Me gusta tu cuerpo

Estábamos sentados en un bar decorado a lo cubano vintage, con hojas de palma, asientos de cuero, luces bajas, meseros de camisas blancas con bigotitos coquetos y corbatas humitas. Él tenía los ojos azules, el pelo castaño oscuro, ondulado, una barba de tres días, la piel blanca. Era delgado y había algo frágil en su cuerpo, casi infantil. Le pregunté cómo le había ido con lo de las citas y me dijo que bien, aunque no sonaba muy convencido. Insistí: ¿cuál fue tu última cita? ¿Qué pasó? Y me dijo que simplemente no habían hecho click. Después de mucho rato, de darse vueltas hipotetizando sobre lo difícil que es encontrar gente que realmente le gustara, me dijo que la chica no le había atraído físicamente: era más gorda de lo que a él hubiese preferido y le ganaba como por una cabeza y media de altura. Me confesó esto achinando los ojos, bajando la vista y después me pidió perdón, diciendo que no quería sonar discriminador ni despectivo.

Él prefería que sus parejas fuesen de su altura o más bajas que él. ¿Por qué? Uno puede hipotetizar, pero no creo que importe. También le gustaba que no fuesen mujeres gordas. ¿Eso lo convierte en un idiota? No. O al menos no necesariamente. ¿Era un tipo superficial? No, bajo ninguna circunstancia (y lo digo con propiedad porque lo conocí bien). ¿Por qué la culpa, entonces?

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Me he topado con harto de esto últimamente: gente que piensa que el hecho de que tengan ciertas preferencias físicas los puede hacer ver más o menos pelotudos o superficiales, como si de pronto tuviesen que gustarles todos los cuerpos. Lo he escuchado de personas preocupadas, abiertas de mente, con una conciencia liberal que alcanza, tal vez, el ridículo. Porque una cosa es no hincharle las pelotas a la gente por su cuerpo, no ser un bully, dejarlos vivir tranquilos y respetarlos, tengan el cuerpo que tengan, y otra cosa muy distinta es que uno tenga una preferencia por ciertas características físicas. El preferir algo, el sentirse atraído por ciertas formas, no implica el despreciar a las otras.

Voy a referirme a mí experiencia porque es lo más directo: en Tinder la gente pone su altura. Yo mido apenas 1,57m, o sea estoy más cerca del metro y medio que de cualquier otra cosa, jaja. A veces me he topado con perfiles que explicitan que les gustan las mujeres altas. ¿Qué hago ahí? ¿Me ofendo? ¿Me irrito? ¿Me traumo? No po. Si no es ese, habrá otro al que este atributo mío, que no puedo cambiar, no le parezca poco atractivo. Y tal vez incluso hay otros a los que les parece atractivo, un público cautivo para las pequeñas (…llámame, miau).

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A veces me topo con gente que me dice “no me importa tanto el físico” o “no tengo un tipo físico”. Entre ambas afirmaciones hay una gran diferencia: en la primera lo que la gente quiere decir normalmente es “no me importa tanto que la persona con la que estoy cumpla con el estándar de belleza socialmente deseable” y en el otro es “no tengo una preferencia por ciertas características por sobre otras”. La primera respuesta la entiendo, aunque no es suficiente. Claro, tal vez la persona no se fija tanto en si el tipo tiene ponchera o no, pero sí le importan otras cosas. Con la segunda, lo que yo pregunto es al tiro qué les repele. Y si ahí no hay una respuesta concreta, entonces están mintiendo. Y después uno puede preguntar por otras cosas que también prefieren o valoran: la actitud, la parada, el estilo, la personalidad, los hábitos, los intereses, etc.

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El asunto es el siguiente: la manera en que habitamos el mundo es físicamente (todavía no existe la conciencia humana sin cuerpo). No caí en la cuenta sobre lo importante que son los cuerpos hasta que me empezaron a faltar: cuando alguien ya dejó de estar y no lo puedes abrazar. Cuando estás lejos de alguien a quien te gustaría tocar o besar. Y sí, hay cosas que atenúan la distancia: hago llamadas de Skype y Whatsapp con amigas que viven en otros países y verlas y escucharlas a cada una es casi tan bueno como tenerlas cerca, pero no es suficiente. Si la larga distancia amistosa es difícil, cuánto más lo es la larga distancia amorosa o sexual, cuando se te acaban las palabras para decirle a alguien cómo te gustaría tocarlo, cuando se abre la brecha entre lo que un cuerpo puede decir y hacer.

Los cuerpos importan. Los cuerpos que tenemos, lo que hacemos con ellos y si decidimos o no acercarnos a otros cuerpos.  La manera en que esos cuerpos manifiestan afecto o deseo, la forma en que esos cuerpos se valoran. Hay cuerpos que nos parecen más atractivos que otros. Hay cuerpos que uno toca y es como volver a casa. Hay cuerpos que uno toca y no entiende cómo puede ser que ese cuerpo no haya estado desde siempre con nosotros. Poner atención a los cuerpos que nos mueven, atraen, despiertan afectos o erotizan es una manera de enriquecer ese contacto y de estimular nuestro día.

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Una de las primeras cosas que te enseñan cuando quieres aprender a escribir historias es la frasecita “show, don’t tell” (“muestra, no cuentes”), es decir, hacer que para el lector las cosas pasen sin dárselas previamente digeridas, resumidas o descritas. Es una de las cosas que a mí más me cuesta, porque requiere de verdad ponerse a pensar en cómo nos comportamos y en los detalles físicos o gestuales que marcan la diferencia.

Por ejemplo, si quieres hablar sobre tu protagonista no dices “era un tipo atractivo e inteligente”, sino que tienes que mostrarlo siendo atractivo -ya sea describiendo lo que a ti te parece atractivo e inteligente y esperar que a tu lector le parezca lo mismo, o describir su comportamiento, el efecto que tiene sobre los otros, su manera de moverse-. La primera descripción es tan fácil que resulta aburrida y comunica poco: “era atractivo e inteligente” no puede sino ser una vaguedad abismal de lugares comunes porque, ¿qué es ser atractivo? ¿qué es ser inteligente? Ay, pero cuando uno se pone a mostrar en vez de describir, las cosas cambian. El personaje adquiere tridimensionalidad, una presencia, un cuerpo. Y en ese cuerpo está todo lo que ese personaje puede o no experimentar. En ese cuerpo están todas sus posibilidades.

Como en el nuestro.

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Hace una semana me robaron el celular. Por mera estupidez no tenía respaldadas las fotos y de entre todas esas fotos que perdí, hay una específicamente que echo de menos: la parte de atrás de una oreja -y ahora que lo busco sé que esa parte se llama hélix-. Fue una foto que saqué sin querer de una persona de la que me enamoré un poco. En la foto se alcanzaba a ver parte de su cuello, su pelo y justo en ese pedacito de piel curvado tenía unas pecas. Hasta que le mostré la foto no me creyó: nunca las había visto, esas pecas. Hay algo de su cuerpo que yo le mostré y sobre lo que él no estaba al tanto. Ahora que esa persona no está cerca tengo que esperar de nuevo a verla para poder disfrutar de esa oreja. Y no es una oreja cualquiera: es una sola preciosa oreja.

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Pensemos -y si se puede, llevémoslo a la práctica, ejercitemos- el identificar qué nos gusta de los cuerpos de los otros. Lo hacemos con los niños un montón -nos acercamos las guaguas a la nariz y decimos que nos gusta su olor o que son lindas o encantadoras por tal o cual cosa-, pero hace falta que lo hagamos con los adultos también, con nuestras parejas, pinches o amigos. Que nos acordemos de decirnos cuánto nos gustamos y que seamos específicos cuando lo hacemos. Hay cosas que nosotros somos capaces de ver en el otro que son bonitas y que el otro tal vez todavía no conoce. Qué buen regalo ese, ah.

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Me gusta la forma en que abres los ojos cuando me estás contando algo que te interesa. Me gusta que tengas los antebrazos peludos. Me gusta tu risa contagiosa. Me gusta que se te hagan margaritas. Me gustan tus pestañas largas, largas. Me gusta que seas más alto que yo. Me gusta que si quieres me puedas levantar en brazos. Me gusta que cuando estás pensando frunces el ceño un montón y me dan ganas de desanudártelo. Me gusta cómo tu cuerpo se apoya en el mío cuando estás cansado.

Sexo en transición

Sexo + Economía + Matrimonio + Liberación sexual femenina.

He tenido este artículo archivado por meses porque no sabía cómo abordarlo. Lo políticamente correcto es quejarse y denunciar las ideas anticuadas -tengo un doctorado en No Estoy de Acuerdo-, pero lo más honesto y útil sería evidenciar la brecha. Lo que nos falta para dejar de actuar estúpidamente. Así que acá va.

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La historia es la siguiente: el 2014 se publicó un video que aplicaba la lógica de la economía a las relaciones sexuales, planteando una mirada bastante conservadora del sexo para explicar el fenómeno de la baja de estadísticas de matrimonios y sugiriendo una solución para revertirlo. El video se llama The Economics of Sex  y fue creado por el Austin Institute for the Study of Family and Culture, basado en investigaciones del psicólogo Roy Baumeister. Para los que no saben tanto inglés, acá  pueden ver un resumen escrito del video (y para los que sí, bueno, les sugiero verlo).

En corto, el video plantea lo siguiente: las estadísticas de matrimonio han descendido, la gente se casa más tarde y eso es muy muy malo -¿por qué? Nadie sabe-. La causa es que las mujeres están teniendo sexo sin pedir mucho a cambio (según el video, son muy fáciles y tiene sexo a la primera). Si uno quiere aplicar la lógica de mercado a las relaciones sexuales y amorosas, el sexo puede considerarse un commodity, o sea, que hay un precio de mercado para el mismo. Debido a que los hombres quieren tener más sexo que las mujeres, las mujeres son las que controlan el mercado sexual. Los hombres, en cambio, son los que controlan el mercado del compromiso, ya que las mujeres quieren más compromiso que los hombres. Entonces, la transacción es compromiso a cambio de sexo, pero como los hombres obtienen sexo fácil, entonces no es necesario que se comprometan. ¿La solución? Que las mujeres se coludan y le niguen el sexo a los hombres, para que así los hombres ofrezcan más compromiso.

Mi primera reacción: CUEEEEEEEEEEEK.
Mi segunda reacción: a ver, pero espera….
Mi tercera reacción: pucha, este artículo va a ser difícil de escribir.

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¿Alguien más se sintió absolutamente deprimido? Yo me quise tirar del balcón porque sentí que habían un montón de suposiciones injustas, falsas y en el mejor de los casos relativizables presentadas como verdades. Por ejemplo:

– Los hombres tienen mayor deseo sexual que las mujeres: es difícil probar, si no imposible, si el “bajo deseo sexual” femenino se debe a limitaciones culturales de manifestación del deseo o si realmente las mujeres inherentemente -biológicamente- sienten menos deseo.
Al mismo tiempo, como no podemos probar eso, podemos sacar conclusiones de lo que se ve: en la práctica la conducta de búsqueda de oportunidades sexuales -sea biológica o aprendida- es más abierta de parte de los hombres. Los hombres manifiestan más abiertamente esa búsqueda y deseo y socialmente, al menos, recién las mujeres están pudiendo ocupar también ese espacio. Yo creo que es un par de años más el cuento se va a equilibrar en términos de permisividad social para manifestar el deseo (y así, que una mujer sea activa sexualmente no la convierta instantaneamente en una zorra).

– lo único que quieren las mujeres es casarse. (Ni siquiera voy a discutir esto, aunque, de nuevo, también entiendo que hay muchas mujeres que sí sienten la presión social de casarse por la edad o para adquirir una posición de reconocimiento social dentro de su grupo. No lo comparto, pero sí sé que hay gente que sigue en esas, y mientras eso pase, para parte de la población el proceso de dating seguirá siendo un juego tipo Tom & Jerry).

– El video plantea que el exceso de oferta de mujeres sexualmente activas ha disminuido el “valor” del sexo: en vez de “pagar” por sexo casándose, ahora los hombres necesitan comprar un par de tragos o salir en un par de citas. Marina Adshade -economista seca- rebate esta idea explicando que una relación inversamente proporcional de oferta y demanda sólo aplica en mercados donde hay un intercambio monetario. Adshade dice que salir en citas es más como hacer trueque: la gente decide comenzar relaciones al identificar una combinación específica de características que quieren en una pareja. Es un intercambio cuidadoso, no una transacción monetaria.
Esto -el que las relaciones se parezcan más a un trueque que a un negocio- hace que el mercado sea muy ineficiente. Y tiene todo el sentido del mundo: las economías de trueque son difíciles porque encontrar a alguien que venda lo que tú quieres comprar y que quiera comprar lo que tú quieres vender es complicado.

– Una cita: “Los hombres se comportan tan bien o mal como las mujeres de sus vidas se lo permiten”: ya, esto sí que me irrita, o sea no sólo las mujeres son responsables de su propia sexualidad y deseos, sino también de la del resto. O sea los hombres son niños incapaces de tomar sus decisiones y que no pueden autocontrolarse. Great! Rape culture. Googlée si no cacha el término.

– La solución que se propone es que las mujeres se coludan y le nieguen el sexo a los hombres para así impulsar a los hombres a casarse o a mantener relaciones de largo plazo. El video sugiere además que las mujeres debiesen evitar el sexo casual, tal como era antes de la píldora. Este razonamiento lo he escuchado un montón de veces -el que deriva de “ya no hay motivación para los hombres para casarse y la única forma es que se acabe el sexo premarital” o el inifinitamente menos elegante “para qué comprar la vaca si te dan la leche gratis”- y es un alivio ver que hay una argumentación económica en contra (¡además de ser realmente ridícula la idea de supervisar la vida sexual de los otros!): la solución es imposible ya que en el mercado del sexo y del amor hay millones de personas, por lo que es un mercado perfectamente competitivo y por lo mismo, es imposible armar un cartel, según Adshade, pues no se podría regular a todas las mujeres…y ningún economista serio plantearía la colusión como solución a ningún escenario de mercado.

Habría que pensar también en la agenda oculta de este tipo de discursos conservadores que defienden la institución por la institución en sí. Se sugiere revertir las libertades sexuales de las mujeres, constreñirlas…¿para qué? ¿A favor de qué?

Saquen las conclusiones ustedes.

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Me acordé de resucitar este artículo por dos cosas:
– Es un ejemplo gráfico de Mansplaining y slut-shaming en conjunto. En unos pocos minutos el video le explica a las mujeres por qué ellas la están cagando, además de pasadita tratarlas de zorras y responsabilizarlas del “caos” que es que haya disminuido la tasa de matrimonios. (Lo del mansplaining da para otro artículo que viene luego, pero se puede definir como lo que pasa cuando “un hombre se siente compelido a explicar o a dar su opinión sobre cualquier cosa, especialmente a una mujer, a menudo de forma condescendiente, aunque no sepa de qué está hablando o no sea asunto suyo”).
– Me topé con un artículo sobre el movimiento MGTOW (Men Going Their Own Way), y la idea de que las mujeres son prácticamente el cáncer del universo y me recordó a este video de sex economy. Y luego vi un video que tienen ahí colgado de Briffault’s Law… y entiendo la paranoia de los MGTOW si es este el tipo de cosas en las que creen.

Creo que lo que más me preocupa es la consideración de un vínculo -sexual y relacional- en una simplificación carente de afectos. En el video el matrimonio es un medio para conseguir sexo y/o bienes. El sexo, para las mujeres, sería un medio para conseguir que les pidan matrimonio (bienes), … etc etc. Pero lo que pasa es que hasta hace muy poco era así: el matrimonio era un acuerdo de largo plazo que anudaba fuertemente tres términos: sexo, familia, dinero. Pero las cosas están cambiando y por eso este video ya empieza a sonar añejo.

Estamos en transición. Nos estamos moviendo desde una cultura conservadora, que otorga más libertades sexuales a los hombres, que valora el sexo en función de la construcción de la familia, a una manera más libre de ver el sexo, entendiendo que no es un commodity de un sexo que se “entrega” o “rinde” a otro a cambio de algo. Esto tiene TODO que ver con que las mujeres tengan independencia económica y se puedan integrar de lleno al mercado del trabajo en condiciones equivalentes a las de los hombres. En la medida en que las mujeres pueden sostenerse por su cuenta, no necesitan que los hombres las mantengan -o sea asegurarse la casa, la situación económica estable a través del vínculo matrimonial-. Y cuando eso ya esté por completo resuelto, la manera en que concebimos el matrimonio y el sexo cambiará. Por ahora, todavía estamos en aguas pantanosas.

Para una cabeza más liberal, tener sexo antes de embarcarse en una relación de largo plazo es crucial. El enganche sexual, la sintonía física, es parte esencial del vínculo que se forma. Para una cabeza conservadora, el no tener acceso al cuerpo del otro, el aguantarse, significa respeto. ¿Quién tiene razón? ¿Qué es mejor? ¿Qué es más sano, considerado, etc? Esto es lo mismo que sostener visiones políticas diametralmente opuestas: la jerarquía de valores de cada uno es lo que determina esas ideas. A mí me pasa que me parece un sinsentido el videíto. A otros les debe hacer todo el sentido del mundo. La cosa es que puedo entender que no quieran aplicar mis ideas a su vida, pero por algún motivo las cabezas más conservadoras sienten la necesidad de imponer sus ideas sobre el resto.

Como mujer independiente y profesional me repele que un hombre considere que tiene cualquier tipo de derecho sobre mi cuerpo y que sienta que puede juzgar, a cualquier nivel, mi vida sexual. Me resulta grotesco la gente que considera que yo como mujer tengo más valor mientras más “virginal” soy o mientras más difícil sexulamente les resulto -y ojo, ¡los tengo identificados chiquillos!-, o los que sienten que vincularse con un otro es similar a ejercitar su poder de compra o venta en cualquier otro escenario -no, que me invites a tomar algo o a comer no te asegura nada-, así como también me dan verg[uenza ajenas las mujeres que, teniendo sus propios medios económicos, usan su cuerpo para conseguir cosas o manipular al otro. También me irritan los que andan castigando a las personas que disfrutan de su vida sexual sin encorsetarse en la fórmula relacional que a ellos les parece aceptable. A toda esta gente quiero decirle: me tienen aburrida. Ahora, eso no va a cambiar su forma de pensar, claro, pero sí tal vez los ayude a mantenerse al margen, jaja. Así que: manténganse al margen y dejen de huevear al resto.

Refs.:
Para más argumentos que desbaratan la lógica del video y reflexionan sobre sus supuestos:
“Policing Female Behavior for the sake of Marriage”, Marina Adshade
http://bit.ly/2nHs6o0

“The Economics of Sex Theory is Completely Wrong”, Christina Sterbenz: http://read.bi/1g5XYCT

Y “Sex is not an economy and you are not merchandise”: http://bit.ly/1dIq3ni

MGTOW
https://www.mgtow.com/video/briffaults-law/

The Economics of Sex (resumen)

*** VIDEO*** OJO: esto es sólo un resumen, no una opinión.

La premisa: las estadisticas de matrimonios han disminuido porque las mujeres se han liberado sexualmente.
El sexo es un intercambio donde cada sujeto le da algo a cambio al otro -acceso al cuerpo del otro- . El hombre y la mujer disfrutan del sexo, pero lo experimentan de maneras distintas.
El hombre tiene mayor deseo sexual que las mujeres e inicia los encuentros sexuales en mayor proporción que las mujeres. Son más permisivos respecto del sexo y conectan el sexo al romance de manera menos frecuente.
Las mujeres, en cambio tienden a tener sexo por razones distintas al placer. Las motivaciones para el sexo de ellas son expresar y recibir amor, reforzar el compromiso, reafirmar su deseabilidad y obtener mayor estabilidad en la relación.
El sexo es un recurso de la mujer, por lo tanto, ella decide cuándo comenzar una relación sexual fijando un “precio”: a los hombres puede costarles un par de tragos y halagos, un mes de citas o la promesa de compartir todo su afecto, riqueza y ganancias para toda la vida con ella.
¿Qué es lo que cambió? La introducción de la píldora anticonceptiva (y se la compara con la invención de los pesticidas). Antes, para tener sexo había que estar al menos en una relación más o menos seria, porque las consecuencias estaban más orientadas hacia el matrimonio. Ahora tener sexo y casarse no van necesariamente de la mano, por lo que podría decirse que hay dos mercados, uno del sexo (donde hay más hombres buscando tener sexo) y otro del matrimonio (donde hay más mujeres). Entonces en el primer caso, las mujeres deciden con quiénes y cuándo tienen sexo, porque la demanda es más alta,
-pudiendo ser más selectivas en el corto plazo- mientras que en el mercado del matrimonio, pasa lo contrario.Es decir, los hombres se ponen selectivos antes de comprometerese, intentando alargar el sexo casual o descomprometido. (Maximizando sus ganacias mientras invierten pocos recursos).
¿Por qué los hombres se comportan así? Porque pueden. La solidaridad entre las mujeres respecto del mercado del apareamiento se ha disuelto, y ahora compiten unas con otras. Y cuando compiten, lo hacen ofreciendo sexo.
La solución que propone el video es la colusión entre las mujeres para elevar el valor de mercado del sexo.Si las mujeres estuviesen a cargo del mercado, se verían relaciones más largas, mayor inversión de tiempo y recursos, menos partners sexuales premaritales, menos cohabitación y finalmente, más matrimonios.

Reciclaje y reutilización relacional

Que no se confunda: me encanta reciclar y reutilizar. En serio. Uno siente que se redime frente al mundo por generar tanto desperdicio continua e inevitablemente. Es un esfuerzo de cuidado, de conciencia. Estrellitas fosforescentes para todos los que lo llevan a cabo en su vida diaria. Pero con lo que no estoy de acuerdo es con el “reciclaje relacional” con el que insisten algunos, porque lo he vivido y es un poquito como la cresta. Y con la “reutilización relacional” tengo mis reservas.

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Ok, entonces para entenderlo, determinar lo que no es: no me refiero a las relaciones on-and-off, esas cuestiones cíclicas donde dos personas empiezan, terminan y vuelven sucesivamente. Esos tipos de relaciones son, para los que las vemos de afuera, como ver una de esas teleseries cebolla, predecibles y maqueteadas, en vivo y en directo, mientras que para los involucrados es la cosa más emocionante de la tierra. No. Me refiero más bien al intento de resucitar algo que ya se agotó, acabó, terminó, secó, explotó -búsquenle la palabra que quieran- con la esperanza de que sea lo mismo de antes de que todo estallara.

El patrón es el siguiente: uno vivió una historia con una persona, con todos sus altos y bajos. Esa historia no funcionó y uno ha tenido la capacidad de definir por qué: incompatibilidad de caracteres, cero interés mutuo o de un solo lado, poca o ninguna capacidad de cuidado por el otro, eligieron a otra persona en vez de a ti, etc. La cosa es que uno estuvo metido en algo y se acabó, con toda la pena, dolor y frustración que eso implica. Luego de un tiempo uno superó el cuento, porque eventualmente las historias se acaban y uno las sepulta tranquilamente y entiende por qué pasaron así. Y luego, años después -porque nunca es un par de meses después, mínimo pasa un año- el ex o expinche vuelve, cual zapatilla huacha náufraga a la orilla de playa, justo a tus pies.

Ustedes dirán, pero por qué no: ha pasado el tiempo, tal vez ahora sí. La propuesta de la zapatilla en cuestión es: ¡nos veríamos tan bien juntos de nuevo! El asunto es, si se me permite agotar la comparación, que una zapatilla perdida en el mar y otra que se quedó en tierra ya no hacen buena pareja. O sea, les pasaron cosas distintas durante ese tiempo, para mejor o para peor. Y si antes se veían similares, ahora ya no lo son. Y pretender que no es así es tonto.

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Tanto de lo que hace que una relación florezca es el contexto. Las personas con las que enganchamos no son individuos aislados. Lo que nos gusta de alguien no es únicamente lo que la persona es, sino también lo que nosotros somos en el momento en que nos gustan. El adolescente que te gustó cuando tenías 15 años probablemente no encaje en tu vida ahora porque tú has cambiado y él ha cambiado. Porque son personas diferentes. Porque las personas que se gustaron ya no están ahí, aunque tengan el mismo nombre y se vean más o menos atropellados por el paso del tiempo. Porque eran otros.

Cada cierto tiempo vuelven. Al principio me parecía chistoso y me sentía halagada -¡volvió! ¡Ahora sabe de lo que se perdió!-, pero ahora ese regreso de esos exes o pinches me parece un poco egoísta.  Me he visto enfrentada a expinches que suponen que porque tuvimos algo antes ahora debiéramos tenerlo de nuevo y que se decepcionan cuando eso no pasa. Como si de alguna manera yo los estuviese despreciando o faltando a una cláusula interna de complicidad, un acuerdo en el que yo me comprometí, por haberme involucrado con ellos y haberlos querido, a estar disponible cuando a ellos se les ocurriera. A ser reciclada.

Ojo, no es que yo crea que haya que desechar a las personas con las que uno estuvo -y los que me conocen bien saben que normalmente mantengo relaciones súper intensas, creativas e inspiradoras con mis exes e incluso con gente con la que salí no más por un rato-, sino que lo que me molesta es que alguien de por sentado que puede llegar y disponer del otro para reavivar algo que sigue pasando en su cabeza, más que en la realidad. (Porque normalmente estos intentos de reciclaje aparecen a pito de nada, sin ningún esfuerzo de continuidad). Muy pocas veces me ha pasado que un ex se me acerque con ganas de saber realmente en qué estoy ahora: quieren encontrarse con la persona que yo era antes -y retomar en el punto más emocionante de nuestro vínculo, como si no hubiese pasado el tiempo-, más que invertir tiempo en redescubrirnos.

Le pregunto a un amigo, como si él tuviese la respuesta, por qué cresta pasa, y él me dice que él cree que es algo engranado en la psique masculina. Que ese reciclaje, ese retorno, se da cuando se les acaban las opciones disponibles, cuando no aparecen nuevas chicas. Entonces se vuelcan al pasado. Cuando se agotan las oportunidades o cuando las cosas se vuelven aburridas en su vida. Dice que a él le ha pasado un montón de veces y que lo ha intentado con resultados catastróficos y a veces ha tenido la sensatez de detenerse antes, de cachar que es una fantasía.

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No tengo idea si mi amigo tiene razón o no. No sé si es algo particularmente masculino. Sí sé que yo no lo he hecho, y que a mis amigas les he escuchado pocazo este tipo de aproximaciones. Pero a mí sí me ha pasado, como sujeto convertido en objeto a reciclar, y es agotador, porque la presión que te ponen encima y la responsabilidad que te achacan es gratuita. Ah, y la sensación de culpa, de no cumplirle a la expectativa fantasiosa del otro. Argh.

Dije que con la “reutilización relacional” tenía mis reservas, y es la siguiente: cuando uno reutiliza un producto, le da nueva vida. Cuando uno reutiliza una relación la transforma en algo distinto a lo que era inicialmente. Desde mi punto de vista se ve un poco así: ¿así que éramos amantes, tiramigos, pololos y no funcionó? Bueno, me caes tan bien / te quiero tanto / eres tan bacán que quiero que sigas siendo parte de mi vida y te invito a eso: a transformarnos en otra cosa, juntos. A mirarnos desde otro punto de vista, A valorar cosas que tal vez, antes, por cómo nos tratamos, no vimos en el otro. Que eso termine después en que nos involucremos de nuevo o que se genere un lazo por completo distinto es otra historia. Pero al menos con la “reutilización” hay un respeto que tiene que ver con reconocer que el primer uso ya se agotó, o se agotó de la forma en que lo hicimos, y hay que buscar otro camino.

Guía práctica para arruinar todo

Decidí escribir este artículo porque, desde el utilísimo libro de Watzlavick –El arte de amargarse la vida-, poco se ha hecho por apoyar a los que deciden dejar de lado el camino de la felicidad eufórica y que en cambio se han dedicado a cultivar el respetable camino de la desesperanza y la frustración. No pretendo superar a Watzlavick, sino desarrollar y actualizar algunas de sus ideas de manera breve basándome en mi propio talento y el de mis amigos para arruinar las cosas que nos hacen felices.

A pesar de que suene a trabajo fácil, la verdad es que ser realmente infeliz requiere perseverancia. Esta guía está hecha para los que se cansaron de arruinar las cosas a medias y quieren arruinarlas con estilo, devolviéndole ese glamour de antaño. Aprenderán a arruinar la mayor cantidad de situaciones agradables o neutras como sea posible siguiendo estos sencillos tips. Si al aplicar algunas de las técnicas se topan con algún optimista tolerante dando vueltas por ahí, no se desesperen: sólo tienen que aferrarse a un par de ideas fuertes y juntarse con gente que esté en la misma parada que ustedes.

Sin más delación, consideren por favor los siguientes puntos para empezar a mejorar su capacidad de arruinar las cosas (sin orden de prioridad):

  1. Cuando alguien te diga “te quiero” míralo directamente a los ojos y di “gracias”.
    Nivel pro: frunce el ceño y pregunta “¿por qué?”. También surte efecto el ridiculizar al otro (“ay, que eres cursi”) o ponerlo en duda (“ya, sí, seguro”).
  2. Si estás haciendo algo que te gusta hacer en compañía de otra persona, disecciónalo en voz alta, señalando los aspectos negativos. Idealmente la otra persona también estará realizando la misma actividad. Ejemplo: si te estás fumando un cigarro, comenta lo mal que te hace, lo terrible que es decidir consumir veneno así, y menciona a la pasada cómo las grandes corporaciones se hacen ricas a partir de nuestros vicios. Puede usarse el mismo modelo para el alcohol, las bebidas de fantasía, los dulces, etc.
    Nivel pro: lograr vincular algo que normalmente es considerado positivo como un vicio o algo dañino. Por ejemplo, los deportes (“no puedo dejar de hacer deporte”), las zanahorias (“¿sabías que comer demasiadas zanahorias también es cancerígeno?”), levantarse temprano (“no puedo dejar de despertarme temprano, qué terrible”), etc.
  3. Si alguien te ofrece ayuda -cualquier tipo de ayuda, desde acarrear bolsas a ayudarte en algo de la pega-, interpretar rápidamente que es porque te ven débil o inepto, acto seguido ofenderte y con mucha energía rechazar la ayuda.
    Nivel pro: comentar con tus amigos lo mal que te hizo sentir que esa persona te ofreciera ayuda, así al tiro les va quedando claro que no tienen que hacerlo ellos mismos.
  4. Un tip mágico: decir alguna barbaridad radical / totalitarista -independiente de su calidad de verdad- y sentir que uno tiene que ser tan coherente consigo mismo que no se dé pie para jamás flexibilizar el punto de vista. Funciona perfectamente en discusiones políticas, en peleas de pareja y para animar un carrete demasiado piola (algunas ideas al vuelo: “el ser humano es egoísta por naturaleza”, “no creo en el amor”, todos los hombres son idiotas”, etc.). [Watzlavick lo plantea como “sé fiel a ti mismo”, p.9]
  5. Derivado del punto 4: cada vez que se quiera expresar una idea, plantearla como si fuese una verdad absoluta. Esto sin duda generará discusiones enardecidas y, cuando surte poco efecto, al menos hace ruido.
  6. Abrazar tus dolores como si los tuvieras tatuados. Si andas por la vida recordándote constantemente todo lo que has sufrido, cómo la gente te ha tratado mal y rememorando discusiones, ya estás un paso adelante. Si tiendes a olvidarte de las discusiones, recomiendo ir llevando un registro (los diarios de vida ayudan, aunque si uno se los comenta también a los amigos, es como tener un diario de vida parlante). Ayuda mucho también combinar el efecto del alcohol y ponerse a rememorar peleas con la persona con la que las tuviste.
    Nivel pro: hacer como si has perdonado u olvidado una situación que pasó hace tiempo y luego de que pasen 5 años, mencionarla a pito de nada -mientras más público el contexto, mejor. Comidas familiares, celebraciones de cumpleaños y festividades tradicionales ganan puntos extra-.
  7. Jugar a la víctima: esta técnica funciona perfecto, en especial con la gente que te quiere. Entonces, por ejemplo, si alguien hizo algo que te molesta, lo mejor que puedes hacer es no decirle nada y simplemente dejar de hablarle o tirarle comentario pasivo-agresivos. En esto es clave tener el convencimiento de que la persona -que es cercana a ti y te quiere- tuvo toda la intención del mundo de herirte y que incluso lo planeó con antelación.
    Nivel pro: a esto lo podríamos llamar “la venganza del cordero”: si una persona te hace daño, decidir seguir teniendo un vínculo con esa persona para no herirla. Acá el ejercicio mental es un tanto complejo, pero sígueme en esta lógica: X te ha hecho mucho daño y prácticamente es una mala persona contigo, pero como X no se da cuenta de eso, ¿quién eres tú para ir a arruinarle su fantasía de que es una buena persona? Entonces, en vez de hablar con X y resolver las cosas, mantienes una relación muy cercana, porque no quieres hacerle daño. Lo que en proporción te hace más daño a ti.
    Nivel súperpro: decir que si X desaparece de tu vida -se muere, por ejemplo- todo tu rollo con X se solucionará.
  8. Amargarse por la edad: si tienes 20, abraza la idea de que eres nadie “todavía” y que tienes que validarte y estudiar y tener plata para algún día “ser alguien”. Si tienes sobre 30, sentir que los mejores años de tu vida ya pasaron y que si no eres tu propio jefe eres un fracaso. Si tienes sobre 40, enfocarse en la decadencia corporal, en que los padres de tus amigos se empiezan a morir y que luego vienen ustedes y en que nunca hiciste ningún cambio relevante en el mundo (y que ya es demasiado tarde). Si tienes sobre 50, siempre funciona el empezar a quejarse de los propios hijos, ya sea porque no son el tipo de personas que tú querías que fueran o porque no tienen la relación que te gustaría que tuvieran -y ya es demasiado tarde-. (Doble puntaje: no sólo te amarga a ti, sino también a ellos). Sobre los 60 aprenderse de memoria todas las enfermedades potenciales y quejarse de cómo funciona la sociedad y cómo el ecosistema está hecho un carajo.
  9. Cuando te sientas conforme con tu vida o simplemente relajado, recomiendo empezar a pensar en problemas mundiales gigantescos o en hechos trágicos y refrenar el impulso de hacer algo al respecto. Simplemente quedarse en la contemplación del problema y sentirse pequeñísimo, impotente. Ideal si uno puede arrastrar a un grupito de amigos en la sensación de que somos esclavos de decisiones ajenas, simples títeres.
    Ejemplos: hablar con amigas embarazadas sobre el suicidio como alternativa válida al caos que es este mundo; discutir sobre el calentamiento global durante un asado (proponiendo el veganismo como salida lógica, al mismo tiempo en que le pides un pedacito más de carne al guatón parrillero).
  10. El sexo ofrece tantas posibilidades de infelicidad que voy a tener que conformarme con unas pocas no más:
    – No decirle a tu pareja sexual lo que te gusta hacer y que te hagan, “aguantar” el acto y luego quejarte con tus amigas o con tu diario de vida sobre lo malos que son en la cama las personas con las que tiras.
    – Mientras estés en plena acción, empieza a pensar en todo lo que te molesta de tu cuerpo.
    Nivel pro: piensa en lo que te molesta de tu cuerpo y del de tu pareja.
    – Métete en la cabeza que el sexo es algo sucio o condenable. Ayuda mucho imaginarse que, mientras tiras, tu abuela o tu mamá está parada al lado de la cama, mirándolos horrorizada.
  11. Cada vez que te sientas muy alegre, métete a Facebook, Instagram o lo que sea que uses y ponte a comparar tu vida con la vida de los otros. Si pasas al menos una hora diariamente con actitud de “el pasto es más verde”, te aseguro espiral de la muerte casi inmediato.

Espero que estas pocas ideas los ayuden. ¿Se les ocurren otras?

Refs.:

Paul Watzlawick, El arte de amargarse la vida (libro completo)

http://www.geocities.ws/rpgfphin/ElArtedeAmargarselaVida.pdf