El triángulo dramático de Karpman

El triángulo dramático de Karpman fue desarrollado en los setenta por Stephen Karpman en el contexto de la teoría del análisis transaccional. Describe una interacción social disfuncional, manipuladora, donde cada punto del triángulo representa un rol que adoptan las personas cuando están en conflicto y entran en este “juego” relacional.

Se trata de un triángulo invertido, donde se encuentra el rol del perseguidor (P), salvador  (S, “rescuer” en inglés) y víctima (V). OJO: son roles, o sea, no son estáticos: las personas pueden ir cambiando el rol que ocupan.

Víctima: “Pobre de mí”. Se suele sentir sobrepasado, lleno de problemas, defectuoso, desesperanzado. Niega su responsabilidad sobre las cosas malas que le pasan, afirma no tener capacidad para cambiarlas. Muy sensible, aparenta impotencia e incompetencia. Atrae a Perseguidores -que lo critican, insegurizándolo- y a Salvadores -que le ofrecen soluciones, implicando que creen que él es incapaz de resolver sus propios problemas-. Se siente enojado porque ni P ni S lo pueden “arreglar”.

Salvador: “Déjame ayudarte”. Es una “buena persona”, que se responsabiliza o culpabiliza a sí mismo de todo lo que pasa. Se dedica a intentar salvar a la Víctima. Está tan enfocado en V que abandona sus propias necesidades. Usa la culpa para conseguir lo que quiere. Al final, permite que V siga siendo víctima y también espera seguir siendo necesitado. Atrae a Perseguidores -que le dan la razón de que todo es su culpa- y a Víctimas -que responden positivamente a su pregunta “¿Quieres que te salve?”-. Se siente ansioso cuando no salva a amigos y familiares de las consecuencias de sus malas decisiones. En su fantasía, si salva a todo el mundo, nadie lo puede acusar de ser egoísta ni poco compasivo. En el fondo, resiente no poder satisfacer sus propias necesidades (y se mueve inevitablemente hacia el rol del Perseguidor) y siente que sino fuese por toda esta gente que lo necesita, tal vez podría hacer las cosas que él necesita hacer (y entonces se mueve hacia el rol de Víctima). Cree que “no puede ser feliz si los otros no son felices”.

Perseguidor: “Todo es tu culpa”:  culpa a la Víctima por no hacer lo que debiera hacer -que es lo que él cree correcto- y critica al Salvador por incentivar la dependencia, pero no entrega ninguna solución ni ayuda. Es criticón, controla a los otros con amenazas y con su rigidez. Es rabioso y autoritario. Cree que todo debiese hacerse a su ritmo, cuando él quiere: si no lo consigue, se enoja, se vuelve abusivo o difícil (o bebe, se droga o se enferma, para atraer a Rescatadores y Víctimas). Se siente superior al resto, por lo que no puede admitir que está equivocado.

En el gráfico podemos ver distintas posiciones (roles) en relación a cómo se ven a sí mismos y a los otros.

*el rol de Campeón no es parte del triángulo de Karpman, sino más bien es la vía de salida de cualquiera de estos roles.

Ejemplos de juego:

  • Alguien que me importa suele tomar malas decisiones (V) y está a punto de cometer otro error. Sin pensarlo, ofrezco una solución. La persona (V) parece tomarla y hacerme caso, entonces engancho porque me siento útil (S). Luego ella hace lo que hace siempre -es decir, no sigue mi consejo- y falla. Ahora me siento desesperanzado. ¿para qué me pide mi ayuda y energía y tiempo si no me hace caso? Si digo algo sobre el error que cometió (voy de S a P), el otro me da excusas -dice que está haciéndolo porque era lo correcto y que en realidad mi solución no era buena o que ya no quiere tener nada que ver conmigo, que lo deje tranquilo (va de V a P)-. Luego me cuestiono, me siento culpable o me enojo. Luego el otro se pone a la defensiva y el juego escala hasta que se estanca o termina. NADIE GANA, ambos fallamos.

  • La Víctima está aproblemada. El Salvador, que se enamora de ella, le dice “yo puedo ayudarte, haz lo que te digo y todo saldrá bien”. Ambos entran en una relación romántica. Relacionalmente, el Salvador acuerda que será fuerte y bueno, la Víctima que será desvalida y dependiente. S se siente necesitado e importante, a cargo. V tiene al fin a alguien que cuide de ella.  Todo funciona hasta que pasa que S, que está estresado por la pega, se agota de tener que estar a cargo de todo y siente que ella no le retribuye ni aprecia todo su esfuerzo, que lo estruja emocionalmente y no lo valida. Entonces S pasa al rol de P, el Perseguidor, y explota por alguna cosa pequeña, empieza a cobrarle sentimientos a V y a criticarle que sea tan débil y dependiente. Su queja, en este caso, es “¿Por qué no creces? ¿Por qué no aprecias lo que hago por ti? Esto es injusto”. V entonces se asusta y se mueve a la posición de S: lo tranquiliza, le dice que ahora sí, todo va a estar bien, promete cambiar. Luego ambos se estabilizan y cada uno vuelve a sus posición original.
  • A veces V, la oveja negra de la familia, se cansa de ser víctima, de ser mirado en menos, y se mueve al rol del Perseguidor, estallando por algo pequeño. El mensaje subyacente es “¿Por qué no me dejas tranquilo? ¡Para de controlarme! ¡Puedo hacerlo solo!”. S entonces se mueve a la posición de Víctima “Mira todo mi esfuerzo y para qué, no lo valoras”. Luego P se siente mal por lo que hizo o dijo y pasa a ser Salvador y dice “Perdón, estuve mal, estoy cansado, se me pasó la mano, o me faltan mis medicamentos, etc”. Hacen las paces y vuelven a donde estaban originalmente.

SALIR DEL TRIÁNGULO

Para seguir jugando necesito ser ciego al punto de vista del otro y no entender que es un juego con sus propias reglas internas. Si quiero salir del juego, necesito renunciar a las partes de mi rol que tengo interiorizadas.

Debo refrenarme de dar soluciones y decirle a la gente qué tiene que hacer con su vida, pero si realmente me piden mi opinión, puedo darla, sin ir a verificar (controlar) después si cumplieron con ella.

Si quiero salir del rol de víctima tengo que enfocarme en la solución al problema, en vez de quejarme o esperar que alguien me lo resuelva. Si necesito ayuda, la pido, pero soy activo con mi propia vida, me hago cargo.

Si quiero salir del rol del rescatador, puedo ser un apoyo e incentivar al otro a que se haga cargo, pero no puedo hacerme cargo yo de su problema. Confío en que el otro será capaz de resolver su problema.

Necesito admitir mis motivos, mi sombra -la que proyecto en los otros-:

  • tengo que soltar el control y reconocer mi vulnerabilidad,
  • renunciar a querer ser necesitado y reconocer mis necesidades,
  • renunciar a ser salvado y hacerme cargo de mí mismo.

Tengo que renunciar a los roles que juego, que me resultan cómodos porque me los sé de memoria, y aguantar la ansiedad de la vida cotidiana sin moverme a un rol predeterminado, sin “actuar” automáticamente –“siempre me pasa lo mismo”, “por qué a mí”, “tengo que poder ayudar al resto”, “por qué hacen todo mal”-.

Tomar consciencia requiere reconocer cuál es mi comportamiento automático, y ser capaz de ponerle freno.

Si te relacionas con gente que juega a esto, tienes que restarte del juego, por tentador que sea entrar, y reconocer que al final todos terminan perdiendo.

Si alguien trata de atraerte al juego, sé neutral: no entres en el drama, puedes decir cosas como “puede ser”, “hay que pensarlo”, “ese es un punto interesante”. Nada que te comprometa en la discusión.

Ojo con lo siguiente: si hay una relación en la que tú sientes frecuentemente miedo, obligación o culpa, estás en manos de un manipulador. Si tú tratas de hacer sentir consistentemente a los otros miedo, obligación o culpa, tú eres el manipulador.

Hay una manera de vivir que es más íntegra, comunicando tus necesidades y posiciones sin generar todo este drama. Es posible vivir distinto.

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