Blog

Tener miedo 

 Si de chico te hubiesen contado el tipo de cosas que te dan miedo ahora, te hubieras reído. Las hubieras descartado porque los miedos de los que hablamos los adultos suenan súper etéreos comparados con los de los niños. Miedo a que no te vaya bien en algo que te importa, miedo a que le pase algo a tus seres queridos, miedo al ridículo, miedo a que te dejen de querer.

Cuando niños, le tememos a lo que nos puede pasar, a lo que alguien o algo nos puede hacer: el miedo es una reacción -anticipada o consecutiva- a un agente o situación externo.

De adulto, el miedo lo llevas dentro.

*

O quizás pasa que de chicos conocemos de primera mano el miedo -concreto, obvio, animal-, mientras que de adultos nos acostumbramos a convivir con la ansiedad -una especie de polvillo apenas perceptible que se posa sobre las cosas que nos importan-.

En psicología se distingue el miedo de la ansiedad según el contexto: el miedo se relaciona con una amenaza real, comprensible, lógica, mientras que la ansiedad se vincula con una amenaza desconocida o vaga. Ambas producen una respuesta de estrés. El miedo responde a una amenaza específica, con frecuencia inmediata. La ansiedad es una sensación de aprensión, de malestar genérico por la posibilidad del peligro. La diferencia: un peligro real versus uno imaginado. Sin embargo, ambas se interrelacionan y pueden causarse mutuamente.

Otra cosa es “tenerle miedo a” algo, es decir, no sentir miedo como respuesta a una amenaza real o imaginada, sino reconocer que existe una situación que nos desagrada en extremo, que provoca miedo. Cuando eso se vuelve patológico, es una fobia: le tengo tanto miedo a las arañas que no puedo ni ver una, por ejemplo. La vida cotidiana, para la mayoría, es menos dramática y parece cobrar su cuota más por acumulación que por evento rotundo. Lo que desgasta son esas pequeñas situaciones indeseables potenciales que asoman la cabeza cuando recién te empiezas a relajar, que arrojan su sombra tenue sobre momentos perfectamente felices. Es ahí, en el “tenerle miedo a”, cuando miedo y ansiedad se cruzan y se convierten en un animal mañoso, irritable, demandante de atención, que sabe poco de tino y tacto.

*

Idolatramos a los valientes. Pareciera que hacen lo imposible: vencer el miedo. Arriesgar lo que tal vez no puedan recuperar nunca. Los deportes extremos se fundan, en parte, en torno a la idea de derrotar el miedo, de doblegarlo. Decimos con admiración que alguien “no le tiene miedo a nada”, que se arroja a lo que quiere sin pensarlo dos veces.

Los valientes por un lado, y en contraparte, el resto: los que contratan seguros por si les pasa algo para que no sea tan desastroso, para controlar en lo posible el daño colateral. Los que parten perdiendo. Los que van por la vía de la cautela: del mejor no, para qué. Los que miran de lejos.

Es fácil caricaturizar los dos bandos: los libres versus los cautivos de sí mismos, los osados versus los cobardes, los locos versus los estables, los rebeldes versus los adultos.

Obviamente, esa caricatura es mentira. Todos sentimos miedo.

*

No es que los adultos seamos miedosos porque sí (y debo decirlo: una parte mi mí se queda mirando esa oración que acabo de escribir con algo de resentimiento). Tal vez el primer quiebre se da cuando nos ponemos a extrañar ese periodo de gracia de la niñez y la juventud en la que pensábamos que seríamos invencibles, infinitos, capaces de soportarlo todo. Después la vida te pasa por encima sin previo aviso. Y sí, te recuperas, te repones -porque vaya que hay aguante, vaya que hay entereza-, pero también te desgastas. Y en ese enmendar la herida, en ese volver a pararse, ganamos en experiencia, pero también perdemos un poquito de garra.

Me gusta la forma en que los niños piensan y se mueven: una combinación poco común de sentir que se merecen todo lo que quieren y al mismo tiempo una celebración continua de las cosas que poseen. Si algo les atrae o les interesa, quieren tocarlo, tomarlo y entenderlo ahora ya. No tienen paciencia para postergarlo. Al mismo tiempo, si les quitas algo que valoran, patalean un rato, pero después se les olvida rápido y encuentran otra cosa que los entretiene. Y por sobre todo: piden sin miedo al rechazo, actúan sin miedo a fallar. Merecimiento y euforia. Curiosidad y desapego. Audacia, fuerza, atrevimiento.

Llámalo como quieras, pero nos falta un poco de eso. Una buena dosis de actitud.
¿Cómo recuperarla? ¿Cómo inyectárnosla a la vena?

*

Tengo una solución tentativa: creo que el primer paso es ir a buscar el miedo.

Nunca pensé que diría algo así, pero aquí estamos: hay algo casi mágico en hacer voluntariamente algo que te da miedo. Creo que tiene que ver con una disonancia cognitiva que se instala y comienza a desenredar ese territorio misterioso de la emoción, a ratos violenta, a ratos paralizante, que es el miedo.

Una “disonancia cognitiva” es la tensión o incomodidad que ocurre cuando tus ideas, creencias o comportamientos se contradicen unos a otros. Por ejemplo, si al decir una mentira te sientes muy incómodo porque te ves a ti mismo como muy honesto, o si a pesar de considerarte muy inteligente, no logras resolver un crucigrama sencillo. O si le pones el gorro a tu pareja, aún cuando crees que hacerlo es inmoral. El asunto es que tendemos a querer disminuir esa brecha -esa incomodidad- al máximo para mantener cierta consistencia entre cómo nos comportamos y nuestras actitudes y creencias. El cómo solucionamos la disonancia tiene consecuencias: podemos cambiar nuestro comportamiento (ej: dejar de ponerle el gorro) o cambiar nuestra creencia (ej: “hay cosas peores que poner el gorro”, “la verdad es que es súper común”, etc.). Otro ejemplo más de disonancia cognitiva: si teniendo dos opciones igualmente buenas nos vemos obligados a elegir una, validaremos posteriormente esa elección atribuyéndole mejores características o méritos que a la que no elegimos (o sea, ajustamos nuestra creencia a nuestra conducta). Justificamos, nivelamos, hacemos consistente nuestras acciones con nuestras ideas.

 Aquí entra, entonces, lo de buscar el miedo.

*

La última vez que tuve miedo en serio fue la semana pasada. Transpiré helado, me temblaron las manos, tuve que sentarme para que se me pasara y respirar hondo varias veces. Había estado aferrada a una pared escalando, con un arnés, segura. Pero así, sujeta por una cuerda, cuidada por mi asegurador, sentí temor a caerme y se me acalambraron las manos de tanto agarrarme a las tomas.

Valga el contexto: la última vez que hice una actividad física que arriesgó mi integridad corporal fue ballet, como a los 8 (sí, soy así de osada): me fracturé un brazo tratando de hacer un salto que, evidentemente, no salió bien. Desde entonces le he tenido mucho respeto a todo lo implique un riesgo físico y me he convertido, por derivación, en una persona más afín a la lectura, ojalá desde una cama o sofá cómodo (de los riesgos intelectuales de la lectura hablaremos otro día). ¿Deporte? Sí, claro: gimnasio, pesas, y tuve un periodo excepcional de tres meses en que practiqué boxeo (hasta que a una psicópata se le corrió boxearme las pechugas y hasta ahí llegó todo). Todo esto para decirte: no me considero una persona particularmente valiente con el discursillo de “todo es posible” ni nunca he sido deportista devota.

Vuelvo a la escalada: sentir miedo escalando es parte de. A cada avance te encuentras con el temor a caer, pero ese temor es en gran parte irracional, porque estás asegurado: si te caes es tan riesgoso como que te quiten la pelota en el fútbol (pueden salir mal las cosas, pero es poco frecuente). Y sin embargo: miedo. ¿Cómo se explica? ¿Cómo se reconcilia la cabeza con la realidad, cuando la mente te dice NO y el contexto te dice DALE?

Es un ejercicio psicológico desafiante resolver la disonancia y he notado que por extrapolación se resuelven otras cosas. Algunos ejemplos:
– no me gusta sentir miedo → practico escalada, que me da miedo  →  o sea que, tal vez, no me da tanto miedo → ¿qué otras cosas se ven más atemorizantes de lo que realmente son? ¿Qué más puedo hacer que todavía no me he atrevido a hacer?

– no me gusta sentir miedo → practico escalada, estoy segura  →  siento miedo igual  →  ¿Qué otras cosas que no implican ningún riesgo me dan miedo?

– no me gusta sentir miedo → practico escalada, mejoro y avanzo a pesar del miedo→  siento miedo igual, sigo practicando  →  ¿Por qué acá el miedo no es paralizante y en otras cosas sí?

No necesitas escalar, obviamente, pero sí creo que es bueno encontrar algo que puedas hacer que te desafíe, que te de un poquito de susto, y tener esa experiencia.

*

Me carga caerme. Caerse, por definición (mi definición, quiero aclarar), es algo que no debiera pasar: te caes cuando, a pesar de dominar la actividad, pierdes el equilibrio (da lo mismo el motivo: tropezar, porque alguien te empuja, etc). Odio caerme en todo ámbito: real (caerse en la calle, caerse en la escalada), metafórico (equivocarse en algo, errar en la dirección de lo que intento) e imaginado (fantasías infinitas de maneras de sacarme la cresta físicamente y fallar metafóricamente). Así que cuando G. me dijo, mientras yo temblaba de susto, que tenía que practicar caerme, me reí en su cara. Para mí es tan insensato como decirme que practique tirarme al suelo para no tenerle susto a caerme caminando.

Pero no está tan loco: lo que G. quería decir era que lo tengo que hacer intencional, para darme cuenta de que no pasa nada, que estaré segura. Esta es, en realidad, la misma manera en que se tratan las fobias: el método se llama “desensibilización sistemática” y comprende exponerse poco a poco a la situación temida. Se trabaja primero imaginariamente, se le enseña a la persona a respirar (relajarse, automodularse), luego se puede simular la situación temida y luego se hace de verdad. Superado el último punto, la fobia se da por terminada. O en corta: hacerle entender a tu cabeza que no pasa nada. Que no es tan grave. Que el miedo no viene de la cosa en sí, si no de ti. Que eres tú el que se asusta, no que te asustan. Y si eres tú el que se asusta, entonces eres tú el que también puede dejar de asustarse.

*

–“Oye -te estarás preguntando-, pero ¿no habíamos partido con ejemplos de miedos de adultos? ¿Con temor a fracasar? ¿Con temor a que no te quieran? ¿Por qué me estai hablando de deporte?”.

–“Ay, pequeño saltamontes -te digo, levitando-: porque el efecto del miedo es el mismo, ya sea en relaciones emocionales o en la práctica de un deporte”.

El miedo a es paralizante. Agranda y deforma lo temido a proporciones inabarcables. Te genera ansiedad. Le quita diversión a la vida. Te bloquea. Te hace sentir incapaz. Puede comerte la cabeza contándote una historia de cosas que no pasan en la realidad. La única persona que puede hacer algo para pararlo eres tú.

Practiquemos haciendo cosas -otras cosas- que nos dan miedo. Por absurdo que suene. Practiquemos sorprendiéndonos de que bah, al final no era para tanto. Practiquemos, hasta cansarnos. Te prometo esto: no vas a dejar de sentir miedo, pero vas a empezar a hacer cosas a pesar de él.

LAS RELACIONES QUE IMPORTAN

Hay cosas que puedes ver una sola vez y que se quedan en tu memoria para siempre. Normalmente no entiendes por qué hasta que llega un momento en la vida en que ese recuerdo se activa nuevamente y ajá, ahí está: es como si tu yo te lo hubiese estado guardando todo ese tiempo para ese momento específico. (¡Gracias yo-del-pasado!) Me pasó con una intro de Seinfeld sobre la dificultad de hacer amigos pasados los 30: los amigos que tienes son los que hay -para bien o para mal- e incorporar gente nueva parece una tarea destinada al fracaso porque ya tienes tu vida armada, tus gustos definidos, tus mañas. Cuando la vi por primera vez yo debo haber tenido unos veinte años y en ese momento Seinfeld se veía como un señor con mal gusto para vestirse que hablaba sobre cosas del día a día complicadas a propósito para que fuesen humorísticas. Me reí del chiste, pero sin entenderlo del todo: a los veinte la idea de tener dificultad para conocer gente nueva o de siquiera tener que hacer el esfuerzo de buscar nuevos amigos es todavía extraterrestre. Pero, triste ironía, aquí estamos: pasados los 30 Seinfeld se ve cada vez más joven, menos neurótico, con un humor cercano a un realismo cruel más que a la simple exageración (sigue teniendo pésimo gusto, eso sí).

De chica siempre tuve la expectativa de que sería lo contrario: que a medida que pasara el tiempo sería cada vez más fácil hacer nuevos amigos, conocer gente nueva.

Sorpresa: la realidad es contraintuitiva.

*

Para empezar a pensar sobre nuestra vida social es importante aclarar un par de conceptos antes, así que disculpen la lata. “Redes sociales” (distinto a “redes sociales digitales” o “RRSS”) se refiere al conjunto de relaciones sociales directas que tiene una persona, como familiares, amigos y conocidos. La palabra “directas” implica que hay una relación social entre el sujeto y el miembro de la red que se caracteriza por interacciones repetidas entre ellos y una representación mental de la relación como tal (o sea, que ambos ven y reportan su asociación como una relación). El concepto de “redes sociales” se distingue del de “grupos sociales” porque no es una exigencia el tener relaciones sociales para ser parte de un grupo. La pertenencia a un grupo se puede dar sin interacciones repetidas y los grupos en general se orientan a la performance y a metas compartidas, mientras que esas no son características necesarias para definir a las redes sociales amistosas o familiares.

El tamaño de las redes sociales de las personas son un indicador de los recursos sociales con las que ellas cuentan y el mismo acaba repercutiendo en otros ámbitos vitales, como por ejemplo en la salud, el bienestar y los logros de vida. Distintas relaciones pueden cumplir diferentes funciones, así que la cantidad de relaciones en subredes específicas, como las familiares o laborales, también es importante. Por este motivo, mantener un círculo social saludable, sin importar la edad (o a pesar de ella), es relevante.

Hay dos teorías que se hacen cargo de los cambios en las redes sociales a lo largo del ciclo de vida: la teoría de la selectividad socioemocional y la teoría del convoy social. Ambas predicen cambios similares, pero los atribuyen a causas diferentes. La primera describe cómo las metas sociales y las relaciones sociales cambian debido a la modificación de la perspectiva sobre cuánto tiempo restante de vida tenemos. La teoría del convoy social sostiene que la gente mantiene una red de relaciones que los acompaña a lo largo de la vida como un convoy, es decir, como compañeros viajeros en la ruta de la vida. En este caso, las relaciones diferirían en niveles de cercanía y dependencia según las circunstancias sociales. Ambas concluyen que mientras más periférica y menos cercana la relación, más disminuyen a lo largo el tiempo en la adultez, mientras que las relaciones cercanas con familiares y amigos persisten.

Un meta análisis que incluyó 277 estudios con 177.635 participantes que iban de la adolescencia a la vejez, intentó responder a la pregunta sobre cómo varía el tamaño y composición de las redes sociales a lo largo de la adultez. Los resultados fueron consistentes y demostraron que:

  1. a) la red social global -incluyendo las cercanas y periféricas- aumenta hasta la adultez joven y luego comienza a disminuir progresivamente hasta la vejez,
    b) tanto las redes personales como las de amistades disminuyen a lo largo de la adultez,
    c) la red familiar se mantiene estable desde la adolescencia a la vejez y
    d) otras redes como las de los compañeros de trabajo y los vecinos son importantes solo en rangos específicos de edad.

O sea, el círculo se achica.

*

Se habla mucho de lo importante que es tener un buen círculo social, pero pocas veces se le da relevancia a la importancia de la calidad de ese vínculo.  En un estudio de 7000 hombres y mujeres en el condado de Alameda, en California, se encontró que la gente que estaba desconectada de otras personas tenía tres veces más probabilidades de morir durante la extensión de nueve años del estudio que la gente con vínculos sociales fuertes. Esta diferencia era independiente de la edad, sexo y estado de salud. Otro estudio que consideró a 2320 hombres que habían sobrevivido un ataque al corazón encontré que los que tenían conexiones fuertes con otras personas tenían un cuarto del riesgo de muerte dentro de los tres años siguientes, comparado con los que tenían poco conexión social. Otro estudio encontró que quienes están socialmente aislados y sufrían de enfermedad arterial coronaria tenían una tasa de mortalidad 2.4 veces más alta que los que se encontraban socialmente conectados. La baja cantidad o calidad de vínculos sociales está asociada a un montón de condiciones físicas y mentales, como enfermedades cardiovasculares, ataques al corazón repetidos, desórdenes autoinmunes, presión alta, cáncer, estrés, depresión, ansiedad y sanación lenta de heridas. O sea, estar conectado socialmente genera un loop de feedback positivo de bienestar social, emocional y físico. Aunque también, no hay que ser simplistas: puede ser un ejemplo de la lógica del huevo o la gallina, es decir, tal vez la gente sana física y mentalmente es más abierta a conectar con otros, tal vez las enfermedades y trastornos psicológicos dañan nuestra capacidad para hacer amigos.

*

En su libro The Tipping Point, Malcolm Gladwell popularizó el “Dunbar’s Number”, una cifra definida por Robin Dunbar relativa al tamaño del neocórtex y el límite de relaciones que puede mantener un sujeto. El volumen del neocórtex restringiría la habilidad cognitiva de reconocer a otra persona como un individuo único, rescatar información e interacciones previas con la persona y comprender los vínculos que ella mantiene con otras dentro de una red social.

La cifra más conocida es 150: la cantidad de gente que llamamos amigos casuales, con la que podemos mantener relaciones interpersonales estables,  gente a la que podrías invitar a una fiesta grande (es un rango, más bien, que considera 100 por lo bajo y 200 para los hipersociables). La cifra crece y disminuye según una fórmula de tres:

  • 50 es la cantidad de personas a las que llamamos amigos cercanos (la gente a la que podrías invitar a una comida grupal, por ejemplo). Los ves seguido, pero no tanto como para considerarlos amigos íntimos.
  • Luego viene el círculo de 15; los amigos con los que puedes contar cuando lo necesitas, a los que les puedes decir la mayoría de las cosas.
  • El círculo más pequeño es de 5: este es tu grupo de apoyo íntimo, tus mejores amigos (con frecuencia familiares y pareja).

Al grupo de 5 les dedicamos el 40% de nuestro tiempo disponible para socializar y a unas 10 personas más les dedicamos el 20%. Es decir, 2/3 de nuestro tiempo social lo pasamos con tan solo 15 personas. Por otra parte, los grupos se pueden extender hasta 500, que serían los conocidos, y hasta 1500, el límite máximo absoluto de personas a las que les puedes poner un nombre y cara. Si bien los tamaños de los grupos son bastante estables, su composición tiende a ser fluida. Los cinco de hoy puede que no sean los cinco de la próxima semana: nos movemos a través de las diferentes capas sociales y a veces nos salimos de todas ellas por completo.

Cuando Dunbar hizo su estudio encontró evidencia antropológica e histórica consistente con su propuesta: el tamaño promedio de las sociedades modernas de cazadores-recolectores era de 148.4 individuos; los ejércitos profesionales tienden a ser de 150 personas -desde el Imperio Romano al siglo XVI en España al s.XX en la Unión Soviética-; y las tropas tienden a subdividirse en secciones más pequeñas de entre 10 y 15, mientras que los conjuntos de tropas forman batallones que van de 550 a 800.

*

Ahora, ¿cómo nos afecta el uso de las plataformas sociales digitales como Facebook, Twitter e Instagram? ¿Sigue siendo el número Dunbar válido? ¿Son acaso vínculos distintos los digitales de los offline? Tantas preguntas, tan poco tiempo.

El profesor de la Universidad de California, Morten Hansen ha dicho que las RRSS han facilitado las colaboraciones haciéndolas más efectivas, porque nuestros amigos de la vida real tienden a conocer a la misma gente que nosotros, pero en el mundo online podemos expandir nuestras redes estratégicamente. Sin embargo, cuando se ha intentado determinar si las redes virtuales han aumentado nuestros lazos fuertes-y no solo los débiles, como los señalados recién- el número Dunbar se sigue manteniendo constante. Por ejemplo, Bruno Gonçalves y sus colegas en la Universidad de Indiana quisieron determinar si Twitter había alterado la cantidad de relaciones que los usuarios podían mantener a lo largo de seis meses y encontraron que a pesar de que Twitter facilita la conexión, las personas tienden a manejar entre una y doscientas relaciones estables. Nicolle Ellison, de la Universidad de Michigan encuestó a una muestra de estudiantes respecto de su uso de FB y encontró que a pesar de que la mediana de los amigos que tenían eran 300, solamente consideraban a un promedio de 75 como sus amigos.

Según Dunbar las RRSS están cambiando la naturaleza de la interacción humana. Por ejemplo, FB permite seguirle la huella a la gente que de otro modo desaparecería de nuestro radio social. Ahora bien, no habría que olvidar que una de las cosas que mantiene a las amistades cara a cara es la experiencia compartida. Dunbar sostiene que hay un equivalente digital -compartir, darle like y saber que tus amigos vieron el mismo video en YouTube-, pero que no genera la misma sensación que el compartir algo en vivo y en directo porque carece de la sincronía de la experiencia compartida. Podemos mantenernos al tanto de las vidas y los intereses de mucho más que de 150 personas, pero si no invertimos el tiempo cara a cara nos falta esa conexión más profunda. Además, esa inversión de tiempo en interacciones más superficiales no es gratuita: es tiempo que dejamos de invertir en otras interacciones más profundas o incluso en hacer otras cosas.

*

Jeffrey Hall ha investigado, basándose en la teoría de Dunbar, la cantidad de tiempo que toma hacer un nuevo amigo. Hall partió por recopilar estudios sobre el tema y descubrió que la cantidad de tiempo que pasa desde que uno conoce a alguien hasta que se forma una amistad propiamente tal es un indicador poco revelador sobre cuánto tiempo realmente toma desarrollar una amistad con alguien. Por ejemplo, es posible conocer a alguien hace años, pero no lograr generar una amistad con esa persona, y conocer a alguien hace solo 6 semanas y volverse mejores amigos. Las cifras son interesantes, de todos modos.

La proximidad y las oportunidades de contacto son el escenario que permite que una amistad florezca, pero el contar con ellas no garantiza que las personas efectivamente se hagan amigos. Hay estudios longitudinales sobre el desarrollo de la amistad que concluyen que esta sucede entre la tercera y la novena semana luego de haberse conocido. Unos 3 a 4 meses pueden ser necesarios para que se desarrolle una amistad. Cuatro meses después de conocer amigos potenciales, pocas nuevas amistades se desarrollan, ya sea porque los sujetos prefirieron no tener una relación más cercana o porque no tienen suficiente tiempo para dedicarle parte de él a nuevos amigos. La diferencia más obvia entre las relaciones que desarrollan intimidad y las que no se encuentra en la cantidad de interacciones sostenidas. Las personas tienden a decir, sin embargo, que lo que más les cuesta es encontrar el tiempo necesario para desarrollar nuevas amistades. Entonces, ¿cuánto tiempo es necesario para hacer nuevos amigos?

Según Hall necesitas invertir unas 50 horas de interacción para empezar a sentir que alguien es un amigo. Cuando somos chicos, estamos expuestos de manera más o menos obligatoria durante largos periodos de tiempo a las mismas personas: vamos al colegio todos los días o jugamos con los vecinos. 50 horas no son nada y se dan naturalmente. Pero de grandes, cambia la cosa: tratar de lograr esas 50 horas con otro adulto que tiene otra pega full time, otro núcleo familiar, hijos, pasatiempos, hace que todo se ralentice. Este es el desglose:

  • 30 horas para pasar de considerar un conocido a una amistad casual.
  • 50 horas para pasar de una amistad casual a amistad propiamente tal.
  • 140 horas aproximadamente para que comience a emerger una amistad cercana.
  • 300 horas para pasar a ser mejores amigos. Estas 300 horas tienen que ser haciendo cosas disfrutables, no solo trabajando, por ejemplo.

Tres.
Cientas.
Horas.
O sea 37.5 días full time (8 horas continuas con una persona). ¡Buena suerte con eso!Y luego, al menos si tuviéramos la seguridad de que ese tiempo invertido durará para siempre. ¡JA!

Un estudio llevado a cabo por Gerald Mollenhorst en Holanda demostró algo relativamente alarmante para los que consideramos nuestras relaciones estables y sólidas a lo largo del tiempo: perdemos a casi la mitad de nuestros amigos cercanos cada siete años. La intención era investigar si el contexto social en el cual nacen los contactos influencian el grado de similaridad entre parejas, amigos y conocidos. El estudio se realizó encuestando a 1007 personas de entre 18 y 65 años y se les hicieron preguntas como: ¿con quién hablas de asuntos personales importantes? ¿Quién te ayuda a hacer mejoras en tu hogar (DIY projects)? ¿A quién visitas de manera sorpresiva o espontánea? ¿Cómo conociste a esa persona? ¿Bajo qué contexto te sigues juntando con esa persona hoy en día? Luego de siete años los encuestados fueron recontactados, volviendo a entrevistar a 604 de ellos. Las conclusiones fueron las siguientes:

  • Las redes sociales personales no se forman solamente basadas en las preferencias personales, pues las personas se encuentran limitadas por las oportunidades para conocer gente. Por ejemplo, las personas generalmente escogen nuevos amigos de contextos en los que ya han emergido amistades.
  • Los diferentes contextos -tales como el trabajo, el vecindario y los contextos privados- con frecuencia se superponen unos a otros.
  • En un periodo de siete años el tamaño promedio de las redes personales es relativamente estable, pero muchos miembros se reemplazan con otros. Solo el 30% de los amigos con los que se discutían cosas y los que ayudaban en asuntos prácticos se mantienen en la misma posición y solo 48% siguen siendo parte de la red.

*

Sherry Turkle dio una charla TED en el 2012 en la que plantea los riesgos del uso de la tecnología en la vida cotidiana. Turkle afirma que los dispositivos que usamos “tienen tanta fuerza psicológica que no solo cambian lo que hacemos, sino que cambian lo que somos”. Lo que considera problemático es que esta modificación de nuestras conductas afecta la relación con los otros, pero también con nosotros mismos, en especial nuestra capacidad de autorreflexión. Estamos juntos unos con otros, pero en solitario: las personas quieren estar con los otros, pero al mismo tiempo estar en todos los otros lugares, y escogen poner su atención únicamente a lo que les interesa y exponerse solo lo justo y necesario. El “problema” de las conversaciones, dice, es que suceden en tiempo real y que no se puede controlar todo lo que uno va a decir. O sea que la tecnología nos ofrece una alternativa: en vez de tener conversaciones cara a cara, en tiempo real, podemos tener conversaciones en tiempos diferidos y presentarnos como queremos. Dice: “Las relaciones humanas son vivas, complicadas y exigentes. Las limpiamos con tecnología y al hacerlo, algo de lo que puede suceder es que se sacrifica la conversación por la simple conexión (…) estamos desarrollando tecnologías que nos dan la ilusión de compañía sin las exigencias de la amistad. Recurrimos a la tecnología para sentirnos conectados de maneras que podamos tener un cómodo control. Pero no nos sentimos tan cómodos, no tenemos tanto control”. Los smartphones y las plataformas de comunicación, según Turkle, ofrecen tres fantasías gratificantes:

  1. podemos poner la atención donde queremos tenerla;
  2. siempre seremos escuchados;
  3. y nunca estaremos solos.

En esta última promesa es donde reside el gran riesgo, porque apenas las personas empiezan a sentirse solas y ansiosas, se inquietan y buscan su celular para entretenerse, para bajar esa ansiedad, como si estar solo fuese un problema que se soluciona conectándose. Pero “conectarse es más un síntoma que un remedio. (…) Más que un síntoma, la conexión permanente está cambiando la forma que la gente piensa de sí misma. Está conformando un nuevo modo de ser”. Bajo esta lógica, usamos la tecnología para definirnos, compartiendo pensamientos y sentimientos. Si antes era “tengo una sensación, quiero hacer una llamada” ahora es “quiero tener una sensación, tengo que enviar un mensaje”. El problema bajo esta lógica es que si no tenemos conexión, no nos encontramos con nosotros mismos, no nos sentimos. Entonces, nos conectamos más y más, pero nos aislamos.

Acá el salto puede ser contraintuitivo, pero Turkle dice que terminamos aislados si no cultivamos la capacidad de estar solos, con nosotros mismos. Desde la soledad uno se encuentra y luego puede llegar a otros y formar afectos reales, pero si no podemos estar solos vamos a los otros para sentirnos menos ansiosos o sentirnos vivos, y ahí se nos pierde el otro porque lo vemos solamente como una función, no por la persona que hay ahí. Como si estuviéramos usando a los otros para apoyar nuestra autoestima.

Si no sabemos estar solos, estamos más solos.

*

“Ya no existen los hospitales de amigos”, me decía alguien hace meses atrás y la frase se quedó conmigo. En parte porque estamos más viejos, en parte porque cada uno está enfocado en su propio mundo y metas: su pareja, su familia, sus ambiciones laborales y económicas.

Los años de adolescencia y los veinte se ven con un poco de nostalgia pasados los 30. En esa época parecía que todo lo que había en el mundo eran amigos, compañeros de historias: la familia era algo asegurado, había que salir a descubrir el mundo y había que hacerlo de la mano de un grupo de amigos que estarían para siempre. Teníamos horas interminables para juntarse a hablar de nada, para escuchar música o mirar el techo, para discutir sobre libros o películas, para planear cómo revolucionar el mundo juntos. Teníamos que hacerlo todo de una vez, lo más rápido posible, para que la fomedad atroz de la adultez no nos mordiera el cuello: para no convertirnos en esos señores con ojeras y lengua traposa que miraban con algo de desprecio a sus mujeres, que hablaban del seguro del auto y la hipoteca, que calculaban que ya no les alcazarían los años para hacer lo que siempre habían querido hacer. Frustrados porque habían perdido contra el tiempo y lo que les habían vendido como la promesa de la felicidad. Había que hacerlo con energía y hasta con rabia para no transformarse en esas señoras amargadas que se dedicaban a descuerar a sus otras amigas, que se comparaban físicamente y lamentaban la pérdida de su juventud, que dispensaban comentarios agrios y victimizados sobre cualquier cosa porque el mundo les parecía una amenaza continua. Había que hacerlo rápido porque intuíamos que el tornado de la vida adulta podría destruirnos. Y sí: algunos cayeron. Algunos se convirtieron en zombies.  Algunos dejaron de reírse con ganas. Algunos se metamorfosearon en repetidores de noticias: atacados por una desnutrición mental provocada por una alimentación intelectual y emocional deficiente, sobresaturada de hechos y tragedias.

Pero no me crean todo lo que digo, no se engañen. “Compañeros que estarían para siempre” es una mentira, por ejemplo: “SIEMPRE” es una palabra muy grande, una palabra para la que la realidad misma no puede dar el ancho. Cambian las cosas que buscamos en nuestros amigos, cambian las experiencias que queremos compartir, cambian los valores que nos mueven. Cambiamos nosotros y es casi inevitable que por lo mismo cambien las personas con las que elegimos vincularnos. Y la nostalgia de la que hablé es engañosa también: el pasado se endulza con demasiada facilidad. Las inseguridades de los veinte, la falta de identidad y seguridad, la búsqueda loca de ser aceptado por los otros, el trasvasije de ideas poco original, la copia de la copia de la copia depurada hasta que pierde su fondo. Cada etapa tiene su desafío y sentido y depende de uno hacer que su propia vida sea valiosa, que aporte, que nutra, que inspire.

Mirando atrás tengo una sola convicción: los recuerdos que valoras, las anécdotas e historias que te han formado, no tienen nada que ver con los likes que conseguiste por subir una foto posada de manera más o menos evidente, ni los cientos de saludos de cumpleaños que recibiste en tu muro, ni las fotos que te mandaron de la junta a la que no fuiste. Lo que se queda contigo son los momentos en los que estuviste en completa presencia con las personas precisas. Y los momentos que importarán mañana, pasado y en diez años más cumplirán esas mismas características. Así que escoge bien con quién pasas tu tiempo, qué haces, a qué le pones atención, cómo te abres al mundo, a quién dejas entrar.

Este puede ser el comienzo de la historia más emocionante.
Este puede ser el inicio de tu mejor aventura.

 

Referencias:

Social interaction is critical for mental and physical health https://nyti.ms/2tchCeZ

Sex differences in social focus across the life cycle in humans https://bit.ly/2DeKLAn

The Limits of Friendship – Maria Konnikova https://bit.ly/2hHO4BM

Coevolution of neocortical size, group size and language in humans https://bit.ly/2Gntoem

Social network changes and life events across the life span: a meta-analysis https://bit.ly/2xhR94b

How to maintain friendships https://nyti.ms/2mQHhbx

Social contexts and personal relationships: The effect of meeting opportunities on similarity for relationships of different strengthhttps://bit.ly/2OtNvuG

Connected, but alone? Sherry Turkle – https://bit.ly/1OvKlUd

How many hours does it take to make a friend?. https://bit.ly/2pkWymS

*Esta columna se publicó inicialmente bajo el nombre Volver a las redes verdaderas.

DISTORSIONES COGNITIVAS O “POR QUÉ LO PASAS TAN MAL”

¿Te ha pasado que habiendo tenido la experiencia de algo, ese “algo” no cobra peso real hasta que descubres que existe un nombre para él? Bueno, eso me pasó cuando aprendí en la universidad sobre las distorsiones cognitivas. Hasta el día de hoy me llama la atención que no se hable mucho de ellas, porque tenerlas en mente ayuda a tener una mejor calidad de vida. Así que decidí armar un resumen con ejemplos a prueba de cabezas porfiadas (como la mía y, tal vez, la tuya).

*

Desde la corriente cognitiva conductual se considera que la triangulación de pensamientos, emociones y conducta es esencial para entender el mundo. O sea, que la realidad que percibimos y el cómo nos sentimos y actuamos respecto de ella tiene que ver con las cosas que pensamos. Esto es importante porque ayuda a replantearnos los problemas: en vez de tratarlos como hechos inamovibles y ver nuestras reacciones y emociones como obvias o lógicas o inevitables, nos centramos primero en separar hechos -comprobables, reales, situaciones sin emoción ni juicio- de las interpretaciones sobre esos hechos -creencias, ideas, juicios, etc-, y definir si hemos llegado a conclusiones falsas sobre las cosas que nos pasan.

Ejemplo: si voy a la tienda de la esquina y la cajera es pesada conmigo, puedo comportarme y sentirme de manera muy distinta dependiendo de cómo interpreto esa conducta. Por ejemplo, puedo pensar: 1) que ella ha tenido un mal día, entonces siento compasión y no me siento atacada ni ofendida, 2) que ella es una mala persona con una mala actitud, entonces siento rabia o rechazo, 3) que yo le parezco insignificante o desagradable, entonces siento impotencia o culpa o rabia, etc.

Somos responsables de nuestros estados de ánimo. O, dicho de otra forma: el estado de ánimo no llega a invadirte de súbito, sino que tú le preparaste la entrada, le extendiste la alfombra roja y le pusiste hasta una silla con un cojincito para que se sintiese bien recibido. Y ahí se quedó.

Todo esto obviamente no me ocurrió a mí, sino a gente como Albert Ellis: las emociones no tienen tanto que ver con los hechos, sino con esa “autoconversación” que se da entre los sucesos y la emoción. Es decir, la emoción es el resultado de lo que nos decimos a nosotros mismos. Una vez más, solo para dejarlo claro: el suceso en sí mismo no causa la emoción.

Por su parte, Aaron Beck -otro crack, experto en el tratamiento de la depresión- plantea que los pensamientos deformados nos hacen hundirnos progresivamente emocionalmente. Entonces, el tratamiento de la depresión consiste en corregir esos pensamientos: si cambia la manera en la que interpretamos los hechos, también empieza a cambiar nuestro humor y actitud hacia el futuro.

 

QUÉ SON LAS DISTORSIONES COGNITIVAS

Se les llama “distorsiones cognitivas” a errores de pensamiento con un sesgo negativo. Son pensamientos y creencias irracionales que solemos reforzar a lo largo del tiempo, generando patrones cognitivos: pasan cosas en el mundo y experimentamos pensamientos automáticos en respuesta a ellas, lo que nos lleva a tener determinadas respuestas emocionales y conductuales. El contenido de estos pensamientos automáticos es consistente con las creencias fundamentales que tenemos sobre nosotros mismos, los otros y el mundo -o sea, no son azarosos, lo que hace que sean difíciles de combatir, porque se sienten como verdades-. Si estas creencias fundamentales negativas se activan continuamente, disparando pensamientos automáticos negativos ante los eventos, podemos caer en estados depresivos o ansiosos.

La cosa es esta: hay formas de interpretar el mundo que mantienes y ejercitas frecuentemente que no te hacen ningún favor, que no te aportan. Pero como has cargado con ellas toda la vida, las has incorporado como verdades. No tiene por qué ser así.

Las distorsiones cognitivas deberían darnos un poco de susto y deberíamos ser cuidadosos sobre el tipo de pensamientos que nos permitimos tener porque tienen impacto por todos lados: cómo nos sentimos, cómo nos comportamos, cómo tratamos a los otros. Pueden generar ansiedad, baja autoestima, depresión y conflictos relacionales. Si sabemos cuáles son los tipos de distorsiones cognitivas, les podemos poner freno y cambiar el razonamiento hacia pensamientos más objetivos.

A mí al menos me ayuda mucho pensar en los pensamientos deformados como si fuesen una colección de anteojos de sol que filtran lo que veo y que a veces se me olvida que llevo puestos. Entonces cuando estoy sintiendo una emoción muy fuerte o negativa, lo primero que hago es tratar de identificar si tengo puestos algunos de esos anteojos. Acá les dejo la lista con algunos ejemplos.

  1. Filtraje: se le llama también “visión de túnel” y consiste en que solo se ve un elemento negativo de la situación, excluyendo y devaluando los aspectos positivos. Es decir, se tiñe el evento completo a partir de un detalle.
    Todos miramos el mundo desde un punto de vista personal: los más depresivos eligen enfocarse en los elementos que sugieren pérdidas, los ansiosos elijen peligros y los rabiosos buscan evidencias de injusticias. Incluso lo recuerdos se ven afectados por esta selectividad. El efecto final es que todos los temores, carencias e irritaciones se exageran porque son lo único que te llena la cabeza -ya que se descarta lo positivo, tienes un montón de “pruebas” de cosas negativas para respaldar tu creencia-.
    Palabras clave: “terrible”, “tremendo”, “desagradable”, “horroroso”.
    Frase clave: “no puedo aguantarlo”.
    Ej.: hiciste una presentación en la pega y si bien recibiste el reconocimiento de tu jefe y de otras personas, había un par de personas que se veían un poco aburridas y entonces piensas que fue una mala presentación. No, no mala, pésima. Un desastre. Qué vergüenza… y así.
  1. Pensamiento polarizado: también llamado “pensamiento dicotómico” o “todo o nada”. Se tiende a percibir de manera extremista, sin términos medios, sin continuidad: las personas y las situaciones son buenas o malas, maravillosas u horribles. Por lo mismo, las reacciones ante el mundo también son extremistas: somos acarreados de un polo emocional a otro. Al final también somos duros al juzgarnos a nosotros mismos, porque no hay matices: somos perfectos o un desastre, somos exitosos o fracasados, somos brillantes o imbéciles. No hay espacio para equivocarse ni para la mediocridad.
    Ej: tu pareja se curó una vez y ahora para ti es un borracho; tú te equivocaste en una plata que invertiste y eres un idiota para los negocios; tu amiga no está de acuerdo contigo en un tema que te importa y ahora es una mala persona; te saliste de la dieta en una ocasión y entonces arruinaste tu dieta por completo.
  2. Sobregeneralización: asumir la ocurrencia de un evento negativo o casos aislados para hacer generalizaciones amplias. Es decir, vives una experiencia desagradable y asumes que siempre que se repita una situación similar, se repetirá la experiencia penca. Como consecuencia, la vida se vuelve cada vez más restringida. La conclusión se basa en una o dos piezas de evidencia y se ignora todo lo que pueda contradecirlas. Se suelen expresar como afirmaciones absolutas.
    Palabras clave: “todo”, “nadie”, “nunca”, “siempre”, “todos”, “ninguno”.
    Frase típicas: “nadie me quiere” “nunca podré confiar en nadie otra vez”, “siempre estaré triste”, ”nunca voy a encontrar un trabajo mejor”, “nadie me va a querer si me conoce de verdad”.
    Ej: equivocarse en una receta significa que “nunca aprenderé a cocinar”; si invito a salir a alguien y me dice que no, significa que “nunca nadie va a querer salir conmigo”; si tengo sexo y no se me para, significa que “no funciono nunca”; “cada vez que me toca libre del trabajo, el día está feo”; “sólo me pescas cuando quieres tirar”.
  3. Interpretación del pensamiento: o “leer la mente”. Se trata de hacer suposiciones sobre cómo se sienten los demás, sus intenciones y qué les motiva a ello, o asumir que ellos conocen mis pensamientos o intenciones, sin tener suficiente evidencia. Son juicios repentinos que “adivinan” cómo se sienten los demás. No son pruebas ni hechos, pero suenan a verdad. Estas presunciones nacen de la intuición, las sospechas, las dudas vagas, de un par de experiencias pasadas, etc. Al final, son proyecciones del propio pensamiento sobre el otro, sin siquiera comprobar si efectivamente son apropiadas o no: asumimos que conocemos las motivaciones, ideas y emociones que hay detrás.
    Ej: “es lógico que actúe así porque está celoso”, “ella está contigo por tu plata”, “él tiene miedo de mostrarse interesado”, “esto me hace ver poco atractivo”, “piensa que soy inmaduro”, “mi jefe piensa que soy un incompetente, por eso me trata así”, “no me llama porque no le importo”´, “él sabe que no me gusta que me toque así”, “está haciendo esto porque sabe que me molesta”.
  4. Visión catastrófica: predigo o visualizo el futuro en términos negativos y creo que lo que pasará será tan atroz que no podré tolerarlo. Tiene que ver con esperar lo peor, pero también a veces con considerar que lo que ha pasado es terrible y el comienzo del declive absoluto, basándose frecuentemente en un incidente mínimo o en poca o ninguna evidencia. Empiezan a menudo con “y si” y consisten en esperar el peor escenario posible a futuro. También implica minimizar los aspectos positivos.
    Ej: me duele la cabeza, entonces puede ser síntoma de cáncer cerebral; me entero de que a alguien le pasó algo grave y temo que me pase a mí (“¿y si a mí me chocan? ¿y si a mí también me echan de la pega? ¿y si a mi también me ponen el gorro?”); cometo un error pequeño en el trabajo y me convenzo de que eso arruinará el proyecto, que mi jefe se enojará y que perderé mi trabajo.
  5. Personalización: piensas que todo lo que pasa -los comportamientos de los otros y eventos externos- tiene que ver o están dirigidos a ti, sin considerar otras explicaciones plausibles. Crees que tienes un rol irracionalmente importante en las cosas que pasan alrededor tuyo. Además, consideras que cada experiencia, cada conversación, cada mirada es una oportunidad para analizarte y valorarte a ti mismo. Implica el hábito de compararse con los demás, porque la suposición es que el propio valor es cuestionable, y por lo tanto hay que estar todo el tiempo evaluándose.
    Ej: si tu polola dice que está cansada, significa que está cansada de ti; si alguien tiene un logro, te dices “yo nunca podría lograr algo así” y por lo tanto, eres incompetente; o la clásica arruina momentos: “seguro soy el peor tipo con el que ella se ha acostado”. Si llegaste un poco atrasado a una reunión y no salió muy bien piensas que todo hubiese podido estar bien si hubieras llegado a tiempo. “Me sentí pasada a llevar porque la cajera no me dijo gracias” (e ignorar que no le dijo “gracias” a nadie); “mi pololo me dejó porque soy una mala polola” (ignorando que eres la enésima polola).
  6. Falacias de control: hay dos formas en que se distorsiona el sentido de poder y control de una persona. La suposición errada es considerar que las cosas que nos pasan son SIEMPRE responsabilidad de los otros o de uno mismo (la vida es un mix y normalmente es un poco de ambas: nuestra responsabilidad y también cosas externas):
    *Impotencia y externamente controlado: te bloqueas, los otros son los responsables de tu dolor, de tus pérdidas y de tus fracasos. Eres una víctima del destino, una víctima pasiva. La verdad es que estás tomando decisiones todo el tiempo y eres responsable en cierta medida de lo que te pasa, pero no reconoces ese poder.
    Ej.: vas con joyas a un lugar peligroso, te asaltan y concluyes en que era algo inevitable, aunque claramente podrías haberlo evitado sin llevar las joyas.*Omnipotente y responsable de todo lo que ocurre alrededor: llevas el mundo sobre los hombros, tus compañeros de pega dependen de ti, tus amigos, tu familia. Básicamente eres el responsable de la felicidad de la mayoría de la gente. Un descuido de tu parte les puede generar soledad, rechazo o la ruina. Tienes que hacer justicia a todo, suplir toda necesidad y curar todas las heridas. Si no lo haces, te sientes culpable. La omnipotencia depende de tres elementos: sensibilidad hacia las personas que te rodean, una creencia exagerada del propio poder para saciar todas las necesidades y la expectativa de que eres tú y no los demás el responsable de todas las necesidades.
  1. Falacia de justicia: se basa en aplicar las normas legales y contractuales a las relaciones interpersonales. El único problemita es que no hay un tribunal de la vida cotidiana para definir qué es justo y qué no, la justicia fuera del marco legal es una evaluación subjetiva de la medida en la que lo que uno espera, necesita o desea de la otra persona es proporcionado o no. Entonces este persamiento distorsionado se manifiesta en suposiciones sobre cómo serían las cosas si la gente fuese “justa” y nos valorara “adecuadamente” (y uno recibiera lo que uno cree que se merece). La falla de este razonamiento está en ignorar que los otros no tienen por qué ver las cosas de la misma forma en que las vemos nosotros y entonces estamos enjuiciando constantemente el comportamiento de ellos. Suele usarse este razonamiento al servicio del propio interés, generando la sensación de estar viviendo en una trinchera, con un sentimiento de enojo cada vez mayor. Se suele expresar con frases condicionales.
    Ej: “si me quisiera, me ayudaría a tener orgasmos”, “si me quisiera volvería directamente del trabajo a la casa”, “si valoraran mi trabajo, me darían un aumento”.
  2. Razonamiento emocional: creer que lo que sentimos tiene que ser un reflejo de la realidad, independiente de que haya o no evidencia para ello. Es validar las cosas negativas que se sienten sobre uno mismo y los demás simplemente porque se sienten así. Se olvida que las emociones por sí mismas no tienen validez.
    Ej: si me siento perdedor, es porque soy un perdedor; si me siento culpable es porque debo haber hecho algo mal; si me siento feo, entonces soy feo; si me siento enojado, entonces se han aprovechado de mí de alguna forma; si siento desconfianza hacia alguien es porque es poco confiable.
  3. Falacia del cambio: supone que una persona cambiará para adaptarse a nosotros si la presionamos lo suficiente. Dirigimos nuestra atención y energía a los demás porque la posibilidad de felicidad está en conseguir que los demás satisfagan nuestras necesidades. Entre las estrategias poco sofisticadas que solemos usar para cambiar a los otros se incluye: echarles la culpa, exigirles y ocultarles cosas y negociar. La otra persona se suele sentir atacada o cohibida y no cambia en absoluto. El supuesto fundamental es que la propia felicidad depende de los actos de los demás. (Como aclaración: nuestra felicidad depende de las grandes y pequeñas decisiones que vamos tomando y la única persona a la que podemos controlar es a nuestro hijo. No, eso último es mentira, jaja: ¡es a nosotros mismos! ¡A nuestros pensamientos, a nuestras emociones, a nuestras propias conductas!).
  1. Etiquetas globales: puede haber algo de verdad en las etiquetas, pero lo que las caracteriza es que se generalizan una o dos cualidades, ignorando toda la evidencia contraria y volviendo tu visión del mundo en estereotipada y unidimensional.
    Ej: el amigo que decide que no puede o no quiere hacerte un favor es un egoísta; tu jefe es un aweonado sin alma; la oposición a tu preferencia política es descerebrada.
  2. Culpabilidad: implica sentir una sensación de alivio al “descubrir” al culpable. Si alguien sufre, alguien es el culpable. Si hay alguien solo, ofendido o atemorizado es porque alguien le ha hecho sentir esos sentimientos.
    A menudo implica que el otro se convierta en responsable de elecciones y decisiones que realmente son de nuestra responsabilidad. Alguien más le está haciendo algo a alguien y esa persona no tiene la responsabilidad de expresar sus necesidades, decir que no, ni decidir dónde quiere ir. Algunas personas focalizan la culpabilidad en ellas mismas y se martillean constantemente por ser incompetentes, insensibles, estúpidas, emotivas, etc.
    Ej: “este restaurant al que siempre vengo es pésimo, cada vez que vengo lo paso mal y me atienden mal y la comida que tengo que comer es mala” (y sin embargo, sigo viniendo); “no estoy a la altura, es mi culpa si las cosas no salen bien”.
  3. Los debería: Albert Ellis les puso “musturbation” (“must” significa en inglés obligatoriedad –“debería”, “tener que”, “deber de”- y se hace un juego de palabras con “masturbation”, pero no tiene ninguno de los beneficios placenteros de esta última). Creemos que los eventos, el comportamiento de las personas y las propias actitudes deberían ser de la forma que espero y no tal como son. Acá está la expectativa de comportarse según unas reglas inflexibles que deberían regir la relación de todas las personas. Las reglas son correctas e indiscutibles y cualquier desviación es mala. Se adopta la posición de juez y se encuentran faltas en todos lados. La gente te irrita, los demás no piensan ni actúan consecuentemente. Las personas tienen rasgos, hábitos y opiniones inaceptables que los hacen difíciles de tolerar. La gente debería conocer las reglas y seguirlas. Uno también debería cumplir con ciertos comportamientos o ser de determinada manera, pero no nos preguntamos si esa exigencia tiene sentido.
    Palabras clave: “debería”, “habría que”, “tendría que”.
    Ej: sentir que tu pareja debería invitarte a comer más seguido; sentir que uno debería ser más flaco o rico o mejor persona para ser aceptado; uno debería ser el amante, amigo, padre, profesor, estudiante y/o esposo perfecto; “mis emociones deberían ser contantes” (siento amor algunas veces, pero debería sentirlo siempre); “debería confiar totalmente en mí mismo”; “siempre debería sentirme contento”; “debería ser capaz de preverlo todo”, “debería haber sido una mejor madre/padre/amiga”, “él se debería haber casado con Pepita en vez de Susanita”, “yo no debería haberme equivocado tanto”, etc.
  1. Tener razón; acá nos ponemos a la defensiva y sentimos que tenemos que probar constantemente que nuestro punto de vista es el correcto, que nuestras apreciaciones del mundo son justas y que todas nuestras acciones son adecuadas. No interesa la veracidad de opciones diferentes a la nuestra, sino solo defender nuestro punto de vista. Es difícil cambiar porque cuesta escuchar nuevas informaciones. Cuando los hechos no encajan en lo que ya creemos, los ignoramos. Tener razón se considera más importante que mantener buenas relaciones personales.
  2. Falacia de la recompensa divina: acá nos comportamos esperando una recompensa. Nos sacrificamos y trabajamos hasta el agotamiento, suponiendo que coleccionamos estrellitas para el futuro que algún día podremos cobrar. Cuando el reconocimiento o el premio no llega, nos volvemos hostiles y resentidos.

Entonces, a pensar: ¿identificaste algunas distorsiones propias favoritas? ¿Pudiste pensar en ejemplos de distorsiones que has visto que se manifiesten en ti o en otros?

Sobre la frustración

En este último tiempo he estado pensando mucho en mi peluca y en el edificio del frente. Y las dos cosas tienen que ver con la frustración.

*

Primero: la peluca.

Yo tenía como 8 años y mis papás se iban de viaje a USA. Mi mamá cada vez que viajaban nos preguntaba qué queríamos que nos trajera y nosotros normalmente pedíamos revistas, dulces y chocolates que no llegaban a Chile -no llegaba mucho en esa época-. No sé en qué fase andaba yo, pero ese año lo único que quería era una peluca. No me importaba cómo fuera: larga, corta, con chasquilla o sin, rubia o colorina o castaña, incluso blanca. Quería una peluca, como fuese. Así que le hice mucho énfasis a mi mamá para que me la trajera, le dije que quería una peluca, que las pelucas eran tan choras. Que no se olvidara. Peluca, peluca, peluca.

Ahora, como antecedente: yo no tenía ni un problema capilar en ese momento y lo único que se me ocurre es que en esa época quizás quería ser alguien más o sentirme distinta a lo que me sentía todos los días y que ponerse una peluca me parecía una solución factible. La única persona que yo conocía que había tenido pelucas era mi abuela. Las tenía en su pieza donde estaba el tocador y el espejo de tres cuerpos, sus joyas y su closet con ropas tan elegantes como extravagantes. A veces nosotras las usábamos para hacer shows a nuestros abuelos (y a cualquiera que se los quisiera bancar, para ser honesta), así que en retrospectiva la idea puede haber surgido de ahí. Mi abuela las tenía porque en los sesenta y setenta, cuando ella había viajado por el mundo, las había usado en la noche si es que durante el día se había bañado en alguna piscina o si sentía que su pelo no estaba en su mejor condición. Las usaba para verse mejor, básicamente. A mí esa revelación -la idea de que una mujer podía modificar su apariencia para sentirse cómoda sin importar si lo que hacía era “real” o no- me parecía el extremo de la feminidad, o al menos la esencia de ser una mujer (adulta): poder transformar tu apariencia a tu gusto. Fuck the others. Era agrandada y me creía supermadura, así que yo quería una peluca muy real: una peluca con la que yo pudiese salir a la calle y nadie se diese cuenta.

Bueno, pero volvamos a mi peluca: lo único que quería era que mi mamá regresara del viaje y me trajera mi peluca. Cuando volvió nos pasó los chocolates y los chicles primero, luego distribuyó las revistas y luego me pasó mi paquete con la peluca. Cuando lo abrí casi me pongo a llorar ahí mismo: mi mamá me había traído una peluca de payaso, amarillo chillón, con rulos y pelo corto. No lo podía creer. Me la puse, pero me sentía ridícula, no una mujer. No le alegué, lo sufrí internamente, el calvario era privado. Guardé esa peluca muchos años sin saber qué hacer con ella: nunca me la iba a poner, pero tampoco quería botarla porque era un regalo. A veces cuando estaba sola en mi pieza me la ponía, tratando de reconciliarme con ella, pero no había caso. El que existiera era casi un mal chiste por sí solo.

Eso sobre la peluca.

*

Ahora, sobre el departamento vecino.

Vivo en un departamento en un piso 11, con una vista muy bonita. O la vista ERA muy bonita hasta que me construyeron un edificio al frente. Onda, salgo a la terraza y si me paro directamente mirando hacia el oeste, mi vista es directamente sobre el otro edificio. Como antecedente: la vendedora se tiró de guata al suelo a jurar que jamás construirían algo que nos taparía la vista, que era prácticamente ilegal. JA.

Eso sobre el edificio.

*

Acá va mi minireflexión sobre la frustración. Un desglose más que una explicación, porque vas a poder sacar las conclusiones por tu cuenta:

  • Lo que en ese momento me pareció gravísimo -que mi mamá me trajera una peluca de payaso en vez de una real- ahora me parece chistosísimo y comprensible.
  • Yo quería algo muy específico, pero quería algo fuera de cualquier proporción, fuera de lugar para mi edad, mi contexto. ¿Qué hubiese hecho yo con una peluca real? Tenía todo el derecho a quererla, pero ¿hubiese sido sensato obtenerla en ese preciso momento?
  • Mi mamá fue la receptora de mi frustración, pero ¿se podía esperar algo distinto de sus acciones? ¿Qué tipo de mamá me hubiese traído una peluca de verdad? En sus zapatos, veo que me dio lo más sensato y cercano a lo que yo estaba pidiendo. Hizo su mejor esfuerzo por complacerme y yo, por estar enfocada en eso otro que no estaba teniendo, no pude ver ese gesto.
  • La frustración parece ser el resultado de la acción de mi mamá -traerme una peluca de payaso en vez de una real-, pero realmente la peluca de payaso es la consecuencia. La fuente de la frustración fue mi petición absurda. A veces confundimos realmente cuál es la causa de la irritación y nos enfocamos en el resultado- en que algo no funcionó como queríamos que lo hiciera- pero tal vez (o muy probablemente) la frustración viene de antes: de que desde el principio lo que queríamos andaba medio torcido.
  • La peluca de payaso es una respuesta directa a una petición payasística, ridícula. Es perfectamente consistente. Parece que la vida funciona un poco así: pide y desea estúpidamente y se te dará estúpidamente. De nada.
  • Cuando mis amigos van a mi departamento por primera vez siempre me dicen que tengo una vista increíble. Y es verdad: mi departamento sigue teniendo una vista increíble, es solo que ahora tengo que girarme un tercio y mirar hacia el norte, desde la misma terraza, para poder ver los mejores atardeceres del mundo. El problema es que me sigo enfocando en lo que ya no tengo: en la vista que tenía ANTES. En cómo el edificio me arruina una vista que yo PODRÍA seguir teniendo. En cómo probablemente construirán otros edificios que me van a quitar toda la vista. Idiota, pues.

*

Si estás peleando con tu frustración, ayuda mirar las cosas con distancia. Hay cosas más importantes en qué centrarse. Hay cosas que no son problemas (la clave es no convertirlas en problema).

“ERES EL MOTIVO DE ALGUIEN PARA MASTURBARSE”

El otro día me topé con este post que es una variación del más vainilla y edulcorado “eres la razón de alguien para sonreír” y me gustó. Pucha que me gustó. Lo veo como una continuación de lo mismo, tal vez con más intención, un poco más de verdad. La frase original pretende hacerte sentir bien porque tú haces sentir bien al otro. La segunda, la parafraseada, también.
*
Tengo una amiga con la que siempre hablamos de sexo y de cómo lo romántico a veces se tiñe tanto de un puritanismo infantil que termina siendo casi asexual. Como si lo romántico no pudiera cruzarse con el sexo, porque o sino “ay, cochino, sucio, mente de alcantarilla, blabla”. Entonces tenemos esta frase -y variaciones de la misma-: decimos que cuando nos dicen “qué rico tirar contigo” (o algo de ese corte), es como si nos regalaran un ramo de flores. Un equivalente, por qué no. “Quiero seguir tirando para siempre contigo”, “esto demasiado bueno”, “qué bonita / rica / mina…”. Son expresiones de deseo que animan, que te celebran. ¿Tal vez más fáciles de decir que algo romántico o enaltecedor moralmente? Hay gente que no tiene el don de la palabra como para decir algo romántico todos los días, pero tal vez sí se puede volver un mini Marqués de Sade a la chilensis cuando quiere elogiarte por tu talento sexual, por tu cuerpo o tu entusiasmo creativo en la cama.
*
Y ya, no todo es sexo, pero convengamos en que HARTO es sexo. Ayer pensaba, mirando a una pareja con sus hijos -una pareja que apenas se tocaba ni se miraba- que al menos los hijos eran prueba de que algo de sexo había pasado ahí. Alguna vez en la vida de esos dos sujetos hubo sexo. Yuhuuu. De que en la prehistoria de esa pareja, tal vez, había habido ganas de hacerse bolsa mutuamente, de tocarse, besarse, lamerse y abrazarse. Porque “hacerce bolsa” no tiene por qué ser una promesa de aniversario o un compromiso mensual, sino que debiera ser algo que nos ocupe y preocupe diariamente. Y con la rutina, los niños, la pega, etc, no es fácil. Pero no porque no sea fácil hay que dejarlo de lado. Me entristece ver parejas que llevan años que ya no se pescan mucho. Me preocupa: me preocupa que eso alguna vez me llegue a pasar a mí: no sentirme deseada, no desear tanto de vuelta, que el sexo sea un trámite, una conseción o una excepción. Ya, seamos honestos, no me preocupa: ME ATERRA. Pero creo que hay cosas chicas que uno puede hacer estando en pareja, pinchando, lo que sea, que pueden ayudar a fomentar el deseo. A religarlo a lo romántico. A hacer que la rutina tenga ingredientes sexys. Por ejemplo, halagar al otro con cosas que son verdad, pero no ser flojos po: hay que halagar explicando por qué. Fácil decir: “me encantai”. Más difícil decir: “me encantai porque estai loco”. Nivel super sayayin: “me encantai. Me encanta que siempre le ves el lado positivo a las cosas, que eres tan honesto, me encanta tu mandíbula y la forma de tus labios y que tengas una barba con pelos medio colorines perdidos por ahí”.
*
Estando en pareja se dan chistes internos, códigos que te ayudan a acordarte de por qué están juntos. A mi pololo siempre le pregunto por qué es tan mino y siempre me mira con ojos entrecerrados como dudando qué decir después -lo pregunto muy seria, como si estuviera indignada-. Obviamente no espero una respuesta, pero a veces pienso la respuesta, como si fuera un problema científico: por qué. Y le agradezco mentalmente a sus papás que se hayan conocido y a él que se cuide y a su genética y entonces me acuerdo de la primera vez que lo vi y de las cosas que sentí y de la segunda y de la tercera y la cuarta. Y me acuerdo de cómo me gustó y me pongo super contenta porque, oh sorpresa, me sigue gustando. Entonces esa pregunta -esa pregunta que es un piropo para él -medio burdo, sí sé- es una manera de acercarme a él, a nosotros, desde lo liviano, desde el disfrute. Y desde ahí -desde el deseo, desde las ganas- siento que lo quiero. Que lo quiero, que lo adoro, y que tambié lo quiero hacer bolsa, disculpando mi francés.

Lo que no te quitan

 

Te prometo que lo que te voy a contar tiene que ver contigo al final, pero es engañoso porque parte por algo que me pasó a mí. Entonces, aguante pues.

 Vamos.

*

Estaba corriendo con tacos en medio de la calle persiguiendo al mesero. Honestamente, a pesar de que soy muy buena corriendo con tacos -y bailando, cof cof-, no es mi actividad preferida. Esto fue justo antes de llegar con poco aliento a la esquina de Pedro de Valdivia donde está el Schopdog y ser alcanzada por el administrador que me dijo -cito-: “Hace mucho tiempo que no corría así”. No fui tan rápida como mi pololo que pasó corriendo a mi lado y me sacó ventaja -y que después dijo; “Son los años de fútbol, puro cardio”-. Y fue también un poco antes también de que llegara corriendo, luego del administrador, otro que había estado sentado en la mesa. Y repito: no es que lo hiciéramos por deporte. El mesero, el adminsitrador, mi amigo-conocido, mi pololo. Yo. Gente corriendo en medio de la noche.

No sabíamos exáctamente a quiénes estábamos persiguiendo ni hacia dónde habían ido. Una de las chicas que estaba sentada en nuestra mesa me había mirado con un poco de pena -tal vez la pena que se siente cuando uno tiene que dar una mala noticia- y me había dicho: “Vero, yo soy súper desconfiada, pero ¿por qué no revisas tu cartera y tu chaqueta?”. Mi chaqueta estaba, mi cartera no. Luego de diez segundos de no creerlo y revisar debajo de la mesa y mover la silla como si fuese a aparecer por arte de magia, correr. Correr. Correr. Correr. Y después de correr, volver a la mesa enojada -iba todo tan bien, puta la wea, ladrones de mierda- hasta que un amigo me dijo: “Vero, pero tranquila, son solo cosas”. Y ahí me di cuenta de que no se habían llevado solo cosas. Y luego llorar (que tampoco lo hago por deporte, pero pucha que me sale bien). Llorar con mocos y lágrimas y maquillaje corrido y vergüenza.

*

Voy a partir por la vergüenza: esa sensación que te da ganas de desaparecer, de no existir. Sentí vergüenza por dos cosas:

  • Por que cuando alguien te violenta o vulnera, sospechas que es porque hay algo en ti que se lo permite. Que te eligieron por pajarona, por pava, por débil, por la forma en que te ves y la forma en que te mueves. Que es un poquito tu culpa porque tal vez a otra persona no le hubiese pasado: se hubiese dado cuenta antes o ni siquiera la hubiesen elegido, porque esa persona andaría más alerta por la vida, más imponente. Y tú, en cambio…
  • Porque me sentí expuesta. ¿Por qué tenía yo que estar llorando en medio de un bar? De todos los lugares en el mundo para llorar, creo que en medio de un bar es súper penca. Top 10, de todas maneras. (Hay lugares peores, como en una entrevista de trabajo –been there, done that, pero esa es otra historia).

Vergüenza, porque te sientes ridícula, impotente, idiota.

*

Voy a seguir con el robo: no de la cartera, sino de un par de cosas más.

Primero: me robaron una medalla de mi abuelo (los que me conocen saben lo importante que era).

Luego, cuando lo hablé con mi pololo le dije que sentí que me habían robado un poquito de dignidad. Pero después pensé, no po, lo que me da rabia e impotencia es que se hayan robado un momento. Se robaron un momento bonito y lo transformaron en un drama que giraba en torno a mí y mis mocos. (Y sí, quizás ahí se te escapa un poco de dignidad, entre el hipo para hablar y los ojos hinchados).

A medida que pasaron los días sentí no solo que me robaron un momento -ese momento específico que pasó de ser una noche relajada y entretenida de conversa, a transformarse en una de angustia-, sino que también se robaron momentos del futuro: tuve que hacer trámites, dejar de hacer cosas para hacerme cargo de lo que me habían hecho, hablé de esto con gente en vez de hablar de otras cosas.

Tiempo. Se robaron tiempo.

*

Ya, y acá va lo que creo que puede tener que ver contigo porque seguro alguien también te ha pasado a llevar, te ha agredido o violentado. No me quiero poner rosa, pero algo de rosa sí, porque es heavy cómo en los peores momentos ves las cosas importantes.

Pienso en la medalla de mi abuelo y en lo urgida que estaba de que algún día se perdiera. En cómo me preocupaba de seguir cuidándola -cuidándola tanto que la llevaba en la billetera para verla todos los días, asegurarme siempre de que estaba ahí-. Pero ahora que no tengo la medalla puedo volver a concentrarme en mi abuelo. ¿Me gustaría tenerla devuelta? Claro. Pero, ¿es tan grave? Tengo tantas cosas de mi abuelo -entre fotos y corbatas y hasta clips (siempre tenía un montón de clips y cuando se murió no tuve el corazón para botarlos, entre otras cosas jaja)- y tantos recuerdos que si lo pienso, soy multimillonaria abuelísticamente. Él era y es tanto más que una medallita. Bye-bye, medalla; hola, Nonno.  ¿Tal vez a veces es necesario perder algo para volver a centrarse en lo realmente importante? ¿Dejar de aferrarse?

Tal vez tú también has perdido cosas, te han quitado cosas. Y sabes qué, he estado pensando que hay gente que te las va a quitar sin saber lo que significan. Sin tener idea de cuánto te va a doler perderlas, ni lo que te costó ganártelas y luego cuidarlas; el tiempo que le dedicaste a llevarlas contigo. El valor que tenían. Hay personas que van a quitarte cosas o dañarte sin dimensionar lo que están haciendo -lo que no las excusa, es solo un hecho, es lo que es-. Hay personas que van a dañarte por deporte, porque tienen la oportunidad de hacerlo. No podemos hacer mucho contra esas personas. Me encantaría decirte que sí: que algún día todos seremos buenos, que algún día no habrá gente de mierda que te va a herir, pero sería una mentira. Una mentira bonita, pero una mentira.

Lo que sí te puedo decir es que además de toda esa gente de mierda a la que le importas un carajo, va a haber también gente bacán. Gente tan bacán que vas a pensar que tal vez no fue tan malo lo que te pasó: que si no te hubiera pasado no te hubieses topado con esas personas. Que hay personas que no van a poder hacer mucho para solucionar tu problema, pero van a quedarse un rato más para acompañarte, para comentar lo que pasó, para decir “puta la wea” contigo, para proponer robar vasos del bar y romperlos en la calle como terapia (no lo hicimos, pero la idea me da vueltas). Hay gente que te va a abrazar y otra gente que te va a hacer reír y gente que le va a bajar el perfil y gente que te va a compadecer un poco y gente que te va a acompañar desde la lata, la rabia, la impotencia. Y toda esa gente se está involucrando contigo de una manera que, si no te hubiese pasado eso que te dañó, tal vez no verías.

 Así que, esto es lo que pensé: que la gente con la que te vinculas tiene que estar dispuesta a correr contigo, aunque no sepan a dónde van ni por qué lo están haciendo. Que las cosas pencas van a pasar y que no es tu culpa. Que tu única pega en esos momentos es darte cuenta que no estás solo, dar las gracias y limpiarte con disimulo los mocos en el hombro de todos los que te abrazan.  Y celebrar.

Cómo elegimos a nuestras parejas – Parte II

En la primera parte, después de mucho porcentaje y tendencia estadística que demuestra simplemente qué tipo de decisiones tomamos, los dejé con dos ideas que podrían explicar por qué las tomamos: ya sea porque el mundo es un espejo interno de nuestras aspiraciones, deseos, ganas, roles que queremos jugar, etcétera, o porque definimos nosotros mismos qué historias, amores, promesas o engaños nos merecemos. Hay, por cierto, varias alternativas más y uno no puede sino reconocer que ahora pasamos del dato/hecho a la elucubración: porque eso es lo que son estas explicaciones: maneras tentativas de entender las decisiones que tomamos. De ahí en adelante, sean o no factibles, calcen, suenen o no muy sensatas, es otro cuento.

*

Hablé un poco sobre el online dating y de todo lo positivo que tiene, pero también de lo que falta para mejorar la experiencia. Quiero complementar con un poco más de información. Hay dos aspectos que hacen que el proceso sea poco auspicioso por ahora:

  • Por un lado, hay un montón de información importante que se emplea al escoger y coquetear con alguien en la vida real que queda fuera del formato digital o al menos postergada hasta un encuentro offline -desde los gestos y la expresión facial, el lenguaje corporal y la postura, la estética/sentido del sí mismo, el tono de voz, etcétera- , lo que afecta también en la calidad de la decisión que tomamos, las herramientas que tenemos para definir si vale la pena prestarle tiempo y atención a esa persona;
  • Por otro, algo intrínseco al negocio del online dating: es necesario recuperar la inversión de adquirir un nuevo cliente. Esto significa que si el cliente se demora muy poco en hacer su match, dejará de pagar la suscripción o usar el sitio, lo que no es conveniente para el negocio. Por ejemplo, si el costo promedio de generar un nuevo cliente es de $50.000 -considerando costos de publicidad, fees, recursos invertidos para obtener a ese cliente-, pero la membresía para usar el servicio es de $5.000, entonces sería necesario que para recuperar la inversión por cada nuevo cliente, estos se queden unos 10 meses suscritos, sin lograr un match. Entonces hay un incentivo a maquinar un funcionamiento un poco perverso de uso frecuente: cuando un suscriptor completa su cuestionario y perfil online, la tecnología del sitio los matchea con potenciales parejas compatibles, pero solo uno de los perfiles mostrados al cliente es un match basado en el algoritmo, los otros son perfiles al azar o perfiles falsos. Si el suscriptor no hace click en el perfil generado por el algoritmo y en cambio selecciona uno de los generados al azar, el algoritmo se “apaga” por los próximos cuatro o cinco meses para recuperar el costo de adquisición.

El matcheo algorítmico, como mencioné en el otro posteo, tiene poca evidencia de que funcione efectivamente o que sea superior a otros sistemas. Los sitios no son capaces de predecir (todavía) cómo crecerán y madurarán los integrantes de la pareja ni qué pasará en el futuro ni cómo interactuarán. El online dating sigue siendo un escenario súper novedoso en el que, con más o menos escrúpulos, se testean hipótesis. Hace unos años, por ejemplo, OkCupid que se jacta de tener un buen algoritmo de compatibilidad -con más de 500 preguntas disponibles- testeó en sus suscriptores la predicción de compatibilidad: a personas que no tenían casi nada en común les informó que tenían un porcentaje muy alto de compatibilidad -un 90% compatibles, cuando en realidad tenían un 30% de compatibilidad o menos- y lo mismo al revés. Lo que encontraron -luego de experimentar poco éticamente con sus usuarios- es que la gente solía conversar más si pensaban que tenían algo en común, y aquellos que creían que no tenían nada en común -pero en realidad eran muy buen match- no se daban apenas la oportunidad de conectar.

*

Es más o menos sencillo determinar el tipo de persona que nos atraerá, aunque sea solo porque los seres humanos somos bien predecibles. Cuando se dan algunos de los siguientes factores, es posible que la sensación de atracción germine:

-Proximidad: en un estudio reciente de 100 hombres y mujeres americanos, 63 dijeron que se habían enamorado de alguien porque estaba “cerca”. La data indica que mientras más se interactúa con alguien, más atractivo, interesante, inteligente y parecido a nosotros mismos lo consideramos, y por lo tanto, más nos gustan.

– Similares a nosotros: nos gusta -al menos inicialmente, en una primera fase de interacción- la gente parecida a nosotros, que nos espejea, porque nos validan. La gente con intereses similares, orígenes, edades y situación económica parecida suele congregarse en los mismos lugares (o sea, se mueven en los mismos círculos, están cerca el uno del otro espacialmente, lo que liga la similaridad con la proximidad y la familiaridad). Pero, pero, pero: más que entender compatibilidades superficiales, el comprender cómo las personas se hacen cargo de situaciones difíciles es bastante más importante que descubrir que a los dos les gusta jugar tennis. Hay con frecuencia una confusión sobre la importancia de ciertas sincronías, como si los intereses en común fuesen la clave cuando -al menos a mi parecer- son solo un primer indicador superficial. Importa mucho más cómo nos movemos y reaccionamos al mundo. Podemos disfrutar de las mismas cosas, pero por motivos muy distintos.

– Familiaridad o exposición repetitiva: …pero no demasiada. Cuanto más frecuentemente una persona es vista por alguien, más agradable y simpática parece ser esa persona.

-Misterio: el afrodisiaco por excelencia. Alguien de quien sabemos algo, pero no mucho. Alguien que no se nos revele por completo y que el mismo proceso de irla descubriendo sea progresivo.

-Barreras: el efecto Romeo y Julieta o la atracción por frustración: hay un circuito cerebral asociado al deseo y cuando este se frustra, el sistema sigue presionando, urgiendo con foco, energía e incentivos.

Proximidad. Similaridad. Familiaridad. Un poco de misterio y unas barreras desafiantes, pero superables. ¿Cuántas de tus parejas han calzado con uno o más de estas condiciones?

*

Una cosa es que alguien nos atraiga, otra cosa es que esa atracción escale a algo más. Parte importante del comienzo del amor es estar dispuestos a que suceda: estar vulnerables a ser flechado. Típicamente nos volvemos vulnerables en periodos de transición, de cambio. Si te cambiaste de ciudad, si te acabas de recuperar de una ruptura o si estás entre situaciones vitales importantes, tu disposición a enamorarte es mayor. Hay un componente químico que lo explica: los cambios producen estrés y otras emociones intensas como ansiedad, pánico, miedo, furia, celos y excitación. Todos estos son sistemas químicos que pueden escalar hacia sentimientos de pasión romántica. Según Helen Fisher hay 4 tipos de personalidad esenciales que reaccionan de manera distinta ante situaciones de estrés, en este caso:

– Los exploradores buscan el cambio, por lo que las situaciones de transición los estimulan;

– Los constructores buscan orden y estabilidad, por lo que cuando están estresados buscan una pareja en la que puedan refugiarse;

– Los directores son salvadores: quieren ser útiles y necesitados en situaciones de estrés.

– Los negociadores se vuelven más emocionales y ansiosos cuando están estresados y tienden a buscar conexiones profundas con otros que los anclen.

Pero si no andamos vulnerables, ¿habría una manera inductiva de potenciar la vulnerabilidad y, por lo tanto, la intimidad? Por supuesto que a un psicólogo se le ocurrió tratar de probarlo. Arthur Aron realizó un estudio en el que establecía una serie de preguntas personales que debían plantearse entre dos extraños. La idea a la base es que un patrón clave asociado al desarrollo de una relación íntima entre pares es una apertura personal escalada y recíproca. El estudio forzaba esa situación planteando sets de preguntas cada vez más desafiantes. El resultado fue que el plantear estas preguntas a lo largo de 45 minutos generaba una sensación de intimidad y cercanía significativa, en comparación con plantear temas livianos o irrelevantes.

*

Ok, volviendo a lo que nos atrae de los otros: cuando mencioné las características que la gente desea de sus parejas dejé fuera un resquemor que me ronda cada vez que alguien me describe lo que está buscando: si es que la persona sabe realmente lo que quiere o si, como alumno más o menos flojo al que le toca disertar, está repitiendo lo que ha escuchado, sin entenderlo. No es que no sepa del todo -probablemente algo intuye-, pero lo que repite es una fórmula que no ha interiorizado, que carece de identidad. Las adjetivaciones que solemos darle al tipo de pareja que nos imaginamos en el futuro son tan vagas que prácticamente cualquiera podría calzar. Además, si no somos conscientes de los patrones de elección -en qué nos fijamos y en qué no- puede que acabemos eligiendo una y otra vez el mismo molde. Los elementos que nos hacen acercarnos a alguien con frecuencia no se relacionan con el éxito a largo plazo de una relación: entonces, es importante tener claro en qué nos fijamos y para qué.

Un ejemplo tonto: una cosa es decir que te gusta la gente guapa y otra cosa es decir que lo que estás buscando es alguien que te haga sentir como que estás con la persona más atractiva en cualquier parte, o que disfrutas tal vez que otros admiren su belleza o que lo que te parece más seductor es su presencia -el dominio que tiene sobre su cuerpo y el espacio, que resulte imponente-. Estas derivadas son mucho más reveladoras de qué tipo de “atractivo” estás buscando.

Resumiendo: por un lado, no conformarse con el lugar común, con la definición fácil. Y por el otro creo que la clave es conocernos a nosotros mismos. Mi sensación es que hay harta gente que no ha hecho el proceso introspectivo de 1) definir qué es lo que está trayendo a la mesa y, por lo tanto, entender que hay una reciprocidad de expectativas y 2) sabiendo cómo son, definir el tipo de vida posible que se imaginan para ellos mismos y con quién les gustaría compartirla. (Me parece a veces de una patudez enorme esperar a otro que venga como caído del cielo a resolver cosas que la misma persona no se ha preocupado de hacerse cargo). Poder escoger a la persona con la que queremos estar involucra saber o al menos intuir cómo queremos estar: cómo queremos que nos quieran, qué tipo de atención y afecto estamos abiertos a entregar y recibir, y parte del proceso de conocer a alguien es también enseñarle a querernos.

*

La cosa con el dating que es peluda es que hay gente con la que salir puede ser un sueño y todo el periodo del pololeo se vuelve surrealmente bueno, pero que la vida en común, con todas sus bajezas y rutinas, se vuelve un horror. Tal vez el problema está en l }a linealidad que le exigimos también a nuestras parejas. ¿Por qué un buen pololo tiene que ser posteriormente un buen marido?

Vendemos el matrimonio como una continuación del amor verdadero. No lo digo yo, lo dice Joel Achenbach en su ensayo Homeward Bound: “Las personas se envuelven en el amor verdadero como si fuese a excusarlos de hacer un análisis racional de la situación. El amor verdadero significaría que no solo amas a alguien, sino que estás enamorado de la persona, un estado que trasciende la voluntad, que no es intencional ni útil, sino un hecho inmutable de la vida, una condición. La diferencia entre amar a alguien y estar enamorado es la misma que estar arrodillado y ser un enano (…) El amor comienza como un soneto, pero eventualmente se vuelve una lista de supermercado. Por lo tanto, necesitas a alguien con quien puedas ir al supermercado”. Y sigue recomendando que la gente no se case estando enamorada, porque es un estado emocionalmente exacerbado. Sensato. Poco romántico. Pero sensato.

*

Todos pasamos por este ciclo cuando el amor se termina: cuestionar qué fue lo que le vimos a ese otro al principio. ¿Por qué lo elegimos? ¿Qué cosas vimos que nos enrollaron en esa historia? La cosa es que hacer la disección siempre es más o menos sencillo, un ejercicio engañoso que nos hace sentir o increíblemente brillantes o irremediablemente estúpidos. Las explicaciones que nos damos después del amor no pueden sino ser lineales: como el historiador abanderado por una parte de los hechos, la historia puede contarse siempre con desprecio, ensalzando ciertos pasajes, omitiendo otros. Todo extremo, todo clarito: buenos y malos asignados como opuestos, sin matices.

Las cosas son más complicadas en realidad y siempre que haya una versión muy lineal recomiendo sospechar. Por lo mismo -por lo difícil que es la tarea del autoanálisis, de no tomar bandos, de ser comprensivo con uno mismo y con el otro- creo que la explicación más sensata es que estamos con las personas que tenemos que estar en ese momento preciso. Basta. Eso es todo. La persona con la que eliges estar*, aunque parezca que te metiste en una película de terror o te desquicie o incluso que te decepcione por mediocre, te está mostrando algo de tu mundo interior que tienes que resolver. (*Excluyendo, obviamente, situaciones de coerción económica o vital).

*

Hace muchos años tuve una conversación con un amigo sobre un pololo que yo tenía en esa época. La palabra “irresistible” puede o no haber sido pronunciada con más o menos devoción, lo que generó anticuerpos en mi amigo que me preguntó si me daba cuenta de que esa sensación que yo sentía -amor, admiración, el cosquilleo y la apretada de guata- tenían más que ver conmigo que con él. Es una idea simple, pero acá va, dicha de otra manera: el objeto de nuestro amor y deseo no emana amor y deseo por sí solo, nosotros lo depositamos en él. Otra vuelta más: en sí mismo, ese pololo era un simple tipo con más o menos encanto, con más o menos inteligencia. El que a mí me pasara todo con él no tenía que ver con él necesariamente, sino conmigo: con una disposición a depositar mi amor, mi atención, mis afectos en él; con un buen timing -¿podría haber sido otro sujeto similar a él el que se me cruzara y me habría gustado el otro?- y con una combinación de factores que a mí me parecían atractivos (si él hubiese sido intrínsecamente irresistible, ni una mina le quitaría el ojo. Yo había visto algo en él, y no fulanita. El efecto que él tenía lo tenía en mí, no en todas las demás).

Con lo anterior quiero decir lo siguiente: que hay que hacerse cargo. Hay que hacerse cargo de en quiénes depositamos nuestro amor y deseo, tratar de entender -si nos da la cabeza y somos lo suficientemente honestos- qué vemos en el otro y por qué nos parece atractivo, y comprender que el otro no tiene por qué responder a todas las exigencias que se nos ocurren. La fantasía, el deseo, las ganas, el afecto, son tuyos. Si tú eliges entregarlo a alguien que va a armar una bolita con todo eso y tirarla por el wáter, allá tú con lo que estás dispuesto que le hagan a tus ofrendas. Y lo mismo al revés: si encontraste a alguien que valora tus gestos, honra tu amor, te desea de la manera en que te gusta ser deseado, entonces felicítate por escoger bien, por valorar lo que estás entregando.

Cómo elegimos pareja – Parte I

He estado leyendo un montón sobre qué nos hace conectar con los otros emocionalmente y, en especial, al momento de buscar pareja. Lo que sigue es un resumen de las cosas que he ido descubriendo, un par de ideas y la invitación a pensar y a discutir. Va en dos partes porque da para largo.

*

Pretender hablar de atracción, amor y sexo sin caer en la cursilería ni en la cosificación es como tratar de nadar en la arena. ¿Por qué cuesta tanto describir una experiencia compartida por casi todos los seres humanos? Las experiencias con tintes más emocionales, se nos escapan un poco de las manos: ¿en qué momento nos gusta alguien y por qué? ¿en qué momento ese alguien que nos gusta se convierte en alguien que nos encanta y luego en alguien que queremos?  ¿En qué momento el amor se diluye o se transforma en un animal completamente distinto, como el odio o el rechazo?

Me pregunto todos los días el tipo de elecciones que hacemos y las cosas que influencian esas elecciones: ¿por qué te cae bien X, te atrae Z y te aburre Y? ¿En qué nos fijamos?

Nadar en la arena, pero tratar de hacerlo con gracia. ¿Vamos?

*

Históricamente conocemos a nuestras parejas a través de nuestros círculos sociales: amigos, trabajo, bares, practicando un deporte o hobby, etc. Sin embargo, desde fines de la década del dos mil el online dating ha venido creciendo de manera exponencial, al tiempo en que el canal “amigos” declina dramáticamente. Hoy tenemos a nuestra disposición apps de dating, sitios de dating y redes sociales para conectar con desconocidos (y no tanto). Es tan así que en un estudio realizado el 2017 se encontró que 20% de las relaciones comprometidas vigentes comenzaron online, mientras que 17% de matrimonios en el último año se conocieron en un sitio de citas. Otro dato que me llama la atención, ya que estamos en estas: las relaciones que comienzan online se demoran menos en llegar al matrimonio, en comparación a las relaciones que comienzan offline: 18,5 meses versus 42 meses.

Independiente de cómo conocemos a nuestras parejas -online u offline-, hay una selección sobre cosas que nos gustan y atraen. Aproximadamente el 60% de las personas señala que los intereses en común son el factor más importante, mientras que el 40% señala que las características físicas son lo más importante. Además, en una primera cita, las personas señalan que se fijan en la personalidad (39%), en la sonrisa y el look (30%), en el sentido del humor (18%) y en la carrera y educación (13%). En 1966 se hizo un estudio que respalda estas cifras y conductas: independiente del nivel de atractivo del propio sujeto, el factor determinante para que un sujeto señale que le gusta la persona con la que salió y si quiere verla de nuevo, es su atractivo físico. La personalidad y la autoestima, medidas con con el MMPI y la escala de autoaceptación de Bergen, y tests intelectuales, no predecían compatibilidad.  (Aronson y Abrahams, 1966).

 Pero, si lo pensamos, “personalidad” o “atractivo físico” es muy amplio. Hay que ahondar: ¿cuáles atributos de la personalidad? ¿Cuáles características físicas?

*

Hay dos factores de personalidad que se consideran deseables de manera general, en todo ámbito: competencia y calidez. Las personas competentes -inteligentes y socialmente hábiles- nos parecen más atractivas. Las personas amables y cálidas también. Pero esto no necesariamente se traslada al romance: hombres y mujeres suelen mencionar adjetivos como “amable”, “amistoso” y “con sentido del humor”. Las características que suelen mencionar más los hombres son “comprensiva”, “cálida”, “dulce”, “lista”, “divertida”, “segura” y “tranquila”. Las características mencionadas por las mujeres suelen ser “fácil de tratar”, “sensible” e “inteligente”. Es decir, en ambos casos, parece que nos atrae gente que nos hace sentir bien, cómodos, alegres, que son cálidos, sensibles y divertidos, considerados y comprensivos (y no necesriamente una persona con una habilidad específica o destreza).

En un estudio de 1997 (Mehrabian y Blum) se investigaron las características físicas que hacían que alguien pareciera atractivo, encuestando a alumnos de universidad en EEUU.
Se derivaron 5 factores -de un total de 37 atributos físicos estables y cambiables-

  1. Masculinidad (fuerza, parte superior del cuerpo grande, amplitud de pecho, mandíbula ancha)
  2. Feminidad (cabello largo, maquillaje, ojos grandes y redondeados)
  3. Autocuidado (cuidado general de la apariencia, buena figura, vientre plano, postura erecta, ropas al talle)
  4. Agradabilidad (amistoso, alegre, cara aniñada)
  5. Etnicidad.

Autocuidado, masculinidad (o feminidad) y agradabilidad se correlacionaban positivamente con atractivo masculino (o femenino). En este estudio el atractivo se describió en términos emocionales: los sujetos más atractivos elicitaban una respuesta de placer, más excitación y menos dominancia (o más sumisión).de parte de los otros (algo a tener en cuenta y para reflexionar: una persona atractiva nos atrae, nos hace sentir cosas, no es inherentemente atractiva, es la combinación de ciertos factores lo que nos hace ponernos nerviositos). Las reacciones emocionales, a su vez, mediaban relaciones entre variables independientes (atributos físicos) y variables dependientes (juicio de atractivo).

Lo que me parece más interesante es que hay que poner en cuestión el verdadero nivel de exigencia respecto de estos “requerimientos”. Por ejemplo, cabe preguntarse si la gente que nos cae bien o atrae tiene estas características o si nosotros nos convencemos de que las tienen porque nos gustan. Tal vez las dos cosas pasan.

*

Son bien conocidos dos dichos sobre el cómo se forman las parejas: “cada oveja con su pareja” y “los opuestos se atraen”. Está más o menos comprobado que nos atraen personas parecidas a nosotros, con gustos, características de personalidad, clase social, background familiar y educativo, actitudes, metas, hobbies e incluso atractivo físico similar.

Sin embargo, un estudio de 1999 (Mehrabian) que evaluó la satisfacción marital de 166 parejas de entre 20 y 85 años, determinó que los individuos con temperamentos más agradables y dominantes tendían a ser más felices. Adicionalmente, los que tenían parejas más agradables/ amables, eran aún más felices en sus matrimonios. Es decir, el ser agradable (que es una medida general de adaptabilidad) tiende a ser un predictor clave de satisfacción matrimonial. Si bien similaridad de temperamento entre los miembros de la pareja, en términos de temperamento y agradabilidad, se correlaciona positivamente con satisfacción marital, la similaridad resultó ser un predictor débil y engañoso (por ejemplo, dos personas desadaptadas no tienen más posibilidades que una pareja con uno desadaptado y otro adaptado). Los resultados basados en puntajes individuales de temperamento, tratados como variables separadas, proveen de mejores predicciones. Resultados débiles mostraron que los sujetos escogen parejas con temperamentos similares a los de ellos.

*

Ahora bien, la pregunta casi emerge por sí sola: ¿hay atributos universales que determinen la elección de pareja? En un estudio de 2005 de análisis transcultural, Shackelford, Schmitt y Buss se abocaron a determinar las dimensiones universales en las preferencias de pareja de largo plazo. Hicieron esto usando una base de datos con preferencias de más de 9000 participantes:  4499 hombres y 5310 mujeres de 37 culturas, a lo largo de seis continentes y cinco islas, reuniendo data desde 1945 a 1989.  El rango de edad fue de 17 a 30 años, tanto en hombres como en mujeres, y 86% de ellos no estaban casados. Se identificaron 4 dimensiones universales, comunes tanto para hombres como mujeres:

  • Amor vs Estatus/ Recursos
  • Confiable/ Estable emocionalmente vs Buena apariencia/ Salud
  • Educación/ Inteligencia vs Deseo de tener un hogar/ hijos
  • Sociabilidad vs Religión similar.

Se encontraron, además, diferencias significativas que se replicaban a lo largo de las culturas:

  • las mujeres valoran más el aspecto socio-económico que el amor romántico, prefieren estabilidad emocional a atractivo físico y prefieren inteligencia al deseo de tener hijos.
  • los hombres, por su parte, no priorizan tanto estatus, estabilidad emocional e inteligencia , valorando más la belleza externa, la juventud y la salud física, y el deseo de tener hijos.

En el 2016 se hizo un estudio que intentó replicar los resultados de las preferencias a largo plazo en la elección de pareja, con el supuesto de que el contexto actual de igualdad de género podría estar generando menores diferencias entre los sexos. Los resultados coincidieron en su mayoría con los del estudio original:

  • Las mujeres tienden a preferir casarse con un hombre mayor, le dan menos importancia al atractivo físico, pero valoran la estabilidad económica más que los hombres.
  • Los hombres prefieren casarse con alguien más joven, sin darle demasiada importancia a su potencial económico.

Sin embargo, las diferencias entre los sexos fueron significativamente menores, así también como la disposición a casarse con alguien de una raza distinta o con menos educación. Además, se observó una disposición notoria de parte de las mujeres a casarse con alguien que había tenido un matrimonio previo -interesante tal vez por el wedding ring effect (Waynforth 2007, que podría señalar que si alguien se ha casado antes, puede ser un indicador de que es una pareja lo suficientemente buena). Es decir, que el estigma asociado al divorcio parece haber disminuido.

Para reflexionar: como nota aparte, me parece alarmante que en general no aparezca compatibilidad sexual como factor. Creo que una persona que cumple con todos los atributos deseables, pero que no tiene el mismo interés sexual es un amigo, no una pareja. Las personas variamos respecto de nuestro interés por el sexo y también de qué preferimos hacer en la cama.

*

Bueno, siguiendo con lo anterior: pareciera ser que los cambios culturales afectan también la manera en que elegimos nuestras parejas -flexibilizando o modelando simplemente los atributos que nos importan-. Teniendo esto en consideración, el nuevo escenario que propone el online dating también puede tener efectos a largo plazo sobre nuestras elecciones de pareja.

El online dating es un fenómeno relativamente nuevo, popularizado en 1995 con la fundación de Match.com, pero con intentos previos desde los setenta.

Un estudio llevado a cabo por Dan Ariely concluyó que, en promedio, el usuario de las apps de dating empleaba semanalmente:

  • 5,2 horas buscando perfiles
  • 6,7 horas escribiendo a posibles parejas
  • Y tan solo 1,8 horas encontrándose con sus match en el mundo real

Es decir: 12 HORAS invertidas en rastrear a un posible match y, en comparación, 1,8 HORAS en interactuar en el mundo real.

Bueno, volvamos a las apps de dating. Es interesante observar que las apps funcionan un poco como mercados de solteros, donde la app tiene el rol de coordinar a personas que buscan más o menos lo mismo. Esto tiene éxito a veces, otras no tanto. Dentro de las cosas novedosas que propone este nuevo escenario se encuentra el hecho de que la primera experiencia que tenemos de la persona -y la segunda y la tercera y hasta la duodécima- no es la persona misma, sino lo que esa persona quiere mostrarnos de ella, o sea, en general, una versión idealizada y, en el peor de los casos, una mentira. Todos somos más altos, guapos jóvenes y delgados en nuestras versiones online. Nadie tiene espinillas ni frizz. Ah, y todos somos más o menos millonarios.

Según Ariely, el problema fundamental de las apps de dating es el criterio de búsqueda y matcheo: al final, son como catálogos de personas, porque tratan a sus usuarios como bienes de consumo, como si las personas pudiesen describirse perfectamente indicando algunas de sus características. Como la información disponible es sobre atributos superficiales, los sitios y apps de dating nos empujan a ser más superficiales a nosotros mismos.

Siguiendo un ejemplo del mismo Ariely, si queremos comprar una cámara, nos fijamos en ciertos atributos, como los megapíxeles, la apertura del diafragma y la cantidad de memoria. En las apps de dating las personas se describen con cifras también: edad, altura, peso. Podemos ver atributos físicos como color de pelo o de ojos, su sonrisa, etc, y también lo que esa persona quiere decir de sí misma, en general, con descriptores concisos, como “de izquierda” o “católico”, “liberal”, “profesional”. Pero si quisiéramos considerar a las potenciales parejas como productos, en realidad serían más bien un bien de experiencia: así como salir a comer o disfrutar de una obra de arte, podría “diseccionarse” a la persona de manera exhaustiva para manejar esa información, pero es muy distinto leer un guión de una película o los ingredientes de un perfume que ver la película u oler el perfume y probarlo en tu piel. Esto es algo que la experiencia digitalizada no ha logrado solucionar del todo todavía.

Urge reflexionar, entonces,  si existen diferencias reales entre el online dating y el offline dating. De hecho, un grupo de estudiantes llevó a cabo un análisis sobre esto mismo en el 2012 para determinar si:

  • El online dating es efectivamente distinto del offline dating
  • Si promueve resultados más positivos que el dating convencional.

 Primero, partieron por definir los atributos característicos del online dating:

  • Acceso, exposición y oportunidad de evaluar potenciales parejas que no se hubiesen podido encontrar de otra forma.
  • Comunicación: oportunidad de usar varias formas de comunicación mediada por computación antes de conocerse cara a cara
  • Matcheo: uso de algoritmo matemático para seleccionar potenciales parejas para los usuarios.

Se concluyó lo siguiente:

  • Sí, es distinto.
  • Y sí y no, es superior en ciertos sentidos y no en otros.

Entre las cosas que pudieron diferenciar es que con el online dating tenemos una experiencia digital y mucha información disponible antes de decidir si queremos interactuar cara a cara con alguien. Ya no conocemos a alguien a poco. El hecho de que simplemente por proceso se alargue la fase de comunicación online en vez de offline puede generar expectativas muy altas. Tampoco nos apoyamos en la intuición o en la insistencia de nuestros familiares o amigos para elegir nuestra pareja: es una decisión más individual.

Asímismo, el amplio pool de gente, si bien en principio puede ser muy positivo porque aumenta las posibilidades, tiene un efecto negativo: transforma a los otros en una especie de producto de catálogo: de ser sujetos en tres dimensiones, se convierten en seres bidimensionales, fallando en captar los aspectos experienciales que son esenciales para evaluar la compatibilidad. Al mismo tiempo, la amplitud de oferta puede generar una mentalidad que evalúa y cosifica a las potenciales parejas, disminuyendo la disposición a comprometerse con uno solo de ellos.

El matcheo, por su parte, tiene poca evidencia de que funcione efectivamente o que sea superior a otros sistemas. Parte del problema es que los sitios construyen los algoritmos en algunos principios -similaridad y complementariedad- que muchas veces son menos relevantes de lo que pensamos cuando se trata de relaciones a largo plazo. Los sitios no pueden predecir (todavía) cómo crecerán y madurarán los integrantes de la pareja ni qué pasará en el futuro ni cómo interactuarán. Es decir, es difícil que un algoritmo que busque matchear a dos personas que no se conocen con información disponible antes de que lo hagan -de que sepan que existen mutuamente-  pueda llevarse el crédito por el resultado de una relación a largo plazo, considerando, por ejemplo, satisfacción y estabilidad.

*

La aparición del online dating en nuestras vidas ha comenzado a cambiar ya el escenario en el que nos vinculamos y enamoramos de otras personas, pero falta ver cómo afecta en las relaciones a largo plazo. Por ejemplo, la eficiencia ganada, ¿tiene costos sociales asociados? Como en todo escenario cambiante, hay cosas que pueden asustar, pero también hay beneficios evidentes, como por ejemplo, en la posibilidad de generar mayor iclusión social, de juntar perfect strangers -personas que bajo ninguna otra circunstancia hubiesen podido cruzar su camino- y aumentar los “mercados pequeños” de dating para gente de entre 30 y 40.

*

Creo que la parte más linda del proceso de estar saliendo con gente y luego elegir a alguien y gustarse es la promesa de lo que puede ser. Pero. Pero. Pero: qué peligroso salir con el potencial: tantas veces he escuchado historias de personas que se han dado cuenta meses o años después que las banderitas rojas estaban ahí desde un principio o que siempre esperaron que la persona cambiara. Y, personalmente, no creo que la gente cambie radicalmente. Creo que la gente mejora: como un proceso de pulido, de perfeccionamiento. Pero si la persona con la que estás saliendo no te llena ahora, ¿qué te hace pensar que te llenará después? O por el contrario: alguien que calza con todos los checks, y claro, resulta tan fácil aceptar los checks, como si las relaciones se trataran de una postulación a una pega, cuando lo único que tiene que pasar -sin checks, sin exigencias de curriculum- es que dos personas decidan tratarse mutuamente bien, que se entreguen afecto, que se deseen.

Foco.

*

Louise Desalvo escribe en  su ensayo “Adultery” -en Essays on Why We Marry, Why We Don’t, and What We Find There- que se interesó en el adulterio en 1967, cuando descubrió que su marido la estaba engañando. Dice: “Yo había sido una rebelde sexual autónoma e independiente cuando nos conocimos, pero sepulté mi espíritu y me volví seria y estable luego de que nos casamos. Más interesada en saber hacer carne asada que en la pasión. Alguien diferente al volcán que lo había atraído. La mujer que perdí era la mujer que él quería. Aunque pareciera que él me estaba engañando, paradójicamente, me estaba siendo fiel…al espíritu de la mujer con la que él se había casado, al tipo de unión que él había imaginado”. Creo que lo que dice Desalvo aplica no solo para el adulterio, sino también para la vida en general: escogemos parejas que reflejan lo que aspiramos a ser, que nos hacen jugar un rol que nos acomoda, que nos empujan o retienen hacia territorios que necesitamos. Siempre pienso que las personas con las que estamos no pueden sino reflejar nuestro mundo interno, nuestras ganas y confusiones, nuestro amor propio.

Y para cerrar, que ya me alargué demasiado, me acuerdo de la película The Perks of Being a Wallflower, cuando el protagonista le pregunta a su profesor de inglés “’¿Por qué las personas buenas eligen a las personas incorrectas?” y él responde: “Aceptamos el amor que creemos que nos merecemos”.

(Sigue en la segunda parte).

Bibliografía:

Parte de la información contenida en este artículo fue presentada en el Shot de ciencia ¡Match! De la atracción al sexo organizada por Chile Hace Ciencia.

PEOPLE ARE EXPERIENCE GOODS – Dan Ariely.
http://www.people.hbs.edu/mnorton/frost%20chance%20norton%20ariely.pdf

ONLINE DATING. A CRITICAL ANALYSIS FROM THE PERSPECTIVE OF PSYCHOLOGICAL SCIENCE – Eli J. Finkel, Paul W. Eastwick, Benjamin R. Karney, Harry T. Reis, Susan Sprecher.
First Published March 7, 2012
http://journals.sagepub.com/stoken/rbtfl/cK9EB6/4zQ0AM/full

UNIVERSAL DIMENSIONS OF HUMAN MATE PREFERENCES – Todd K. Shackelford, David P. Schmitt, David M. Buss.
https://www.bradley.edu/dotAsset/165877.pdf
** Estudio transcultural de 37 culturas basado en un estudio original de Buss (1989). Se usó una base de datos archivada de las preferencias de atributos a la hora de escoger pareja. Los participantes respondieron un cuestionario con 18 ítems donde debían calificar la importancia de esos atributos. Identificaron así las 4 dimensiones universales.

Walster, E., Aronson, V., Abrahams, D., & Rottman, L. (1966). IMPORTANCE OF PHYSICAL ATTRACTIVENESS IN DATING BEHAVIOR. JOURNAL OF PERSONALITY AND SOCIAL PSYCHOLOGY, 4(5), 508-516.
https://pdfs.semanticscholar.org/24cd/a8a1d4da014e9ab91a4e73f2f988209c1bd4.pdf

SEX DIFFERENCES IN MATE PREFERENCES: A REPLICATION STUDY, 20 YEARS LATER- Jens Bech-SørensenThomas V. Pollet
First Online: 18 March 2016
https://link.springer.com/article/10.1007/s40806-016-0048-6
** La muestra fue de 552 participantes heterosexuales, solteros o en una relación (no casados) donde casi la mitad de ellos habían proseguido estudios universitarios, la mayoría de ellos caucásicos (71%),

FALLING IN LOVE: WHY WE CHOOSE THE LOVERS WE CHOOSE – Ayala Pines.

Blum, J.S., & Mehrabian, A. (1999). PERSONALITY AND TEMPERAMENT CORRELATES OF MARITAL SATISFACTION. JOURNAL OF PERSONALITY, 67, 93-125.
http://www.kaaj.com/psych/abstract/mssabstract.html

Mehrabian, A., & Blum, J.S. (1997). PHYSICAL APPEARANCE, ATTRACTIVENESS, AND THE MEDIATING ROLE OF EMOTIONS. Current Psychology: Developmental, Learning, Personality, Social, 16, 20-42.

“WHAT WE TALK ABOUT WHEN WE TALK ABOUT FINDING LOVE ONLINE – ReportLinker”,
Muestra representativa de la población estadounidense de 501 encuestados online que se identificaron como solteros, viudos o divorciados.
Entrevistas realizadas entre el 26 y el 31 de enero de 2017.
https://www.reportlinker.com/insight/finding-love-online.html
**Compañía tecnológica que se especializa en data.

Rosenfeld, Michael J., Reuben J. Thomas, and Maja Falcon. 2015. How Couples Meet and Stay Together, Waves 1, 2, and 3: Public version 3.04, plus wave 4 supplement version 1.02 and wave 5 supplement version 1.0 [Computer files]. Stanford, CA: Stanford University Libraries.
https://data.stanford.edu/hcmst
**Estudio representative de estadounidenses adultos. 4002 adultos respondieron, de los cuales 3009 tienen pareja o están casados.

“ONLINE DATING STATISTICS – Statistic Brain”.
2017 Statistic Brain Research Institute, publishing as Statistic Brain.
Date research was conducted: May 12, 2017.

DESEO Y RESTRICCIÓN

Fin de año es como vivir durante un par de semanas en una teleserie con un guión escrito por un demente. ¿Estresante? Por supuesto. Pero también intenso y retorcidamente entretenido. Es someterse a un espiral sentimentaloide que el resto del año no está tan a flor de piel. Pasan cosas: quiebres, giros, remezones y situaciones que comienzan a tomar forma.

Este año he notado más que nunca el equilibrio precario en el que se sostiene el deseo. He estado en esas: intentando entender las ganas para poder sacarles el jugo. Y, contrario a lo que he hecho toda la vida, he encontrado que en ponerle freno de mano al impulso hay algo bonito (en vez de, digamos, tomar todas las decisiones posibles en un lapso de tres horas y media luego de haber consumido cuantas copas de champán aguanta mi hígado).

Los temas de hoy: consumo y minimalismo, deseo y restricción, pornografía y relaciones, obvio.

*

Hace un par de semanas Ann Patchett publicó en el NY Times una columna de opinión donde contaba su experiencia de no comprar durante un año. Dice:

“A fines del 2016 (…) no podía estar lo suficientemente tranquila como para leer o escribir. Inmersa en mi ansiedad, terminaba haciendo scroll en dos sitios online de compra, intentando aplacar mis miedos con fotos de zapatos, ropa, carteras y joyas. Trataba de distraerme, pero la distracción me dejaba sintiéndome peor, de la misma forma en que fumar Winstons y tomar gin en un bar a altas horas de la noche te deja peor. La pregunta tácita cuando se trata de comprar es ¿Qué necesito? Lo que yo necesitaba era menos”.

Así fue como se embarcó. Partió por definir sus propias reglas: ni tan restrictivas ni tan flexibles como para abandonar su proyecto a las dos semanas. No compraría ropa ni artículos electrónicos, pero sí se permitiría cualquier cosa del supermercado, incluso flores. Cosas útiles como shampoo, tinta para la impresora y baterías las compraría solo cuando se le hubiesen acabado las que tenía en su casa. Se permitiría comprar libros -porque escribe libros y tiene una librería y los libros son su negocio-, y regalos, aunque con restricciones (dice: “La idea de que nuestro afecto y estima deba manifestarse en un chaleco es reduccionista. Elissa -la amiga que la inspiró a hacer este año de no comprar- regalaba tiempo a sus amigos: certificados para cuidarles los hijos o limpiarles la casa”). Patchett descubrió que si le daba un par de días al ataque que sentía de comprar algo, esa urgencia se disipaba, y además que el truco para no comprar no es solamente no comprar, sino tampoco vitrinear ni mirar catálogos. “Si no lo veo, no lo quiero”, dice.

*

Me gusta la idea de cortar una conducta y ver qué pasa. Lo hago mucho -tal vez de manera menos continua que lo que me gustaría-. Es un ejercicio bonito porque primero requiere cambiar de mentalidad: pasar de un seteo de escasez a uno de abundancia. Dejar de estar en falta y darse cuenta de lo que hay. Y hay suficiente (tal vez incluso demasiado). Luego, restringir lo posible, dar un pie atrás. Es duro decidir dejar de hacer algo que hemos hecho en exceso, ya sea desde comprar sin mesura a tomar o fumar más de la cuenta, a tirar sin control. Y ojo que lo digo entendiendo lo entretenido que es el descontrol dionisiaco. Finalmente hay que aceptar el nuevo orden.

Si no somos consumidores, si no nos identificamos con las cosas que poseemos, ¿qué nos constituye? Pienso en una época donde para mí era muy importante comprar libros -porque era una lectora-, luego fue muy importante comprar CDs -y antes, grabar cassettes-, y la última fase intensa fue la de los zapatos. Es difícil resistirse a rodearse de cosas que sentimos que nos anclan y definen. Hay algo muy seductor en las cosas: dan la sensación de que lo que somos es algo concreto, definible, proporcional en valor. Es muy gratificante tratar a los otros y a nosotros mismos como cosas controlables: gente que deifica su cuerpo o su propia imagen como si todo lo que son empezara y acabara ahí -y no, no digo que no seamos nuestro cuerpo, sino que no somos únicamente nuestro cuerpo y que el cuerpo siempre es en relación con otros y que en esa deformación donde se niega u olvida el vínculo, hay algo raro-, personas que convierten los aparatos o accesorios en extensiones de sí mismos -son la marca de su auto y el reloj, son la cartera y la tarjeta de crédito, son el celular último modelo-, gente que cosifica sus experiencias como transacciones virtuales -viajar o salir para “tener algo que mostrar”, comer o tomar para “hacer algo”-. En este escenario de cosificación y marketeo, de identidad desplazada a lo material, las renuncias nos invitan (en días malos nos obligan) a mirarnos desde otros lugares.

*

Pensar sobre el consumo nos puede ayudar a pensar sobre el deseo en general. Aguántenme un minuto.

Se entiende el deseo como “aspirar con vehemencia al conocimiento, posesión o disfrute de algo”, “anhelar que acontezca o deja de acontecer algún suceso” y “sentir apetencia sexual hacia alguien”. La primera definición incluye el consumo y el goce, la segunda la ilusión del futuro (esa proyección en el tiempo) y la tercera vuelve al goce manifestado en el sexo. Es evidente que el común denominador de las tres acepciones es el placer: quieres obtener algo para poder disfrutarlo, quieres que te pasen ciertas cosas o intimar con alguien para complacerte a través de esa experiencia.

El deseo nos mueve. Sin deseo no hay empuje. Pero también el estar en constante estado deseante puede ser agotador. El deseo te consume y te puede hacer perder el foco, de la misma manera en que la glotonería te lleva a ponerle más atención a la comida que está por venir en vez de la que estás saboreando ahora. Entre lo que tienes y lo que quieres hay una brecha y a veces nos ponemos a habitar esa brecha -con una carpa endeble y poco preparados- porque el estado deseante puede ser mucho más emocionante que cualquiera de los dos extremos (lo que hay y que todavía le falta para estar completo y la obtención de lo que habíamos estado anhelando).

Volviendo a la restricción consumista: creo que el limitar el goce del consumo, tal como lo hizo Patchett, tiene un paralelo posible con los afectos y el sexo. Acompáñenme pensándolo así: si, teniendo el dinero, optas por no comprar, ¿cómo impacta esa decisión en otras esferas?

Como yo lo veo:

  • Dejas de gastar plata y puedes ahorrarla o destinarla a otra inversión realmente necesaria.
  • Dejas de emplear un tiempo que tal vez antes no estaba considerado como primordial en esa ecuación, y ese tiempo se convierte en un recurso o ganancia, fruto de esa restricción.
  • Empiezas a revalorizar lo que hay (en vez de estar en la brecha que mencioné antes, das un paso atrás y haces uso de lo que tienes).
  • Como te autoimpusiste una restricción, los gestos de los otros que te permiten el goce -sin que tú tengas que gastar, comprar, desear- adquieren mayor valor. Entonces, no estás comprando, pero alguien te regala algo, o te invita a comer o a tomar. Nos volvemos más sensibles a lo que los otros nos entregan o regalan voluntariamente, porque ya no nos lo proporcionamos a nosotros mismos.

Ahora, traslademos todo esto al sexo y al afecto. (Haz el ejercicio por tu cuenta primero, luego pasa a leer el siguiente apartado).

*

Pasamos un montón de rato dando por sentado lo que tenemos y deseando lo que no. Y no es ni siquiera que lo que no tenemos nos haga falta, sino que está fuera de alcance no más, y por eso se ve más atractivo. Es curioso, porque en teoría funcionamos mejor “en falta”, proyectados hacia lo que podría ser en vez de lo que hay, y paradójicamente eso nos genera insatisfacción constante. Dos ejemplos:

  • Estás en una relación hace rato, el sexo es algo que tienes disponible más o menos de manera constante y, sin embargo, el sexo con otras personas empieza a parecerte más atractivo que el que tienes a la mano con tu pareja. No solo eso: cuánto sujeto que anda viendo porno de manera compulsiva -ojo, compulsiva- y termina con dificultades sexuales porque ya no se calienta con su pareja. Lo que hay pierde brillo.
  • No tienes tiempo para ver a tus amigos y familia o el tiempo que tienes acaba siendo de poca calidad porque andas con la cabeza en otra parte: que la pega y las otras cosas más importantes que podrías estar haciendo. Priorizas, pero sale mal, porque priorizas asumiendo que lo que tienes es algo que no te va a faltar: los amigos seguirán ahí si no los ves en uno o dos meses, tu familia entenderá si con cueva les destinas los domingos o un llamado cortito para saber cómo están. Las cosas se invierten cuando te empiezan a faltar esos afectos asumidos como dados: un ser querido se enferma o tiene un accidente, tus amigos se cambian de ciudad o país o tú mismo decides tomar otro rumbo. Y entonces recién valoras lo que tenías.

¿Cómo lo hacemos para empezar a valorar lo que ya tenemos? ¿Para ser más sensatos con la ambición por obtener lo que todavía no alcanzamos?

*

Dan Ariely lo explica en sencillo: démosle la bienvenida al concepto de “adaptación hedónica”. Dice: “Puesto que no conseguimos prever el alcance de nuestra adaptación hedónica, como consumidores solemos necesitar adquirir siempre nuevas cosas (…) Buscamos cosas que nos hagan felices sin darnos cuenta de lo efímera que será esa felicidad, y cuando la adaptación se produce, buscamos otra cosa nueva (…) Incluso cuando algo nos parece sumamente decisivo a corto plazo, probablemente a largo plazo las cosas no nos produzcan ni tanto éxtasis ni tanta desdicha como esperábamos”.

La adaptación hedónica puede tener efectos positivos y negativos. Por ejemplo, si sufres un accidente y pierdes una capacidad física, eventualmente tenderás a volver a tu nivel de satisfacción previo, antes de la pérdida. O si terminas una relación con tu pareja, lo más probable es que lo superes con el tiempo y te vuelvas a enamorar. El mundo no se acaba (por suerte). Eso es la raja. Pero en el caso de incorporar algo nuevo a nuestra vida -cambiarse de pega, tener una nueva relación, comprarse un auto-, ¿cómo podemos prolongar la sensación eufórica de lo nuevo?

Hay una manera: según unos estudios de Leif Nelson y Tom Mayvis, si descansamos entre experiencias placenteras, aumenta el placer, mientras que si interrumpimos las experiencias negativas, estas se vuelven más dolorosas. En el fondo, el esfuerzo que requiere tener que someterse sucesivamente a una experiencia molesta o desagradable -como tener que trabajar en una tarea latera, desde pagar los impuestos y ordenar tus cuentas a depilarte- hace que el interrumpirla y retomarla se vuelva más penoso. Pero si estás haciendo cosas agradables, el darle pequeñas interrupciones y reencontrarse con ese placer, hace que valoremos de manera más positiva y placentera la experiencia total (por ejemplo, si estás dándote un masaje, tomar pausas y volver a hacerlo). En este sentido, habría que privilegiar las experiencias pasajeras (una clase de buceo, ir a comer a un restaurant, darse un masaje) versus las experiencias constantes (comprarse un auto nuevo, renovar de una el closet completo, comprarse una tele) para obtener mayor satisfacción. Ariely dice: “El efecto a largo plazo del sofá en su felicidad probablemente será mucho menor de lo que usted espera, mientras que la satisfacción del buceo y los recuerdos de esa experiencia a largo plazo probablemente perdurarán mucho más de lo que usted prevé”. También, para incrementar el nivel de satisfacción, exponerse a la casualidad y la sorpresa ayuda. Si bien solemos adoptar un patrón seguro y predecible en el trabajo y en la vida personal, incorporar cosas distintas y asumir riesgos generará una experiencia diferente, positiva.

Ya, traduzco todo lo anterior a medidas concretas para parejas que llevan un rato:

  • Explorar gestos no consumistas: restringir el comprarle cosas al otro y hacer en cambio gestos, como prepararle el desayuno, ofrecerle ayuda en algo que sabes que al otro le da paja hacer, escribirle una nota cariñosa o hot, decirle algo concreto y positivo cada día (con intención, no vale el “te amo” manoseado, ponle cabeza), etc.
  • Experiencias novedosas: ir a comer a lugares distintos, aprender algo nuevo juntos (desde cocinar a bailar swing), visitar un lugar o tener una experiencia (ir a un concierto o ir a una exposición, ver una nueva película), hacer un deporte demandante juntos que les permita ver un progreso cada vez que lo practican, etc-
  • Incorporar cosas nuevas en la cama -juguetes, posiciones, lugares, horarios distintos de lo habitual, desafíos sexuales-,
  • generar secuencias placenteras o experimentales con descanso (por ejemplo, en línea con Sensate Focus, tener sesiones solamente de tacto, sin penetración, durante una semana, o hacer sus propias reglas de periodos de restricción: limitar el sexo por periodos cortos para reencontrarse después, o solamente permitirise weveo virtual y no físico durante 3 días para luego retomar con todo, etc.).

 *

Volviendo a Patchett: ¿te acuerdas que a pesar de restringir comprar otras cosas se permitió seguir comprando libros? ¿Por qué? ¿Son los libros esenciales en su consumo, si ella misma es dueña de una librería? No, pero identificó que había algo que le proveía de goce y sentido, un consumo que la hacía feliz y era útil, y que conservó. No todos los deseos o consumos son relevantes,  pero cuando encontramos uno que sí lo es, no hay por qué acogotarlo.

Estoy terminando de escribir una novela. Como vivo al ritmo de mi cabeza, me ha resultado un poco embriagante darme cuenta de que mi protagonista me empuja a hacer cosas que no tenía contempladas. Mi protagonista, mujer alegre y trágicamente confundida, busca orden mental, y como es tan concreta como su autora, empieza a ordenar su espacio. Como ella, estas últimas semanas he regalado libros, ropa y me he deshecho de recuerdos. He releído a Marie Kondo, que tiene su propio método (Konmari) para despejar y organizar las posesiones (tiene una frase para definir si lo que posees se queda a o se va: “¿Te inspira felicidad/ alegría?” o en inglés, “Does It spark joy?”). He botado cuadernos y libretitas con inicios de historias que me resistía a dejar ir, pero ahora, cuando las releí, entendí que si había pasado tanto tiempo aferrándome a ellas, pero sin escribirlas, eran un “como si”: una mentirita blanca que me hacía sentir como que tenía material, pero en realidad eran palabras con poco valor. Lo mismo con los recuerdos del colegio: tantas cartas y promesas de personas que ya no veo. Guardé un par -de esos poemas inocentes que alguien me regaló y que todavía me conmueven, cartas de amor o promesas de hermanas que siguen siendo tan inocentes como valiosas-, pero el resto, ¿para qué acumular y andar acarreando cosas en un baúl?

*

En la restricción hay riqueza. En el exceso, en lo entretenido que es el exceso y la colección, hay un desuso. Y en ese desuso hay acumulación. Y en la acumulación hay carga y responsabilidad.

¿Cuánto tiempo le dedicas a querer cosas que no tienes o a consumir cosas que no necesitas o no te hacen feliz?

Quedan un par de días para cambiar de año. Tal vez es el momento de organizarte, deshacerte de lo que te sobra, controlar el deseo, dosificar.

Se viene un buen 2018.

***

Les dejo una lista de las apps o sitios que me han ayudado a ir limitando, definiendo o cambiando conductas. Que de algo más sirva el celular:

AppDetox: limita la cantidad de tiempo diario o semanal de cada app.

Vora: para los que hacen intermittent fasting o ayunos, esta app es lo más para hacer seguimiento y motivarse.

LoseIt! Y MyFitnessPal: trackeo de consumo de alimento y ejercicio. Bueno para definir metas nutricionales y dejar de mentirse con las calorías o macros.

HabitHub: ¿quieres incorporar nuevos hábitos? Esta es.

Tide: amo esta app porque te permite setear momentos de trabajo intenso. Para uno que anda con 45 mil distracciones por minuto, es un descanso mental.  Diseño bonito, buena música en sus 5 modos.

Oblique Strategies: es como ir a sacarse el tarot, pero un tarot hecho por Brian Eno y que te deja pensando. Las frases siempre te incitan a hacer, deshacer o reformular. Buen input cuando te empieza a ganar la desesperación o la falta de creatividad.

Otras:

Canva: me ha solucionado tantas cosas este año. De partida, permite hacer posteos para RRSS de manera fácil y elegante. Ahorra tiempo y además, tiene plantillas para todo o casi todo: desde invitaciones para fiestas hasta modelos bonitos y originales para CV.

Reddit: hay mucha basura en Reddit, sí, pero también hay comunidades de información que son súper motivantes e inspiradoras. En vez de meterme a FB, ahora me meto a averiguar cosas a Reddit: desde noticias hasta lo que la está llevando en temas que me interesan. Me han parecido súper útiles en temas sexuales (r/sex, r/DeadBedrooms, r/psychologyofsex), vinculados a nutrición y fitness (r/loseit, r/intermittentfasting y r/fasting), en la volada minimalista y de vivir con menos (r/minimalism, r/konmari y r/frugal), para pensar en cosas desde otro punto de vista (r/AskReditt, r/NoStupidQuestions, r/todayilearned, r/history) y para reírse un rato (r/badwomensanatomy, r/onejob, t/OoopsDidintMeanTo, r/CrappyDesign).

Refs.:

Ann Patchett, My Year of No Buying http://nyti.ms/2yJeBVX

Marie Kondo http://konmari.com/ acá está la intro del libro https://www.libreriainternacional.com/archivos/PDF/magia.pdf

Dan Ariely: Las ventajas del deseo.

APA: Is pornography addictive? http://bit.ly/1BuijA9
Distintos estudios han tratado de explorar el efecto del consumo de pornografía encontrando resultados que complejizan el tema. En resumen:

  • a los humanos nos gusta la pornografía (estudios demuestran un consumo del 50% al 99% entre hombres y del 30% al 86% entre mujeres).
  • Internet hace que el acceso a una dosis erótica sea más fácil que nunca: fácil alcance, barato y anónimo.
  • Harta gente piensa que es positivo: en una encuesta del Kinsey Institute, 86% consideró que la pornografía puede ser educativa y 72% que provee de un escape fantasioso inofensivo. De los que señalaron usar pornografía, 80% dijeron que se sentía “bien” al respecto.
  • Un montón de personas consume pornografía sin sufrir efectos negativos, pero en la misma encuesta Kinsey, 9% de los usuarios afirman haber tratado de frenar el consumo sin éxito.
  • Cuando el uso de pornografía es excesivo, las relaciones románticas pueden sufrir. En general se ha encontrado que en parejas heterosexuales el uso de pornografía por parte de los hombres se asociaba a menor calidad sexual para ellos y para sus parejas, en cambio el uso de parte de las mujeres se asociaba a mejor calidad sexual para ellas. En otro estudio cuando los hombres usaban pornografía tendían a reportar menor nivel de intimidad sexual en sus relaciones, mientras que las mujeres reportaban mayor intimidad. Hay dos explicaciones posibles para esto: los hombres suelen ver pornografía solos mientras que las mujeres suelen verla en pareja y se convierte en una experiencia sexual compartida. Además, los tipos de pornografía consumida difieren. Los hombres suelen ver actos sexuales sin contexto, mientras que las mujeres ven pornografía de parejas que tiene una historia y ángulos más suaves. Cuando un miembro de la pareja ve mucha pornografía, frecuentemente, puede haber una tendencia a retrotraerse emocionalmente de la relación, auqnue no queda claro si eso es producto del consumo de la pornografía o tiene que ver con que la persona se vuelca a la pornografía porque no se sentía bien en un principio. En cualquier caso resulta un ciclo que se alimenta: veo pornografía, esto afecta mi relación negativamente, veo más pornografía, etc.