Preguntas sexuales

¡Finde largo al fin! Mucho tiempo para relajarse, dormir, comer y tomar rico y por qué no, tirar. Aunque claro, a veces no está el ánimo adecuado. Una manera de revertirlo: hablar de sexo o al menos pensarlo. Así que se me ocurrió hacer un listado de preguntas para reflexionar sobre el sexo -muchas de las que ya uso en los perfiles sexuales cuando entrevisto gente-, pero también preguntas para iniciar esa conversa con alguien más. Separé las preguntas por categorías: hay unas más densas que otras, otras más livianas y otras calientasopas. Puedes planteártelas a ti mismo o compartirlas con alguien más (amigos, parejas, etc. y por qué no, familiares -las conversaciones sobre sexo más iluminadoras las he tenido con mi mamá luego de pasar la barrera del pudor-). Y ojo, si quieres compartirlas conmigo también lo puedes hacer (puedes mandarme un mensaje privado y decirme si te interesa que lo publique o postear algo en los comentarios si te sientes cómodo). Bueno, acá van:

IDEAS / CONCEPTOS / AUTODEFINICIONES
¿Qué es el sexo para ti? ¿Qué función cumple en tu vida?
En una escala del uno al diez, donde uno es “nada” y diez es “extremadamente”, ¿cuán sexual te sientes?
¿Qué es ser sexy? ¿Qué te hace ser sexy a ti? ¿En qué situaciones te sientes más sexy? Qué es lo que hace que una mujer sea sexy? Qué es lo que hace que un hombre sea sexy?
¿Qué tiene que hacer alguien si quiere seducirte? ¿Qué haces tú para seducir a alguien que te interesa?
¿Prefieres el sexo rosa o más duro? Describe qué tipo de actos te calientan.
¿Cuál es tu fantasía más frecuente/ relevante?

Completa las oraciones:
– Me defino como __________ (orientación sexual) porque me siento atraído por _______.
– Lo que más me interesa del sexo es __________.
– Cuando pienso en mi vida sexual, me da miedo _____________.
– El sexo me hace sentir ______. (ej: nervioso, alegre, libre, ansioso, solo, conectado, etc.).
– Soy _________ coqueto / seductor / sexy.

TRANCAS, PROBLEMAS
¿Hay algo que te avergüence de tu cuerpo?
¿Hay algo que te guste hacer sexualmente o eróticamente que te genere culpa o vergüenza?
¿Sientes que tienes un problema para funcionar sexualmente? (ej.: no me me para, no me mojo, me cuesta llegar al orgasmo, no siento deseo, etc.). ¿Cuándo se da ese problema? ¿Puedes pensar en las ideas que tienes antes de que pase y en cómo te sientes?

PREFERENCIAS (**estas también sirven para hacerlas a amigos, parejas, etc. e iniciar una conversa).
¿Hay algo que te guste / atraiga de los otros que no es común o habitualmente considerado sexy o bonito? (ej.: me gustan los narigones, las ojeras, encuentro atractivos a los tipos muy flacos o gordos, etc.).
¿Qué es lo que más te calienta?
¿Luces prendidas o apagadas? ¿Por qué?
¿Prefieres hacerlo en la mañana o en la noche? (o en la madrugada, etc)
¿Qué es lo que más te gusta hacer en la previa?
¿Cuál es tu posición favorita? Describe qué sientes en esa posición.
¿Prefieres que te guíen o guiar? ¿Cómo te gusta que te guíen? ¿Cómo te gusta guiar?
Si pudieras elegir a una persona famosa para tirar -tipo carta blanca, sin consecuencias y porque esa persona te encanta-, ¿a quién elegirías y por qué?
¿Tienes algún fetiche? Describir qué se siente ante el fetiche, en qué contextos, etc.

¿Qué opinas de las siguientes prácticas? (Te gustan / interesan / te generan rechazo / te dan susto, etc). (*Sugerencia: si no sabes de qué se trata algo, ¡Googlea!):
– Masturbación (te gusta o no, frecuencia, dónde y cuándo, masturbación mutua, ver al otro masturbarse, etc.)
– One night stands
– Hacerlo en: el suelo, la cocina, en la ducha, en el auto, etc.
– Tirar frente a un espejo
– Rasguñar (a ti o al otro)
– Morder al otro o que te muerdan
– 69
– Sexo con los ojos tapados
– Bondage (sexo atado, con cuerdas o esposas o cintas, limitar el movimiento)
– Pornografía (sexy o no, de qué tipo, verla solo o en pareja, etc).
– Choking
– Lencería (importa o no, de qué tipo).
– ¿Con la ropa puesta o sin?
– Disfrazarse. Si te interesa: ¿de qué sí y qué no? ¿Por qué?
– Jugar con comida (crema, salsas, ropa interior comestible, etc).
– Hablar sucio. ¿Qué cosas te gusta que te digan o decir?
– Sexo penetrativo vaginal
– Sexo oral: sí, no, por qué, a ti o al otro, en qué posición, etc.
– Sexo anal
– Hacer un striptease o que te hagan uno
– Grabarte teniendo sexo en vivo
– Sexo telefónico
– Sexting
– Sexo virtual
– BDSM
– Tirar de pie, contra una pared, etc.
– Spanking o azotes
– Relaciones abiertas
– Swinging
– Relaciones asimétricas (mutuamente consentidas y legales, no nos pongamos ultradensos): profesor/ alumno, jefe/ empleado, diferencias de edad significativas, etc.
– ¿Recortado, rasurado completo o bushy?
– Juguetes sexuales- Cuáles sí y cuáles no.
– Exhibicionismo (tirar con el riesgo de ser pillados o en lugares públicos)
– Voyerismo (mirar a otros tirar)
– Tríos (describir porqué sí o por qué no, bajo qué condiciones)
– Sexo grupal (orgías)
– Golden rain
– Coprofilia
(***seguro me faltan un montón de opciones, puedes sugerirme agregarlas).

EXPERIENCIAS
¿Qué ideas tenías sobre el sexo cuando chico que descubriste que eran falsas o erradas?
¿Cuándo fue la primera vez que te sentiste sexual (que hubo una especie de despertar sexual)?
¿Qué te hubiese gustado que te dijeran sobre el sexo antes de tenerlo (consejos, advertencias, etc)?
¿Cómo fue tu primera vez? Si eres virgen, ¿cómo te gustaría que fuese tu primera vez?
¿Cuál es la experiencia sexual más memorable que has tenido?
¿Cuál es la peor experiencia sexual que has tenido?
¿Quién te hizo descubrir tu cuerpo de una manera positiva?
Si pudieras repetir a alguien en tu vida (sin consecuencias), ¿con quién lo volverías a hacer?
¿Cuál es el lugar más raro en el que has tirado?
¿Qué es lo mejor que te han dicho en la cama?¿Qué es lo peor que te han dicho en la cama?
¿Has tenido sexo con más de una persona en un mismo día?
¿Cuál es la posición más rara que has hecho?

PARA PRACTICAR CON OTRO (preguntas más calientasopas)
*todas las preguntas se hacen mutuamente. (Ojo, si hay celos de por medio, usar el sentido común y no preguntar cosas que puedan llevar a conflicto).
Descríbele lo que pensaste y sentiste la primera vez que lo viste. Y ahora cuéntale lo que pensaste y sentiste la primera vez que lo viste en pelota.
¿Qué te parece atractivo de mí? (puede ser desde algo físico a algo menos aterrizado, por ejemplo cómo se mueve, su presencia, etc).
Dile algo que te gusta de su cuerpo y por qué.
¿Qué es lo que más te gusta que te haga?
¿Cuál es tu tipo de beso favorito?
¿Cuál es la parte que más te gusta te toquen? ¿Cómo te gusta que te toquen?
Describe cómo son tus orgasmos.
Cuando piensas en mí de forma sexual, ¿qué imagen viene a tu mente? Descríbela lo más específicamente posible.
Si te masturbas, ¿en qué piensas cuando lo haces?
¿Qué te gustaría probar sexualmente conmigo? (y ¿qué no?)
Parejas: ¿Qué podemos hacer para mejorar nuestra vida sexual? (ej.: hacerlo mas seguido, probar cosas nuevas, ser más seductores con el otro, etc.).
¿Hay alguna escena sexual de una película que te gustaría replicar conmigo?
¿Cuál es la imagen mental más sexy/ sucia/ hot que tienes de mí?
¿Qué te gustaría hacerme ahora? (describe con detalle)
¿Desvísteme?

Enjoy!

El encanto del autosabotaje

Me encantaría decir que no sé nada de autosabotaje, que lo veo como un tema lejano, una conducta superada en la adolescencia. Pero obvio, estaría mintiendo.

Lo voy a resumir altiro para que solo los valientes lean lo que sigue (porque no es una lectura agradable):

  • Las cosas que más me importan son las que tiendo a arruinar con mayor talento.

*

¿Todavía aquí?  No te felicito -nadie quiere estar en este grupito-, pero lo entiendo.

Hace poco lo conversaba con una amiga: creo que nos advierten poco, cuando somos niños, de que la mayor amenaza para nuestra felicidad no son los otros, sino nosotros mismos. Teniendo en cuenta que nos pasamos la vida pensando que alguien nos puede quitar lo que más queremos, que la vida -con sus tragedias e imprevistos- nos puede torcer la mano, que somos frágiles ante los miles de factores que se nos cruzan por delante, a mí me gustaría que cada tanto alguien me recordara -incluso ahora, a los 33 años que tengo- que mi antagonista más poderosa soy yo misma.

*

Da vergüenza reconocer que uno se autosabotea porque es súper idiota, no más. ¿Por qué querríamos hacernos la vida más difícil? La lógica indica que si de verdad queremos algo es cosa de ponernos de cabeza y lograrlo. Y aquí estamos, poniéndonos trampitas a nosotros mismos.

Tal vez tú, como yo, has tenido éxito en un par de cosas. No has tenido que esforzarte taaanto para sacar tu carrera o ser más o menos decente en tu pega. La vida, dentro de, te parece manejable, sencilla. Pero tal vez también te has dado cuenta de que justo las cosas que más te importan son las que te salen más cuesta arriba. Que tienes un talento sobrenatural para arruinar(te) las cosas que quieres.

Bienvenido a mi infierno personal: es más sencillo ser exitoso / talentoso en cosas que no te importan. Y el resto -las cosas que te aprietan el corazón, las cosas que sabes que honestamente necesitas- son las que no puedes dejar de machacar.

Ojo, no quiero pintarme aquí como la doncella trágica a pesar de mí misma (ni quiero hacerte lo mismo a ti, porque qué patuda jaja). Solo quiero que lo pensemos desde otro punto de vista.

*

Pero antes: ¿Cómo funciona el autosabotaje? Aca va mi humilde observación.

Estoy convencida de que si uno tiene un diálogo honesto consigo mismo uno siempre sabe qué es lo que necesita y cómo conseguirlo. El problema, obviamente, es que puede ser que lo que queremos requiera esfuerzo, o que nos resulte difícil reconocer ese deseo (hablé de esto en el posteo anterior “Aprender a desear” y este es un posteo complementario). Lo resumo así:

  1. Quiero X, de verdad. EN SERIO. Si consigo X, se me resuelven muchas cosas.
  2. Sin embargo, si trato de conseguir X con todas mis fuerzas y no lo logro, la frustración tal vez me aplaste, porque reconozco que es algo que me falta / necesito, y no sé si seré capaz de bancarme eso. O tal vez siento que no me lo merezco de verdad. O tal vez lo quiero, pero estoy cómodo con mi incomodidad – a fin de cuentas, es algo a lo que ya me he acostumbrado, casi un hogar-.
  3. Entonces, una salida posible es manifestar que quiero X, pero en vez de hacer un esfuerzo real de conseguirlo, me autosaboteo en el camino.
  4. Así, en lugar de fallar directamente o de ponerme a prueba con el riesgo de fallar, sigo deseando permanentemente. Pareciera que me muevo, que tengo un norte, pero es como correr en la trotadora del gimnasio versus correr en un parque.
  5. ¿La estrategia? Cada vez que me acerco a X -y pareciera que cada vez estoy a punto de llegar- las cago. Así, X vuelve a estar a una distancia “segura” (suficientemente a la mano como para sentir que no es un deseo inasible, suficientemente fuera de mi alcance para requerir un esfuerzo y compromiso considerable para lograrlo).

    Una vida en loop.

    *

    Voy a poner ejemplos que pueden a aterrizar lo que quiero decir y que he observado en amigos, conocidos y en mí misma:

    • Quieres tener una pareja estable y cuando aparece esa persona con la que hay un vistazo de futuro posible, de pronto todos tus exes se vuelven atractivos, aparecen de la nada candidatos potables (que realmente no lo son) y la vida de soltero -esa que hace rato ya te tiene medio saturado- te parece llena de beneficios.
      El Autosaboteador Nivel Profesional se involucra lo antes posible con otro sujeto con el que no tiene ni un futuro, pero que lo distrae lo suficiente como para arruinar la chance con el otro con el que parece que sí había algo real. Tan lejos, tan cerca.
    • Tienes un proyecto propio que te motiva. Sabes que al fin encontraste algo que te mueve, que tiene sentido. En los momentos libres en los que podrías dedicarte a desarrollarlo y hacerlo realidad, desvías tu atención hacia otras cosas (procrastinación, somos tus súbditos): desde ver maratones de Netflix hasta limpiar tu casa completa o ponerte a ordenar cosas o reventarte carreteando siendo incapaz de tener un pensamiento lúcido al día siguiente sin que te duela la cabeza.
      El Autosaboteador Nivel Dios se obsesiona pensando en que no tiene ni las condiciones psicológicas ni la capacidad intelectual lo que quiere: si tan solo fuese un poquito más capaz, un poquito más experto, un poquito “más” en general. Habla de su proyecto como algo que incluso ya fue: un sueño dorado que, dadas las condiciones perfectas, funcionaría. En la idealización de ese escenario -donde hay plata, tiempo, gente, etc, todo un ecosistema que lo podría apoyar- ignora todo lo que tiene ahora para hacer que funcione.
    • Quieres lograr una meta corporal concreta: bajar de peso, comer más saludable, desarrollar habilidades corporales (fuerza, resistencia etc). Sabes que estarías más satisfecho si te cuidaras a ti mismo, a fin de cuentas tú eres el único que tiene absoluto control sobre qué consume y qué hace con su cuerpo. ¡Es tan sencillo! Excepto que a los 25 minutos de ponerte a dieta te encuentras con un ataque de ansiedad tragando lo que encuentras en tu cocina, o simplemente dejando para otro día ir al gimnasio o moverse. Postergando.
      El Autosaboteador Realmente Talentoso fantasea continuamente sobre cuánto mejor se sentiría estando en esa otra condición, pero es incapaz de controlarse: abusa de la comida o el alcohol, pero la tortura real se manifiesta como un desprecio hacia sí mismo que lo tira en un espiral de rechazo, cargando con la sensación de ser superado por las circunstancias, de no tener fuerza de voluntad. Yace cual papa frita en el pliegue del sillón. El cuerpo le pesa, y aquí está el loop: “con este cuerpo no se puede, con esta hambre no se puede, con esta falta de voluntad no se puede”.

    *

    La gente que no es tan autosaboteadora no lo entiende. Hablan de tener “fuerza de voluntad” o “motivarse”, lo que al final hace sentir todavía más culpable al autosaboteador: porque requiere tan poco, ¿cierto? ¿Entonces cómo puede ser que no lo logres? Es cosa de decidir que lo vas a hacer y hacerlo.

    Excepto que, obviamente, no es tan fácil.

    La fuerza de voluntad se define en psicología como la habilidad de resistir tentaciones en el corto plazo para lograr objetivos de largo plazo; la habilidad de emplear un sistema cognitivo o conducta en “frío” en vez de una respuesta emocional “caliente”; un esfuerzo consciente de regulación del sí mismo; un recurso limitado que puede agotarse (aunque esto último está en discusión por distintos estudios y se ha demostrado que “creer” que es un recurso limitado hace que lo sea). La motivación, por su parte, es lo que hace que nos movamos hacia una meta, las “ganas de”, pero tiende a ser poco confiable, varía, es inestable.

    Hace un tiempo me puse a leer todo lo que escribe Dick Talens -que sí, es un personal trainer que integra un montón de psicología en su manera de abordar el fitness (y después de eso lo contraté unos tres meses y después autosabotaje, obvio pfff)-. Tiene un artículo interesante donde propone que el fitness es una habilidad, como andar en bici, no un talento. Esta manera de mirar una meta -en este caso, el fitness-, la vuelve muchísimo más manejable. Según Dick, todo parte por tener una mentalidad estática o mentalidad de crecimiento. Los primeros piensan que el éxito se basa en un talento innato y entonces los fracasos son el resultado de una falla intrínseca del carácter, la disciplina o la inteligencia. Los segundos creen que el éxito depende de mejorar ciertas habilidades: a través del trabajo, aprendizaje, la experiencia.

    Y acá la cosa se pone interesante, Dick dice que algunas actividades solemos verlas como estáticas o con posibilidad de mejora. Si te caes en bici la primera vez que te subes a una no dices “tengo un defecto enorme para andar en bici, soy incapaz, no tengo la fuerza de voluntad como para hacerlo”. Lo que hacemos en la realidad es darnos cuenta de que no hemos desarrollado esa habilidad, entonces nos fijamos en qué hicimos que al final nos caímos. Por el contrario, el fitness se tiende a ver con un mindset estático: te saliste de la dieta y altiro eres esta persona que “no puede” hacer una dieta, floja y poco disciplinada, en vez de pensar en por qué te saliste y cómo prevenir ese error en el futuro. (POR FAVOR hacer el ejercicio aquí de reemplazar “fitness” con lo que sea que quieres lograr: escribir un libro, levantar tu empresa, etc).

    Y aquí entra lo del autosabotaje desde mi punto de vista: si quiero examinar por qué no estoy logrando lo que quiero, tengo que tener muy claro cómo estoy funcionando, qué trampas me estoy poniendo, en qué contexto me pego la patinada que me desvía, a qué situaciones me estoy exponiendo. Y la parte difícil: tomar responsabilidad y cambiar la conducta. Y eso requiere primero un plan. Y luego implementar el plan de forma disciplinada para que se transforme en un hábito. Y si es un hábito, ya no te lo cuestionas: es parte de tu vida.

    *

    Una última cosa sobre crear planes y hábitos para lograr metas: es importante tener un loop de feedback postivo. Tienes que querer volver a repetir la actividad. Tienes que sentirte bien respecto de lo que estás haciendo. Y no me refiero a premiarte por cada vez que haces algo -“ay, fui al gimnasio, voy a comerme el refri”, “trabajé tanto que ya no quiero ni ver mis textos, hola Reddit, déjame hudirme en ti”)-, sino a que la actividad en sí misma sea lo suficientemente desafiante para engancharte, que sea estimulante, que el resultado obtenido te haga sentir orgulloso. Y también, replantéate lo que quieres lograr: que sea un deseo que logres a través de un método que no te parezca desagradable. (En mi caso, un ejemplo sencillo: estoy volviendo a hacer deporte con algo que disfruto -la escalada-, pero si alguien me propone ir a correr me disparo y estoy segura que no duraría ni una sesión porque no lo disfruto).

    *

    Volviendo al autosabotaje, tengo una idea de por qué lo hacemos: creo que tiene que ver con sentir que no nos merecemos eso que queremos y, en segundo plano, tenerle miedo a fallar en serio.

    Ahora bien, lo primero es un aprendizaje. Y ojo que yo no creo que todo el mundo se merezca todo. Ciertamente no, en la medida en que ese merecer debe ir de la mano de acciones específicas. Tiene que haber una coherencia. Entonces el autosaboteador sabe que juega un juego de dobles: que el único que se interpone en ese camino es él mismo, pero no puede permitirse ser realmente abierto con eso, porque sería demasiado doloroso. Entonces: le pasan cosas. Se queda dormido, se emborracha, los días pasan por encima de él, lo atropellan.

    Si en verdad consideráramos que lo que queremos es algo que realmente nos merecemos, no nos pondríamos trampitas para demostrarnos que somos una mierda que no es digna de ello. Habría una coherencia: estoy a la altura de lo que deseo, por lo tanto me comporto acorde. Ahí está la parte de aprendizaje: ver honestamente el gap entre lo que quiero y lo que soy y, si después de analizarlo bien encuentro que sí, que hay una brecha, entonces ¿qué voy a hacer para cubrirla? ¿Qué necesito cambiar?

    Refs.:

    What you need to know about willpower: http://www.apa.org/helpcenter/willpower.aspx

    Fitness is a skill, not a talent https://lifehacker.com/fitness-is-a-skill-not-a-talent-heres-how-to-develop-1651281013

    Have we been thinking about will power the wrong way for 30 years https://hbr.org/2016/11/have-we-been-thinking-about-willpower-the-wrong-way-for-30-years

     

     

     

    APRENDER A DESEAR

    Tal vez es porque he estado todo el día en cama sintiendo cómo la gripe se apodera de mi cuerpo que me dieron ganas de escribir esto que, en principio, me parece un poco vergonzoso. (Me siento muy protegida encerrada en mi departamento tomando agua caliente con limón. Also, btw, bring food!).

    Voy a partir con dos opiniones que van ligadas:

    • Mucha gente no sabe lo que quiere
    • Está lleno de gente que, porque no sabe lo que quiere, anda cagándolas.

    Porque me toca hablar con mucha gente y escuchar muchas historias -tanto por lo de los perfiles sexuales, como por el estudio liviano pero intensivo de los Vistos en Tinder, como por Cónclave- me he dado cuenta de que hay un montón de gente que no sabe lo que quiere o que le tiene miedo a decir lo que quiere. Como consecuencia, se la pasan tomando decisiones desplazadas de cosas que se parecen mucho a lo que quieren, pero que no son específicamente lo que quieren. Alternativas menos riesgosas, cálidamente satisfactorias.

    Esto es problemático porque si uno mismo no es capaz de verbalizar, de manera muy concreta, qué quiere, es difícil que llegue a ninguna parte. Y no estoy hablando de la bullshit de El Secreto, aunque sí creo que mucho de lo que hay en esa paja molida apunta a algo de verdad. Y voy a tratar de desmenuzarlo a continuación.

    *

    Sé que no soy la única de humor negro / self-deprecating / cínico por acá (mis mejores amigos comparten esta cualidad también), pero creo que a veces esa misma autoconciencia necesaria para el humor retorcido nos hace rechazar cosas bonitas. Porque desde esa mentalidad es patético andar pensando que uno es “lo más” (básicamente el pensamiento va por: “habiendo tanto genio en el mundo quién soy yo para pensar que tengo alguna posibilidad de generar algo distinto / original / único. Qué egocéntrico / narciso hay que ser para creer que a alguien le va a interesar lo que hago”. Si usted no piensa así tiene mucha suerte, porque no sufre de andar dándose latigazos mentales). Al mismo tiempo, sin embargo, para hacer algo, cualquier cosa, HAY QUE CREERSE EL CUENTO. Entonces los que vamos por la vía de la falsa humildad (seguro-hay-alguien-que-lo-hará-mejor-que-yo-entonces-para-qué), terminamos -casi por defecto de fábrica- sin tomar riesgos. Playing it safe.

    *

    Hay varios aspectos problemáticos de esa actitud mental:

    • Evidentemente, se pierden oportunidades. Muchas. Casi todas. Porque incluso antes de ver la oportunidad hay primero una crítica. Y la creatividad necesita de una mente desprejuiciada para salir a flote. Y cuando digo “creatividad” me refiero a todo lo nuevo que se puede generar: desde un poema o canción hasta un romance. Y sí, el sexo en sí mismo es creativo también. No sólo se pierden oportunidades laborales e intelectuales, sino humanas. Experiencias.
    • Me ha pasado encontrar que muchas de estas personas tienen un mundo interno muy rico, una curiosidad inagotable y tienden a ser cultos, inteligentes, despiertos. Esa misma conciencia que les mencionaba más arriba (“alguien ya lo hizo, esto es parecido a lo que hizo XX, a quién le va a interesar”) los hace volverse verdaderos expertos de las cosas que les gustan y que no se atreven a hacer. Entonces, por ejemplo, las personas con mejor sentido del humor que conozco conocen mucho sobre humoristas, series, películas, etc. Son chistosos en la vida real, tienen el background necesario para crear algo distinto, pero no lo hacen. Lo mismo con los solteros en negación de que quieren una relación -no hablo de los solteros empedernidos, que existen obviamente- sino de los solteros que quieren una relación seria, comprometida, largo plazo, etc., y que en vez de reconocer eso se pasan picoteando porque qué pasa si tratan y fallan. Entonces -y acá la vida es cruel- desplazan sus ganas de afecto o intensidad a cosas más manejables: ser muy exitosos en sus pegas, deportes de alto impacto, experiencias brígidas (que oigan, está bien, a mí también me gustan esas cosas, pero estoy hablando de un tipo muy específico de persona acá, no se sientan juzgados los que no caen en la categoría). Ese desplazamiento emocional es frecuente. Y ese “volverse experto en saber de…” en vez de “hacer” también.
    • Por lo anterior, su identidad comienza a centrarse en algo que, por definición, ellos mismos no toman tan en serio, porque es un desplazamiento. Y ahí empiezan a cagarlas: porque sienten el vacío, algo falta, y no saben qué. Se llenaron de hobbys, pretendientes que no les interesan tanto, amistades insulsas, carretes de relleno, tienen la agenda copada con cosas que deberían hacer que se sientan completos…y no po. Vacío. Una piedra tiene más emoción.

    *

    Me gustaría ser más como mi perro -el Gordo- a ratos, y creo que con todos los años que llevamos juntos he aprendido algo, a punta de mirarlo. Cuando el Gordo quiere algo, me lo pide directamente. No es que yo sepa leerle la mente, es que es tan evidente en manifestar lo que quiere que es imposible ignorarlo, aunque sea una interacción interespecie. Si quiere que lo regalonee se me acerca y me pone la pata encima. A veces si estoy trabajando en el computador se pone entre mí y la pantalla y no se mueve hasta que lo acaricio. Si quiere salir a pasear me mira sin pestañear -es su mirada hipnótica- y apenas hago un gesto para moverme va corriendo hacia la puerta. Esto lo puede repetir 50 veces, hasta que no me queda otra que sacarlo a pasear. Si le falta agua, hace un gemido específico para el agua. Etc. Etc. Sí, es fascinante.

    Ahora bien, pienso en el Gordo -en que es un perro- y en mí, y luego pienso en lo difícil que se nos hace a veces decirle a la gente que queremos lo que necesitamos de ellas. Entramos en insinuaciones, juegos, omisiones, silencios, castigos sutiles esperando ver reacciones en vez de comunicarse abiertamente. ¿Por qué? Creo que la respuesta básica es miedo. Miedo a explicitar algo que honestamente queremos del otro y que nos lo nieguen -o de “pedirlo” a la vida o a nosotros mismos-. ¿Y por qué eso tendría que ser tan terrible? Porque sentimos que cuando nos dicen “no” quedamos un poco en una tierra de nadie, avergonzados incluso de habernos expuesto, a la deriva porque si no resulta ¿qué sigue?, quizás perdiendo poder relacional respecto del otro, etc.

    Por supuesto, todas esas situaciones catastróficas pasan en nuestras cabezas sin siquiera haber planteado lo que queremos, pero una vez que las cosas pasan en nuestras cabezas, empezamos a actuar como si pasaran en la realidad y, por lo tanto, hacemos realidad eso que pasa en la cabeza. Agotador, sí sé. Entonces, por ejemplo, si quiero que mi pareja me pesque más, en vez de hablarlo directamente -porque eso sería muy riesgoso, me haría ver como la débil de la relación- lo empiezo a ignorar, a ver si reacciona. Y como lo ignoro, genero un clima extraño de rareza que el otro no tiene idea qué es, a lo que el otro, en vez de preguntar directamente por qué lo estoy ignorando -porque eso sería demostrar que él ahora quiere más atención- comienza a sentirse más distante, lo que al mismo tiempo me refuerza a mí la idea a la base del miedo: que el otro no hará el gesto si se lo pido, que en realidad no le importo.

    Esto obviamente no pasa solo con parejas. Pasa con amigos, padres, hermanos, parientes. Con nuestros propios proyectos, o más bien, “sueños”, “fantasías”. Hay gente que tiene una vida creativa estancada porque no pueden tener ese diálogo con ellos mismos: “ya, me gustaría ser escritor/ artista/ cantante, etc”, pero ¿qué pasa si al confrontar ese deseo sentimos que no damos la talla? ¿Que no somos tan bacanes? ¿Que en verdad esa aspiración nos queda grande? O PEOR: ¿que si en verdad queremos eso hay que tomar pasos para lograrlo? Ponerse a escribir, a crear, a cantar. Exponerse. Entonces mejor ni siquiera planteárselo como un deseo, mejor dejarlo como un pasatiempo inofensivo, así, si soy más o menos no más, si no soy constante, si no tengo éxito, no fracaso, porque en realidad nunca me lo tomé en serio, viste, ¡porque era un hobby! Era una cosa que hacía en mi tiempo libre. Sí, me gustaba mucho, pero no era “de verdad”.

    Un montón de los perfiles de Tinder dicen cosas como “músico frustrado”, “chef de fin de semana”, “cantante de ducha”. Y si bien es en chiste, siempre creo que hay algo ahí esperando a que se le quite la adjetivación para minorizarlo y salir, eventualmente, a la luz. En vez de ser “músico frustrado”, ensaya, búscate una banda, sé el mejor músico que puedes ser. Me parece que eso resulta más atractivo para los otros, pero mucho más importante, más satisfactorio para uno mismo.

    Hay algo MUY tranquilizante en disfrazar un deseo de un hobby / pasatiempo / tonterita, (y hay una industria completa que se beneficia de eso). Se siente como si estuviéramos haciendo algo, pero sin quemarnos. Súper cool, ¿o no?

    *

    Yo era del tipo cauto. Cauto que se pegaba sus patinadas y arranques hasta que entendí que las patinadas eran un desplazamiento. Entonces fue cuando en vez de decir que escribía “a veces”, me dediqué a escribir todo el tiempo y decir que soy escritora (con todo el pudor que eso me genera). Y desde que lo empecé a hacer así y tomármelo en serio, mi vida ha cambiado. Lo mismo con las amistades que tengo: me daba susto necesitar gente, plantear que quería pasar tiempo con ciertas personas. Mi vida familiar es mucho más rica ahora y mi círculo de amigos mucho más cercano, fuerte. Pero hay que tomar el riesgo primero: hay que reconocer qué es lo que quieres, cómo lo quieres y qué tienes que hacer para que eso pase. Y eso es pega. Y requiere coraje porque puede que te digan que no o que tú mismo no te la puedas. Pero eso es mejor que quedarse en la medianía.

    Hay que APRENDER A DESEAR. No solo a “fantasear” porque la fantasía llega hasta cierto punto.  Desear con la guata, la cabeza y la punta de los dedos. Desear de manera tan constante que todo lo que haces se vuelve una manifestación de ese deseo, porque estás siendo coherente contigo mismo en vez de procrastinar con distracciones que te hacen sentir como que estás haciendo algo, pero lo único que generan al final es que te quitan energía.

    *

    Ya que andamos con tiempo este finde, por qué no hacer un primer ejercicio: anota una lista muy muy muy específica de qué quieres. Qué DESEAS. Y a cada uno de esos puntos ponerles un plan de acción muy muy muy específico también: nombres, gestos, conductas, rutinas. ¿Estás en grupo, te fuiste a la playa? Dale, hazlo con más gente. Tal vez descubres algo de ellos también que nunca sabías que querían. Desde cosas cotidianas –“quiero tener una vida más saludable”, “quiero tirar más seguido / tener una vida sexual mas activa / entretenida”, “quiero tener más panoramas”- hasta ambiciones mayores –“quiero tener una familia”, “quiere ser escritor”, “quiero vivir de X talento”-. No es magia, por si acaso. Necesitas un plan.

    Ah, y cuéntame cómo te va po, qué descubres.

    Formas de afecto

    Cuando yo tenía tres años mis papás se separaron. Cuando pude empezar a hacer preguntas quise saber por qué. Mi mamá me dijo -con todo el amor del mundo y tratando de ser lo más honesta posible- que se les había acabado el amor.

    Crecí pensando en esta frase, tratando de digerirla, de entenderla: que el amor se acabe de la misma manera en que se acaba el líquido que contiene un vaso, o los cuadraditos de un chocolate. Que el amor se acabe: que ahí donde antes habitaba, desaparezca. Que se consuma como un fosforito.

    Y hasta hace unos años atrás, distribuir los afectos, dosificarlos para que alcancen, sentir la angustia del amor -un exceso incontrolable, una llave de agua que no cierra, una amenaza de rebalse que luego solo puede generar escasez-.

    Qué equivocación haberlo vivido así.

    *

    Es fácil olvidarse de que los afectos no son un recurso finito (o dicho de otra forma: que no son cosas). Tampoco son un medio ni una herramienta. Por algún motivo los tratamos más como un elemento transaccional que como un goce. Como si se nos pudieran acabar, como si hubiese que protegerlos de que nos los roben.

    *

    Hace unas semanas se nos fue P. No era previsible: no tenía una enfermedad, el día anterior nos había escrito a un chat grupal. La vida debería haber seguido para todos por mucho tiempo más. Lo último que mandó fue una recomendación de una película, antes de eso mandó los resultados de un test psicológico que había tomado y antes de eso mandó un video chistoso de cómo hacer una flauta con una zanahoria que acababa (SPOILER ALERT) con los gemidos de una mujer en vez de la música de la zanahoria tallada. Entre medio me mandó sugerencias sobre cómo mejorar mi sitio web, me ofreció ayuda (una diferencia entre los dos que ahora me resulta evidente: ayudarlo cuándo él me lo pedía, mientras que él me ayudaba sin que yo se lo pidiera). Le di las gracias. Me quejé un poco incluso de su insistencia. Tonta.

    Él era generoso conmigo. Yo, no tanto. Le tenía cariño y pensaba en él de vez en cuando, preocupada de hacia dónde iría. (Tal vez esa es una de las formas del afecto: querer ser testigo del camino que tomará esa persona que te importa). Él me quería también, sin duda. A veces yo le contestaba con franco descuido, distraída, postergándolo. A veces era cortés y algo se enfriaba. No sabría explicar bien por qué. Tal vez era el tira y afloja al que uno se acostumbra por malcriada: alguien te da mucho, se te vuelve normal recibir y empiezas, de a poco, a dar menos. A medirte. A dosificar. En ese derroche del otro, la contraparte se vuelve mezquina.

    *

    George Saunders -alguien podrá decir “mecanismo de intelectualización”, y estaría en lo correcto- dio un discurso a unos graduados hace años en donde planteaba que de lo que más se arrepentía en su vida era de los fracasos de bondad.

    Dice: “Esos momentos cuando otro ser humano estaba ahí, frente a mí, sufriendo, y yo respondí de manera sensible. Reservada. Tibia. O mirémoslo desde el lado opuesto del telescopio: ¿a quiénes recuerdas con más afecto, con los sentimientos más innegables de calidez? A los que fueron más generosos contigo, apuesto. Es un poco facilista, quizás, y ciertamente difícil de implementar, pero yo diría que como meta en la vida uno podría internar ser más bondadoso”. (Por favor, lean el discurso, es precioso).

    Lo que dice Saunders es que no somos más bondadosos porque nacemos con algunas preconcepciones confusas: “1) que somos parte central del universo (que nuestra historia personal es la principal y la más importante, la única historia), 2) que estamos separados del universo (estamos nosotros y el resto de las cosas -los perros,  los columpios, el estado de Nebraska, las nubes bajas y otras personas-, y 3) que somos permanentes (la muerte es real, sí, pero no para mí)”. Dice que no creemos realmente estas cosas intelectualmente, pero sí visceralmente y que vivimos de acorde a ellas: priorizamos nuestras necesidades sobre las de los demás aunque queremos ser menos egoístas, más abiertos y más amables.

    Entonces, sigue Saunders, ¿cómo se puede ser más bondadoso? Hay formas y todos las conocemos porque hemos vivido momentos de alta bondad y momentos de poca bondad. La educación, el arte, orar, meditar, tener conversaciones honestas con nuestros amigos, seguir alguna tradición espiritual -reconociendo que ha habido gente muy inteligente antes que nosotros que se ha preguntado las mismas cosas y que nos ha dejado respuestas-. Porque la bondad es difícil. Y aunque dice que él cree que la edad nos vuelve más bondadosos – tal vez porque nos damos cuenta de lo estúpido y sin sentido que es ser egoístas, tal vez porque empezamos a perder cosas y la vida nos golpea-, Saunders sugiere que nos apuremos, que partamos ahora. Dice “haz todas las cosas, las cosas ambiciosas -viajar, volverte rico, volverte famosos, innovar, liderar, enamorarte, crear y perder fortunas, nadar desnudo en ríos salvajes-, pero mientras lo haces, yerra en la dirección de la bondad- Haz las cosas que te inclinan hacia las grandes preguntas y evita las cosas que te reducen y te vuelven trivial. Esa parte luminosa de ti que existe más allá de tu personalidad -tu alma, si quieres- brilla tanto como cualquier otra que haya existido. (…) Despéjate de todo lo que te mantiene separado de ese espacio luminoso. Cree que existe, conócelo, nútrelo, comparte sus frutos incansablemente”.

    Es un buen consejo, ese, el de Saunders.

    *

    “No hay muerto malo”. Ese tipo de verdades deriva de una realidad muy sensata: porque se fue nos sentimos libres de adularlo, incluso obligados a hacerlo. Pero partiré al revés.

    P. no era cool. Para ser cool se necesita una dosis de frialdad y distancia, y él no la tenía. Nosotros, en cambio, sí. Para ser cool es preciso ser capaz de fingir desinterés. P., en cambio, era tan evidente en su entusiasmo que a veces te avergonzaba. Era tan cálido que te daban ganas de cachetearlo. Tal vez porque no estábamos acostumbrados: es poco frecuente encontrarse esa combinación de ingenuidad y transparencia, más todavía si tienes cuarenta años. Hacía chistes malos. Dad jokes que lanzaba a diestra y siniestra y que tenían el potencial de ser chistosos únicamente por lo poco chistosos que eran. Cada cierto tiempo nos mandaba fotos de otra época que no tengo idea de dónde sacaba: todos estábamos más jóvenes, tal vez más flacos y definitivamente teníamos peor gusto para vestirnos. Eran buenos tiempos y él se encargaba cada tanto de recordárnoslos.

    Nos quería ver. Siempre nos quería ver. “¿Un asado? ¿Y la piscina? ¿Quién se raja?”. Y nosotros a veces sí, a veces no. Y como es de esperar: ojalá siempre hubiésemos dicho “sí”.

    Se siente culpa, claro. ¿Cómo se repara? ¿Cómo recuperar el tiempo? ¿Cómo explicarle que no fue intencional? Estuve hundida hartos días pensando en esto. Traté de hacer el cambio con la gente que quiero, de estar más presente. Requiere esfuerzo, constancia. Nunca he sido buena para la constancia.

    Le comento lo de la culpa a una amiga y me dice que esa es una trampa mental. Una distracción para no sentir pena. Y sí. Sentir culpa es como un flotador al que uno puede aferrarse cuando no hay nada más: queda la sensación de que uno podría haber hecho algo para salvarlo. Para evitar todo lo que pasó. Que uno podría, no sé, haber desviado el curso de su historia.

    Sentir pena es soltar el flotador y quedarse ahí, flotando, esperando que cambie tu suerte, tragando agua.

    *

    Me acuerdo de la primera vez que lo vi. Tenía una camisa a cuadrillé con dos botones desabrochados y en el cuello uno de esos collares con cueritos tipo surfista (años después se lo dije: que tenía ese aire de perrito-zorrón-surfista. Se rió, le encantó y hasta se puso coqueto). Estaba nervioso porque estaba postulando a una pega y yo era la reclutadora. Era fácil hablar con él. Yo cortaba con el test de creatividad en esa época: un circulito al lado de otro circulito y así al infinito, y él tenía que ser capaz de crear algo con esos circulitos. No le fue bien. Lo iba a descartar hasta que me llegó un email tres horas después pidiendo disculpas y diciendo que ahora sí se le ocurrían soluciones. Era un correo chistoso. Esa sería una de sus marcas de personalidad, si se quiere: estar genialmente a destiempo.

    Lo contraté. No porque fuese el más creativo o el mejor escritor, pero había algo en él -¿un empuje inocente? ¿unas ganas desesperadas de agradar? ¿una puerilidad que ya se la querría mi sobrino? – que no había visto antes. Lo adoptamos de la misma manera en que uno aguacha un perrito.

    *

    Alan Watts -y perdonen que lo nombre tanto, pero vale la pena- tiene un texto llamado “Sobre el Tantra” donde dice que hay dos maneras de recordar nuestra identidad original como fuente y fondo del universo -voy a resumir, pero así lo plantea-: “1) renunciar al placer, el ascetismo, el desapego: sondear la sensación del dolor hasta sus profundidades para alcanzar la libertad final cuando ya no hay miedo al sufrimiento o a la muerte; o 2) vivir en la aceptación más plena de los propios deseos, sentimientos y sensaciones. Porque si tú eres la divinidad, el yo universal, fascinado en la existencia privada de Juan Pérez, entonces hazlo, sé Juan Pérez hasta el final. Explora la fascinación del deseo, el amor, la pasión hasta sus últimos límites. Acepta y goza sin reservas del ego que pareces ser”.

    Entonces el practicante de los Tantra se sumerge en las cosas que el asceta renuncia -la comida, la sexualidad, la bebida-, pero lo hace abandonándose a esa experiencia de dolor-placer. Así descubre que la existencia es una alternancia de valores: que el elemento “sí” de la energía no puede ser experimentado sin el “no”. En segundo lugar descubre que la existencia es básicamente una forma de danza o música: inmensamente compleja, pero que no requiere explicación alguna. “No bailamos para llegar a un determinado lugar del piso, sino sencillamente para bailar”.

    Pienso en que ese sumergirse en las emociones que propone Watts está cercano a lo de Saunders. Pienso que hace falta.

    *

    A la luz de la muerte todo se ve peor de lo que realmente es. Pero: tal vez todo es realmente peor y hacemos como que no lo es mientras podemos, mientras nos dura la ficción. Tal vez las cosas pequeñas -los gestos que decidimos no hacer, las cosas que damos por sentadas- son mucho más importantes de lo que nos gustaría pensar.

    Cuando mi abuelo se empezó a morir -en esa muerte en vida que es el Alzheimer- y luego cuando murió del todo, me prometí que nunca daría por sentado ningún afecto. Que aprendería a hacer preguntas importantes en vez de perder el tiempo con tonteritas. Que aprendería a demostrar amor con gestos cotidianos. Que aprendería a ver a las personas no por lo que me parecen -o ni siquiera por lo que ellas quieren parecer-, sino por lo que son capaces de enseñarme.

    Y aquí estamos de nuevo, fallando.

    *

    En otro texto Alan Watts habla sobre la generosidad y dice esto: “No es posible de ninguna manera enseñar a una persona egoísta a ser generosa. (…) Pero el amor no es un bien raro o inalcanzable: todo el mundo lo posee. La existencia es amor. Todo el mundo lleva la fuerza en su interior. Tal vez la forma en que descubras la forma del amor, tal como opera en tu seno, sea una inclinación por el vino, los helados, los coches o los miembros atractivos del sexo opuesto o incluso de tu propio sexo. Lo cierto es que el amor está allí. Desde luego, la gente tiende a distinguir ente distintos tipos de amor; existen tipos “buenos”, como la caridad divina, y otros esencialmente “malos”, como la pasión animal. Pero se trata de distintas formas de una misma cosa. Están relacionadas, igual que el espectro producido por la luz que atraviesa el prisma. (…) No existe amor bueno o amor feo, amor espiritual y amor material, afecto maduro por un lado y pasión desmedida por el otro. Se trata de formas distintas de una misma energía, y allí donde la encuentras has de cogerla y dejarla crecer. Alí donde encuentres una sola de estas formas de amor, con sólo regarla verás que el resto también florece. Pero el prerrequisito efectivo, desde un principio, consiste en dejar que las cosas sigan su camino”.

    *

    Dejar el “visto”, olvidarse del todo de contestar. Ser frío cuando el otro te busca. Ignorar. Tonteritas. Tonteritas graves.

    El amor no se agota y vivir en la escasez del amor es de un facilismo terrorífico. Tal vez revertir los gestos poco cariñosos son un primer paso. No es fácil, pero los efectos son inmediatos. Entremedio: ejercitar el músculo de la bondad. Ser constantes.

    Mientras tanto, soltar el flotador y  flotar.

    Ref.:

    George Saunders, Advice to Graduates: http://nyti.ms/2fnF5c6

     

    Volver a las canchas

    Me escribe una chica que no lo está pasando bien. El tema: el acostumbramiento a los cuerpos, o tal vez a un cuerpo en particular y el cómo volver a las canchas. Y, aturdida por una avalancha de flashbacks de hace años, muy poco elegantes, con muchos pañuelos de papel y mocos, le digo que sí. Que sé de lo que habla.

    *

    Me dice que luego de haber estado con alguien por mucho, mucho tiempo, el volver a la soltería y encontrarse con otros ha generado encuentros sexuales que le han resultado desafiantes: no se siente libre de hacer lo que a ella le gusta, de decir ciertas cosas. Territorio extranjero.

    Y es que hay que ir tanteando. Y en el tanteo a veces uno termina caminando en puntas de pies, como para no molestar, como para no parecer rara, como para no desencajar.

    Está hablando de sentirse alien. Y ay del que no lo haya vivido, porque es de esas sensaciones para las que uno nunca está listo.

    *

    Quizás porque yo soy irremediable y ridículamente nostálgica -al punto de que a mí misma me agota- me pasa que siempre que estoy con alguien calibro cuánto extrañaré a ese cuerpo, cuánta falta me hará esto que en este momento tengo tan a la mano, cuánto compararé ese cuerpo a otros cuerpos posibles. Y en ese mismo momento empiezo a echar de menos estando presente. Y me pierdo.

    Pero ese cálculo no es por nada. Es por que la mayoría de las veces -a menos que ese encuentro sea excepcional, relevante, impactante, estelar, magnífico- las personas pasan. Las relaciones se terminan más temprano que tarde. Nos agotamos y luego es bye, bye, alligator, after a while, crocodile. Sniff.

    *

    Pienso que tal vez todo lo que hacemos respecto del amor y del sexo tiene que ver con encontrar un cuerpo y una cabeza que nos parezcan un hogar posible, o un origen, o una respuesta a una pregunta que no nos habíamos dado cuenta de que nos habíamos venido haciendo hace tiempo.

    Bang, bang, bang, paaaafff.

    Caer desfallecidos sobre una cama y decirle al otro: “Hazme lo que quieras”.

    Para mí el amor -o el comienzo del amor- es adorar un cuerpo y sus particularidades: la forma en que alguien se retuerce cada vez que le da un ataque de risa, la manera en que achina los ojos cuando se siente feliz, la forma en que su piel responde a mi manera de tocarlo. Sus lunares, sus pecas, sus cicatrices, sus leves pliegues de piel que no alcanzan a ser arrugas. Quiero memorizarlo todo y por eso me paso mucho tiempo mirando: porque siento que si no lo hago, ese cuerpo se me evapora.

    *

    Tu cuerpo es mi cuerpo.

    O eso es lo que sentimos en algún momento. Como si el cuerpo del otro fuese un territorio conocido al revés y al derecho. Como si lo más normal de la tierra fuese tener ese cuerpo a disposición. Estirar la mano, rozarlo con la punta de los dedos, acercarse a su cuello y olerlo, besarle la oreja.

    Y qué fantasía más bonita esa, la de la compenetración absoluta, la de la eternidad del tiempo.

    *

    Después del amor o de una relación larga o de acostumbrarse a un cuerpo tanto que ese cuerpo se ha vuelto un refugio, es duro volver a otros cuerpos. Ese quiebre es un final, y ese final exige un siguiente volumen: una continuación de una historia que ya no es la misma de antes, un giro. Requiere reajustarse, volver a hacer preguntas, partir de cero. Resucitar la curiosidad. Recuperar la paciencia.

    La intimidad -de la que creo que hablamos poquísimo para lo importante que es- requiere de tiempo, de intensidad, de voluntad. Y la lata es que normalmente cuando salimos con gente nueva nos armamos con una cantidad de capas protectoras que nos inmovilizan. Cual guerrero medieval en plena batalla, ponerse la armadura es inteligente y sensato, pero al mismo tiempo, limitante -nadie corre cual gacela con tanta protección, nadie es una tina tibia en la que uno sumerge la punta de los dedos si andamos tiesos y nerviosos-. El resultado: la torpeza. Nada fluye. Tener sexo es tan relajado como una clase de crossfit (y no salgan con que aman el crossfit porque incluso los que lo practican saben que es una práctica sadomasoquista disfrazada, que en el fondo es similar a pellizcarse los pezones con pinzas).

    ¿Cuánto nos demoramos en ver realmente al otro? ¿Cuánto tiempo tendremos que invertir para aprender a saber qué le gusta, para poder proponerle cosas que queremos hacer con él o simplemente hacerle a él? ¿Cuánto tiempo para que entienda la diferencia entre un saludo con un beso con lengua y otro que es solo un roce de labios? ¿Cuánto para decirle en la cama las cosas que apenas nos atreveríamos a escribirle?

    Toma tiempo. Eso es todo lo que sé.

    *

    Una felicidad sencilla: cuando en plena calentura se pierde el decoro sin perder de vista al otro. Cuando a pesar de que ese cuerpo nos sea todavía desconocido o ajeno, nos atrevemos a decir: hazme esto, tócame así, dime esto. Cuando el otro en vez de pasmarse, lo hace.

    *

    Pienso en la vergüenza, en el pudor. En cuánto uno deja en la cancha y cuánto se guarda.

    Un consejo de mi sabia madre, que pocas veces he seguido: “No te vayas al chancho a la primera, por favor” (viste mamá, te escucho, solo que no te hago mucho caso. Perdóooon). Pero he desobedecido por un buen motivo: porque la situación lo exige. Porque si no hay riesgo -un exponerse, un vulnerarse- el sexo se vuelve fome, un lugar común, mecánico y predecible, polite. Y para tener sexo educadito, mejor ver sola una serie en Netflix.

    Si uno va por el camino salvaje, como diría Lou Reed, hay poco de lo que aferrarse, y eso da susto. Proponer algo y que te digan que no. Tocar a alguien de una manera y que no le guste. Decirle que algo te calienta y darte cuenta de que la sola idea les repele. Atroz. Hundámonos todos.

    Atroz, pero mejor que nada. Mejor que tener sexo tibión.

    Riesgos, pero riesgos buenos, en cualquier caso, porque mientras antes uno sabe qué piso está tocando, mejor, ¿o no?

    *

    Toma tiempo. Toma tiempo desacostumbrarse de un cuerpo y volver a encontrarse con otros. Toma tiempo también porque si uno viene de una relación larga, hay cosas que uno da por hechas -pequeñas comodidades que uno no se cuestiona y que la soltería pone en jaque: hay inseguridades porque a esa persona nueva no tiene por qué gustarle mucho tu cuerpo ni no ser crítico contigo. No tiene por qué mirarte con amor ni mucha tolerancia-. En una relación la base está en la aceptación mutua: este es tu cuerpo, este es el mío, nos gustamos. Con una persona nueva hay un periodo de testeo, de tratar de entender los ritmos del otro. De cachar en qué plano estamos.

    Yo no sé si hay tiempos engranados en nuestras cabezas -tiempos para llorar y extrañar, tiempos para odiar, tiempos para recogerse a pedacitos- pero intuyo que sí. E intuyo que lo tiempos son proporcionales también a la intimidad que se ha tenido con esas otras personas. Es más fácil olvidar un enganche pasajero que un enganche intenso y prolongado.

    Recuerdo haber salido de una relación hace mucho mucho tiempo y sentirme devastada porque no sabía qué hacer con mi cuerpo ni con mi cabeza para poder pensarlos como algo distintos a los de él, cómo hacer para asumir que tendría una historia que en el futuro sería divergente, con otra persona.

    Tal vez no podemos hacernos los tontos con esto: el tiempo que pasamos compartiendo con otros -y, obviamente, con sus cuerpos- es un tiempo en el que nuestros cuerpos se adaptan a su presencia, a su manera de tocar, a la historia que ellos mismos se cuentan y en la que nos incluyen. Cuando esos caminos divergen, requiere de un periodo el volver a nuestro centro a reacondicionar las piezas.

    Y es recién ahí damos vuelta la página, empezamos de nuevo, y recién ese comienzo es el puntapié para volvernos a enamorar. O al menos a tirar bien.

    No funcionar

    Me llega una sugerencia, de parte de un lector, para hablar sobre cuando “no funcionamos” sexualmente. Primero, aclarar: ¿qué significa “no funcionar”?

    En los hombres -dejaré otro post para las mujeres-, usualmente nos referimos a:

    • Disfunción eréctil o impotencia (o en buen chileno, cuando no se para),
    • Eyaculación precoz (o, perdonando el francés, irse cortado demasiado rápido, durar poco -siempre subjetivo-). Es la incapacidad de controlar la eyaculación, ya sea eyaculando antes de la penetración o después, en breve (o brevísimo) tiempo.

    Ojo: hay un montón de desórdenes o malestares psicológicos, y enfermedades o síntomas fisiológicos que afectan la experiencia sexual. En sexualidad, a todo esto, un problema es un problema cuando el sujeto lo pasa mal y/o genera dificultades interpersonales. Hay parámetros, pero todo es bien relativizable y siempre es necesario chequear la multiplicidad de factores que pueden estar afectando: desde una herencia neurológica, enfermedades concurrentes, hasta problemas relacionales.
    *Esta parte me da un poco de lata porque es lo que sale en todos los artículos de internet, así que si alguien quiere que haga un post más técnico, que lo pida y feliz ordeno la info, pero por ahora creo más interesante pasar a otras cosas. A tu cabeza y a la mía, por ejemplo.

    *

    Pongámonos en el escenario más catastrófico, clásicamente heterosexual: tienes un encuentro casual con una mina que te gusta/calienta y a la hora de los quiubo no se te para. Pongámosle un nivel más de dificultad: a la mina le encanta la penetración, para ella un acto sexual completo tiene que incluirla. Un nivel más: para ti también es fundamental: tener sexo “de verdad” es penetrar (y todas esas ideas de la Edad Media). Entonces, nada: se supone que deberías estar en pleno y tu mini-me no funciona. Te falla en la trinchera. Los dioses no están contigo.

    La salida lógica: huir. Obvio. Porque no tienes la confianza como para pensar que se verán de nuevo y recomponer la experiencia, y tampoco le vas a empezar a contar por qué andai tenso o que en realidad te pone muy nervioso estar en una situación en la que piensas que te están evaluando…porque aunque ella te dijera que le da lo mismo, no le creerías, porque obvio que al día siguiente -O TAL VEZ AHORA MISMO- le está mandando un Whastapp contándole a todas sus amigas que no funcionaste. Eso hace, evidentemente, que te pongas más nervioso y que -¿es posible?- hasta se te encoja un poquito.

    Pffff. Si es así, mejor ni intentar tirar, ¿o no?

    *

    Ay, el caos. Ay, qué hacer. Ay, qué presión. Así es como algo que en teoría es uno de los placeres más básicos y exquisitos de la experiencia humana se puede convertir en una pequeña pesadilla.

    Entonces, ¿qué significa “no funcionar”? ¿Por qué nos importa? ¿Qué nos pasa cuando “no funcionamos”?

    Uso las comillas apestosas porque no adhiero a la idea de funcionamiento, aunque entiendo que sea así como lo expresamos porque normalmente pensamos el sexo de estas formas más o menos pencas: como una manera probar nuestro poder/ potencia sexual -demostrarle al otro y a nosotros mismos que sabemos hacerlo, que somos buenos en la cama- o como una manera de afirmar nuestra sexualidad. En ambos casos el sexo es una manera de lograr algo más: una herramienta para un fin. Por eso: “no funcionar”.

    Ante el mal rato que implica el que el cuerpo nos “juegue una mala pasada”, sentimos cosas: algunos se avergüenzan, otros se frustran, otros se hacen los locos, otros se esfuerzan en superarlo buscando soluciones rápidas, algunos tienen problemas de autoestima y otros se ponen súper ansiosos respecto del sexo.

    Pero el asunto central está en entender que el cuerpo no te hizo una zancadilla: tú eres tu cuerpo. Tu cuerpo no dejó de funcionar y tu cabeza no te cagó la onda. Nadie traicionó a nadie: no hay un juego de dobles porque lo único que hay es tú -tú completito- en una situación sexual, haciendo como si estuvieras sobre un escenario jugando todos esos roles. ¿Quién es el culpable? ¿El inconsciente? ¿Ese otro yo desdoblado que no soy yo pero que tiene poder sobre mí? Pensar así, es obvio, no tiene mucho sentido, porque es insistir en la disociación.

    *

    Cuando estamos en la cama estamos enteros, y creo que todos los problemas que uno pueda creer que tiene aparecen cuando entramos en la lógica disociada: está mi cabeza, pero no estoy en cuerpo; o está mi cuerpo, pero mi cabeza anda en cualquier parte. Es súper penca, porque cuando eso pasa no es que sea intencional: se siente como si fuese inevitable, como si algo más grande que nosotros mismos hubiese decidido ya.

    La propuesta va por otro lado. ¿Qué pasaría si en vez de funcionar nos ocupáramos más de estar presentes? (Sí, suena a bullshit zen, pero dame un momento). ¿Si en vez de angustiarnos por si se nos pone más o menos duro, si duramos más o menos aguantando eyacular, etc, nos enfocáramos en lo rico que es estar con el otro? ¿En el privilegio de poder compartir tu cuerpo con el otro? ¿De poder tocarlo y dejar que te toque? ¿De probar maneras de acercarse, roces posibles? ¿Si en vez de calcular cuánto duras te concentras en la manera en que el otro respira, en la forma en que su cuerpo se pega al tuyo, en la manera en que tu piel le despierta cosas a su piel?

    *

    Desde el momento en que el sexo deja de operar como función, nuestros cuerpos también: hay una liberación. Porque, al igual que con otros placeres, la actividad cambia de cualidad ante nuestros ojos: si voy a comer para obtener energía para correr una maratón, tal vez pondré poca atención al talento culinario con el que se preparó la comida. Sí, estoy comiendo, pero estoy enfocado en otra cosa que no es la comida, y la misma actividad -masticar, alimentarse, digerir- va a generar una sensación distinta y provocarme cosas diferentes a si, por ejemplo, preparo un plato porque quiero probar un tipo de cocina que nunca he probado antes -estaré atenta a qué hace que sea diferente, qué la caracteriza-, o porque simplemente siento hambre -tengo GANAS de disfrutar de algo que siento que me estaba faltando-.

    *

    Cerraré con una opinión personal.

    Me ha pasado tener encuentros con gente con la que he andado a tropezones. Pasa, no he salido invicta. Pero las veces en que esa situación -de dificultad eréctil o de eyaculación precoz- ha sido tema ha sido cuando el tipo se ha frustrado o aislado, cuando en vez de explorar otras cosas se ha concentrado en cabecearse contra la pared, cuando por vergüenza o frustración se ha vuelto frío o ha perdido interés en lo que estábamos haciendo. Es raro, porque cuando pasa eso es como si en medio de una fiesta uno de los invitados decidiera que se acabó todo y prendiera las luces -y uno queda como “¡nooo, pero si justo ahora íbamos a bailar mi canción preferida!”, con la pintura corrida y la propia dignidad un poquito herida-. Las fiestas no son unilaterales. Si estamos en algo, estamos los dos en la misma.

    Como mujeres también nos pasa. A veces uno no está al 1000%: no te mojaste tanto, o te pasa que la descordinación de los cuerpos te mata. O cachai en mitad del asunto que tal vez estarías mejor en tu propia cama, viendo Netflix y engordando voluntariamente a punta de chocolate. Zancadillas mentales. Tropezones que te sacan de la parte más rica de estar con el otro: darse cuenta de que se eligieron, de entre todas las otras personas posibles. Darse cuenta de que se gustaron. Darse cuenta de que mutuamente han puesto el cuerpo del otro a disposición para pasarlo increíble /mejor que cualquier parque de diversiones). Y ¿qué hace la mina atormentada? Mira el techo mientras la penetran. (Punto extra y estrellitas para los hombres que cuando se dan cuenta de que hay un problema de hidratación, si bien no de entusiasmo, se ofrecen a a hacer sexo oral).

    *

    Me importa bien poco qué terminamos haciendo en la cama, pero sí me importa un montón que lo que sea que hagamos lo hagamos con ganas, como si se fuera a acabar el mundo, con una desesperación adolescente por descubrir el cuerpo del otro. Si no, me da lata. Entonces si a mi pareja, transitoria o de largo plazo, “no se le para” o “acaba rápido”, me da lo mismo, mientras eso no signifique que alguien decide irse taimado a su casa. Los invito a pensarlo así. A seguir bailando.

     

    Refs.: están buenos estos links

    https://kinseyconfidential.org/ pueden mandar preguntas y se las responden.

    http://www.bumc.bu.edu/sexualmedicine/physicianinformation/epidemiology-of-ed/ Causas posibles de disfunción eréctil.

    https://kinseyconfidential.org/los-recursos-en-espanol/problemas-sexuales-comunes-la-disfuncin/

     

    Amores platónicos

    Cuando era chica tenía una mejor amiga, F.: de cara redonda y pelo corto a la altura de las orejas, piel blanca y pecosa, dientes pequeños y ojos de un celeste deslavado que me parecía precioso y que, desde el fondo de mi corazón de 9 años, envidiaba. Éramos compañeras de banco, pero más que eso, éramos un pack: si alguien pensaba en mí, debía considerarla a ella, y viceversa. Inseparables. “Uña y mugre”, decía mi mamá. Al final del día, cuando llegábamos a nuestras casas, esperaba su llamado o, ya pasadas un par de horas, la llamaba yo. Recuerdo la felicidad absoluta de escuchar la voz de la otra a la distancia. Teníamos secretos inconfesables -todo lo inconfesables que pueden ser los secretos a esa edad- y planes para el futuro: viviríamos cerca, nuestros hijos serían amigos, nuestros maridos (porque habría maridos), serían amigos también. Tendríamos una vida juntas, porque la vida sin la otra era impensable.

    “Terminamos” cuando cumplimos 14: ya no estábamos en la misma sintonía, de la misma manera en que las parejas terminan. Me encontré sola luego de años de devoción platónica. Con el tiempo empecé a tener nuevas amigas, pero estas amistades no eran ni una pizca de intensas de lo que había sido mi amistad con F.: más rígidas, tal vez incluso más competitivas, menos entregadas. Algo se había roto.

    Me resulta evidente ahora que ella fue la primera forma de amor que conocí -aparte del de mi familia-. Un amor platónico, con todos sus beneficios, dolores y compromisos.

    *

    Un amigo me envía un link a un artículo en el que Mark Greene toma un libro de Niobe Way que investiga la soledad de los hombres y la vincula a la pérdida de las amistades de la niñez producto de una exigencia sociocultural de “hacerse hombres”; es decir, de encajar en un ideal de masculinidad donde no pueden darse el lujo de correr el riesgo de ser considerados gay, demasiado suaves o sensibles. En la necesidad de representar ese rol, tienen que negar su lado femenino y adoptar un régimen emocional estricto para probar que son “hombres”.

    ¿Qué es ser hombre? ¿Hacerse hombre? ¿Ser masculino? A la rápida, el estereotipo del llanero solitario, del hombre que no llora ni se conmueve, de la mirada práctica y desapegada de las cosas. El hombre que usa el sexo como validación de su poder sexual, no como una conexión con el otro. Que es dominante e incluso violento. Si va a mostrar una emoción esa emoción será la ira o la excitación. Es duro, y le gusta ser duro. (Estamos de acuerdo: es un estereotipo que fomenta el sexismo y la homofobia).

    A esa pérdida de amistad le sigue una desconexión emocional y un duelo, más o menos consciente. Para encajar en la cajita del macho, hay que matar relaciones y, de la mano, espacios de intimidad. ¿Con quienes se comunican de verdad esos adolescentes y, luego, esos hombres? ¿Cómo se cultiva un espacio de intimidad si con los amigos solo se pueden “hacer cosas” (carretear, hacer deportes)? ¿Con quiénes hablan?

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    “Hablan poco o nada”. O eso es lo que me comenta siempre una amiga. “No tienen lenguaje. Son mudos”. Y cuando dice esto último se refiere a que la manera en que hablan de las cosas es descriptiva o indicativa, basada en cosas que pasan o pasaron o pasarán. No hay gama emocional en su discurso porque para poder identificar lo que uno siente y conectarse con ellos es necesario poder nombrarlo, diferenciarlo de otras cosas, hacerse cargo. Si no se habla, no existe. O se confunde con otras cosas, se diluye.

    Podemos estar de acuerdo o no con mi amiga: poco lenguaje, o lenguajes diferentes o simplemente que ella espera más de los hombres con los que se involucra. Pero -PERO- hay algo que decir sobre la dificultad de comunicarse entre hombres y mujeres y entre hombres y hombres. Y algo me hace sospechar que hay algo que se pierde, un potencial de felicidad y placer que podría aprovecharse.

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    Hay una intimidad rica en la amistad, pero hacemos poco por fomentarla. He hablado otras veces sobre lo importante de decirle a nuestras parejas y amigos que nos gustan, que disfrutamos de su compañía y que, cuando están lejos, nos faltan. Hay una fragilidad en la calidad de la conexión con nuestros amigos que no cuidamos lo suficiente. A medida que armamos nuestra vida nos centramos en nuestras parejas y familias, recortamos “el resto”. Es peligroso, más de lo que nos atrevemos a reconocer: son vínculos distintos y poner solo foco en el romance, en el sexo, en la pareja y cortar el resto tiene efectos de harakiri.

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    Hace un montón de tiempo atrás este mismo amigo me mandó el link de un ensayo de Emma Lindsay que hablaba sobre la dificultad de estar soltero y bancarse el que nadie te toque. Pensé en este artículo cuando leía el de Mark Greene. Pensé también en cómo nos vinculamos a los cuerpos de los otros, bajo qué reglas. Pensé en los prejuicios en torno al estar soltero, tal como los plantea Lindsay: estar dañado o incompleto, vivir a medias, necesitar “mejorarte a ti mismo” para estar en pareja, como si estar soltero fuese un defecto del carácter. Estar soltero, especialmente pasado los treinta, es estigmatizante. Pero el asunto que le preocupa de verdad a Lindsay es que nadie la toca. Que hay días y semanas en que nadie la toca. Que ella puede tocarse a sí misma, pero no es lo mismo. Y que el contacto físico con nuestros amigos es tan limitado que ni siquiera está libre de un carácter sexualizado.

    Elegimos a nuestros amigos porque nos gustan: ya sea su personalidad, sus chistes fomes, sus cuerpos distintos a los nuestros, sus desbalances emocionales, sus arranques sentimentales, sus excesos y sus carencias. Los elegimos como se elige una pareja aunque, tal vez, con algo más de generosidad: centrándonos en lo bien que lo pasamos con ellos -y no en si nos convienen o no-, en cuán felices nos hacemos mutuamente, en las ganas de ser testigos de sus decisiones, en la curiosidad de ver a dónde los llevará la vida.

    El afecto de los cuerpos que queremos es clave. Y no es suficiente tener una comunicación digital: incorporemos las voces, los abrazos, las risas, las miradas. Toquémonos con afecto. Hagámonos cariño en la cabeza. Hablemos -con más o menos lenguaje-, pero pongámonos ahí completos, de cuerpo entero, celebrando que nos gustamos. Cultivemos el amor platónico con la misma intensidad con la que cultivamos el amor romántico.

     

     

    Refs.:

    Why do we murder the beautiful friendships of Boys? http://bit.ly/2u91HA0

    Being single is hard http://bit.ly/2icB4rj

    Hay un montón de autores que trabajan la mirada performativa sobre la sexualidad y el género. No me metí en ellos porque la discusión es larga y este post no tiene ganas de convertirse en una discusión teórica.

    Hablar sucio

    ADVERTENCIA: este no es un posteo suavecito, así que los sensibles, favor abstenerse.

    Hace unos días me llegó una pregunta sobre cómo hablar sucio -el “dirty talk” del sexting, del sexo telefónico y de la cama-. Convengamos en que cuando queremos excitar a alguien, hablar de lo bonito que son sus ojos no es lo más efectivo.

    Tengo en mi celular el pantallazo de una conversación hot que mi amiga D. tuvo con un tipo de Tinder. No voy a entrar en detalles, pero hay harto de meter, chupar, rajar, chorrear, tragar, tirar el pelo, etc. Cuando lo leí me sonrojé (además de felicitar a mi amiga por su talento descriptivo). Personalmente la idea del sexting me pone muy nerviosa, porque creo que el riesgo de fracaso es demasiado alto (faltas de ortografía, puntos suspensivos, una palabra mal usada y pafff). Otra cosa es en el acto. Pero, bueno, de eso quiero que hablemos hoy. Yo no soy experta y se me ocurrió hablarlo con dos amigas, S. y D. Todo lo que viene a continuación es esa conversa digerida.

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    Algo que siempre pregunto cuando entrevisto gente para los perfiles sexuales es si les gustan que les digan cosas en la cama y qué ha sido lo mejor o lo peor que les han dicho. Acá nunca hay puntos medios: o les encanta o les carga. Muchas mujeres me han dicho que les gusta que las traten de “zorras” o “maracas” o “putas”. Uno me dijo que se le pasaba todo cuando le decían “papi”. Una amiga casi se murió de vergüenza ajena cuando un tipo le dijo “¿quieres mi lechita?”. De que hay variedad, la hay.

    A D. el tipo le mandó una foto anatómica y le dijo “Es lo más grande que puede estar sin estipulación de ningún tipo. Lo quieres ver más grande…”. Ojo, ESTIPULACIÓN. Quería decir “estimulación”. Así es como de un momento a otro algo erótico se puede convertir en un chiste (grupal, a estas alturas, ya que todas queremos estar “estipuladas”).

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    Hay dos escenarios donde se da la conversa “sucia”: larga distancia o presencial.

    LARGA DISTANCIA

    Por teléfono, ya sea llamado o chat, por Skype, por mensajitos, por Facebook, por Whatsapp, por mail, por lo que sea. Según D., este tipo de conversación encierra una promesa de lo que el otro quiere hacer contigo o de lo que fantasea, y en esa medida, el lenguaje tiene que tener un carácter más duro cuando se trata de partes del cuerpo: acá no caben as delicadezas como “pene”, “vagina”, “nalgas” ni -Dios mediante- “colita”. Cursilerías, no (y estoy muy de acuerdo). Palabras más vulgares, si se quiere, como “culo”, “teta”, “pico”, etc. Una descripción de lo que quieres hacer con el otro o lo que le quieres hacer. Lo que calienta, entonces, es enterarse de esa promesa, fantasearlo juntos.

    Yo creo que para tener ese tipo de chats sin que sea repelente, es súper importante meterse un poco en la cabeza del otro y conocer qué le gusta, qué lo mueve, qué lo excita. Hay minas y hombres a los que les gusta algo de violencia, para otros es lo menos erótico que hay. Entonces el “te voy a tirar el pelo” puede ser o muy excitante o simplemente poco sexy. Tener estas conversaciones en frío -sin conocer a la persona o sin tener suficiente intimidad- es arriesgado, pero si te sale bien, celebramos todos.

    PRESENCIAL

    Frente a frente, o antes de tirar o durante. Acá hay un salto, porque a la distancia la recepción negativa puede atenuarse, pero si estás en la cama se nota altiro y puede haber un desajuste que arruine la onda. Ahora bien, lo bueno es que se puede dar un escenario más exploratorio, ir tanteando y tener feedback altiro.

    Cuando es a la distancia hay una promesa que excita, cuando estás en persona, ¿de qué se habla?  En principio, de lo que te gusta: de lo que te están haciendo o quieres que te hagan ahora ya, de cómo se siente lo que están haciendo. Se refuerza el acto con órdenes, con indicaciones.

    Acá yo también creo que es clave el juego de roles -no necesariamente escenificado-, y para eso es necesario entender qué excita al otro. Por ejemplo, hay muchas mujeres a las que les calienta que las traten de “perras” o “zorras” o “putas” o “maracas”, y eso puede funcionar súper bien si su pareja tiene la misma fantasía complementaria (la del sujeto que castiga o corrige, por ejemplo), pero también puede ser una receta para el desastre si el otro no está en esa sintonía (“dime zorra”, “ehhhhh ¿zorra?” o al revés  “eres mi puta, dilo”, “ehhh soy…tu… ¿puta?”). Personalmente yo prefiero que me digan cosas y me saca mucho del momento decir cosas yo, entonces cuando me he topado con un narrador deportivo o de entrevistador –“¿te gusta? ¿y ahora? Dime qué estás pensando”- me dan ganas de salir corriendo. Pero ojo, esa soy yo. Tal vez a otras personas eso les encanta.

    Para ahorrarse el mal rato hay que hacer la pega antes: hablar un poquito de qué le gusta al otro. Esto puede ser hecho de manera súper indirecta, tal vez averiguando qué tipo de películas le gustan (y no, no me refiero a preguntarle por su porno preferida, pero sí cachar qué tipo de historias le atraen: ¿le gustan las historias donde la mina es super power o es una flor inocente? ¿se identifica con las malas de las películas o con las víctimas? Las personas entregan un montón de información que tiene que ver con su imaginario sexual. Hay que estar atentos).

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    LÍMITES

    ¿Es necesario ser violento o decir cosas brutales para hablar sucio? ¿Hay que impostar un poco? ¿Hacerse el bacán?

    Sosteniendo el principio básico de que el sexo es uno de los pocos espacios de libertad absoluta que uno puede tener: NO es necesario hacer nada en la cama con lo que uno no se sienta cómodo. ¿Y si te lo piden? Prueba. ¿Y si no te gusta? No lo haces más. ¿Y si el otro se siente? Ese es problema del otro.

    Según S. hay que decir lo que uno quiere decir y tirarse: es exploratorio y el riesgo de cagarlas siempre está presente. Obviamente, evitar ser un rayado y decir “te quiero cortar la cabeza etc”. En el tanteo se va revela hasta dónde se puede ir llegando. Hay que ser asertivo: no porque a ti te caliente, le calentará al otro. Tal vez el mejor consejo es este: partir liviano.

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    Todos sabemos que tener sexo involucra más que el cuerpo: sí, hay dos (o más) cuerpos que deciden tocarse, pero también hay cabezas, hay recuerdos, hay fantasías, hay ideas sobre lo que es sexy y lo que no, hay ideas sobre lo que es correcto hacerle un cuerpo o no. Hablar durante el sexo es una manera de conectar esa cabeza al cuerpo. Hay algo bonito en eso: en tratar de verbalizar lo que es pura carne y movimiento. En poner atención no solo a cómo te tocan, sino también a la agitación del respirar del otro, a las cosas que está dispuesto a decirte. Hay cosas que uno dice en la cama que en ningún otro escenario serían aceptables y no tomar ese espacio para decirlas es perderse de una oportunidad liberadora.

    Es difícil tener buen sexo si se siente vergüenza. Es por eso que las primeras veces suelen ser un poco decepcionantes: uno tiende a jugar dentro de lo convencional, como para no espantar. Pero si lo miramos por lo que es, si uno ya está en la cama, tiene pocazo sentido hacerse los pudorosos. Si ya estás sin ropa con alguien, ponerse receloso de “no quiero que piense mal de mí porque me gusta x cosa” o “me da vergüenza esta posición” o “me da plancha decir x” es bien contraproducente.

     

     

    Links

    Perfiles sexuales: https://veronicawatt.com/perfiles/

    Wanderlust: talking dirty https://youtu.be/4utAnqqfLEw

    Mi cuerpo no te pertenece – TRADUCCIÓN

    [Leí este texto el 17 de junio y quise traducirlo el 17 de junio.
    Sorry, NY Times, por no pedir permiso, pero el texto vale la pena como para correr este riesgo.
    El ensayo fue escrito por Heather Burtman para Modern Love. Lee acá la versión en inglés. ]

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    Cuando el desconocido me gritó desde la ventana de su auto, yo llevaba en brazos mi Zaioculcas zamiifolia, una planta tropical grande que había comprado recién en un invernadero. No pude escuchar lo que dijo, pero estoy segura de que no era un halago a mi planta.

    Sus palabras, sean cuales fueren, me recordaron todos los comentarios despectivos y las propuestas vulgares que había escuhado antes, desde distintas ventanas de autos y de distintos hombres: eran comentarios sobre mi cuerpo y sugerencias sobre lo que podría hacer con él. Cuando cumplí 16 fue como si mi cuerpo hubiese dejado de pertenecerme y en cambio le perteneciese al mundo y a ciertos hombres que manejaban sus autos a lo largo de él.

    Cuando era chica y jugaba sin polera en el jardin de mi familia mi cuerpo se sentía como algo que me pertenecía solo a mí. Teníamos un rectangulito de tierra dentro del que podíamos excavar un rectángulo más pequeño y ese pedazo de tierra más oscuro era nuestro jardín. A los cinco, a los seis, a los siete, mis hermanos y yo nos reíamos cuando sacábamos pedazos de pasto y hacíamos unas lluvia de tierra que subía por nuestras narices y bajaba por nuestros pechos.

    Me gustaba como se sentía esa tiera, recién recogida, contra mi piel, y le pedía a mi madre que me enterrara de la misma manera en que lo hacía algunas veces en la playa. Me enterraba a la mitad y yo sonreía y posaba para una foto. Me gustaba estar así: ser un torso desnudo y cubierto de lodo con un puñado de semillas que, pensaba, podrian convertirse en zanahorias y arar un futuro en el que mi cuerpo fuese mi cuerpo. Y tu cuerpo fuese tu cuerpo.

    La desnudez era nadar en la bahía cuando la luz del sol se apagaba detrás de los manzanos. Cuando caminábamos por la calle y los hombres nos sonreían, no era en ese sentido.

    En los últimos años de la secundaria fui a mi sengunda prueba de sostenes a JC Penney y la señora que me atendió hizo un gesto de desagrado con la naríz cuando me dijo mi talla de copa, como si estuviese pensando “cómo te atreves a tener esas”.

    Desde ese momento fui la guardiana de un secreto: hay tallas más grandes que DD. Puedes ser H, por ejemplo. Esa es una talla inglesa. O una K. Esa es una talla americana. Los ingles hacen mejores sostenes. Yo era la chica pechugona. Me hacían chistes, mis amigas me halagaban, habían promesas de que mi futuro pololo o marido o amante tendría muchos motivos para estar contento.

    Había hombres que me comían con los ojos. Hombres que preguntaban: “¿Son de verdad?”.

    No sabía cómo responder. No recordaba haber decidido concientemente su tamaño ni haber hecho nada al respecto.

    Por esa época me di cuenta de que, en este mundo, habrían muchos momentos en los que mi cuerpo no se sentiría como mi cuerpo. Cuando estaba en una discotheque y un hombre me agarraba el poto y luego las manos para invitarme a bailar. Puedes decir que no 100 veces, igual te va a arrastrar hacia él.

    Está el nudo de sus manos y las tuyas, y mientras más tratas de deshacerte de él, más te atrae hacia él. Es como un juego para él, como uno de esos tubos de colores que te atrapan los dedos cuando tratas de deshacerte de ellos.

    Si tienes suerte, tus amigas le girtarán hasta que te suelte. Te pararás ahí, aturdida, dándote cuenta de pronto cuán pegajoso está el suelo y preguntándote si en el baño habrá un jabón que huela rico, un jabón que huela a verano, a ser joven, a estar afuera. Pero ese es el olor de otro mundo, otro mundo que parece no existir.

    Cuando camino al trabajo y los hombres me sonríen, no son sonrisas amorosas. “¿Cómo te llamas?”, dicen. “Dale, dime tu nombre”.

    Me siguen, sus pasos se sienten como árboles que caen. Lo puedo sentir en el aire, su necesidad de quitarme algo. No tiene que ver conmigo en especial, conmigo como sujeto. No tiene nada que ver con que yo haya sido en algún momento una jardinera audaz con una tetera plástica azul y una colección de puzzles Ravensburger.

    Si les dijera mi nombre, ¿lo recordarían? ¿Me invitarían a comer y escucharían cuando les contara las historias de mi infancia? ¿Sería eso amor verdadero?

    Puedo imaginarme la escena ahora mismo. Estoy tomando un desayuno tardío con unas amigas en un lugar que sirve Bloody Marys sin fondo y huevos ligeramente pasados. Luego de la tercera ronda nos encontramos hablando del típico tema: cómo conocimos a nuestras parejas.

    Mis amigas se inclinan un poco más hacia mí y me dicen: “Heather, por favor cuéntanos esa historia de nuevo. Cuéntanos cómo conociste a Lyle”.

    “Bueno”, empiezo, sorbiendo lo último  que queda de mi Bloody Mary. “Estaba caminando por la calle y Lyle iba manejando por ahí y gritó ‘Oye, nena’ y luego me pidió que tuviese sexo con él. Y luego pensé ‘Este sí que vale la pena'”.

    Ese comportamiento no es mío. No se trata de amor. Ni siquiera se trata de sexo. Se trata de miedo y poder. No sé qué es lo que ciertos hombres obtienen de alimentarse de ese tipo de cosas. Tampoco quiero saber.

    Una vez viajé a Francia y me arrimé al brazo de una amiga mientras un hombre nos seguía por media milla, gritando no sé qué cosa. Estaba el río resplandeciente, el puente de piedra, la crepería cerrada porque ya era tarde, pero solo existía el miedo.

    “Podemos manejarlo”, le murmuré. “Si es que pasa algo, digo”.

    Seguimos avanzando, calculando la distancia entre el cazador y la víctima. Estaba demasiado asustada para pensar y me sentía demasiado insegura como para dilucidar cómo llamar a la policía.

    Una vez, en Connecticut, un hombre pasó a mi lado para luego darse la vuelta y volver a pasar.

    “Dios”, pensé. “Volvió”. Sentí cómo descendía el  miedo, como un paracaídas de colores en un juego del gato y el ratón. Habló, se rió, me miró mientras yo trataba de no pestañear. Yo siempre pestañeaba. ¿Cuál es el verbo? Saborear. Deleitarse torturando al otro. Sadismo.

    Si alguien te hace esto, no te rindas, no le sonrías. Siempre me digo que seré la mujer fuerte que mi madre me enseñó a ser y que no debo sonreír, pero casi siempre lo hago.

    Una vez un hombre me dijo: “¿Sabes quién soy? Soy Don Juan, soy el mejor amante del mundo. Compruébalo”.

    Y yo pensé: bien por usted, señor. Bien. Y le sonreí. Incluso me reí.

    Otro hombre otro día se paró frente a mí en la vereda mientras atardecía. Estaba con sus amigos y alargó sus brazos y me acercó hacia él. Y ¿qué hice? “Me tengo que ir”, le dije. Le ofrecí una sonrisa dulce. Camina, no corras. Huelen el miedo. Cazan.

    Nunca volveré a tener seis años. Ya no me acuerdo de cómo es tomar el sol sin polera con un jardín contra mi cuerpo, o que alguien tome una foto de mi torso desnudo y la revele en Wallgreens. Tengo veinticuatro y mi cuerpo hace que la vida me resulte peligrosa. Mis pechos, mis caderas, la forma en que camino. Los pechos de cualquier mujer, las caderas de cualquier mujer, la manera en que cualquier mujer camina.

    De alguna manera, todo es demasiado tentador. Nuestros labios gruesos o finos. Nuestros cuellos expuestos bajo una melena o nuestro pelo largo, o las puntas partidas que nos sacamos cuando vamos en el bus. Nuestras orejas perforadas o no. Nuestros infinitos circulos umbilicales bajo nuestras poleras. Nos vemos demasiado bien en nuestras poleras y en nuestros jeans. Nos vemos demasiado bien en nuetros abrigos, acarreando plantas por la calle.

    Cuando caminamos a nuestros departamentos, tarde en la noche, llevamos nuestras llaves en las manos y saltamos al ver sombras de sombras. Durante el día, hacemos como que nunca hemos tenido miedo.

    Hace algunos años, en la calidez del verano, me paré desnuda en un muelle y mi cuerpo era mi cuerpo. Dos amigas mías estaban paradas a mi lado. Sus cuerpos eran sus cuerpos. Nuestros pechos eran nuestros pechos. Nuestras ropas eran nuestras ropas que habíamos elegido ponernos y quitarnos, dejándolas en montones cálidos sobre la madera fría, al lado de nuestras huellas húmedas, que también eran nuestras.

    Cuando nos tiramos al agua, fue porque quisimos hacerlo. Las algas se frotaban contra nuestros cuerpos, indiferentes, rodeando nuestros dedos  de las manos y de los pies y nuestra caderas, sin saber o sin preocuparse de qué era qué.

    Salpicamos agua con nuestros puños y gritamos, pero si  teníamos miedo, era solo de los pescados. Eso nos hacía reír. Saludamos al cielo oscuro, estrellado y silecioso, y no nos silbó ni nos guiñó de vuelta.