Tener miedo 

 Si de chico te hubiesen contado el tipo de cosas que te dan miedo ahora, te hubieras reído. Las hubieras descartado porque los miedos de los que hablamos los adultos suenan súper etéreos comparados con los de los niños. Miedo a que no te vaya bien en algo que te importa, miedo a que le pase algo a tus seres queridos, miedo al ridículo, miedo a que te dejen de querer.

Cuando niños, le tememos a lo que nos puede pasar, a lo que alguien o algo nos puede hacer: el miedo es una reacción -anticipada o consecutiva- a un agente o situación externo.

De adulto, el miedo lo llevas dentro.

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O quizás pasa que de chicos conocemos de primera mano el miedo -concreto, obvio, animal-, mientras que de adultos nos acostumbramos a convivir con la ansiedad -una especie de polvillo apenas perceptible que se posa sobre las cosas que nos importan-.

En psicología se distingue el miedo de la ansiedad según el contexto: el miedo se relaciona con una amenaza real, comprensible, lógica, mientras que la ansiedad se vincula con una amenaza desconocida o vaga. Ambas producen una respuesta de estrés. El miedo responde a una amenaza específica, con frecuencia inmediata. La ansiedad es una sensación de aprensión, de malestar genérico por la posibilidad del peligro. La diferencia: un peligro real versus uno imaginado. Sin embargo, ambas se interrelacionan y pueden causarse mutuamente.

Otra cosa es “tenerle miedo a” algo, es decir, no sentir miedo como respuesta a una amenaza real o imaginada, sino reconocer que existe una situación que nos desagrada en extremo, que provoca miedo. Cuando eso se vuelve patológico, es una fobia: le tengo tanto miedo a las arañas que no puedo ni ver una, por ejemplo. La vida cotidiana, para la mayoría, es menos dramática y parece cobrar su cuota más por acumulación que por evento rotundo. Lo que desgasta son esas pequeñas situaciones indeseables potenciales que asoman la cabeza cuando recién te empiezas a relajar, que arrojan su sombra tenue sobre momentos perfectamente felices. Es ahí, en el “tenerle miedo a”, cuando miedo y ansiedad se cruzan y se convierten en un animal mañoso, irritable, demandante de atención, que sabe poco de tino y tacto.

*

Idolatramos a los valientes. Pareciera que hacen lo imposible: vencer el miedo. Arriesgar lo que tal vez no puedan recuperar nunca. Los deportes extremos se fundan, en parte, en torno a la idea de derrotar el miedo, de doblegarlo. Decimos con admiración que alguien “no le tiene miedo a nada”, que se arroja a lo que quiere sin pensarlo dos veces.

Los valientes por un lado, y en contraparte, el resto: los que contratan seguros por si les pasa algo para que no sea tan desastroso, para controlar en lo posible el daño colateral. Los que parten perdiendo. Los que van por la vía de la cautela: del mejor no, para qué. Los que miran de lejos.

Es fácil caricaturizar los dos bandos: los libres versus los cautivos de sí mismos, los osados versus los cobardes, los locos versus los estables, los rebeldes versus los adultos.

Obviamente, esa caricatura es mentira. Todos sentimos miedo.

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No es que los adultos seamos miedosos porque sí (y debo decirlo: una parte mi mí se queda mirando esa oración que acabo de escribir con algo de resentimiento). Tal vez el primer quiebre se da cuando nos ponemos a extrañar ese periodo de gracia de la niñez y la juventud en la que pensábamos que seríamos invencibles, infinitos, capaces de soportarlo todo. Después la vida te pasa por encima sin previo aviso. Y sí, te recuperas, te repones -porque vaya que hay aguante, vaya que hay entereza-, pero también te desgastas. Y en ese enmendar la herida, en ese volver a pararse, ganamos en experiencia, pero también perdemos un poquito de garra.

Me gusta la forma en que los niños piensan y se mueven: una combinación poco común de sentir que se merecen todo lo que quieren y al mismo tiempo una celebración continua de las cosas que poseen. Si algo les atrae o les interesa, quieren tocarlo, tomarlo y entenderlo ahora ya. No tienen paciencia para postergarlo. Al mismo tiempo, si les quitas algo que valoran, patalean un rato, pero después se les olvida rápido y encuentran otra cosa que los entretiene. Y por sobre todo: piden sin miedo al rechazo, actúan sin miedo a fallar. Merecimiento y euforia. Curiosidad y desapego. Audacia, fuerza, atrevimiento.

Llámalo como quieras, pero nos falta un poco de eso. Una buena dosis de actitud.
¿Cómo recuperarla? ¿Cómo inyectárnosla a la vena?

*

Tengo una solución tentativa: creo que el primer paso es ir a buscar el miedo.

Nunca pensé que diría algo así, pero aquí estamos: hay algo casi mágico en hacer voluntariamente algo que te da miedo. Creo que tiene que ver con una disonancia cognitiva que se instala y comienza a desenredar ese territorio misterioso de la emoción, a ratos violenta, a ratos paralizante, que es el miedo.

Una “disonancia cognitiva” es la tensión o incomodidad que ocurre cuando tus ideas, creencias o comportamientos se contradicen unos a otros. Por ejemplo, si al decir una mentira te sientes muy incómodo porque te ves a ti mismo como muy honesto, o si a pesar de considerarte muy inteligente, no logras resolver un crucigrama sencillo. O si le pones el gorro a tu pareja, aún cuando crees que hacerlo es inmoral. El asunto es que tendemos a querer disminuir esa brecha -esa incomodidad- al máximo para mantener cierta consistencia entre cómo nos comportamos y nuestras actitudes y creencias. El cómo solucionamos la disonancia tiene consecuencias: podemos cambiar nuestro comportamiento (ej: dejar de ponerle el gorro) o cambiar nuestra creencia (ej: “hay cosas peores que poner el gorro”, “la verdad es que es súper común”, etc.). Otro ejemplo más de disonancia cognitiva: si teniendo dos opciones igualmente buenas nos vemos obligados a elegir una, validaremos posteriormente esa elección atribuyéndole mejores características o méritos que a la que no elegimos (o sea, ajustamos nuestra creencia a nuestra conducta). Justificamos, nivelamos, hacemos consistente nuestras acciones con nuestras ideas.

 Aquí entra, entonces, lo de buscar el miedo.

*

La última vez que tuve miedo en serio fue la semana pasada. Transpiré helado, me temblaron las manos, tuve que sentarme para que se me pasara y respirar hondo varias veces. Había estado aferrada a una pared escalando, con un arnés, segura. Pero así, sujeta por una cuerda, cuidada por mi asegurador, sentí temor a caerme y se me acalambraron las manos de tanto agarrarme a las tomas.

Valga el contexto: la última vez que hice una actividad física que arriesgó mi integridad corporal fue ballet, como a los 8 (sí, soy así de osada): me fracturé un brazo tratando de hacer un salto que, evidentemente, no salió bien. Desde entonces le he tenido mucho respeto a todo lo implique un riesgo físico y me he convertido, por derivación, en una persona más afín a la lectura, ojalá desde una cama o sofá cómodo (de los riesgos intelectuales de la lectura hablaremos otro día). ¿Deporte? Sí, claro: gimnasio, pesas, y tuve un periodo excepcional de tres meses en que practiqué boxeo (hasta que a una psicópata se le corrió boxearme las pechugas y hasta ahí llegó todo). Todo esto para decirte: no me considero una persona particularmente valiente con el discursillo de “todo es posible” ni nunca he sido deportista devota.

Vuelvo a la escalada: sentir miedo escalando es parte de. A cada avance te encuentras con el temor a caer, pero ese temor es en gran parte irracional, porque estás asegurado: si te caes es tan riesgoso como que te quiten la pelota en el fútbol (pueden salir mal las cosas, pero es poco frecuente). Y sin embargo: miedo. ¿Cómo se explica? ¿Cómo se reconcilia la cabeza con la realidad, cuando la mente te dice NO y el contexto te dice DALE?

Es un ejercicio psicológico desafiante resolver la disonancia y he notado que por extrapolación se resuelven otras cosas. Algunos ejemplos:
– no me gusta sentir miedo → practico escalada, que me da miedo  →  o sea que, tal vez, no me da tanto miedo → ¿qué otras cosas se ven más atemorizantes de lo que realmente son? ¿Qué más puedo hacer que todavía no me he atrevido a hacer?

– no me gusta sentir miedo → practico escalada, estoy segura  →  siento miedo igual  →  ¿Qué otras cosas que no implican ningún riesgo me dan miedo?

– no me gusta sentir miedo → practico escalada, mejoro y avanzo a pesar del miedo→  siento miedo igual, sigo practicando  →  ¿Por qué acá el miedo no es paralizante y en otras cosas sí?

No necesitas escalar, obviamente, pero sí creo que es bueno encontrar algo que puedas hacer que te desafíe, que te de un poquito de susto, y tener esa experiencia.

*

Me carga caerme. Caerse, por definición (mi definición, quiero aclarar), es algo que no debiera pasar: te caes cuando, a pesar de dominar la actividad, pierdes el equilibrio (da lo mismo el motivo: tropezar, porque alguien te empuja, etc). Odio caerme en todo ámbito: real (caerse en la calle, caerse en la escalada), metafórico (equivocarse en algo, errar en la dirección de lo que intento) e imaginado (fantasías infinitas de maneras de sacarme la cresta físicamente y fallar metafóricamente). Así que cuando G. me dijo, mientras yo temblaba de susto, que tenía que practicar caerme, me reí en su cara. Para mí es tan insensato como decirme que practique tirarme al suelo para no tenerle susto a caerme caminando.

Pero no está tan loco: lo que G. quería decir era que lo tengo que hacer intencional, para darme cuenta de que no pasa nada, que estaré segura. Esta es, en realidad, la misma manera en que se tratan las fobias: el método se llama “desensibilización sistemática” y comprende exponerse poco a poco a la situación temida. Se trabaja primero imaginariamente, se le enseña a la persona a respirar (relajarse, automodularse), luego se puede simular la situación temida y luego se hace de verdad. Superado el último punto, la fobia se da por terminada. O en corta: hacerle entender a tu cabeza que no pasa nada. Que no es tan grave. Que el miedo no viene de la cosa en sí, si no de ti. Que eres tú el que se asusta, no que te asustan. Y si eres tú el que se asusta, entonces eres tú el que también puede dejar de asustarse.

*

–“Oye -te estarás preguntando-, pero ¿no habíamos partido con ejemplos de miedos de adultos? ¿Con temor a fracasar? ¿Con temor a que no te quieran? ¿Por qué me estai hablando de deporte?”.

–“Ay, pequeño saltamontes -te digo, levitando-: porque el efecto del miedo es el mismo, ya sea en relaciones emocionales o en la práctica de un deporte”.

El miedo a es paralizante. Agranda y deforma lo temido a proporciones inabarcables. Te genera ansiedad. Le quita diversión a la vida. Te bloquea. Te hace sentir incapaz. Puede comerte la cabeza contándote una historia de cosas que no pasan en la realidad. La única persona que puede hacer algo para pararlo eres tú.

Practiquemos haciendo cosas -otras cosas- que nos dan miedo. Por absurdo que suene. Practiquemos sorprendiéndonos de que bah, al final no era para tanto. Practiquemos, hasta cansarnos. Te prometo esto: no vas a dejar de sentir miedo, pero vas a empezar a hacer cosas a pesar de él.

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