Límites: sanos, porosos y rígidos

Un límite es el espacio entre “tú” y “no-tú”. Se puede pensar como un punto de contacto entre dos personas: siempre hay oportunidades de fricción o encaje. Los límites son bidireccionales, contextuales, relacionales y cambiantes.

Por ejemplo, solemos tener muy claros nuestros límites físicos: qué tan cerca alguien puede hablar con nosotros,  o cómo y cuán largo debe ser un abrazo.  

Los límites emocionales determinan cuánto y cuándo compartimos de nosotros con los otros, qué aceptamos, toleramos, incentivamos y rechazamos.
Puedes sentir que alguien es “demasiado intenso”, o que “no te deja entrar”,  que “es como una pared”. Acá chocan tus límites y los del otro.

A. Solomon describe 3 tipos de límites: sanos, porosos y rígidos.

Límites SANOS: te sientes al mismo tiempo conectado al otro y separado de él. Estás conectado y protegido, no te diluyes en el otro. Puedes expresar tus opiniones y perspectivas respetando los puntos de vista de los demás.

Límites POROSOS: estás conectado, pero no protegido. Demasiado receptivo a lo que los otros digan o piensen, nos perdemos tratando de complacer y calmar a los otros, o nos metemos en lo que no nos incumbe, exigiendo que nos den lo que no nos han ofrecido. A veces te sientes excesivamente responsable de sanar, arreglar o compensar al otro, y terminas agotado, vaciado de ti mismo. Otras veces te justificas diciendo “pero solo estoy tratando de ayudar”, cuando nadie te lo pidió. (Puede ser con la mejor intención, pero a veces ayudamos solo para escaparnos de nosotros mismos o sentirnos valiosos).
A tener en cuenta: lo que comentan de ti o juzgan le corresponde a los otros y tiene que ver con su historia, no con la tuya. Y por otra parte, a pesar de que es dificil conectarse con el dolor de alguien y mantenerse diferenciado, es muy poderoso ser testigo de ese dolor, contener al otro, sin necesariamente “hacer más”.

Límites RÍGIDOS: protegido, pero no conectado. Puede ser que rehusemos la influencia de los otros, o quizás nos cuesta abrirnos o expresarnos lo que tenemos dentro. En algunas relaciones te sientes vigilante, en guardia, con miedo e que entrampen. La rigidez surge del temor a que nos ataquen, así que bloqueamos a los demás. Nos sentimos frágiles, tensos, a la defensiva, y probablemente nos vemos así también. (Ej: mandar a la cresta sin poder dialogar). Otras veces los otros dicen que somos cerrados. Tal vez aprendimos a limitar nuestra expresión porque no era seguro dar lugar a nuestros sentimientos. Nos pegamos en estrategias de afrontamiento que ya no nos son útiles.

Podemos comunicar nuestros límites con amor, dar contexto (si queremos) y escuchar al otro también. Mostrarse curioso respecto de la experiencia del otro y su historia personal nos ayuda a entender y respetarlo de mejor manera.

Los límites sanos implican poder decirle a los otros cómo nos hacen sentir sus acciones y palabras. Los límites son como una guía para enseñarle al otro a cómo querernos mejor. Según A. Solomon, cuando sentimos que no podemos hablar de nuestros límites -porque no podemos expresarlos, o porque sentimos que el otro no los escuchará- la relación está dominada por el miedo, no por el amor.

Tus límites no siempre van a dejar contentos a los otros. Pero no te olvides de que el juego no se llama “dejar-contentos-a-los-otros”. Según Brené Brown poner límites es tener el coraje de amarnos a nosotros mismos, a riesgo de decepcionar a los otros.

¿Qué limites han sido importantes para ti este año?

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