Los había visto hablando en la micro. Ella parecía de cuarenta y él de unos diez años más, aunque se mantenía bien. Primero se había fijado en ella porque le recordaba a alguien. Tenía el pelo hasta los hombros y su piel parecía ser de plasticina. A la distancia se podía ver un lunar de un tamaño considerable justo bajo el lóbulo de la oreja izquierda. Tenía la impresión –poco compasiva, lo sabía– de que las que no hacían nada respecto de ese tipo de marcas físicas eran personas que se nutrían de la lástima ajena. Carecía de gracia. Sus manos se veían como dos accesorios atornillados a sus muñecas, sin ninguna funcionalidad aparte de revolotear a la altura de su pecho y acercarse, en oleadas cada vez más atrevidas, al cuerpo de él. Vestía una blusa barata con un estampado de flores moradas y rojas y usaba unos aros dorados con piedras de fantasía. Daba un poco de vergüenza escucharlos: parecían recitar sus líneas.

Supuso que él debía ser un compañero del trabajo. No había otra manera de explicar tanta euforia. Llevaba un pañuelo al cuello y una camisa blanca metida dentro de los pantalones de cotelé. Una gotita de transpiración le corría por la frente. Era un alma sociable, un espíritu inquieto, una versión decadente de un flâneur, con cien años de retraso.

Se gustaban, era evidente. Era, también, un espectáculo lamentable. Resultaban tan obvios: ella, la oficinista poco agraciada; él, la oportunidad. Le reconoció, de mujer a mujer, en un plano más holístico, cierto talento por haberlo cazado, pero eso no la redimió: seguía pareciendo una presentación de circo pobre.

*

Vivía sola, aunque de tanto en tanto un amigo se quedaba con ella. Lo conocía desde hacía años. Habían sido compañeros de universidad. Se habían ignorado mutuamente hasta una noche en que los dos habían visto, no sin algo de irritación, cómo se besaban sus respectivas citas. El resto de los acontecimientos se sucedieron con una obviedad que no vale la pena comentar.

 La mayor parte de su tiempo libre lo invertía en lo que ella denominaba “trámites”: iba al supermercado, leía, veía alguna serie en el cable, chequeaba su e-mail, hacía algo de ejercicio. No salía mucho.

*

La volvió a ver unos días después caminando por su calle y luego entrando a su edificio. Iba sola. No se le había ocurrido que pudiesen ser vecinas. Ya casi la había olvidado. Le extrañó pensar que el día a día de esa mujer sucedía en la misma distribución y con idénticos contratiempos que el de ella: la misma cocina, el mismo tamaño de living, los desperfectos de la caldera, las terminaciones deplorables de la construcción. Ambas padecían la ineficiencia de los conserjes, aunque se imaginaba que ella, la extraña, tal vez sería el tipo de persona que se instalaba a conversarles. Se preguntó por qué no se la había topado antes y, ya que estaba en esas, dónde vivía exactamente.

*

Los domingos eran más difíciles. Sobrevivir el día era como bracear en una piscina de pegamento. Se levantaba tarde y pasaba las horas llevando cosas de un lado a otro del departamento: un montón de ropa, vasos vacíos, ceniceros con colillas.

Se deslizó fuera de la cama para alcanzar a lavarse los dientes antes de que él se despertara. Se miró al espejo, de la cintura a la cabeza, y se planteó la posibilidad de que él, efectivamente, hubiese dicho lo del pezón en serio. Le pareció tonto. Si fuese verdad, se dijo, ella misma lo hubiese notado. Llevaba casi treinta años mirándose al espejo: ese tipo de cosas no pasan desapercibidas. Sostuvo cada pecho con una mano, no eran gran cosa. Los sopesó. Los puso a la misma altura para descartar algún efecto visual producto de otra asimetría, pero no supo decir si efectivamente tenía uno mucho más grande que el otro. Le parecía ligeramente irónico que él mencionase algo en relación al tamaño.

Salió del baño y se lo encontró despierto. Le ofreció algo de desayuno mientras se ponía una polera. Se dio cuenta de que le miraba las piernas (¿comparándolas unas a otras? ¿Evaluando cuán tonificadas estaban? ¿Considerando si había visto otras mejores?). Le dijo que no tenía café, pero que si quería podía tomar un vaso de jugo y compartir una palta. Él declinó la oferta.

*

Había empezado a usar el ascensor de los pisos pares. Quería estudiarla. Consideraba que su aparición era una señal. Pensaba en ella a intervalos breves, pero intensos, a lo largo del día. Había algo intrigante en una mujer de esa edad con una vida miserable. Le hubiese gustado entrevistarla, pero ella nunca se había considerado una persona capaz de abordar a alguien directamente y cautivarla lo suficiente como para que entregara el tipo de información que ella quería. Fantaseaba con topársela y hacerle uno de esos comentarios banales que dan pie a una conversación −¡Qué lindos tus zapatos!, ¿Tú eres Ana María Hurtado?, ¡Tengo exactamente la misma cartera!− para luego caminar juntas hacia el paradero, subirse a la micro y hablar de cosas insignificantes hasta que alguna de las dos se bajase. Suponía que era el tipo de mujer que tenía una mascota y que se referiría a ella como si fuese un ser humano. Casi podía anticipar el contenido de su charla. Le preguntaría cosas poco trascendentes con el fin de crear esa confianza obnubilante para que, luego de varios encuentros, se sintiese tan cómoda como para invitarla a su departamento. Podía tener falencias para relacionarse con la gente, pero se felicitaba por saber leer sus motivaciones. Necesitaba ayudarla. Tal vez esa era su función. Se imaginaba a la pobre mujer abriéndole su corazón en medio de un living lleno de figuritas de cerámica y souvenirs baratos de viajes que, a su pesar, había hecho por su cuenta. Casi la veía sollozando con timidez, pasándose con disimulo el dorso de la mano por los ojos. Se veía a sí misma respirando hondo, poniendo la mano sobre su rodilla y diciéndole que sí, que haría todo lo que estuviese a su alcance para ayudarla a que se sintiese mejor.

*

Le decía que se veía bien cuando usaba faldas. Y eso pasaba cada vez más seguido, pero no porque lo quisiera seducir ni nada por el estilo, sino porque había subido de peso y los pantalones le quedaban demasiado apretados.

Sucedía más o menos de la misma forma siempre: él estaría recostado a su lado de la cama y la haría acercarse, mirándola como si fuese una luz incómoda que lo encandilaba. Comenzaría por tocar su rodilla, luego deslizaría su mano por su muslo, llegaría a la altura del calzón, pasaría su mano por detrás, la movería lentamente hacia adelante, una, dos, tres veces, incluso nueve veces si estaba de buen humor, y luego, con un movimiento brusco, como si fuese una idea de último minuto, le bajaría el calzón. Ella se dejaría llevar. Se sentaría a horcajadas sobre él, con la falda puesta, sintiéndose un poco ridícula por llevar todavía los zapatos. Cerraría los ojos y se dejaría hacer. Pensaría en las cosas que le faltaban. Debería haber hecho las compras. Necesitaba detergente. Las paredes blancas. Nunca había decorado su pieza. ¿Tendría eso algún significado o solo daba cuenta de su desidia? Él emitiría unos gruñidos que no alcanzarían a ser una queja, y ella se dejaría mover por unos minutos más, hacia arriba, hacia abajo, hacia arriba, hacia abajo, hacia arriba, hacia abajo, hacia arriba, hacia abajo, hacia arriba, hacia abajo. En algún momento él la abrazaría brevemente, como si quisiera reducirla, encogerla, convertirla en la mitad de sí misma. Después la dejaría ir.

*

 Veía series de crímenes sin resolver mientras comía fideos de arroz. Veía como le disparaban a la inocente (casi rayando en la estupidez) Sally, la rubia universitaria, luego de que la hubiesen violado en un bosque cercano a la ciudad. Observaba con detención la cara de Nancy al señalar la sorpresa que había sufrido al darse cuenta, luego de treinta años de matrimonio, que su marido era un estafador –aunque, claro, hacía años había encontrado esas identificaciones falsas en su cajonera, ¿cierto?- y que, como detalle pintoresco, además tenía una fijación con las niñas prepúberes.

¿Cómo podían ser crímenes sin resolver si alguien contaba su historia? Se iba quedando dormida poco a poco: seguía a Sally de fiesta en fiesta, reprochándole sin demasiada energía sus escotes poco elegantes, su consumo excesivo de alcohol, sus uñas demasiado rojas, su debilidad por los tipos con colita. Escuchaba las reflexiones de Nancy (aunque no sabía si era dramáticamente tonta o una actriz brutalmente hábil), y la compadecía porque ahora, gorda y llorosa, decía no entender del todo lo que le había pasado.

*

Él había dejado de ir a verla. En parte porque lo de ellos se había vuelto aburrido, en parte porque había comenzado a salir con alguien más. No le dio mucha importancia. Adoptó un perro. Fue algo repentino, pero lo incorporó rápidamente a su rutina. Se vio obligada a levantarse cada mañana para sacarlo a pasear. Si le preguntaban decía, en voz baja y guiñando un ojo, que era adoptado, pero que él todavía no lo sabía “así que shhhhhhht”. Siguió trabajando. Logró juntar una cantidad considerable de horas extras para pagar los gastos del perrito. Y así. Cortó su línea telefónica. Redecoró su pieza. Pintó de rojo una pared del living. Compró un consolador, aunque más por curiosidad que por ganas (al final, daba buenos masajes de cuello). Acomodó una especie de nido sobre el sofá frente a la televisión. Compró sábanas de satín, pero hubiese preferido que fuesen de seda. Costo de oportunidad. Se tiñó el pelo, se cortó chasquilla. Se parecía a sí misma, a los 15, pero con una resaca infernal. Comenzó a usar ropa de gimnasia al volver a casa. A veces hacía abdominales. Progresivamente, la ropa interior de algodón comenzó a parecerle realmente cómoda.

*

La vio ir hacia ella, primero como una silueta y luego, cuando ya estaba a unos veinte metros de distancia, la identificó como la vecina. Caminaba con dos niñitas, una a cada lado, ambas vestidas con el uniforme de un colegio ubicado a un par de cuadras. Una era ligeramente más alta que la otra. Podrían haber sido gemelas: tenían la misma cara ovalada y el pelo hasta los hombros. Una arrastraba su mochila, cuidando de que las rueditas no se atascaran con la piedrecilla de la calle, y la otra se colgaba del brazo de ella y la trataba de “mami”. Hablaban de un anillo verde que una de ellas tenía, aunque no alcanzó a descubrir cuál, ni si el anillo estaba ahí o en el departamento, o si podían llevarlo al colegio o no. Una de ellas se llamaba Antonia. Las tres parecían ser parte de lo mismo: un fractal, algo que se repite sobre sí, que se replica llenando el espacio. Figuritas de cerámica de un mismo conjunto, un adorno que no estorba, pero ocupa espacio. Un adorno que distrae. Cuando finalmente se cruzaron vio a su vecina mover las manos como la primera vez, pero ahora hacia las niñas: yendo y viniendo, adelante y atrás, tocándolas, deteniéndolas, alejándose de ellas y luego volviendo a atraerlas una vez más. Sus voces se fueron perdiendo poco a poco. No se giró a mirarlas.

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