Los kriptonitas

He estado pensando mucho en qué es lo que hace que alguien nos guste o no. ¿Qué hace que elijamos a X y no a Y? ¿Qué tiene ese otro a nuestros ojos que nos convoca? ¿Cómo identificar lo que realmente queremos?

Las fórmulas no me sirven, o al menos, me resultan poco iluminadoras: todo el mundo dice que le importa que su pareja tenga sentido del humor, que sea inteligente o que le resulte físicamente atractiva. Si fuese tan fácil de resumir y entender, todos estaríamos felizmente emparejados con cualquiera que buscase lo mismo.

Caer en descripciones convencionales retrasa el proceso de encontrar a alguien que realmente te gusta: en la medida en que lo que dices es una generalidad, menos consciente eres de que lo que estás buscando es realmente particular. Entenderlo es clave: estás buscando algo súper especial, y mientras no reconozcas esa búsqueda, te puedas pasar mucho rato tratando de acomodarte a un molde que no te calza.

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Cuando ando medio perdida siempre aplico lógicas extremas para llegar a conclusiones de manera rápida. Cuando se trata del atractivo y del amor, lo que más me sirve para pensar en qué me gusta o qué me interesa es lo de los kriptonitas.

Llamo “kriptonitas” a esas personas que hacen que uno se desmaye un poco internamente cada vez que los ve (o incluso cuando se los imagina). Te vuelves débil: se deshacen las barreras que tanto te costó levantar, pierdes en promedio de veinte a cincuenta puntos de coeficiente intelectual cuando te miran y ni hablar de las habilidades motrices: la torpeza abunda cuando hay un kriptonita a menos de un metro.

Clasifico en dos a los kriptonitas: los sinérgicos -tanto a ellos como a ti les pasa algo, es mutuo- y los terroríficos. Voy a hablar de los segundos, porque los primeros son menos problemáticos (y uno tiende a pasarlo mucho mejor con esos).

Un kriptonita terrorífico es alguien que, porque te gusta tanto, te pone en situaciones que no te acomodan. Doblega tu voluntad con su presencia, terminas cediendo más de lo que te gustaría e incluso te traicionas diciendo cosa en las que no crees, sólo para conseguir su aprobación (o una carcajada pffff). El primer consejo con estos kriptonitas es obvio -¡huye!-, el segundo es contrario al sentido común -¡huye….pero no tan rápido!-. Los kriptonitas son una súper buena oportunidad para identificar qué nos gusta, qué nos gusta y nos hace daño y qué nos gusta y tenemos mal codificado.

Primero: qué nos gusta. Esto es fácil: a veces uno puede ver patrones físicos o de movimientos, algo que tiene que ver con la presencia -cómo habitan el espacio-. Admiramos un atributo que le pertenece: objetivo, medible (si uno quisiera darse la lata de medir).

Es importante aprender a diferenciar qué nos atrae de alguien y el que alguien nos atraiga por cómo nos hace sentir. Es muy distinto quedarse embobada -foco afuera- a sentirse feliz, livianita o privilegiada cuando estás con esa persona -foco adentro-. Lo segundo tiene que ver con las cosas que el otro nos despierta y eso, por inevitable que nos parezca, tiene mucho más que ver con nosotros que con el otro (aunque sí, sí, el atractivo siempre es subjetivo).

Hay kriptonitas que, aunque no te hacen sentir tan bien, te desarman. A veces son cosas tan tontas como necesitar sentirse en desventaja o dominado para que alguien parezca atractivo, y eso dura -predeciblemente- hasta que el otro engancha y se pone más servicial. El problema ahí entonces es la expectativa: ¿qué emoción te está activando esa persona? ¿Con qué experiencia asocias esa emoción? ¿Qué relación has tenido con personas que te han hecho sentir así?

A veces hay asociaciones torcidas a la base: por ejemplo, confundes dominancia con protección y por lo tanto te parece atractivo alguien rígido o controlador porque te hace sentir protegido, como que se preocupa de ti. O por el contrario, te parece atractivo alguien que te ignora o no te pone tanta atención porque confundes lo que te hace sentir -¿desconcierto, incertidumbre?- con interés de tu parte. O inexplicablemente te sientes atraído hacia alguien más fome o predecible porque confundes predictibilidad con seguridad y lealtad . Y así. Acá lo lógico es retrabajar esa codificación para dejar de dar bote.

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Los kriptonitas son como un acertijo emocional: la respuesta está ahí, a la vista, pero uno se pasa mucho rato dándonles vuelta hasta que chaaaaan, ¡era tan sencillo! Sólo había que detenerse un poco a mirar las cosas con distancia, a quitarle el misticismo, a no dejarse embrujar por cómo nos resultan a primera vista y verlos por lo que son: elecciones -muchas veces peligrosas o fallidas- que nos apuntan dónde está el tesoro (el tesoro: eso que estamos buscando).

Joseph Campbell dice algo muy bonito (y cierto, a mi parecer) cuando compara la vida con la mitología: “donde tropiezas es donde está el tesoro”.

Ojo, “donde tropiezas”. No significa que lo que te hace tropezar sea el tesoro.

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