No funcionar

Me llega una sugerencia, de parte de un lector, para hablar sobre cuando “no funcionamos” sexualmente. Primero, aclarar: ¿qué significa “no funcionar”?

En los hombres -dejaré otro post para las mujeres-, usualmente nos referimos a:

  • Disfunción eréctil o impotencia (o en buen chileno, cuando no se para),
  • Eyaculación precoz (o, perdonando el francés, irse cortado demasiado rápido, durar poco -siempre subjetivo-). Es la incapacidad de controlar la eyaculación, ya sea eyaculando antes de la penetración o después, en breve (o brevísimo) tiempo.

Ojo: hay un montón de desórdenes o malestares psicológicos, y enfermedades o síntomas fisiológicos que afectan la experiencia sexual. En sexualidad, a todo esto, un problema es un problema cuando el sujeto lo pasa mal y/o genera dificultades interpersonales. Hay parámetros, pero todo es bien relativizable y siempre es necesario chequear la multiplicidad de factores que pueden estar afectando: desde una herencia neurológica, enfermedades concurrentes, hasta problemas relacionales.
*Esta parte me da un poco de lata porque es lo que sale en todos los artículos de internet, así que si alguien quiere que haga un post más técnico, que lo pida y feliz ordeno la info, pero por ahora creo más interesante pasar a otras cosas. A tu cabeza y a la mía, por ejemplo.

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Pongámonos en el escenario más catastrófico, clásicamente heterosexual: tienes un encuentro casual con una mina que te gusta/calienta y a la hora de los quiubo no se te para. Pongámosle un nivel más de dificultad: a la mina le encanta la penetración, para ella un acto sexual completo tiene que incluirla. Un nivel más: para ti también es fundamental: tener sexo “de verdad” es penetrar (y todas esas ideas de la Edad Media). Entonces, nada: se supone que deberías estar en pleno y tu mini-me no funciona. Te falla en la trinchera. Los dioses no están contigo.

La salida lógica: huir. Obvio. Porque no tienes la confianza como para pensar que se verán de nuevo y recomponer la experiencia, y tampoco le vas a empezar a contar por qué andai tenso o que en realidad te pone muy nervioso estar en una situación en la que piensas que te están evaluando…porque aunque ella te dijera que le da lo mismo, no le creerías, porque obvio que al día siguiente -O TAL VEZ AHORA MISMO- le está mandando un Whastapp contándole a todas sus amigas que no funcionaste. Eso hace, evidentemente, que te pongas más nervioso y que -¿es posible?- hasta se te encoja un poquito.

Pffff. Si es así, mejor ni intentar tirar, ¿o no?

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Ay, el caos. Ay, qué hacer. Ay, qué presión. Así es como algo que en teoría es uno de los placeres más básicos y exquisitos de la experiencia humana se puede convertir en una pequeña pesadilla.

Entonces, ¿qué significa “no funcionar”? ¿Por qué nos importa? ¿Qué nos pasa cuando “no funcionamos”?

Uso las comillas apestosas porque no adhiero a la idea de funcionamiento, aunque entiendo que sea así como lo expresamos porque normalmente pensamos el sexo de estas formas más o menos pencas: como una manera probar nuestro poder/ potencia sexual -demostrarle al otro y a nosotros mismos que sabemos hacerlo, que somos buenos en la cama- o como una manera de afirmar nuestra sexualidad. En ambos casos el sexo es una manera de lograr algo más: una herramienta para un fin. Por eso: “no funcionar”.

Ante el mal rato que implica el que el cuerpo nos “juegue una mala pasada”, sentimos cosas: algunos se avergüenzan, otros se frustran, otros se hacen los locos, otros se esfuerzan en superarlo buscando soluciones rápidas, algunos tienen problemas de autoestima y otros se ponen súper ansiosos respecto del sexo.

Pero el asunto central está en entender que el cuerpo no te hizo una zancadilla: tú eres tu cuerpo. Tu cuerpo no dejó de funcionar y tu cabeza no te cagó la onda. Nadie traicionó a nadie: no hay un juego de dobles porque lo único que hay es tú -tú completito- en una situación sexual, haciendo como si estuvieras sobre un escenario jugando todos esos roles. ¿Quién es el culpable? ¿El inconsciente? ¿Ese otro yo desdoblado que no soy yo pero que tiene poder sobre mí? Pensar así, es obvio, no tiene mucho sentido, porque es insistir en la disociación.

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Cuando estamos en la cama estamos enteros, y creo que todos los problemas que uno pueda creer que tiene aparecen cuando entramos en la lógica disociada: está mi cabeza, pero no estoy en cuerpo; o está mi cuerpo, pero mi cabeza anda en cualquier parte. Es súper penca, porque cuando eso pasa no es que sea intencional: se siente como si fuese inevitable, como si algo más grande que nosotros mismos hubiese decidido ya.

La propuesta va por otro lado. ¿Qué pasaría si en vez de funcionar nos ocupáramos más de estar presentes? (Sí, suena a bullshit zen, pero dame un momento). ¿Si en vez de angustiarnos por si se nos pone más o menos duro, si duramos más o menos aguantando eyacular, etc, nos enfocáramos en lo rico que es estar con el otro? ¿En el privilegio de poder compartir tu cuerpo con el otro? ¿De poder tocarlo y dejar que te toque? ¿De probar maneras de acercarse, roces posibles? ¿Si en vez de calcular cuánto duras te concentras en la manera en que el otro respira, en la forma en que su cuerpo se pega al tuyo, en la manera en que tu piel le despierta cosas a su piel?

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Desde el momento en que el sexo deja de operar como función, nuestros cuerpos también: hay una liberación. Porque, al igual que con otros placeres, la actividad cambia de cualidad ante nuestros ojos: si voy a comer para obtener energía para correr una maratón, tal vez pondré poca atención al talento culinario con el que se preparó la comida. Sí, estoy comiendo, pero estoy enfocado en otra cosa que no es la comida, y la misma actividad -masticar, alimentarse, digerir- va a generar una sensación distinta y provocarme cosas diferentes a si, por ejemplo, preparo un plato porque quiero probar un tipo de cocina que nunca he probado antes -estaré atenta a qué hace que sea diferente, qué la caracteriza-, o porque simplemente siento hambre -tengo GANAS de disfrutar de algo que siento que me estaba faltando-.

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Cerraré con una opinión personal.

Me ha pasado tener encuentros con gente con la que he andado a tropezones. Pasa, no he salido invicta. Pero las veces en que esa situación -de dificultad eréctil o de eyaculación precoz- ha sido tema ha sido cuando el tipo se ha frustrado o aislado, cuando en vez de explorar otras cosas se ha concentrado en cabecearse contra la pared, cuando por vergüenza o frustración se ha vuelto frío o ha perdido interés en lo que estábamos haciendo. Es raro, porque cuando pasa eso es como si en medio de una fiesta uno de los invitados decidiera que se acabó todo y prendiera las luces -y uno queda como “¡nooo, pero si justo ahora íbamos a bailar mi canción preferida!”, con la pintura corrida y la propia dignidad un poquito herida-. Las fiestas no son unilaterales. Si estamos en algo, estamos los dos en la misma.

Como mujeres también nos pasa. A veces uno no está al 1000%: no te mojaste tanto, o te pasa que la descordinación de los cuerpos te mata. O cachai en mitad del asunto que tal vez estarías mejor en tu propia cama, viendo Netflix y engordando voluntariamente a punta de chocolate. Zancadillas mentales. Tropezones que te sacan de la parte más rica de estar con el otro: darse cuenta de que se eligieron, de entre todas las otras personas posibles. Darse cuenta de que se gustaron. Darse cuenta de que mutuamente han puesto el cuerpo del otro a disposición para pasarlo increíble /mejor que cualquier parque de diversiones). Y ¿qué hace la mina atormentada? Mira el techo mientras la penetran. (Punto extra y estrellitas para los hombres que cuando se dan cuenta de que hay un problema de hidratación, si bien no de entusiasmo, se ofrecen a a hacer sexo oral).

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Me importa bien poco qué terminamos haciendo en la cama, pero sí me importa un montón que lo que sea que hagamos lo hagamos con ganas, como si se fuera a acabar el mundo, con una desesperación adolescente por descubrir el cuerpo del otro. Si no, me da lata. Entonces si a mi pareja, transitoria o de largo plazo, “no se le para” o “acaba rápido”, me da lo mismo, mientras eso no signifique que alguien decide irse taimado a su casa. Los invito a pensarlo así. A seguir bailando.

 

Refs.: están buenos estos links

https://kinseyconfidential.org/ pueden mandar preguntas y se las responden.

http://www.bumc.bu.edu/sexualmedicine/physicianinformation/epidemiology-of-ed/ Causas posibles de disfunción eréctil.

https://kinseyconfidential.org/los-recursos-en-espanol/problemas-sexuales-comunes-la-disfuncin/

 

Amores platónicos

Cuando era chica tenía una mejor amiga, F.: de cara redonda y pelo corto a la altura de las orejas, piel blanca y pecosa, dientes pequeños y ojos de un celeste deslavado que me parecía precioso y que, desde el fondo de mi corazón de 9 años, envidiaba. Éramos compañeras de banco, pero más que eso, éramos un pack: si alguien pensaba en mí, debía considerarla a ella, y viceversa. Inseparables. “Uña y mugre”, decía mi mamá. Al final del día, cuando llegábamos a nuestras casas, esperaba su llamado o, ya pasadas un par de horas, la llamaba yo. Recuerdo la felicidad absoluta de escuchar la voz de la otra a la distancia. Teníamos secretos inconfesables -todo lo inconfesables que pueden ser los secretos a esa edad- y planes para el futuro: viviríamos cerca, nuestros hijos serían amigos, nuestros maridos (porque habría maridos), serían amigos también. Tendríamos una vida juntas, porque la vida sin la otra era impensable.

“Terminamos” cuando cumplimos 14: ya no estábamos en la misma sintonía, de la misma manera en que las parejas terminan. Me encontré sola luego de años de devoción platónica. Con el tiempo empecé a tener nuevas amigas, pero estas amistades no eran ni una pizca de intensas de lo que había sido mi amistad con F.: más rígidas, tal vez incluso más competitivas, menos entregadas. Algo se había roto.

Me resulta evidente ahora que ella fue la primera forma de amor que conocí -aparte del de mi familia-. Un amor platónico, con todos sus beneficios, dolores y compromisos.

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Un amigo me envía un link a un artículo en el que Mark Greene toma un libro de Niobe Way que investiga la soledad de los hombres y la vincula a la pérdida de las amistades de la niñez producto de una exigencia sociocultural de “hacerse hombres”; es decir, de encajar en un ideal de masculinidad donde no pueden darse el lujo de correr el riesgo de ser considerados gay, demasiado suaves o sensibles. En la necesidad de representar ese rol, tienen que negar su lado femenino y adoptar un régimen emocional estricto para probar que son “hombres”.

¿Qué es ser hombre? ¿Hacerse hombre? ¿Ser masculino? A la rápida, el estereotipo del llanero solitario, del hombre que no llora ni se conmueve, de la mirada práctica y desapegada de las cosas. El hombre que usa el sexo como validación de su poder sexual, no como una conexión con el otro. Que es dominante e incluso violento. Si va a mostrar una emoción esa emoción será la ira o la excitación. Es duro, y le gusta ser duro. (Estamos de acuerdo: es un estereotipo que fomenta el sexismo y la homofobia).

A esa pérdida de amistad le sigue una desconexión emocional y un duelo, más o menos consciente. Para encajar en la cajita del macho, hay que matar relaciones y, de la mano, espacios de intimidad. ¿Con quienes se comunican de verdad esos adolescentes y, luego, esos hombres? ¿Cómo se cultiva un espacio de intimidad si con los amigos solo se pueden “hacer cosas” (carretear, hacer deportes)? ¿Con quiénes hablan?

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“Hablan poco o nada”. O eso es lo que me comenta siempre una amiga. “No tienen lenguaje. Son mudos”. Y cuando dice esto último se refiere a que la manera en que hablan de las cosas es descriptiva o indicativa, basada en cosas que pasan o pasaron o pasarán. No hay gama emocional en su discurso porque para poder identificar lo que uno siente y conectarse con ellos es necesario poder nombrarlo, diferenciarlo de otras cosas, hacerse cargo. Si no se habla, no existe. O se confunde con otras cosas, se diluye.

Podemos estar de acuerdo o no con mi amiga: poco lenguaje, o lenguajes diferentes o simplemente que ella espera más de los hombres con los que se involucra. Pero -PERO- hay algo que decir sobre la dificultad de comunicarse entre hombres y mujeres y entre hombres y hombres. Y algo me hace sospechar que hay algo que se pierde, un potencial de felicidad y placer que podría aprovecharse.

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Hay una intimidad rica en la amistad, pero hacemos poco por fomentarla. He hablado otras veces sobre lo importante de decirle a nuestras parejas y amigos que nos gustan, que disfrutamos de su compañía y que, cuando están lejos, nos faltan. Hay una fragilidad en la calidad de la conexión con nuestros amigos que no cuidamos lo suficiente. A medida que armamos nuestra vida nos centramos en nuestras parejas y familias, recortamos “el resto”. Es peligroso, más de lo que nos atrevemos a reconocer: son vínculos distintos y poner solo foco en el romance, en el sexo, en la pareja y cortar el resto tiene efectos de harakiri.

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Hace un montón de tiempo atrás este mismo amigo me mandó el link de un ensayo de Emma Lindsay que hablaba sobre la dificultad de estar soltero y bancarse el que nadie te toque. Pensé en este artículo cuando leía el de Mark Greene. Pensé también en cómo nos vinculamos a los cuerpos de los otros, bajo qué reglas. Pensé en los prejuicios en torno al estar soltero, tal como los plantea Lindsay: estar dañado o incompleto, vivir a medias, necesitar “mejorarte a ti mismo” para estar en pareja, como si estar soltero fuese un defecto del carácter. Estar soltero, especialmente pasado los treinta, es estigmatizante. Pero el asunto que le preocupa de verdad a Lindsay es que nadie la toca. Que hay días y semanas en que nadie la toca. Que ella puede tocarse a sí misma, pero no es lo mismo. Y que el contacto físico con nuestros amigos es tan limitado que ni siquiera está libre de un carácter sexualizado.

Elegimos a nuestros amigos porque nos gustan: ya sea su personalidad, sus chistes fomes, sus cuerpos distintos a los nuestros, sus desbalances emocionales, sus arranques sentimentales, sus excesos y sus carencias. Los elegimos como se elige una pareja aunque, tal vez, con algo más de generosidad: centrándonos en lo bien que lo pasamos con ellos -y no en si nos convienen o no-, en cuán felices nos hacemos mutuamente, en las ganas de ser testigos de sus decisiones, en la curiosidad de ver a dónde los llevará la vida.

El afecto de los cuerpos que queremos es clave. Y no es suficiente tener una comunicación digital: incorporemos las voces, los abrazos, las risas, las miradas. Toquémonos con afecto. Hagámonos cariño en la cabeza. Hablemos -con más o menos lenguaje-, pero pongámonos ahí completos, de cuerpo entero, celebrando que nos gustamos. Cultivemos el amor platónico con la misma intensidad con la que cultivamos el amor romántico.

 

 

Refs.:

Why do we murder the beautiful friendships of Boys? http://bit.ly/2u91HA0

Being single is hard http://bit.ly/2icB4rj

Hay un montón de autores que trabajan la mirada performativa sobre la sexualidad y el género. No me metí en ellos porque la discusión es larga y este post no tiene ganas de convertirse en una discusión teórica.