DESEO Y RESTRICCIÓN

Fin de año es como vivir durante un par de semanas en una teleserie con un guión escrito por un demente. ¿Estresante? Por supuesto. Pero también intenso y retorcidamente entretenido. Es someterse a un espiral sentimentaloide que el resto del año no está tan a flor de piel. Pasan cosas: quiebres, giros, remezones y situaciones que comienzan a tomar forma.

Este año he notado más que nunca el equilibrio precario en el que se sostiene el deseo. He estado en esas: intentando entender las ganas para poder sacarles el jugo. Y, contrario a lo que he hecho toda la vida, he encontrado que en ponerle freno de mano al impulso hay algo bonito (en vez de, digamos, tomar todas las decisiones posibles en un lapso de tres horas y media luego de haber consumido cuantas copas de champán aguanta mi hígado).

Los temas de hoy: consumo y minimalismo, deseo y restricción, pornografía y relaciones, obvio.

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Hace un par de semanas Ann Patchett publicó en el NY Times una columna de opinión donde contaba su experiencia de no comprar durante un año. Dice:

“A fines del 2016 (…) no podía estar lo suficientemente tranquila como para leer o escribir. Inmersa en mi ansiedad, terminaba haciendo scroll en dos sitios online de compra, intentando aplacar mis miedos con fotos de zapatos, ropa, carteras y joyas. Trataba de distraerme, pero la distracción me dejaba sintiéndome peor, de la misma forma en que fumar Winstons y tomar gin en un bar a altas horas de la noche te deja peor. La pregunta tácita cuando se trata de comprar es ¿Qué necesito? Lo que yo necesitaba era menos”.

Así fue como se embarcó. Partió por definir sus propias reglas: ni tan restrictivas ni tan flexibles como para abandonar su proyecto a las dos semanas. No compraría ropa ni artículos electrónicos, pero sí se permitiría cualquier cosa del supermercado, incluso flores. Cosas útiles como shampoo, tinta para la impresora y baterías las compraría solo cuando se le hubiesen acabado las que tenía en su casa. Se permitiría comprar libros -porque escribe libros y tiene una librería y los libros son su negocio-, y regalos, aunque con restricciones (dice: “La idea de que nuestro afecto y estima deba manifestarse en un chaleco es reduccionista. Elissa -la amiga que la inspiró a hacer este año de no comprar- regalaba tiempo a sus amigos: certificados para cuidarles los hijos o limpiarles la casa”). Patchett descubrió que si le daba un par de días al ataque que sentía de comprar algo, esa urgencia se disipaba, y además que el truco para no comprar no es solamente no comprar, sino tampoco vitrinear ni mirar catálogos. “Si no lo veo, no lo quiero”, dice.

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Me gusta la idea de cortar una conducta y ver qué pasa. Lo hago mucho -tal vez de manera menos continua que lo que me gustaría-. Es un ejercicio bonito porque primero requiere cambiar de mentalidad: pasar de un seteo de escasez a uno de abundancia. Dejar de estar en falta y darse cuenta de lo que hay. Y hay suficiente (tal vez incluso demasiado). Luego, restringir lo posible, dar un pie atrás. Es duro decidir dejar de hacer algo que hemos hecho en exceso, ya sea desde comprar sin mesura a tomar o fumar más de la cuenta, a tirar sin control. Y ojo que lo digo entendiendo lo entretenido que es el descontrol dionisiaco. Finalmente hay que aceptar el nuevo orden.

Si no somos consumidores, si no nos identificamos con las cosas que poseemos, ¿qué nos constituye? Pienso en una época donde para mí era muy importante comprar libros -porque era una lectora-, luego fue muy importante comprar CDs -y antes, grabar cassettes-, y la última fase intensa fue la de los zapatos. Es difícil resistirse a rodearse de cosas que sentimos que nos anclan y definen. Hay algo muy seductor en las cosas: dan la sensación de que lo que somos es algo concreto, definible, proporcional en valor. Es muy gratificante tratar a los otros y a nosotros mismos como cosas controlables: gente que deifica su cuerpo o su propia imagen como si todo lo que son empezara y acabara ahí -y no, no digo que no seamos nuestro cuerpo, sino que no somos únicamente nuestro cuerpo y que el cuerpo siempre es en relación con otros y que en esa deformación donde se niega u olvida el vínculo, hay algo raro-, personas que convierten los aparatos o accesorios en extensiones de sí mismos -son la marca de su auto y el reloj, son la cartera y la tarjeta de crédito, son el celular último modelo-, gente que cosifica sus experiencias como transacciones virtuales -viajar o salir para “tener algo que mostrar”, comer o tomar para “hacer algo”-. En este escenario de cosificación y marketeo, de identidad desplazada a lo material, las renuncias nos invitan (en días malos nos obligan) a mirarnos desde otros lugares.

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Pensar sobre el consumo nos puede ayudar a pensar sobre el deseo en general. Aguántenme un minuto.

Se entiende el deseo como “aspirar con vehemencia al conocimiento, posesión o disfrute de algo”, “anhelar que acontezca o deja de acontecer algún suceso” y “sentir apetencia sexual hacia alguien”. La primera definición incluye el consumo y el goce, la segunda la ilusión del futuro (esa proyección en el tiempo) y la tercera vuelve al goce manifestado en el sexo. Es evidente que el común denominador de las tres acepciones es el placer: quieres obtener algo para poder disfrutarlo, quieres que te pasen ciertas cosas o intimar con alguien para complacerte a través de esa experiencia.

El deseo nos mueve. Sin deseo no hay empuje. Pero también el estar en constante estado deseante puede ser agotador. El deseo te consume y te puede hacer perder el foco, de la misma manera en que la glotonería te lleva a ponerle más atención a la comida que está por venir en vez de la que estás saboreando ahora. Entre lo que tienes y lo que quieres hay una brecha y a veces nos ponemos a habitar esa brecha -con una carpa endeble y poco preparados- porque el estado deseante puede ser mucho más emocionante que cualquiera de los dos extremos (lo que hay y que todavía le falta para estar completo y la obtención de lo que habíamos estado anhelando).

Volviendo a la restricción consumista: creo que el limitar el goce del consumo, tal como lo hizo Patchett, tiene un paralelo posible con los afectos y el sexo. Acompáñenme pensándolo así: si, teniendo el dinero, optas por no comprar, ¿cómo impacta esa decisión en otras esferas?

Como yo lo veo:

  • Dejas de gastar plata y puedes ahorrarla o destinarla a otra inversión realmente necesaria.
  • Dejas de emplear un tiempo que tal vez antes no estaba considerado como primordial en esa ecuación, y ese tiempo se convierte en un recurso o ganancia, fruto de esa restricción.
  • Empiezas a revalorizar lo que hay (en vez de estar en la brecha que mencioné antes, das un paso atrás y haces uso de lo que tienes).
  • Como te autoimpusiste una restricción, los gestos de los otros que te permiten el goce -sin que tú tengas que gastar, comprar, desear- adquieren mayor valor. Entonces, no estás comprando, pero alguien te regala algo, o te invita a comer o a tomar. Nos volvemos más sensibles a lo que los otros nos entregan o regalan voluntariamente, porque ya no nos lo proporcionamos a nosotros mismos.

Ahora, traslademos todo esto al sexo y al afecto. (Haz el ejercicio por tu cuenta primero, luego pasa a leer el siguiente apartado).

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Pasamos un montón de rato dando por sentado lo que tenemos y deseando lo que no. Y no es ni siquiera que lo que no tenemos nos haga falta, sino que está fuera de alcance no más, y por eso se ve más atractivo. Es curioso, porque en teoría funcionamos mejor “en falta”, proyectados hacia lo que podría ser en vez de lo que hay, y paradójicamente eso nos genera insatisfacción constante. Dos ejemplos:

  • Estás en una relación hace rato, el sexo es algo que tienes disponible más o menos de manera constante y, sin embargo, el sexo con otras personas empieza a parecerte más atractivo que el que tienes a la mano con tu pareja. No solo eso: cuánto sujeto que anda viendo porno de manera compulsiva -ojo, compulsiva- y termina con dificultades sexuales porque ya no se calienta con su pareja. Lo que hay pierde brillo.
  • No tienes tiempo para ver a tus amigos y familia o el tiempo que tienes acaba siendo de poca calidad porque andas con la cabeza en otra parte: que la pega y las otras cosas más importantes que podrías estar haciendo. Priorizas, pero sale mal, porque priorizas asumiendo que lo que tienes es algo que no te va a faltar: los amigos seguirán ahí si no los ves en uno o dos meses, tu familia entenderá si con cueva les destinas los domingos o un llamado cortito para saber cómo están. Las cosas se invierten cuando te empiezan a faltar esos afectos asumidos como dados: un ser querido se enferma o tiene un accidente, tus amigos se cambian de ciudad o país o tú mismo decides tomar otro rumbo. Y entonces recién valoras lo que tenías.

¿Cómo lo hacemos para empezar a valorar lo que ya tenemos? ¿Para ser más sensatos con la ambición por obtener lo que todavía no alcanzamos?

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Dan Ariely lo explica en sencillo: démosle la bienvenida al concepto de “adaptación hedónica”. Dice: “Puesto que no conseguimos prever el alcance de nuestra adaptación hedónica, como consumidores solemos necesitar adquirir siempre nuevas cosas (…) Buscamos cosas que nos hagan felices sin darnos cuenta de lo efímera que será esa felicidad, y cuando la adaptación se produce, buscamos otra cosa nueva (…) Incluso cuando algo nos parece sumamente decisivo a corto plazo, probablemente a largo plazo las cosas no nos produzcan ni tanto éxtasis ni tanta desdicha como esperábamos”.

La adaptación hedónica puede tener efectos positivos y negativos. Por ejemplo, si sufres un accidente y pierdes una capacidad física, eventualmente tenderás a volver a tu nivel de satisfacción previo, antes de la pérdida. O si terminas una relación con tu pareja, lo más probable es que lo superes con el tiempo y te vuelvas a enamorar. El mundo no se acaba (por suerte). Eso es la raja. Pero en el caso de incorporar algo nuevo a nuestra vida -cambiarse de pega, tener una nueva relación, comprarse un auto-, ¿cómo podemos prolongar la sensación eufórica de lo nuevo?

Hay una manera: según unos estudios de Leif Nelson y Tom Mayvis, si descansamos entre experiencias placenteras, aumenta el placer, mientras que si interrumpimos las experiencias negativas, estas se vuelven más dolorosas. En el fondo, el esfuerzo que requiere tener que someterse sucesivamente a una experiencia molesta o desagradable -como tener que trabajar en una tarea latera, desde pagar los impuestos y ordenar tus cuentas a depilarte- hace que el interrumpirla y retomarla se vuelva más penoso. Pero si estás haciendo cosas agradables, el darle pequeñas interrupciones y reencontrarse con ese placer, hace que valoremos de manera más positiva y placentera la experiencia total (por ejemplo, si estás dándote un masaje, tomar pausas y volver a hacerlo). En este sentido, habría que privilegiar las experiencias pasajeras (una clase de buceo, ir a comer a un restaurant, darse un masaje) versus las experiencias constantes (comprarse un auto nuevo, renovar de una el closet completo, comprarse una tele) para obtener mayor satisfacción. Ariely dice: “El efecto a largo plazo del sofá en su felicidad probablemente será mucho menor de lo que usted espera, mientras que la satisfacción del buceo y los recuerdos de esa experiencia a largo plazo probablemente perdurarán mucho más de lo que usted prevé”. También, para incrementar el nivel de satisfacción, exponerse a la casualidad y la sorpresa ayuda. Si bien solemos adoptar un patrón seguro y predecible en el trabajo y en la vida personal, incorporar cosas distintas y asumir riesgos generará una experiencia diferente, positiva.

Ya, traduzco todo lo anterior a medidas concretas para parejas que llevan un rato:

  • Explorar gestos no consumistas: restringir el comprarle cosas al otro y hacer en cambio gestos, como prepararle el desayuno, ofrecerle ayuda en algo que sabes que al otro le da paja hacer, escribirle una nota cariñosa o hot, decirle algo concreto y positivo cada día (con intención, no vale el “te amo” manoseado, ponle cabeza), etc.
  • Experiencias novedosas: ir a comer a lugares distintos, aprender algo nuevo juntos (desde cocinar a bailar swing), visitar un lugar o tener una experiencia (ir a un concierto o ir a una exposición, ver una nueva película), hacer un deporte demandante juntos que les permita ver un progreso cada vez que lo practican, etc-
  • Incorporar cosas nuevas en la cama -juguetes, posiciones, lugares, horarios distintos de lo habitual, desafíos sexuales-,
  • generar secuencias placenteras o experimentales con descanso (por ejemplo, en línea con Sensate Focus, tener sesiones solamente de tacto, sin penetración, durante una semana, o hacer sus propias reglas de periodos de restricción: limitar el sexo por periodos cortos para reencontrarse después, o solamente permitirise weveo virtual y no físico durante 3 días para luego retomar con todo, etc.).

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Volviendo a Patchett: ¿te acuerdas que a pesar de restringir comprar otras cosas se permitió seguir comprando libros? ¿Por qué? ¿Son los libros esenciales en su consumo, si ella misma es dueña de una librería? No, pero identificó que había algo que le proveía de goce y sentido, un consumo que la hacía feliz y era útil, y que conservó. No todos los deseos o consumos son relevantes,  pero cuando encontramos uno que sí lo es, no hay por qué acogotarlo.

Estoy terminando de escribir una novela. Como vivo al ritmo de mi cabeza, me ha resultado un poco embriagante darme cuenta de que mi protagonista me empuja a hacer cosas que no tenía contempladas. Mi protagonista, mujer alegre y trágicamente confundida, busca orden mental, y como es tan concreta como su autora, empieza a ordenar su espacio. Como ella, estas últimas semanas he regalado libros, ropa y me he deshecho de recuerdos. He releído a Marie Kondo, que tiene su propio método (Konmari) para despejar y organizar las posesiones (tiene una frase para definir si lo que posees se queda a o se va: “¿Te inspira felicidad/ alegría?” o en inglés, “Does It spark joy?”). He botado cuadernos y libretitas con inicios de historias que me resistía a dejar ir, pero ahora, cuando las releí, entendí que si había pasado tanto tiempo aferrándome a ellas, pero sin escribirlas, eran un “como si”: una mentirita blanca que me hacía sentir como que tenía material, pero en realidad eran palabras con poco valor. Lo mismo con los recuerdos del colegio: tantas cartas y promesas de personas que ya no veo. Guardé un par -de esos poemas inocentes que alguien me regaló y que todavía me conmueven, cartas de amor o promesas de hermanas que siguen siendo tan inocentes como valiosas-, pero el resto, ¿para qué acumular y andar acarreando cosas en un baúl?

*

En la restricción hay riqueza. En el exceso, en lo entretenido que es el exceso y la colección, hay un desuso. Y en ese desuso hay acumulación. Y en la acumulación hay carga y responsabilidad.

¿Cuánto tiempo le dedicas a querer cosas que no tienes o a consumir cosas que no necesitas o no te hacen feliz?

Quedan un par de días para cambiar de año. Tal vez es el momento de organizarte, deshacerte de lo que te sobra, controlar el deseo, dosificar.

Se viene un buen 2018.

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Les dejo una lista de las apps o sitios que me han ayudado a ir limitando, definiendo o cambiando conductas. Que de algo más sirva el celular:

AppDetox: limita la cantidad de tiempo diario o semanal de cada app.

Vora: para los que hacen intermittent fasting o ayunos, esta app es lo más para hacer seguimiento y motivarse.

LoseIt! Y MyFitnessPal: trackeo de consumo de alimento y ejercicio. Bueno para definir metas nutricionales y dejar de mentirse con las calorías o macros.

HabitHub: ¿quieres incorporar nuevos hábitos? Esta es.

Tide: amo esta app porque te permite setear momentos de trabajo intenso. Para uno que anda con 45 mil distracciones por minuto, es un descanso mental.  Diseño bonito, buena música en sus 5 modos.

Oblique Strategies: es como ir a sacarse el tarot, pero un tarot hecho por Brian Eno y que te deja pensando. Las frases siempre te incitan a hacer, deshacer o reformular. Buen input cuando te empieza a ganar la desesperación o la falta de creatividad.

Otras:

Canva: me ha solucionado tantas cosas este año. De partida, permite hacer posteos para RRSS de manera fácil y elegante. Ahorra tiempo y además, tiene plantillas para todo o casi todo: desde invitaciones para fiestas hasta modelos bonitos y originales para CV.

Reddit: hay mucha basura en Reddit, sí, pero también hay comunidades de información que son súper motivantes e inspiradoras. En vez de meterme a FB, ahora me meto a averiguar cosas a Reddit: desde noticias hasta lo que la está llevando en temas que me interesan. Me han parecido súper útiles en temas sexuales (r/sex, r/DeadBedrooms, r/psychologyofsex), vinculados a nutrición y fitness (r/loseit, r/intermittentfasting y r/fasting), en la volada minimalista y de vivir con menos (r/minimalism, r/konmari y r/frugal), para pensar en cosas desde otro punto de vista (r/AskReditt, r/NoStupidQuestions, r/todayilearned, r/history) y para reírse un rato (r/badwomensanatomy, r/onejob, t/OoopsDidintMeanTo, r/CrappyDesign).

Refs.:

Ann Patchett, My Year of No Buying http://nyti.ms/2yJeBVX

Marie Kondo http://konmari.com/ acá está la intro del libro https://www.libreriainternacional.com/archivos/PDF/magia.pdf

Dan Ariely: Las ventajas del deseo.

APA: Is pornography addictive? http://bit.ly/1BuijA9
Distintos estudios han tratado de explorar el efecto del consumo de pornografía encontrando resultados que complejizan el tema. En resumen:

  • a los humanos nos gusta la pornografía (estudios demuestran un consumo del 50% al 99% entre hombres y del 30% al 86% entre mujeres).
  • Internet hace que el acceso a una dosis erótica sea más fácil que nunca: fácil alcance, barato y anónimo.
  • Harta gente piensa que es positivo: en una encuesta del Kinsey Institute, 86% consideró que la pornografía puede ser educativa y 72% que provee de un escape fantasioso inofensivo. De los que señalaron usar pornografía, 80% dijeron que se sentía “bien” al respecto.
  • Un montón de personas consume pornografía sin sufrir efectos negativos, pero en la misma encuesta Kinsey, 9% de los usuarios afirman haber tratado de frenar el consumo sin éxito.
  • Cuando el uso de pornografía es excesivo, las relaciones románticas pueden sufrir. En general se ha encontrado que en parejas heterosexuales el uso de pornografía por parte de los hombres se asociaba a menor calidad sexual para ellos y para sus parejas, en cambio el uso de parte de las mujeres se asociaba a mejor calidad sexual para ellas. En otro estudio cuando los hombres usaban pornografía tendían a reportar menor nivel de intimidad sexual en sus relaciones, mientras que las mujeres reportaban mayor intimidad. Hay dos explicaciones posibles para esto: los hombres suelen ver pornografía solos mientras que las mujeres suelen verla en pareja y se convierte en una experiencia sexual compartida. Además, los tipos de pornografía consumida difieren. Los hombres suelen ver actos sexuales sin contexto, mientras que las mujeres ven pornografía de parejas que tiene una historia y ángulos más suaves. Cuando un miembro de la pareja ve mucha pornografía, frecuentemente, puede haber una tendencia a retrotraerse emocionalmente de la relación, auqnue no queda claro si eso es producto del consumo de la pornografía o tiene que ver con que la persona se vuelca a la pornografía porque no se sentía bien en un principio. En cualquier caso resulta un ciclo que se alimenta: veo pornografía, esto afecta mi relación negativamente, veo más pornografía, etc.

 

 

 

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