TU LADO OSCURO

Piensa en 3 palabras que usarías para describirte ante alguien que no conoces. ¿Listo?

Probablemente estas palabras son de corte positivo o neutral, y eso está bien: es un indicador de nuestra autopercepción, delineada por una demanda social sobre atributos deseables que podemos destacar de nosotros mismos. Somos hijos de nuestra cultura.
Vivimos una cultura inflada (o por qué no “jalada”) en felicidad, en “vibras positivas”: tenemos tribunas digitales para mostrar lo exitosos y alegres que somos. Nuestros trabajos, autos, viajes, parejas e hijos se vuelven medallas de una competencia en la que estamos todos metidos y que a la larga resulta agotadora. (La conveniencia de la existencia imparable de esa competencia para los negocios asociados a la belleza, al lujo y al consumo poco reflexivo de tecnología y vestuario es obvia).
Esta cultura de logro ha impregnado nuestra intimidad: hablamos de desarrollo personal, de sobrepasar nuestros límites y de enfrentar nuestros monstruos internos. Esta superación personal a toda costa se tiñe del afán de ser reconocidos y sentirnos orgullosos de nosotros mismos, lo que se traduce en la práctica en objetivos torcidos. Se ve en todo orden de cosas: yoguis que meditan “para” lograr la iluminación, runners que corren no solo para superar su propio tiempo y el del de al lado, sino también pertenecer a un cierto tipo de persona: exhibir la medalla moral de la disciplina y el sacrificio. Hemos incluso cosificado nuestros vínculos como estandartes de virtud moral: mamás que escriben cartas en redes sociales a sus hijos que no saben leer (¿para quién es esa carta, realmente? ¿Qué se consigue ahí?), parejas que celebran su amor con declaraciones románticas públicas.Todos caemos en uno u otro de este tipo de comportamientos, y no esto no es terrible en sí mismo -un poco tonto, pero no terrible-. Lo que sí es terrible es no darse cuenta de los por qué, porque ahí es cuando aparecen los daños colaterales.
Tenemos una compulsión higiénica respecto de nuestro lado oscuro: hay que superar, eliminar, anular lo que es vergonzoso o negativo. Todo este esfuerzo por mostrar una apariencia limpiecita, impecable, es como photoshopear una foto común y corriente, pasarle un airbrush a un rostro perfectamente normal, con imperfecciones -arrugas, manchas, básicamente lo que caracteriza a un rostro vivo-, y dejarlo plástico, inexpresivo, y ahora sí que sí: “presentable”.
No digo que haya que estar ventilando los fracasos, egoísmos y bajezas cotidianas, el problema es pisar el palito y creerse la pantalla que le vendemos al resto. Porque cuando te la crees, te dejas de mirar: te desvinculas de ti mismo, te compras la versión plástica y vacía que le vendes a los otros. Niegas, anulas, rechazas. Proyectas en el mundo y en los demás tus demonios. “Te pasan cosas”: cosas que desde tu yo higienizado a base de Lysol y estilizado con precisión quirúrgica, no puedes entender por qué te suceden. El puente entre esa versión recauchada y lo que de verdad se gesta en ti se quiebra.
Abrazar tu lado oscuro significa comprender que -tal como dice Whitman-, “yo soy inmenso, contengo multitudes”. Implica reconocer que a cada aspecto iluminado existe una contraparte sombría, tonalidades de grises, opuestos. Esto no quiere decir que haya que actuarla o conformarse con ser mala persona y entregarse a todos los vicios posibles, sino leer nuestras emociones y deseos y comprender cómo nos empujan a una u otra conducta, cómo afectan nuestra vida relacional. En el reconocimiento y aceptación de nuestros miedos y debilidades, hay claridad: en vez de vernos empujados por motivaciones disfrazadas de razones cuestionables o rebuscadamente complejas, retomamos el control, dejamos entrar más luz.
El eneagrama describe 9 tipos de personalidades básicas, con aspectos positivos y negativos. Cuando recién los conoces y te identificas, sientes un entusiasmo loco: “hay más gente como yo, hay gente que vive de mi misma manera, con estos mismos fantasmas y anhelos. Pertenecemos a lo mismo”. Esto es entretenido (y MUY), pero no es suficiente. La gracia del eneagrama es que no apunta a la permanencia en el tipo: la idea es liberarse de los hábitos de pensamiento y conductas estereotipadas y reencontrarnos con nosotros mismos. Es decir, reconocer nuestro “molde” de personalidad nos empuja a salirnos de él, a ver otros caminos a los que normalmente no tenemos acceso, a tener una vida más rica.
DATOS
Dirige: Verónica Watt, psicóloga especializada en sexualidad. Escribo sobre relaciones, intimidad y sexo en http://www.veronicawatt.com. Fundadora de Cónclave (www.clubconclave.com).
Asistente: Alejandra Troncoso, rolfista certificada por el Dr. Ida Rolf Institute de Boulder, CO, USA.
Valor: $30.000, incluye documentos (ejercicios, resumen, referencias) y coffee break.
Horario: martes 23 de abril, de 8pm a 10:30pm
Asistentes: máximo 15.
Lugar: Espacio BA, Alfredo Rioseco 282, Providencia (a 15 min a pie del metro Salvador).
Reserva tu cupo a través del mensaje directo por Facebook @vwperfiles o al whatsapp +56 9 97990797

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