A Leonard Cohen, el de las mejores flores.

  1. Esto es Hitler

Comenzó exactamente hace tres días. Nadie podría decir que es una enfermedad o un padecer peculiar de nombre difícil. Se trata de algo simple, pero que, como todas las cosas simples, acaba siendo complicado. Deja que me explique mejor: es del tipo de cosas sobre las que la gente tiende a afirmar, con un afán reiterativo, “Se ha expandido mucho” o “Se ha vuelto importante”. Frases a las que uno quisiera adicionar, (pero no se puede, nunca se puede) que es como el cáncer o la peste bubónica o la cantidad de desempleados: “Ha crecido como un cáncer” o “Se ha vuelto importante, como el sida”, sonaría más honesto, o más patético, da igual. Unas risas pregrabadas ayudarían a lograr el efecto. En este caso habría que decir que la ha ido consumiendo, a ella y su mundito. Se ha ido apoderando de cada espacio, carcomiendo cada resto, como el efecto del ácido sulfúrico sobre una cara empapada de agua.

Esto es, en resumen, lo que le pasó con Hitler.

Son las siete de la tarde. Está detenida frente a un semáforo y lo único que puede pensar, mientras espera que la luz cambie a verde, es que quiere un Hitler para ella sola. Un Hitler, sí. Y luego recuerda las otras cosas que quiere y todo lo que puede nombrar son hitlers pequeños, minúsculos hitlercitos amontonados unos encima de otros. O una habitación blanca, sin ventanas, con un solo Hitler en medio, de proporciones exageradas. Quizás tendría, eventualmente, que reponer los hitlers faltantes de la despensa, y comprar, antes de que se agote, un Hitler Multifuncional que pueda limpiar las superficies –siempre demasiado polvorientas- de su departamento. Ha pensado que quizás, antes de que él llegue, se pondrá su Hitler nuevo y le dará una sorpresa. Pero sabe que ya no es lo mismo, por mucho que quiera. No importa cuántos hitlers use ni cuantos hitlers intente y aprenda luego de complicadas contorsiones: él permanece inmutable.

Hace tres días vio el libro en el escaparate. Se quedó ahí, un poco hipnotizada, mirando la cubierta de fondo negra y las letras en blanco, puras y delicadas, casi angelicales. No entró a la librería, ni menos se le pasó por la cabeza la idea de tocarlo y ver qué había ahí dentro. Pensó que podía ser una broma. Pensó que nadie podía tener tan mal gusto como para efectivamente escribir un libro llamado “Flores para Hitler”. Pensó que quizás eran flores metafóricas, flores irónicas, flores podridas. Unas no-flores. Flores negras. No, mejor, flores plásticas. “Flores PLÁSTICAS para Hitler”, pensó y luego de darle una última mirada compasiva, se fue.

La idea no la abandonó. Eran tantas las imágenes que se iban articulando en torno a ese título que acabó anudando una serie de conceptos solo en torno a esa palabra: “Hitler”. En algún momento dejó de pensar en las flores. ¿Qué otro regalo se le podría dar a Hitler? ¿Qué le regalaría ella? Pensó en un Hitler para Hitler. Le gustó la idea: algo así como ojo por ojo, diente por diente, pero en versión clónica. Regalos à la Hitler: una cámara de gas, un asado que incluya tu propia carne, una estadía pagada en el peor momento de tu vida. Y ahí, en esa última idea, comenzó el resto. Pensó en su vida y en qué cosas le parecían hitlerianas. A veces incluso las cosas agradables pueden convertirse en una pesadilla, se dijo. Dejan una huella, marcan, y luego viene la nostalgia, y al final, como siempre, el dolor. Llegó a la conclusión de que todo lo bueno que le había pasado no era sino una forma de tortura superior y más inteligente, una técnica sutil para generar sufrimiento a partir de la felicidad.

Piensa en él y en ella, en ellos, y ahora que va en el auto hacia su departamento, enciende un cigarrillo. Comprende, al fin, lo que todo eso significa. Comprende que él, con quien eligió pasar al menos un tiempo considerable de su existencia, es un elemento que podría adjetivarse como Hitler, y que toda su vida, lo que hacen día tras día y que los aleja o acerca de sus ideales es, eventualmente, lo que acabará por convertir todo en una tortura. No importa el camino: el final será triste, se dice. Llega al edificio, se estaciona, sube al ascensor y ahí está ella, nuevamente, frente a ella misma. Rodeada por su propia imagen. Suspira, un poco exagerada, como ha visto que tendrían que ser los suspiros. Piensa en las cosas que hace como deberían ser hechas y en si sabe realmente cómo hacerlas. Orgasmos, estornudos, carcajadas. Los más mínimos aspectos de la vida han sido condicionados bajo un régimen militar, severo, castigador. Nota las pequeñas arrugas que comienzan a asomar en torno a su boca. Piensa que quizás es el cigarro. Piensa en dejarlo. Piensa que no lo hará, que ese es su Hitler preferido, que quiere quedarse con él.

Qué siente, cómo siente y desde cuando. Las preguntas. Se balancea sobre sus tacos y se gira. Observa su reflejo en el espejo que está detrás de ella, se acaricia el pelo, se acerca más, se mira. Qué siente, cómo siente, desde cuándo. La verdad. El origen. La sensación de que la vida es algo como estar dentro de un ascensor con paredes cubiertas de espejos: imposible dejar de mirarse todo el tiempo. Qué siente, cómo siente, desde cuándo. Algo ha sido implantado en ella. El adoctrinamiento de la especie, el reformatorio interno que señala aquello que uno debe o no sentir. Y piensa en Hitler, esta vez en Hitler-el-Hombre, ese sujeto compuesto por sus hitleriaridades, ese sujeto por completo coherente consigo mismo, coherente hasta el hartazgo. Ese hombre que dijo “Mañana muchos maldecirán mi nombre” y, en un arranque tautológico, “El futuro será mejor mañana”. Piensa en qué podría decir ella que resulte de tales proporciones. No se le ocurre nada.

Se mira nuevamente: le gustaría gustarse. Le gustaría saber cómo es hacerlo con ella, cómo es tocarla. Le gustaría poder ser otra persona. Le gustaría quedarse a vivir ahí dentro, protegida. Le gustaría tener los ojos azules.

Sale del ascensor y saca la llave de su cartera.

  1. Las flores

Comenzó exactamente hace tres días. Nadie podría decir que es una enfermedad o un padecer peculiar de nombre difícil. Se trata de algo simple, pero que, como todas las cosas simples, acaba tornándose complicado. Del tipo de cosas a las que la gente se refiere con un movimiento de manos demasiado alborotado, como si quisieran arrojar lejos de sí el tema en cuestión. Todo el mundo habla de lo mismo, pero nadie lo nombra y ahí reside su poder.

Una tristeza porosa, del tipo que deja residuos en los recuerdos, se ha apoderado de sus días. La manera en que ella se mueve alrededor de la pieza, la forma en que él toma los cubiertos, la soledad del baño durante al menos ocho horas diarias. Los objetos. Las cosas han comenzado de pronto a inspirarle una ternura que le parecía imposible sentir hacia un ser humano. Pero las cosas se merecen esa ternura. Las cosas están a disposición de nosotros, por nuestra voluntad. Las cosas necesitan que las quieran y alguien debe hacerlo, piensa. Todo contacto con las cosas se vuelve, día a día, más lleno de sentido que cualquier otro acto. La conexión magnética con las teclas del computador, lo conmovedora que puede llegar a verse su cartera y las cosas contenidas en ella, la emocionan. Somos nuestras cosas. Somos las cosas que acarreamos de un lado a otro, se dice, mientras observa cada objeto con esa extrañeza siempre nueva del enamorado. Comienza a pasarle con las personas: personas con cosas encima. Personas que andan por la calle con ropa, pero debajo, desnudas, brutalmente desnudas. En el fondo, desnudas. Piensa en su propio cuerpo y el roce constante con la ropa interior, con la costura de su pantalón, con la blusa de seda pegándose a su espalda.

Entra. Pasa. Nadie se va a dar cuenta. Están en la pieza. No es necesario encender la luz. Y sí, son un poco pudorosos. Ella está arriba –tal como está estipulado luego de los diez minutos (hoy, ocho con quince) del misionero- y él yace abajo, con los ojos cerrados y la boca entreabierta. Ella lo observa y confirma el cada vez más admirable parecido con la expresión que tiene un pez fuera del agua. Ella gime –tal como se supone que debe gemir- y a veces exagera un poco el volumen, para ver su reacción, pero nada pasa. A veces le gustaría que el sexo con él fuese más apasionante. O por lo menos contar con un mínimo de intensidad requerida. A veces, para lograr entrar en calor, evoca otros cuerpos y otras caras -en especial otras caras- y después de un prolongado precalentamiento logra humedecerse algo. Y él, las veces en la que se muestra afable y agradecido, lo nota. Otros días no lo nota y le pregunta: ¿Te pasa algo? Te demoraste mucho. Estabas un poco seca, y ella desearía responderle que él, para variar, no se demoró nada, pero en cambio se sonroja y se estira hacia él y lleva su mano a ese lugar siempre demasiado esquivo –para él- entre las piernas y le muestra: ahora sí. Ahora. Él se lleva la mano a la nariz y lo huele con un gesto de perversión dramatizado. Luego le sonríe y se gira en busca del control remoto.

Hace tres días él, a esta misma hora y en este lugar, agitó su mano cerca del muslo de ella y sin querer la golpeó. Una oleada electrizante –con un carácter más bien de sorpresa que de dolor- pareció remecer eso que había estado dormido durante los últimos veinte minutos: su cuerpo. Todavía sobresaltada, y pensando no sin un poco de malicia- bah, esto era lo que me molestaba, al presionarlo entre las piernas- quiso que se repitiera. Quiso sentir de nuevo cómo su cuerpo respondía. Quiso confirmar que había algo más que sólo yacer o moverse monótonamente de atrás hacía adelante. Quiso que su cama se convirtiera, por una sola noche, en una pequeña sala de torturas. En una película de terror, en un anfiteatro humillante y sensual. Quiso haber comprado, alguna vez, algo de látex, pero lo descartó. Se limitó a querer sentir algo, cualquier cosa. Y de nuevo, llevó la mano de él hacia su muslo y, cuando ya estaba cerca, la soltó con un leve impulso. Él optó por apretar: reflejo de prensión, el mismo que desarrollan las guaguas. Un acto darwiniano, carente de creatividad.

Se quedó allí, tendida a su lado, escuchando la respiración de él. Se quedó como si estuviese muerta, con la única diferencia de que podía pensar que estaba muerta. Se acercó hacia él reptando bajo las sábanas. Le dio un beso en la mejilla. Él roncó.

Hoy, tres días después, al llegar a casa, la arrastra a la cama. Ella nota que algo ha cambiado en él. Ahora que lo mira lo único que logra ver son cosas arrojadas hacia una unidad. Él es un montón de cosas, de fragmentos. Lo más parecido a un monstruo que ha visto en el último tiempo. Ojos, nariz, dedos, piernas. Y eso. Eso que él introduce dentro suyo como si la estuviese examinando con un bate de baseball, un aparato que ni un ginecólogo recomendaría usar si comparase las dimensiones. Y se enternece. Igual, se enternece. Ese miembro desproporcionado y con vida propia le parece tan inocente como la lámpara del living. Pero eso no hace que sienta mucho más, por lo que lleva nuevamente la mano de él a su muslo y esta vez la guía todo el camino y la arroja sobre su propia piel y lo que se escucha es un sonido seco, preciso, casi militar. Él sonríe con la boca un poco torcida y por primera vez la mira como si en verdad la deseara. Y lo repite. Ella se ríe. Y él vuelve a hacerlo. Y ella se agita más sobre él y gime un poquito más fuerte, sintiendo cómo se irradia el calor al resto de su cuerpo hasta que él vuelve a pegarle nuevamente, y luego otra y otra vez y ahora es él quien ríe más fuerte, él, todo cosa, todo parte, todo fragmento, se agita bajo ella y la manosea, y es ella la que con un movimiento burdo y desesperado intenta girar sobre la cama y cae, y luego él la atrae hacía sí tomándole el pelo- y eso que se siente bien al principio, luego comienza a doler- y la vuelve a encajar, pero esta vez ella está abajo y comienza a pensar en cualquier cosa para distraerse, para que pase más aprisa y lo intenta con cosas lindas, con cosas que se supone que son lindas, pero no puede y lo único que logra ver son cuerpos quemados, destrozados, carbonizados, triturados. Incendios, bombas, humo. Una boca de dientes podridos y sangrantes, un niño sucio arrojando piedras, una herida supurante, un resto de comida pudriéndose, un recuerdo que aparece y que es otro, un hombre, dos hombres, todos los hombres. Cuenta regresiva: cinco, esto no me duele; cuatro, esto era lo que yo quería; tres, yo me lo busqué; dos, hay que dejarlo pasar; uno, el futuro será mejor mañana. Bienvenida a mi holocausto personal.

¿Ves mi Hitler? ¿Puedes tocar mi Hitler? ¿Puedes morderlo por favor? ¿Puedes apretarlo entre tus manos? Si quieres puedes decirle “mi pequeño Hitler”. Puedes llevártelo a la boca, puedes ponerlo junto a tu Hitler, puedes rozarlo con la punta de los dedos, puedes acercar un fósforo e intentar quemarlo. Puedes llorar sobre mi Hitler, todo va a estar bien, no te preocupes. Puedes quedarte con mi Hitler si quieres. Puedes llevártelo a tu casa, puedes acostarlo junto a ti en la cama, puedes hacerle lo que no te atreves a hacerme a mí.

¿Puedes llevarme a mí también?

 

 

 

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s