Hoy comenzaremos con un pregunta sencilla: ¿qué tipo de zapatos está usando en este momento? No mienta.
a) Zapatillas.
b) Zapatos planos, sin taco.
c) Zapatos con taco.

Para esta pregunta hay solo una alternativa correcta. Los únicos escenarios en que la respuesta a) es admisible es si usted se encuentra en el gimnasio, si es una madre ocupada y está en su casa (nótese el “y”) o si vive en el bosque y/o, por algún motivo, nunca se relaciona con seres humanos. Si contestó b) estamos lejos todavía, pero tenemos esperanzas. Si contestó c) seguramente necesita una asesoría, pero ya se encuentra en el lado del bien.

He escuchado en muchas ocasiones esta excusa barata: “No puedo usar zapatos con taco porque me duelen los pies, no lo aguanto”. Esto es una vil mentira y yo se lo demostraré. Usted probablemente escucha/ve todos los días las noticias, ¿cierto? Y no anda llorando por las calles ni encorvada por la vida ni piensa que este mundo es horrible (aunque tal vez debiese empezar a pensarlo). Es decir, usted se somete a una tortura emocional diaria, durante la que escucha puros desastres y tiene el descaro de decir que no es capaz de subirse arriba de unos tacos de meros 10 centímetros porque después le duelen los pies. Basta ya. No más mentiras. No es necesario. Reconózcalo: usted le tiene TERROR a ponerse zapatos con tacos porque le teme a su sexualidad.

Ahora, hablemos de las consecuencias de este accionar errático: ¿usted cree, sinceramente, que usando zapatillas conseguirá algo en la vida? ¿Se imagina acaso a los grandes íconos históricos femeninos usando zapatillas? Trate de argumentar, por 5 minutos, que en esas condiciones podrá acceder a algún grado de reconocimiento y respeto en la sociedad. ¿No pudo? ¿Por qué será? Yo le diré: porque las zapatillas son producto de una cultura sin valores, desvirtuada. Accesorios sin alma. Y sin gusto.

Última pregunta: ¿cuántos pares de zapatos con taco tiene? Usted sabe que el año tiene 365 días (aprox., para los que sufren de TOC) y que si usted dispone de solo 10 pares de zapatos con taco no le dan los cálculos para tener una variabilidad mínima aceptable. ¿Qué está haciendo ahí? Vaya a comprar sus tacos, ahora. (Tips rápidos: mínimo 8 cm de alto, que no tengan esas puntas como de duende y que, si no se llamaran genéricamente “zapatos”, perfectamente podrían llamarse “Mickey Rourke” -joven, pre-etapa devastación física y emocional-.

Práctica y visualización

Debido a las ideas traumáticas a las que ha estado expuesta y que, probablemente, ha incorporado en su discurso como “verdades”, deberemos ser más drásticos en esta ocasión. Este es un ejercicio contemplativo, haga exactamente lo que se le pide.

¡Desvístase! Sin excusas blandas: siempre es posible hacerlo en el propio hogar. Yo le sugiero que sea en su pieza, pero puede ser en cualquier parte. Acerque una silla alta o un taburete. Ponga sus flamantes zapatos con taco sobre la misma. Encienda unas velitas aromáticas. Póngale play, en loop,  a Never, Never Gonna Give Ya Up , del bestia negra del sexo, Barry White.  Párese desnuda, frente a sus zapatos, con cada uno de los músculos de su cuerpo tensos. Concéntrese. Rodee lentamente el taburete como si fuese una tigresa a punto de abalanzarse sobre su presa. Dé pasos suaves, seductores, contonéese. Reconozca el objeto de su atención. Admire sus formas desde todos los puntos de vista posibles. De frente, nuevamente, arrodíllese ante sus zapatos (si necesita inclinarse para que queden a la altura de sus ojos, hágalo). Ponga las manos sobre sus muslos desnudos. ¡Conténgase! Ya sabemos que siente la imperiosa necesidad de tocar el taco con la punta de los dedos, de lamer la punta. No lo haga todavía. Al adoptar con gusto esta posición relativamente incómoda, usted está fortaleciendo los lazos vinculares con sus tacones. Demuéstreles lo que es capaz de hacer por ellos. Quédese quieta y observe -nada de asomarse al interior todavía-, durante 15 minutos.

Respire profundamente. Comience a mover nuevamente sus extremidades. ¿Se le adormeció alguna parte del cuerpo? Disfrute de la sensación de extrañeza y dese cuenta de que este ejercicio no se trataba de que usted mirase a sus tacones: sus tacones la han estado observando a usted. Levántese. Llegamos al momento más importante del ejercicio: tome sus tacones y tóquelos. Manoséelos como siempre ha querido hacerlo, pero nunca se ha atrevido. Abrácelos. Llore un poco: no es justo que hayan perdido tanto tiempo. Frótelos contra su cuerpo. Diga “¡No los voy a dejar nunca!” y “Jamás había sentido algo así”. Ya puede lamer el taco y la punta. No se preocupe, no se sentirán pasados a llevar. Ahora póngaselos.

Desde su nueva altura -más digna, más poderosa, más sexual- observe el espacio que la rodea. Recorra su casa así: desnuda y usando sus tacones. Puede aprovechar de hacer el aseo, o de reordenar su living. En realidad, tiene el resto de la tarde libre para hacer lo que quiera.

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