Formas de afecto

Cuando yo tenía tres años mis papás se separaron. Cuando pude empezar a hacer preguntas quise saber por qué. Mi mamá me dijo -con todo el amor del mundo y tratando de ser lo más honesta posible- que se les había acabado el amor.

Crecí pensando en esta frase, tratando de digerirla, de entenderla: que el amor se acabe de la misma manera en que se acaba el líquido que contiene un vaso, o los cuadraditos de un chocolate. Que el amor se acabe: que ahí donde antes habitaba, desaparezca. Que se consuma como un fosforito.

Y hasta hace unos años atrás, distribuir los afectos, dosificarlos para que alcancen, sentir la angustia del amor -un exceso incontrolable, una llave de agua que no cierra, una amenaza de rebalse que luego solo puede generar escasez-.

Qué equivocación haberlo vivido así.

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Es fácil olvidarse de que los afectos no son un recurso finito (o dicho de otra forma: que no son cosas). Tampoco son un medio ni una herramienta. Por algún motivo los tratamos más como un elemento transaccional que como un goce. Como si se nos pudieran acabar, como si hubiese que protegerlos de que nos los roben.

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Hace unas semanas se nos fue P. No era previsible: no tenía una enfermedad, el día anterior nos había escrito a un chat grupal. La vida debería haber seguido para todos por mucho tiempo más. Lo último que mandó fue una recomendación de una película, antes de eso mandó los resultados de un test psicológico que había tomado y antes de eso mandó un video chistoso de cómo hacer una flauta con una zanahoria que acababa (SPOILER ALERT) con los gemidos de una mujer en vez de la música de la zanahoria tallada. Entre medio me mandó sugerencias sobre cómo mejorar mi sitio web, me ofreció ayuda (una diferencia entre los dos que ahora me resulta evidente: ayudarlo cuándo él me lo pedía, mientras que él me ayudaba sin que yo se lo pidiera). Le di las gracias. Me quejé un poco incluso de su insistencia. Tonta.

Él era generoso conmigo. Yo, no tanto. Le tenía cariño y pensaba en él de vez en cuando, preocupada de hacia dónde iría. (Tal vez esa es una de las formas del afecto: querer ser testigo del camino que tomará esa persona que te importa). Él me quería también, sin duda. A veces yo le contestaba con franco descuido, distraída, postergándolo. A veces era cortés y algo se enfriaba. No sabría explicar bien por qué. Tal vez era el tira y afloja al que uno se acostumbra por malcriada: alguien te da mucho, se te vuelve normal recibir y empiezas, de a poco, a dar menos. A medirte. A dosificar. En ese derroche del otro, la contraparte se vuelve mezquina.

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George Saunders -alguien podrá decir “mecanismo de intelectualización”, y estaría en lo correcto- dio un discurso a unos graduados hace años en donde planteaba que de lo que más se arrepentía en su vida era de los fracasos de bondad.

Dice: “Esos momentos cuando otro ser humano estaba ahí, frente a mí, sufriendo, y yo respondí de manera sensible. Reservada. Tibia. O mirémoslo desde el lado opuesto del telescopio: ¿a quiénes recuerdas con más afecto, con los sentimientos más innegables de calidez? A los que fueron más generosos contigo, apuesto. Es un poco facilista, quizás, y ciertamente difícil de implementar, pero yo diría que como meta en la vida uno podría internar ser más bondadoso”. (Por favor, lean el discurso, es precioso).

Lo que dice Saunders es que no somos más bondadosos porque nacemos con algunas preconcepciones confusas: “1) que somos parte central del universo (que nuestra historia personal es la principal y la más importante, la única historia), 2) que estamos separados del universo (estamos nosotros y el resto de las cosas -los perros,  los columpios, el estado de Nebraska, las nubes bajas y otras personas-, y 3) que somos permanentes (la muerte es real, sí, pero no para mí)”. Dice que no creemos realmente estas cosas intelectualmente, pero sí visceralmente y que vivimos de acorde a ellas: priorizamos nuestras necesidades sobre las de los demás aunque queremos ser menos egoístas, más abiertos y más amables.

Entonces, sigue Saunders, ¿cómo se puede ser más bondadoso? Hay formas y todos las conocemos porque hemos vivido momentos de alta bondad y momentos de poca bondad. La educación, el arte, orar, meditar, tener conversaciones honestas con nuestros amigos, seguir alguna tradición espiritual -reconociendo que ha habido gente muy inteligente antes que nosotros que se ha preguntado las mismas cosas y que nos ha dejado respuestas-. Porque la bondad es difícil. Y aunque dice que él cree que la edad nos vuelve más bondadosos – tal vez porque nos damos cuenta de lo estúpido y sin sentido que es ser egoístas, tal vez porque empezamos a perder cosas y la vida nos golpea-, Saunders sugiere que nos apuremos, que partamos ahora. Dice “haz todas las cosas, las cosas ambiciosas -viajar, volverte rico, volverte famosos, innovar, liderar, enamorarte, crear y perder fortunas, nadar desnudo en ríos salvajes-, pero mientras lo haces, yerra en la dirección de la bondad- Haz las cosas que te inclinan hacia las grandes preguntas y evita las cosas que te reducen y te vuelven trivial. Esa parte luminosa de ti que existe más allá de tu personalidad -tu alma, si quieres- brilla tanto como cualquier otra que haya existido. (…) Despéjate de todo lo que te mantiene separado de ese espacio luminoso. Cree que existe, conócelo, nútrelo, comparte sus frutos incansablemente”.

Es un buen consejo, ese, el de Saunders.

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“No hay muerto malo”. Ese tipo de verdades deriva de una realidad muy sensata: porque se fue nos sentimos libres de adularlo, incluso obligados a hacerlo. Pero partiré al revés.

P. no era cool. Para ser cool se necesita una dosis de frialdad y distancia, y él no la tenía. Nosotros, en cambio, sí. Para ser cool es preciso ser capaz de fingir desinterés. P., en cambio, era tan evidente en su entusiasmo que a veces te avergonzaba. Era tan cálido que te daban ganas de cachetearlo. Tal vez porque no estábamos acostumbrados: es poco frecuente encontrarse esa combinación de ingenuidad y transparencia, más todavía si tienes cuarenta años. Hacía chistes malos. Dad jokes que lanzaba a diestra y siniestra y que tenían el potencial de ser chistosos únicamente por lo poco chistosos que eran. Cada cierto tiempo nos mandaba fotos de otra época que no tengo idea de dónde sacaba: todos estábamos más jóvenes, tal vez más flacos y definitivamente teníamos peor gusto para vestirnos. Eran buenos tiempos y él se encargaba cada tanto de recordárnoslos.

Nos quería ver. Siempre nos quería ver. “¿Un asado? ¿Y la piscina? ¿Quién se raja?”. Y nosotros a veces sí, a veces no. Y como es de esperar: ojalá siempre hubiésemos dicho “sí”.

Se siente culpa, claro. ¿Cómo se repara? ¿Cómo recuperar el tiempo? ¿Cómo explicarle que no fue intencional? Estuve hundida hartos días pensando en esto. Traté de hacer el cambio con la gente que quiero, de estar más presente. Requiere esfuerzo, constancia. Nunca he sido buena para la constancia.

Le comento lo de la culpa a una amiga y me dice que esa es una trampa mental. Una distracción para no sentir pena. Y sí. Sentir culpa es como un flotador al que uno puede aferrarse cuando no hay nada más: queda la sensación de que uno podría haber hecho algo para salvarlo. Para evitar todo lo que pasó. Que uno podría, no sé, haber desviado el curso de su historia.

Sentir pena es soltar el flotador y quedarse ahí, flotando, esperando que cambie tu suerte, tragando agua.

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Me acuerdo de la primera vez que lo vi. Tenía una camisa a cuadrillé con dos botones desabrochados y en el cuello uno de esos collares con cueritos tipo surfista (años después se lo dije: que tenía ese aire de perrito-zorrón-surfista. Se rió, le encantó y hasta se puso coqueto). Estaba nervioso porque estaba postulando a una pega y yo era la reclutadora. Era fácil hablar con él. Yo cortaba con el test de creatividad en esa época: un circulito al lado de otro circulito y así al infinito, y él tenía que ser capaz de crear algo con esos circulitos. No le fue bien. Lo iba a descartar hasta que me llegó un email tres horas después pidiendo disculpas y diciendo que ahora sí se le ocurrían soluciones. Era un correo chistoso. Esa sería una de sus marcas de personalidad, si se quiere: estar genialmente a destiempo.

Lo contraté. No porque fuese el más creativo o el mejor escritor, pero había algo en él -¿un empuje inocente? ¿unas ganas desesperadas de agradar? ¿una puerilidad que ya se la querría mi sobrino? – que no había visto antes. Lo adoptamos de la misma manera en que uno aguacha un perrito.

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Alan Watts -y perdonen que lo nombre tanto, pero vale la pena- tiene un texto llamado “Sobre el Tantra” donde dice que hay dos maneras de recordar nuestra identidad original como fuente y fondo del universo -voy a resumir, pero así lo plantea-: “1) renunciar al placer, el ascetismo, el desapego: sondear la sensación del dolor hasta sus profundidades para alcanzar la libertad final cuando ya no hay miedo al sufrimiento o a la muerte; o 2) vivir en la aceptación más plena de los propios deseos, sentimientos y sensaciones. Porque si tú eres la divinidad, el yo universal, fascinado en la existencia privada de Juan Pérez, entonces hazlo, sé Juan Pérez hasta el final. Explora la fascinación del deseo, el amor, la pasión hasta sus últimos límites. Acepta y goza sin reservas del ego que pareces ser”.

Entonces el practicante de los Tantra se sumerge en las cosas que el asceta renuncia -la comida, la sexualidad, la bebida-, pero lo hace abandonándose a esa experiencia de dolor-placer. Así descubre que la existencia es una alternancia de valores: que el elemento “sí” de la energía no puede ser experimentado sin el “no”. En segundo lugar descubre que la existencia es básicamente una forma de danza o música: inmensamente compleja, pero que no requiere explicación alguna. “No bailamos para llegar a un determinado lugar del piso, sino sencillamente para bailar”.

Pienso en que ese sumergirse en las emociones que propone Watts está cercano a lo de Saunders. Pienso que hace falta.

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A la luz de la muerte todo se ve peor de lo que realmente es. Pero: tal vez todo es realmente peor y hacemos como que no lo es mientras podemos, mientras nos dura la ficción. Tal vez las cosas pequeñas -los gestos que decidimos no hacer, las cosas que damos por sentadas- son mucho más importantes de lo que nos gustaría pensar.

Cuando mi abuelo se empezó a morir -en esa muerte en vida que es el Alzheimer- y luego cuando murió del todo, me prometí que nunca daría por sentado ningún afecto. Que aprendería a hacer preguntas importantes en vez de perder el tiempo con tonteritas. Que aprendería a demostrar amor con gestos cotidianos. Que aprendería a ver a las personas no por lo que me parecen -o ni siquiera por lo que ellas quieren parecer-, sino por lo que son capaces de enseñarme.

Y aquí estamos de nuevo, fallando.

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En otro texto Alan Watts habla sobre la generosidad y dice esto: “No es posible de ninguna manera enseñar a una persona egoísta a ser generosa. (…) Pero el amor no es un bien raro o inalcanzable: todo el mundo lo posee. La existencia es amor. Todo el mundo lleva la fuerza en su interior. Tal vez la forma en que descubras la forma del amor, tal como opera en tu seno, sea una inclinación por el vino, los helados, los coches o los miembros atractivos del sexo opuesto o incluso de tu propio sexo. Lo cierto es que el amor está allí. Desde luego, la gente tiende a distinguir ente distintos tipos de amor; existen tipos “buenos”, como la caridad divina, y otros esencialmente “malos”, como la pasión animal. Pero se trata de distintas formas de una misma cosa. Están relacionadas, igual que el espectro producido por la luz que atraviesa el prisma. (…) No existe amor bueno o amor feo, amor espiritual y amor material, afecto maduro por un lado y pasión desmedida por el otro. Se trata de formas distintas de una misma energía, y allí donde la encuentras has de cogerla y dejarla crecer. Alí donde encuentres una sola de estas formas de amor, con sólo regarla verás que el resto también florece. Pero el prerrequisito efectivo, desde un principio, consiste en dejar que las cosas sigan su camino”.

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Dejar el “visto”, olvidarse del todo de contestar. Ser frío cuando el otro te busca. Ignorar. Tonteritas. Tonteritas graves.

El amor no se agota y vivir en la escasez del amor es de un facilismo terrorífico. Tal vez revertir los gestos poco cariñosos son un primer paso. No es fácil, pero los efectos son inmediatos. Entremedio: ejercitar el músculo de la bondad. Ser constantes.

Mientras tanto, soltar el flotador y  flotar.

Ref.:

George Saunders, Advice to Graduates: http://nyti.ms/2fnF5c6

 

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