A P.: mejor, más. Lo siento.

Incluye:

  • 2 cosas de vidrio rotas.
  • 1 (otro) hombre.
  • 2 paseos en kayak.
  • 1 (otra) mujer.
  • Berenjenas, naranjas.

 

Advertencias: No emplear bajo los efectos del alcohol. Contraindicado durante los festivos, fechas sensibles o los días domingo. No se admiten devoluciones.

 

1.

La primera vez que me disfracé fue para él. Nunca se me había ocurrido hacer algo así. Llevábamos un mes pololeando. Compré un corset negro, un portaligas y unas medias caladas. Conseguí pétalos de rosas y los desparramé por el living. Cociné. ¡Cociné! Compré vino, aunque prefería la cerveza. Prendí velitas aromáticas, dejé encendidas unas pocas luces tenues, dejé abierta la ventana de la terraza, pero bajé las persianas. Cuando ya tenía casi todo listo llevé una fuente de vidrio, que había limpiado recién, de la cocina al comedor, y no sé cómo –¿choqué con algo?, ¿se resbaló?- se me rompió entre las manos. Él estaba a punto de llegar, así que fui corriendo a la cocina -más bien, dando saltitos, porque tenía puestos unos zapatos con taco de diez centímetros- y agarré un paño, recogí los vidrios y fui tan eficiente que incluso alcancé a aspirar. Dejé todo como si nada, a excepción del tajo que tenía un poco más arriba de la rodilla. Lo desinfecté con alcohol, me puse un parchecurita. Voilà.

Tocó el timbre, le abrí. Me saludó con un beso rápido y se fue a sentar a la mesa. Lo miré desde mis diez centímetros adicionales de altura, con mi corset nuevo, con mis medias caladas aferrándose a mi portaligas, con mis uñas –mis veinte uñas- pintadas de rojo. Me senté a la mesa con él. Le hice algún comentario chistoso, me reí de mí misma, le dije “¡Sorpresa!” frunciendo los labios. Le pedí que abriera la botella. Hicimos un salud, tomó un sorbo y, algo más repuesto, se me acercó. Me empezó a besar. Me dio las gracias. Ocultó su nariz en mi cuello, me tironeó el pelo, me hizo preguntas calladas –“Y esto, ¿de dónde? ¿Y esto? ¿Y esto?”-.

Lo tomé de la mano y lo llevé a la pieza. Me sentó sobre la cama, se arrodilló frente a mí, me recosté hacia atrás, me dejé hacer. Cooperé desde la pasividad. Me gustaba sentirme como una cosa para él. Pasaron unos minutos hasta que escuché un gritito, un chillido alarmado. Me incorporé y lo vi pálido mirando la palma de su mano con sangre. Le resumí los eventos, me hizo mostrarle la herida. Me dijo que teníamos que ir a la clínica, que necesitaba puntos. Le dije que no era necesario, que yo cicatrizaba rápido, que no fuera exagerado, pero él ya estaba ordenando y apagando las velitas del comedor. Me desvestí y me puse mi otra ropa. Cambié el parche. Me lavé el cuello y las muñecas: quería quitarme el olor a perfume. Partimos a la clínica.

2.

La noche que estuvimos juntos por primera vez me dijo que él no sufría, que nunca había sufrido por nadie. Lo dijo tan seguro que me dio un poco de pena. Me reí de él, le dije que era imposible, insinué que me estaba mintiendo. Un capricho masculino, supuse. Una especie de coquetería fallida. Me dijo, muy serio, que él era siempre el que se iba. No se lo dije, pero pensé esto: se te acabó la suerte.

3.

Yo me ponía una polera negra, ajustada, bajo las blusas, porque ya no me gustaba que se me transparentara nada. Durante muchos años había sido descuidada, pero gracias a él había entendido los riesgos: que te miraban distinto, que un escote significaba otras cosas, que las transparencias no eran apropiadas.

Luego de comer, las noches que se quedaba conmigo, me pedía que me desvistiera frente a él. Me daba vergüenza, pero lo hacía, porque yo también le pedía a veces que hiciera cosas que a él le avergonzaban. Era justo. Así que me paraba a un costado de la cama y me sacaba los zapatos sin agacharme, empujando cada uno fuera del pie con el pie opuesto. Nunca me ha gustado agacharme, es tan poco elegante. Tampoco me agachaba para sacarme los calcetines –esto requería cierto grado de equilibrio y destreza-: llevaba el pie hacia la rodilla, haciendo un cuatro, desenrollaba el calcetín, y luego hacía lo mismo con el otro. Me desabrochaba la blusa, un botón, otro botón, un botón, otro botón, un botón, otro botón, y así. Mientras lo hacía, le contaba lo que me había pasado durante el día, o le preguntaba algo particularmente teórico. Luego me quitaba los jeans y esto, aunque sea difícil de creer, lo hacía apenas inclinándome hacia adelante, en un movimiento en dos tiempos, rápido. Qué poca gracia tiene lo de desvestirse. Y ahí me quedaba, con mi polera larga que me tapaba justo hasta la ingle. Se veía como un vestidito corto, cortísimo, y en ese punto él siempre decía “A ver, ¿qué es eso? ¿Es un vestido? ¿Es nuevo?”, como si no lo hubiese visto nunca –a veces lo decía con la sorpresa genuina del que jamás lo había visto- y me pedía que tirara hacia abajo la polera, que la alargara. Yo le obedecía y se me bajaba el escote, y él sonreía y luego decía: “Eres la mujer más linda del mundo” y yo le respondía: “Es mentira, pero gracias”. Se lo decía como si él fuese mi hermano chico, o un desconocido borracho que intentaba entablar conversación en un bar, o simplemente alguien que cree efectivamente las noticias que dan en la tele. Y luego me quitaba la polera e iba rápido a mi lado de la cama, casi de un salto, y justo cuando me iba a acostar, él decía que la condición era que debía sacarme todo. Y yo obedecía.

4.

A veces, en el trabajo, en vez de ir a almorzar, bajaba al estacionamiento subterráneo, abría mi auto, me subía al asiento trasero y me tendía. Ponía una alarma por cuarenta minutos. A veces dormía, a veces me quedaba muy quieta, como si me estuviese escondiendo de alguien, como si alguien estuviese buscándome. Luego volvía a salir. Disimulaba: me alisaba el pelo, pestañeaba varias veces, me pellizcaba las mejillas. Subía al ascensor. La gente no lo notaba.

5.

Los días sábado él se despertaba temprano y sacaba a pasear a mi perro. Yo detestaba que lo hiciera, porque a la vuelta él se iba a duchar y eso significaba que yo también tendría que ducharme. Me arruinaba el día. En venganza, yo me quedaba acostada leyendo durante un par de horas, o intentaba volver a dormir. Luego él, para demostrar su superioridad moral, me ofrecía desayuno. Más bien lo dejaba en la cocina y se iba a fumar a la terraza.

Yo también había fumado durante un tiempo, pero ya lo había dejado. Había empezado durante una estadía en Bariloche, luego de veintitrés años de detestar el cigarrillo. Había ido allí con un extranjero que había conocido en un viaje y que, luego de un año de escribirnos unos correos eternos, me había venido a ver. Apenas pisó el aeropuerto supe que no funcionaría. Así que pasamos una semana amistosa durante la cual lo llevé a todos los lugares posibles de Santiago. Cuando se me agotaron las novedades de la capital, lo llevé a Bariloche. Uno de esos días fuimos a comer. Estábamos algo tensos, yo ya no tenía más cosas que preguntarle sobre Gales, su altura –que había considerado al principio un punto a favor- ahora lo hacía ver torpe. Incluso sentados a la mesa si yo miraba de frente  me encontraba con su pescuezo: una protuberancia poco graciosa, tapada de piel blanca. Me molestaba que siempre estuviese transpirando. No me gustaba cómo masticaba la comida. Chac chac chac. Me contó un chiste. Me dijo, en inglés: “¿Te cuento un chiste?” y yo le dije “¡Sí!” y me dijo “Soy una naranja”. Nos miramos por un minuto, él con los ojos azules brillantes, la sonrisa asomándole a los labios. Le dije: “¿Ése es tu chiste?” y se rió. Yo también me reí. Era un buen chiste. O era un pésimo chiste, pero siempre digo, si te cuentan un chiste tan malo que da risa, quiere decir que es bueno. Nos trajeron unas tapas con berenjenas. Estábamos de buen humor, al fin la conversación fluía. Hata que él comentó que las berenjenas eran frutas y ahí se acabó todo. Le dije, en un inglés poco elegante, que no iba a discutir sobre eso, pero que mi único argumento sería que simplemente pensara dónde estaban las berenjenas en los supermercados. Pero discutimos, claro. Dijo: agresiva, tozuda, ntransigente. Tal vez insinuó que ignorante. Verdad, verdad, verdad. Dejé de comer. Nos dividimos la cuenta y partimos en direcciones opuestas. Yo queria recorrer la ciudad. No iba a dejar que un galés me arruinara la noche. Caminé con paso firme, como si hubiese sabido a dónde iba. Pasé a un kiosko y compré un paquete de Lucky Strike y un encendedor. Prendí un cigarro por primera vez en mi vida. Me gustó. En realidad no, lo odié. Pero me gustó odiarlo. Me sentí parte de un grupo de personas, una cofradía. Era como si yo siempre hubiese fumado, y este lapso de 23 años fuese un descanso de mi vida de fumadora. Caminé por la ciudad sintiéndome al fin libre, pensando cosas dramáticas como “así es como la gente se mata de a poco” y “cuando me muera de cáncer se arrepentirá”.. Seguí andando hasta que me topé con él de frente, en otra calle, a varias cuadras del restaurant. Fue poco afortunado. Me miró sorprendido y me preguntó desde hacía cuánto fumaba: le dije que de vez en cuando, que no se lo había dicho porque no me parecía necesario.

 Nunca me he animado a buscarlo. A buscar lo de la berenjena, digo: si es una fruta o una verdura.

El cenicero quedaba en la terraza durante días, siempre se le olvidaba entrarlo. A veces se humedecían y se ponían amarillos y se deformaban, y ya no había ceniza ni nada que recordara que habían sido cigarros en algún momento. Yo no lo entraba porque pensaba que él era ahora el único que fumaba y me parecía injusto andar recogiendo su basura.

6.
Estábamos en el sur, en un pueblito que quedaba a la orilla de un lago, un pueblito que era una sola calle. Era la madrugada del día que nos íbamos. Nos levantamos a las cuatro y media de la mañana y nos juntamos con su primo, que nos esperaba con los kayacs. Que no se malinterprete: no soy del tipo de mujer –o ser humano- que hace voluntariamente ese tipo de cosas. La hora era una exageración: él lo sabía, yo lo sabía, su primo lo sabía, pero fuimos igual. Nos subimos a los kayacs con los pies descalzos, con los salvavidas puestos, y empezamos a remar. Yo no sabía remar entonces y tampoco lo sé hacer ahora, pero me las arreglé. Lo único que se escuchaba era el sonido de los remos entrando y saliendo del agua con suavidad. Al principio anduvimos los tres a la par y, aunque estaba oscuro, podía ver dónde se encontraban. Estábamos en medio del lago, pero hablábamos bajito porque era tanto el silencio que se hacía eco, y no queríamos que se enteraran de que habíamos sacado los kayacs sin permiso. De un momento a otro ellos se alejaron, y a mí se me empezaron a cansar los brazos y quedé atrás. Remé con todas mis fuerzas para llegar hasta ellos y una vez que los alcancé seguí de largo. Quería ir más allá, llegar a la otra orilla, impresionarlos con mi capacidad para remar rápido. Pasó el tiempo, empezó a aclarar. Primero negro, luego azul oscuro, luego gris reflectante. Se me entumecieron los pies, se me acalambraron las piernas. Podía ver el vapor que generaba mi respiración. Hice como que fumaba. Canturreé un par de canciones, seguí remando. Empezó a amanecer y me devolví lo más rápido que pude a ellos, para no perderme el momento. Él me preguntó dónde había estado, por qué me había ido lejos, por qué hacía esas cosas. Me reí, le dije que obviamente estaba en el lago. Lo invité a ver unos pájaros que estaban más allá. Se los describí: tenían el cuello largo y el cuerpo grande, eran atrozmente grandes, como niños de cuatro años, y miraban fijo, no se asustaban. Eran feos, pero de la manera en que es feo un extranjero. Eran feos porque eran distintos. Me siguió en silencio. Vimos los pájaros. Sonrió. Me dijo que no le hiciera esas cosas. No pregunté qué cosas. Volvimos a encontrarnos con el primo y nos pusimos de frente a esperar la salida del sol. Cuando al fin ocurrió me había quedado sola de nuevo: el oleaje suave arrastraba los kayacs de a poco. El cielo se volvió dorado por completo, parecía uno de esos cuadros renacentistas con figuras celestiales, ángeles, querubines, toda una población divina. Parecía pintado, como los fondos de paisaje de Lo que el viento se llevó. Era casi una exageración artística, demasiado despliegue. Quise pensar algo profundo, pero no pude concentrarme. Duró poco. Apenas terminó volvimos a la orilla.

7.

Tenía una imagen recurrente de él producto de una historia que él mismo me había contado. Se me aparecía en los momentos más incómodos: cuando se me acercaba con aire galante, cuando yo le decía algo hiriente, cuando a veces yo no quería y él sí, cuando estábamos tendidos, pasando el rato. Era como si hubiese sido testigo de ella: estaban en la casa de él. Ella, la otra, era de esas que se ríen fuerte y son incapaces de entender el peligro que se corre si se despierta a los papás. Eran más chicos, es verdad. Él había comenzado a besarla –silencioso, despacito- y ella, un poco porque no le importaba tanto, un poco porque era así, relajada, se dejaba. Él escondía su nariz en su cuello y la abrazaba fuerte, como para que no se escapara, como para poder retenerla unos momentos más. En medio de los suspiros y los shhht y los gemidos suavecitos, se rompió un vaso. Al parecer fue culpa de él –conjeturo que fue una patada mientras él se inclinaba sobre ella, algo casi espasmódico-. Ella dio un grito y él quiso seguir en lo mismo, pero ella no lo dejó y empezó a alzar la voz, dijo que no, que así no se podía. Él tuvo que ir al baño a buscar una toalla y recoger cada uno de los pedacitos del vaso mientras ella se acomodaba de nuevo la polera, se ponía encima el chaleco de punto grueso y el abrigo, y él se arrodillaba, todavía con el cinturón desabrochado, un poco humillado porque, cresta, era un vaso nada más. Luego ella se había ido.

Me daba pena y pensaba que ella, la otra, había sido muy dura. Pensaba en cómo los caminos de ellos dos se habían disuelto por ese incidente. Yo hubiese recogido los restos del vaso, yo hubiese insistido en retomar en el mismo punto. Tal vez se me habrían enterrado los pedacitos de vidrio, porque nunca he sido muy hábil. Quizás después nos hubiésemos reído.

Pero había sido con la otra. A veces, en medio de un beso apasionado, lo veía a él, indefenso y disminuido, recogiendo los restos de vidrio. O como justo antes de eso: impetuoso y caliente, con la otra. Y era como si de pronto yo fuese la intrusa, la pausa entre ese evento y el siguiente.

8.
Anduvimos una vez más en kayac. Esto fue en un viaje fuera del país. Nos quedamos en una isla y arrendamos un par para cruzar a la isla vecina, pero antes de hacerlo nos anclamos en medio del mar a hacer snorkeling. Nos habían dicho que el coral tardaba muchos años en formarse -¿cientos? ¿miles?- y que debido a la intervención humana, porque todo lo que tocamos se daña, casi no quedaban arrecifes en estado puro. Que nuestros hijos -¿qué hijos?- no lo podrían apreciar. El coral era un ser vivo, nos dijeron, y por muy bonitos que se vean, los que son blancos o grisáceos están muertos. Nos sumergimos y vimos peces azules, pequeñísimos, con rayas amarillas fosforescentes a los costados, y también vimos unos rojos que se movían en zigzag, y otros que eran muy muy pequeños, como una nube de peces, y también vimos plantas submarinas que se mecían, como haciendo un ula-ula muy lento. Pero el lugar que habíamos escogido era, al parecer, un cementerio de corales: aparte de los peces, todo el resto era gris. Recogimos el pedacito de uno que estaba en el fondo y lo guardamos en nuestro bolso: era como un cerebro rígido, con sus pliegues y curvas.

Nos subimos de nuevo a los kayacs, pero el oleaje se había vuelto más pesado. Intentamos volver, pero yo no podía avanzar, o no tan rápido como él. Me gritaba que no lo estaba haciendo bien, me intentaba corregir, que no sabía remar. Le grité que eso era evidente. Luego de cuarenta minutos a pleno sol llegamos a la orilla de la otra isla. Caminamos a un bar cercano y nos sentamos en la terraza a tomar piña colada y comparar cuán rojas estaban nuestras pieles. La de él ganó.

9.
Cosas sueltas:

  • Bailar mal. Extrañar bailar mal con él.
  • Gnocchi a la bolognesa. Yo picaba las zanahorias y el cilantro, él hacía el resto.
  • Su afán por recorrer todos los pasillos del supermercado. Todos.
  • La forma en que dormía en mi cama: como abandonado, desprevenido. Como si fuese suya.
  • “Superiormente moral” en vez de “moralmente superior”.
  • Su pronunciación horrible en inglés. Ya no recuerdo cuál era la frase que decía, pero me hacía reír.

10.

La última pelea grande que tuvimos fue por las naranjas. La verdad, empezó por el frío, pero él solo supo lo de las naranjas. Estábamos en el supermercado, luego de haber paseado durante una hora a mi perro por el parque, a cuatro grados de temperatura, y él llegó a mi lado, feliz, mostrándome una malla con dos kilos de naranjas. Dijo “para tu desayuno”. Dije “vivo sola”. Dijo “pero cuando yo voy…”. Dije “vivo sola”.

11.

Abro los ojos a las 6:00. Apago la alarma, vuelvo a dormir. Vuelvo a apagar la alarma a las 6:20. Vuelvo a dormir. Me despierto a las 6:45. Dejo correr la ducha hasta que esté caliente, luego me meto y pongo el tapón. Me siento y cierro los ojos. Me gusta dejar de sentir mi cuerpo.

Me maquillo. No es un ritual, como dicen algunas, es un imperativo, y no por lo de la edad, sino porque salir así no más a la calle no es justo para nadie. Él decía que le gustaba más cuando no me ponía nada: ni una sombra de ojos, ni un poco de rouge, cuando estaba como recién levantada, como si todavía estuviese durmiendo casi. Delineo mis labios delgados para que se vean más llenos, delineo mis ojos para que se vean más pestañas. Sácatelo, quítatelo. Desordeno mi pelo, me lo tomo, lo vuelvo a soltar. Me quito el rouge sobrante. Miro mi frente. Miro al espejo, más allá de mi frente, hacia atrás de mi cabeza. No hay nadie. Me sigue sorprendiendo que así sea. Recorro con la mirada el cielo del baño y noto que ha comenzado a descascararse.

Es mentira: ha estado así durante meses, pero nunca he llamado a alguien para que lo repare. Es solo que ahora me molesta. Me pregunto cuándo tendré ganas. Todavía no.

12.

“See you”. Eso era. “Sii yu”, con acento japonés.

 

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