Cápsula de verano

Se llamaba Tomás y veraneaba en la casa de al lado. Tenía el pelo castaño, con un jopito hacia un lado, los ojos café claro, la piel bronceada. Era flaco y usaba un traje de baño rojo que le quedaba un poco grande. Tenía una de esas sonrisas torcidas, como de vaquero, y contaba chistes fomes y cuándo se reía parecía que le estuviese dando un pequeño ataque respiratorio. Era bajo, sólo unos centímetros más alto que yo, y tenía los dedos delgados, con las uñas muy cortas. Yo tenía frenillos, el pelo tan largo como ahora.

Él tenía 11 años, yo iba a cumplir 10.

*

Hay pocas cosas más promisorias que el verano. Es la época del año en la que uno siente que todo puede pasar: hace calor, la gente anda con menos ropa, dan ganas de salir, de ir a nuevos lugares, de escaparse a la playa, de conocer gente nueva. Todos andan de mejor humor, las conversaciones de pasillo son agradables, livianitas. Flotamos de un encuentro social a otro, cual mariposas con relajante muscular. Todos son más gentiles y esa dosis de amabilidad extra los vuelve hasta más atractivos. De pronto Susanita, que nunca te había gustado, llega bronceada a la oficina y cada vez que sonríe empiezas a escuchar tambores africanos, el rugido de la selva, una brisita detrás de las orejas que te levanta los pelos del brazo. Sales a bailar y como por arte de magia ya no todos te parecen tan pasteles así que bailas con el primero que se te cruza y whaaaaam, no paraste más. Conoces a alguien nuevo que no calza en nada con tu estilo de vida y tienes una de las mejores conversaciones del último tiempo y entonces el mundo te parece que es una cajita de sorpresas, llena de gente maravillosa. Y así.

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A veces me acuerdo de Tomás. No pasó mucho entre nosotros, pero en retrospectiva, pasó todo. Me costaba dormir sabiendo que él estaba en la casa de al lado. Al despertar, la tortura del veraneo familiar preadolescente -camarotes, bullying de parte de los hermanos mayores, el intento infructífero de rescatar un resto de cereales y leche- se volvía soportable porque Tomás respiraba. Empecé a odiar mis frenillos, a hacer listas mentales de todos los motivos por lo que me gustaba, a escribir versitos tontos, a combinar mi apellido con su apellido, a marear a mi hermana contándole lo que me había dicho y lo que no me había dicho y lo que eso podía significar ahora, mañana, en mil años más. Nos juntábamos todas las noches con su primo, un amigo y mi hermana hasta tarde -¿diez?- a tomar Coca-Cola y comer papas fritas.

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El verano es como una versión mejorada de nuestra propia vida por un periodo acotado: hacemos lo que “realmente” queremos hacer, vivimos un poquito la vida que nos gustaría vivir. Pero lo que es tan rico del verano no tiene que ver con el verano en sí, sino con la onda mental veraniega. Es como si el verano fuese una excepción al resto del año, como si tuviese sus propias reglas (donde la regla principal es que no hay reglas).

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Ser adulto es bacán. Nadie te cuenta cuán bacán es cuando eres chico. Yo siempre quise ser grande y no lo cambio por nada, pero una gran parte de ser adulto es planear cosas. Organizar, calcular, agendar. Y eso tiene un costo: cuando uno entra en el switch de adulto es muy difícil salirse de ahí. Es como si uno tuviese un Google Translator interno que transformara instantáneamente todo a lenguaje adulto (¿Adultuñol? ¿Adultanglish? ¿Adultinés?), lo que acaba restándole diversión a las cosas. El mundo dice “vacaciones” y uno piensa “¿tengo plata?”. El mundo dice “fin de semana” y uno piensa “tengo que….”. Pero nada de eso es tan grave como cuando el mundo dice “salir / sexo / aventura ” y uno piensa “argh” o “nah”.

Aguanten esa idea.

*

Tomás. Acuérdense de él.

Tomás era un niño cualquiera, en realidad. Y yo era una niñita cualquiera. Y lo que pasó es que nos cruzamos y, siendo todo lo niños que éramos, nos gustamos. Esa es toda la historia. Aquí no hay una vuelta de tuerca: compartimos un par de semanas durante un verano, con suerte nos tomamos de la mano. Listo. Se acabó. Fin.

Ah, ¡pero qué linda cápsula de felicidad! ¿Cómo? Porque fue lo que fue. No había una expectativa de nada más. Cuando se acabara el verano yo volvería a mi casa y él a su casa. Yo a mi colegio y él al suyo. Lo único que podíamos tener eran esos días. Era lo que era. Era verano. Y éramos niños.

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Cuando eres chico no hay nada que planear, porque la vida está planeada de antes, por otros. No hay mucho que decidir, pero apenas hay un asomo de libertad lo tomas, no lo cuestionas, ¿O sea que puedo salir a jugar? Dale, voy al tiro, no voy a negociar si esta oportunidad la voy a tener el resto de los días del año, voy no más. ¿O sea que hoy día puedo faltar al colegio? ¡JA! Nadie me lo va a creer, es lo más increíble que ha pasado en la vida. ¿O sea que puedo ver tele / jugar SuperMario hasta que me sangren los ojos? Yaaaaaaaa. Y así. A quién no le pasó. Eras chico y agarrabas lo que podías y le sacabas el jugo porque no sabías si eso se iba a repetir en un futuro cercano.

La vida era demasiado corta como para plantearse si valía la pena o no hacer algo.

Y ante las dudas, uno siempre hacía.

*

Fast-forward al presente adulto y a veces me encuentro con primeras citas que son como someterse a una combinación terrorífica de interrogatorio policial y entrevista de trabajo, con minas que se angustian si no las toman en serio para pololear o que se preocupan porque no avanza la relación al ritmo que a ellas les gustaría, con tipos que se guardan de ser cariñosos para no engancharse o ilusionar a las minas, por pura precaución.

Es el switch adulto: el switch que hace que uno se pregunte si una persona que está recién conociendo es alguien de quién se podría enamorar y con quién formar una familia. El switch que hace que cuando tiras por primera vez evalúes qué tan buena fue la experiencia. El switch que hace que calcules, para lograr un determinado objetivo, cuándo tienes que acostarte o no con alguien o que evalúes de acuerdo a esa velocidad si ese alguien vale la pena. El switch que hace que te midas o no en la cantidad de gestos afectuosos para que el otro no se pase rollos (respuesta rápida: vuelve a tu pieza a ver Dawson’s Creek).

El switch que calcula, organiza y setea objetivos.

El switch adulto que arruina las cosas entretenidas.

*

Hay ámbitos de la vida en los que es súper bueno ser estructurado. Por ejemplo, en la pega, en los estudios, en las platas, en salud. Pero hay cosas en las que esa cabeza ordenada nos juega malas pasadas, especialmente cuando se trata de las relaciones con los otros. Querer lograr cierta estabilidad económica o rendir físicamente para una competencia es muy diferente a ponerse objetivos relacionales. Con la amistad es donde todavía nos queda algo de sensatez: nadie anda diciendo “este año quiero ser mucho más amiga de la Gabi”, o “quiero lograr que Pepita en verdad me considere su amiga más chora” o “lo único que le falta a Francisco para que de verdad podamos ser amigos es ver esa serie de Netflix o jugar mejor fútbol” o “no quiero nunca más tener amigos cercanos después de lo que me pasó con el Guatón, mi exmejor amigo”. Sería ridículo decir cualquiera de esas cosas. Pero cuando se trata de salir con alguien, de conocer o vincularnos a una persona de forma amorosa o sexual, nos ponemos medio idiotas y aparecen exigencias del tipo “me gusta X, pero me encantaría que fuese un poco más…” o “no, es que la fulanita es sólo para tirar, yo no podría…”.

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Digo que el switch adulto arruina las cosas entretenidas porque las transforma en parte de un programa, con objetivos y funciones por cumplir.

Soy una convencida de que las cosas más lindas de la vida se escapan a esos programas. La capacidad de dejarse sorprender de los niños -esa que decimos que tanto admiramos- tiene que ver con que en sus cabecitas no hay un plan predeterminado para cada cosa, están recién descubriendo cómo funciona más o menos el mundo, entonces están en constante tanteo. ¿Y si hago esto? ¿Y si digo esto? ¿Y si intento esto? Prueba y error, y cero trauma con el error, dándole para adelante.

Los adultos nos aproximamos a las cosas aplicando la experiencia: hemos visto cómo han funcionado cosas parecidas antes, entonces aplicamos esos caminos. Esto es súper práctico para un montón de cosas -por ejemplo, para usar celulares, porque todos más o menos funcionan igual- pero súper penca para otras cosas, por ejemplo, para hacer nuevos amigos o enganchar con potenciales parejas: adiós sorpresa, adiós flexibilidad, adiós posibilidades.

*

¿Qué pasaría si trasladáramos esa actitud veraniega / livianita / relajada / exploratoria al resto del año? ¿Qué pasaría si dejáramos de tratar de medir, controlar, hacer que calce el otro en nuestros planes o en lo que pensamos que queremos para nosotros? ¿Y si nos dejamos llevar?

Dejarse llevar, dejarse envolver, dejarse fluir, podrían decir los más hippies.

Bajar las defensas, dejar de controlar, dirán los psicólogos.

Yo diría: dejar de hinchar las pelotas, dejar de joder, dejar de exigir. Tomar lo que hay, dar ese llamado, decir que te importa. Preocuparse de lo que es necesario organizar, soltar lo que es posible soltar. Enfocarse en lo bien que lo estás pasando, no en lo que quieres lograr luego de pasarlo bien. Actuar con la entrega de los 10 años, como si la vida fuese solamente este verano.

Una capsulita de verano, para el resto del año.

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