Lo que no te quitan

 

Te prometo que lo que te voy a contar tiene que ver contigo al final, pero es engañoso porque parte por algo que me pasó a mí. Entonces, aguante pues.

 Vamos.

*

Estaba corriendo con tacos en medio de la calle persiguiendo al mesero. Honestamente, a pesar de que soy muy buena corriendo con tacos -y bailando, cof cof-, no es mi actividad preferida. Esto fue justo antes de llegar con poco aliento a la esquina de Pedro de Valdivia donde está el Schopdog y ser alcanzada por el administrador que me dijo -cito-: “Hace mucho tiempo que no corría así”. No fui tan rápida como mi pololo que pasó corriendo a mi lado y me sacó ventaja -y que después dijo; “Son los años de fútbol, puro cardio”-. Y fue también un poco antes también de que llegara corriendo, luego del administrador, otro que había estado sentado en la mesa. Y repito: no es que lo hiciéramos por deporte. El mesero, el adminsitrador, mi amigo-conocido, mi pololo. Yo. Gente corriendo en medio de la noche.

No sabíamos exáctamente a quiénes estábamos persiguiendo ni hacia dónde habían ido. Una de las chicas que estaba sentada en nuestra mesa me había mirado con un poco de pena -tal vez la pena que se siente cuando uno tiene que dar una mala noticia- y me había dicho: “Vero, yo soy súper desconfiada, pero ¿por qué no revisas tu cartera y tu chaqueta?”. Mi chaqueta estaba, mi cartera no. Luego de diez segundos de no creerlo y revisar debajo de la mesa y mover la silla como si fuese a aparecer por arte de magia, correr. Correr. Correr. Correr. Y después de correr, volver a la mesa enojada -iba todo tan bien, puta la wea, ladrones de mierda- hasta que un amigo me dijo: “Vero, pero tranquila, son solo cosas”. Y ahí me di cuenta de que no se habían llevado solo cosas. Y luego llorar (que tampoco lo hago por deporte, pero pucha que me sale bien). Llorar con mocos y lágrimas y maquillaje corrido y vergüenza.

*

Voy a partir por la vergüenza: esa sensación que te da ganas de desaparecer, de no existir. Sentí vergüenza por dos cosas:

  • Por que cuando alguien te violenta o vulnera, sospechas que es porque hay algo en ti que se lo permite. Que te eligieron por pajarona, por pava, por débil, por la forma en que te ves y la forma en que te mueves. Que es un poquito tu culpa porque tal vez a otra persona no le hubiese pasado: se hubiese dado cuenta antes o ni siquiera la hubiesen elegido, porque esa persona andaría más alerta por la vida, más imponente. Y tú, en cambio…
  • Porque me sentí expuesta. ¿Por qué tenía yo que estar llorando en medio de un bar? De todos los lugares en el mundo para llorar, creo que en medio de un bar es súper penca. Top 10, de todas maneras. (Hay lugares peores, como en una entrevista de trabajo –been there, done that, pero esa es otra historia).

Vergüenza, porque te sientes ridícula, impotente, idiota.

*

Voy a seguir con el robo: no de la cartera, sino de un par de cosas más.

Primero: me robaron una medalla de mi abuelo (los que me conocen saben lo importante que era).

Luego, cuando lo hablé con mi pololo le dije que sentí que me habían robado un poquito de dignidad. Pero después pensé, no po, lo que me da rabia e impotencia es que se hayan robado un momento. Se robaron un momento bonito y lo transformaron en un drama que giraba en torno a mí y mis mocos. (Y sí, quizás ahí se te escapa un poco de dignidad, entre el hipo para hablar y los ojos hinchados).

A medida que pasaron los días sentí no solo que me robaron un momento -ese momento específico que pasó de ser una noche relajada y entretenida de conversa, a transformarse en una de angustia-, sino que también se robaron momentos del futuro: tuve que hacer trámites, dejar de hacer cosas para hacerme cargo de lo que me habían hecho, hablé de esto con gente en vez de hablar de otras cosas.

Tiempo. Se robaron tiempo.

*

Ya, y acá va lo que creo que puede tener que ver contigo porque seguro alguien también te ha pasado a llevar, te ha agredido o violentado. No me quiero poner rosa, pero algo de rosa sí, porque es heavy cómo en los peores momentos ves las cosas importantes.

Pienso en la medalla de mi abuelo y en lo urgida que estaba de que algún día se perdiera. En cómo me preocupaba de seguir cuidándola -cuidándola tanto que la llevaba en la billetera para verla todos los días, asegurarme siempre de que estaba ahí-. Pero ahora que no tengo la medalla puedo volver a concentrarme en mi abuelo. ¿Me gustaría tenerla devuelta? Claro. Pero, ¿es tan grave? Tengo tantas cosas de mi abuelo -entre fotos y corbatas y hasta clips (siempre tenía un montón de clips y cuando se murió no tuve el corazón para botarlos, entre otras cosas jaja)- y tantos recuerdos que si lo pienso, soy multimillonaria abuelísticamente. Él era y es tanto más que una medallita. Bye-bye, medalla; hola, Nonno.  ¿Tal vez a veces es necesario perder algo para volver a centrarse en lo realmente importante? ¿Dejar de aferrarse?

Tal vez tú también has perdido cosas, te han quitado cosas. Y sabes qué, he estado pensando que hay gente que te las va a quitar sin saber lo que significan. Sin tener idea de cuánto te va a doler perderlas, ni lo que te costó ganártelas y luego cuidarlas; el tiempo que le dedicaste a llevarlas contigo. El valor que tenían. Hay personas que van a quitarte cosas o dañarte sin dimensionar lo que están haciendo -lo que no las excusa, es solo un hecho, es lo que es-. Hay personas que van a dañarte por deporte, porque tienen la oportunidad de hacerlo. No podemos hacer mucho contra esas personas. Me encantaría decirte que sí: que algún día todos seremos buenos, que algún día no habrá gente de mierda que te va a herir, pero sería una mentira. Una mentira bonita, pero una mentira.

Lo que sí te puedo decir es que además de toda esa gente de mierda a la que le importas un carajo, va a haber también gente bacán. Gente tan bacán que vas a pensar que tal vez no fue tan malo lo que te pasó: que si no te hubiera pasado no te hubieses topado con esas personas. Que hay personas que no van a poder hacer mucho para solucionar tu problema, pero van a quedarse un rato más para acompañarte, para comentar lo que pasó, para decir “puta la wea” contigo, para proponer robar vasos del bar y romperlos en la calle como terapia (no lo hicimos, pero la idea me da vueltas). Hay gente que te va a abrazar y otra gente que te va a hacer reír y gente que le va a bajar el perfil y gente que te va a compadecer un poco y gente que te va a acompañar desde la lata, la rabia, la impotencia. Y toda esa gente se está involucrando contigo de una manera que, si no te hubiese pasado eso que te dañó, tal vez no verías.

 Así que, esto es lo que pensé: que la gente con la que te vinculas tiene que estar dispuesta a correr contigo, aunque no sepan a dónde van ni por qué lo están haciendo. Que las cosas pencas van a pasar y que no es tu culpa. Que tu única pega en esos momentos es darte cuenta que no estás solo, dar las gracias y limpiarte con disimulo los mocos en el hombro de todos los que te abrazan.  Y celebrar.