TENER UN CRUSH

Primera parte
Unas notas sobre “Crushed…”, un texto de Tiana Reid publicado en marzo de 2018 y del que quiero destacar algunos fragmentos (lean el original entero si pueden, está bonito):

Crushed…

“De adultos, tener un amor platónico [o “crush”, no hay traducción literal] es visto como una amenaza, una que no podemos desear. (…) Como los amores platónicos tienden a trivializarse y se descartan como distracciones, los anulamos. Tal como el cantante y músico Moses Sumney tuiteó a fines del año pasado: “Parejas múltiples? Con esta economía???”. No hay tiempo para intimidades fanáticas. No hay tiempo para obsesiones aparte de la productividad capitalista, la subjetividad disciplinada y la superación personal neoliberal. En Tinder todos son simultaneamente su propio CEO y el visitante más reciente de Machu Picchu. No hay tiempo para tener un crush profundo e intenso: hay negocios que construir, marcas que consultar y una ciudadanía mundial por obtener. Por lo tanto, las columnas de consejos y los sitios how-to, que son parte de la industria de autoayuda, están llenos de títulos como “Cómo hacer para que te deje de gustar tu amor platónico: 14 pasos (con fotos)” o “Cómo evitar enamorarse del chico que te gusta”. Las sugerencias de búsqueda de Google son casi idénticas: cómo dejar de pensar en tu amor platónico todo el tiempo, cómo olvidarte del tipo que te gusta y concentrarte en tus estudios, cómo lograr que te deje de gustar alguien que ves todos los días, cómo hacer que te deje de gustar tu amigo. Parar de fumar parece más fácil.
(…)
A diferencia de las relaciones de pareja, no puedes reclamar como propio un amor platónico, y ciertamente no puedes ser su dueño. Un amor platónico, cuando es silencioso y apenas notorio para nadie excepto para la persona que lo está sufriendo, puede existir sin el consentimiento directo del objeto o los objetos hacia los que se dirige, siempre que no condenes a la otra persona por tus sentimientos.
(…)
Un amor platónico se apodera del día a día. Eso es lo que lo hace eufórico y trágico: vestirse es una tarea, una ida al supermercado es como ir a una fiesta de graduación, un mensaje tiene la capacidad de pulverizar órganos. (…)
Tener un amor platónico y no solo una pareja monógama significa que siempre puedes tener más vínculos. No es el amor platónico individual el que proporciona esa fuerza afirmativa vital -es la generalidad del amor platónico, su cualidad atmosférica, su circulación alrerededor de muchos. Pensar en el amor platónico, pequeño o grande, mutuo o no recíproco, como una singularidad general es admitir que el deseo, por muy fugaz, puede vincularse a una persona, pero nunca es una persona.”

***
***
La segunda parte.

El texto de Tiana Reid me recordó una historia personal.
Hace muchos muchos años, tantos años que ya parece otra vida, tuve un pololo que tenía amores platónicos. Un MONTÓN de amores platónicos de los que se preocupaba de informarme con detalle. Si bien era específicos, particulares, se multiplicaban como una plaga. O era una compañera de universidad que siempre subía fotos con su perro, o era la chica de pestañas largas que atendía en el restaurant, o la cajera del supermercado que siempre que lo atendía se sonrojaba, o la joven con falda vaporosa en bicicleta a la que había visto mientras esperaba la micro y de la que nunca se olvidó. En invierno era una que usaba guantes blancos en la universidad, y en verano la vecina que se había puesto frenillos a sus 20. Y así. En comparación, yo me sentía tan poco: ¿por qué no podía yo concentrar toda esa admiración? O por lo menos un porcentaje, un pedacito de esa devoción para mí. Que me dedicara a mí al menos un par de líneas. Nunca era yo el foco, nunca era yo digna de su atención: primero fulanita, después juanita, después sultanita, y así. Este pololeo, con la intensidad emocional propia de los amores infantiles y tortuosos, era doloroso y pesadillesco y yo definitivamente en algún momento perdí la cabeza y mi autoestima quedó por el suelo. Jaja, los dolores de la juventud.

No lo entendía, la verdad. En mi confusión, sentía que el hecho de que le gustaran o atrajeran otras disminuía en cierta medida la porción de deseo y admiración que recibía yo, que ya era mínima. Cuando me bajaban los celos fantaseaba con convertirme en la única: enamorarlo al punto de que dejara de admirar la manera en que otras mujeres se movían, la forma en que decían ciertas cosas, la manera en que se reían. Ser la mujer tecnicolor en un mundo de mujeres en blanco y negro. Y después vengarme y patearlo. [Risa malévola de fondo y fantasías de venganza en veinte mil escenarios distintos]. Sobra decir que no era la relación más sana de la tierra.

*

Con los años y varias relaciones entre medio, entendí varias cosas. Estas cosas a algunos le harán más o menos sentido que a otros. Lo comparto como una experiencia personal, no como un panfleto de reglas.

***Primero, que el deseo es como un latido: señal alegre y afirmativa de que estamos vivos.
***Segundo, entendí la relevancia de conservar el propio deseo, de estimular y explorar la fantasía. De adentrarse en las propias profundidades eróticas y sensuales, de comprender qué es lo que nos hace sentirnos convocados por la presencia de alguien: que despiertan los otros en nosotros que les asignamos/ofrendamos nuestro deseo.
***Tercero, comprendí que estar en una relación monógama no significa que te dejen de atraer otras personas, por mucho que el ideal romántico radical lo intente forzar. El deseo fluye, se intensifica y se concentra en distintas personas, de formas más o menos pasajeras e irregulares. Una relación monógama se sostiene sobre el acuerdo de elegir a una persona en específico con quien compartir una intimidad romántica y sexual, una lealtad de enfoque y energía, pero eso no significa que haya que mutilar toda la vida sensual que no esté relacionada con la pareja. Se puede ser fiel y mantener el deseo vivo y libre, sin engañar a nadie ni traicionar al otro. (Como decía un profe de mi diplomado de sexualidad: “me encanta que piropeen a mi pareja, que se vista sensual, que se sienta deseada, que sea coqueta. Es puro beneficio para nosotros dos: después llega a la casa y se desquita conmigo”). El deseo -esta es la buena noticia- no se agota: se multiplica.
***Cuarto: aprendí a poner mis límites, a definir mis situaciones gatillantes, a pedir espacio -para otra persona pueden ser otros, esto es pega de cada uno, y tiene que ver con la historia personal-. En mi caso, fue importante aprender a reclamar mi derecho a no tener que ser testigo de esos coqueteos o admiraciones inevitables y de no exponer a mi pareja a los míos. De no hacer un circo de algo que es natural y privado, de no caer en juegos que pueden resultar en una escalada hiriente. No solo plantear como un valor deseable y dar por sentado el respeto por mi pareja y por lo que estamos construyendo, sino que demostrarlo con decisiones pensadas.
Mirando atrás a esa relación antigua veo que me permití ser expuesta a esa provocación: a ser testigo esos amores platónicos, que era para mí como que se pusiera a contar plata frente a un mendigo, a subrayar las bondades de las otras para mantenerme a raya. En esa relación en específico era un ejercicio despectivo (en otras relaciones, para otras parejas, puede ser un ejercicio estimulante y seductor). Aguanté por mucho tiempo y aporté también con mi dosis de locura e inseguridades hasta que al fin todo explotó (las relaciones son dinámicas y acá los dos andábamos con el tejo corrido). En resumen: límites, límites, límites.

La forma en que construyo hoy mi intimidad de pareja es tan distinta a cuando era más chica. (Y es tremendamente personal y no una receta). Cuando chica entraba en modo de competencia, intentando demostrar que valía la pena ser deseada, añorando que apreciaran de mí lo que yo todavía no podía ver en mí, sujeta a la comparación (disparándome en el pie, yendo en círculos buscando aprobación). Hoy día -tal vez porque ya no busco la aprobación externa con desesperación, me concentro en hacer sentir a mi pareja especial, deseado y prioridad (y siento que él se preocupa de hacerme sentir así también a mí y eso para mí es lo suficientemente distinto, grande e importante como para celebrarlo): vivimos en un mundo tecnicolor y nos elegimos día tras día.

Todo esto para decir: una vez tuve un pololo que tenía un montón de amores platónicos, que me los sufrí como chancho, y que ahora entiendo lo que nos pasó a los dos mejor que antes.

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