DESEO Y RESTRICCIÓN

Fin de año es como vivir durante un par de semanas en una teleserie con un guión escrito por un demente. ¿Estresante? Por supuesto. Pero también intenso y retorcidamente entretenido. Es someterse a un espiral sentimentaloide que el resto del año no está tan a flor de piel. Pasan cosas: quiebres, giros, remezones y situaciones que comienzan a tomar forma.

Este año he notado más que nunca el equilibrio precario en el que se sostiene el deseo. He estado en esas: intentando entender las ganas para poder sacarles el jugo. Y, contrario a lo que he hecho toda la vida, he encontrado que en ponerle freno de mano al impulso hay algo bonito (en vez de, digamos, tomar todas las decisiones posibles en un lapso de tres horas y media luego de haber consumido cuantas copas de champán aguanta mi hígado).

Los temas de hoy: consumo y minimalismo, deseo y restricción, pornografía y relaciones, obvio.

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Hace un par de semanas Ann Patchett publicó en el NY Times una columna de opinión donde contaba su experiencia de no comprar durante un año. Dice:

“A fines del 2016 (…) no podía estar lo suficientemente tranquila como para leer o escribir. Inmersa en mi ansiedad, terminaba haciendo scroll en dos sitios online de compra, intentando aplacar mis miedos con fotos de zapatos, ropa, carteras y joyas. Trataba de distraerme, pero la distracción me dejaba sintiéndome peor, de la misma forma en que fumar Winstons y tomar gin en un bar a altas horas de la noche te deja peor. La pregunta tácita cuando se trata de comprar es ¿Qué necesito? Lo que yo necesitaba era menos”.

Así fue como se embarcó. Partió por definir sus propias reglas: ni tan restrictivas ni tan flexibles como para abandonar su proyecto a las dos semanas. No compraría ropa ni artículos electrónicos, pero sí se permitiría cualquier cosa del supermercado, incluso flores. Cosas útiles como shampoo, tinta para la impresora y baterías las compraría solo cuando se le hubiesen acabado las que tenía en su casa. Se permitiría comprar libros -porque escribe libros y tiene una librería y los libros son su negocio-, y regalos, aunque con restricciones (dice: “La idea de que nuestro afecto y estima deba manifestarse en un chaleco es reduccionista. Elissa -la amiga que la inspiró a hacer este año de no comprar- regalaba tiempo a sus amigos: certificados para cuidarles los hijos o limpiarles la casa”). Patchett descubrió que si le daba un par de días al ataque que sentía de comprar algo, esa urgencia se disipaba, y además que el truco para no comprar no es solamente no comprar, sino tampoco vitrinear ni mirar catálogos. “Si no lo veo, no lo quiero”, dice.

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Me gusta la idea de cortar una conducta y ver qué pasa. Lo hago mucho -tal vez de manera menos continua que lo que me gustaría-. Es un ejercicio bonito porque primero requiere cambiar de mentalidad: pasar de un seteo de escasez a uno de abundancia. Dejar de estar en falta y darse cuenta de lo que hay. Y hay suficiente (tal vez incluso demasiado). Luego, restringir lo posible, dar un pie atrás. Es duro decidir dejar de hacer algo que hemos hecho en exceso, ya sea desde comprar sin mesura a tomar o fumar más de la cuenta, a tirar sin control. Y ojo que lo digo entendiendo lo entretenido que es el descontrol dionisiaco. Finalmente hay que aceptar el nuevo orden.

Si no somos consumidores, si no nos identificamos con las cosas que poseemos, ¿qué nos constituye? Pienso en una época donde para mí era muy importante comprar libros -porque era una lectora-, luego fue muy importante comprar CDs -y antes, grabar cassettes-, y la última fase intensa fue la de los zapatos. Es difícil resistirse a rodearse de cosas que sentimos que nos anclan y definen. Hay algo muy seductor en las cosas: dan la sensación de que lo que somos es algo concreto, definible, proporcional en valor. Es muy gratificante tratar a los otros y a nosotros mismos como cosas controlables: gente que deifica su cuerpo o su propia imagen como si todo lo que son empezara y acabara ahí -y no, no digo que no seamos nuestro cuerpo, sino que no somos únicamente nuestro cuerpo y que el cuerpo siempre es en relación con otros y que en esa deformación donde se niega u olvida el vínculo, hay algo raro-, personas que convierten los aparatos o accesorios en extensiones de sí mismos -son la marca de su auto y el reloj, son la cartera y la tarjeta de crédito, son el celular último modelo-, gente que cosifica sus experiencias como transacciones virtuales -viajar o salir para “tener algo que mostrar”, comer o tomar para “hacer algo”-. En este escenario de cosificación y marketeo, de identidad desplazada a lo material, las renuncias nos invitan (en días malos nos obligan) a mirarnos desde otros lugares.

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Pensar sobre el consumo nos puede ayudar a pensar sobre el deseo en general. Aguántenme un minuto.

Se entiende el deseo como “aspirar con vehemencia al conocimiento, posesión o disfrute de algo”, “anhelar que acontezca o deja de acontecer algún suceso” y “sentir apetencia sexual hacia alguien”. La primera definición incluye el consumo y el goce, la segunda la ilusión del futuro (esa proyección en el tiempo) y la tercera vuelve al goce manifestado en el sexo. Es evidente que el común denominador de las tres acepciones es el placer: quieres obtener algo para poder disfrutarlo, quieres que te pasen ciertas cosas o intimar con alguien para complacerte a través de esa experiencia.

El deseo nos mueve. Sin deseo no hay empuje. Pero también el estar en constante estado deseante puede ser agotador. El deseo te consume y te puede hacer perder el foco, de la misma manera en que la glotonería te lleva a ponerle más atención a la comida que está por venir en vez de la que estás saboreando ahora. Entre lo que tienes y lo que quieres hay una brecha y a veces nos ponemos a habitar esa brecha -con una carpa endeble y poco preparados- porque el estado deseante puede ser mucho más emocionante que cualquiera de los dos extremos (lo que hay y que todavía le falta para estar completo y la obtención de lo que habíamos estado anhelando).

Volviendo a la restricción consumista: creo que el limitar el goce del consumo, tal como lo hizo Patchett, tiene un paralelo posible con los afectos y el sexo. Acompáñenme pensándolo así: si, teniendo el dinero, optas por no comprar, ¿cómo impacta esa decisión en otras esferas?

Como yo lo veo:

  • Dejas de gastar plata y puedes ahorrarla o destinarla a otra inversión realmente necesaria.
  • Dejas de emplear un tiempo que tal vez antes no estaba considerado como primordial en esa ecuación, y ese tiempo se convierte en un recurso o ganancia, fruto de esa restricción.
  • Empiezas a revalorizar lo que hay (en vez de estar en la brecha que mencioné antes, das un paso atrás y haces uso de lo que tienes).
  • Como te autoimpusiste una restricción, los gestos de los otros que te permiten el goce -sin que tú tengas que gastar, comprar, desear- adquieren mayor valor. Entonces, no estás comprando, pero alguien te regala algo, o te invita a comer o a tomar. Nos volvemos más sensibles a lo que los otros nos entregan o regalan voluntariamente, porque ya no nos lo proporcionamos a nosotros mismos.

Ahora, traslademos todo esto al sexo y al afecto. (Haz el ejercicio por tu cuenta primero, luego pasa a leer el siguiente apartado).

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Pasamos un montón de rato dando por sentado lo que tenemos y deseando lo que no. Y no es ni siquiera que lo que no tenemos nos haga falta, sino que está fuera de alcance no más, y por eso se ve más atractivo. Es curioso, porque en teoría funcionamos mejor “en falta”, proyectados hacia lo que podría ser en vez de lo que hay, y paradójicamente eso nos genera insatisfacción constante. Dos ejemplos:

  • Estás en una relación hace rato, el sexo es algo que tienes disponible más o menos de manera constante y, sin embargo, el sexo con otras personas empieza a parecerte más atractivo que el que tienes a la mano con tu pareja. No solo eso: cuánto sujeto que anda viendo porno de manera compulsiva -ojo, compulsiva- y termina con dificultades sexuales porque ya no se calienta con su pareja. Lo que hay pierde brillo.
  • No tienes tiempo para ver a tus amigos y familia o el tiempo que tienes acaba siendo de poca calidad porque andas con la cabeza en otra parte: que la pega y las otras cosas más importantes que podrías estar haciendo. Priorizas, pero sale mal, porque priorizas asumiendo que lo que tienes es algo que no te va a faltar: los amigos seguirán ahí si no los ves en uno o dos meses, tu familia entenderá si con cueva les destinas los domingos o un llamado cortito para saber cómo están. Las cosas se invierten cuando te empiezan a faltar esos afectos asumidos como dados: un ser querido se enferma o tiene un accidente, tus amigos se cambian de ciudad o país o tú mismo decides tomar otro rumbo. Y entonces recién valoras lo que tenías.

¿Cómo lo hacemos para empezar a valorar lo que ya tenemos? ¿Para ser más sensatos con la ambición por obtener lo que todavía no alcanzamos?

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Dan Ariely lo explica en sencillo: démosle la bienvenida al concepto de “adaptación hedónica”. Dice: “Puesto que no conseguimos prever el alcance de nuestra adaptación hedónica, como consumidores solemos necesitar adquirir siempre nuevas cosas (…) Buscamos cosas que nos hagan felices sin darnos cuenta de lo efímera que será esa felicidad, y cuando la adaptación se produce, buscamos otra cosa nueva (…) Incluso cuando algo nos parece sumamente decisivo a corto plazo, probablemente a largo plazo las cosas no nos produzcan ni tanto éxtasis ni tanta desdicha como esperábamos”.

La adaptación hedónica puede tener efectos positivos y negativos. Por ejemplo, si sufres un accidente y pierdes una capacidad física, eventualmente tenderás a volver a tu nivel de satisfacción previo, antes de la pérdida. O si terminas una relación con tu pareja, lo más probable es que lo superes con el tiempo y te vuelvas a enamorar. El mundo no se acaba (por suerte). Eso es la raja. Pero en el caso de incorporar algo nuevo a nuestra vida -cambiarse de pega, tener una nueva relación, comprarse un auto-, ¿cómo podemos prolongar la sensación eufórica de lo nuevo?

Hay una manera: según unos estudios de Leif Nelson y Tom Mayvis, si descansamos entre experiencias placenteras, aumenta el placer, mientras que si interrumpimos las experiencias negativas, estas se vuelven más dolorosas. En el fondo, el esfuerzo que requiere tener que someterse sucesivamente a una experiencia molesta o desagradable -como tener que trabajar en una tarea latera, desde pagar los impuestos y ordenar tus cuentas a depilarte- hace que el interrumpirla y retomarla se vuelva más penoso. Pero si estás haciendo cosas agradables, el darle pequeñas interrupciones y reencontrarse con ese placer, hace que valoremos de manera más positiva y placentera la experiencia total (por ejemplo, si estás dándote un masaje, tomar pausas y volver a hacerlo). En este sentido, habría que privilegiar las experiencias pasajeras (una clase de buceo, ir a comer a un restaurant, darse un masaje) versus las experiencias constantes (comprarse un auto nuevo, renovar de una el closet completo, comprarse una tele) para obtener mayor satisfacción. Ariely dice: “El efecto a largo plazo del sofá en su felicidad probablemente será mucho menor de lo que usted espera, mientras que la satisfacción del buceo y los recuerdos de esa experiencia a largo plazo probablemente perdurarán mucho más de lo que usted prevé”. También, para incrementar el nivel de satisfacción, exponerse a la casualidad y la sorpresa ayuda. Si bien solemos adoptar un patrón seguro y predecible en el trabajo y en la vida personal, incorporar cosas distintas y asumir riesgos generará una experiencia diferente, positiva.

Ya, traduzco todo lo anterior a medidas concretas para parejas que llevan un rato:

  • Explorar gestos no consumistas: restringir el comprarle cosas al otro y hacer en cambio gestos, como prepararle el desayuno, ofrecerle ayuda en algo que sabes que al otro le da paja hacer, escribirle una nota cariñosa o hot, decirle algo concreto y positivo cada día (con intención, no vale el “te amo” manoseado, ponle cabeza), etc.
  • Experiencias novedosas: ir a comer a lugares distintos, aprender algo nuevo juntos (desde cocinar a bailar swing), visitar un lugar o tener una experiencia (ir a un concierto o ir a una exposición, ver una nueva película), hacer un deporte demandante juntos que les permita ver un progreso cada vez que lo practican, etc-
  • Incorporar cosas nuevas en la cama -juguetes, posiciones, lugares, horarios distintos de lo habitual, desafíos sexuales-,
  • generar secuencias placenteras o experimentales con descanso (por ejemplo, en línea con Sensate Focus, tener sesiones solamente de tacto, sin penetración, durante una semana, o hacer sus propias reglas de periodos de restricción: limitar el sexo por periodos cortos para reencontrarse después, o solamente permitirise weveo virtual y no físico durante 3 días para luego retomar con todo, etc.).

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Volviendo a Patchett: ¿te acuerdas que a pesar de restringir comprar otras cosas se permitió seguir comprando libros? ¿Por qué? ¿Son los libros esenciales en su consumo, si ella misma es dueña de una librería? No, pero identificó que había algo que le proveía de goce y sentido, un consumo que la hacía feliz y era útil, y que conservó. No todos los deseos o consumos son relevantes,  pero cuando encontramos uno que sí lo es, no hay por qué acogotarlo.

Estoy terminando de escribir una novela. Como vivo al ritmo de mi cabeza, me ha resultado un poco embriagante darme cuenta de que mi protagonista me empuja a hacer cosas que no tenía contempladas. Mi protagonista, mujer alegre y trágicamente confundida, busca orden mental, y como es tan concreta como su autora, empieza a ordenar su espacio. Como ella, estas últimas semanas he regalado libros, ropa y me he deshecho de recuerdos. He releído a Marie Kondo, que tiene su propio método (Konmari) para despejar y organizar las posesiones (tiene una frase para definir si lo que posees se queda a o se va: “¿Te inspira felicidad/ alegría?” o en inglés, “Does It spark joy?”). He botado cuadernos y libretitas con inicios de historias que me resistía a dejar ir, pero ahora, cuando las releí, entendí que si había pasado tanto tiempo aferrándome a ellas, pero sin escribirlas, eran un “como si”: una mentirita blanca que me hacía sentir como que tenía material, pero en realidad eran palabras con poco valor. Lo mismo con los recuerdos del colegio: tantas cartas y promesas de personas que ya no veo. Guardé un par -de esos poemas inocentes que alguien me regaló y que todavía me conmueven, cartas de amor o promesas de hermanas que siguen siendo tan inocentes como valiosas-, pero el resto, ¿para qué acumular y andar acarreando cosas en un baúl?

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En la restricción hay riqueza. En el exceso, en lo entretenido que es el exceso y la colección, hay un desuso. Y en ese desuso hay acumulación. Y en la acumulación hay carga y responsabilidad.

¿Cuánto tiempo le dedicas a querer cosas que no tienes o a consumir cosas que no necesitas o no te hacen feliz?

Quedan un par de días para cambiar de año. Tal vez es el momento de organizarte, deshacerte de lo que te sobra, controlar el deseo, dosificar.

Se viene un buen 2018.

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Les dejo una lista de las apps o sitios que me han ayudado a ir limitando, definiendo o cambiando conductas. Que de algo más sirva el celular:

AppDetox: limita la cantidad de tiempo diario o semanal de cada app.

Vora: para los que hacen intermittent fasting o ayunos, esta app es lo más para hacer seguimiento y motivarse.

LoseIt! Y MyFitnessPal: trackeo de consumo de alimento y ejercicio. Bueno para definir metas nutricionales y dejar de mentirse con las calorías o macros.

HabitHub: ¿quieres incorporar nuevos hábitos? Esta es.

Tide: amo esta app porque te permite setear momentos de trabajo intenso. Para uno que anda con 45 mil distracciones por minuto, es un descanso mental.  Diseño bonito, buena música en sus 5 modos.

Oblique Strategies: es como ir a sacarse el tarot, pero un tarot hecho por Brian Eno y que te deja pensando. Las frases siempre te incitan a hacer, deshacer o reformular. Buen input cuando te empieza a ganar la desesperación o la falta de creatividad.

Otras:

Canva: me ha solucionado tantas cosas este año. De partida, permite hacer posteos para RRSS de manera fácil y elegante. Ahorra tiempo y además, tiene plantillas para todo o casi todo: desde invitaciones para fiestas hasta modelos bonitos y originales para CV.

Reddit: hay mucha basura en Reddit, sí, pero también hay comunidades de información que son súper motivantes e inspiradoras. En vez de meterme a FB, ahora me meto a averiguar cosas a Reddit: desde noticias hasta lo que la está llevando en temas que me interesan. Me han parecido súper útiles en temas sexuales (r/sex, r/DeadBedrooms, r/psychologyofsex), vinculados a nutrición y fitness (r/loseit, r/intermittentfasting y r/fasting), en la volada minimalista y de vivir con menos (r/minimalism, r/konmari y r/frugal), para pensar en cosas desde otro punto de vista (r/AskReditt, r/NoStupidQuestions, r/todayilearned, r/history) y para reírse un rato (r/badwomensanatomy, r/onejob, t/OoopsDidintMeanTo, r/CrappyDesign).

Refs.:

Ann Patchett, My Year of No Buying http://nyti.ms/2yJeBVX

Marie Kondo http://konmari.com/ acá está la intro del libro https://www.libreriainternacional.com/archivos/PDF/magia.pdf

Dan Ariely: Las ventajas del deseo.

APA: Is pornography addictive? http://bit.ly/1BuijA9
Distintos estudios han tratado de explorar el efecto del consumo de pornografía encontrando resultados que complejizan el tema. En resumen:

  • a los humanos nos gusta la pornografía (estudios demuestran un consumo del 50% al 99% entre hombres y del 30% al 86% entre mujeres).
  • Internet hace que el acceso a una dosis erótica sea más fácil que nunca: fácil alcance, barato y anónimo.
  • Harta gente piensa que es positivo: en una encuesta del Kinsey Institute, 86% consideró que la pornografía puede ser educativa y 72% que provee de un escape fantasioso inofensivo. De los que señalaron usar pornografía, 80% dijeron que se sentía “bien” al respecto.
  • Un montón de personas consume pornografía sin sufrir efectos negativos, pero en la misma encuesta Kinsey, 9% de los usuarios afirman haber tratado de frenar el consumo sin éxito.
  • Cuando el uso de pornografía es excesivo, las relaciones románticas pueden sufrir. En general se ha encontrado que en parejas heterosexuales el uso de pornografía por parte de los hombres se asociaba a menor calidad sexual para ellos y para sus parejas, en cambio el uso de parte de las mujeres se asociaba a mejor calidad sexual para ellas. En otro estudio cuando los hombres usaban pornografía tendían a reportar menor nivel de intimidad sexual en sus relaciones, mientras que las mujeres reportaban mayor intimidad. Hay dos explicaciones posibles para esto: los hombres suelen ver pornografía solos mientras que las mujeres suelen verla en pareja y se convierte en una experiencia sexual compartida. Además, los tipos de pornografía consumida difieren. Los hombres suelen ver actos sexuales sin contexto, mientras que las mujeres ven pornografía de parejas que tiene una historia y ángulos más suaves. Cuando un miembro de la pareja ve mucha pornografía, frecuentemente, puede haber una tendencia a retrotraerse emocionalmente de la relación, auqnue no queda claro si eso es producto del consumo de la pornografía o tiene que ver con que la persona se vuelca a la pornografía porque no se sentía bien en un principio. En cualquier caso resulta un ciclo que se alimenta: veo pornografía, esto afecta mi relación negativamente, veo más pornografía, etc.

 

 

 

REDESCUBRIR EL TACTO (Parte II)

NOTA: como lo dice el título, esta es la segunda parte de las ideas resumidas de Sensate Focus in Sex Therapy. The Illustrated Manual, de Linda Weiner y de Constance Avery-Clark. (Asuman que la información dura pertenece al libro y que el resto es mío).

Este artículo es un poco más teórico, pero necesario. Al final vienen las instrucciones que se le dan a los clentes que van a terapia. Es importante entender la teoría para que no suene a que todo es una locura y para que se tomen en serio la práctica.

Dudas, me pueden escribir directamente.

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Recapitulando:

  • Existe un guión cultural que tenemos incorporado que dice que hay que enfocarse en el otro para ser buenos en la cama y eso genera mucha ansiedad porque tratamos de controlar la respuesta sexual propia y la del otro (lo que por definición es imposible, porque la respuesta sexual es una función natural). Solución: para disfrutar el sexo hay que enfocarse en las propias sensaciones.
  • SF es una serie de sugerencias estructuradas para tocar y descubrir el propio cuerpo y el de la pareja de una manera no-demandante, exploratoria, sin tener que leerle la mente al otro. Sirve para tratar las disfunciones sexuales y mejorar la calidad de vida sexual.

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Aclaremos: tener dificultades sexuales vs. Tener una disfunción sexual

Todos tenemos dificultades sexuales de vez en cuando. Son temporales y se pueden dar de manera intermitente a lo largo de la vida. Son típicas, por ejemplo, la falta de interés sexual o de deseo, problemas de erección o excitación, orgasmos demasiado precoces, ausentes o dilatados, dolor sexual, etc. Cuando ocurren de vez en cuando son el resultado de un problema situacional -como consumir demasiado alcohol, andar muy estresado, etc-. La persona que lo sufre sabe que es algo transitorio y filo, sigue con su vida.

Otra cosa es tener una disfunción sexual (DS). Para ser considerada una disfunción sexual propiamente tal, tienen que presentares ciertos criterio o requisitos (se han tipificado en el DSM V, como ocurrir el 75%-100% del tiempo y durar al menos 6 meses). Las DS son más duraderas -o sea, no son pasajeras-, pasan más frecuentemente -o sea, no son ocasionales o de excepción- y generan más estrés emocional y relacional en la vida de la persona -o sea, tienen un impacto en el bienestar emocional y/o psicosocial-.

En resumen: ¿no se te paró hace dos meses / no te lubricaste la última vez / no llegaste al orgasmo  / no sentiste “nada”, etc. ,etc., etc….? Si es eventual / ocasional tuviste una dificultad sexual, pero no por eso tienes una disfunción.

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Causas de DS

Pueden ser múltiples factores, por lo que siempre hay que revisar las variables biomédicas antes de lanzarse a hacer terapia y tener una mirada que integre lo biopsicosocial. La terapia SF se centra en los aspectos psicológicos, relacionales, de estilo de vida y culturales (por eso, chequear antes condiciones médicas es importante).

Ojo, a veces pasa que el problema reportado no es el problema real -por ejemplo, un problema de erección puede en realidad estar tapando un problema de eyaculación precoz-, así como a veces no se trata ni siquiera de una disfunción (por ejemplo, llega una pareja que dice que tiene un desorden del deseo, pero en realidad lo que tienen es diferencias sobre las preferencias de frecuencia de actividad sexual).

Entonces, factores a considerar:

  • Factores médicos: condición fisiológica y consumo de medicamentos que afecten el sistema endocrino, cardiovascular o el funcionamiento neurológico de la región pélvica. Estas condiciones pueden ser el resultado de enfermedades crónicas (ej: diabetes, hipotiroidismo), drogas prescritas o no, intervenciones médicas (ej: radiación o cirugía prostática).

  • Factores individuales: funcionamiento psicológico (ej.: ansiedad, desórdenes del ánimo, trauma), visión negativa de sí mismo, del cuerpo o del sexo. Ojo con los pensamientos y sentimientos que distraen, en especial los que tengan que ver con inquietudes sexuales. Hay que examinar la experiencia sexual del cliente, las técnicas que usa, sus preferencias, qué tan consciente está sobre sus preferencias y su conocimiento sobre sexualidad. Historia personal pertinente como abandono o abuso, diferentes estilos de apego (por ejemplo, como el ansioso o el evitativo).

  • Factores relacionales y de pareja: siempre hay que considerar el impacto que tiene la pareja en la disfunción sexual: sus enfermedades, sus propias disfunciones sexuales, su performance y expectativas y sus respuestas a los problemas sexuales. Además, su funcionamiento psicológico y su voluntad de participar en la terapia, además de comprender su experiencia subjetiva sobre su propia vivencia sexual y relacional.
    El estrés relacional puede generar disfunciones sexuales y viceversa. Sentimientos de rechazo, frustración e inadecuación pueden llevar a sentirse menos positivamente respecto del otro, mostrar menos afecto, tener una comunicación poco útil o ausente y que el tiempo compartido sea de menor calidad. Todo esto puede contribuir a menor satisfacción íntima en general y menor satisfacción sexual en particular. Tratar los problemas comunicacionales, las luchas de poder, los conflictos no resueltos y los resentimientos puede que no resuelva las preocupaciones sexuales, sin embargo, ignorarlos o no considerarlos tampoco aporta.

  • Estresores vitales: hay que considerar el efecto de otras demandas que se hacen al individuo o a la pareja, incluyendo las responsabilidades laborales y el grado de estrés que generan, el impacto de los hijos o parientes, pérdidas personales o laborales, falta de ejercicio, comer en exceso y otros hábitos que contribuyen negativamente a la salud física y psicológica. El motivo central para prestarle atención a estos factores es aclarar la cantidad y calidad de tiempo que los integrantes de la pareja tienen que dedicarse a sí mismos y a la relación.

  • Influencias socioculturales: considerar el efecto que la familia de origen y los factores sociales y religiosos tienen sobre el funcionamiento sexual.
  • Etiología mixta o desconocida: puede haber un montón de factores que incidan en el desarrollo de una DS, pero incluso después de evaluarlos todos puede ser que la causa exacta no quede muy clara. De cualquier forma, muchas veces pasa que el cliente progresa sin que se hayan identificado necesariamente las causas que generaron la disfunción (a veces la terapia sirve para determinar la causa, y no al revés).

La terapia sexual parte con la revisión de los factores médicos, psicológicos, relacionales, culturales  y de estilo de vida que puedan estar impactando el funcionamiento sexual. Por lo general, se siguen estos pasos:

  • Examen médico (consultar a doctor general o especialista, ya sea ginecólogo o urólogo, endocrinólogo, etc).
  • Tomar la historia sexual: una primera sesión que incluye a ambos miembros se suele dedicar a definir objetivos de la terapia considerando la dinámica relacional, las fortalezas individuales y la motivación de cada uno. Luego se sigue con una a tres sesiones individuales para recoger la historia sexual de cada uno, donde lo que el terapeuta hace es recoger la mayor cantidad de información posible para entender cómo los clientes experimentan ellos mismos lo que viven, es decir, lograr comprender el sistema de valores sexuales que sostienen su experiencia (qué significa este problema para ellos, qué emoción les gatilla, qué piensan sobre eso. No se trata de juzgar los hechos, sino de entender qué la pasa al cliente con lo que está viviendo).
  • También se pueden hacer encuestas o inventarios sexuales para estandarizar o reunir la info necesaria de manera práctica.

Luego de tomar la historia de cada miembro de la pareja y completar los inventarios, se invita a la pareja a una sesión de discusión para definir el plan de tratamiento.  Acá el terapeuta comparte lo que entiende como la causa y los factores contribuyentes para la mantención de las dificultades sexuales y relacionales que los afectan y sugiere un plan que se va definiendo en conjunto, integrando el feedback del consultante.

*****La meta de la terapia sexual y de SF es hacer todo lo posible para resolver las preocupaciones de los clientes, pero NO HACER MÁS de lo estrictamente necesario (es decir, a pesar de que se rescata mucha información, se usa la información que tiene impacto directo o inmediato sobre el problema sexual, no es una terapia para resolver todo lo que le preocupa a la persona o a la pareja).

Dentro de las cosas que hay que considerar para definir el plan de tratamiento: ¿se hará SF en conjunto, antes o después de un tratamiento médico? ¿será una terapia corta e intensiva o de largo plazo y en profundidad? ¿incluirá la terapia a un miembro de la pareja o a ambos o de manera individual y luego conjunta? (a la base de SF está la idea de que el cliente no es cada uno de los miembros de la pareja, sino la relación, ya que ambos se ven afectados por la dificultad sexual). ¿Necesitan cada uno o ambos tener terapia individual por algún otro motivo, en paralelo o antes de iniciar la terapia sexual?, etc.

Una vez determinado el formato, se presentan las actitudes y habilidades necesarias para poder realizar SF:

  • Mindfulness aquí-y-ahora: tener una actitud adentro y fuera de la habitación que se enfoque en el presente y lo menor posible en el pasado (ej.: “esto nunca ha funcionado!”) o en el futuro (ej.: “¿funcionará esto?). La razón es que no se puede hacer nada sobre lo que ya ha pasado o pasará: el foco debe estar en lo que es ahora, en lo que podemos hacer.
  • Autorresponsabilidad radical: como dice el Dalai Lama: “no dejes que el compartimiento de los otros destruya tu paz interior”. Es decir, no importa qué esté pasando con la pareja, los clientes (individualmente) son responsables de sus propias respuestas y de seguir las sugerencias de SF. Pasa mucho que el cliente se enfoca en lo que el otro hace o no hace, lo que termina afectando la terapia porque “mi pareja no inició cuando era su turno”, o porque “mi pareja parecía que no tenía ganas”, o “porque mi pareja no movió mi mano” o “porque mi pareja no estaba concentrada en las sensaciones” o “porque mi pareja dijo que quería hacer algo distinto durante la sesión”. Obviamente este tipo de justificaciones diluyen a responsabilidad sobre lo que pasa en la terapia y proyecta la culpa en el otro, además de generar interacciones improductivas entre los participantes. El dejar de enfocarse en el otro ayuda a que los clientes se hagan cargo de lo que sí tienen control (sus propios pensamientos y comportamientos) y refuerzan la primera actitud de estar presente en el aquí y ahora.
  • Otras habilidades a tener en cuenta para crear, revivir o sostener un ambiente relacional seguro que conduzca al cambio: habilidades comunicativas; ser capaz de identificar, aceptar y gestionar emociones; negociar diferencias; resolver problemas de manera creativa; ofrecer tiempo compartido de calidad y emplear a la pareja como un recurso.

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Sugerencias preliminares

Aspectos a tomar en cuenta antes de practicar SF para evitar distracciones y asegurar que las sesiones de tacto se desarrollen bien (lo que no significa que no vayan a haber problemas, sino más bien que cuando emerjan se puedan enmarcar o contener positivamente, considerándolos una manifestación de por qué se está atendiendo a terapia. Que aparezca un problema hace evidente que es posible intervenir en él, se pueden hacer sugerencias o desarrollar una habilidad para hacerse cargo del mismo).

  • AMBIENTE, COMODIDAD Y PRIVACIDAD: estar en un ambiente privado y tranquilo, a una temperatura agradable y con la menor cantidad de distracciones posibles. Para algunas parejas la pieza es el mejor lugar, pero para otras puede estar asociada a demasiadas experiencias negativas. Liberarse, mientras dure la sesión, de posibles interferencias (mascotas, niños, teléfono, televisión, música, etc). Cerrar la puerta, obvio.
  • TIEMPO Y ATMÓSFERA: destinar un tiempo sin presión. Cada uno debe sentirse alerta, despierto -no justo antes de irse a dormir o luego de haber comido mucho-.
  • DISPOSICIÓN DEL AQUÍ Y AHORA Y SENTIRSE TOTALMENTE RESPONSABLE DE UNO MISMO. No partir con expectativas ni deseo sexual ni presión de excitación. No se requiere sentir nada para participar. Se sugiere que los clientes NO intenten cultivar una atmósfera romántica o relajante -olvídate de las velas, la música, o accesorios románticos porque intentar crear esta atmósfera puede hacer sentir la exigencia de sentir ciertas emociones-.
    Las sesiones deben realizarse de manera continua (en bloques). Si son intensivas, puede sugerirse que se hagan una o dos diarias, y si no pueden hacerse dos o tres a la semana. Normalmente se sugiere que sean espontáneas, pero no debiesen pasar más de 48-72 horas entre una y otra. Si tienen dificultad para hacerlo espontáneamente, se recomienda que agenden las sesiones.
    Durante la sesión la persona que toca debe hacerlo al menos hasta dejar la sensación de incomodidad inicial y durante suficiente tiempo como para poder volver a enfocarse en la temperatura, presión y textura, pero no tanto como para cansarse o aburrirse. Las sesiones iniciales duran entre 5 y 15 minutos para cada participante, pero idealmente la idea es no fijarse en el reloj ni en cuánto se demoró el otro.
  • INICIACIÓN: normalmente el que inicia es la persona que presenta la disfunción -esto le quita presión y puede ayudar a superar emociones de rechazo-. El otro partirá la siguiente sesión e irán alternando. Si uno es especialmente aprensivo, puede ser que ese sea el que parta las sesiones o que lo haga el otro (como en todo en SF, está sujeto a discusión).
    Se sugiere partir de manera formal diciendo, por ejemplo, “Me gustaría hacer la sesión ahora”. Suena tonto, pero esa formalidad aminora el riesgo de que el otro interprete claves informales de una manera subjetiva o poco precisa. Al mismo tiempo, plantearlo así -medio robótico y formal- hace emerger pensamientos y emociones ansiosos que estén asociados a las sesiones, porque no hay nada más poderoso que declarar formalmente que la sesión táctil va a empezar para gatillar los bloqueos sexuales para los que los clientes buscan solución. O sea que la iniciación formal es tanto diagnóstica como terapéutica.
  • COMUNICACIÓN: muchas parejas llegan a tener sesiones de SF con cierta aprensión y por lo tanto hablan nerviosamente o se ríen durante los primeros contactos. Esto es normal, pero es importante dejar claro que hablen sobre sus ansiedades ANTES o DESPUÉS de las sesiones, con el terapeuta. DURANTE las sesiones tienen que practicar su capacidad de foco interno y minimizar las distracciones causadas por el contenido de lo que quisieran decir. Hay que mantener los inputs sensoriales al mínimo. Hablar y compartir emociones o sentimientos estimula porciones más analíticas del cerebro, y lo que se intenta en SF inicialmente es alejarse del análisis consciente y sumergirse en la experiencia sensorial.
    Hay dos excepciones en las que sí se puede hablar en SF1:
    – cuando una persona ha terminado su parte de tocar e indica que quiere cambiar (turnarse) o cuando quiere detenerse al final de la sesión;
    -Cuando la persona está extremadamente ansiosa durante la sesión y se utiliza una palabra clave para cambiar el curso de la acción con el fin de manejar la ansiedad. La palabra clave debe haber sido elegida por la pareja antes de la sesión y debe ser de naturaleza positiva (por ejemplo “cambia” o “otra cosa”). La idea es que los clientes puedan reconocer su ansiedad, comunicarla y luego superarla de manera productiva, reenfocándose en vez de simplemente detener la sesión.

  • VESTIDO: poca o nada de ropa con el fin de disminuir la chance de que el sacarse la ropa sea considerado un preludio a un encuentro sensual o sexual, lo que tiende a gatillar exigencias a sí mismo o al otro de sentirse romántica o sexualmente estimulado. Ahora, igual depende de la pareja y de sus propias necesidades (por ejemplo, si usar prendas de ropa interior ayuda a disminuir la ansiedad o no).
  • LÍMITES: las parejas pueden alternar quién tocar (al decir “turno) o quién se detiene (al decir “para” o “detente”), o agregar o modificar lo que consideren necesario, SIN EMBARGO, se sugiere que no hagan más que lo que sugiere el terapeuta (o sea NO hacer cosas que les parecen más sexuales o hacer más sesiones de contacto).
    A lo largo de las sesiones el besar y mantener contacto corporal completo se desestimula para reducir la expectativa de que el “tocar” debe ser romántico o sexual. La persona que toca debe usar solo sus dedos, palmas y el dorso de la mano. Si se genera excitación, se sugiere que los clientes se den cuenta de la experiencia -o sea “tomen nota”-, pero no hagan nada al respecto. NADA. Esto disminuye inmediatamente la ansiedad ya que “nada más va a pasar” (y está bien así).
  • Sugerencias específicas: normalmente parte iniciando y tocando la persona que manifiesta la DS, pero puede ser que sea que inicie, pero que el otro toque. Depende de la pareja. Pueden partir con la posición que quieren y cambiar cuando quieran -por ejemplo, tendido uno al lado del otro, o que uno se arrodille al lado del otro que está tendido, o que uno esté de pie mientras el otro está tendido, etc.). Tanto el que toca como el tocado pueden cambiar de posición. El que toca debe hacerlo hasta moverse desde los pensamientos del día a día a una experiencia sensorial, pero no hasta aburrirse o cansarse. Ideal entre 5 y 15 minutos, pero hay que evitar mirar el reloj. Cuando termina la sesión se tienden lado a lado y NO DISCUTEN NADA -NO EVALUAR LO QUE PENSARON NI SINTIERON INMEDIATAMENTE DESPUÉS-. Lo que sí se sugiere es que escriban sobre la experiencia: que tomen notas sobre información concreta sobre las sensaciones y sobre cómo manejar las distracciones. Hay tres tipos de experiencias que debiesen anotar:
  • Foco en las sensaciones: ¿En qué sensaciones te pudiste enfocar y dónde? ¿Pudiste tocar buscando tu propio interés? ¿Pudiste enfocarte en la temperatura, en la presión, en la textura? Por ejemplo, ¿cuál era la temperatura de la mano izquierda de tu compañero, en comparación con la de su brazo? (si son capaces de describir sensaciones, son capaces de tocar para sí mismos en vez de tocar pensando en la pareja).
  • Distracciones: ¿cuáles fueron las distracciones? Distracción: cualquier cosa que no sea temperatura, presión y textura. Por ejemplo: “¿estoy haciendo bien esto?”, “¿lo estará pasando bien?”, “se me olvidó comprar leche”, “¿quién soy?”.
  • Manejo de distracciones: cuando te diste cuenta de que te distrajiste, ¿qué hiciste? ¿pudiste reenfocarte en las sensaciones? ¿en cuáles? ¿dónde?

Las anotaciones tienen que ser descripciones, no opiniones (prohibido: bueno, malo, más o menos, etc.). La idea es que lleguen con esas descripciones a terapia, porque son concretas y no son destilados o ideas de lo que vivieron. No sirve: “la sesión estuvo bien”, “todo salió bien”, “hicimos lo que dijiste”. Dispárense si anotan eso, porque no sirve de nada.

 Instrucciones:

  1. Evita tener sexo penetrativo, sexo oral o autoestimulación o estimulación mutua.
  2. Uno parte la sesión diciendo “Me gustaría empezar a tocarte ahora”.
  3. Se tienen que ir turnando.
  4. El otro puede declinar la iniciación, pero si lo hace se vuelve su responsabilidad iniciar la sesión en otro momento y contará como si lo hubiese hecho el otro.
  5. Entre una sesión de SF y otra hay que alternar quién inicia.
  6. Deja que sea una hora de privacidad absoluta.
  7. No uses alcohol ni drogas antes o durante SF.
  8. Evita usar lociones, velas, música o cualquier cosa que sugiera romance. No es una experiencia románica, sino una experiencia consciente.
  9. Ten una temperatura agradable en la habitación.
  10. Ten algo de luz.
  11. Ten la menor cantidad de ripa posible y, preferentemente, sin ropa.
  12. Sácate tu propia ropa. No es un ejercicio de seducción.
  13. Evita hablar durante la sesión.
  14. Puedes ponerte en cualquier posición cómoda para ti y tu pareja.
  15. Toca hasta que puedas enfocarte en las sensaciones, pero no hasta aburrirte o cansarte.
  16. Las sesiones deben ser una prioridad dos o tres veces a la semana, cada 48 o 72 horas.
  17. Si las sesiones no pasan espontáneamente, se pueden agendar.
  18. Toca con la palma y el dorso de la mano y con la punta de los dedos. Evita el contacto corporal completo y besar.
  19. Si la persona tocada siente algo físicamente incomodo o emocionalmente incomodo o cosquillas, él o ella debe mover la mano del otro de esa área -o guiarla brevemente, poniendo la mano sobre o debajo de la de la pareja-. La persona que oca puede volver a esa área después.
  20. Direccionar la mano del otro positivamente es algo que se puede hacer más adelante, moviendo la mano del otro a partes que sean de interés y señalando la ubicación, el grado de presión y el tipo de movimiento que se puede explorar.

Después de la sesión:

  • Tenderse lado a lado por uno minutos
  • Cuando se quiere realizar una actividad sexual, se hace en otro momento separado o distinto de la sesión de SF.
  • Habla lo menos posible sobre las sesiones al principio. Jata que puedas hablar de ellas de manera no-evaluativa.
  • Luego de terminar la sesión, escribe sobre la experiencia considerando:
    ¿En qué sensaciones puede enfocarme y dónde?
    ¿Qué distracciones experimenté?
    ¿Cómo manejé esas distracciones? (la mejor respuesta: me reenfoqué en mis sensaciones)

Luego lleva esta información a la próxima sesión de terapia.

Próxima semana: posiciones y actividades para hacer durante las sesiones de tacto.

REDESCUBRIR EL TACTO (Parte I)

NOTA: Lo prometido es deuda: dije que iba a escribir un artículo útil e informativo sobre sexualidad y, voilà (son varios, en realidad). Resumiré – parafraseando y citando- Sensate Focus in Sex Therapy. The Illustrated Manual, de Linda Weiner y de Constance Avery-Clark (está en Amazon, chiquillos). Este es un manual para terapeutas sexuales que describe la teoría y los ejercicios de Sensate Focus.  Además, comentaré mi posición con ejemplos o reflexiones. (Traducción: asuman que la información dura pertenece al libro y que el resto es mío).

¿Por qué me doy esta paja? Creo que entender cómo se hace terapia para tratar disfunciones sexuales o mejorar la calidad de vida sexual es algo que todos deberíamos saber, ya que la sexualidad es parte de nuestro cotidiano. Encuentro que se hace poco por divulgar información práctica para mejorar la calidad vida sexual de la gente: los artículos para el público general tienden a ser muy vagos o tremendamente carentes de emoción. Una lata. (Ojo, pienso que esto pasa porque todavía hay secretismo y pudor en torno al sexo. Sí, TODAVÍA. Además, creo que hay un interés un poco perverso de parte de algunos terapeutas para hacerlo ver un poquito más complejo de lo que realmente es. Creo que la persona debiese decidir si quiere que alguien lo acompañe o no en su proceso teniendo la información antes. La práctica terapéutica no es magia, por mucho que algunas corrientes incentiven esa diferencia de poder como si lo fuese-). En fin: pienso que la información debiera estar al alcance de todos y haré lo posible para que eso pase.

Ya, ya, me callo. ¿Partamos?

(Eso sí, prerrequisito: lee con la cabeza abierta. Lee pensando en tu propia experiencia. Lee aplicando lo que vas leyendo. Discútelo con alguien, escribe tus preguntas, etc., etc., no sé, pero hazlo de manera inteligente y desprejuiciada. Y aguántame cuando explique algunas cosas).

*

Todos lo hemos vivido y el que lo niega, miente (o es un Dios sexual y en ese caso, llámame -no, broma, pero cuéntame al menos-): esa ansiedad horrible que te martilla la cabeza por que no estás seguro de si eres bueno o no en la cama, si el otro lo está disfrutando, si podrás llegar al orgasmo o no -porque no po, no se me para, no me mojo, me acordé de la lista del supermercado y qué pasa si justo ahora suena el celular-, si la forma en que nos tocamos mutuamente es excitante o no -¿le gustará que le muerda la oreja, que le agarre la pechuga así o asá, que le pegue en el poto, que le diga estas cosas?-, etc., etc., etc. Es una tortura mental que es en parte nuestra culpa individual, pero también de la cultura en la que nacemos.

El que pensemos de esta manera sobre el sexo -antes, durante y después de tenerlo- tiene que ver con los guiones culturales que hemos aprendido sobre qué es el sexo y cómo hay que vivirlo.  Entre esas ideas está, por ejemplo, que para ser un buen amante hay que poder calentar al otro, saber lo que quiere -ojalá sin preguntarle- y descifrar si lo está pasado bien o no -por supuesto, sin hablar abiertamente sobre eso-. Todo debiese “fluir”, pero esa fluidez requiere de dones telepáticos, y si no fluye, entonces es el caos.

El foco está en el otro y el problema es que el sexo funciona exactamente al revés. Para disfrutarlo hay que enfocarse en las propias sensaciones, sin tener ninguna expectativa de qué pasará después (suena más fácil de lo que es, considerando la programación de la Matrix).

“Si te enfocas en tus sensaciones, el sexo pasará naturalmente”, Masters y Johnson dixit. La terapia en modalidad Sensate Focus te enseña a reconectar con las raíces (sensibles) de la sexualidad.

*

¿Qué es Sensate Focus? (*de ahora en adelante, SF)

SF es una serie de sugerencias estructuradas para tocar y descubrir el propio cuerpo y el de la pareja de una manera no-demandante, exploratoria, sin tener que leerle la mente al otro.

¿Qué significa todo eso que suena tan bonito?

  • “Exploración no-demandante”: tocar siguiendo tu propio interés sin intentar obtener una respuesta sexual -ni placer, ni disfrute, ni relajo- ni de tu parte ni de la de tu pareja, así como tampoco intentar evitar que pase ninguna de esas cosas. (O sea, no exigirle nada a la experiencia aparte de lo que la experiencia es).
  • “Tocar siguiendo tu propio interés”: enfocarte en las sensaciones táctiles de temperatura, presión y textura. Temperatura, presión y textura se definen incluso más específicamente como cálido o frío, duro o suave (o firme o blando), y suave o áspero. (O sea, en sensaciones aterrizadas, que te anclan al cuerpo y al momento mismo).

Por lo tanto, SF ayuda a las personas a dejar de intentar controlar su respuesta sexual, para que ella pase por sí sola.

La lógica detrás es que la excitación, el placer, el disfrute y el relajo son emociones, y las emociones son funciones naturales fisiológicas que, por definición, no están bajo el control voluntario. Tratar de generar esas emociones o de evitarlas es una de las causas más frecuentes de las disfunciones sexuales. 

Durante la práctica de SF, cuando te concentras en alguna otra cosa que no es la sensación táctil tienes que considerar esos otros pensamientos o sentimientos como distracciones y volver a enfocarte en la sensación táctil. Esto es idéntico a practicar mindfulness. Cuando te enfocas en tocar por tu propio interés reduces la ansiedad de performance (que a su vez se genera por la expectativa de responder sexualmente), porque no puedes concentrarte de manera intensa simultáneamente en sensaciones táctiles y pensamientos que te generen ansiedad. Son incompatibles.

*

Ya, sí sé suena maravilloso y mágico, pero mira, hay tres aspectos muy concretos de esto que hacen que el cuento funcione:

  • Tangibilidad y confiabilidad: cuando te sugieren que dejes de enfocarte en tu ansiedad sobre tu capacidad de respuesta sexual -¿voy a tener una erección? ¿voy a lograr un orgasmo?- y que en cambio te enfoques en tus propias sensaciones, tienes una alternativa segura en la que poner tu atención (tus sensaciones siempre están ahí).
  • Portal para la excitación: enfocarte en tus propias sensaciones es la manera más directa y poderosa para elicitar una respuesta sexual. Te enfocas en sensaciones táctiles, dejas de lado tu mente consciente y dejas que el cuerpo haga lo que tiene que hacer. Disminuye la presión sanguínea, se libera oxcitocina (la hormona del apego) y la sangre fluye hacia la pelvis. Pasas de estar consciente de tus sensaciones a estar absorbido por la experiencia sexual.
  • Portal para vincularse sexualmente: el enfocarte en tus propias sensaciones no solo te lleva a excitarte a ti mismo, sino también a tu pareja. William Masters decía que las tres fuentes de estimulación sexual son 1) tú tocando, 2) tú siendo tocado y 3) la excitación de tu pareja. Entonces, si cada uno esta excitado, se genera un loop de feedback positivo que a la vez excita al otro. Esto lleva a cada persona a pasar de estar centrado en sí mismo a vincularse sexualmente con el otro.

*

El concepto principal a la base de SF es que el sexo es una función natural (y esto sí que no se te puede olvidar porque esta es la base de TODO).

Las funciones naturales tienen 3 características en común:

  • Nacemos con ellas: incluye a las funciones vegetativas como respirar o digerir la comida, y respuestas emocionales como el placer, el relajo y el disfrute. Sí: nacemos con la capacidad de responder sexualmente.
  • No se nos pueden enseñar: podemos enseñarle a la gente a aumentar las posibilidades de generar esas respuestas sexuales, pero no podemos enseñarles directamente las funciones naturales. Es lo mismo que decirle a alguien que se duerma o que se sienta feliz por orden nuestra: no podemos decirle a alguien “ten una erección ahora” o “lubrícate” (y suele pasar que cuando se intenta controlar la respuesta del otro, pasa todo lo contrario). Sí se puede alentar a las personas a que hagan cosas para que aumenten la posibilidad de que una función natural de respuesta sexual ocurra, pero ni siquiera el terapeuta más hábil puede hacer que un cliente responda sexualmente si la función natural no está ahí en un principio o si está interrumpida por problemas psicológicos o médicos u otros.
  • No tenemos control directo sobre nuestras funciones naturales: podemos controlar algo de ellas -por ejemplo, puedes retener la respiración-, pero no tenemos la capacidad para hacer que estas funciones pasen o dejen de pasar. Por ejemplo, cuando vas al doctor y tienes que hacer una muestra de pipí: ¿por qué se vuelve tan difícil justo cuando se necesita? Porque la demanda consciente de controlar una función natural genera ansiedad, y la ansiedad interfiere con la expresión de cualquier función natural.

(Volviendo atrás: “tocar para uno mismo” no significa que uno sea egoísta o que ignore a su pareja durante el acto sexual -aunque así nos lo hayan enseñado-. Es necesario estar inmerso en tu propia experiencia sensorial para que se exprese la función natural. ¿En quién piensas cuando tienes un orgasmo? No puedes tener un orgasmo y estar enfocado en la experiencia de tu pareja al mismo momento exacto).

*

Ya, en resumen, la respuesta sexual es por naturaleza paradójica, y acá lo vas a entender altiro: como la respuesta sexual es una función natural, mientras más conscientemente tratas de obtener deseo, excitación o de orgasmar, menor posibilidad tienes de que eso pase. Lo mismo al revés: mientras más intentas no sentir esas sensaciones, es más probable que pasen. La intencionalidad consciente genera mucha ansiedad porque simplemente NO TIENES EL CONTROL PARA EXCITARTE NI A TI NI A TU PAREJA DIRECTAMENTE. (Perdón por las mayúsculas, pero es importante que te grabes esto en la cabeza).  Suena un poco terrible, pero aguante que esta es en verdad la libertad máxima que estabas esperando.

Entonces: si no podemos controlar nuestras propias funciones naturales…¿qué nos hace pensar que podemos controlar las de los otros? Es un poquito irracional. Por ejemplo, no esperamos poder respirar o digerir por el otro, pero cuando se trata de sexo es como si fuese otro libro por completo.

Tocar pensando en el otro por lo general no funciona porque:

  1. Tú mismo estás fuera de tu propia experiencia y por lo tanto no te conectai con lo que está pasando
  2. si tu pareja se da cuenta que la tocas para lograr una determinada respuesta, esa presión le genera ansiedad, lo que ya sabemos que hace que la persona trate de controlar su función natural que por definición en involuntaria… Loop de feedback negativo po, nene.

Masters y Johnson sugerían que lo que pasa en el buen sexo es que cada persona se enfoca en tocar por su propio interés, usando el cuerpo de la pareja como una fuente de absorción y estimulación, estando ambos de acuerdo en realizar ese intercambio, obviamente. Esto genera el loop de feedback positivo que eventualmente lleva a la excitación de ambos.

*

Ya, lo dejo hasta acá hoy. La próxima semana se viene la parte II donde veremos qué son las disfunciones sexuales, cómo se evalúan y las consideraciones que tiene el terapeuta a la hora de atender a una pareja o sujeto.

¿Preguntas, ideas, revelaciones? Bienvenidas.
¿Ataques, discusiones psicoanalíticas, posiciones moralistas, etc? No, gracias.

 

Preguntas sexuales

¡Finde largo al fin! Mucho tiempo para relajarse, dormir, comer y tomar rico y por qué no, tirar. Aunque claro, a veces no está el ánimo adecuado. Una manera de revertirlo: hablar de sexo o al menos pensarlo. Así que se me ocurrió hacer un listado de preguntas para reflexionar sobre el sexo -muchas de las que ya uso en los perfiles sexuales cuando entrevisto gente-, pero también preguntas para iniciar esa conversa con alguien más. Separé las preguntas por categorías: hay unas más densas que otras, otras más livianas y otras calientasopas. Puedes planteártelas a ti mismo o compartirlas con alguien más (amigos, parejas, etc. y por qué no, familiares -las conversaciones sobre sexo más iluminadoras las he tenido con mi mamá luego de pasar la barrera del pudor-). Y ojo, si quieres compartirlas conmigo también lo puedes hacer (puedes mandarme un mensaje privado y decirme si te interesa que lo publique o postear algo en los comentarios si te sientes cómodo). Bueno, acá van:

IDEAS / CONCEPTOS / AUTODEFINICIONES
¿Qué es el sexo para ti? ¿Qué función cumple en tu vida?
En una escala del uno al diez, donde uno es “nada” y diez es “extremadamente”, ¿cuán sexual te sientes?
¿Qué es ser sexy? ¿Qué te hace ser sexy a ti? ¿En qué situaciones te sientes más sexy? Qué es lo que hace que una mujer sea sexy? Qué es lo que hace que un hombre sea sexy?
¿Qué tiene que hacer alguien si quiere seducirte? ¿Qué haces tú para seducir a alguien que te interesa?
¿Prefieres el sexo rosa o más duro? Describe qué tipo de actos te calientan.
¿Cuál es tu fantasía más frecuente/ relevante?

Completa las oraciones:
– Me defino como __________ (orientación sexual) porque me siento atraído por _______.
– Lo que más me interesa del sexo es __________.
– Cuando pienso en mi vida sexual, me da miedo _____________.
– El sexo me hace sentir ______. (ej: nervioso, alegre, libre, ansioso, solo, conectado, etc.).
– Soy _________ coqueto / seductor / sexy.

TRANCAS, PROBLEMAS
¿Hay algo que te avergüence de tu cuerpo?
¿Hay algo que te guste hacer sexualmente o eróticamente que te genere culpa o vergüenza?
¿Sientes que tienes un problema para funcionar sexualmente? (ej.: no me me para, no me mojo, me cuesta llegar al orgasmo, no siento deseo, etc.). ¿Cuándo se da ese problema? ¿Puedes pensar en las ideas que tienes antes de que pase y en cómo te sientes?

PREFERENCIAS (**estas también sirven para hacerlas a amigos, parejas, etc. e iniciar una conversa).
¿Hay algo que te guste / atraiga de los otros que no es común o habitualmente considerado sexy o bonito? (ej.: me gustan los narigones, las ojeras, encuentro atractivos a los tipos muy flacos o gordos, etc.).
¿Qué es lo que más te calienta?
¿Luces prendidas o apagadas? ¿Por qué?
¿Prefieres hacerlo en la mañana o en la noche? (o en la madrugada, etc)
¿Qué es lo que más te gusta hacer en la previa?
¿Cuál es tu posición favorita? Describe qué sientes en esa posición.
¿Prefieres que te guíen o guiar? ¿Cómo te gusta que te guíen? ¿Cómo te gusta guiar?
Si pudieras elegir a una persona famosa para tirar -tipo carta blanca, sin consecuencias y porque esa persona te encanta-, ¿a quién elegirías y por qué?
¿Tienes algún fetiche? Describir qué se siente ante el fetiche, en qué contextos, etc.

¿Qué opinas de las siguientes prácticas? (Te gustan / interesan / te generan rechazo / te dan susto, etc). (*Sugerencia: si no sabes de qué se trata algo, ¡Googlea!):
– Masturbación (te gusta o no, frecuencia, dónde y cuándo, masturbación mutua, ver al otro masturbarse, etc.)
– One night stands
– Hacerlo en: el suelo, la cocina, en la ducha, en el auto, etc.
– Tirar frente a un espejo
– Rasguñar (a ti o al otro)
– Morder al otro o que te muerdan
– 69
– Sexo con los ojos tapados
– Bondage (sexo atado, con cuerdas o esposas o cintas, limitar el movimiento)
– Pornografía (sexy o no, de qué tipo, verla solo o en pareja, etc).
– Choking
– Lencería (importa o no, de qué tipo).
– ¿Con la ropa puesta o sin?
– Disfrazarse. Si te interesa: ¿de qué sí y qué no? ¿Por qué?
– Jugar con comida (crema, salsas, ropa interior comestible, etc).
– Hablar sucio. ¿Qué cosas te gusta que te digan o decir?
– Sexo penetrativo vaginal
– Sexo oral: sí, no, por qué, a ti o al otro, en qué posición, etc.
– Sexo anal
– Hacer un striptease o que te hagan uno
– Grabarte teniendo sexo en vivo
– Sexo telefónico
– Sexting
– Sexo virtual
– BDSM
– Tirar de pie, contra una pared, etc.
– Spanking o azotes
– Relaciones abiertas
– Swinging
– Relaciones asimétricas (mutuamente consentidas y legales, no nos pongamos ultradensos): profesor/ alumno, jefe/ empleado, diferencias de edad significativas, etc.
– ¿Recortado, rasurado completo o bushy?
– Juguetes sexuales- Cuáles sí y cuáles no.
– Exhibicionismo (tirar con el riesgo de ser pillados o en lugares públicos)
– Voyerismo (mirar a otros tirar)
– Tríos (describir porqué sí o por qué no, bajo qué condiciones)
– Sexo grupal (orgías)
– Golden rain
– Coprofilia
(***seguro me faltan un montón de opciones, puedes sugerirme agregarlas).

EXPERIENCIAS
¿Qué ideas tenías sobre el sexo cuando chico que descubriste que eran falsas o erradas?
¿Cuándo fue la primera vez que te sentiste sexual (que hubo una especie de despertar sexual)?
¿Qué te hubiese gustado que te dijeran sobre el sexo antes de tenerlo (consejos, advertencias, etc)?
¿Cómo fue tu primera vez? Si eres virgen, ¿cómo te gustaría que fuese tu primera vez?
¿Cuál es la experiencia sexual más memorable que has tenido?
¿Cuál es la peor experiencia sexual que has tenido?
¿Quién te hizo descubrir tu cuerpo de una manera positiva?
Si pudieras repetir a alguien en tu vida (sin consecuencias), ¿con quién lo volverías a hacer?
¿Cuál es el lugar más raro en el que has tirado?
¿Qué es lo mejor que te han dicho en la cama?¿Qué es lo peor que te han dicho en la cama?
¿Has tenido sexo con más de una persona en un mismo día?
¿Cuál es la posición más rara que has hecho?

PARA PRACTICAR CON OTRO (preguntas más calientasopas)
*todas las preguntas se hacen mutuamente. (Ojo, si hay celos de por medio, usar el sentido común y no preguntar cosas que puedan llevar a conflicto).
Descríbele lo que pensaste y sentiste la primera vez que lo viste. Y ahora cuéntale lo que pensaste y sentiste la primera vez que lo viste en pelota.
¿Qué te parece atractivo de mí? (puede ser desde algo físico a algo menos aterrizado, por ejemplo cómo se mueve, su presencia, etc).
Dile algo que te gusta de su cuerpo y por qué.
¿Qué es lo que más te gusta que te haga?
¿Cuál es tu tipo de beso favorito?
¿Cuál es la parte que más te gusta te toquen? ¿Cómo te gusta que te toquen?
Describe cómo son tus orgasmos.
Cuando piensas en mí de forma sexual, ¿qué imagen viene a tu mente? Descríbela lo más específicamente posible.
Si te masturbas, ¿en qué piensas cuando lo haces?
¿Qué te gustaría probar sexualmente conmigo? (y ¿qué no?)
Parejas: ¿Qué podemos hacer para mejorar nuestra vida sexual? (ej.: hacerlo mas seguido, probar cosas nuevas, ser más seductores con el otro, etc.).
¿Hay alguna escena sexual de una película que te gustaría replicar conmigo?
¿Cuál es la imagen mental más sexy/ sucia/ hot que tienes de mí?
¿Qué te gustaría hacerme ahora? (describe con detalle)
¿Desvísteme?

Enjoy!

El encanto del autosabotaje

Me encantaría decir que no sé nada de autosabotaje, que lo veo como un tema lejano, una conducta superada en la adolescencia. Pero obvio, estaría mintiendo.

Lo voy a resumir altiro para que solo los valientes lean lo que sigue (porque no es una lectura agradable):

  • Las cosas que más me importan son las que tiendo a arruinar con mayor talento.

*

¿Todavía aquí?  No te felicito -nadie quiere estar en este grupito-, pero lo entiendo.

Hace poco lo conversaba con una amiga: creo que nos advierten poco, cuando somos niños, de que la mayor amenaza para nuestra felicidad no son los otros, sino nosotros mismos. Teniendo en cuenta que nos pasamos la vida pensando que alguien nos puede quitar lo que más queremos, que la vida -con sus tragedias e imprevistos- nos puede torcer la mano, que somos frágiles ante los miles de factores que se nos cruzan por delante, a mí me gustaría que cada tanto alguien me recordara -incluso ahora, a los 33 años que tengo- que mi antagonista más poderosa soy yo misma.

*

Da vergüenza reconocer que uno se autosabotea porque es súper idiota, no más. ¿Por qué querríamos hacernos la vida más difícil? La lógica indica que si de verdad queremos algo es cosa de ponernos de cabeza y lograrlo. Y aquí estamos, poniéndonos trampitas a nosotros mismos.

Tal vez tú, como yo, has tenido éxito en un par de cosas. No has tenido que esforzarte taaanto para sacar tu carrera o ser más o menos decente en tu pega. La vida, dentro de, te parece manejable, sencilla. Pero tal vez también te has dado cuenta de que justo las cosas que más te importan son las que te salen más cuesta arriba. Que tienes un talento sobrenatural para arruinar(te) las cosas que quieres.

Bienvenido a mi infierno personal: es más sencillo ser exitoso / talentoso en cosas que no te importan. Y el resto -las cosas que te aprietan el corazón, las cosas que sabes que honestamente necesitas- son las que no puedes dejar de machacar.

Ojo, no quiero pintarme aquí como la doncella trágica a pesar de mí misma (ni quiero hacerte lo mismo a ti, porque qué patuda jaja). Solo quiero que lo pensemos desde otro punto de vista.

*

Pero antes: ¿Cómo funciona el autosabotaje? Aca va mi humilde observación.

Estoy convencida de que si uno tiene un diálogo honesto consigo mismo uno siempre sabe qué es lo que necesita y cómo conseguirlo. El problema, obviamente, es que puede ser que lo que queremos requiera esfuerzo, o que nos resulte difícil reconocer ese deseo (hablé de esto en el posteo anterior “Aprender a desear” y este es un posteo complementario). Lo resumo así:

  1. Quiero X, de verdad. EN SERIO. Si consigo X, se me resuelven muchas cosas.
  2. Sin embargo, si trato de conseguir X con todas mis fuerzas y no lo logro, la frustración tal vez me aplaste, porque reconozco que es algo que me falta / necesito, y no sé si seré capaz de bancarme eso. O tal vez siento que no me lo merezco de verdad. O tal vez lo quiero, pero estoy cómodo con mi incomodidad – a fin de cuentas, es algo a lo que ya me he acostumbrado, casi un hogar-.
  3. Entonces, una salida posible es manifestar que quiero X, pero en vez de hacer un esfuerzo real de conseguirlo, me autosaboteo en el camino.
  4. Así, en lugar de fallar directamente o de ponerme a prueba con el riesgo de fallar, sigo deseando permanentemente. Pareciera que me muevo, que tengo un norte, pero es como correr en la trotadora del gimnasio versus correr en un parque.
  5. ¿La estrategia? Cada vez que me acerco a X -y pareciera que cada vez estoy a punto de llegar- las cago. Así, X vuelve a estar a una distancia “segura” (suficientemente a la mano como para sentir que no es un deseo inasible, suficientemente fuera de mi alcance para requerir un esfuerzo y compromiso considerable para lograrlo).

    Una vida en loop.

    *

    Voy a poner ejemplos que pueden a aterrizar lo que quiero decir y que he observado en amigos, conocidos y en mí misma:

    • Quieres tener una pareja estable y cuando aparece esa persona con la que hay un vistazo de futuro posible, de pronto todos tus exes se vuelven atractivos, aparecen de la nada candidatos potables (que realmente no lo son) y la vida de soltero -esa que hace rato ya te tiene medio saturado- te parece llena de beneficios.
      El Autosaboteador Nivel Profesional se involucra lo antes posible con otro sujeto con el que no tiene ni un futuro, pero que lo distrae lo suficiente como para arruinar la chance con el otro con el que parece que sí había algo real. Tan lejos, tan cerca.
    • Tienes un proyecto propio que te motiva. Sabes que al fin encontraste algo que te mueve, que tiene sentido. En los momentos libres en los que podrías dedicarte a desarrollarlo y hacerlo realidad, desvías tu atención hacia otras cosas (procrastinación, somos tus súbditos): desde ver maratones de Netflix hasta limpiar tu casa completa o ponerte a ordenar cosas o reventarte carreteando siendo incapaz de tener un pensamiento lúcido al día siguiente sin que te duela la cabeza.
      El Autosaboteador Nivel Dios se obsesiona pensando en que no tiene ni las condiciones psicológicas ni la capacidad intelectual lo que quiere: si tan solo fuese un poquito más capaz, un poquito más experto, un poquito “más” en general. Habla de su proyecto como algo que incluso ya fue: un sueño dorado que, dadas las condiciones perfectas, funcionaría. En la idealización de ese escenario -donde hay plata, tiempo, gente, etc, todo un ecosistema que lo podría apoyar- ignora todo lo que tiene ahora para hacer que funcione.
    • Quieres lograr una meta corporal concreta: bajar de peso, comer más saludable, desarrollar habilidades corporales (fuerza, resistencia etc). Sabes que estarías más satisfecho si te cuidaras a ti mismo, a fin de cuentas tú eres el único que tiene absoluto control sobre qué consume y qué hace con su cuerpo. ¡Es tan sencillo! Excepto que a los 25 minutos de ponerte a dieta te encuentras con un ataque de ansiedad tragando lo que encuentras en tu cocina, o simplemente dejando para otro día ir al gimnasio o moverse. Postergando.
      El Autosaboteador Realmente Talentoso fantasea continuamente sobre cuánto mejor se sentiría estando en esa otra condición, pero es incapaz de controlarse: abusa de la comida o el alcohol, pero la tortura real se manifiesta como un desprecio hacia sí mismo que lo tira en un espiral de rechazo, cargando con la sensación de ser superado por las circunstancias, de no tener fuerza de voluntad. Yace cual papa frita en el pliegue del sillón. El cuerpo le pesa, y aquí está el loop: “con este cuerpo no se puede, con esta hambre no se puede, con esta falta de voluntad no se puede”.

    *

    La gente que no es tan autosaboteadora no lo entiende. Hablan de tener “fuerza de voluntad” o “motivarse”, lo que al final hace sentir todavía más culpable al autosaboteador: porque requiere tan poco, ¿cierto? ¿Entonces cómo puede ser que no lo logres? Es cosa de decidir que lo vas a hacer y hacerlo.

    Excepto que, obviamente, no es tan fácil.

    La fuerza de voluntad se define en psicología como la habilidad de resistir tentaciones en el corto plazo para lograr objetivos de largo plazo; la habilidad de emplear un sistema cognitivo o conducta en “frío” en vez de una respuesta emocional “caliente”; un esfuerzo consciente de regulación del sí mismo; un recurso limitado que puede agotarse (aunque esto último está en discusión por distintos estudios y se ha demostrado que “creer” que es un recurso limitado hace que lo sea). La motivación, por su parte, es lo que hace que nos movamos hacia una meta, las “ganas de”, pero tiende a ser poco confiable, varía, es inestable.

    Hace un tiempo me puse a leer todo lo que escribe Dick Talens -que sí, es un personal trainer que integra un montón de psicología en su manera de abordar el fitness (y después de eso lo contraté unos tres meses y después autosabotaje, obvio pfff)-. Tiene un artículo interesante donde propone que el fitness es una habilidad, como andar en bici, no un talento. Esta manera de mirar una meta -en este caso, el fitness-, la vuelve muchísimo más manejable. Según Dick, todo parte por tener una mentalidad estática o mentalidad de crecimiento. Los primeros piensan que el éxito se basa en un talento innato y entonces los fracasos son el resultado de una falla intrínseca del carácter, la disciplina o la inteligencia. Los segundos creen que el éxito depende de mejorar ciertas habilidades: a través del trabajo, aprendizaje, la experiencia.

    Y acá la cosa se pone interesante, Dick dice que algunas actividades solemos verlas como estáticas o con posibilidad de mejora. Si te caes en bici la primera vez que te subes a una no dices “tengo un defecto enorme para andar en bici, soy incapaz, no tengo la fuerza de voluntad como para hacerlo”. Lo que hacemos en la realidad es darnos cuenta de que no hemos desarrollado esa habilidad, entonces nos fijamos en qué hicimos que al final nos caímos. Por el contrario, el fitness se tiende a ver con un mindset estático: te saliste de la dieta y altiro eres esta persona que “no puede” hacer una dieta, floja y poco disciplinada, en vez de pensar en por qué te saliste y cómo prevenir ese error en el futuro. (POR FAVOR hacer el ejercicio aquí de reemplazar “fitness” con lo que sea que quieres lograr: escribir un libro, levantar tu empresa, etc).

    Y aquí entra lo del autosabotaje desde mi punto de vista: si quiero examinar por qué no estoy logrando lo que quiero, tengo que tener muy claro cómo estoy funcionando, qué trampas me estoy poniendo, en qué contexto me pego la patinada que me desvía, a qué situaciones me estoy exponiendo. Y la parte difícil: tomar responsabilidad y cambiar la conducta. Y eso requiere primero un plan. Y luego implementar el plan de forma disciplinada para que se transforme en un hábito. Y si es un hábito, ya no te lo cuestionas: es parte de tu vida.

    *

    Una última cosa sobre crear planes y hábitos para lograr metas: es importante tener un loop de feedback postivo. Tienes que querer volver a repetir la actividad. Tienes que sentirte bien respecto de lo que estás haciendo. Y no me refiero a premiarte por cada vez que haces algo -“ay, fui al gimnasio, voy a comerme el refri”, “trabajé tanto que ya no quiero ni ver mis textos, hola Reddit, déjame hudirme en ti”)-, sino a que la actividad en sí misma sea lo suficientemente desafiante para engancharte, que sea estimulante, que el resultado obtenido te haga sentir orgulloso. Y también, replantéate lo que quieres lograr: que sea un deseo que logres a través de un método que no te parezca desagradable. (En mi caso, un ejemplo sencillo: estoy volviendo a hacer deporte con algo que disfruto -la escalada-, pero si alguien me propone ir a correr me disparo y estoy segura que no duraría ni una sesión porque no lo disfruto).

    *

    Volviendo al autosabotaje, tengo una idea de por qué lo hacemos: creo que tiene que ver con sentir que no nos merecemos eso que queremos y, en segundo plano, tenerle miedo a fallar en serio.

    Ahora bien, lo primero es un aprendizaje. Y ojo que yo no creo que todo el mundo se merezca todo. Ciertamente no, en la medida en que ese merecer debe ir de la mano de acciones específicas. Tiene que haber una coherencia. Entonces el autosaboteador sabe que juega un juego de dobles: que el único que se interpone en ese camino es él mismo, pero no puede permitirse ser realmente abierto con eso, porque sería demasiado doloroso. Entonces: le pasan cosas. Se queda dormido, se emborracha, los días pasan por encima de él, lo atropellan.

    Si en verdad consideráramos que lo que queremos es algo que realmente nos merecemos, no nos pondríamos trampitas para demostrarnos que somos una mierda que no es digna de ello. Habría una coherencia: estoy a la altura de lo que deseo, por lo tanto me comporto acorde. Ahí está la parte de aprendizaje: ver honestamente el gap entre lo que quiero y lo que soy y, si después de analizarlo bien encuentro que sí, que hay una brecha, entonces ¿qué voy a hacer para cubrirla? ¿Qué necesito cambiar?

    Refs.:

    What you need to know about willpower: http://www.apa.org/helpcenter/willpower.aspx

    Fitness is a skill, not a talent https://lifehacker.com/fitness-is-a-skill-not-a-talent-heres-how-to-develop-1651281013

    Have we been thinking about will power the wrong way for 30 years https://hbr.org/2016/11/have-we-been-thinking-about-willpower-the-wrong-way-for-30-years

     

     

     

    APRENDER A DESEAR

    Tal vez es porque he estado todo el día en cama sintiendo cómo la gripe se apodera de mi cuerpo que me dieron ganas de escribir esto que, en principio, me parece un poco vergonzoso. (Me siento muy protegida encerrada en mi departamento tomando agua caliente con limón. Also, btw, bring food!).

    Voy a partir con dos opiniones que van ligadas:

    • Mucha gente no sabe lo que quiere
    • Está lleno de gente que, porque no sabe lo que quiere, anda cagándolas.

    Porque me toca hablar con mucha gente y escuchar muchas historias -tanto por lo de los perfiles sexuales, como por el estudio liviano pero intensivo de los Vistos en Tinder, como por Cónclave- me he dado cuenta de que hay un montón de gente que no sabe lo que quiere o que le tiene miedo a decir lo que quiere. Como consecuencia, se la pasan tomando decisiones desplazadas de cosas que se parecen mucho a lo que quieren, pero que no son específicamente lo que quieren. Alternativas menos riesgosas, cálidamente satisfactorias.

    Esto es problemático porque si uno mismo no es capaz de verbalizar, de manera muy concreta, qué quiere, es difícil que llegue a ninguna parte. Y no estoy hablando de la bullshit de El Secreto, aunque sí creo que mucho de lo que hay en esa paja molida apunta a algo de verdad. Y voy a tratar de desmenuzarlo a continuación.

    *

    Sé que no soy la única de humor negro / self-deprecating / cínico por acá (mis mejores amigos comparten esta cualidad también), pero creo que a veces esa misma autoconciencia necesaria para el humor retorcido nos hace rechazar cosas bonitas. Porque desde esa mentalidad es patético andar pensando que uno es “lo más” (básicamente el pensamiento va por: “habiendo tanto genio en el mundo quién soy yo para pensar que tengo alguna posibilidad de generar algo distinto / original / único. Qué egocéntrico / narciso hay que ser para creer que a alguien le va a interesar lo que hago”. Si usted no piensa así tiene mucha suerte, porque no sufre de andar dándose latigazos mentales). Al mismo tiempo, sin embargo, para hacer algo, cualquier cosa, HAY QUE CREERSE EL CUENTO. Entonces los que vamos por la vía de la falsa humildad (seguro-hay-alguien-que-lo-hará-mejor-que-yo-entonces-para-qué), terminamos -casi por defecto de fábrica- sin tomar riesgos. Playing it safe.

    *

    Hay varios aspectos problemáticos de esa actitud mental:

    • Evidentemente, se pierden oportunidades. Muchas. Casi todas. Porque incluso antes de ver la oportunidad hay primero una crítica. Y la creatividad necesita de una mente desprejuiciada para salir a flote. Y cuando digo “creatividad” me refiero a todo lo nuevo que se puede generar: desde un poema o canción hasta un romance. Y sí, el sexo en sí mismo es creativo también. No sólo se pierden oportunidades laborales e intelectuales, sino humanas. Experiencias.
    • Me ha pasado encontrar que muchas de estas personas tienen un mundo interno muy rico, una curiosidad inagotable y tienden a ser cultos, inteligentes, despiertos. Esa misma conciencia que les mencionaba más arriba (“alguien ya lo hizo, esto es parecido a lo que hizo XX, a quién le va a interesar”) los hace volverse verdaderos expertos de las cosas que les gustan y que no se atreven a hacer. Entonces, por ejemplo, las personas con mejor sentido del humor que conozco conocen mucho sobre humoristas, series, películas, etc. Son chistosos en la vida real, tienen el background necesario para crear algo distinto, pero no lo hacen. Lo mismo con los solteros en negación de que quieren una relación -no hablo de los solteros empedernidos, que existen obviamente- sino de los solteros que quieren una relación seria, comprometida, largo plazo, etc., y que en vez de reconocer eso se pasan picoteando porque qué pasa si tratan y fallan. Entonces -y acá la vida es cruel- desplazan sus ganas de afecto o intensidad a cosas más manejables: ser muy exitosos en sus pegas, deportes de alto impacto, experiencias brígidas (que oigan, está bien, a mí también me gustan esas cosas, pero estoy hablando de un tipo muy específico de persona acá, no se sientan juzgados los que no caen en la categoría). Ese desplazamiento emocional es frecuente. Y ese “volverse experto en saber de…” en vez de “hacer” también.
    • Por lo anterior, su identidad comienza a centrarse en algo que, por definición, ellos mismos no toman tan en serio, porque es un desplazamiento. Y ahí empiezan a cagarlas: porque sienten el vacío, algo falta, y no saben qué. Se llenaron de hobbys, pretendientes que no les interesan tanto, amistades insulsas, carretes de relleno, tienen la agenda copada con cosas que deberían hacer que se sientan completos…y no po. Vacío. Una piedra tiene más emoción.

    *

    Me gustaría ser más como mi perro -el Gordo- a ratos, y creo que con todos los años que llevamos juntos he aprendido algo, a punta de mirarlo. Cuando el Gordo quiere algo, me lo pide directamente. No es que yo sepa leerle la mente, es que es tan evidente en manifestar lo que quiere que es imposible ignorarlo, aunque sea una interacción interespecie. Si quiere que lo regalonee se me acerca y me pone la pata encima. A veces si estoy trabajando en el computador se pone entre mí y la pantalla y no se mueve hasta que lo acaricio. Si quiere salir a pasear me mira sin pestañear -es su mirada hipnótica- y apenas hago un gesto para moverme va corriendo hacia la puerta. Esto lo puede repetir 50 veces, hasta que no me queda otra que sacarlo a pasear. Si le falta agua, hace un gemido específico para el agua. Etc. Etc. Sí, es fascinante.

    Ahora bien, pienso en el Gordo -en que es un perro- y en mí, y luego pienso en lo difícil que se nos hace a veces decirle a la gente que queremos lo que necesitamos de ellas. Entramos en insinuaciones, juegos, omisiones, silencios, castigos sutiles esperando ver reacciones en vez de comunicarse abiertamente. ¿Por qué? Creo que la respuesta básica es miedo. Miedo a explicitar algo que honestamente queremos del otro y que nos lo nieguen -o de “pedirlo” a la vida o a nosotros mismos-. ¿Y por qué eso tendría que ser tan terrible? Porque sentimos que cuando nos dicen “no” quedamos un poco en una tierra de nadie, avergonzados incluso de habernos expuesto, a la deriva porque si no resulta ¿qué sigue?, quizás perdiendo poder relacional respecto del otro, etc.

    Por supuesto, todas esas situaciones catastróficas pasan en nuestras cabezas sin siquiera haber planteado lo que queremos, pero una vez que las cosas pasan en nuestras cabezas, empezamos a actuar como si pasaran en la realidad y, por lo tanto, hacemos realidad eso que pasa en la cabeza. Agotador, sí sé. Entonces, por ejemplo, si quiero que mi pareja me pesque más, en vez de hablarlo directamente -porque eso sería muy riesgoso, me haría ver como la débil de la relación- lo empiezo a ignorar, a ver si reacciona. Y como lo ignoro, genero un clima extraño de rareza que el otro no tiene idea qué es, a lo que el otro, en vez de preguntar directamente por qué lo estoy ignorando -porque eso sería demostrar que él ahora quiere más atención- comienza a sentirse más distante, lo que al mismo tiempo me refuerza a mí la idea a la base del miedo: que el otro no hará el gesto si se lo pido, que en realidad no le importo.

    Esto obviamente no pasa solo con parejas. Pasa con amigos, padres, hermanos, parientes. Con nuestros propios proyectos, o más bien, “sueños”, “fantasías”. Hay gente que tiene una vida creativa estancada porque no pueden tener ese diálogo con ellos mismos: “ya, me gustaría ser escritor/ artista/ cantante, etc”, pero ¿qué pasa si al confrontar ese deseo sentimos que no damos la talla? ¿Que no somos tan bacanes? ¿Que en verdad esa aspiración nos queda grande? O PEOR: ¿que si en verdad queremos eso hay que tomar pasos para lograrlo? Ponerse a escribir, a crear, a cantar. Exponerse. Entonces mejor ni siquiera planteárselo como un deseo, mejor dejarlo como un pasatiempo inofensivo, así, si soy más o menos no más, si no soy constante, si no tengo éxito, no fracaso, porque en realidad nunca me lo tomé en serio, viste, ¡porque era un hobby! Era una cosa que hacía en mi tiempo libre. Sí, me gustaba mucho, pero no era “de verdad”.

    Un montón de los perfiles de Tinder dicen cosas como “músico frustrado”, “chef de fin de semana”, “cantante de ducha”. Y si bien es en chiste, siempre creo que hay algo ahí esperando a que se le quite la adjetivación para minorizarlo y salir, eventualmente, a la luz. En vez de ser “músico frustrado”, ensaya, búscate una banda, sé el mejor músico que puedes ser. Me parece que eso resulta más atractivo para los otros, pero mucho más importante, más satisfactorio para uno mismo.

    Hay algo MUY tranquilizante en disfrazar un deseo de un hobby / pasatiempo / tonterita, (y hay una industria completa que se beneficia de eso). Se siente como si estuviéramos haciendo algo, pero sin quemarnos. Súper cool, ¿o no?

    *

    Yo era del tipo cauto. Cauto que se pegaba sus patinadas y arranques hasta que entendí que las patinadas eran un desplazamiento. Entonces fue cuando en vez de decir que escribía “a veces”, me dediqué a escribir todo el tiempo y decir que soy escritora (con todo el pudor que eso me genera). Y desde que lo empecé a hacer así y tomármelo en serio, mi vida ha cambiado. Lo mismo con las amistades que tengo: me daba susto necesitar gente, plantear que quería pasar tiempo con ciertas personas. Mi vida familiar es mucho más rica ahora y mi círculo de amigos mucho más cercano, fuerte. Pero hay que tomar el riesgo primero: hay que reconocer qué es lo que quieres, cómo lo quieres y qué tienes que hacer para que eso pase. Y eso es pega. Y requiere coraje porque puede que te digan que no o que tú mismo no te la puedas. Pero eso es mejor que quedarse en la medianía.

    Hay que APRENDER A DESEAR. No solo a “fantasear” porque la fantasía llega hasta cierto punto.  Desear con la guata, la cabeza y la punta de los dedos. Desear de manera tan constante que todo lo que haces se vuelve una manifestación de ese deseo, porque estás siendo coherente contigo mismo en vez de procrastinar con distracciones que te hacen sentir como que estás haciendo algo, pero lo único que generan al final es que te quitan energía.

    *

    Ya que andamos con tiempo este finde, por qué no hacer un primer ejercicio: anota una lista muy muy muy específica de qué quieres. Qué DESEAS. Y a cada uno de esos puntos ponerles un plan de acción muy muy muy específico también: nombres, gestos, conductas, rutinas. ¿Estás en grupo, te fuiste a la playa? Dale, hazlo con más gente. Tal vez descubres algo de ellos también que nunca sabías que querían. Desde cosas cotidianas –“quiero tener una vida más saludable”, “quiero tirar más seguido / tener una vida sexual mas activa / entretenida”, “quiero tener más panoramas”- hasta ambiciones mayores –“quiero tener una familia”, “quiere ser escritor”, “quiero vivir de X talento”-. No es magia, por si acaso. Necesitas un plan.

    Ah, y cuéntame cómo te va po, qué descubres.

    Formas de afecto

    Cuando yo tenía tres años mis papás se separaron. Cuando pude empezar a hacer preguntas quise saber por qué. Mi mamá me dijo -con todo el amor del mundo y tratando de ser lo más honesta posible- que se les había acabado el amor.

    Crecí pensando en esta frase, tratando de digerirla, de entenderla: que el amor se acabe de la misma manera en que se acaba el líquido que contiene un vaso, o los cuadraditos de un chocolate. Que el amor se acabe: que ahí donde antes habitaba, desaparezca. Que se consuma como un fosforito.

    Y hasta hace unos años atrás, distribuir los afectos, dosificarlos para que alcancen, sentir la angustia del amor -un exceso incontrolable, una llave de agua que no cierra, una amenaza de rebalse que luego solo puede generar escasez-.

    Qué equivocación haberlo vivido así.

    *

    Es fácil olvidarse de que los afectos no son un recurso finito (o dicho de otra forma: que no son cosas). Tampoco son un medio ni una herramienta. Por algún motivo los tratamos más como un elemento transaccional que como un goce. Como si se nos pudieran acabar, como si hubiese que protegerlos de que nos los roben.

    *

    Hace unas semanas se nos fue P. No era previsible: no tenía una enfermedad, el día anterior nos había escrito a un chat grupal. La vida debería haber seguido para todos por mucho tiempo más. Lo último que mandó fue una recomendación de una película, antes de eso mandó los resultados de un test psicológico que había tomado y antes de eso mandó un video chistoso de cómo hacer una flauta con una zanahoria que acababa (SPOILER ALERT) con los gemidos de una mujer en vez de la música de la zanahoria tallada. Entre medio me mandó sugerencias sobre cómo mejorar mi sitio web, me ofreció ayuda (una diferencia entre los dos que ahora me resulta evidente: ayudarlo cuándo él me lo pedía, mientras que él me ayudaba sin que yo se lo pidiera). Le di las gracias. Me quejé un poco incluso de su insistencia. Tonta.

    Él era generoso conmigo. Yo, no tanto. Le tenía cariño y pensaba en él de vez en cuando, preocupada de hacia dónde iría. (Tal vez esa es una de las formas del afecto: querer ser testigo del camino que tomará esa persona que te importa). Él me quería también, sin duda. A veces yo le contestaba con franco descuido, distraída, postergándolo. A veces era cortés y algo se enfriaba. No sabría explicar bien por qué. Tal vez era el tira y afloja al que uno se acostumbra por malcriada: alguien te da mucho, se te vuelve normal recibir y empiezas, de a poco, a dar menos. A medirte. A dosificar. En ese derroche del otro, la contraparte se vuelve mezquina.

    *

    George Saunders -alguien podrá decir “mecanismo de intelectualización”, y estaría en lo correcto- dio un discurso a unos graduados hace años en donde planteaba que de lo que más se arrepentía en su vida era de los fracasos de bondad.

    Dice: “Esos momentos cuando otro ser humano estaba ahí, frente a mí, sufriendo, y yo respondí de manera sensible. Reservada. Tibia. O mirémoslo desde el lado opuesto del telescopio: ¿a quiénes recuerdas con más afecto, con los sentimientos más innegables de calidez? A los que fueron más generosos contigo, apuesto. Es un poco facilista, quizás, y ciertamente difícil de implementar, pero yo diría que como meta en la vida uno podría internar ser más bondadoso”. (Por favor, lean el discurso, es precioso).

    Lo que dice Saunders es que no somos más bondadosos porque nacemos con algunas preconcepciones confusas: “1) que somos parte central del universo (que nuestra historia personal es la principal y la más importante, la única historia), 2) que estamos separados del universo (estamos nosotros y el resto de las cosas -los perros,  los columpios, el estado de Nebraska, las nubes bajas y otras personas-, y 3) que somos permanentes (la muerte es real, sí, pero no para mí)”. Dice que no creemos realmente estas cosas intelectualmente, pero sí visceralmente y que vivimos de acorde a ellas: priorizamos nuestras necesidades sobre las de los demás aunque queremos ser menos egoístas, más abiertos y más amables.

    Entonces, sigue Saunders, ¿cómo se puede ser más bondadoso? Hay formas y todos las conocemos porque hemos vivido momentos de alta bondad y momentos de poca bondad. La educación, el arte, orar, meditar, tener conversaciones honestas con nuestros amigos, seguir alguna tradición espiritual -reconociendo que ha habido gente muy inteligente antes que nosotros que se ha preguntado las mismas cosas y que nos ha dejado respuestas-. Porque la bondad es difícil. Y aunque dice que él cree que la edad nos vuelve más bondadosos – tal vez porque nos damos cuenta de lo estúpido y sin sentido que es ser egoístas, tal vez porque empezamos a perder cosas y la vida nos golpea-, Saunders sugiere que nos apuremos, que partamos ahora. Dice “haz todas las cosas, las cosas ambiciosas -viajar, volverte rico, volverte famosos, innovar, liderar, enamorarte, crear y perder fortunas, nadar desnudo en ríos salvajes-, pero mientras lo haces, yerra en la dirección de la bondad- Haz las cosas que te inclinan hacia las grandes preguntas y evita las cosas que te reducen y te vuelven trivial. Esa parte luminosa de ti que existe más allá de tu personalidad -tu alma, si quieres- brilla tanto como cualquier otra que haya existido. (…) Despéjate de todo lo que te mantiene separado de ese espacio luminoso. Cree que existe, conócelo, nútrelo, comparte sus frutos incansablemente”.

    Es un buen consejo, ese, el de Saunders.

    *

    “No hay muerto malo”. Ese tipo de verdades deriva de una realidad muy sensata: porque se fue nos sentimos libres de adularlo, incluso obligados a hacerlo. Pero partiré al revés.

    P. no era cool. Para ser cool se necesita una dosis de frialdad y distancia, y él no la tenía. Nosotros, en cambio, sí. Para ser cool es preciso ser capaz de fingir desinterés. P., en cambio, era tan evidente en su entusiasmo que a veces te avergonzaba. Era tan cálido que te daban ganas de cachetearlo. Tal vez porque no estábamos acostumbrados: es poco frecuente encontrarse esa combinación de ingenuidad y transparencia, más todavía si tienes cuarenta años. Hacía chistes malos. Dad jokes que lanzaba a diestra y siniestra y que tenían el potencial de ser chistosos únicamente por lo poco chistosos que eran. Cada cierto tiempo nos mandaba fotos de otra época que no tengo idea de dónde sacaba: todos estábamos más jóvenes, tal vez más flacos y definitivamente teníamos peor gusto para vestirnos. Eran buenos tiempos y él se encargaba cada tanto de recordárnoslos.

    Nos quería ver. Siempre nos quería ver. “¿Un asado? ¿Y la piscina? ¿Quién se raja?”. Y nosotros a veces sí, a veces no. Y como es de esperar: ojalá siempre hubiésemos dicho “sí”.

    Se siente culpa, claro. ¿Cómo se repara? ¿Cómo recuperar el tiempo? ¿Cómo explicarle que no fue intencional? Estuve hundida hartos días pensando en esto. Traté de hacer el cambio con la gente que quiero, de estar más presente. Requiere esfuerzo, constancia. Nunca he sido buena para la constancia.

    Le comento lo de la culpa a una amiga y me dice que esa es una trampa mental. Una distracción para no sentir pena. Y sí. Sentir culpa es como un flotador al que uno puede aferrarse cuando no hay nada más: queda la sensación de que uno podría haber hecho algo para salvarlo. Para evitar todo lo que pasó. Que uno podría, no sé, haber desviado el curso de su historia.

    Sentir pena es soltar el flotador y quedarse ahí, flotando, esperando que cambie tu suerte, tragando agua.

    *

    Me acuerdo de la primera vez que lo vi. Tenía una camisa a cuadrillé con dos botones desabrochados y en el cuello uno de esos collares con cueritos tipo surfista (años después se lo dije: que tenía ese aire de perrito-zorrón-surfista. Se rió, le encantó y hasta se puso coqueto). Estaba nervioso porque estaba postulando a una pega y yo era la reclutadora. Era fácil hablar con él. Yo cortaba con el test de creatividad en esa época: un circulito al lado de otro circulito y así al infinito, y él tenía que ser capaz de crear algo con esos circulitos. No le fue bien. Lo iba a descartar hasta que me llegó un email tres horas después pidiendo disculpas y diciendo que ahora sí se le ocurrían soluciones. Era un correo chistoso. Esa sería una de sus marcas de personalidad, si se quiere: estar genialmente a destiempo.

    Lo contraté. No porque fuese el más creativo o el mejor escritor, pero había algo en él -¿un empuje inocente? ¿unas ganas desesperadas de agradar? ¿una puerilidad que ya se la querría mi sobrino? – que no había visto antes. Lo adoptamos de la misma manera en que uno aguacha un perrito.

    *

    Alan Watts -y perdonen que lo nombre tanto, pero vale la pena- tiene un texto llamado “Sobre el Tantra” donde dice que hay dos maneras de recordar nuestra identidad original como fuente y fondo del universo -voy a resumir, pero así lo plantea-: “1) renunciar al placer, el ascetismo, el desapego: sondear la sensación del dolor hasta sus profundidades para alcanzar la libertad final cuando ya no hay miedo al sufrimiento o a la muerte; o 2) vivir en la aceptación más plena de los propios deseos, sentimientos y sensaciones. Porque si tú eres la divinidad, el yo universal, fascinado en la existencia privada de Juan Pérez, entonces hazlo, sé Juan Pérez hasta el final. Explora la fascinación del deseo, el amor, la pasión hasta sus últimos límites. Acepta y goza sin reservas del ego que pareces ser”.

    Entonces el practicante de los Tantra se sumerge en las cosas que el asceta renuncia -la comida, la sexualidad, la bebida-, pero lo hace abandonándose a esa experiencia de dolor-placer. Así descubre que la existencia es una alternancia de valores: que el elemento “sí” de la energía no puede ser experimentado sin el “no”. En segundo lugar descubre que la existencia es básicamente una forma de danza o música: inmensamente compleja, pero que no requiere explicación alguna. “No bailamos para llegar a un determinado lugar del piso, sino sencillamente para bailar”.

    Pienso en que ese sumergirse en las emociones que propone Watts está cercano a lo de Saunders. Pienso que hace falta.

    *

    A la luz de la muerte todo se ve peor de lo que realmente es. Pero: tal vez todo es realmente peor y hacemos como que no lo es mientras podemos, mientras nos dura la ficción. Tal vez las cosas pequeñas -los gestos que decidimos no hacer, las cosas que damos por sentadas- son mucho más importantes de lo que nos gustaría pensar.

    Cuando mi abuelo se empezó a morir -en esa muerte en vida que es el Alzheimer- y luego cuando murió del todo, me prometí que nunca daría por sentado ningún afecto. Que aprendería a hacer preguntas importantes en vez de perder el tiempo con tonteritas. Que aprendería a demostrar amor con gestos cotidianos. Que aprendería a ver a las personas no por lo que me parecen -o ni siquiera por lo que ellas quieren parecer-, sino por lo que son capaces de enseñarme.

    Y aquí estamos de nuevo, fallando.

    *

    En otro texto Alan Watts habla sobre la generosidad y dice esto: “No es posible de ninguna manera enseñar a una persona egoísta a ser generosa. (…) Pero el amor no es un bien raro o inalcanzable: todo el mundo lo posee. La existencia es amor. Todo el mundo lleva la fuerza en su interior. Tal vez la forma en que descubras la forma del amor, tal como opera en tu seno, sea una inclinación por el vino, los helados, los coches o los miembros atractivos del sexo opuesto o incluso de tu propio sexo. Lo cierto es que el amor está allí. Desde luego, la gente tiende a distinguir ente distintos tipos de amor; existen tipos “buenos”, como la caridad divina, y otros esencialmente “malos”, como la pasión animal. Pero se trata de distintas formas de una misma cosa. Están relacionadas, igual que el espectro producido por la luz que atraviesa el prisma. (…) No existe amor bueno o amor feo, amor espiritual y amor material, afecto maduro por un lado y pasión desmedida por el otro. Se trata de formas distintas de una misma energía, y allí donde la encuentras has de cogerla y dejarla crecer. Alí donde encuentres una sola de estas formas de amor, con sólo regarla verás que el resto también florece. Pero el prerrequisito efectivo, desde un principio, consiste en dejar que las cosas sigan su camino”.

    *

    Dejar el “visto”, olvidarse del todo de contestar. Ser frío cuando el otro te busca. Ignorar. Tonteritas. Tonteritas graves.

    El amor no se agota y vivir en la escasez del amor es de un facilismo terrorífico. Tal vez revertir los gestos poco cariñosos son un primer paso. No es fácil, pero los efectos son inmediatos. Entremedio: ejercitar el músculo de la bondad. Ser constantes.

    Mientras tanto, soltar el flotador y  flotar.

    Ref.:

    George Saunders, Advice to Graduates: http://nyti.ms/2fnF5c6

     

    Volver a las canchas

    Me escribe una chica que no lo está pasando bien. El tema: el acostumbramiento a los cuerpos, o tal vez a un cuerpo en particular y el cómo volver a las canchas. Y, aturdida por una avalancha de flashbacks de hace años, muy poco elegantes, con muchos pañuelos de papel y mocos, le digo que sí. Que sé de lo que habla.

    *

    Me dice que luego de haber estado con alguien por mucho, mucho tiempo, el volver a la soltería y encontrarse con otros ha generado encuentros sexuales que le han resultado desafiantes: no se siente libre de hacer lo que a ella le gusta, de decir ciertas cosas. Territorio extranjero.

    Y es que hay que ir tanteando. Y en el tanteo a veces uno termina caminando en puntas de pies, como para no molestar, como para no parecer rara, como para no desencajar.

    Está hablando de sentirse alien. Y ay del que no lo haya vivido, porque es de esas sensaciones para las que uno nunca está listo.

    *

    Quizás porque yo soy irremediable y ridículamente nostálgica -al punto de que a mí misma me agota- me pasa que siempre que estoy con alguien calibro cuánto extrañaré a ese cuerpo, cuánta falta me hará esto que en este momento tengo tan a la mano, cuánto compararé ese cuerpo a otros cuerpos posibles. Y en ese mismo momento empiezo a echar de menos estando presente. Y me pierdo.

    Pero ese cálculo no es por nada. Es por que la mayoría de las veces -a menos que ese encuentro sea excepcional, relevante, impactante, estelar, magnífico- las personas pasan. Las relaciones se terminan más temprano que tarde. Nos agotamos y luego es bye, bye, alligator, after a while, crocodile. Sniff.

    *

    Pienso que tal vez todo lo que hacemos respecto del amor y del sexo tiene que ver con encontrar un cuerpo y una cabeza que nos parezcan un hogar posible, o un origen, o una respuesta a una pregunta que no nos habíamos dado cuenta de que nos habíamos venido haciendo hace tiempo.

    Bang, bang, bang, paaaafff.

    Caer desfallecidos sobre una cama y decirle al otro: “Hazme lo que quieras”.

    Para mí el amor -o el comienzo del amor- es adorar un cuerpo y sus particularidades: la forma en que alguien se retuerce cada vez que le da un ataque de risa, la manera en que achina los ojos cuando se siente feliz, la forma en que su piel responde a mi manera de tocarlo. Sus lunares, sus pecas, sus cicatrices, sus leves pliegues de piel que no alcanzan a ser arrugas. Quiero memorizarlo todo y por eso me paso mucho tiempo mirando: porque siento que si no lo hago, ese cuerpo se me evapora.

    *

    Tu cuerpo es mi cuerpo.

    O eso es lo que sentimos en algún momento. Como si el cuerpo del otro fuese un territorio conocido al revés y al derecho. Como si lo más normal de la tierra fuese tener ese cuerpo a disposición. Estirar la mano, rozarlo con la punta de los dedos, acercarse a su cuello y olerlo, besarle la oreja.

    Y qué fantasía más bonita esa, la de la compenetración absoluta, la de la eternidad del tiempo.

    *

    Después del amor o de una relación larga o de acostumbrarse a un cuerpo tanto que ese cuerpo se ha vuelto un refugio, es duro volver a otros cuerpos. Ese quiebre es un final, y ese final exige un siguiente volumen: una continuación de una historia que ya no es la misma de antes, un giro. Requiere reajustarse, volver a hacer preguntas, partir de cero. Resucitar la curiosidad. Recuperar la paciencia.

    La intimidad -de la que creo que hablamos poquísimo para lo importante que es- requiere de tiempo, de intensidad, de voluntad. Y la lata es que normalmente cuando salimos con gente nueva nos armamos con una cantidad de capas protectoras que nos inmovilizan. Cual guerrero medieval en plena batalla, ponerse la armadura es inteligente y sensato, pero al mismo tiempo, limitante -nadie corre cual gacela con tanta protección, nadie es una tina tibia en la que uno sumerge la punta de los dedos si andamos tiesos y nerviosos-. El resultado: la torpeza. Nada fluye. Tener sexo es tan relajado como una clase de crossfit (y no salgan con que aman el crossfit porque incluso los que lo practican saben que es una práctica sadomasoquista disfrazada, que en el fondo es similar a pellizcarse los pezones con pinzas).

    ¿Cuánto nos demoramos en ver realmente al otro? ¿Cuánto tiempo tendremos que invertir para aprender a saber qué le gusta, para poder proponerle cosas que queremos hacer con él o simplemente hacerle a él? ¿Cuánto tiempo para que entienda la diferencia entre un saludo con un beso con lengua y otro que es solo un roce de labios? ¿Cuánto para decirle en la cama las cosas que apenas nos atreveríamos a escribirle?

    Toma tiempo. Eso es todo lo que sé.

    *

    Una felicidad sencilla: cuando en plena calentura se pierde el decoro sin perder de vista al otro. Cuando a pesar de que ese cuerpo nos sea todavía desconocido o ajeno, nos atrevemos a decir: hazme esto, tócame así, dime esto. Cuando el otro en vez de pasmarse, lo hace.

    *

    Pienso en la vergüenza, en el pudor. En cuánto uno deja en la cancha y cuánto se guarda.

    Un consejo de mi sabia madre, que pocas veces he seguido: “No te vayas al chancho a la primera, por favor” (viste mamá, te escucho, solo que no te hago mucho caso. Perdóooon). Pero he desobedecido por un buen motivo: porque la situación lo exige. Porque si no hay riesgo -un exponerse, un vulnerarse- el sexo se vuelve fome, un lugar común, mecánico y predecible, polite. Y para tener sexo educadito, mejor ver sola una serie en Netflix.

    Si uno va por el camino salvaje, como diría Lou Reed, hay poco de lo que aferrarse, y eso da susto. Proponer algo y que te digan que no. Tocar a alguien de una manera y que no le guste. Decirle que algo te calienta y darte cuenta de que la sola idea les repele. Atroz. Hundámonos todos.

    Atroz, pero mejor que nada. Mejor que tener sexo tibión.

    Riesgos, pero riesgos buenos, en cualquier caso, porque mientras antes uno sabe qué piso está tocando, mejor, ¿o no?

    *

    Toma tiempo. Toma tiempo desacostumbrarse de un cuerpo y volver a encontrarse con otros. Toma tiempo también porque si uno viene de una relación larga, hay cosas que uno da por hechas -pequeñas comodidades que uno no se cuestiona y que la soltería pone en jaque: hay inseguridades porque a esa persona nueva no tiene por qué gustarle mucho tu cuerpo ni no ser crítico contigo. No tiene por qué mirarte con amor ni mucha tolerancia-. En una relación la base está en la aceptación mutua: este es tu cuerpo, este es el mío, nos gustamos. Con una persona nueva hay un periodo de testeo, de tratar de entender los ritmos del otro. De cachar en qué plano estamos.

    Yo no sé si hay tiempos engranados en nuestras cabezas -tiempos para llorar y extrañar, tiempos para odiar, tiempos para recogerse a pedacitos- pero intuyo que sí. E intuyo que lo tiempos son proporcionales también a la intimidad que se ha tenido con esas otras personas. Es más fácil olvidar un enganche pasajero que un enganche intenso y prolongado.

    Recuerdo haber salido de una relación hace mucho mucho tiempo y sentirme devastada porque no sabía qué hacer con mi cuerpo ni con mi cabeza para poder pensarlos como algo distintos a los de él, cómo hacer para asumir que tendría una historia que en el futuro sería divergente, con otra persona.

    Tal vez no podemos hacernos los tontos con esto: el tiempo que pasamos compartiendo con otros -y, obviamente, con sus cuerpos- es un tiempo en el que nuestros cuerpos se adaptan a su presencia, a su manera de tocar, a la historia que ellos mismos se cuentan y en la que nos incluyen. Cuando esos caminos divergen, requiere de un periodo el volver a nuestro centro a reacondicionar las piezas.

    Y es recién ahí damos vuelta la página, empezamos de nuevo, y recién ese comienzo es el puntapié para volvernos a enamorar. O al menos a tirar bien.

    No funcionar

    Me llega una sugerencia, de parte de un lector, para hablar sobre cuando “no funcionamos” sexualmente. Primero, aclarar: ¿qué significa “no funcionar”?

    En los hombres -dejaré otro post para las mujeres-, usualmente nos referimos a:

    • Disfunción eréctil o impotencia (o en buen chileno, cuando no se para),
    • Eyaculación precoz (o, perdonando el francés, irse cortado demasiado rápido, durar poco -siempre subjetivo-). Es la incapacidad de controlar la eyaculación, ya sea eyaculando antes de la penetración o después, en breve (o brevísimo) tiempo.

    Ojo: hay un montón de desórdenes o malestares psicológicos, y enfermedades o síntomas fisiológicos que afectan la experiencia sexual. En sexualidad, a todo esto, un problema es un problema cuando el sujeto lo pasa mal y/o genera dificultades interpersonales. Hay parámetros, pero todo es bien relativizable y siempre es necesario chequear la multiplicidad de factores que pueden estar afectando: desde una herencia neurológica, enfermedades concurrentes, hasta problemas relacionales.
    *Esta parte me da un poco de lata porque es lo que sale en todos los artículos de internet, así que si alguien quiere que haga un post más técnico, que lo pida y feliz ordeno la info, pero por ahora creo más interesante pasar a otras cosas. A tu cabeza y a la mía, por ejemplo.

    *

    Pongámonos en el escenario más catastrófico, clásicamente heterosexual: tienes un encuentro casual con una mina que te gusta/calienta y a la hora de los quiubo no se te para. Pongámosle un nivel más de dificultad: a la mina le encanta la penetración, para ella un acto sexual completo tiene que incluirla. Un nivel más: para ti también es fundamental: tener sexo “de verdad” es penetrar (y todas esas ideas de la Edad Media). Entonces, nada: se supone que deberías estar en pleno y tu mini-me no funciona. Te falla en la trinchera. Los dioses no están contigo.

    La salida lógica: huir. Obvio. Porque no tienes la confianza como para pensar que se verán de nuevo y recomponer la experiencia, y tampoco le vas a empezar a contar por qué andai tenso o que en realidad te pone muy nervioso estar en una situación en la que piensas que te están evaluando…porque aunque ella te dijera que le da lo mismo, no le creerías, porque obvio que al día siguiente -O TAL VEZ AHORA MISMO- le está mandando un Whastapp contándole a todas sus amigas que no funcionaste. Eso hace, evidentemente, que te pongas más nervioso y que -¿es posible?- hasta se te encoja un poquito.

    Pffff. Si es así, mejor ni intentar tirar, ¿o no?

    *

    Ay, el caos. Ay, qué hacer. Ay, qué presión. Así es como algo que en teoría es uno de los placeres más básicos y exquisitos de la experiencia humana se puede convertir en una pequeña pesadilla.

    Entonces, ¿qué significa “no funcionar”? ¿Por qué nos importa? ¿Qué nos pasa cuando “no funcionamos”?

    Uso las comillas apestosas porque no adhiero a la idea de funcionamiento, aunque entiendo que sea así como lo expresamos porque normalmente pensamos el sexo de estas formas más o menos pencas: como una manera probar nuestro poder/ potencia sexual -demostrarle al otro y a nosotros mismos que sabemos hacerlo, que somos buenos en la cama- o como una manera de afirmar nuestra sexualidad. En ambos casos el sexo es una manera de lograr algo más: una herramienta para un fin. Por eso: “no funcionar”.

    Ante el mal rato que implica el que el cuerpo nos “juegue una mala pasada”, sentimos cosas: algunos se avergüenzan, otros se frustran, otros se hacen los locos, otros se esfuerzan en superarlo buscando soluciones rápidas, algunos tienen problemas de autoestima y otros se ponen súper ansiosos respecto del sexo.

    Pero el asunto central está en entender que el cuerpo no te hizo una zancadilla: tú eres tu cuerpo. Tu cuerpo no dejó de funcionar y tu cabeza no te cagó la onda. Nadie traicionó a nadie: no hay un juego de dobles porque lo único que hay es tú -tú completito- en una situación sexual, haciendo como si estuvieras sobre un escenario jugando todos esos roles. ¿Quién es el culpable? ¿El inconsciente? ¿Ese otro yo desdoblado que no soy yo pero que tiene poder sobre mí? Pensar así, es obvio, no tiene mucho sentido, porque es insistir en la disociación.

    *

    Cuando estamos en la cama estamos enteros, y creo que todos los problemas que uno pueda creer que tiene aparecen cuando entramos en la lógica disociada: está mi cabeza, pero no estoy en cuerpo; o está mi cuerpo, pero mi cabeza anda en cualquier parte. Es súper penca, porque cuando eso pasa no es que sea intencional: se siente como si fuese inevitable, como si algo más grande que nosotros mismos hubiese decidido ya.

    La propuesta va por otro lado. ¿Qué pasaría si en vez de funcionar nos ocupáramos más de estar presentes? (Sí, suena a bullshit zen, pero dame un momento). ¿Si en vez de angustiarnos por si se nos pone más o menos duro, si duramos más o menos aguantando eyacular, etc, nos enfocáramos en lo rico que es estar con el otro? ¿En el privilegio de poder compartir tu cuerpo con el otro? ¿De poder tocarlo y dejar que te toque? ¿De probar maneras de acercarse, roces posibles? ¿Si en vez de calcular cuánto duras te concentras en la manera en que el otro respira, en la forma en que su cuerpo se pega al tuyo, en la manera en que tu piel le despierta cosas a su piel?

    *

    Desde el momento en que el sexo deja de operar como función, nuestros cuerpos también: hay una liberación. Porque, al igual que con otros placeres, la actividad cambia de cualidad ante nuestros ojos: si voy a comer para obtener energía para correr una maratón, tal vez pondré poca atención al talento culinario con el que se preparó la comida. Sí, estoy comiendo, pero estoy enfocado en otra cosa que no es la comida, y la misma actividad -masticar, alimentarse, digerir- va a generar una sensación distinta y provocarme cosas diferentes a si, por ejemplo, preparo un plato porque quiero probar un tipo de cocina que nunca he probado antes -estaré atenta a qué hace que sea diferente, qué la caracteriza-, o porque simplemente siento hambre -tengo GANAS de disfrutar de algo que siento que me estaba faltando-.

    *

    Cerraré con una opinión personal.

    Me ha pasado tener encuentros con gente con la que he andado a tropezones. Pasa, no he salido invicta. Pero las veces en que esa situación -de dificultad eréctil o de eyaculación precoz- ha sido tema ha sido cuando el tipo se ha frustrado o aislado, cuando en vez de explorar otras cosas se ha concentrado en cabecearse contra la pared, cuando por vergüenza o frustración se ha vuelto frío o ha perdido interés en lo que estábamos haciendo. Es raro, porque cuando pasa eso es como si en medio de una fiesta uno de los invitados decidiera que se acabó todo y prendiera las luces -y uno queda como “¡nooo, pero si justo ahora íbamos a bailar mi canción preferida!”, con la pintura corrida y la propia dignidad un poquito herida-. Las fiestas no son unilaterales. Si estamos en algo, estamos los dos en la misma.

    Como mujeres también nos pasa. A veces uno no está al 1000%: no te mojaste tanto, o te pasa que la descordinación de los cuerpos te mata. O cachai en mitad del asunto que tal vez estarías mejor en tu propia cama, viendo Netflix y engordando voluntariamente a punta de chocolate. Zancadillas mentales. Tropezones que te sacan de la parte más rica de estar con el otro: darse cuenta de que se eligieron, de entre todas las otras personas posibles. Darse cuenta de que se gustaron. Darse cuenta de que mutuamente han puesto el cuerpo del otro a disposición para pasarlo increíble /mejor que cualquier parque de diversiones). Y ¿qué hace la mina atormentada? Mira el techo mientras la penetran. (Punto extra y estrellitas para los hombres que cuando se dan cuenta de que hay un problema de hidratación, si bien no de entusiasmo, se ofrecen a a hacer sexo oral).

    *

    Me importa bien poco qué terminamos haciendo en la cama, pero sí me importa un montón que lo que sea que hagamos lo hagamos con ganas, como si se fuera a acabar el mundo, con una desesperación adolescente por descubrir el cuerpo del otro. Si no, me da lata. Entonces si a mi pareja, transitoria o de largo plazo, “no se le para” o “acaba rápido”, me da lo mismo, mientras eso no signifique que alguien decide irse taimado a su casa. Los invito a pensarlo así. A seguir bailando.

     

    Refs.: están buenos estos links

    https://kinseyconfidential.org/ pueden mandar preguntas y se las responden.

    http://www.bumc.bu.edu/sexualmedicine/physicianinformation/epidemiology-of-ed/ Causas posibles de disfunción eréctil.

    https://kinseyconfidential.org/los-recursos-en-espanol/problemas-sexuales-comunes-la-disfuncin/

     

    Amores platónicos

    Cuando era chica tenía una mejor amiga, F.: de cara redonda y pelo corto a la altura de las orejas, piel blanca y pecosa, dientes pequeños y ojos de un celeste deslavado que me parecía precioso y que, desde el fondo de mi corazón de 9 años, envidiaba. Éramos compañeras de banco, pero más que eso, éramos un pack: si alguien pensaba en mí, debía considerarla a ella, y viceversa. Inseparables. “Uña y mugre”, decía mi mamá. Al final del día, cuando llegábamos a nuestras casas, esperaba su llamado o, ya pasadas un par de horas, la llamaba yo. Recuerdo la felicidad absoluta de escuchar la voz de la otra a la distancia. Teníamos secretos inconfesables -todo lo inconfesables que pueden ser los secretos a esa edad- y planes para el futuro: viviríamos cerca, nuestros hijos serían amigos, nuestros maridos (porque habría maridos), serían amigos también. Tendríamos una vida juntas, porque la vida sin la otra era impensable.

    “Terminamos” cuando cumplimos 14: ya no estábamos en la misma sintonía, de la misma manera en que las parejas terminan. Me encontré sola luego de años de devoción platónica. Con el tiempo empecé a tener nuevas amigas, pero estas amistades no eran ni una pizca de intensas de lo que había sido mi amistad con F.: más rígidas, tal vez incluso más competitivas, menos entregadas. Algo se había roto.

    Me resulta evidente ahora que ella fue la primera forma de amor que conocí -aparte del de mi familia-. Un amor platónico, con todos sus beneficios, dolores y compromisos.

    *

    Un amigo me envía un link a un artículo en el que Mark Greene toma un libro de Niobe Way que investiga la soledad de los hombres y la vincula a la pérdida de las amistades de la niñez producto de una exigencia sociocultural de “hacerse hombres”; es decir, de encajar en un ideal de masculinidad donde no pueden darse el lujo de correr el riesgo de ser considerados gay, demasiado suaves o sensibles. En la necesidad de representar ese rol, tienen que negar su lado femenino y adoptar un régimen emocional estricto para probar que son “hombres”.

    ¿Qué es ser hombre? ¿Hacerse hombre? ¿Ser masculino? A la rápida, el estereotipo del llanero solitario, del hombre que no llora ni se conmueve, de la mirada práctica y desapegada de las cosas. El hombre que usa el sexo como validación de su poder sexual, no como una conexión con el otro. Que es dominante e incluso violento. Si va a mostrar una emoción esa emoción será la ira o la excitación. Es duro, y le gusta ser duro. (Estamos de acuerdo: es un estereotipo que fomenta el sexismo y la homofobia).

    A esa pérdida de amistad le sigue una desconexión emocional y un duelo, más o menos consciente. Para encajar en la cajita del macho, hay que matar relaciones y, de la mano, espacios de intimidad. ¿Con quienes se comunican de verdad esos adolescentes y, luego, esos hombres? ¿Cómo se cultiva un espacio de intimidad si con los amigos solo se pueden “hacer cosas” (carretear, hacer deportes)? ¿Con quiénes hablan?

    *

    “Hablan poco o nada”. O eso es lo que me comenta siempre una amiga. “No tienen lenguaje. Son mudos”. Y cuando dice esto último se refiere a que la manera en que hablan de las cosas es descriptiva o indicativa, basada en cosas que pasan o pasaron o pasarán. No hay gama emocional en su discurso porque para poder identificar lo que uno siente y conectarse con ellos es necesario poder nombrarlo, diferenciarlo de otras cosas, hacerse cargo. Si no se habla, no existe. O se confunde con otras cosas, se diluye.

    Podemos estar de acuerdo o no con mi amiga: poco lenguaje, o lenguajes diferentes o simplemente que ella espera más de los hombres con los que se involucra. Pero -PERO- hay algo que decir sobre la dificultad de comunicarse entre hombres y mujeres y entre hombres y hombres. Y algo me hace sospechar que hay algo que se pierde, un potencial de felicidad y placer que podría aprovecharse.

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    Hay una intimidad rica en la amistad, pero hacemos poco por fomentarla. He hablado otras veces sobre lo importante de decirle a nuestras parejas y amigos que nos gustan, que disfrutamos de su compañía y que, cuando están lejos, nos faltan. Hay una fragilidad en la calidad de la conexión con nuestros amigos que no cuidamos lo suficiente. A medida que armamos nuestra vida nos centramos en nuestras parejas y familias, recortamos “el resto”. Es peligroso, más de lo que nos atrevemos a reconocer: son vínculos distintos y poner solo foco en el romance, en el sexo, en la pareja y cortar el resto tiene efectos de harakiri.

    *

    Hace un montón de tiempo atrás este mismo amigo me mandó el link de un ensayo de Emma Lindsay que hablaba sobre la dificultad de estar soltero y bancarse el que nadie te toque. Pensé en este artículo cuando leía el de Mark Greene. Pensé también en cómo nos vinculamos a los cuerpos de los otros, bajo qué reglas. Pensé en los prejuicios en torno al estar soltero, tal como los plantea Lindsay: estar dañado o incompleto, vivir a medias, necesitar “mejorarte a ti mismo” para estar en pareja, como si estar soltero fuese un defecto del carácter. Estar soltero, especialmente pasado los treinta, es estigmatizante. Pero el asunto que le preocupa de verdad a Lindsay es que nadie la toca. Que hay días y semanas en que nadie la toca. Que ella puede tocarse a sí misma, pero no es lo mismo. Y que el contacto físico con nuestros amigos es tan limitado que ni siquiera está libre de un carácter sexualizado.

    Elegimos a nuestros amigos porque nos gustan: ya sea su personalidad, sus chistes fomes, sus cuerpos distintos a los nuestros, sus desbalances emocionales, sus arranques sentimentales, sus excesos y sus carencias. Los elegimos como se elige una pareja aunque, tal vez, con algo más de generosidad: centrándonos en lo bien que lo pasamos con ellos -y no en si nos convienen o no-, en cuán felices nos hacemos mutuamente, en las ganas de ser testigos de sus decisiones, en la curiosidad de ver a dónde los llevará la vida.

    El afecto de los cuerpos que queremos es clave. Y no es suficiente tener una comunicación digital: incorporemos las voces, los abrazos, las risas, las miradas. Toquémonos con afecto. Hagámonos cariño en la cabeza. Hablemos -con más o menos lenguaje-, pero pongámonos ahí completos, de cuerpo entero, celebrando que nos gustamos. Cultivemos el amor platónico con la misma intensidad con la que cultivamos el amor romántico.

     

     

    Refs.:

    Why do we murder the beautiful friendships of Boys? http://bit.ly/2u91HA0

    Being single is hard http://bit.ly/2icB4rj

    Hay un montón de autores que trabajan la mirada performativa sobre la sexualidad y el género. No me metí en ellos porque la discusión es larga y este post no tiene ganas de convertirse en una discusión teórica.