—Deberías salir con él. Dale una oportunidad. Parece buena persona — dice, mientras ella trata de ver en su rostro algún gesto que lo delate. Demasiado benévolo para ser sincero. Se encuentra con una mirada autocomplaciente y a la vez compasiva. Se mueve como si lo estuviesen filmando, como si ella fue un accesorio, algo que sirve para que él destaque un poco más. Aún cuando le está hablando a ella y se juntaron para hablar sobre ella, pareciera que el foco nunca deja de estar en él.

—No. No. ¿Tú saldrías, si estuvieras en mi caso?

—No podría ponerme en tu caso.

—Ya, pero si conocieras a alguien y le faltara algo. Si conocieras una mujer, por espectacular que fuese, pero le faltara eso, ¿saldrías con ella?

—No sé. Tendría que pasarme, pero igual perder la oportunidad de conocerla sería una idiotez –responde sonriendo. La cohíbe. Sabe manejar su rostro. En el fondo hablan de algo distinto: la trata como si fuese una desconocida y no como si se conociesen hace años.

—No es una idiotez –le dice-. Es honestidad.

—¿Te cuesta tanto tolerarlo?

—¡El tipo no tiene una mano! ¿No te parece un argumento significativo?

Se miran a los ojos por un rato largo, sin decirse nada. Ella visualiza el resto de su vida viviendo con un hombre sin una mano -la derecha, para ser más específicos-: se ve a sí misma despertando por la mañana, con el brazo de él rodeándola, pero sin la mano. Imagina que si quisiera caminar de la mano con él, sólo podría hacerlo tomándole la izquierda. Y solo esa mano podría tocarla a ella. El otro brazo termina en un muñón torpe que se movería entre las sábanas, intentando acariciarla con delicadeza, sin conseguirlo. Se ve a sí misma llorando por las noches cuando él ronca con el brazo descansando a su lado. Se ve fantaseando con esa mano ausente, echándola de menos. Se ve esperando que crezca, que una especie de milagro la devuelva a su sitio. Vive, en una compresión temporal, los años junto a ese hombre sin la mano derecha. Compara. Piensa en su vida con un hombre que posee ambas manos y un hombre con sólo una, como si jugara a encontrar las siete diferencias. Piensa en el desenlace evidente. Piensa que un hombre al que le falta una mano, la buscaría, a esa mano, como a una amante que lo ha abandonado: con el apasionamiento de quien ha sido desechado, de quien recibe un “no” por respuesta. Piensa que un hombre sin una mano nunca podría quererla de la manera en que quiere a esa mano ausente. Se detiene. Mira su taza y pide otro café.

—¿Qué quieres que haga? No puedo. No podría dejar de pensar, mientras estoy con él, que no tiene una mano. No podría. No sé cómo explicártelo. ¿Quieres que me haga la tonta? ¿Que te demuestre que no soy prejuiciosa? ¿Que no me importa si le falta una mano? No soy un programa de caridad.

—Obviamente no lo eres -dice él, mientras se reclina contra el respaldo de la silla y la mira con aire distante.

—Bien, qué bueno que lo tengas claro —dice ella y su voz suena un poco más dura de lo que pretendía. Mira, luego, hacia algún punto difuso entre sus rodillas y la punta de sus zapatos. Respira. Piensa que sigue siendo, ella misma, una buena persona, aunque no quiera salir con un tipo sin una mano. Quiere pensar que es todavía una buena persona. Se pregunta si esto afectará el cómo él la considera. Nota que le duele la espalda. No sabe si ese dolor ha estado siempre ahí y no se había dado cuenta o si acaba de aparecer. Le parece significativo distinguirlo. Recorre el lugar con la mirada: es un típico café de líneas simples, minimalista. La gente que lo visita es igual: gente que parece pura superficie. Busca, dentro del rango de su mirada, algo con que entretenerse. Lo encuentra cuando llega a las manos de él: dos manos grandes, masculinas y velludas, reposan sobre la mesa. Piensa que tal vez sea lo más bonito que ha visto en el último tiempo. De pronto lo entiende todo. Se siente optimista. A ella no le falta nada. A él no le falta nada. Tienen varios puntos a favor en términos casi existenciales. Las cosas debiesen resultar más gratas para los dos.

A ella se la puede describir como una mujer en la treintena, bien conservada. Nadie diría que es una femme fatale, pero tiene su gracia. Puede que no sea despampanante por eso mismo: con un toque convencional, un poco mejor que la media, en ningún caso muy superior a la media. De piel blanca, pelo castaño, ojos grandes, un poco rasgados, labios finos. La nariz tiene un corte gracioso, casi infantil. Tiene una bonita sonrisa, pero no la usa mucho. Es proporcionada, pero hay algo en su manera de moverse que la hace verse incómoda con su propio cuerpo. Como si algo sobrase en ella. Y tiene manos. Dos manos blancas con dedos largos y un poco nudosos. Dos manos con las palmas marcadas por pequeños surcos que debieran indicar para dónde va todo. Recuerda haber pasado horas intentando descifrar cuál era el mensaje de esas manos. Recuerda la nulidad de la respuesta. Al mirarlas no puede dejar de ver aquello que esas manos han tocado o sostenido entre ellas, en especial lo último que han tocado: la cerámica caliente de la taza de café, los bordes de la mesa, a su otra mano cuando ambas se entrelazan, su pelo, la espalda de él envuelta en un abrazo más intenso que fraterno, el volante del auto, las llaves de su departamento, la puerta. El perfume, la blusa negra y la falda corta que deslizó por sus piernas hacia arriba y cerró en torno a su cintura. La lencería de encaje que sacó del cajón y ajustó a su cuerpo. El jabón y el agua. Su piel. Todo lo que sus manos han tocado, todo el día, cada día. No puede dejar de pensar en todo lo que sus manos tocarán y en el uso que les dará. Las mira de nuevo. Siente como si estuviese a punto de despedirse de ellas, como si no fuera a verlas nunca más.

Decide hablar de nuevo, aún cuando no tiene demasiado claro qué decir. Opta por el humor. Opta, como casi todos los seres humanos cuando algo les resulta incómodo, por reírse de esa situación y dice:

—A todo esto, ¿cómo crees que la perdió?

Hace una mueca extraña, ella. Abre los ojos desmesuradamente y tuerce la boca. El resultado es cómico. Se ríen. Comienzan a hipotetizar sobre las posibilidades de “perder” una mano. ¿Cómo se puede perder una mano? ¿Te despiertas un día y, oh sorpresa, te das cuenta de que ya no está ahí? ¿Desaparece? ¿Se esfuma, se vuelve intocable? Quizás siga ahí, pero ya no es posible verla. Quizás fue algo de un día para otro, dice ella, con aire pensativo. Quizás la mano era demasiado fea para conservarla, dice él. Quizás lo pensó como una manera de conquistar mujeres: decidió cortarse la mano para que le tuvieran lástima, para que las mujeres con instinto maternal se acuesten con él. Creyó que el mundo sería más fácil sin una mano. Ella se ríe y dice que tal vez pensó que era una forma simbólica de decir que “necesitaba una mano”. Que es un intelectual que decidió armar su revolución personal cortándose la mano. Como una forma de rebelarse. Él dice: quizás no se merece tener esa mano. Quizás en el fondo es un castigo. ¿Algo kármico?, dice ella. No sé, pero puede que sea una mala persona, que aparente ser todo lo contrario, pero sea del tipo que fantasea con niños o detesta a la humanidad. Quizás sea de derecha, y ahí sí que sería simbólico. Quizás se lo merece de verdad, dice él, como si estuviese contando un chiste. O puede ser que haya tenido un accidente, ¿no?, dice ella. Puede que, sin querer, se haya triturado la mano -no tengo idea cómo podría uno “sin querer” triturársela, pero es posible- y adiós mano. Un accidente. Algo tendría que haber estado haciendo. Quizás chocó. O tal vez en su tiempo libre le gustaba la carpintería y usaba una sierra. Él la mira y con tono malicioso dice: puede que se haya masturbado tanto que se le echó a perder. Eso diría mi vieja. Luego ella se pone seria y dice: puede que nunca haya tenido una mano y que él diga que la perdió, para no sentirse tan mal.

 

Se callan. Ambos toman lo último que queda de café. Concentrados. Todo lo que hacen ahora les parece mano-dependiente. Se sienten extraños en su propio cuerpo. Piden la cuenta. No hay mucho más de qué hablar. Salen del local y caminan hacia el auto de ella. Él le pregunta si puede subirse un minuto, para conversar un rato más. Ella acepta y sube por el lado del conductor. Él rodea el auto y sube de copiloto. Ha oscurecido. Este barrio no es muy seguro, dice ella, por decir algo. Él asiente. ¿De qué quieres hablar?, pero él no responde, o quizás dice algo, pero ella no logra entenderlo. Algo en ella se tensa cuando él, para prender un cigarro, lleva la mano al encendedor del auto y roza, ¿sin querer?, su rodilla, la de ella. No retira la mano hasta que el cigarro está encendido. Luego la toca, con la mano derecha, mientras fuma. Es una caricia que aparenta ser fraterna pero que, momento a momento, comienza a intensificarse. La mira. La falda breve le parece ahora, a ella, cortísima. Quisiera taparse. Lo observa: ve la mano avanzando sobre su pierna, la manera en que repta sobre su piel. El cigarro de él se ha apagado, pero no le importa. Se detiene un momento, abre la ventana y lo arroja. Luego las dos manos vuelven a ella, dispuestas a despojarla de, ¿de qué? Ahora que las observa le parecen un poco más grandes y gruesas de lo normal. Sin dejar de mirarlo, siente cómo su carne se contrae entre los dedos de él. Ve cómo esas dos manos manipulan sus piernas, abriéndolas, y comienzan a hurgar dentro de ella. La palpan. Advierte lo que esas dos manos provocan: la respiración agitada, la humedad en el calzón, el leve temblor de su cuerpo. Cierra los ojos, pero ya no puede dejar de sentir que, de alguna manera, extraña la ausencia de esa mano.

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