Por qué dejé de tomar

¨*Este es mi testimonio sobre cómo yo viví mi relación con el alcohol. Es personal: la solución y las cosas que yo descubrí se aplican a mi experiencia. Lo comparto solo porque pienso que tal vez a alguien más le puede ser útil.

Dentro de las relaciones enredadas que he tenido, la que tuve con el alcohol está en el top 3. Era como una relación romántica abusiva: sentía que a veces estábamos super bien, pero de un momento a otro las cosas se volvían muy oscuras, muy rápido. Luego hacíamos las paces, pásabamos un periodo de estabilidad hasta que PAF, todo se desmoronaba de nuevo.

No entendía por qué conmigo la cosa no andaba, cuando había tanta gente que tomaba y no tenía problemas.

*

Con el alcohol no es posible generalizar, es demasiado personal. No puedo decir exactamente por qué la gente toma: sé por qué lo hacía yo.

Siempre me ha interesado conectar con los demás genuinamente. Me aburren las conversaciones educadas y superficiales. Tengo poca tolerancia a las opiniones manoseadas.

El alcohol jugaba un rol importante para mí: era una manera de tirar por la borda todas las convenciones sociales y de encontrar esas cosas que estaba buscando y a las que sentía no podía acceder de otras formas: el entusiasmo, la espontaneidad, las aventuras memorables, la expansión y la celebración, todo atravesado por la posibilidad de la libertad. La oportunidad de evadirme un poco de mí misma, dejarme ir.

No lo corté durante años porque, haciendo el balance, lo pasaba más bien que mal. A veces la cosa se distorsionaba, y entonces tomaba distancia por un tiempo del trago, como para hacerle un gallito al alcohol, demostrarle quién tenía el control.

Mi lógica era: si podía dejarlo voluntariamente, yo ganaba. Después volvía a tomar hasta que algo pasaba -una caña infernal, algún desatino social o sexual, una noche borrada por completo que me asustaba- y entonces volvía al ciclo de “nunca más”.

Aunque obvio, ese “nunca más” duraba poco.

*

Durante mi soltería, yendo a cita tras cita con desconocidos, lo usaba para aliviar la presión. El alcohol hacía que una conversación plana y predecible se volviera tolerable, que una persona que no me generaba nada se volviese a cada sorbo más atractivo, que una cita del montón fuese una aventura.

No todo era maravilla: besé y tuve encuentros sexuales con personas que no me gustaban o hacia las que no sentía nada: ni atracción física, mental, espiritual, NADA. Vacío. Gente que ni siquiera me caía bien. A veces no me acordaba de lo que había pasado la noche anterior, lo que hacía las cosas peor y mejor al mismo tiempo: ¿quizás era mejor no recordarlo?

Al día siguiente me quería colgar. Me avergonzaba de la transformación que pasaba cuando tomaba: era como si fuese otra persona en piloto automático, tomando decisiones que me traicionaban. Me desconocía.

Al mismo tiempo pensaba que quizás el alcohol me hacía más atrevida, más en sintonía con mis deseos. Pero por lo mismo no podía entender por qué me sentía tan mal. Si era tan coherente con quién yo era “de verdad”, ¿por qué me chocaba tanto mi comportamiento?

El resto del tiempo sentía que el alcohol sacaba a relucir un lado chistoso, osado y despierto que, estando sobria, era difícil mostrar. Era también un generador de conexiones rápidas. No entendía cómo la gente podía decir que era un depresor. Sentía que tenía las conversaciones más profundas e intensas gracias al alcohol. (Que después no las recordara era otra cosa).

*

El problema para mí era que, progresivamente, me fue pasando que nunca quería un vaso: quería 4, 6, 10. Los últimos 10 años de mi vida han sido una oda a los excesos y a la intensidad (recién a los 35 vengo a descubrir los beneficios de la moderación, pero ese es otro tema). Tomar 1 trago me parecía tibio, fome, demasiado controlado: si vas a tomar uno solo, mejor no tomar, ¿o no?

Y ya que estamos pensando en tomar, ¿por qué no lanzarse no más?

*

No era alcohólica, era simplemente que a veces se me pasaba la mano. Pensé que podía vivir así: haciendo malabarismo.

Hasta que llegó un punto en que las experiencias pencas se fueron acumulando, haciéndole el contrapeso a las buenas. Cosas chicas me empezaron a alarmar: cuando llegaba a un carrete mi principal preocupación era cuánto iba a tomar, qu´é iba a pasar después, si iba a poder controlarlo.

Me costaba plantearme cortar o cambiar mi relación con el alcohol porque no veía un camino posible: todos mis amigos toman, las únicas que no toman son las embarazadas, nadie lo deja voluntariamente. Nuestra vida social gira en torno al alcohol: desde cumpleaños a bautizos, celebraciones y actividades culturales, comidas elaboradas y asados de domingo.

Tenía preguntas muy concretas,: ¿Cómo se piscinea sin tomar? ¿Cómo se llora por un corazón roto sin tomar? ¿Cómo se aguantan conversaciones fomes sin tomar? Y si vas a un bar, ¿cómo tomas solamente bebida sin sentirte totalmente fuera? ¿Cómo celebro mi cumpleaños sin tomar? ¿Cómo tengo sexo sin tomar? ¿Cómo me desestreso sin tomar? ¿Un Año Nuevo sin champaña?

*

¿Por qué pensamos que tenemos que parar o cambiar solo cuando tocamos fondo? ¿Por qué no cambiar apenas vemos las señales de que la cosa no anda?

Hay un discurso extremo que plantea que solo hay que detenerse si eres alcohólico. Si no, es absurdo, es tonto o es débil. Hay una sociedad que empuja a consumir sin pensar, que se beneficia de esa inercia. Hay un gusto por etiquetar, por discriminar, por juzgar.

Incluso cuestionando mi consumo”nunca más” me sonaba demasiado grande porque hemos asociado el alcohol a todos los momentos de felicidad, extasis y aventura. “Nunca más” me sonaba a sacrificio: a estar siempre deseando algo que no me podría permitir. Era igual a pasar la vida en penitencia. No quería vivir así.

Además, ¿quiénes eran los que no tomaban? Muy pocos: o eran personas que nunca tomaron -por lo que no entendían lo fascinante del descontrol y del exceso- o personas que habían padecido alguna adicción y que su vida se había arruinado de alguna manera por el alcohol, o, de nuevo, embarazadas.

En mi caso todo había sido reparable, desde peleas que se habían desvirtuado hasta noches en las que no recordaba nada. Estaba entera, no me había pasado nada. No necesitaba salvarme del alcohol.

Tomar había sido una manera de entrar al mundo adulto. También había sido una forma de permitirme explorar una parte más loca y libre de mí, menos estructurada. Tenía miedo de perder esa ventana hacia mí misma.

Si dejaba de tomar no quería apegarme a una identidad. No quería ser “Hola, soy Vero, no tomo”. No quería ser excluida de mi grupo de amigos, ni irme a acostar temprano en los carretes, ni estar contando los días que llevaba sobria. No quería tener que evitar encuentros sociales ni perderme cosas entretenidas, ni quería dejar de tener conversaciones profundas e íntimas con todo el mundo. Sentía que el costo que tendría el dejar el alcohol era DEMASIADO alto, y eso que no tenía un “problema real”. No valía la pena.

Pensaba que mi vida se encogería: que se volvería cada vez más pequeña, opaca, plana.

*

Cuán equivocada estaba.

Esto es lo que he descubierto luego de un año de sobriedad:

Me fascina recordar todo lo que digo y hago. Hay una libertad increíble en estar 100% presente, todo el tiempo.

Descubrí que las conexiones intensas que sentía gracias al copete eran conexiones superficiales: eran un “como sí”, un bypass a hacer la pega real de dedicarse a conocer a alguien y conectar de verdad.

También descubrí que puedo seguir teniendo conversaciones profundas e íntimas sin tomar. Que la gente sigue confiándome cosas, que seguimos descubriéndonos conversando.

A veces me aburro: a veces estoy en una conversación fome o estoy en una situación en la que no me siento cómoda, y no me siento entusiasmada ni feliz de estar ahí. Y es lógico: eso es lo que esa situación genera. Es coherente con la realidad. Y entonces, desde mi plena conciencia, decido cambiar la conversación o irme.

Cosas predecibles: duermo increíble. No tengo jamás caña y es una maravilla. Bajé todos los kilos que quería bajar desde hace 15 años sin mucho esfuerzo (habiendo peleado por años con mi cuerpo). Puedo concretarme más, soy más productiva. Mis relaciones familiares y amistosas han mejorado. Mi relación romántica está en otro nivel que nunca había vivido. Me he pegado un estirón emocional que me ha permitido tomar decisiones difíciles y necesarias.

A veces siento TODAS las emociones juntas. Si antes tomaba un trago para narcotizarme, calmarme, manejarlo, ahora tengo que hacerme cargo. Ha sido como volver a ser chica: he tenido que aprender a manejar mis emociones, a sentarme con ellas, a abrazarlas y entender que son parte de mi experiencia vital, tanto como lo son las emociones más placenteras.

Y el sexo? El sexo mejora cada vez: no estoy perdida en mi cabeza ni fuera de la situación. Elijo cada vez. Estoy conectada a mi pareja, puedo elegir qué tocar y cómo, puedo sentir plenamente cómo él me toca a mí. Estoy 100% presente porque mi cuerpo y el de él lo merecen. Siento que tanto mi cuerpo como mi mente es apreciado y adorado. No tengo que escindirme: es una experiencia completa, en la que estoy íntegramente.

Descubrí que algunas personas pueden moderar su consumo de alcohol, otras no. Algunos pueden tomar sin irse al chancho, algunos toman un trago y listo. Otros calculan que necesitan una de pisco por carrete. Otros no toman nunca y de repente se desbandan y queda el desastre. Somos todos distintos. Yo reconocí lo que yo necesitaba hacer. Encontrarme con esa verdad fue liberador.

Si algo le ha pasado a mi vida, es que se ha expandido desde que dejé el trago: se ha vuelto más interesante y más coherente. Más genuina. Estoy más orgullosa de esta vida que he construido este año que de todo lo anterior.

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Dictaré un taller SOBRIO CURIOSO para los que sientan ganas de plantearse el cómo cambiar su relación con el alcohol. Para los que la mentalidad del todo o nada les resulta demasiado radical, para los que les gustaría moderar, pero les cuesta, para los que tienen preguntas y quieren encontrar sus propias respuestas. **El plazo para inscribirse es el jueves 23. Si no hay un mínimo de inscritos, no corre.

Se trata de inciar un camino más responsable, escogiendo cuestionar y ponerse curioso sobre las ganas de tomar, las expectativas sociales del consumo de alcohol, y encontrar una forma que a ti te acomode.


*OJO: Las personas con problemas serios con respecto del alcohol, con síntomas de abstinencia, con síntomas físicos o mentales producto del alcohol, suelen necesitar un camino más radical: comprometerse a la sobriedad (la sobrio-curiosidad no sería suficiente en estos casos).

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