusta mucho: se llama “Juegos en que participamos”. Ahí, para explicar la psicología transaccional, plantea que en los niños existe algo que uno podría llamar “apetito de estímulo” y que dentro de las formas más apreciadas de estímulo, para el niño, se encuentran las que son producto de la intimidad física. Luego, cuando el niño crece, aprende a conformarse con contactos más sutiles, o incluso simbólicos, llegando a transformar este “apetito de estímulo” en un “apetito de reconocimiento”. Cada persona tendría una forma individual de buscar ese reconocimiento a través de “caricias”, desde las más físicas a las más conceptuales.

Las “caricias” serían una manera coloquial para definir todo acto que implica un reconocimiento de la presencia de la otra persona. O sea, la “caricia” podría ser la unidad fundamental del acto social, y un intercambio de caricias sería una “transacción”, la que a la vez es la unidad básica de las relaciones sociales.

Entonces, por ej, dice Berne, un actor de cine necesita cientos de “caricias” semanales de admiradores anónimos e indiferenciados -saludos, adulaciones, cartas, etc-, mientras que un científico tal vez necesita una “caricia” al año de su superior -un reconocimiento a su trabajo, una palmadita en la espalda-.

Luego Berne explica cómo puede entenderse que de la necesidad de reconocimiento y por ende, de caricias, pasemos a generar rituales y “juegos” con los otros (para el que le interese, ¡le urjo a que lea este libro! No voy a hablar de los juegos ahora, pero vale la pena leerlo).

Según Berne, estamos acostumbrados a recibir ciertas dosis de caricias diarias, y si no las obtenemos, entramos con en un estado como de hambre emocional -el deseo de esa caricia- y las reclamamos. Si no obtenemos las caricias suficientes, podemos llegar a una desnutrición afectiva, por así decirlo, que nos desordena por completo.

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Pienso entonces en la necesidad de reconocimiento y en cómo hemos trasladado de la realidad a la virtualidad esas “caricias” físicas y simbólicas a unas de una literalidad aplastante: el like, el corazoncito. No necesitamos interpretar cuántas “caricias” necesitamos: probablemente ya sabemos cómo ganarnos ese reconocimiento o aprobación y cuántos likes o corazones obtendremos en promedio. Hay gente que sube fotos de sus guaguas, de sí mismos en el gimnasio, de sí mismos con poca ropa, de sí mismos comiendo. Otros suben fotos de sus viajes, o de estados que reflejen su ánimo, o repostean recuerdos. Otros subimos chistesitos, textos de opinión, comentarios. Todos buscamos lo mismo: una caricia, un like -o como un “Visto en Tinder” hace poco insinuó, sin querer, un lick, un lengüeteo emocional-.

El problema es que no es suficiente. Pareciera que sí, porque se siente una subida -un high-, producto de la liberación de dopamina, la misma hormona que se libera y refuerza el consumo de nicotina, cocaína o la adicción a los juegos de azar. Pero el emoticón sonriente con lágrimas de risa no es lo mismo que presenciar en vivo y en directo un ataque de risa. El corazoncito por tu foto en la playa no es lo mismo que poder relatarle al otro tus aventuras en la playa. El like no es un abrazo, ni siquiera es un roce entre antebrazos. El like no da, pero hacemos como que sí.

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Cuando estés en tu lecho de muerte -que espero sea en muchos, muchos años más- no te vas a acordar de los estatus más originales que publicaste y a los que tus amigos les dieron like, ni de la cantidad de likes que recibiste en un día importante. Es obvio, es casi tonto ejemplificarlo así. Entonces, ¿por qué fingimos como que sí lo es?

Cada uno puede tener su verdad para preferir el mundo virtual, se las doy. Hay gente que dice que no tiene tiempo -pero sospechosamente ve maratones de series- hay otra gente que dice que anda muy cansada… hay excusas para todo. Yo creo que tiene que ver con que nos da susto exponernos: acostumbrados a un mundo en el que -supuestamente- nunca nos aburrimos y en el que estamos sobresaturados de información, juntarse con alguien, dedicarle tiempo y correr el riesgo de aburrirse en compañía, pareciera ser un sin sentido.

En la virtualidad todos somos más chistosos, frescos, rápidos. En la realidad, en cambio, se nos acaba el tema, andamos medio distraídos, no tenemos la talla fácil a la mano y bueno, parece que hay que poner más de uno.

Espera, déjame corregir eso: hay que ponerse completo. Hay que exponerse. Hay que mostrarse al otro y hacer evidente que uno quiere pasar tiempo con esa persona.

Ay, pero eso, con todo-todo-todo lo que puede salir mal es mil veces mejor que la virtualidad.

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Entonces, un recordatorio en positivo: de lo que sí te vas a acordar cuando quieras recordar qué fue de tu vida es de haber estado con tus amigas con ataque de risa, tanto que tuviste que ir a encerrarte al baño para que se te pasara. O de cuándo bailaste tanto que te dolieron los pies. Te vas a acordar de la manera en que alguien al fin tocó tu mano o de cuando alguien te abrazó un rato en silencio cuando lo necesitaste. Te vas a acordar de cómo sabía ese postre que tanto te gustaba, de cómo olía tu mamá, de la manera en que alguien tenía de mirarte. De la forma en que alguien pronunciaba tu nombre. De cómo ese amigo contaba esas historias locas que todos sospechaban que eran semiinventadas. De la vez que hicieron la cimarra. De las noches que estudiaron para ese examen infernal y de la cantidad industrial de galletas Tritón que comían. De cuando se juntaban a escuchar música y se quedaban mirando el techo. De los primeros “¡salud!”, de los últimos “¡salud!”. Te vas a acordar de los momentos que compartiste con la gente que querías y de cómo eras tú con esas personas.

Ninguno de esos recuerdos es reemplazable por ninguna cantidad de likes.

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Un desafío para el fin de semana: menos Facebook-Instagram-Whatsapp-whatever, más carne y hueso