Cómo elegimos a nuestras parejas – Parte II

En la primera parte, después de mucho porcentaje y tendencia estadística que demuestra simplemente qué tipo de decisiones tomamos, los dejé con dos ideas que podrían explicar por qué las tomamos: ya sea porque el mundo es un espejo interno de nuestras aspiraciones, deseos, ganas, roles que queremos jugar, etcétera, o porque definimos nosotros mismos qué historias, amores, promesas o engaños nos merecemos. Hay, por cierto, varias alternativas más y uno no puede sino reconocer que ahora pasamos del dato/hecho a la elucubración: porque eso es lo que son estas explicaciones: maneras tentativas de entender las decisiones que tomamos. De ahí en adelante, sean o no factibles, calcen, suenen o no muy sensatas, es otro cuento.

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Hablé un poco sobre el online dating y de todo lo positivo que tiene, pero también de lo que falta para mejorar la experiencia. Quiero complementar con un poco más de información. Hay dos aspectos que hacen que el proceso sea poco auspicioso por ahora:

  • Por un lado, hay un montón de información importante que se emplea al escoger y coquetear con alguien en la vida real que queda fuera del formato digital o al menos postergada hasta un encuentro offline -desde los gestos y la expresión facial, el lenguaje corporal y la postura, la estética/sentido del sí mismo, el tono de voz, etcétera- , lo que afecta también en la calidad de la decisión que tomamos, las herramientas que tenemos para definir si vale la pena prestarle tiempo y atención a esa persona;
  • Por otro, algo intrínseco al negocio del online dating: es necesario recuperar la inversión de adquirir un nuevo cliente. Esto significa que si el cliente se demora muy poco en hacer su match, dejará de pagar la suscripción o usar el sitio, lo que no es conveniente para el negocio. Por ejemplo, si el costo promedio de generar un nuevo cliente es de $50.000 -considerando costos de publicidad, fees, recursos invertidos para obtener a ese cliente-, pero la membresía para usar el servicio es de $5.000, entonces sería necesario que para recuperar la inversión por cada nuevo cliente, estos se queden unos 10 meses suscritos, sin lograr un match. Entonces hay un incentivo a maquinar un funcionamiento un poco perverso de uso frecuente: cuando un suscriptor completa su cuestionario y perfil online, la tecnología del sitio los matchea con potenciales parejas compatibles, pero solo uno de los perfiles mostrados al cliente es un match basado en el algoritmo, los otros son perfiles al azar o perfiles falsos. Si el suscriptor no hace click en el perfil generado por el algoritmo y en cambio selecciona uno de los generados al azar, el algoritmo se “apaga” por los próximos cuatro o cinco meses para recuperar el costo de adquisición.

El matcheo algorítmico, como mencioné en el otro posteo, tiene poca evidencia de que funcione efectivamente o que sea superior a otros sistemas. Los sitios no son capaces de predecir (todavía) cómo crecerán y madurarán los integrantes de la pareja ni qué pasará en el futuro ni cómo interactuarán. El online dating sigue siendo un escenario súper novedoso en el que, con más o menos escrúpulos, se testean hipótesis. Hace unos años, por ejemplo, OkCupid que se jacta de tener un buen algoritmo de compatibilidad -con más de 500 preguntas disponibles- testeó en sus suscriptores la predicción de compatibilidad: a personas que no tenían casi nada en común les informó que tenían un porcentaje muy alto de compatibilidad -un 90% compatibles, cuando en realidad tenían un 30% de compatibilidad o menos- y lo mismo al revés. Lo que encontraron -luego de experimentar poco éticamente con sus usuarios- es que la gente solía conversar más si pensaban que tenían algo en común, y aquellos que creían que no tenían nada en común -pero en realidad eran muy buen match- no se daban apenas la oportunidad de conectar.

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Es más o menos sencillo determinar el tipo de persona que nos atraerá, aunque sea solo porque los seres humanos somos bien predecibles. Cuando se dan algunos de los siguientes factores, es posible que la sensación de atracción germine:

-Proximidad: en un estudio reciente de 100 hombres y mujeres americanos, 63 dijeron que se habían enamorado de alguien porque estaba “cerca”. La data indica que mientras más se interactúa con alguien, más atractivo, interesante, inteligente y parecido a nosotros mismos lo consideramos, y por lo tanto, más nos gustan.

– Similares a nosotros: nos gusta -al menos inicialmente, en una primera fase de interacción- la gente parecida a nosotros, que nos espejea, porque nos validan. La gente con intereses similares, orígenes, edades y situación económica parecida suele congregarse en los mismos lugares (o sea, se mueven en los mismos círculos, están cerca el uno del otro espacialmente, lo que liga la similaridad con la proximidad y la familiaridad). Pero, pero, pero: más que entender compatibilidades superficiales, el comprender cómo las personas se hacen cargo de situaciones difíciles es bastante más importante que descubrir que a los dos les gusta jugar tennis. Hay con frecuencia una confusión sobre la importancia de ciertas sincronías, como si los intereses en común fuesen la clave cuando -al menos a mi parecer- son solo un primer indicador superficial. Importa mucho más cómo nos movemos y reaccionamos al mundo. Podemos disfrutar de las mismas cosas, pero por motivos muy distintos.

– Familiaridad o exposición repetitiva: …pero no demasiada. Cuanto más frecuentemente una persona es vista por alguien, más agradable y simpática parece ser esa persona.

-Misterio: el afrodisiaco por excelencia. Alguien de quien sabemos algo, pero no mucho. Alguien que no se nos revele por completo y que el mismo proceso de irla descubriendo sea progresivo.

-Barreras: el efecto Romeo y Julieta o la atracción por frustración: hay un circuito cerebral asociado al deseo y cuando este se frustra, el sistema sigue presionando, urgiendo con foco, energía e incentivos.

Proximidad. Similaridad. Familiaridad. Un poco de misterio y unas barreras desafiantes, pero superables. ¿Cuántas de tus parejas han calzado con uno o más de estas condiciones?

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Una cosa es que alguien nos atraiga, otra cosa es que esa atracción escale a algo más. Parte importante del comienzo del amor es estar dispuestos a que suceda: estar vulnerables a ser flechado. Típicamente nos volvemos vulnerables en periodos de transición, de cambio. Si te cambiaste de ciudad, si te acabas de recuperar de una ruptura o si estás entre situaciones vitales importantes, tu disposición a enamorarte es mayor. Hay un componente químico que lo explica: los cambios producen estrés y otras emociones intensas como ansiedad, pánico, miedo, furia, celos y excitación. Todos estos son sistemas químicos que pueden escalar hacia sentimientos de pasión romántica. Según Helen Fisher hay 4 tipos de personalidad esenciales que reaccionan de manera distinta ante situaciones de estrés, en este caso:

– Los exploradores buscan el cambio, por lo que las situaciones de transición los estimulan;

– Los constructores buscan orden y estabilidad, por lo que cuando están estresados buscan una pareja en la que puedan refugiarse;

– Los directores son salvadores: quieren ser útiles y necesitados en situaciones de estrés.

– Los negociadores se vuelven más emocionales y ansiosos cuando están estresados y tienden a buscar conexiones profundas con otros que los anclen.

Pero si no andamos vulnerables, ¿habría una manera inductiva de potenciar la vulnerabilidad y, por lo tanto, la intimidad? Por supuesto que a un psicólogo se le ocurrió tratar de probarlo. Arthur Aron realizó un estudio en el que establecía una serie de preguntas personales que debían plantearse entre dos extraños. La idea a la base es que un patrón clave asociado al desarrollo de una relación íntima entre pares es una apertura personal escalada y recíproca. El estudio forzaba esa situación planteando sets de preguntas cada vez más desafiantes. El resultado fue que el plantear estas preguntas a lo largo de 45 minutos generaba una sensación de intimidad y cercanía significativa, en comparación con plantear temas livianos o irrelevantes.

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Ok, volviendo a lo que nos atrae de los otros: cuando mencioné las características que la gente desea de sus parejas dejé fuera un resquemor que me ronda cada vez que alguien me describe lo que está buscando: si es que la persona sabe realmente lo que quiere o si, como alumno más o menos flojo al que le toca disertar, está repitiendo lo que ha escuchado, sin entenderlo. No es que no sepa del todo -probablemente algo intuye-, pero lo que repite es una fórmula que no ha interiorizado, que carece de identidad. Las adjetivaciones que solemos darle al tipo de pareja que nos imaginamos en el futuro son tan vagas que prácticamente cualquiera podría calzar. Además, si no somos conscientes de los patrones de elección -en qué nos fijamos y en qué no- puede que acabemos eligiendo una y otra vez el mismo molde. Los elementos que nos hacen acercarnos a alguien con frecuencia no se relacionan con el éxito a largo plazo de una relación: entonces, es importante tener claro en qué nos fijamos y para qué.

Un ejemplo tonto: una cosa es decir que te gusta la gente guapa y otra cosa es decir que lo que estás buscando es alguien que te haga sentir como que estás con la persona más atractiva en cualquier parte, o que disfrutas tal vez que otros admiren su belleza o que lo que te parece más seductor es su presencia -el dominio que tiene sobre su cuerpo y el espacio, que resulte imponente-. Estas derivadas son mucho más reveladoras de qué tipo de “atractivo” estás buscando.

Resumiendo: por un lado, no conformarse con el lugar común, con la definición fácil. Y por el otro creo que la clave es conocernos a nosotros mismos. Mi sensación es que hay harta gente que no ha hecho el proceso introspectivo de 1) definir qué es lo que está trayendo a la mesa y, por lo tanto, entender que hay una reciprocidad de expectativas y 2) sabiendo cómo son, definir el tipo de vida posible que se imaginan para ellos mismos y con quién les gustaría compartirla. (Me parece a veces de una patudez enorme esperar a otro que venga como caído del cielo a resolver cosas que la misma persona no se ha preocupado de hacerse cargo). Poder escoger a la persona con la que queremos estar involucra saber o al menos intuir cómo queremos estar: cómo queremos que nos quieran, qué tipo de atención y afecto estamos abiertos a entregar y recibir, y parte del proceso de conocer a alguien es también enseñarle a querernos.

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La cosa con el dating que es peluda es que hay gente con la que salir puede ser un sueño y todo el periodo del pololeo se vuelve surrealmente bueno, pero que la vida en común, con todas sus bajezas y rutinas, se vuelve un horror. Tal vez el problema está en l }a linealidad que le exigimos también a nuestras parejas. ¿Por qué un buen pololo tiene que ser posteriormente un buen marido?

Vendemos el matrimonio como una continuación del amor verdadero. No lo digo yo, lo dice Joel Achenbach en su ensayo Homeward Bound: “Las personas se envuelven en el amor verdadero como si fuese a excusarlos de hacer un análisis racional de la situación. El amor verdadero significaría que no solo amas a alguien, sino que estás enamorado de la persona, un estado que trasciende la voluntad, que no es intencional ni útil, sino un hecho inmutable de la vida, una condición. La diferencia entre amar a alguien y estar enamorado es la misma que estar arrodillado y ser un enano (…) El amor comienza como un soneto, pero eventualmente se vuelve una lista de supermercado. Por lo tanto, necesitas a alguien con quien puedas ir al supermercado”. Y sigue recomendando que la gente no se case estando enamorada, porque es un estado emocionalmente exacerbado. Sensato. Poco romántico. Pero sensato.

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Todos pasamos por este ciclo cuando el amor se termina: cuestionar qué fue lo que le vimos a ese otro al principio. ¿Por qué lo elegimos? ¿Qué cosas vimos que nos enrollaron en esa historia? La cosa es que hacer la disección siempre es más o menos sencillo, un ejercicio engañoso que nos hace sentir o increíblemente brillantes o irremediablemente estúpidos. Las explicaciones que nos damos después del amor no pueden sino ser lineales: como el historiador abanderado por una parte de los hechos, la historia puede contarse siempre con desprecio, ensalzando ciertos pasajes, omitiendo otros. Todo extremo, todo clarito: buenos y malos asignados como opuestos, sin matices.

Las cosas son más complicadas en realidad y siempre que haya una versión muy lineal recomiendo sospechar. Por lo mismo -por lo difícil que es la tarea del autoanálisis, de no tomar bandos, de ser comprensivo con uno mismo y con el otro- creo que la explicación más sensata es que estamos con las personas que tenemos que estar en ese momento preciso. Basta. Eso es todo. La persona con la que eliges estar*, aunque parezca que te metiste en una película de terror o te desquicie o incluso que te decepcione por mediocre, te está mostrando algo de tu mundo interior que tienes que resolver. (*Excluyendo, obviamente, situaciones de coerción económica o vital).

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Hace muchos años tuve una conversación con un amigo sobre un pololo que yo tenía en esa época. La palabra “irresistible” puede o no haber sido pronunciada con más o menos devoción, lo que generó anticuerpos en mi amigo que me preguntó si me daba cuenta de que esa sensación que yo sentía -amor, admiración, el cosquilleo y la apretada de guata- tenían más que ver conmigo que con él. Es una idea simple, pero acá va, dicha de otra manera: el objeto de nuestro amor y deseo no emana amor y deseo por sí solo, nosotros lo depositamos en él. Otra vuelta más: en sí mismo, ese pololo era un simple tipo con más o menos encanto, con más o menos inteligencia. El que a mí me pasara todo con él no tenía que ver con él necesariamente, sino conmigo: con una disposición a depositar mi amor, mi atención, mis afectos en él; con un buen timing -¿podría haber sido otro sujeto similar a él el que se me cruzara y me habría gustado el otro?- y con una combinación de factores que a mí me parecían atractivos (si él hubiese sido intrínsecamente irresistible, ni una mina le quitaría el ojo. Yo había visto algo en él, y no fulanita. El efecto que él tenía lo tenía en mí, no en todas las demás).

Con lo anterior quiero decir lo siguiente: que hay que hacerse cargo. Hay que hacerse cargo de en quiénes depositamos nuestro amor y deseo, tratar de entender -si nos da la cabeza y somos lo suficientemente honestos- qué vemos en el otro y por qué nos parece atractivo, y comprender que el otro no tiene por qué responder a todas las exigencias que se nos ocurren. La fantasía, el deseo, las ganas, el afecto, son tuyos. Si tú eliges entregarlo a alguien que va a armar una bolita con todo eso y tirarla por el wáter, allá tú con lo que estás dispuesto que le hagan a tus ofrendas. Y lo mismo al revés: si encontraste a alguien que valora tus gestos, honra tu amor, te desea de la manera en que te gusta ser deseado, entonces felicítate por escoger bien, por valorar lo que estás entregando.

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