Sobre la frustración

En este último tiempo he estado pensando mucho en mi peluca y en el edificio del frente. Y las dos cosas tienen que ver con la frustración.

*

Primero: la peluca.

Yo tenía como 8 años y mis papás se iban de viaje a USA. Mi mamá cada vez que viajaban nos preguntaba qué queríamos que nos trajera y nosotros normalmente pedíamos revistas, dulces y chocolates que no llegaban a Chile -no llegaba mucho en esa época-. No sé en qué fase andaba yo, pero ese año lo único que quería era una peluca. No me importaba cómo fuera: larga, corta, con chasquilla o sin, rubia o colorina o castaña, incluso blanca. Quería una peluca, como fuese. Así que le hice mucho énfasis a mi mamá para que me la trajera, le dije que quería una peluca, que las pelucas eran tan choras. Que no se olvidara. Peluca, peluca, peluca.

Ahora, como antecedente: yo no tenía ni un problema capilar en ese momento y lo único que se me ocurre es que en esa época quizás quería ser alguien más o sentirme distinta a lo que me sentía todos los días y que ponerse una peluca me parecía una solución factible. La única persona que yo conocía que había tenido pelucas era mi abuela. Las tenía en su pieza donde estaba el tocador y el espejo de tres cuerpos, sus joyas y su closet con ropas tan elegantes como extravagantes. A veces nosotras las usábamos para hacer shows a nuestros abuelos (y a cualquiera que se los quisiera bancar, para ser honesta), así que en retrospectiva la idea puede haber surgido de ahí. Mi abuela las tenía porque en los sesenta y setenta, cuando ella había viajado por el mundo, las había usado en la noche si es que durante el día se había bañado en alguna piscina o si sentía que su pelo no estaba en su mejor condición. Las usaba para verse mejor, básicamente. A mí esa revelación -la idea de que una mujer podía modificar su apariencia para sentirse cómoda sin importar si lo que hacía era “real” o no- me parecía el extremo de la feminidad, o al menos la esencia de ser una mujer (adulta): poder transformar tu apariencia a tu gusto. Fuck the others. Era agrandada y me creía supermadura, así que yo quería una peluca muy real: una peluca con la que yo pudiese salir a la calle y nadie se diese cuenta.

Bueno, pero volvamos a mi peluca: lo único que quería era que mi mamá regresara del viaje y me trajera mi peluca. Cuando volvió nos pasó los chocolates y los chicles primero, luego distribuyó las revistas y luego me pasó mi paquete con la peluca. Cuando lo abrí casi me pongo a llorar ahí mismo: mi mamá me había traído una peluca de payaso, amarillo chillón, con rulos y pelo corto. No lo podía creer. Me la puse, pero me sentía ridícula, no una mujer. No le alegué, lo sufrí internamente, el calvario era privado. Guardé esa peluca muchos años sin saber qué hacer con ella: nunca me la iba a poner, pero tampoco quería botarla porque era un regalo. A veces cuando estaba sola en mi pieza me la ponía, tratando de reconciliarme con ella, pero no había caso. El que existiera era casi un mal chiste por sí solo.

Eso sobre la peluca.

*

Ahora, sobre el departamento vecino.

Vivo en un departamento en un piso 11, con una vista muy bonita. O la vista ERA muy bonita hasta que me construyeron un edificio al frente. Onda, salgo a la terraza y si me paro directamente mirando hacia el oeste, mi vista es directamente sobre el otro edificio. Como antecedente: la vendedora se tiró de guata al suelo a jurar que jamás construirían algo que nos taparía la vista, que era prácticamente ilegal. JA.

Eso sobre el edificio.

*

Acá va mi minireflexión sobre la frustración. Un desglose más que una explicación, porque vas a poder sacar las conclusiones por tu cuenta:

  • Lo que en ese momento me pareció gravísimo -que mi mamá me trajera una peluca de payaso en vez de una real- ahora me parece chistosísimo y comprensible.
  • Yo quería algo muy específico, pero quería algo fuera de cualquier proporción, fuera de lugar para mi edad, mi contexto. ¿Qué hubiese hecho yo con una peluca real? Tenía todo el derecho a quererla, pero ¿hubiese sido sensato obtenerla en ese preciso momento?
  • Mi mamá fue la receptora de mi frustración, pero ¿se podía esperar algo distinto de sus acciones? ¿Qué tipo de mamá me hubiese traído una peluca de verdad? En sus zapatos, veo que me dio lo más sensato y cercano a lo que yo estaba pidiendo. Hizo su mejor esfuerzo por complacerme y yo, por estar enfocada en eso otro que no estaba teniendo, no pude ver ese gesto.
  • La frustración parece ser el resultado de la acción de mi mamá -traerme una peluca de payaso en vez de una real-, pero realmente la peluca de payaso es la consecuencia. La fuente de la frustración fue mi petición absurda. A veces confundimos realmente cuál es la causa de la irritación y nos enfocamos en el resultado- en que algo no funcionó como queríamos que lo hiciera- pero tal vez (o muy probablemente) la frustración viene de antes: de que desde el principio lo que queríamos andaba medio torcido.
  • La peluca de payaso es una respuesta directa a una petición payasística, ridícula. Es perfectamente consistente. Parece que la vida funciona un poco así: pide y desea estúpidamente y se te dará estúpidamente. De nada.
  • Cuando mis amigos van a mi departamento por primera vez siempre me dicen que tengo una vista increíble. Y es verdad: mi departamento sigue teniendo una vista increíble, es solo que ahora tengo que girarme un tercio y mirar hacia el norte, desde la misma terraza, para poder ver los mejores atardeceres del mundo. El problema es que me sigo enfocando en lo que ya no tengo: en la vista que tenía ANTES. En cómo el edificio me arruina una vista que yo PODRÍA seguir teniendo. En cómo probablemente construirán otros edificios que me van a quitar toda la vista. Idiota, pues.

*

Si estás peleando con tu frustración, ayuda mirar las cosas con distancia. Hay cosas más importantes en qué centrarse. Hay cosas que no son problemas (la clave es no convertirlas en problema).

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