Mira, este es el secreto. Bueno, este es mi secreto. Es que no hay uno. Pero tú me preguntas qué hago y yo te respondo esto: me preocupo de ellas. No de mí, yo quedo para el final, si es que algo queda. Si no, feliz. Voy, tomo algo de agua, enciendo un cigarro, le hago algún chiste, la abrazo y le acaricio el pelo. Media hora después anuncio mi partida y, escucha esto: siempre, siempre me piden que me quede. A veces lo hago, claro. Hago desayuno. Huevos benedictinos. Casi siempre hay algo sobre que poner los huevos. ¿Entiendes? Bah, en fin.

No, no me preocupa. Para nada. Mis orgasmos son lo más común del mundo. Algunos de mis mejores orgasmos los he tenido solo. Por ejemplo: 21 de febrero de 2007. Mis papás se fueron de vacaciones y me quedé solo en la casa durante una semana. Estaba en octavo básico. Honestamente, me sorprende no haberme lesionado fatalmente. Lo maltraté, a mi otro yo. Harto. Estuve ahorcándolo por horas, aguantando, aguantando… cargando lentamente los videos. Eligiendo. Esperando. Cuando me fui, tuve que hasta limpiar la pared. Fue una hueá descomunal.

Claro, algunos de los mejores han sido en pareja. Algunos son memorables para ellas también. De hecho, uso esa palabra porque ella la usó. “Oh, ese estuvo memorable”. Me reí mucho.

Pero el asunto es que, si ellas se van, ahí está: fin. Digo, no es lo único que hay que hacer. Pero si te vas a meter a la cama con una mina solo para tirar, ahí sí que lo único que hay que hacer es hacerla acabar. Louis CK decía que las mujeres te hacen todos esos arrumacos y arrebujes porque, en el fondo, no las hiciste acabar. Que si te la tiraste bien, ella va a darte un golpecito de felicitación en el hombro, decirte “Buena, flaco” y darse vuelta a dormir. Claro, no es tan así, pero no es tan lejano.

Entonces, yo hago que se vayan. Que acaben. Que arqueen la espalda, le dice Gutiérrez. Que tengan un puto orgasmo. No es tan difícil, tampoco. Digo, cada una es diferente: a algunas les gusta que les pases la lengua fuerte por el clítoris; a otras no les puedes tocar los pezones sino hasta bien entrado el polvo; hay quienes no se van por la sola penetración.

¿Sabís lo que aprendí? Que hay que preguntar. Que, cuando se trata de tener un orgasmo, nadie es tan hueón como para no dar un par de instrucciones. A menos que no sepan nada sobre cómo tener uno. En ese caso, calma ante todo: nadie está obligado a nada, tampoco. Y a veces no resulta, no más. ¿Qué le vai a hacer? La intención es lo que cuenta ¿no? No hay que frustrarse. De la frustración jamás ha salido nada bueno. De sentirse desafiado, sí, pero de sentirse frustrado, jamás.

No, no me molesta. No quedo con las bolas llenas. Nada de eso. A veces se ofrecen a seguir tirando. Otras, se ofrecen a chupártelo. A veces no quieren ninguna huevada, porque quedaron tremendamente sensibles después de irse. Y no pasa nada, loco. Qué te va a pasar por perderte una corrida. Nada. Vas al baño y te la cascas un rato. Pum. Listo. Cigarro, un vasito de jugo, vamos por otro round.

Eso es lo que mata a este mundo, loco: el egoísmo. Si los hueones que le andan gritando cosas a las minas en las calle no fueran egoístas, no lo harían. Pero su egoísmo los lleva a gritar burradas, porque, hey, ellos quieren hacerlo, ¿por qué no lo van a hacer? Eso después escala y termina con muertes, loco. ¿Cómo va a ser eso?

Lo que te trato de explicar, loco, es que todas esas actitudes que uno encuentra que mejoran la convivencia social se derivan de cómo uno debe comportarse en la cama. De etiqueta sexual. Claro que le podís tirar el pelo, tal como podís joder a un compañero de pega con que su señora lo gorrea, pero, en ambos casos, si la contraparte te pide que pares, tú paras. No eres tú el que define lo que siente la otra persona, ¿te fijai? Uno puede conocer mucho a otra persona, pero jamás, jamás, vas a saber exactamente qué está sintiendo. Por eso, cuando te lo dicen, hay que escuchar y actuar en consecuencia. ¿Cómo va a ser tan difícil?

Y nada de hacerse el ofendido. Hay que tener sentido del humor, igual. Hay que ser sensible con ellas, pero no con el sentido del humor. Una vez le dije a una mina “chúpamela” y ella me quedó mirando y me dijo “¿’Chúpamela’? ¿Qué querís que te chupe? ¿La pichula?” Y se cagó de la risa. Y yo me tenté con ella. Claro, mira la ordinariez que dije. Me lo merecía. Nos reímos un buen rato y ni siquiera seguimos tirando. Vimos tele un rato, fumamos, y un rato después volvimos a tirar. “Chúpamelo”, le dije esta vez. Ella sonrió y lo hizo.

Así que eso. Claro, si querís, te puedo dar un par de datos más técnicos. No, no me creo el cachero de las pampas ni tampoco he andado por la vida metiéndome en camas de sábanas blancas y broderies ondulantes. Nada de eso. Ni siquiera es tan grande mi otro yo. Pero sí te puedo decir algo: en mi experiencia, vai a dejar a más gente feliz con la lengua que con el pilín. En serio, loco. Ese es mi consejo: dedícale más tiempo a ella que a ti. Y olvídate de eso de hacer el abecedario con la lengua. Terminai más preocupado de qué letra viene después de la “y” que de cómo va el asunto por allá arriba. Porque, puta, es así, pos: tú estai preocupado de abajo, pero todo pasa arriba.

Y, por lo que más querai, no leai nunca esas columnas “10 cosas que vuelven locas a las mujeres”. Hay una sola cosa que aplica a todas las mujeres: son diferentes. Ahora que lo pienso, eso aplica a los hombres también.

¿Viste? Más igualdades que diferencias. Pásame la Coca Cola. Y el hielo. Gracias.

¿Con quién juega el Vial el domingo?

2 comentarios en “Todos iguales

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