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Volver a las canchas

Me escribe una chica que no lo está pasando bien. El tema: el acostumbramiento a los cuerpos, o tal vez a un cuerpo en particular y el cómo volver a las canchas. Y, aturdida por una avalancha de flashbacks de hace años, muy poco elegantes, con muchos pañuelos de papel y mocos, le digo que sí. Que sé de lo que habla.

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Me dice que luego de haber estado con alguien por mucho, mucho tiempo, el volver a la soltería y encontrarse con otros ha generado encuentros sexuales que le han resultado desafiantes: no se siente libre de hacer lo que a ella le gusta, de decir ciertas cosas. Territorio extranjero.

Y es que hay que ir tanteando. Y en el tanteo a veces uno termina caminando en puntas de pies, como para no molestar, como para no parecer rara, como para no desencajar.

Está hablando de sentirse alien. Y ay del que no lo haya vivido, porque es de esas sensaciones para las que uno nunca está listo.

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Quizás porque yo soy irremediable y ridículamente nostálgica -al punto de que a mí misma me agota- me pasa que siempre que estoy con alguien calibro cuánto extrañaré a ese cuerpo, cuánta falta me hará esto que en este momento tengo tan a la mano, cuánto compararé ese cuerpo a otros cuerpos posibles. Y en ese mismo momento empiezo a echar de menos estando presente. Y me pierdo.

Pero ese cálculo no es por nada. Es por que la mayoría de las veces -a menos que ese encuentro sea excepcional, relevante, impactante, estelar, magnífico- las personas pasan. Las relaciones se terminan más temprano que tarde. Nos agotamos y luego es bye, bye, alligator, after a while, crocodile. Sniff.

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Pienso que tal vez todo lo que hacemos respecto del amor y del sexo tiene que ver con encontrar un cuerpo y una cabeza que nos parezcan un hogar posible, o un origen, o una respuesta a una pregunta que no nos habíamos dado cuenta de que nos habíamos venido haciendo hace tiempo.

Bang, bang, bang, paaaafff.

Caer desfallecidos sobre una cama y decirle al otro: “Hazme lo que quieras”.

Para mí el amor -o el comienzo del amor- es adorar un cuerpo y sus particularidades: la forma en que alguien se retuerce cada vez que le da un ataque de risa, la manera en que achina los ojos cuando se siente feliz, la forma en que su piel responde a mi manera de tocarlo. Sus lunares, sus pecas, sus cicatrices, sus leves pliegues de piel que no alcanzan a ser arrugas. Quiero memorizarlo todo y por eso me paso mucho tiempo mirando: porque siento que si no lo hago, ese cuerpo se me evapora.

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Tu cuerpo es mi cuerpo.

O eso es lo que sentimos en algún momento. Como si el cuerpo del otro fuese un territorio conocido al revés y al derecho. Como si lo más normal de la tierra fuese tener ese cuerpo a disposición. Estirar la mano, rozarlo con la punta de los dedos, acercarse a su cuello y olerlo, besarle la oreja.

Y qué fantasía más bonita esa, la de la compenetración absoluta, la de la eternidad del tiempo.

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Después del amor o de una relación larga o de acostumbrarse a un cuerpo tanto que ese cuerpo se ha vuelto un refugio, es duro volver a otros cuerpos. Ese quiebre es un final, y ese final exige un siguiente volumen: una continuación de una historia que ya no es la misma de antes, un giro. Requiere reajustarse, volver a hacer preguntas, partir de cero. Resucitar la curiosidad. Recuperar la paciencia.

La intimidad -de la que creo que hablamos poquísimo para lo importante que es- requiere de tiempo, de intensidad, de voluntad. Y la lata es que normalmente cuando salimos con gente nueva nos armamos con una cantidad de capas protectoras que nos inmovilizan. Cual guerrero medieval en plena batalla, ponerse la armadura es inteligente y sensato, pero al mismo tiempo, limitante -nadie corre cual gacela con tanta protección, nadie es una tina tibia en la que uno sumerge la punta de los dedos si andamos tiesos y nerviosos-. El resultado: la torpeza. Nada fluye. Tener sexo es tan relajado como una clase de crossfit (y no salgan con que aman el crossfit porque incluso los que lo practican saben que es una práctica sadomasoquista disfrazada, que en el fondo es similar a pellizcarse los pezones con pinzas).

¿Cuánto nos demoramos en ver realmente al otro? ¿Cuánto tiempo tendremos que invertir para aprender a saber qué le gusta, para poder proponerle cosas que queremos hacer con él o simplemente hacerle a él? ¿Cuánto tiempo para que entienda la diferencia entre un saludo con un beso con lengua y otro que es solo un roce de labios? ¿Cuánto para decirle en la cama las cosas que apenas nos atreveríamos a escribirle?

Toma tiempo. Eso es todo lo que sé.

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Una felicidad sencilla: cuando en plena calentura se pierde el decoro sin perder de vista al otro. Cuando a pesar de que ese cuerpo nos sea todavía desconocido o ajeno, nos atrevemos a decir: hazme esto, tócame así, dime esto. Cuando el otro en vez de pasmarse, lo hace.

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Pienso en la vergüenza, en el pudor. En cuánto uno deja en la cancha y cuánto se guarda.

Un consejo de mi sabia madre, que pocas veces he seguido: “No te vayas al chancho a la primera, por favor” (viste mamá, te escucho, solo que no te hago mucho caso. Perdóooon). Pero he desobedecido por un buen motivo: porque la situación lo exige. Porque si no hay riesgo -un exponerse, un vulnerarse- el sexo se vuelve fome, un lugar común, mecánico y predecible, polite. Y para tener sexo educadito, mejor ver sola una serie en Netflix.

Si uno va por el camino salvaje, como diría Lou Reed, hay poco de lo que aferrarse, y eso da susto. Proponer algo y que te digan que no. Tocar a alguien de una manera y que no le guste. Decirle que algo te calienta y darte cuenta de que la sola idea les repele. Atroz. Hundámonos todos.

Atroz, pero mejor que nada. Mejor que tener sexo tibión.

Riesgos, pero riesgos buenos, en cualquier caso, porque mientras antes uno sabe qué piso está tocando, mejor, ¿o no?

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Toma tiempo. Toma tiempo desacostumbrarse de un cuerpo y volver a encontrarse con otros. Toma tiempo también porque si uno viene de una relación larga, hay cosas que uno da por hechas -pequeñas comodidades que uno no se cuestiona y que la soltería pone en jaque: hay inseguridades porque a esa persona nueva no tiene por qué gustarle mucho tu cuerpo ni no ser crítico contigo. No tiene por qué mirarte con amor ni mucha tolerancia-. En una relación la base está en la aceptación mutua: este es tu cuerpo, este es el mío, nos gustamos. Con una persona nueva hay un periodo de testeo, de tratar de entender los ritmos del otro. De cachar en qué plano estamos.

Yo no sé si hay tiempos engranados en nuestras cabezas -tiempos para llorar y extrañar, tiempos para odiar, tiempos para recogerse a pedacitos- pero intuyo que sí. E intuyo que lo tiempos son proporcionales también a la intimidad que se ha tenido con esas otras personas. Es más fácil olvidar un enganche pasajero que un enganche intenso y prolongado.

Recuerdo haber salido de una relación hace mucho mucho tiempo y sentirme devastada porque no sabía qué hacer con mi cuerpo ni con mi cabeza para poder pensarlos como algo distintos a los de él, cómo hacer para asumir que tendría una historia que en el futuro sería divergente, con otra persona.

Tal vez no podemos hacernos los tontos con esto: el tiempo que pasamos compartiendo con otros -y, obviamente, con sus cuerpos- es un tiempo en el que nuestros cuerpos se adaptan a su presencia, a su manera de tocar, a la historia que ellos mismos se cuentan y en la que nos incluyen. Cuando esos caminos divergen, requiere de un periodo el volver a nuestro centro a reacondicionar las piezas.

Y es recién ahí damos vuelta la página, empezamos de nuevo, y recién ese comienzo es el puntapié para volvernos a enamorar. O al menos a tirar bien.

No funcionar

Me llega una sugerencia, de parte de un lector, para hablar sobre cuando “no funcionamos” sexualmente. Primero, aclarar: ¿qué significa “no funcionar”?

En los hombres -dejaré otro post para las mujeres-, usualmente nos referimos a:

  • Disfunción eréctil o impotencia (o en buen chileno, cuando no se para),
  • Eyaculación precoz (o, perdonando el francés, irse cortado demasiado rápido, durar poco -siempre subjetivo-). Es la incapacidad de controlar la eyaculación, ya sea eyaculando antes de la penetración o después, en breve (o brevísimo) tiempo.

Ojo: hay un montón de desórdenes o malestares psicológicos, y enfermedades o síntomas fisiológicos que afectan la experiencia sexual. En sexualidad, a todo esto, un problema es un problema cuando el sujeto lo pasa mal y/o genera dificultades interpersonales. Hay parámetros, pero todo es bien relativizable y siempre es necesario chequear la multiplicidad de factores que pueden estar afectando: desde una herencia neurológica, enfermedades concurrentes, hasta problemas relacionales.
*Esta parte me da un poco de lata porque es lo que sale en todos los artículos de internet, así que si alguien quiere que haga un post más técnico, que lo pida y feliz ordeno la info, pero por ahora creo más interesante pasar a otras cosas. A tu cabeza y a la mía, por ejemplo.

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Pongámonos en el escenario más catastrófico, clásicamente heterosexual: tienes un encuentro casual con una mina que te gusta/calienta y a la hora de los quiubo no se te para. Pongámosle un nivel más de dificultad: a la mina le encanta la penetración, para ella un acto sexual completo tiene que incluirla. Un nivel más: para ti también es fundamental: tener sexo “de verdad” es penetrar (y todas esas ideas de la Edad Media). Entonces, nada: se supone que deberías estar en pleno y tu mini-me no funciona. Te falla en la trinchera. Los dioses no están contigo.

La salida lógica: huir. Obvio. Porque no tienes la confianza como para pensar que se verán de nuevo y recomponer la experiencia, y tampoco le vas a empezar a contar por qué andai tenso o que en realidad te pone muy nervioso estar en una situación en la que piensas que te están evaluando…porque aunque ella te dijera que le da lo mismo, no le creerías, porque obvio que al día siguiente -O TAL VEZ AHORA MISMO- le está mandando un Whastapp contándole a todas sus amigas que no funcionaste. Eso hace, evidentemente, que te pongas más nervioso y que -¿es posible?- hasta se te encoja un poquito.

Pffff. Si es así, mejor ni intentar tirar, ¿o no?

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Ay, el caos. Ay, qué hacer. Ay, qué presión. Así es como algo que en teoría es uno de los placeres más básicos y exquisitos de la experiencia humana se puede convertir en una pequeña pesadilla.

Entonces, ¿qué significa “no funcionar”? ¿Por qué nos importa? ¿Qué nos pasa cuando “no funcionamos”?

Uso las comillas apestosas porque no adhiero a la idea de funcionamiento, aunque entiendo que sea así como lo expresamos porque normalmente pensamos el sexo de estas formas más o menos pencas: como una manera probar nuestro poder/ potencia sexual -demostrarle al otro y a nosotros mismos que sabemos hacerlo, que somos buenos en la cama- o como una manera de afirmar nuestra sexualidad. En ambos casos el sexo es una manera de lograr algo más: una herramienta para un fin. Por eso: “no funcionar”.

Ante el mal rato que implica el que el cuerpo nos “juegue una mala pasada”, sentimos cosas: algunos se avergüenzan, otros se frustran, otros se hacen los locos, otros se esfuerzan en superarlo buscando soluciones rápidas, algunos tienen problemas de autoestima y otros se ponen súper ansiosos respecto del sexo.

Pero el asunto central está en entender que el cuerpo no te hizo una zancadilla: tú eres tu cuerpo. Tu cuerpo no dejó de funcionar y tu cabeza no te cagó la onda. Nadie traicionó a nadie: no hay un juego de dobles porque lo único que hay es tú -tú completito- en una situación sexual, haciendo como si estuvieras sobre un escenario jugando todos esos roles. ¿Quién es el culpable? ¿El inconsciente? ¿Ese otro yo desdoblado que no soy yo pero que tiene poder sobre mí? Pensar así, es obvio, no tiene mucho sentido, porque es insistir en la disociación.

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Cuando estamos en la cama estamos enteros, y creo que todos los problemas que uno pueda creer que tiene aparecen cuando entramos en la lógica disociada: está mi cabeza, pero no estoy en cuerpo; o está mi cuerpo, pero mi cabeza anda en cualquier parte. Es súper penca, porque cuando eso pasa no es que sea intencional: se siente como si fuese inevitable, como si algo más grande que nosotros mismos hubiese decidido ya.

La propuesta va por otro lado. ¿Qué pasaría si en vez de funcionar nos ocupáramos más de estar presentes? (Sí, suena a bullshit zen, pero dame un momento). ¿Si en vez de angustiarnos por si se nos pone más o menos duro, si duramos más o menos aguantando eyacular, etc, nos enfocáramos en lo rico que es estar con el otro? ¿En el privilegio de poder compartir tu cuerpo con el otro? ¿De poder tocarlo y dejar que te toque? ¿De probar maneras de acercarse, roces posibles? ¿Si en vez de calcular cuánto duras te concentras en la manera en que el otro respira, en la forma en que su cuerpo se pega al tuyo, en la manera en que tu piel le despierta cosas a su piel?

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Desde el momento en que el sexo deja de operar como función, nuestros cuerpos también: hay una liberación. Porque, al igual que con otros placeres, la actividad cambia de cualidad ante nuestros ojos: si voy a comer para obtener energía para correr una maratón, tal vez pondré poca atención al talento culinario con el que se preparó la comida. Sí, estoy comiendo, pero estoy enfocado en otra cosa que no es la comida, y la misma actividad -masticar, alimentarse, digerir- va a generar una sensación distinta y provocarme cosas diferentes a si, por ejemplo, preparo un plato porque quiero probar un tipo de cocina que nunca he probado antes -estaré atenta a qué hace que sea diferente, qué la caracteriza-, o porque simplemente siento hambre -tengo GANAS de disfrutar de algo que siento que me estaba faltando-.

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Cerraré con una opinión personal.

Me ha pasado tener encuentros con gente con la que he andado a tropezones. Pasa, no he salido invicta. Pero las veces en que esa situación -de dificultad eréctil o de eyaculación precoz- ha sido tema ha sido cuando el tipo se ha frustrado o aislado, cuando en vez de explorar otras cosas se ha concentrado en cabecearse contra la pared, cuando por vergüenza o frustración se ha vuelto frío o ha perdido interés en lo que estábamos haciendo. Es raro, porque cuando pasa eso es como si en medio de una fiesta uno de los invitados decidiera que se acabó todo y prendiera las luces -y uno queda como “¡nooo, pero si justo ahora íbamos a bailar mi canción preferida!”, con la pintura corrida y la propia dignidad un poquito herida-. Las fiestas no son unilaterales. Si estamos en algo, estamos los dos en la misma.

Como mujeres también nos pasa. A veces uno no está al 1000%: no te mojaste tanto, o te pasa que la descordinación de los cuerpos te mata. O cachai en mitad del asunto que tal vez estarías mejor en tu propia cama, viendo Netflix y engordando voluntariamente a punta de chocolate. Zancadillas mentales. Tropezones que te sacan de la parte más rica de estar con el otro: darse cuenta de que se eligieron, de entre todas las otras personas posibles. Darse cuenta de que se gustaron. Darse cuenta de que mutuamente han puesto el cuerpo del otro a disposición para pasarlo increíble /mejor que cualquier parque de diversiones). Y ¿qué hace la mina atormentada? Mira el techo mientras la penetran. (Punto extra y estrellitas para los hombres que cuando se dan cuenta de que hay un problema de hidratación, si bien no de entusiasmo, se ofrecen a a hacer sexo oral).

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Me importa bien poco qué terminamos haciendo en la cama, pero sí me importa un montón que lo que sea que hagamos lo hagamos con ganas, como si se fuera a acabar el mundo, con una desesperación adolescente por descubrir el cuerpo del otro. Si no, me da lata. Entonces si a mi pareja, transitoria o de largo plazo, “no se le para” o “acaba rápido”, me da lo mismo, mientras eso no signifique que alguien decide irse taimado a su casa. Los invito a pensarlo así. A seguir bailando.

 

Refs.: están buenos estos links

https://kinseyconfidential.org/ pueden mandar preguntas y se las responden.

http://www.bumc.bu.edu/sexualmedicine/physicianinformation/epidemiology-of-ed/ Causas posibles de disfunción eréctil.

https://kinseyconfidential.org/los-recursos-en-espanol/problemas-sexuales-comunes-la-disfuncin/

 

Amores platónicos

Cuando era chica tenía una mejor amiga, F.: de cara redonda y pelo corto a la altura de las orejas, piel blanca y pecosa, dientes pequeños y ojos de un celeste deslavado que me parecía precioso y que, desde el fondo de mi corazón de 9 años, envidiaba. Éramos compañeras de banco, pero más que eso, éramos un pack: si alguien pensaba en mí, debía considerarla a ella, y viceversa. Inseparables. “Uña y mugre”, decía mi mamá. Al final del día, cuando llegábamos a nuestras casas, esperaba su llamado o, ya pasadas un par de horas, la llamaba yo. Recuerdo la felicidad absoluta de escuchar la voz de la otra a la distancia. Teníamos secretos inconfesables -todo lo inconfesables que pueden ser los secretos a esa edad- y planes para el futuro: viviríamos cerca, nuestros hijos serían amigos, nuestros maridos (porque habría maridos), serían amigos también. Tendríamos una vida juntas, porque la vida sin la otra era impensable.

“Terminamos” cuando cumplimos 14: ya no estábamos en la misma sintonía, de la misma manera en que las parejas terminan. Me encontré sola luego de años de devoción platónica. Con el tiempo empecé a tener nuevas amigas, pero estas amistades no eran ni una pizca de intensas de lo que había sido mi amistad con F.: más rígidas, tal vez incluso más competitivas, menos entregadas. Algo se había roto.

Me resulta evidente ahora que ella fue la primera forma de amor que conocí -aparte del de mi familia-. Un amor platónico, con todos sus beneficios, dolores y compromisos.

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Un amigo me envía un link a un artículo en el que Mark Greene toma un libro de Niobe Way que investiga la soledad de los hombres y la vincula a la pérdida de las amistades de la niñez producto de una exigencia sociocultural de “hacerse hombres”; es decir, de encajar en un ideal de masculinidad donde no pueden darse el lujo de correr el riesgo de ser considerados gay, demasiado suaves o sensibles. En la necesidad de representar ese rol, tienen que negar su lado femenino y adoptar un régimen emocional estricto para probar que son “hombres”.

¿Qué es ser hombre? ¿Hacerse hombre? ¿Ser masculino? A la rápida, el estereotipo del llanero solitario, del hombre que no llora ni se conmueve, de la mirada práctica y desapegada de las cosas. El hombre que usa el sexo como validación de su poder sexual, no como una conexión con el otro. Que es dominante e incluso violento. Si va a mostrar una emoción esa emoción será la ira o la excitación. Es duro, y le gusta ser duro. (Estamos de acuerdo: es un estereotipo que fomenta el sexismo y la homofobia).

A esa pérdida de amistad le sigue una desconexión emocional y un duelo, más o menos consciente. Para encajar en la cajita del macho, hay que matar relaciones y, de la mano, espacios de intimidad. ¿Con quienes se comunican de verdad esos adolescentes y, luego, esos hombres? ¿Cómo se cultiva un espacio de intimidad si con los amigos solo se pueden “hacer cosas” (carretear, hacer deportes)? ¿Con quiénes hablan?

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“Hablan poco o nada”. O eso es lo que me comenta siempre una amiga. “No tienen lenguaje. Son mudos”. Y cuando dice esto último se refiere a que la manera en que hablan de las cosas es descriptiva o indicativa, basada en cosas que pasan o pasaron o pasarán. No hay gama emocional en su discurso porque para poder identificar lo que uno siente y conectarse con ellos es necesario poder nombrarlo, diferenciarlo de otras cosas, hacerse cargo. Si no se habla, no existe. O se confunde con otras cosas, se diluye.

Podemos estar de acuerdo o no con mi amiga: poco lenguaje, o lenguajes diferentes o simplemente que ella espera más de los hombres con los que se involucra. Pero -PERO- hay algo que decir sobre la dificultad de comunicarse entre hombres y mujeres y entre hombres y hombres. Y algo me hace sospechar que hay algo que se pierde, un potencial de felicidad y placer que podría aprovecharse.

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Hay una intimidad rica en la amistad, pero hacemos poco por fomentarla. He hablado otras veces sobre lo importante de decirle a nuestras parejas y amigos que nos gustan, que disfrutamos de su compañía y que, cuando están lejos, nos faltan. Hay una fragilidad en la calidad de la conexión con nuestros amigos que no cuidamos lo suficiente. A medida que armamos nuestra vida nos centramos en nuestras parejas y familias, recortamos “el resto”. Es peligroso, más de lo que nos atrevemos a reconocer: son vínculos distintos y poner solo foco en el romance, en el sexo, en la pareja y cortar el resto tiene efectos de harakiri.

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Hace un montón de tiempo atrás este mismo amigo me mandó el link de un ensayo de Emma Lindsay que hablaba sobre la dificultad de estar soltero y bancarse el que nadie te toque. Pensé en este artículo cuando leía el de Mark Greene. Pensé también en cómo nos vinculamos a los cuerpos de los otros, bajo qué reglas. Pensé en los prejuicios en torno al estar soltero, tal como los plantea Lindsay: estar dañado o incompleto, vivir a medias, necesitar “mejorarte a ti mismo” para estar en pareja, como si estar soltero fuese un defecto del carácter. Estar soltero, especialmente pasado los treinta, es estigmatizante. Pero el asunto que le preocupa de verdad a Lindsay es que nadie la toca. Que hay días y semanas en que nadie la toca. Que ella puede tocarse a sí misma, pero no es lo mismo. Y que el contacto físico con nuestros amigos es tan limitado que ni siquiera está libre de un carácter sexualizado.

Elegimos a nuestros amigos porque nos gustan: ya sea su personalidad, sus chistes fomes, sus cuerpos distintos a los nuestros, sus desbalances emocionales, sus arranques sentimentales, sus excesos y sus carencias. Los elegimos como se elige una pareja aunque, tal vez, con algo más de generosidad: centrándonos en lo bien que lo pasamos con ellos -y no en si nos convienen o no-, en cuán felices nos hacemos mutuamente, en las ganas de ser testigos de sus decisiones, en la curiosidad de ver a dónde los llevará la vida.

El afecto de los cuerpos que queremos es clave. Y no es suficiente tener una comunicación digital: incorporemos las voces, los abrazos, las risas, las miradas. Toquémonos con afecto. Hagámonos cariño en la cabeza. Hablemos -con más o menos lenguaje-, pero pongámonos ahí completos, de cuerpo entero, celebrando que nos gustamos. Cultivemos el amor platónico con la misma intensidad con la que cultivamos el amor romántico.

 

 

Refs.:

Why do we murder the beautiful friendships of Boys? http://bit.ly/2u91HA0

Being single is hard http://bit.ly/2icB4rj

Hay un montón de autores que trabajan la mirada performativa sobre la sexualidad y el género. No me metí en ellos porque la discusión es larga y este post no tiene ganas de convertirse en una discusión teórica.

Hablar sucio

ADVERTENCIA: este no es un posteo suavecito, así que los sensibles, favor abstenerse.

Hace unos días me llegó una pregunta sobre cómo hablar sucio -el “dirty talk” del sexting, del sexo telefónico y de la cama-. Convengamos en que cuando queremos excitar a alguien, hablar de lo bonito que son sus ojos no es lo más efectivo.

Tengo en mi celular el pantallazo de una conversación hot que mi amiga D. tuvo con un tipo de Tinder. No voy a entrar en detalles, pero hay harto de meter, chupar, rajar, chorrear, tragar, tirar el pelo, etc. Cuando lo leí me sonrojé (además de felicitar a mi amiga por su talento descriptivo). Personalmente la idea del sexting me pone muy nerviosa, porque creo que el riesgo de fracaso es demasiado alto (faltas de ortografía, puntos suspensivos, una palabra mal usada y pafff). Otra cosa es en el acto. Pero, bueno, de eso quiero que hablemos hoy. Yo no soy experta y se me ocurrió hablarlo con dos amigas, S. y D. Todo lo que viene a continuación es esa conversa digerida.

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Algo que siempre pregunto cuando entrevisto gente para los perfiles sexuales es si les gustan que les digan cosas en la cama y qué ha sido lo mejor o lo peor que les han dicho. Acá nunca hay puntos medios: o les encanta o les carga. Muchas mujeres me han dicho que les gusta que las traten de “zorras” o “maracas” o “putas”. Uno me dijo que se le pasaba todo cuando le decían “papi”. Una amiga casi se murió de vergüenza ajena cuando un tipo le dijo “¿quieres mi lechita?”. De que hay variedad, la hay.

A D. el tipo le mandó una foto anatómica y le dijo “Es lo más grande que puede estar sin estipulación de ningún tipo. Lo quieres ver más grande…”. Ojo, ESTIPULACIÓN. Quería decir “estimulación”. Así es como de un momento a otro algo erótico se puede convertir en un chiste (grupal, a estas alturas, ya que todas queremos estar “estipuladas”).

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Hay dos escenarios donde se da la conversa “sucia”: larga distancia o presencial.

LARGA DISTANCIA

Por teléfono, ya sea llamado o chat, por Skype, por mensajitos, por Facebook, por Whatsapp, por mail, por lo que sea. Según D., este tipo de conversación encierra una promesa de lo que el otro quiere hacer contigo o de lo que fantasea, y en esa medida, el lenguaje tiene que tener un carácter más duro cuando se trata de partes del cuerpo: acá no caben as delicadezas como “pene”, “vagina”, “nalgas” ni -Dios mediante- “colita”. Cursilerías, no (y estoy muy de acuerdo). Palabras más vulgares, si se quiere, como “culo”, “teta”, “pico”, etc. Una descripción de lo que quieres hacer con el otro o lo que le quieres hacer. Lo que calienta, entonces, es enterarse de esa promesa, fantasearlo juntos.

Yo creo que para tener ese tipo de chats sin que sea repelente, es súper importante meterse un poco en la cabeza del otro y conocer qué le gusta, qué lo mueve, qué lo excita. Hay minas y hombres a los que les gusta algo de violencia, para otros es lo menos erótico que hay. Entonces el “te voy a tirar el pelo” puede ser o muy excitante o simplemente poco sexy. Tener estas conversaciones en frío -sin conocer a la persona o sin tener suficiente intimidad- es arriesgado, pero si te sale bien, celebramos todos.

PRESENCIAL

Frente a frente, o antes de tirar o durante. Acá hay un salto, porque a la distancia la recepción negativa puede atenuarse, pero si estás en la cama se nota altiro y puede haber un desajuste que arruine la onda. Ahora bien, lo bueno es que se puede dar un escenario más exploratorio, ir tanteando y tener feedback altiro.

Cuando es a la distancia hay una promesa que excita, cuando estás en persona, ¿de qué se habla?  En principio, de lo que te gusta: de lo que te están haciendo o quieres que te hagan ahora ya, de cómo se siente lo que están haciendo. Se refuerza el acto con órdenes, con indicaciones.

Acá yo también creo que es clave el juego de roles -no necesariamente escenificado-, y para eso es necesario entender qué excita al otro. Por ejemplo, hay muchas mujeres a las que les calienta que las traten de “perras” o “zorras” o “putas” o “maracas”, y eso puede funcionar súper bien si su pareja tiene la misma fantasía complementaria (la del sujeto que castiga o corrige, por ejemplo), pero también puede ser una receta para el desastre si el otro no está en esa sintonía (“dime zorra”, “ehhhhh ¿zorra?” o al revés  “eres mi puta, dilo”, “ehhh soy…tu… ¿puta?”). Personalmente yo prefiero que me digan cosas y me saca mucho del momento decir cosas yo, entonces cuando me he topado con un narrador deportivo o de entrevistador –“¿te gusta? ¿y ahora? Dime qué estás pensando”- me dan ganas de salir corriendo. Pero ojo, esa soy yo. Tal vez a otras personas eso les encanta.

Para ahorrarse el mal rato hay que hacer la pega antes: hablar un poquito de qué le gusta al otro. Esto puede ser hecho de manera súper indirecta, tal vez averiguando qué tipo de películas le gustan (y no, no me refiero a preguntarle por su porno preferida, pero sí cachar qué tipo de historias le atraen: ¿le gustan las historias donde la mina es super power o es una flor inocente? ¿se identifica con las malas de las películas o con las víctimas? Las personas entregan un montón de información que tiene que ver con su imaginario sexual. Hay que estar atentos).

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LÍMITES

¿Es necesario ser violento o decir cosas brutales para hablar sucio? ¿Hay que impostar un poco? ¿Hacerse el bacán?

Sosteniendo el principio básico de que el sexo es uno de los pocos espacios de libertad absoluta que uno puede tener: NO es necesario hacer nada en la cama con lo que uno no se sienta cómodo. ¿Y si te lo piden? Prueba. ¿Y si no te gusta? No lo haces más. ¿Y si el otro se siente? Ese es problema del otro.

Según S. hay que decir lo que uno quiere decir y tirarse: es exploratorio y el riesgo de cagarlas siempre está presente. Obviamente, evitar ser un rayado y decir “te quiero cortar la cabeza etc”. En el tanteo se va revela hasta dónde se puede ir llegando. Hay que ser asertivo: no porque a ti te caliente, le calentará al otro. Tal vez el mejor consejo es este: partir liviano.

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Todos sabemos que tener sexo involucra más que el cuerpo: sí, hay dos (o más) cuerpos que deciden tocarse, pero también hay cabezas, hay recuerdos, hay fantasías, hay ideas sobre lo que es sexy y lo que no, hay ideas sobre lo que es correcto hacerle un cuerpo o no. Hablar durante el sexo es una manera de conectar esa cabeza al cuerpo. Hay algo bonito en eso: en tratar de verbalizar lo que es pura carne y movimiento. En poner atención no solo a cómo te tocan, sino también a la agitación del respirar del otro, a las cosas que está dispuesto a decirte. Hay cosas que uno dice en la cama que en ningún otro escenario serían aceptables y no tomar ese espacio para decirlas es perderse de una oportunidad liberadora.

Es difícil tener buen sexo si se siente vergüenza. Es por eso que las primeras veces suelen ser un poco decepcionantes: uno tiende a jugar dentro de lo convencional, como para no espantar. Pero si lo miramos por lo que es, si uno ya está en la cama, tiene pocazo sentido hacerse los pudorosos. Si ya estás sin ropa con alguien, ponerse receloso de “no quiero que piense mal de mí porque me gusta x cosa” o “me da vergüenza esta posición” o “me da plancha decir x” es bien contraproducente.

 

 

Links

Perfiles sexuales: https://veronicawatt.com/perfiles/

Wanderlust: talking dirty https://youtu.be/4utAnqqfLEw

Mi cuerpo no te pertenece – TRADUCCIÓN

[Leí este texto el 17 de junio y quise traducirlo el 17 de junio.
Sorry, NY Times, por no pedir permiso, pero el texto vale la pena como para correr este riesgo.
El ensayo fue escrito por Heather Burtman para Modern Love. Lee acá la versión en inglés. ]

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Cuando el desconocido me gritó desde la ventana de su auto, yo llevaba en brazos mi Zaioculcas zamiifolia, una planta tropical grande que había comprado recién en un invernadero. No pude escuchar lo que dijo, pero estoy segura de que no era un halago a mi planta.

Sus palabras, sean cuales fueren, me recordaron todos los comentarios despectivos y las propuestas vulgares que había escuhado antes, desde distintas ventanas de autos y de distintos hombres: eran comentarios sobre mi cuerpo y sugerencias sobre lo que podría hacer con él. Cuando cumplí 16 fue como si mi cuerpo hubiese dejado de pertenecerme y en cambio le perteneciese al mundo y a ciertos hombres que manejaban sus autos a lo largo de él.

Cuando era chica y jugaba sin polera en el jardin de mi familia mi cuerpo se sentía como algo que me pertenecía solo a mí. Teníamos un rectangulito de tierra dentro del que podíamos excavar un rectángulo más pequeño y ese pedazo de tierra más oscuro era nuestro jardín. A los cinco, a los seis, a los siete, mis hermanos y yo nos reíamos cuando sacábamos pedazos de pasto y hacíamos unas lluvia de tierra que subía por nuestras narices y bajaba por nuestros pechos.

Me gustaba como se sentía esa tiera, recién recogida, contra mi piel, y le pedía a mi madre que me enterrara de la misma manera en que lo hacía algunas veces en la playa. Me enterraba a la mitad y yo sonreía y posaba para una foto. Me gustaba estar así: ser un torso desnudo y cubierto de lodo con un puñado de semillas que, pensaba, podrian convertirse en zanahorias y arar un futuro en el que mi cuerpo fuese mi cuerpo. Y tu cuerpo fuese tu cuerpo.

La desnudez era nadar en la bahía cuando la luz del sol se apagaba detrás de los manzanos. Cuando caminábamos por la calle y los hombres nos sonreían, no era en ese sentido.

En los últimos años de la secundaria fui a mi sengunda prueba de sostenes a JC Penney y la señora que me atendió hizo un gesto de desagrado con la naríz cuando me dijo mi talla de copa, como si estuviese pensando “cómo te atreves a tener esas”.

Desde ese momento fui la guardiana de un secreto: hay tallas más grandes que DD. Puedes ser H, por ejemplo. Esa es una talla inglesa. O una K. Esa es una talla americana. Los ingles hacen mejores sostenes. Yo era la chica pechugona. Me hacían chistes, mis amigas me halagaban, habían promesas de que mi futuro pololo o marido o amante tendría muchos motivos para estar contento.

Había hombres que me comían con los ojos. Hombres que preguntaban: “¿Son de verdad?”.

No sabía cómo responder. No recordaba haber decidido concientemente su tamaño ni haber hecho nada al respecto.

Por esa época me di cuenta de que, en este mundo, habrían muchos momentos en los que mi cuerpo no se sentiría como mi cuerpo. Cuando estaba en una discotheque y un hombre me agarraba el poto y luego las manos para invitarme a bailar. Puedes decir que no 100 veces, igual te va a arrastrar hacia él.

Está el nudo de sus manos y las tuyas, y mientras más tratas de deshacerte de él, más te atrae hacia él. Es como un juego para él, como uno de esos tubos de colores que te atrapan los dedos cuando tratas de deshacerte de ellos.

Si tienes suerte, tus amigas le girtarán hasta que te suelte. Te pararás ahí, aturdida, dándote cuenta de pronto cuán pegajoso está el suelo y preguntándote si en el baño habrá un jabón que huela rico, un jabón que huela a verano, a ser joven, a estar afuera. Pero ese es el olor de otro mundo, otro mundo que parece no existir.

Cuando camino al trabajo y los hombres me sonríen, no son sonrisas amorosas. “¿Cómo te llamas?”, dicen. “Dale, dime tu nombre”.

Me siguen, sus pasos se sienten como árboles que caen. Lo puedo sentir en el aire, su necesidad de quitarme algo. No tiene que ver conmigo en especial, conmigo como sujeto. No tiene nada que ver con que yo haya sido en algún momento una jardinera audaz con una tetera plástica azul y una colección de puzzles Ravensburger.

Si les dijera mi nombre, ¿lo recordarían? ¿Me invitarían a comer y escucharían cuando les contara las historias de mi infancia? ¿Sería eso amor verdadero?

Puedo imaginarme la escena ahora mismo. Estoy tomando un desayuno tardío con unas amigas en un lugar que sirve Bloody Marys sin fondo y huevos ligeramente pasados. Luego de la tercera ronda nos encontramos hablando del típico tema: cómo conocimos a nuestras parejas.

Mis amigas se inclinan un poco más hacia mí y me dicen: “Heather, por favor cuéntanos esa historia de nuevo. Cuéntanos cómo conociste a Lyle”.

“Bueno”, empiezo, sorbiendo lo último  que queda de mi Bloody Mary. “Estaba caminando por la calle y Lyle iba manejando por ahí y gritó ‘Oye, nena’ y luego me pidió que tuviese sexo con él. Y luego pensé ‘Este sí que vale la pena'”.

Ese comportamiento no es mío. No se trata de amor. Ni siquiera se trata de sexo. Se trata de miedo y poder. No sé qué es lo que ciertos hombres obtienen de alimentarse de ese tipo de cosas. Tampoco quiero saber.

Una vez viajé a Francia y me arrimé al brazo de una amiga mientras un hombre nos seguía por media milla, gritando no sé qué cosa. Estaba el río resplandeciente, el puente de piedra, la crepería cerrada porque ya era tarde, pero solo existía el miedo.

“Podemos manejarlo”, le murmuré. “Si es que pasa algo, digo”.

Seguimos avanzando, calculando la distancia entre el cazador y la víctima. Estaba demasiado asustada para pensar y me sentía demasiado insegura como para dilucidar cómo llamar a la policía.

Una vez, en Connecticut, un hombre pasó a mi lado para luego darse la vuelta y volver a pasar.

“Dios”, pensé. “Volvió”. Sentí cómo descendía el  miedo, como un paracaídas de colores en un juego del gato y el ratón. Habló, se rió, me miró mientras yo trataba de no pestañear. Yo siempre pestañeaba. ¿Cuál es el verbo? Saborear. Deleitarse torturando al otro. Sadismo.

Si alguien te hace esto, no te rindas, no le sonrías. Siempre me digo que seré la mujer fuerte que mi madre me enseñó a ser y que no debo sonreír, pero casi siempre lo hago.

Una vez un hombre me dijo: “¿Sabes quién soy? Soy Don Juan, soy el mejor amante del mundo. Compruébalo”.

Y yo pensé: bien por usted, señor. Bien. Y le sonreí. Incluso me reí.

Otro hombre otro día se paró frente a mí en la vereda mientras atardecía. Estaba con sus amigos y alargó sus brazos y me acercó hacia él. Y ¿qué hice? “Me tengo que ir”, le dije. Le ofrecí una sonrisa dulce. Camina, no corras. Huelen el miedo. Cazan.

Nunca volveré a tener seis años. Ya no me acuerdo de cómo es tomar el sol sin polera con un jardín contra mi cuerpo, o que alguien tome una foto de mi torso desnudo y la revele en Wallgreens. Tengo veinticuatro y mi cuerpo hace que la vida me resulte peligrosa. Mis pechos, mis caderas, la forma en que camino. Los pechos de cualquier mujer, las caderas de cualquier mujer, la manera en que cualquier mujer camina.

De alguna manera, todo es demasiado tentador. Nuestros labios gruesos o finos. Nuestros cuellos expuestos bajo una melena o nuestro pelo largo, o las puntas partidas que nos sacamos cuando vamos en el bus. Nuestras orejas perforadas o no. Nuestros infinitos circulos umbilicales bajo nuestras poleras. Nos vemos demasiado bien en nuestras poleras y en nuestros jeans. Nos vemos demasiado bien en nuetros abrigos, acarreando plantas por la calle.

Cuando caminamos a nuestros departamentos, tarde en la noche, llevamos nuestras llaves en las manos y saltamos al ver sombras de sombras. Durante el día, hacemos como que nunca hemos tenido miedo.

Hace algunos años, en la calidez del verano, me paré desnuda en un muelle y mi cuerpo era mi cuerpo. Dos amigas mías estaban paradas a mi lado. Sus cuerpos eran sus cuerpos. Nuestros pechos eran nuestros pechos. Nuestras ropas eran nuestras ropas que habíamos elegido ponernos y quitarnos, dejándolas en montones cálidos sobre la madera fría, al lado de nuestras huellas húmedas, que también eran nuestras.

Cuando nos tiramos al agua, fue porque quisimos hacerlo. Las algas se frotaban contra nuestros cuerpos, indiferentes, rodeando nuestros dedos  de las manos y de los pies y nuestra caderas, sin saber o sin preocuparse de qué era qué.

Salpicamos agua con nuestros puños y gritamos, pero si  teníamos miedo, era solo de los pescados. Eso nos hacía reír. Saludamos al cielo oscuro, estrellado y silecioso, y no nos silbó ni nos guiñó de vuelta.

Los kriptonitas

He estado pensando mucho en qué es lo que hace que alguien nos guste o no. ¿Qué hace que elijamos a X y no a Y? ¿Qué tiene ese otro a nuestros ojos que nos convoca? ¿Cómo identificar lo que realmente queremos?

Las fórmulas no me sirven, o al menos, me resultan poco iluminadoras: todo el mundo dice que le importa que su pareja tenga sentido del humor, que sea inteligente o que le resulte físicamente atractiva. Si fuese tan fácil de resumir y entender, todos estaríamos felizmente emparejados con cualquiera que buscase lo mismo.

Caer en descripciones convencionales retrasa el proceso de encontrar a alguien que realmente te gusta: en la medida en que lo que dices es una generalidad, menos consciente eres de que lo que estás buscando es realmente particular. Entenderlo es clave: estás buscando algo súper especial, y mientras no reconozcas esa búsqueda, te puedas pasar mucho rato tratando de acomodarte a un molde que no te calza.

*

Cuando ando medio perdida siempre aplico lógicas extremas para llegar a conclusiones de manera rápida. Cuando se trata del atractivo y del amor, lo que más me sirve para pensar en qué me gusta o qué me interesa es lo de los kriptonitas.

Llamo “kriptonitas” a esas personas que hacen que uno se desmaye un poco internamente cada vez que los ve (o incluso cuando se los imagina). Te vuelves débil: se deshacen las barreras que tanto te costó levantar, pierdes en promedio de veinte a cincuenta puntos de coeficiente intelectual cuando te miran y ni hablar de las habilidades motrices: la torpeza abunda cuando hay un kriptonita a menos de un metro.

Clasifico en dos a los kriptonitas: los sinérgicos -tanto a ellos como a ti les pasa algo, es mutuo- y los terroríficos. Voy a hablar de los segundos, porque los primeros son menos problemáticos (y uno tiende a pasarlo mucho mejor con esos).

Un kriptonita terrorífico es alguien que, porque te gusta tanto, te pone en situaciones que no te acomodan. Doblega tu voluntad con su presencia, terminas cediendo más de lo que te gustaría e incluso te traicionas diciendo cosa en las que no crees, sólo para conseguir su aprobación (o una carcajada pffff). El primer consejo con estos kriptonitas es obvio -¡huye!-, el segundo es contrario al sentido común -¡huye….pero no tan rápido!-. Los kriptonitas son una súper buena oportunidad para identificar qué nos gusta, qué nos gusta y nos hace daño y qué nos gusta y tenemos mal codificado.

Primero: qué nos gusta. Esto es fácil: a veces uno puede ver patrones físicos o de movimientos, algo que tiene que ver con la presencia -cómo habitan el espacio-. Admiramos un atributo que le pertenece: objetivo, medible (si uno quisiera darse la lata de medir).

Es importante aprender a diferenciar qué nos atrae de alguien y el que alguien nos atraiga por cómo nos hace sentir. Es muy distinto quedarse embobada -foco afuera- a sentirse feliz, livianita o privilegiada cuando estás con esa persona -foco adentro-. Lo segundo tiene que ver con las cosas que el otro nos despierta y eso, por inevitable que nos parezca, tiene mucho más que ver con nosotros que con el otro (aunque sí, sí, el atractivo siempre es subjetivo).

Hay kriptonitas que, aunque no te hacen sentir tan bien, te desarman. A veces son cosas tan tontas como necesitar sentirse en desventaja o dominado para que alguien parezca atractivo, y eso dura -predeciblemente- hasta que el otro engancha y se pone más servicial. El problema ahí entonces es la expectativa: ¿qué emoción te está activando esa persona? ¿Con qué experiencia asocias esa emoción? ¿Qué relación has tenido con personas que te han hecho sentir así?

A veces hay asociaciones torcidas a la base: por ejemplo, confundes dominancia con protección y por lo tanto te parece atractivo alguien rígido o controlador porque te hace sentir protegido, como que se preocupa de ti. O por el contrario, te parece atractivo alguien que te ignora o no te pone tanta atención porque confundes lo que te hace sentir -¿desconcierto, incertidumbre?- con interés de tu parte. O inexplicablemente te sientes atraído hacia alguien más fome o predecible porque confundes predictibilidad con seguridad y lealtad . Y así. Acá lo lógico es retrabajar esa codificación para dejar de dar bote.

*

Los kriptonitas son como un acertijo emocional: la respuesta está ahí, a la vista, pero uno se pasa mucho rato dándonles vuelta hasta que chaaaaan, ¡era tan sencillo! Sólo había que detenerse un poco a mirar las cosas con distancia, a quitarle el misticismo, a no dejarse embrujar por cómo nos resultan a primera vista y verlos por lo que son: elecciones -muchas veces peligrosas o fallidas- que nos apuntan dónde está el tesoro (el tesoro: eso que estamos buscando).

Joseph Campbell dice algo muy bonito (y cierto, a mi parecer) cuando compara la vida con la mitología: “donde tropiezas es donde está el tesoro”.

Ojo, “donde tropiezas”. No significa que lo que te hace tropezar sea el tesoro.

Mucho más que mamá

Escribí hace poco sobre no ser mamá y de toda la responsabilidad que implica serlo. El camino contrario, o reverso, es el hablar sobre ser mamá. Pero eso ya lo han escuchado hasta el cansancio, ¿cierto? Así que quiero invitarlos a pensar desde otro punto de vista.

Desde que somos chicos consideramos a las mamás en función de nosotros: nos cuidan, nos protegen, nos aconsejan y se preocupan de nosotros tal vez más de lo que lo hacemos nosotros mismos. El día de la madre celebra esa pega bien hecha, sí, pero me sigue pareciendo que el mejor regalo es celebrarla como persona entera, no como sólo como mamá. ¿Vamos?

1)

Aprendemos de nuestras mamás una manera de estar en el mundo, de habitarlo. Aprendemos de ellas sobre lo que está bien y mal, sobre cómo relacionarse con los extraños, sobre cuán importante son los valores que ellas mismas encuentran fundamentales. Cuando uno es chico uno agarra todo lo que puede porque es lo que hay a la mano para enfrentar el mundo.

Las mujeres aprendemos a cómo ser mujeres mirando a nuestra mamá (o cuidadora principal). Cómo se mueven, con qué gozan, qué les impresiona, cómo se visten, de qué tipo de cosas hablan. El mundo emocional y verbal que habita nuestra mamá es el nuestro durante un rato.

Llega un punto en que empezamos a decidir por nosotros mismos si esas ideas nos parecen buenas, malas, más o menos. Las adoptamos, acomodamos o desechamos, pero son un referente. El asunto es, ¿de qué hemos hablado con ellas? ¿Qué territorios nos hemos atrevido a descubrir de ellas y con ellas?

2)

El discurso marketinero imperante sobre las mamás como todo-dulzura, todo-bondad, todo-sacrificio es bien penca en la práctica porque las mutila. Así como nos hemos dado cuenta de que existen un montón de cuerpos posibles a pesar de haber un fuerte estereotipo que se refuerza como el cuerpo ideal, pasa lo mismo con las mamás, pero a mí gusto, más grave. Cuando miramos a nuestras mamás con ese filtro -el de la madre ideal, el de la mamá funcional- nos perdemos de tanto más.

3)

Mi mamá se separó de mi papá cuando yo tenía 3, a mediados de los ochenta, cuando hacerlo requería tantas agallas como entereza, porque socialmente te crucificaban. Gracias a ese hecho aprendí desde muy chica a ver a mi mamá como una mujer en primer lugar: una mujer con ganas, ideas, con una vida romántica y sexual en la que yo no jugaba ningún rol activo. Una mujer que, dentro de todo lo que ella era, era también mamá. Primero mujer, después mamá.

Verla así me ayudó a construirme como una mujer distinta de ella porque entendí -a cabezazos- que las decisiones que ella tomaba no tenían solamente que ver conmigo, sino con un mundo interior más amplio que el ser mamá: con el ser mujer. Esta no puede sino ser la mayor libertad posible que una mamá te puede dar: el mostrarse no como una función, sino como una relación. Un tú a tú.
(Sí, pasé igual por la adolescencia insoportable de criticarle todo, de estar en guerra con ella, pero claro, cuando estás en guerra contigo mismo, los más cercanos son los que salen trasquilados).

4)

Las conversaciones posibles que se dan cuando la mamá deja de ser una función para uno y se convierte en una relación de un entero a otro entero son mucho más profundas. (Si creían que se habían librado de que hablaría de sexo e intimidad sólo por ser el día de la madre, JAJAJA).

Me sigue sorprendiendo que sea tan tabú pensar en la sexualidad de los padres cuando resulta tan evidente que uno es producto de al menos un encuentro sexual. Normalmente las personas con las que converso no tienen un diálogo sobre sexualidad con sus papás. PLOP.

La fuente natural de conocimiento o al menos de debate de ideas para hablar sobre sexo e intimidad debiesen ser las mamás y los papás: no para creer lo mismo que ellos, sino para entenderlos mejor y uno mismo hacerse una idea más clara de las nociones con las fuimos criados y desde ahí, entendernos a nosotros mismos.

Una mamá que desexualiza a sus hijos adolescentes o adultos me parece tan loca como un hijo o hija que no quiera entender esa faceta de sus padres.

De nuevo: mutilante.

5)

La manera en que nuestra mamá nos cuida y cómo se relaciona con otros tiene que ver con un aprendizaje. Ahora, uno puede hacer la clásica movida de hacer la del detective que recoge evidencia y saca conclusiones viendo cómo se comporta, o ser un poquito más astuto y preguntar, mostrar interés. En la conversación hay un desmadejar que es casi mágico.

Las historias que nos cuentan las mamás (y los papás) tienen que ver no sólo con hechos, sino también con sus cabezas -con su imaginario privado-, o sea, con quiénes son ellos. ¿Qué historias han preferido contarnos? ¿Por qué esas historias y no otras? ¿Cómo se conocieron tus papás? ¿Cómo empezaron a salir? ¿Qué le gustó a tu mamá de tu papá y viceversa? ¿Cómo eran antes de conocerse? ¿Cómo cambiaron? ¿Qué otras parejas tuvieron antes? ¿Qué les gustaba de esas parejas? ¿Cómo les afectó en su día a día tenerte? ¿Qué los hizo quedarse juntos o separarse? ¿Cómo era / es su vida sexual? ¿Cuán importante es el sexo para ellos? ¿Son físicamente afectuosos? ¿Se llaman con sobrenombres o apelativos cariñosos? Si siguen juntos, ¿cómo han resuelto las tensiones típicas de una pareja que lleva años juntos (la rutina, las peleas, los engaños o las escapadas sexuales de cada uno, en caso de que las haya)? ¿Cómo cultivan su vida sexual? ¿Qué quería tu mamá de su vida? ¿Qué se imagina para adelante? ¿Qué cosas le gustaría hacer que hasta ahora no ha hecho? ¿Cómo era su relación con tus abuelos maternos? ¿Cómo la formaron? ¿En que cosas creía y ya no cree? ¿Qué cosas le dan miedo? ¿Qué cosas habría hecho distintas? ¿Qué cosas volvería a hacer sin dudarlo?

(Obviamente estas conversaciones se pueden dar si hay una relación más o menos sana, pero a veces es posible abrir una conversación y empezar a sanar cosas con tan solo mostrar interés en el otro, sin juzgar).

6)

Desde chica empecé a tener conversaciones sobre sexo con mi mamá para tratar de entender su cabeza y de pasadita entender la mía. Una de las cosas que agradezco es su apertura. No es gratuito que yo escriba sobre sexualidad: ella me enseñó a mirar la sexualidad como un misterio fascinante por descubrir, como un goce. Tal vez no escribiría sobre sexualidad si hubiese aprendido a ver el sexo como algo culposo, como una pega en función del otro o como un tabú (lo que no quiere decir que no tengamos diferencias y que mi mamá no se escandalice y se preocupe por mi reputación jajaja).

7)

Porque tengo la suerte de rodearme de personas choras e inteligentes, me encanta ver como muchas de mis amigas son mamás que no se han olvidado de ser mujeres: mamás que siguen gozando con lo que les gusta hacer -si es carretear, carretean; si es cultivar una habilidad, toman clases, se entrenan, etc.-. Mamás súper dedicadas, pero que también tienen un mundo interior en el que los hijos no participan, porque son mamás, sí, pero también son tanto más.

Si eres mamá ahora, creo que una pega importante es poder mostrarle a tus hijos que también tienes un lado que no tiene que ver con ellos: que tu vida es más grande que tu función materna, y que si quieren descubrir ese lado, son bienvenidos. Tal vez ese sea el mejor legado que les dejes. Una mamá con ganas, deseos, motivaciones que no sólo tienen que ver con los hijos. Una mamá a la que puedan acudir como persona completa, más que como función acotada.

¡Feliz día mamá! La llevas todo el rato.

Pd: sí, la de la foto es mi mamá, hottie! ❤ ❤

(NO) ser mamá

Acabo de salir de un terremoto emocional: estuve cuidando por 8 días y medio a mi sobrino de dos años y medio. OCHO DÍAS Y MEDIO. Es poco. Es mucho. Depende del punto de vista, sí. Para mí fue una experiencia heavy y salí con muchas ideas sobre la decisión de ser madre o no. Pensemos juntos.

Estos son los temas que tocaré:

  • LA COFRADÍA: el club secreto de los papás, ser mejor persona
  • PLANTAR UN ÁRBOL, ESCRIBIR UN LIBRO, TENER UN HIJO: qué significa
  • POOOBRE: presión social, contexto sociocultural
  • ¿INSTINTO MATERNAL?: ¿existe? Estudios científicos.
  • EGOÍSTA: ¿es egoísta no querer tener hijos?
  • SER MAMÁ Y ARREPENTIRSE
  • SOBREPOBLACIÓN MUNDIAL: una solución: familias pequeñas o sin hijos
  • SEXO (breve comentario)

Síganme los buenos.

[CONTEXTO: tengo 33 años y soy soltera (¡miau!). En mi vida había cambiado un pañal. Tengo un perro al que amo y muchas plantas. Nunca he sentido la urgencia de ser mamá ni la fantasía ni nada. Me encanta compartir con niños, aunque no los trato como idiotas ni soy condescendiente con ellos. No me gustan los niños llorones, así como tampoco me gustan los papás y mamás lloronas. Amo a mi sobrino y creo que es el niño más adorable, inteligente y cariñoso de la tierra y no, no hice un estudio para concluir eso.]

**Ah, me saltaré las cosas más o menos convenidas que ya todos sabemos (para ver el detalle, scroll hasta el final).

*

LA COFRADÍA

Es increíble la diferencia de trato de parte de la gente cuando te ven con un niño: es como andar con un cachorro y pertenecer a una secta al mismo tiempo. De alguna forma los otros padres o cuidadores te miran como si ya supieran de ti. (Y sí: saben que te pasas cambiando pañales, cuidando que no se caigan, hablando como si no supieras modular y besuqueando al pobre niño).  Hay una cofradía, un club secreto. Fue como volver a pertenecer a un credo religioso. Ah, y también caché por qué las mamás de niños chicos se ponen monotemáticas: porque la pega es full time.

Cuidar a un cabro chico te fuerza a ser la mejor versión de ti mismo: responsable, capaz, previsor, entretenido, dispuesto, alegre. TODO EL TIEMPO. Es muy inspirador, pero también es agotador. En algún momento uno quiere volver a ser una persona común y corriente, más o menos mediocre o idiota. Con niños chicos uno es proveedor eficiente, paño de lágrimas, mediador del mundo. Hasta que se dan cuenta de que todo es mentira (¡bienvenida adolescencia!).

PLANTAR UN ÁRBOL, ESCRIBIR UN LIBRO, TENER UN HIJO

La famosa cita tiene doble atribución: al Talmud y a José Martí. Por algún motivo, pega mucho, tal vez demasiado. Es que una lista bien hecha: son sólo tres cosas (no veinticinco), muy concretas y relativamente sencillas. No dice “desarróllate como ser humano”, por ejemplo. Si me dieran luca por cada vez que alguien ha hecho referencia a la idea del libro y del hijo por esta cita, sería millonaria (por algún motivo, a nadie le importa mucho el árbol).

Creo que tener un hijo es una manera de vivir una experiencia humana intensa y transformadora, pero no por eso “la” experiencia humana para lograr los mismos efectos o niveles de satisfacción y me parece que no ver eso es ser medio miope mentalmente.

Desgranemos la cita: “Hay tres cosas que cada persona debería hacer durante su vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro”.
– Plantar un árbol: ser consciente de tu ecosistema, cuidar la naturaleza, aportar al planeta.
– Escribir un libro: ser capaz de reflexionar y compartir creativamente, poner al servicio de los otros tu inteligencia y visión de mundo.
– Tener un hijo: formar un vínculo de entrega y cuidado, postergarse por el bienestar de otro ser humano, fomentar valores y creencias positivas, constructivas, ser capaz de transmitir conocimiento, proteger y nutrir tanto física como psicológicamente a otra persona, pensando en su bienestar.

¿Será necesario plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo para lograr desarrollar esas habilidades?

POOOOBRE

Hay una mirada que te empieza a lanzar la gente cuando pasas los 30 y no tienes pareja y/o hijos. Si uno pudiese ponerle subtítulos esa mirada diría: “Pobrecita, se va a quedar sola para siempre”. Hay, creo, dos maneras básicas de enfrentarla: 1) “Ehhh, no es un problema quedarme sola” (y ahí hay algo más proyectivo de la persona que teme por ti lo que tú no temes) o 2) “Ayyy, sí séeeeee, me quiero matar” (y ahí se entra de lleno al espiral de la muerte). Entre medio están todas las combinaciones posibles. Decir “no quiero ser mamá” pareciera que tiene el mismo efecto que decir “no quiero vivir”: instantáneamente te llueven comentarios como “después te vas a arrepentir” o “no sabes lo que es” (que a todo esto, gente, es un trato un tanto condescendiente e innecesario, en serio).

Si uno opta por decir que no quiere ser mamá es considerada una anomalía, una trabajólica, una egoísta y/o una pobre ilusa que no se ha dado cuenta que su esencia es convertirse en madre y que está en plena negación de su “ser mujer” por no serlo todavía.  Todas estas suposiciones son súper tradicionalistas y asumen que el hecho de tener un cuerpo capaz de dar a luz debiese indefectiblemente llevarnos al hecho de querer tener un hijo. (Bajo esa misma lógica, ¿cuántas cosas debiésemos sentirnos obligados a hacer porque tenemos la capacidad de hacerlas?).

La forma en que hablamos sobre la decisión de no tener hijos es en negativa: “no tiene” (childless vs childfree), pero ¿cómo es eso de “no tener” algo que no existe ni se desea? Es una decisión activa el no tener, porque el supuesto es que sí se debiera tener: a pesar de estar en un estado de opt in -o sea, que hay que hacer un movimiento desde el no tener a tener un hijo, y eso requiere un esfuerzo-, se siente como si el mantenerse no teniendo hijos fuese más difícil. ¿Cómo es eso posible? Porque nos preparan para vivir la vida para ese momento en que sí tengamos hijos. Parece que es opt in, pero en realidad decidir no tener hijos es todavía opt out: es salirse del plan predeterminado, es romper el esquema que estaba previsto. Ser mamá sigue siendo el plan por defecto, según nuestros estándares sociales. No estamos en un plan neutro: alguien ya tomó la decisión por nosotros.

¿INSTINTO MATERNAL?

Llega una edad -en la que yo ya estoy- en que la pregunta por los hijos se vuelve urgente. La gente usa frases como “reloj biológico” e “instinto maternal”. (Para saber más sobre el famoso “reloj biológico” y cachar cómo nos han mentido, scroll hasta el final, en las refs. ***).  Ambas cosas combinadas a veces tienen el efecto de generar “baby fever” en algunas mujeres -el deseo físico y emocional de tener un hijo-. Hay poco en torno a si el fenómeno del baby fever existe, pero supongamos que sí: ¿es producto de las necesidades de prolongación de la especie, del contexto sociocultural del que aprendemos los roles de género, de la necesidad de cuidado de otro o es una señal emocional adaptativa de que es un buen momento para tener un hijo?

Cuando la gente habla de instinto maternal se refiere a dos cosas: una “naturaleza” predispuesta a desear ser madre y una capacidad para ser madre -una vez que la guagua ya nació- y poder responder eficientemente a sus necesidades. Lo primero se ha descartado en la comunidad científica -el propio término “instinto” está en desuso cuando se trata de seres humanos, porque habla de un impulso irrefrenable e innato-. Lo segundo está más o menos comprobado: hay estudios que demuestran que hay una liberación de oxitocina al escuchar el llanto de tu propia guagua, que a su vez estimula la producción de leche (esta respuesta hormonal de querer alimentar al niño se da solo durante el embarazo y luego del nacimiento).  Un estudio también encontró una correlación entre mujeres con altos niveles de estrógeno y el deseo de tener un mayor número de hijos, en comparación con mujeres con menores niveles de estrógeno. Además, encontraron que las mujeres que tendían a desear más hijos tenían caras más “femeninas”, en comparación con las que querían menos hijos. También se ha comprobado que circuitos cerebrales específicos se activan cuando una madre escucha a su propio hijo llorar o si lo ve sonreír, siendo más fuerte la respuesta cerebral en el caso del llanto. Y así. Algo le pasa al cuerpo y a nuestra cabeza con la maternidad, sí.

Lo clave es que la maternidad es una decisión de vida. Sería más fácil si realmente hubiese un instinto, si nos sintiésemos biológicamente compelidas a tener un hijo porque se te prendió un botoncito interno. El peso que tiene el tomar la decisión de traer un hijo al mundo entonces es muy fuerte.

SER MAMÁ Y ARREPENTIRSE

Es tan tabú decidir no tener hijos, pero es incluso más tabú tenerlos y reconocer que tal vez no fue la mejor decisión. Esto no significa que las mujeres que se arrepienten no quieren a sus hijos, sino que son capaces de darse cuenta de que otra decisión hubiese sido o menos dolorosa o menos difícil o menos sacrificada, etc. La falta de espacio para hablar sobre maternidades no deseadas, pero que concluyeron en embarazos, se ve aplastada por el discurso eufórico de que la maternidad es maravillosa o por la tipificación de madres “fallidas” o pencas. Así que pareciera que no hay término medio: o eres una madre increíble o eres una porquería.

Como en casi todo, no compro la ausencia de término medio y creo que muchas de las patinadas al criar a los hijos o incluso las que se dan en pareja tienen que ver con mamás que no estaban preparadas para ser mamás o que se arrepienten de haberlo sido y que buscan una vía de escape.

No hay madre perfecta. No hay hijos perfectos. Pero yo sí creo en una maternidad sana. Sí creo que más vale no tener hijos si es que se va a ser una madre ambivalente o simplemente amargada. Y ya hay estudios que demuestran que el afecto y cuidado que una madre es capaz de entregar tiene consecuencias físicas en el cerebro del hijo (con un hipocampo 10% mayor que el de niños con hijos que no eran cuidadosas en términos afectivos. Los resultados son extrapolables a los cuidadores, no sólo a las madres biológicas). Así también, se ha demostrado que el vínculo seguro o inseguro entre una mamá (o el cuidador) y su hijo determina -en parte- sus relaciones románticas, su capacidad de resolver y recuperarse de los conflictos en las mismas, y de disfrutar de ellas.

Desde mi punto de vista, me parece mucho mejor que una mujer ambivalente respecto de la maternidad no tenga hijos hasta que esté segura o no los tenga nunca, porque le hace un favor a ese hijo hipotético.

EGOÍSTA

Hace dos años el Papa Francisco dijo que no tener hijos era ser egoísta, que al final la gente que no los tenía se dedicaba a buscar su propio bienestar y luego a vivir una vejez amargada, que los hijos renovaban la vida y aportaban al mundo. Yo no sé de dónde sacará esas conclusiones y también me parece injusto la correlación forzada de dos temas completamente diferentes. (Menciono al Papa por ser una persona que representa la visión conservadora).

Si uno decide no tener hijos, ¿por qué es egoísta? ¿Es egoísta con la posibilidad de una vida que no se concreta? ¿Egoísta con la sociedad? Honestamente, así como están las cosas, es más egoísta con el mundo entero tener un hijo que no tenerlo. (Claro, una vez que se tiene la guagua la generosidad va a ella, pero en términos macro, se decide tener un hijo por los propios deseos de armar una familia tradicional. Si nos ponemos pesados, más egoísta es tener un hijo y no adoptar uno de los tantos niños que tienen una vida como la cresta porque sus papás los tuvieron y no quisieron cuidarlos).  Todo esto me lleva al siguiente punto:

SOBREPOBLACIÓN MUNDIAL

Alexandra Paul es una actriz -BAYWATCH, gente, BAYWATCH- y activista que tiene una charla TED que resume el problema de la sobrepoblación mundial. Básicamente el asunto es que somos demasiados y que seremos todavía más. Nos tomó 200.000 años llegar a ser mil millones de personas, mientas que nos demoramos 200 años en llegar a 7 mil millones. Las organizaciones medioambientales nunca señalan dentro de las medidas individuales para ayudar a salvar el planeta el “tener dos o menos hijos por pareja” (o ser vegetariano, o preferir comprar cosas usadas, etc., y ojo, es porque hay una agenda oculta ahí). Para cachar bien el impacto de tener un hijo hay que considerar el consumo de recursos por persona, no sólo en términos de nuestro contexto país (por ejemplo, en la India las familias tienden a ser más grandes, pero un norteamericano promedio usa la misma cantidad de recursos que 30 personas de la India, por lo tanto, el que nazca un norteamericano más es un GRAN problema. Multiplicar por nacimientos anuales. Hágase la idea). Así que: levante una ceja cada vez que el tener menos hijos o no tener hijos no salga mencionado en un sitio que promueva el cuidado medioambiental. Money talks.

La idea de disminuir la población mundial o controlarla hace que la gente se ponga mal, porque piensan que se traducirá en más abortos o que se les quitará el derecho a tener cuantos hijos quieran. En realidad, lo primero es educar a las mujeres, porque hay una correlación directa entre la cantidad de años de escolaridad de las mujeres y la cantidad de hijos que tienen. Mientras más empoderadas, menos hijos deciden tener y manejan también más formas de control de natalidad. Otra manera es erradicando la pobreza: mientras más plata tiene una familia, menos hijos tiene (aunque vaya que falta para eso). Otra forma es incentivar a la gente a tener familias más pequeñas (que NO es lo mismo que forzarlos a tener menos hijos, que es lo que pasó en China y tuvo como consecuencia que las guaguas que eran niñitas eran abortadas). Es necesario empezar a repensar las ideas asociadas a la familia: ¿a qué imaginario asociamos una familia grande? ¿Cuáles son los beneficios de tener uno o dos hijos en comparación con más? La mala noticia: eso va a tomar tiempo y, mientras tanto, el problema se agravará. ¿Y para quién va a ser el problema? Para los niños que están naciendo ahora.

Ah sí, y otra cosa: al mercado le conviene que sigamos teniendo hijos. Más hijos, más consumidores. El nicho de las guaguas y los niños es bien conveniente: debido a que crecen y sus necesidades son siempre cambiantes, son clientes de largo plazo. Piensa dos veces antes de comprarte los incentivos emocionales que te ofrecen las marcas por ser mamá.

SEXO

Esto da para otro artículo, pero sólo voy a mencionar que por primera vez en mi vida sentí como que se me apagaba un poco la lucecita de tener ganas de tener sexo. No he explorado todavía por qué -tal vez era el cansancio, la dedicación de cuidado a otro, la falta de contexto erotizante, la dificultad para concentrarse en las propias necesidades, etc.-, pero sí fue raro. Súper raro.

***

Lorrie Moore, una de las cuentistas norteamericanas que más me gustan, en una entrevista para The Paris Review dijo: “Desde que empecé a escribir el truco, para mí, ha sido construir una vida en la que la escritura pueda ocurrir (…). Siempre he tenido que tener un trabajo que me dé una base y ahora soy madre de un niño pequeño, a veces me siento sobrepasada al intentar llevar una vida literaria mientras hago clases y crío -para no decir de hacer cosas de casa- algunas veces me sobrepasa. No me siento completamente superada, pero es una lucha, cada vez más”. Cuando leí este fragmento me di cuenta de que no quería esa situación para mí. No sé cómo sea para ustedes, pero mi vida ha sido bien terremoteada y creo que recién estoy empezando a disfrutar de algo de estabilidad emocional y mental. Agregarle una guagua ahora sería empezar de nuevo el torbellino.

No tengo una conclusión. Sé que no quiero hijos ahora y por un buen tiempo al menos. Valoro más mi tiempo destinado a mi escritura, a mi proyecto, a mi familia y a mi perro que a la idea de tener un hijo.  ¿Me siento menos plena por eso? ¿O encuentro penca a la gente que tiene hijos? Claro que no. Pero uno espera más o menos lo mismo de vuelta: que te dejen de hinchar.

Déjenme cerrar con un par de videos de Louis CK, para aligerar el cuento:

http://bit.ly/2qn3kHf My 4 year old is an asshole

http://bit.ly/1A2mgde Children and their secrets

Refs. :

Papa Francisco: no tener hijos es egoísta http://bit.ly/2pr5wjA

Contador de población mundial, actualizado: http://www.worldometers.info/world-population/

Overpopulation facts, the problem no one will discuss: http://bit.ly/2qkbAHY Alexandra Paul propone educar a las mujeres, disminuir la pobreza e incentivar la formación de familias pequeñas. El problema más grande que Alexandra no menciona es que incluso ahora, con 7 mil millones, ya es insostenible. Baby steps al menos para crear conciencia.

Baby Fever:  http://bit.ly/2ql6Phd Una pareja de investigadores ha explorado el fenómeno de baby fever y ha encontrado 3 factores que predicen consistentemente cuánto deseará una persona tener un hijo: exposición positiva, exposición negativa, y la consideración de los sacrificios o costos que involucra tener hijos. El estudio mí no me gustó porque lo encontré medio blando (se basa en tweets), pero va igual : http://bit.ly/2ps1cRg

Don’t lose the context! Response to: Are you maternal enough to be a woman? http://bit.ly/2oOEqik  Este es un post que responde a críticas respecto del estudio que correlaciona niveles de estrógeno y deseo de tener hijos. Este es el estudio original: http://bit.ly/2pG6p8X

How a mother’s love changes a child’s brain http://bit.ly/1kM0fY3

Baby-mother bonds affects future adult relationships http://bit.ly/2pFWr7j

The functional neuroanatomy of maternal love http://bit.ly/2oPLuv2

3 main lessons of psychology – Dan Ariely  http://bit.ly/1hMsvxN El efecto opt-in y opt-out

***How long can you wait to have a baby?  http://theatln.tc/2oCobKc La idea de que tener hijos después de los 30 es difícil no se sostiene fuertemente por ningún estudio científico actual. De hecho, la clásica estadística de que 1 de cada 3 mujeres de entre 35 a 39 años no podrá tener hijos luego de intentarlo durante un año se basa en un artículo publicado en el 2004…pero la fuente de ese dato tiene su origen en los registros de natalidad entre 1670 y 1830. La posibilidad de quedarse sin hijos -30%- fue calculada tomando poblaciones históricas. Pocos estudios han sido bien diseñados e incluido la edad de las mujeres y la fertilidad en mujeres nacidas en el siglo veinte, pero los que sí funcionan son bastante optimistas. Un estudio examinó las posibilidades de embarazo entre 770 mujeres europeas y concluyó que, teniendo sexo dos veces a las semana, el 82% de las mujeres entre 35 a 39 años logran embarazarse dentro de un año, comparado con un 86% de mujeres de entre 27 y 34 años. Otro estudio consideró a 2820 mujeres danesas: entre las mujeres que tenían sexo durante de su fase fértil, el 78% de las mujeres de entre 35 a 40 se embarazaron en el plazo de un año, comprado con un 84% de las mujeres de entre 20 y 34 años. Otro estudio encontró que entre mujeres de 38 y 29 años que ya se habían embarazado, el 80% de las mujeres blancas de peso normal se embarazó naturalmente en 6 meses (el porcentaje disminuía en otras razas y cuando tenían sobrepeso). Incluso estudios que se basan en registros históricos son optimistas: antes de la píldora, el 89% de las mujeres de 38 años seguían siendo fértiles, y otro estudio concluyó que una mujer típica podía embarazarse hasta más o menos entre los 40 y los 45. Sin embargo, estos números suelen no mencionarse.

 Entrevista a Lorrie Moore en The Paris Review: http://bit.ly/2iCQ9hN A pesar de que me encanta Lorrie Moore como cuentista, no me gusta esta entrevista porque creo que suena un poco insoportable, pero también, la entrevistadora es de una inocencia enervante.

***Entre las obviedades que no mencioné: el privilegio que es tener un hijo sano y adorable; la situación de aprendizaje maravillosa que es cuidar a otro que técnicamente no te puede dar nada a cambio -aparte de afecto condicionado al principio, genuino después-; que lo geniales o insoportables que son los niños tiene que ver con lo geniales o insoportables que son los papás (papás: si sus hijos son un pain in the ass, desastrosos, irresponsables, no es gratuito); la pega tremenda que hacen todo tipo de cuidadores que son sanos mentalmente -mamás, papás, tíos, abuelos, hermanos, tías del jardín, etc.; la responsabilidad loca que es cuidar a otro ser humano que no se puede cuidar a sí mismo; la falta de tiempo libre y los sacrificios que se hacen en nombre del otro; lo evidente que resulta que el mundo es un desastre y que hay demasiadas cosas con esquinas puntiagudas.

Ah, y un mini recordatorio:

BUENAS RAZONES PARA TENER HIJOS: porque quieres tener un hijo y quieres comprometerte con la responsabilidad a largo plazo que significa criar, formar y proteger a otro que dependerá de ti.

RAZONES CUESTIONABLES PARA TENER HIJOS: porque te da susto quedarte solo cuando viejo. Porque todas tus amigas están teniendo hijos. Porque quieres afirmar tu relación de pareja. Porque toda tu vida te imaginaste con hijos. Porque te gustan los niños (esos niños después crecen, por si acaso). Porque tu pareja quiere tener un hijo. Porque tus papás quieren tener nietos. Para sentir que sigues avanzando con tu checklist.

BUENAS RAZONES PARA NO TENER HIJOS: porque no quieres tener hijos.

 

Soltera

Hay un error frecuente que cometen los gringos cuando están aprendiendo a hablar en español: confunden el verbo ser con estar. Entonces, por ejemplo, en vez de decir “estoy cansado” dicen “soy cansado”. En inglés la frase sería “I’m tired”, pero si uno quisiera presentarse a sí mismo, también usaría esa fórmula (“I’m Fulanito”, o sea el verbo “to be”, que es lo más irregular de lo irregular). En español la diferencia entre los verbos ser y estar tiene que ver con la permanencia, la condición a largo plazo y/o la imposibilidad de cambiar una situación. La forma más sencilla es ejemplificarlo diciendo que es hombre o mujer, rubio o moreno, alto o bajo, inteligente o tonto, mientras que está apurado o relajado, triste o alegre, casado o soltero.

Y aquí hay algo interesante. En el lenguaje hay una manera de habitar el quiénes somos y qué hacemos.

Estoy soltera. Soy soltera. En español esta pequeña diferencia es una gran diferencia.

*

Lo que más me gusta de aprender otros idiomas es que te abren maneras distintas de pensar el mundo. Un ejemplo interesante e ilustrativo es lo que ha investigado Rafael Núñez respecto de la influencia de la cultura y el lenguaje en la concepción del tiempo. Si bien la metáfora del tiempo como espacio es bastante universal, varía de una cultura a otra, y eso no deja de ser sorprendente.

Los occidentales nos referimos al tiempo con metáforas espaciales respecto de nuestros propios cuerpos: el futuro está adelante, el pasado está atrás (o a nuestras espaldas), decimos que “avanzamos” hacia el futuro, que “dejamos atrás” el pasado. Nuestra línea de tiempo va de izquierda a derecha, coincidente con la manera en que escribimos.

Los aymarás, por el contrario, consideran que el pasado está frente a nosotros y el futuro detrás. Ellos le atribuyen mucho valor al conocimiento obtenido visualmente, o sea, a si lo que se sabe se sabe porque uno fue testigo de ello o no. Entonces, el pasado está frente al hablante -porque lo vio y lo conoce- y el futuro está a sus espaldas -porque lo desconoce o no puede verlo-. Por lo mismo, los aymará pasan mucho más tiempo hablando del pasado que del futuro, porque a este último nadie puede conocerlo ni verlo, y por ende, no tiene mucha relevancia. Esto ha tenido incluso consecuencias históricas: los conquistadores desdeñaban el poco interés que los aymarás mostraban hacia el futuro o al “progreso”.

Los yupno, de Papua Nueva Guinea, consideran que el tiempo fluye cuesta arriba y no es lineal. El pasado, para ellos, va cuesta abajo, en dirección de la boca del río local, y el futuro está en la fuente del río…que está ubicada, precisamente, cuesta arriba. Además, como la fuente del río y la boca no siguen una línea recta, su noción del tiempo es serpenteante también. La forma en que conciben el tiempo está anclada en propiedades topográficas del lugar que habitan. Cuando están en sus casas y no pueden ver el río, al hablar del pasado apuntan hacia la puerta, y cuando hablan del futuro, apuntan a algún lado lejos de la puerta (las entradas a las casas tienen una elevación, y entonces para salir de la casa hay que “descender”. Esto significa también que cada casa tiene su propia línea de tiempo).

Los pormpuraaw, una comunidad remota de aborígenes australianos, tienen una línea de tiempo con un axis de este a oeste: el pasado está en dirección este, el futuro en dirección oeste. El tiempo fluye de izquierda a derecha si están orientados hacia el sur, de derecha a izquierda si están orientados hacia el norte, hacia el cuerpo si están orientados al este o desde el cuerpo hacia el frente si están orientados al oeste.

Más aún, los aborígenes australianos tienen una cosmología centrada en “The Dreaming” (o “el tiempo del sueño”, o “el soñar”). La visión dualista griega-occidental separa la temporalidad de lo eterno y sitúa al sujeto en un punto fijo dentro de un flujo o continuo temporal, mientras que los aborígenes australianos piensan que uno mismo es, fue y será el tiempo del sueño. El tiempo existe en relación vertical con el presente. Los eventos no pasan como una cadena de situaciones que tienen un comienzo u origen, sino que pasan aquí y ahora. La historia es entendida en términos sociales, a través de vínculos entre ancestros y descendientes. El volver a actuar un hecho del pasado -por ejemplo, el representar la crucifixión de Cristo-, para ellos es el equivalente del evento original, o sea, una realidad contemporánea, vívida. Pensar en “dejar atrás el pasado” es más o menos inconcebible, porque el pasado es aquí y ahora y se sigue manifestando a través de los descendientes. Todo lo que sucede en el tiempo tiene implicancias eternas y está muy interconectado.

Uff, ya, todo eso fue un minidesvío para demostrar cómo afecta el lenguaje y la cultura el cómo nos situamos en la realidad.

Volvamos a algo más livianito.

*

Hay un tipo que cada cierto tiempo me pregunta si “sigo” soltera. La pregunta jote es, a ratos, molesta: “seguir”, como si estuviese arrastrando un estado por demasiado tiempo. Y es que la gente habla de la soltería como si fuese o una enfermedad o un bien escaso, o incluso como un punto de partida para llegar al destino final (matrimonio) en el que uno puede “quedarse” pasivamente, porque nadie quiso “tomarla” en matrimonio. Te dicen que “ya vas a conocer a alguien” o “disfruta la soltería mientras puedas” o “(qué pena) se quedó soltera”.

A veces siento que la gente me habla en alien, pero también entiendo que estas formas de hablar sobre la soltería están súper ancladas en nuestra cabeza. La metáfora a la base es que “la vida es un camino” y uno de los tantos hitos es transitar de la soltería al matrimonio, donde el matrimonio es un logro, un avance, un nuevo comienzo. Desde esa lógica, ser un soltero adulto es por lo tanto quedarse pegado, estancado, frustrado, fracasar. El matrimonio aseguraría compañía, la soltería te condenaría a la soledad. El matrimonio sería un camino más o menos directo a la felicidad, la soltería sería, en cambio, difícil, amarga.

En este escenario lingüístico-mental es obvio que a muchos el tema de ser solteros les pega fuerte. Me topo muy seguido con gente que no quiere estar soltera, que se la sufre. Y lo entiendo, porque a mí también me pasó: es peludo en un país conservador ser soltero (y si eres mujer, afírmate cabrito, pobre de ti). Hay una suposición, de buenas a primeras, de que uno o está medio dañado o es demasiado jodido o nadie te quiso. Además, agréguenle el hecho de que estar soltera se asocia a vivir en soledad, a una vida medio carente de sentido (sin tener marido ni hijos a los que dedicarse…).

Es harta carga y si uno no tiene la cabeza para sacarse ese peso, se hunde.

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A mí me encanta estar en pareja, pero también me encanta estar soltera, y como soltera, soy una persona que constantemente sale con gente y se enamora y desenamora con intensidad. Conecto rápido, me importa generar vínculos que me aporten, me nutro de personas con cabezas distintas a la mía.

A veces la gente que se la sufre en la soltería me pregunta si me aburro, porque ellos se aburren. Y sé que esto suena a que lo estoy sobrevendiendo, pero: yo nunca me aburro. Es muy loco, porque hubo una época en la que sí, en que lo único que quería era estar en pareja y sentía que estar soltera era como estar condenada al ostracismo -porque, convengamos, Chile país conservador y blablabla-.

Hice el cambio de switch hace rato y los invito a hacer lo mismo. Me parece súper tonto estar en una situación viéndole todo lo que te carga, en vez de todo lo bueno que tiene estar ahí. Si no, te la pasas en falta. El país de la soltería es otra historia, tiene otros códigos, distintos a los del país del matrimonio, otros lenguajes y rituales. Pasar la frontera de uno a otro requiere un montón de adaptación y si uno está más o menos instalado en uno de los dos, debiese convertirse en el mejor ciudadano posible de ese país, ¿no creen? Lo que quiero decir es: es poco probable que seas feliz emparejado si estando soltero estás descontento, porque el goce tiene que venir de ti, de tu capacidad de sacarle el jugo a tu contexto. Los solteros amargados son casados amargados. Los solteros gozadores son casados gozadores (y después, estadísticamente: divorciados gozadores. Y vueltos a casar gozadores. Y así).

Lo que quiero decir es: es poco probable que seas feliz emparejado si estando soltero estás descontento, porque el goce tiene que venir de ti, de tu capacidad de sacarle el jugo a tu contexto. Los solteros amargados son casados amargados. Los solteros gozadores son casados gozadores (y después, estadísticamente: divorciados gozadores. Y vueltos a casar gozadores. Y así).

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Escucho a gente que me comenta que está soltera y que decide guardarse experiencias para hacerlas cuando estén acompañados en el futuro -acompañados de ese alguien que todavía no existe en sus vidas, pero que quieren que exista-. Es como si viviesen más en una vida pensada para mañana: ahorrando experiencias ricas porque más adelante van a estar con alguien con quien sí vale la pena vivirlas. Y no es que eso esté mal, es que es fome. Súper fome. Me parece una pésima idea “guardarse” hipotecando sus experiencias por algo que (se supone) llega mañana.

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Decimos “estar soltera”: como si fuese algo transitorio, algo con la posibilidad de ser alterado para pasar a otro estado. Sí, tiene sentido, porque eso viable. Y además creo que tiene sus ventajas hablar así de situaciones o cosas que nos incomodan o desagradan. Por ejemplo, no quiero decir “soy (una persona) triste”, quiero decir “estoy triste” y pensar que mañana tal vez no lo estaré.  El asunto es que si nos ponemos más rigurosos, cuando uno “está” de cierta manera, lo está entero, completamente, absorbido por esa experiencia. Se siente poco transitorio ese “estar”. Se siente como el “I’m” de los gringos.

Y pucha la fuerza distinta que tiene decir “soy”: “soy mujer / adulta / soltera”. Soy. Soy esto que abrazo como algo que acepto con todo lo que tiene, sus pros y contras. Soy, en este momento, aquí mismito. Sooooy.

Si “soy mujer” es una manifestación del “ser mujer”, “soy soltera” es lo mismo. Y, ¿qué hace una soltera? ¿Cómo se manifiesta la soltería? Haciendo cosas de soltera, pues. Soltereando.

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Hace un par de fines de semana atrás fui a un matrimonio de una prima. Hacía tiempo que no veía a esa parte de la familia. Decidí ir sola. Harta gente me preguntó por qué y la respuesta más sensata es la obvia: porque soy soltera. Y la gente me preguntó también que cómo lo pasé, que si no me aburrí, que con quién hablé. Y la respuesta fue: llegué a las 7 de la mañana a mi departamento, me dolieron los músculos de las piernas como tres días seguidos de tanto bailar con taco alto, conversé con cuanto ser humano se me cruzó, conocí gente nueva y pude hablar largo y tendido con mis familiares. Cosas de soltera.

Refs.:

Usé diferentes fuentes para explicar las diferencias respecto de la concepción del tiempo, aunque todas tienen que ver con las investigaciones de Rafael Núñez (http://bit.ly/2ofoKrz).

“How we make sense of time” http://bit.ly/2eyboQG

“Backs to the future” http://bit.ly/1TUZ4s2

“Time flows uphill for remote Papua New Guinea tribe”  http://bit.ly/2oaOqFA

“Eternity now: aboriginal concepts of time” http://bit.ly/2oNhbJD

Me puse a buscar metáforas sobre la soltería y encontré este libro que me hizo mucho sentido, aunque sea mexicano. Me apoyé en él para escribir ese pasaje. “Las razones del matrimonio” http://bit.ly/2oVLA5P