Mi cuerpo no te pertenece – TRADUCCIÓN

[Leí este texto el 17 de junio y quise traducirlo el 17 de junio.
Sorry, NY Times, por no pedir permiso, pero el texto vale la pena como para correr este riesgo.
El ensayo fue escrito por Heather Burtman para Modern Love. Lee acá la versión en inglés. ]

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Cuando el desconocido me gritó desde la ventana de su auto, yo llevaba en brazos mi Zaioculcas zamiifolia, una planta tropical grande que había comprado recién en un invernadero. No pude escuchar lo que dijo, pero estoy segura de que no era un halago a mi planta.

Sus palabras, sean cuales fueren, me recordaron todos los comentarios despectivos y las propuestas vulgares que había escuhado antes, desde distintas ventanas de autos y de distintos hombres: eran comentarios sobre mi cuerpo y sugerencias sobre lo que podría hacer con él. Cuando cumplí 16 fue como si mi cuerpo hubiese dejado de pertenecerme y en cambio le perteneciese al mundo y a ciertos hombres que manejaban sus autos a lo largo de él.

Cuando era chica y jugaba sin polera en el jardin de mi familia mi cuerpo se sentía como algo que me pertenecía solo a mí. Teníamos un rectangulito de tierra dentro del que podíamos excavar un rectángulo más pequeño y ese pedazo de tierra más oscuro era nuestro jardín. A los cinco, a los seis, a los siete, mis hermanos y yo nos reíamos cuando sacábamos pedazos de pasto y hacíamos unas lluvia de tierra que subía por nuestras narices y bajaba por nuestros pechos.

Me gustaba como se sentía esa tiera, recién recogida, contra mi piel, y le pedía a mi madre que me enterrara de la misma manera en que lo hacía algunas veces en la playa. Me enterraba a la mitad y yo sonreía y posaba para una foto. Me gustaba estar así: ser un torso desnudo y cubierto de lodo con un puñado de semillas que, pensaba, podrian convertirse en zanahorias y arar un futuro en el que mi cuerpo fuese mi cuerpo. Y tu cuerpo fuese tu cuerpo.

La desnudez era nadar en la bahía cuando la luz del sol se apagaba detrás de los manzanos. Cuando caminábamos por la calle y los hombres nos sonreían, no era en ese sentido.

En los últimos años de la secundaria fui a mi sengunda prueba de sostenes a JC Penney y la señora que me atendió hizo un gesto de desagrado con la naríz cuando me dijo mi talla de copa, como si estuviese pensando “cómo te atreves a tener esas”.

Desde ese momento fui la guardiana de un secreto: hay tallas más grandes que DD. Puedes ser H, por ejemplo. Esa es una talla inglesa. O una K. Esa es una talla americana. Los ingles hacen mejores sostenes. Yo era la chica pechugona. Me hacían chistes, mis amigas me halagaban, habían promesas de que mi futuro pololo o marido o amante tendría muchos motivos para estar contento.

Había hombres que me comían con los ojos. Hombres que preguntaban: “¿Son de verdad?”.

No sabía cómo responder. No recordaba haber decidido concientemente su tamaño ni haber hecho nada al respecto.

Por esa época me di cuenta de que, en este mundo, habrían muchos momentos en los que mi cuerpo no se sentiría como mi cuerpo. Cuando estaba en una discotheque y un hombre me agarraba el poto y luego las manos para invitarme a bailar. Puedes decir que no 100 veces, igual te va a arrastrar hacia él.

Está el nudo de sus manos y las tuyas, y mientras más tratas de deshacerte de él, más te atrae hacia él. Es como un juego para él, como uno de esos tubos de colores que te atrapan los dedos cuando tratas de deshacerte de ellos.

Si tienes suerte, tus amigas le girtarán hasta que te suelte. Te pararás ahí, aturdida, dándote cuenta de pronto cuán pegajoso está el suelo y preguntándote si en el baño habrá un jabón que huela rico, un jabón que huela a verano, a ser joven, a estar afuera. Pero ese es el olor de otro mundo, otro mundo que parece no existir.

Cuando camino al trabajo y los hombres me sonríen, no son sonrisas amorosas. “¿Cómo te llamas?”, dicen. “Dale, dime tu nombre”.

Me siguen, sus pasos se sienten como árboles que caen. Lo puedo sentir en el aire, su necesidad de quitarme algo. No tiene que ver conmigo en especial, conmigo como sujeto. No tiene nada que ver con que yo haya sido en algún momento una jardinera audaz con una tetera plástica azul y una colección de puzzles Ravensburger.

Si les dijera mi nombre, ¿lo recordarían? ¿Me invitarían a comer y escucharían cuando les contara las historias de mi infancia? ¿Sería eso amor verdadero?

Puedo imaginarme la escena ahora mismo. Estoy tomando un desayuno tardío con unas amigas en un lugar que sirve Bloody Marys sin fondo y huevos ligeramente pasados. Luego de la tercera ronda nos encontramos hablando del típico tema: cómo conocimos a nuestras parejas.

Mis amigas se inclinan un poco más hacia mí y me dicen: “Heather, por favor cuéntanos esa historia de nuevo. Cuéntanos cómo conociste a Lyle”.

“Bueno”, empiezo, sorbiendo lo último  que queda de mi Bloody Mary. “Estaba caminando por la calle y Lyle iba manejando por ahí y gritó ‘Oye, nena’ y luego me pidió que tuviese sexo con él. Y luego pensé ‘Este sí que vale la pena'”.

Ese comportamiento no es mío. No se trata de amor. Ni siquiera se trata de sexo. Se trata de miedo y poder. No sé qué es lo que ciertos hombres obtienen de alimentarse de ese tipo de cosas. Tampoco quiero saber.

Una vez viajé a Francia y me arrimé al brazo de una amiga mientras un hombre nos seguía por media milla, gritando no sé qué cosa. Estaba el río resplandeciente, el puente de piedra, la crepería cerrada porque ya era tarde, pero solo existía el miedo.

“Podemos manejarlo”, le murmuré. “Si es que pasa algo, digo”.

Seguimos avanzando, calculando la distancia entre el cazador y la víctima. Estaba demasiado asustada para pensar y me sentía demasiado insegura como para dilucidar cómo llamar a la policía.

Una vez, en Connecticut, un hombre pasó a mi lado para luego darse la vuelta y volver a pasar.

“Dios”, pensé. “Volvió”. Sentí cómo descendía el  miedo, como un paracaídas de colores en un juego del gato y el ratón. Habló, se rió, me miró mientras yo trataba de no pestañear. Yo siempre pestañeaba. ¿Cuál es el verbo? Saborear. Deleitarse torturando al otro. Sadismo.

Si alguien te hace esto, no te rindas, no le sonrías. Siempre me digo que seré la mujer fuerte que mi madre me enseñó a ser y que no debo sonreír, pero casi siempre lo hago.

Una vez un hombre me dijo: “¿Sabes quién soy? Soy Don Juan, soy el mejor amante del mundo. Compruébalo”.

Y yo pensé: bien por usted, señor. Bien. Y le sonreí. Incluso me reí.

Otro hombre otro día se paró frente a mí en la vereda mientras atardecía. Estaba con sus amigos y alargó sus brazos y me acercó hacia él. Y ¿qué hice? “Me tengo que ir”, le dije. Le ofrecí una sonrisa dulce. Camina, no corras. Huelen el miedo. Cazan.

Nunca volveré a tener seis años. Ya no me acuerdo de cómo es tomar el sol sin polera con un jardín contra mi cuerpo, o que alguien tome una foto de mi torso desnudo y la revele en Wallgreens. Tengo veinticuatro y mi cuerpo hace que la vida me resulte peligrosa. Mis pechos, mis caderas, la forma en que camino. Los pechos de cualquier mujer, las caderas de cualquier mujer, la manera en que cualquier mujer camina.

De alguna manera, todo es demasiado tentador. Nuestros labios gruesos o finos. Nuestros cuellos expuestos bajo una melena o nuestro pelo largo, o las puntas partidas que nos sacamos cuando vamos en el bus. Nuestras orejas perforadas o no. Nuestros infinitos circulos umbilicales bajo nuestras poleras. Nos vemos demasiado bien en nuestras poleras y en nuestros jeans. Nos vemos demasiado bien en nuetros abrigos, acarreando plantas por la calle.

Cuando caminamos a nuestros departamentos, tarde en la noche, llevamos nuestras llaves en las manos y saltamos al ver sombras de sombras. Durante el día, hacemos como que nunca hemos tenido miedo.

Hace algunos años, en la calidez del verano, me paré desnuda en un muelle y mi cuerpo era mi cuerpo. Dos amigas mías estaban paradas a mi lado. Sus cuerpos eran sus cuerpos. Nuestros pechos eran nuestros pechos. Nuestras ropas eran nuestras ropas que habíamos elegido ponernos y quitarnos, dejándolas en montones cálidos sobre la madera fría, al lado de nuestras huellas húmedas, que también eran nuestras.

Cuando nos tiramos al agua, fue porque quisimos hacerlo. Las algas se frotaban contra nuestros cuerpos, indiferentes, rodeando nuestros dedos  de las manos y de los pies y nuestra caderas, sin saber o sin preocuparse de qué era qué.

Salpicamos agua con nuestros puños y gritamos, pero si  teníamos miedo, era solo de los pescados. Eso nos hacía reír. Saludamos al cielo oscuro, estrellado y silecioso, y no nos silbó ni nos guiñó de vuelta.

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