REDESCUBRIR EL TACTO (Parte II)

NOTA: como lo dice el título, esta es la segunda parte de las ideas resumidas de Sensate Focus in Sex Therapy. The Illustrated Manual, de Linda Weiner y de Constance Avery-Clark. (Asuman que la información dura pertenece al libro y que el resto es mío). Continúa leyendo REDESCUBRIR EL TACTO (Parte II)

REDESCUBRIR EL TACTO (Parte I)

NOTA: Lo prometido es deuda: dije que iba a escribir un artículo útil e informativo sobre sexualidad y, voilà (son varios, en realidad). Resumiré – parafraseando y citando- Sensate Focus in Sex Therapy. The Illustrated Manual, de Linda Weiner y de Constance Avery-Clark (está en Amazon, chiquillos). Este es un manual para terapeutas sexuales que describe la teoría y los ejercicios de Sensate Focus.  Continúa leyendo REDESCUBRIR EL TACTO (Parte I)

Volver a las canchas

Me escribe una chica que no lo está pasando bien. El tema: el acostumbramiento a los cuerpos, o tal vez a un cuerpo en particular y el cómo volver a las canchas. Y, aturdida por una avalancha de flashbacks de hace años, muy poco elegantes, con muchos pañuelos de papel y mocos, le digo que sí. Que sé de lo que habla.

*

Me dice que luego de haber estado con alguien por mucho, mucho tiempo, el volver a la soltería y encontrarse con otros ha generado encuentros sexuales que le han resultado desafiantes: no se siente libre de hacer lo que a ella le gusta, de decir ciertas cosas. Territorio extranjero.

Y es que hay que ir tanteando. Y en el tanteo a veces uno termina caminando en puntas de pies, como para no molestar, como para no parecer rara, como para no desencajar.

Está hablando de sentirse alien. Y ay del que no lo haya vivido, porque es de esas sensaciones para las que uno nunca está listo.

*

Quizás porque yo soy irremediable y ridículamente nostálgica -al punto de que a mí misma me agota- me pasa que siempre que estoy con alguien calibro cuánto extrañaré a ese cuerpo, cuánta falta me hará esto que en este momento tengo tan a la mano, cuánto compararé ese cuerpo a otros cuerpos posibles. Y en ese mismo momento empiezo a echar de menos estando presente. Y me pierdo.

Pero ese cálculo no es por nada. Es por que la mayoría de las veces -a menos que ese encuentro sea excepcional, relevante, impactante, estelar, magnífico- las personas pasan. Las relaciones se terminan más temprano que tarde. Nos agotamos y luego es bye, bye, alligator, after a while, crocodile. Sniff.

*

Pienso que tal vez todo lo que hacemos respecto del amor y del sexo tiene que ver con encontrar un cuerpo y una cabeza que nos parezcan un hogar posible, o un origen, o una respuesta a una pregunta que no nos habíamos dado cuenta de que nos habíamos venido haciendo hace tiempo.

Bang, bang, bang, paaaafff.

Caer desfallecidos sobre una cama y decirle al otro: “Hazme lo que quieras”.

Para mí el amor -o el comienzo del amor- es adorar un cuerpo y sus particularidades: la forma en que alguien se retuerce cada vez que le da un ataque de risa, la manera en que achina los ojos cuando se siente feliz, la forma en que su piel responde a mi manera de tocarlo. Sus lunares, sus pecas, sus cicatrices, sus leves pliegues de piel que no alcanzan a ser arrugas. Quiero memorizarlo todo y por eso me paso mucho tiempo mirando: porque siento que si no lo hago, ese cuerpo se me evapora.

*

Tu cuerpo es mi cuerpo.

O eso es lo que sentimos en algún momento. Como si el cuerpo del otro fuese un territorio conocido al revés y al derecho. Como si lo más normal de la tierra fuese tener ese cuerpo a disposición. Estirar la mano, rozarlo con la punta de los dedos, acercarse a su cuello y olerlo, besarle la oreja.

Y qué fantasía más bonita esa, la de la compenetración absoluta, la de la eternidad del tiempo.

*

Después del amor o de una relación larga o de acostumbrarse a un cuerpo tanto que ese cuerpo se ha vuelto un refugio, es duro volver a otros cuerpos. Ese quiebre es un final, y ese final exige un siguiente volumen: una continuación de una historia que ya no es la misma de antes, un giro. Requiere reajustarse, volver a hacer preguntas, partir de cero. Resucitar la curiosidad. Recuperar la paciencia.

La intimidad -de la que creo que hablamos poquísimo para lo importante que es- requiere de tiempo, de intensidad, de voluntad. Y la lata es que normalmente cuando salimos con gente nueva nos armamos con una cantidad de capas protectoras que nos inmovilizan. Cual guerrero medieval en plena batalla, ponerse la armadura es inteligente y sensato, pero al mismo tiempo, limitante -nadie corre cual gacela con tanta protección, nadie es una tina tibia en la que uno sumerge la punta de los dedos si andamos tiesos y nerviosos-. El resultado: la torpeza. Nada fluye. Tener sexo es tan relajado como una clase de crossfit (y no salgan con que aman el crossfit porque incluso los que lo practican saben que es una práctica sadomasoquista disfrazada, que en el fondo es similar a pellizcarse los pezones con pinzas).

¿Cuánto nos demoramos en ver realmente al otro? ¿Cuánto tiempo tendremos que invertir para aprender a saber qué le gusta, para poder proponerle cosas que queremos hacer con él o simplemente hacerle a él? ¿Cuánto tiempo para que entienda la diferencia entre un saludo con un beso con lengua y otro que es solo un roce de labios? ¿Cuánto para decirle en la cama las cosas que apenas nos atreveríamos a escribirle?

Toma tiempo. Eso es todo lo que sé.

*

Una felicidad sencilla: cuando en plena calentura se pierde el decoro sin perder de vista al otro. Cuando a pesar de que ese cuerpo nos sea todavía desconocido o ajeno, nos atrevemos a decir: hazme esto, tócame así, dime esto. Cuando el otro en vez de pasmarse, lo hace.

*

Pienso en la vergüenza, en el pudor. En cuánto uno deja en la cancha y cuánto se guarda.

Un consejo de mi sabia madre, que pocas veces he seguido: “No te vayas al chancho a la primera, por favor” (viste mamá, te escucho, solo que no te hago mucho caso. Perdóooon). Pero he desobedecido por un buen motivo: porque la situación lo exige. Porque si no hay riesgo -un exponerse, un vulnerarse- el sexo se vuelve fome, un lugar común, mecánico y predecible, polite. Y para tener sexo educadito, mejor ver sola una serie en Netflix.

Si uno va por el camino salvaje, como diría Lou Reed, hay poco de lo que aferrarse, y eso da susto. Proponer algo y que te digan que no. Tocar a alguien de una manera y que no le guste. Decirle que algo te calienta y darte cuenta de que la sola idea les repele. Atroz. Hundámonos todos.

Atroz, pero mejor que nada. Mejor que tener sexo tibión.

Riesgos, pero riesgos buenos, en cualquier caso, porque mientras antes uno sabe qué piso está tocando, mejor, ¿o no?

*

Toma tiempo. Toma tiempo desacostumbrarse de un cuerpo y volver a encontrarse con otros. Toma tiempo también porque si uno viene de una relación larga, hay cosas que uno da por hechas -pequeñas comodidades que uno no se cuestiona y que la soltería pone en jaque: hay inseguridades porque a esa persona nueva no tiene por qué gustarle mucho tu cuerpo ni no ser crítico contigo. No tiene por qué mirarte con amor ni mucha tolerancia-. En una relación la base está en la aceptación mutua: este es tu cuerpo, este es el mío, nos gustamos. Con una persona nueva hay un periodo de testeo, de tratar de entender los ritmos del otro. De cachar en qué plano estamos.

Yo no sé si hay tiempos engranados en nuestras cabezas -tiempos para llorar y extrañar, tiempos para odiar, tiempos para recogerse a pedacitos- pero intuyo que sí. E intuyo que lo tiempos son proporcionales también a la intimidad que se ha tenido con esas otras personas. Es más fácil olvidar un enganche pasajero que un enganche intenso y prolongado.

Recuerdo haber salido de una relación hace mucho mucho tiempo y sentirme devastada porque no sabía qué hacer con mi cuerpo ni con mi cabeza para poder pensarlos como algo distintos a los de él, cómo hacer para asumir que tendría una historia que en el futuro sería divergente, con otra persona.

Tal vez no podemos hacernos los tontos con esto: el tiempo que pasamos compartiendo con otros -y, obviamente, con sus cuerpos- es un tiempo en el que nuestros cuerpos se adaptan a su presencia, a su manera de tocar, a la historia que ellos mismos se cuentan y en la que nos incluyen. Cuando esos caminos divergen, requiere de un periodo el volver a nuestro centro a reacondicionar las piezas.

Y es recién ahí damos vuelta la página, empezamos de nuevo, y recién ese comienzo es el puntapié para volvernos a enamorar. O al menos a tirar bien.

No funcionar

Me llega una sugerencia, de parte de un lector, para hablar sobre cuando “no funcionamos” sexualmente. Primero, aclarar: ¿qué significa “no funcionar”?

En los hombres -dejaré otro post para las mujeres-, usualmente nos referimos a:

  • Disfunción eréctil o impotencia (o en buen chileno, cuando no se para),
  • Eyaculación precoz (o, perdonando el francés, irse cortado demasiado rápido, durar poco -siempre subjetivo-). Es la incapacidad de controlar la eyaculación, ya sea eyaculando antes de la penetración o después, en breve (o brevísimo) tiempo.

Ojo: hay un montón de desórdenes o malestares psicológicos, y enfermedades o síntomas fisiológicos que afectan la experiencia sexual. En sexualidad, a todo esto, un problema es un problema cuando el sujeto lo pasa mal y/o genera dificultades interpersonales. Hay parámetros, pero todo es bien relativizable y siempre es necesario chequear la multiplicidad de factores que pueden estar afectando: desde una herencia neurológica, enfermedades concurrentes, hasta problemas relacionales.
*Esta parte me da un poco de lata porque es lo que sale en todos los artículos de internet, así que si alguien quiere que haga un post más técnico, que lo pida y feliz ordeno la info, pero por ahora creo más interesante pasar a otras cosas. A tu cabeza y a la mía, por ejemplo.

*

Pongámonos en el escenario más catastrófico, clásicamente heterosexual: tienes un encuentro casual con una mina que te gusta/calienta y a la hora de los quiubo no se te para. Pongámosle un nivel más de dificultad: a la mina le encanta la penetración, para ella un acto sexual completo tiene que incluirla. Un nivel más: para ti también es fundamental: tener sexo “de verdad” es penetrar (y todas esas ideas de la Edad Media). Entonces, nada: se supone que deberías estar en pleno y tu mini-me no funciona. Te falla en la trinchera. Los dioses no están contigo.

La salida lógica: huir. Obvio. Porque no tienes la confianza como para pensar que se verán de nuevo y recomponer la experiencia, y tampoco le vas a empezar a contar por qué andai tenso o que en realidad te pone muy nervioso estar en una situación en la que piensas que te están evaluando…porque aunque ella te dijera que le da lo mismo, no le creerías, porque obvio que al día siguiente -O TAL VEZ AHORA MISMO- le está mandando un Whastapp contándole a todas sus amigas que no funcionaste. Eso hace, evidentemente, que te pongas más nervioso y que -¿es posible?- hasta se te encoja un poquito.

Pffff. Si es así, mejor ni intentar tirar, ¿o no?

*

Ay, el caos. Ay, qué hacer. Ay, qué presión. Así es como algo que en teoría es uno de los placeres más básicos y exquisitos de la experiencia humana se puede convertir en una pequeña pesadilla.

Entonces, ¿qué significa “no funcionar”? ¿Por qué nos importa? ¿Qué nos pasa cuando “no funcionamos”?

Uso las comillas apestosas porque no adhiero a la idea de funcionamiento, aunque entiendo que sea así como lo expresamos porque normalmente pensamos el sexo de estas formas más o menos pencas: como una manera probar nuestro poder/ potencia sexual -demostrarle al otro y a nosotros mismos que sabemos hacerlo, que somos buenos en la cama- o como una manera de afirmar nuestra sexualidad. En ambos casos el sexo es una manera de lograr algo más: una herramienta para un fin. Por eso: “no funcionar”.

Ante el mal rato que implica el que el cuerpo nos “juegue una mala pasada”, sentimos cosas: algunos se avergüenzan, otros se frustran, otros se hacen los locos, otros se esfuerzan en superarlo buscando soluciones rápidas, algunos tienen problemas de autoestima y otros se ponen súper ansiosos respecto del sexo.

Pero el asunto central está en entender que el cuerpo no te hizo una zancadilla: tú eres tu cuerpo. Tu cuerpo no dejó de funcionar y tu cabeza no te cagó la onda. Nadie traicionó a nadie: no hay un juego de dobles porque lo único que hay es tú -tú completito- en una situación sexual, haciendo como si estuvieras sobre un escenario jugando todos esos roles. ¿Quién es el culpable? ¿El inconsciente? ¿Ese otro yo desdoblado que no soy yo pero que tiene poder sobre mí? Pensar así, es obvio, no tiene mucho sentido, porque es insistir en la disociación.

*

Cuando estamos en la cama estamos enteros, y creo que todos los problemas que uno pueda creer que tiene aparecen cuando entramos en la lógica disociada: está mi cabeza, pero no estoy en cuerpo; o está mi cuerpo, pero mi cabeza anda en cualquier parte. Es súper penca, porque cuando eso pasa no es que sea intencional: se siente como si fuese inevitable, como si algo más grande que nosotros mismos hubiese decidido ya.

La propuesta va por otro lado. ¿Qué pasaría si en vez de funcionar nos ocupáramos más de estar presentes? (Sí, suena a bullshit zen, pero dame un momento). ¿Si en vez de angustiarnos por si se nos pone más o menos duro, si duramos más o menos aguantando eyacular, etc, nos enfocáramos en lo rico que es estar con el otro? ¿En el privilegio de poder compartir tu cuerpo con el otro? ¿De poder tocarlo y dejar que te toque? ¿De probar maneras de acercarse, roces posibles? ¿Si en vez de calcular cuánto duras te concentras en la manera en que el otro respira, en la forma en que su cuerpo se pega al tuyo, en la manera en que tu piel le despierta cosas a su piel?

*

Desde el momento en que el sexo deja de operar como función, nuestros cuerpos también: hay una liberación. Porque, al igual que con otros placeres, la actividad cambia de cualidad ante nuestros ojos: si voy a comer para obtener energía para correr una maratón, tal vez pondré poca atención al talento culinario con el que se preparó la comida. Sí, estoy comiendo, pero estoy enfocado en otra cosa que no es la comida, y la misma actividad -masticar, alimentarse, digerir- va a generar una sensación distinta y provocarme cosas diferentes a si, por ejemplo, preparo un plato porque quiero probar un tipo de cocina que nunca he probado antes -estaré atenta a qué hace que sea diferente, qué la caracteriza-, o porque simplemente siento hambre -tengo GANAS de disfrutar de algo que siento que me estaba faltando-.

*

Cerraré con una opinión personal.

Me ha pasado tener encuentros con gente con la que he andado a tropezones. Pasa, no he salido invicta. Pero las veces en que esa situación -de dificultad eréctil o de eyaculación precoz- ha sido tema ha sido cuando el tipo se ha frustrado o aislado, cuando en vez de explorar otras cosas se ha concentrado en cabecearse contra la pared, cuando por vergüenza o frustración se ha vuelto frío o ha perdido interés en lo que estábamos haciendo. Es raro, porque cuando pasa eso es como si en medio de una fiesta uno de los invitados decidiera que se acabó todo y prendiera las luces -y uno queda como “¡nooo, pero si justo ahora íbamos a bailar mi canción preferida!”, con la pintura corrida y la propia dignidad un poquito herida-. Las fiestas no son unilaterales. Si estamos en algo, estamos los dos en la misma.

Como mujeres también nos pasa. A veces uno no está al 1000%: no te mojaste tanto, o te pasa que la descordinación de los cuerpos te mata. O cachai en mitad del asunto que tal vez estarías mejor en tu propia cama, viendo Netflix y engordando voluntariamente a punta de chocolate. Zancadillas mentales. Tropezones que te sacan de la parte más rica de estar con el otro: darse cuenta de que se eligieron, de entre todas las otras personas posibles. Darse cuenta de que se gustaron. Darse cuenta de que mutuamente han puesto el cuerpo del otro a disposición para pasarlo increíble /mejor que cualquier parque de diversiones). Y ¿qué hace la mina atormentada? Mira el techo mientras la penetran. (Punto extra y estrellitas para los hombres que cuando se dan cuenta de que hay un problema de hidratación, si bien no de entusiasmo, se ofrecen a a hacer sexo oral).

*

Me importa bien poco qué terminamos haciendo en la cama, pero sí me importa un montón que lo que sea que hagamos lo hagamos con ganas, como si se fuera a acabar el mundo, con una desesperación adolescente por descubrir el cuerpo del otro. Si no, me da lata. Entonces si a mi pareja, transitoria o de largo plazo, “no se le para” o “acaba rápido”, me da lo mismo, mientras eso no signifique que alguien decide irse taimado a su casa. Los invito a pensarlo así. A seguir bailando.

 

Refs.: están buenos estos links

https://kinseyconfidential.org/ pueden mandar preguntas y se las responden.

http://www.bumc.bu.edu/sexualmedicine/physicianinformation/epidemiology-of-ed/ Causas posibles de disfunción eréctil.

https://kinseyconfidential.org/los-recursos-en-espanol/problemas-sexuales-comunes-la-disfuncin/

 

Amores platónicos

Cuando era chica tenía una mejor amiga, F.: de cara redonda y pelo corto a la altura de las orejas, piel blanca y pecosa, dientes pequeños y ojos de un celeste deslavado que me parecía precioso y que, desde el fondo de mi corazón de 9 años, envidiaba. Éramos compañeras de banco, pero más que eso, éramos un pack: si alguien pensaba en mí, debía considerarla a ella, y viceversa. Inseparables. “Uña y mugre”, decía mi mamá. Al final del día, cuando llegábamos a nuestras casas, esperaba su llamado o, ya pasadas un par de horas, la llamaba yo. Recuerdo la felicidad absoluta de escuchar la voz de la otra a la distancia. Teníamos secretos inconfesables -todo lo inconfesables que pueden ser los secretos a esa edad- y planes para el futuro: viviríamos cerca, nuestros hijos serían amigos, nuestros maridos (porque habría maridos), serían amigos también. Tendríamos una vida juntas, porque la vida sin la otra era impensable.

“Terminamos” cuando cumplimos 14: ya no estábamos en la misma sintonía, de la misma manera en que las parejas terminan. Me encontré sola luego de años de devoción platónica. Con el tiempo empecé a tener nuevas amigas, pero estas amistades no eran ni una pizca de intensas de lo que había sido mi amistad con F.: más rígidas, tal vez incluso más competitivas, menos entregadas. Algo se había roto.

Me resulta evidente ahora que ella fue la primera forma de amor que conocí -aparte del de mi familia-. Un amor platónico, con todos sus beneficios, dolores y compromisos.

*

Un amigo me envía un link a un artículo en el que Mark Greene toma un libro de Niobe Way que investiga la soledad de los hombres y la vincula a la pérdida de las amistades de la niñez producto de una exigencia sociocultural de “hacerse hombres”; es decir, de encajar en un ideal de masculinidad donde no pueden darse el lujo de correr el riesgo de ser considerados gay, demasiado suaves o sensibles. En la necesidad de representar ese rol, tienen que negar su lado femenino y adoptar un régimen emocional estricto para probar que son “hombres”.

¿Qué es ser hombre? ¿Hacerse hombre? ¿Ser masculino? A la rápida, el estereotipo del llanero solitario, del hombre que no llora ni se conmueve, de la mirada práctica y desapegada de las cosas. El hombre que usa el sexo como validación de su poder sexual, no como una conexión con el otro. Que es dominante e incluso violento. Si va a mostrar una emoción esa emoción será la ira o la excitación. Es duro, y le gusta ser duro. (Estamos de acuerdo: es un estereotipo que fomenta el sexismo y la homofobia).

A esa pérdida de amistad le sigue una desconexión emocional y un duelo, más o menos consciente. Para encajar en la cajita del macho, hay que matar relaciones y, de la mano, espacios de intimidad. ¿Con quienes se comunican de verdad esos adolescentes y, luego, esos hombres? ¿Cómo se cultiva un espacio de intimidad si con los amigos solo se pueden “hacer cosas” (carretear, hacer deportes)? ¿Con quiénes hablan?

*

“Hablan poco o nada”. O eso es lo que me comenta siempre una amiga. “No tienen lenguaje. Son mudos”. Y cuando dice esto último se refiere a que la manera en que hablan de las cosas es descriptiva o indicativa, basada en cosas que pasan o pasaron o pasarán. No hay gama emocional en su discurso porque para poder identificar lo que uno siente y conectarse con ellos es necesario poder nombrarlo, diferenciarlo de otras cosas, hacerse cargo. Si no se habla, no existe. O se confunde con otras cosas, se diluye.

Podemos estar de acuerdo o no con mi amiga: poco lenguaje, o lenguajes diferentes o simplemente que ella espera más de los hombres con los que se involucra. Pero -PERO- hay algo que decir sobre la dificultad de comunicarse entre hombres y mujeres y entre hombres y hombres. Y algo me hace sospechar que hay algo que se pierde, un potencial de felicidad y placer que podría aprovecharse.

*

Hay una intimidad rica en la amistad, pero hacemos poco por fomentarla. He hablado otras veces sobre lo importante de decirle a nuestras parejas y amigos que nos gustan, que disfrutamos de su compañía y que, cuando están lejos, nos faltan. Hay una fragilidad en la calidad de la conexión con nuestros amigos que no cuidamos lo suficiente. A medida que armamos nuestra vida nos centramos en nuestras parejas y familias, recortamos “el resto”. Es peligroso, más de lo que nos atrevemos a reconocer: son vínculos distintos y poner solo foco en el romance, en el sexo, en la pareja y cortar el resto tiene efectos de harakiri.

*

Hace un montón de tiempo atrás este mismo amigo me mandó el link de un ensayo de Emma Lindsay que hablaba sobre la dificultad de estar soltero y bancarse el que nadie te toque. Pensé en este artículo cuando leía el de Mark Greene. Pensé también en cómo nos vinculamos a los cuerpos de los otros, bajo qué reglas. Pensé en los prejuicios en torno al estar soltero, tal como los plantea Lindsay: estar dañado o incompleto, vivir a medias, necesitar “mejorarte a ti mismo” para estar en pareja, como si estar soltero fuese un defecto del carácter. Estar soltero, especialmente pasado los treinta, es estigmatizante. Pero el asunto que le preocupa de verdad a Lindsay es que nadie la toca. Que hay días y semanas en que nadie la toca. Que ella puede tocarse a sí misma, pero no es lo mismo. Y que el contacto físico con nuestros amigos es tan limitado que ni siquiera está libre de un carácter sexualizado.

Elegimos a nuestros amigos porque nos gustan: ya sea su personalidad, sus chistes fomes, sus cuerpos distintos a los nuestros, sus desbalances emocionales, sus arranques sentimentales, sus excesos y sus carencias. Los elegimos como se elige una pareja aunque, tal vez, con algo más de generosidad: centrándonos en lo bien que lo pasamos con ellos -y no en si nos convienen o no-, en cuán felices nos hacemos mutuamente, en las ganas de ser testigos de sus decisiones, en la curiosidad de ver a dónde los llevará la vida.

El afecto de los cuerpos que queremos es clave. Y no es suficiente tener una comunicación digital: incorporemos las voces, los abrazos, las risas, las miradas. Toquémonos con afecto. Hagámonos cariño en la cabeza. Hablemos -con más o menos lenguaje-, pero pongámonos ahí completos, de cuerpo entero, celebrando que nos gustamos. Cultivemos el amor platónico con la misma intensidad con la que cultivamos el amor romántico.

 

 

Refs.:

Why do we murder the beautiful friendships of Boys? http://bit.ly/2u91HA0

Being single is hard http://bit.ly/2icB4rj

Hay un montón de autores que trabajan la mirada performativa sobre la sexualidad y el género. No me metí en ellos porque la discusión es larga y este post no tiene ganas de convertirse en una discusión teórica.

Hablar sucio

ADVERTENCIA: este no es un posteo suavecito, así que los sensibles, favor abstenerse.

Hace unos días me llegó una pregunta sobre cómo hablar sucio -el “dirty talk” del sexting, del sexo telefónico y de la cama-. Convengamos en que cuando queremos excitar a alguien, hablar de lo bonito que son sus ojos no es lo más efectivo.

Tengo en mi celular el pantallazo de una conversación hot que mi amiga D. tuvo con un tipo de Tinder. No voy a entrar en detalles, pero hay harto de meter, chupar, rajar, chorrear, tragar, tirar el pelo, etc. Cuando lo leí me sonrojé (además de felicitar a mi amiga por su talento descriptivo). Personalmente la idea del sexting me pone muy nerviosa, porque creo que el riesgo de fracaso es demasiado alto (faltas de ortografía, puntos suspensivos, una palabra mal usada y pafff). Otra cosa es en el acto. Pero, bueno, de eso quiero que hablemos hoy. Yo no soy experta y se me ocurrió hablarlo con dos amigas, S. y D. Todo lo que viene a continuación es esa conversa digerida.

*

Algo que siempre pregunto cuando entrevisto gente para los perfiles sexuales es si les gustan que les digan cosas en la cama y qué ha sido lo mejor o lo peor que les han dicho. Acá nunca hay puntos medios: o les encanta o les carga. Muchas mujeres me han dicho que les gusta que las traten de “zorras” o “maracas” o “putas”. Uno me dijo que se le pasaba todo cuando le decían “papi”. Una amiga casi se murió de vergüenza ajena cuando un tipo le dijo “¿quieres mi lechita?”. De que hay variedad, la hay.

A D. el tipo le mandó una foto anatómica y le dijo “Es lo más grande que puede estar sin estipulación de ningún tipo. Lo quieres ver más grande…”. Ojo, ESTIPULACIÓN. Quería decir “estimulación”. Así es como de un momento a otro algo erótico se puede convertir en un chiste (grupal, a estas alturas, ya que todas queremos estar “estipuladas”).

*

Hay dos escenarios donde se da la conversa “sucia”: larga distancia o presencial.

LARGA DISTANCIA

Por teléfono, ya sea llamado o chat, por Skype, por mensajitos, por Facebook, por Whatsapp, por mail, por lo que sea. Según D., este tipo de conversación encierra una promesa de lo que el otro quiere hacer contigo o de lo que fantasea, y en esa medida, el lenguaje tiene que tener un carácter más duro cuando se trata de partes del cuerpo: acá no caben as delicadezas como “pene”, “vagina”, “nalgas” ni -Dios mediante- “colita”. Cursilerías, no (y estoy muy de acuerdo). Palabras más vulgares, si se quiere, como “culo”, “teta”, “pico”, etc. Una descripción de lo que quieres hacer con el otro o lo que le quieres hacer. Lo que calienta, entonces, es enterarse de esa promesa, fantasearlo juntos.

Yo creo que para tener ese tipo de chats sin que sea repelente, es súper importante meterse un poco en la cabeza del otro y conocer qué le gusta, qué lo mueve, qué lo excita. Hay minas y hombres a los que les gusta algo de violencia, para otros es lo menos erótico que hay. Entonces el “te voy a tirar el pelo” puede ser o muy excitante o simplemente poco sexy. Tener estas conversaciones en frío -sin conocer a la persona o sin tener suficiente intimidad- es arriesgado, pero si te sale bien, celebramos todos.

PRESENCIAL

Frente a frente, o antes de tirar o durante. Acá hay un salto, porque a la distancia la recepción negativa puede atenuarse, pero si estás en la cama se nota altiro y puede haber un desajuste que arruine la onda. Ahora bien, lo bueno es que se puede dar un escenario más exploratorio, ir tanteando y tener feedback altiro.

Cuando es a la distancia hay una promesa que excita, cuando estás en persona, ¿de qué se habla?  En principio, de lo que te gusta: de lo que te están haciendo o quieres que te hagan ahora ya, de cómo se siente lo que están haciendo. Se refuerza el acto con órdenes, con indicaciones.

Acá yo también creo que es clave el juego de roles -no necesariamente escenificado-, y para eso es necesario entender qué excita al otro. Por ejemplo, hay muchas mujeres a las que les calienta que las traten de “perras” o “zorras” o “putas” o “maracas”, y eso puede funcionar súper bien si su pareja tiene la misma fantasía complementaria (la del sujeto que castiga o corrige, por ejemplo), pero también puede ser una receta para el desastre si el otro no está en esa sintonía (“dime zorra”, “ehhhhh ¿zorra?” o al revés  “eres mi puta, dilo”, “ehhh soy…tu… ¿puta?”). Personalmente yo prefiero que me digan cosas y me saca mucho del momento decir cosas yo, entonces cuando me he topado con un narrador deportivo o de entrevistador –“¿te gusta? ¿y ahora? Dime qué estás pensando”- me dan ganas de salir corriendo. Pero ojo, esa soy yo. Tal vez a otras personas eso les encanta.

Para ahorrarse el mal rato hay que hacer la pega antes: hablar un poquito de qué le gusta al otro. Esto puede ser hecho de manera súper indirecta, tal vez averiguando qué tipo de películas le gustan (y no, no me refiero a preguntarle por su porno preferida, pero sí cachar qué tipo de historias le atraen: ¿le gustan las historias donde la mina es super power o es una flor inocente? ¿se identifica con las malas de las películas o con las víctimas? Las personas entregan un montón de información que tiene que ver con su imaginario sexual. Hay que estar atentos).

*

LÍMITES

¿Es necesario ser violento o decir cosas brutales para hablar sucio? ¿Hay que impostar un poco? ¿Hacerse el bacán?

Sosteniendo el principio básico de que el sexo es uno de los pocos espacios de libertad absoluta que uno puede tener: NO es necesario hacer nada en la cama con lo que uno no se sienta cómodo. ¿Y si te lo piden? Prueba. ¿Y si no te gusta? No lo haces más. ¿Y si el otro se siente? Ese es problema del otro.

Según S. hay que decir lo que uno quiere decir y tirarse: es exploratorio y el riesgo de cagarlas siempre está presente. Obviamente, evitar ser un rayado y decir “te quiero cortar la cabeza etc”. En el tanteo se va revela hasta dónde se puede ir llegando. Hay que ser asertivo: no porque a ti te caliente, le calentará al otro. Tal vez el mejor consejo es este: partir liviano.

*

Todos sabemos que tener sexo involucra más que el cuerpo: sí, hay dos (o más) cuerpos que deciden tocarse, pero también hay cabezas, hay recuerdos, hay fantasías, hay ideas sobre lo que es sexy y lo que no, hay ideas sobre lo que es correcto hacerle un cuerpo o no. Hablar durante el sexo es una manera de conectar esa cabeza al cuerpo. Hay algo bonito en eso: en tratar de verbalizar lo que es pura carne y movimiento. En poner atención no solo a cómo te tocan, sino también a la agitación del respirar del otro, a las cosas que está dispuesto a decirte. Hay cosas que uno dice en la cama que en ningún otro escenario serían aceptables y no tomar ese espacio para decirlas es perderse de una oportunidad liberadora.

Es difícil tener buen sexo si se siente vergüenza. Es por eso que las primeras veces suelen ser un poco decepcionantes: uno tiende a jugar dentro de lo convencional, como para no espantar. Pero si lo miramos por lo que es, si uno ya está en la cama, tiene pocazo sentido hacerse los pudorosos. Si ya estás sin ropa con alguien, ponerse receloso de “no quiero que piense mal de mí porque me gusta x cosa” o “me da vergüenza esta posición” o “me da plancha decir x” es bien contraproducente.

 

 

Links

Perfiles sexuales: https://veronicawatt.com/perfiles/

Wanderlust: talking dirty https://youtu.be/4utAnqqfLEw

Mucho más que mamá

Escribí hace poco sobre no ser mamá y de toda la responsabilidad que implica serlo. El camino contrario, o reverso, es el hablar sobre ser mamá. Pero eso ya lo han escuchado hasta el cansancio, ¿cierto? Así que quiero invitarlos a pensar desde otro punto de vista.

Desde que somos chicos consideramos a las mamás en función de nosotros: nos cuidan, nos protegen, nos aconsejan y se preocupan de nosotros tal vez más de lo que lo hacemos nosotros mismos. El día de la madre celebra esa pega bien hecha, sí, pero me sigue pareciendo que el mejor regalo es celebrarla como persona entera, no como sólo como mamá. ¿Vamos?

1)

Aprendemos de nuestras mamás una manera de estar en el mundo, de habitarlo. Aprendemos de ellas sobre lo que está bien y mal, sobre cómo relacionarse con los extraños, sobre cuán importante son los valores que ellas mismas encuentran fundamentales. Cuando uno es chico uno agarra todo lo que puede porque es lo que hay a la mano para enfrentar el mundo.

Las mujeres aprendemos a cómo ser mujeres mirando a nuestra mamá (o cuidadora principal). Cómo se mueven, con qué gozan, qué les impresiona, cómo se visten, de qué tipo de cosas hablan. El mundo emocional y verbal que habita nuestra mamá es el nuestro durante un rato.

Llega un punto en que empezamos a decidir por nosotros mismos si esas ideas nos parecen buenas, malas, más o menos. Las adoptamos, acomodamos o desechamos, pero son un referente. El asunto es, ¿de qué hemos hablado con ellas? ¿Qué territorios nos hemos atrevido a descubrir de ellas y con ellas?

2)

El discurso marketinero imperante sobre las mamás como todo-dulzura, todo-bondad, todo-sacrificio es bien penca en la práctica porque las mutila. Así como nos hemos dado cuenta de que existen un montón de cuerpos posibles a pesar de haber un fuerte estereotipo que se refuerza como el cuerpo ideal, pasa lo mismo con las mamás, pero a mí gusto, más grave. Cuando miramos a nuestras mamás con ese filtro -el de la madre ideal, el de la mamá funcional- nos perdemos de tanto más.

3)

Mi mamá se separó de mi papá cuando yo tenía 3, a mediados de los ochenta, cuando hacerlo requería tantas agallas como entereza, porque socialmente te crucificaban. Gracias a ese hecho aprendí desde muy chica a ver a mi mamá como una mujer en primer lugar: una mujer con ganas, ideas, con una vida romántica y sexual en la que yo no jugaba ningún rol activo. Una mujer que, dentro de todo lo que ella era, era también mamá. Primero mujer, después mamá.

Verla así me ayudó a construirme como una mujer distinta de ella porque entendí -a cabezazos- que las decisiones que ella tomaba no tenían solamente que ver conmigo, sino con un mundo interior más amplio que el ser mamá: con el ser mujer. Esta no puede sino ser la mayor libertad posible que una mamá te puede dar: el mostrarse no como una función, sino como una relación. Un tú a tú.
(Sí, pasé igual por la adolescencia insoportable de criticarle todo, de estar en guerra con ella, pero claro, cuando estás en guerra contigo mismo, los más cercanos son los que salen trasquilados).

4)

Las conversaciones posibles que se dan cuando la mamá deja de ser una función para uno y se convierte en una relación de un entero a otro entero son mucho más profundas. (Si creían que se habían librado de que hablaría de sexo e intimidad sólo por ser el día de la madre, JAJAJA).

Me sigue sorprendiendo que sea tan tabú pensar en la sexualidad de los padres cuando resulta tan evidente que uno es producto de al menos un encuentro sexual. Normalmente las personas con las que converso no tienen un diálogo sobre sexualidad con sus papás. PLOP.

La fuente natural de conocimiento o al menos de debate de ideas para hablar sobre sexo e intimidad debiesen ser las mamás y los papás: no para creer lo mismo que ellos, sino para entenderlos mejor y uno mismo hacerse una idea más clara de las nociones con las fuimos criados y desde ahí, entendernos a nosotros mismos.

Una mamá que desexualiza a sus hijos adolescentes o adultos me parece tan loca como un hijo o hija que no quiera entender esa faceta de sus padres.

De nuevo: mutilante.

5)

La manera en que nuestra mamá nos cuida y cómo se relaciona con otros tiene que ver con un aprendizaje. Ahora, uno puede hacer la clásica movida de hacer la del detective que recoge evidencia y saca conclusiones viendo cómo se comporta, o ser un poquito más astuto y preguntar, mostrar interés. En la conversación hay un desmadejar que es casi mágico.

Las historias que nos cuentan las mamás (y los papás) tienen que ver no sólo con hechos, sino también con sus cabezas -con su imaginario privado-, o sea, con quiénes son ellos. ¿Qué historias han preferido contarnos? ¿Por qué esas historias y no otras? ¿Cómo se conocieron tus papás? ¿Cómo empezaron a salir? ¿Qué le gustó a tu mamá de tu papá y viceversa? ¿Cómo eran antes de conocerse? ¿Cómo cambiaron? ¿Qué otras parejas tuvieron antes? ¿Qué les gustaba de esas parejas? ¿Cómo les afectó en su día a día tenerte? ¿Qué los hizo quedarse juntos o separarse? ¿Cómo era / es su vida sexual? ¿Cuán importante es el sexo para ellos? ¿Son físicamente afectuosos? ¿Se llaman con sobrenombres o apelativos cariñosos? Si siguen juntos, ¿cómo han resuelto las tensiones típicas de una pareja que lleva años juntos (la rutina, las peleas, los engaños o las escapadas sexuales de cada uno, en caso de que las haya)? ¿Cómo cultivan su vida sexual? ¿Qué quería tu mamá de su vida? ¿Qué se imagina para adelante? ¿Qué cosas le gustaría hacer que hasta ahora no ha hecho? ¿Cómo era su relación con tus abuelos maternos? ¿Cómo la formaron? ¿En que cosas creía y ya no cree? ¿Qué cosas le dan miedo? ¿Qué cosas habría hecho distintas? ¿Qué cosas volvería a hacer sin dudarlo?

(Obviamente estas conversaciones se pueden dar si hay una relación más o menos sana, pero a veces es posible abrir una conversación y empezar a sanar cosas con tan solo mostrar interés en el otro, sin juzgar).

6)

Desde chica empecé a tener conversaciones sobre sexo con mi mamá para tratar de entender su cabeza y de pasadita entender la mía. Una de las cosas que agradezco es su apertura. No es gratuito que yo escriba sobre sexualidad: ella me enseñó a mirar la sexualidad como un misterio fascinante por descubrir, como un goce. Tal vez no escribiría sobre sexualidad si hubiese aprendido a ver el sexo como algo culposo, como una pega en función del otro o como un tabú (lo que no quiere decir que no tengamos diferencias y que mi mamá no se escandalice y se preocupe por mi reputación jajaja).

7)

Porque tengo la suerte de rodearme de personas choras e inteligentes, me encanta ver como muchas de mis amigas son mamás que no se han olvidado de ser mujeres: mamás que siguen gozando con lo que les gusta hacer -si es carretear, carretean; si es cultivar una habilidad, toman clases, se entrenan, etc.-. Mamás súper dedicadas, pero que también tienen un mundo interior en el que los hijos no participan, porque son mamás, sí, pero también son tanto más.

Si eres mamá ahora, creo que una pega importante es poder mostrarle a tus hijos que también tienes un lado que no tiene que ver con ellos: que tu vida es más grande que tu función materna, y que si quieren descubrir ese lado, son bienvenidos. Tal vez ese sea el mejor legado que les dejes. Una mamá con ganas, deseos, motivaciones que no sólo tienen que ver con los hijos. Una mamá a la que puedan acudir como persona completa, más que como función acotada.

¡Feliz día mamá! La llevas todo el rato.

Pd: sí, la de la foto es mi mamá, hottie! ❤ ❤

Me gusta tu cuerpo

Estábamos sentados en un bar decorado a lo cubano vintage, con hojas de palma, asientos de cuero, luces bajas, meseros de camisas blancas con bigotitos coquetos y corbatas humitas. Él tenía los ojos azules, el pelo castaño oscuro, ondulado, una barba de tres días, la piel blanca. Era delgado y había algo frágil en su cuerpo, casi infantil. Le pregunté cómo le había ido con lo de las citas y me dijo que bien, aunque no sonaba muy convencido. Insistí: ¿cuál fue tu última cita? ¿Qué pasó? Y me dijo que simplemente no habían hecho click. Después de mucho rato, de darse vueltas hipotetizando sobre lo difícil que es encontrar gente que realmente le gustara, me dijo que la chica no le había atraído físicamente: era más gorda de lo que a él hubiese preferido y le ganaba como por una cabeza y media de altura. Me confesó esto achinando los ojos, bajando la vista y después me pidió perdón, diciendo que no quería sonar discriminador ni despectivo.

Él prefería que sus parejas fuesen de su altura o más bajas que él. ¿Por qué? Uno puede hipotetizar, pero no creo que importe. También le gustaba que no fuesen mujeres gordas. ¿Eso lo convierte en un idiota? No. O al menos no necesariamente. ¿Era un tipo superficial? No, bajo ninguna circunstancia (y lo digo con propiedad porque lo conocí bien). ¿Por qué la culpa, entonces?

*

Me he topado con harto de esto últimamente: gente que piensa que el hecho de que tengan ciertas preferencias físicas los puede hacer ver más o menos pelotudos o superficiales, como si de pronto tuviesen que gustarles todos los cuerpos. Lo he escuchado de personas preocupadas, abiertas de mente, con una conciencia liberal que alcanza, tal vez, el ridículo. Porque una cosa es no hincharle las pelotas a la gente por su cuerpo, no ser un bully, dejarlos vivir tranquilos y respetarlos, tengan el cuerpo que tengan, y otra cosa muy distinta es que uno tenga una preferencia por ciertas características físicas. El preferir algo, el sentirse atraído por ciertas formas, no implica el despreciar a las otras.

Voy a referirme a mí experiencia porque es lo más directo: en Tinder la gente pone su altura. Yo mido apenas 1,57m, o sea estoy más cerca del metro y medio que de cualquier otra cosa, jaja. A veces me he topado con perfiles que explicitan que les gustan las mujeres altas. ¿Qué hago ahí? ¿Me ofendo? ¿Me irrito? ¿Me traumo? No po. Si no es ese, habrá otro al que este atributo mío, que no puedo cambiar, no le parezca poco atractivo. Y tal vez incluso hay otros a los que les parece atractivo, un público cautivo para las pequeñas (…llámame, miau).

*

A veces me topo con gente que me dice “no me importa tanto el físico” o “no tengo un tipo físico”. Entre ambas afirmaciones hay una gran diferencia: en la primera lo que la gente quiere decir normalmente es “no me importa tanto que la persona con la que estoy cumpla con el estándar de belleza socialmente deseable” y en el otro es “no tengo una preferencia por ciertas características por sobre otras”. La primera respuesta la entiendo, aunque no es suficiente. Claro, tal vez la persona no se fija tanto en si el tipo tiene ponchera o no, pero sí le importan otras cosas. Con la segunda, lo que yo pregunto es al tiro qué les repele. Y si ahí no hay una respuesta concreta, entonces están mintiendo. Y después uno puede preguntar por otras cosas que también prefieren o valoran: la actitud, la parada, el estilo, la personalidad, los hábitos, los intereses, etc.

*

El asunto es el siguiente: la manera en que habitamos el mundo es físicamente (todavía no existe la conciencia humana sin cuerpo). No caí en la cuenta sobre lo importante que son los cuerpos hasta que me empezaron a faltar: cuando alguien ya dejó de estar y no lo puedes abrazar. Cuando estás lejos de alguien a quien te gustaría tocar o besar. Y sí, hay cosas que atenúan la distancia: hago llamadas de Skype y Whatsapp con amigas que viven en otros países y verlas y escucharlas a cada una es casi tan bueno como tenerlas cerca, pero no es suficiente. Si la larga distancia amistosa es difícil, cuánto más lo es la larga distancia amorosa o sexual, cuando se te acaban las palabras para decirle a alguien cómo te gustaría tocarlo, cuando se abre la brecha entre lo que un cuerpo puede decir y hacer.

Los cuerpos importan. Los cuerpos que tenemos, lo que hacemos con ellos y si decidimos o no acercarnos a otros cuerpos.  La manera en que esos cuerpos manifiestan afecto o deseo, la forma en que esos cuerpos se valoran. Hay cuerpos que nos parecen más atractivos que otros. Hay cuerpos que uno toca y es como volver a casa. Hay cuerpos que uno toca y no entiende cómo puede ser que ese cuerpo no haya estado desde siempre con nosotros. Poner atención a los cuerpos que nos mueven, atraen, despiertan afectos o erotizan es una manera de enriquecer ese contacto y de estimular nuestro día.

*

Una de las primeras cosas que te enseñan cuando quieres aprender a escribir historias es la frasecita “show, don’t tell” (“muestra, no cuentes”), es decir, hacer que para el lector las cosas pasen sin dárselas previamente digeridas, resumidas o descritas. Es una de las cosas que a mí más me cuesta, porque requiere de verdad ponerse a pensar en cómo nos comportamos y en los detalles físicos o gestuales que marcan la diferencia.

Por ejemplo, si quieres hablar sobre tu protagonista no dices “era un tipo atractivo e inteligente”, sino que tienes que mostrarlo siendo atractivo -ya sea describiendo lo que a ti te parece atractivo e inteligente y esperar que a tu lector le parezca lo mismo, o describir su comportamiento, el efecto que tiene sobre los otros, su manera de moverse-. La primera descripción es tan fácil que resulta aburrida y comunica poco: “era atractivo e inteligente” no puede sino ser una vaguedad abismal de lugares comunes porque, ¿qué es ser atractivo? ¿qué es ser inteligente? Ay, pero cuando uno se pone a mostrar en vez de describir, las cosas cambian. El personaje adquiere tridimensionalidad, una presencia, un cuerpo. Y en ese cuerpo está todo lo que ese personaje puede o no experimentar. En ese cuerpo están todas sus posibilidades.

Como en el nuestro.

*

Hace una semana me robaron el celular. Por mera estupidez no tenía respaldadas las fotos y de entre todas esas fotos que perdí, hay una específicamente que echo de menos: la parte de atrás de una oreja -y ahora que lo busco sé que esa parte se llama hélix-. Fue una foto que saqué sin querer de una persona de la que me enamoré un poco. En la foto se alcanzaba a ver parte de su cuello, su pelo y justo en ese pedacito de piel curvado tenía unas pecas. Hasta que le mostré la foto no me creyó: nunca las había visto, esas pecas. Hay algo de su cuerpo que yo le mostré y sobre lo que él no estaba al tanto. Ahora que esa persona no está cerca tengo que esperar de nuevo a verla para poder disfrutar de esa oreja. Y no es una oreja cualquiera: es una sola preciosa oreja.

*

Pensemos -y si se puede, llevémoslo a la práctica, ejercitemos- el identificar qué nos gusta de los cuerpos de los otros. Lo hacemos con los niños un montón -nos acercamos las guaguas a la nariz y decimos que nos gusta su olor o que son lindas o encantadoras por tal o cual cosa-, pero hace falta que lo hagamos con los adultos también, con nuestras parejas, pinches o amigos. Que nos acordemos de decirnos cuánto nos gustamos y que seamos específicos cuando lo hacemos. Hay cosas que nosotros somos capaces de ver en el otro que son bonitas y que el otro tal vez todavía no conoce. Qué buen regalo ese, ah.

*

Me gusta la forma en que abres los ojos cuando me estás contando algo que te interesa. Me gusta que tengas los antebrazos peludos. Me gusta tu risa contagiosa. Me gusta que se te hagan margaritas. Me gustan tus pestañas largas, largas. Me gusta que seas más alto que yo. Me gusta que si quieres me puedas levantar en brazos. Me gusta que cuando estás pensando frunces el ceño un montón y me dan ganas de desanudártelo. Me gusta cómo tu cuerpo se apoya en el mío cuando estás cansado.

Sexo en transición

Sexo + Economía + Matrimonio + Liberación sexual femenina.

He tenido este artículo archivado por meses porque no sabía cómo abordarlo. Lo políticamente correcto es quejarse y denunciar las ideas anticuadas -tengo un doctorado en No Estoy de Acuerdo-, pero lo más honesto y útil sería evidenciar la brecha. Lo que nos falta para dejar de actuar estúpidamente. Así que acá va.

*

La historia es la siguiente: el 2014 se publicó un video que aplicaba la lógica de la economía a las relaciones sexuales, planteando una mirada bastante conservadora del sexo para explicar el fenómeno de la baja de estadísticas de matrimonios y sugiriendo una solución para revertirlo. El video se llama The Economics of Sex  y fue creado por el Austin Institute for the Study of Family and Culture, basado en investigaciones del psicólogo Roy Baumeister. Para los que no saben tanto inglés, acá  pueden ver un resumen escrito del video (y para los que sí, bueno, les sugiero verlo).

En corto, el video plantea lo siguiente: las estadísticas de matrimonio han descendido, la gente se casa más tarde y eso es muy muy malo -¿por qué? Nadie sabe-. La causa es que las mujeres están teniendo sexo sin pedir mucho a cambio (según el video, son muy fáciles y tiene sexo a la primera). Si uno quiere aplicar la lógica de mercado a las relaciones sexuales y amorosas, el sexo puede considerarse un commodity, o sea, que hay un precio de mercado para el mismo. Debido a que los hombres quieren tener más sexo que las mujeres, las mujeres son las que controlan el mercado sexual. Los hombres, en cambio, son los que controlan el mercado del compromiso, ya que las mujeres quieren más compromiso que los hombres. Entonces, la transacción es compromiso a cambio de sexo, pero como los hombres obtienen sexo fácil, entonces no es necesario que se comprometan. ¿La solución? Que las mujeres se coludan y le niguen el sexo a los hombres, para que así los hombres ofrezcan más compromiso.

Mi primera reacción: CUEEEEEEEEEEEK.
Mi segunda reacción: a ver, pero espera….
Mi tercera reacción: pucha, este artículo va a ser difícil de escribir.

*

¿Alguien más se sintió absolutamente deprimido? Yo me quise tirar del balcón porque sentí que habían un montón de suposiciones injustas, falsas y en el mejor de los casos relativizables presentadas como verdades. Por ejemplo:

– Los hombres tienen mayor deseo sexual que las mujeres: es difícil probar, si no imposible, si el “bajo deseo sexual” femenino se debe a limitaciones culturales de manifestación del deseo o si realmente las mujeres inherentemente -biológicamente- sienten menos deseo.
Al mismo tiempo, como no podemos probar eso, podemos sacar conclusiones de lo que se ve: en la práctica la conducta de búsqueda de oportunidades sexuales -sea biológica o aprendida- es más abierta de parte de los hombres. Los hombres manifiestan más abiertamente esa búsqueda y deseo y socialmente, al menos, recién las mujeres están pudiendo ocupar también ese espacio. Yo creo que es un par de años más el cuento se va a equilibrar en términos de permisividad social para manifestar el deseo (y así, que una mujer sea activa sexualmente no la convierta instantaneamente en una zorra).

– lo único que quieren las mujeres es casarse. (Ni siquiera voy a discutir esto, aunque, de nuevo, también entiendo que hay muchas mujeres que sí sienten la presión social de casarse por la edad o para adquirir una posición de reconocimiento social dentro de su grupo. No lo comparto, pero sí sé que hay gente que sigue en esas, y mientras eso pase, para parte de la población el proceso de dating seguirá siendo un juego tipo Tom & Jerry).

– El video plantea que el exceso de oferta de mujeres sexualmente activas ha disminuido el “valor” del sexo: en vez de “pagar” por sexo casándose, ahora los hombres necesitan comprar un par de tragos o salir en un par de citas. Marina Adshade -economista seca- rebate esta idea explicando que una relación inversamente proporcional de oferta y demanda sólo aplica en mercados donde hay un intercambio monetario. Adshade dice que salir en citas es más como hacer trueque: la gente decide comenzar relaciones al identificar una combinación específica de características que quieren en una pareja. Es un intercambio cuidadoso, no una transacción monetaria.
Esto -el que las relaciones se parezcan más a un trueque que a un negocio- hace que el mercado sea muy ineficiente. Y tiene todo el sentido del mundo: las economías de trueque son difíciles porque encontrar a alguien que venda lo que tú quieres comprar y que quiera comprar lo que tú quieres vender es complicado.

– Una cita: “Los hombres se comportan tan bien o mal como las mujeres de sus vidas se lo permiten”: ya, esto sí que me irrita, o sea no sólo las mujeres son responsables de su propia sexualidad y deseos, sino también de la del resto. O sea los hombres son niños incapaces de tomar sus decisiones y que no pueden autocontrolarse. Great! Rape culture. Googlée si no cacha el término.

– La solución que se propone es que las mujeres se coludan y le nieguen el sexo a los hombres para así impulsar a los hombres a casarse o a mantener relaciones de largo plazo. El video sugiere además que las mujeres debiesen evitar el sexo casual, tal como era antes de la píldora. Este razonamiento lo he escuchado un montón de veces -el que deriva de “ya no hay motivación para los hombres para casarse y la única forma es que se acabe el sexo premarital” o el inifinitamente menos elegante “para qué comprar la vaca si te dan la leche gratis”- y es un alivio ver que hay una argumentación económica en contra (¡además de ser realmente ridícula la idea de supervisar la vida sexual de los otros!): la solución es imposible ya que en el mercado del sexo y del amor hay millones de personas, por lo que es un mercado perfectamente competitivo y por lo mismo, es imposible armar un cartel, según Adshade, pues no se podría regular a todas las mujeres…y ningún economista serio plantearía la colusión como solución a ningún escenario de mercado.

Habría que pensar también en la agenda oculta de este tipo de discursos conservadores que defienden la institución por la institución en sí. Se sugiere revertir las libertades sexuales de las mujeres, constreñirlas…¿para qué? ¿A favor de qué?

Saquen las conclusiones ustedes.

*

Me acordé de resucitar este artículo por dos cosas:
– Es un ejemplo gráfico de Mansplaining y slut-shaming en conjunto. En unos pocos minutos el video le explica a las mujeres por qué ellas la están cagando, además de pasadita tratarlas de zorras y responsabilizarlas del “caos” que es que haya disminuido la tasa de matrimonios. (Lo del mansplaining da para otro artículo que viene luego, pero se puede definir como lo que pasa cuando “un hombre se siente compelido a explicar o a dar su opinión sobre cualquier cosa, especialmente a una mujer, a menudo de forma condescendiente, aunque no sepa de qué está hablando o no sea asunto suyo”).
– Me topé con un artículo sobre el movimiento MGTOW (Men Going Their Own Way), y la idea de que las mujeres son prácticamente el cáncer del universo y me recordó a este video de sex economy. Y luego vi un video que tienen ahí colgado de Briffault’s Law… y entiendo la paranoia de los MGTOW si es este el tipo de cosas en las que creen.

Creo que lo que más me preocupa es la consideración de un vínculo -sexual y relacional- en una simplificación carente de afectos. En el video el matrimonio es un medio para conseguir sexo y/o bienes. El sexo, para las mujeres, sería un medio para conseguir que les pidan matrimonio (bienes), … etc etc. Pero lo que pasa es que hasta hace muy poco era así: el matrimonio era un acuerdo de largo plazo que anudaba fuertemente tres términos: sexo, familia, dinero. Pero las cosas están cambiando y por eso este video ya empieza a sonar añejo.

Estamos en transición. Nos estamos moviendo desde una cultura conservadora, que otorga más libertades sexuales a los hombres, que valora el sexo en función de la construcción de la familia, a una manera más libre de ver el sexo, entendiendo que no es un commodity de un sexo que se “entrega” o “rinde” a otro a cambio de algo. Esto tiene TODO que ver con que las mujeres tengan independencia económica y se puedan integrar de lleno al mercado del trabajo en condiciones equivalentes a las de los hombres. En la medida en que las mujeres pueden sostenerse por su cuenta, no necesitan que los hombres las mantengan -o sea asegurarse la casa, la situación económica estable a través del vínculo matrimonial-. Y cuando eso ya esté por completo resuelto, la manera en que concebimos el matrimonio y el sexo cambiará. Por ahora, todavía estamos en aguas pantanosas.

Para una cabeza más liberal, tener sexo antes de embarcarse en una relación de largo plazo es crucial. El enganche sexual, la sintonía física, es parte esencial del vínculo que se forma. Para una cabeza conservadora, el no tener acceso al cuerpo del otro, el aguantarse, significa respeto. ¿Quién tiene razón? ¿Qué es mejor? ¿Qué es más sano, considerado, etc? Esto es lo mismo que sostener visiones políticas diametralmente opuestas: la jerarquía de valores de cada uno es lo que determina esas ideas. A mí me pasa que me parece un sinsentido el videíto. A otros les debe hacer todo el sentido del mundo. La cosa es que puedo entender que no quieran aplicar mis ideas a su vida, pero por algún motivo las cabezas más conservadoras sienten la necesidad de imponer sus ideas sobre el resto.

Como mujer independiente y profesional me repele que un hombre considere que tiene cualquier tipo de derecho sobre mi cuerpo y que sienta que puede juzgar, a cualquier nivel, mi vida sexual. Me resulta grotesco la gente que considera que yo como mujer tengo más valor mientras más “virginal” soy o mientras más difícil sexulamente les resulto -y ojo, ¡los tengo identificados chiquillos!-, o los que sienten que vincularse con un otro es similar a ejercitar su poder de compra o venta en cualquier otro escenario -no, que me invites a tomar algo o a comer no te asegura nada-, así como también me dan verg[uenza ajenas las mujeres que, teniendo sus propios medios económicos, usan su cuerpo para conseguir cosas o manipular al otro. También me irritan los que andan castigando a las personas que disfrutan de su vida sexual sin encorsetarse en la fórmula relacional que a ellos les parece aceptable. A toda esta gente quiero decirle: me tienen aburrida. Ahora, eso no va a cambiar su forma de pensar, claro, pero sí tal vez los ayude a mantenerse al margen, jaja. Así que: manténganse al margen y dejen de huevear al resto.

Refs.:
Para más argumentos que desbaratan la lógica del video y reflexionan sobre sus supuestos:
“Policing Female Behavior for the sake of Marriage”, Marina Adshade
http://bit.ly/2nHs6o0

“The Economics of Sex Theory is Completely Wrong”, Christina Sterbenz: http://read.bi/1g5XYCT

Y “Sex is not an economy and you are not merchandise”: http://bit.ly/1dIq3ni

MGTOW
https://www.mgtow.com/video/briffaults-law/