Esta mujer es vieja. Me recuerda a mi abuela, pero mi abuela al menos intentaba disimularlo. Ni me pregunten cómo llegué acá. Esto siempre pasa: partimos en algún lugar conocido –la casa de un amigo, el bar al que vamos habitualmente- y en algún momento alguien sugiere ir a comprar más trago, o alguien definitivamente encarga a alguien que viene llegando que traiga trago y lo que traen a esas horas no es cerveza, sino whisky, y cuando yo tomo whisky las cosas se distorsionan y de un momento a otro estoy hablando con las personas muy cerca de sus caras, tan cerca como nunca he estado. Les digo toda la verdad, todo lo que no les he dicho antes -¿Por qué subiste de peso? ¿Por qué te arreglas el pelo así? No te queda bien. Tu pololo es un idiota. Se nota que eres infeliz. Deberíamos ser mejores amigos– y luego (sí, hay más) alguien decide que vayamos a otro lugar y a veces ese lugar es un restaurant y otras veces es un bar clandestino y otras veces es la casa de un desconocido, o peor, la casa de un conocido, y uno termina tirando en el baño o en la pieza o, más grave todavía, sugiriéndole tirar en el baño o en la pieza a gente que realmente no conoces (y no es que yo sea pudorosa, pero habría que preguntarse por dónde pasó ese órgano sexual antes, porque, seamos honestos, a esa hora el condón es algo comparable a tu primo de cuarto grado, ese al que con suerte recuerdas para su cumpleaños). Y ahora se trata de esta vieja, que, de verdad, no entiendo mucho el contexto, pero estoy casi segura de que me habla en francés y yo no sé francés (nunca me ha gustado y considero un cliché de pésimo gusto la gente que dice que es sexy y la verdad es que prefiero a alguien que tenga buena ortografía en español a alguien que hable francés) así que insisto en que me diga realmente qué quiere decirme, pero sonríe de esa manera misteriosa en que sonríen las personas que están más sobrias que uno –y sí, ya sé, ya sé, no estoy modulando bien y no me puedo parar porque empecé a ver doble y se me nota que no estoy cómoda, ya sé, ya sé-.Así que la vieja se sienta a mi lado ¿Es la abuela de alguien? ¿Es la nana de alguien? No tengo nada en contra de la gente mayor, pero esta señora parece más muerta que viva y no me gustan sus dientes ni los pequeños bigotitos que adornan su labio superior ni el olor que expele, una mezcla entre cebolla frita y algo dulce, tal vez un poco podrido, como una manzana que llevara demasiados días fuera del refrigerador.

Me toma la mano. Hace tiempo que nadie me toma la mano. Esta misma noche me la tomó Pablo, pero no es lo mismo, porque Pablo le toma la mano a todas. Esto es distinto: me toma la mano y me acaricia no la palma, sino ese montículo de carne curvo que es una parte, pero que también es otra cosa, del dedo gordo y de la palma. ¿Tiene nombre? La acaricia con la punta de los dedos y como tiene las uñas largas, pintadas de un azul eléctrico, su caricia es suave y algo dolorosa después de un rato. Tiene los ojos chiquititos y no alcanzo a ver si son realmente azules o verdes, aunque lo lógico es que fueran azules. A la gente de ojos claros le encanta adornarse con accesorios del mismo color de sus ojos. Predecibles. Tiene canas. Muchas canas. Yo una vez dije que cuando me empezaran a salir canas no me las teñiría porque lo consideraba poco elegante, pero ahora que aparecen me arrepiento de haberlo dicho así, tan tajante, y no le he dicho a nadie, pero empecé a teñirme y la gente no se da cuenta, porque en realidad la gente no mira. Si miraran, se darían cuenta. Sigue acariciando mi mano, pero de la manera en que lo haría un gato cuando agarra un cojín que le parece digno de ser explorado, con insistencia, como si quisiera dejar una herida, como ese juego escolar en el que una amiga te agarraba la mano y frotaba una goma de borrar hasta que la piel comenzaba a sangrar.

El pelo. Con canas. Tiene aros con una piedra celeste que yo no sé si es realmente una piedra preciosa, supongo que no. Me carga la gente que combina sus ojos con sus joyas, ya lo dije, ¿cierto? Ella está hablando y no sé hace cuanto. Sé que hemos estado conversando todo este tiempo, porque me escucho a mi misma preguntar cosas con un tono interrogante, y también me escucho reírme con ganas, con tantas ganas que me saltan lágrimas y se me acaba el aire y ella me pasa una copita de champán como para que se me pase el ahogo. Ahora escucho su voz y es como si deslizara las palabras, como si las obligara a arrastrarse hasta llegar a mí: lentas, zigzagueantes, tentativas. Pone su mano sobre mi rodilla y me mira. Yo la miro de vuelta. Se siente bien. ¿Sabes quién más ponía su mano sobre mi rodilla? Mi papá. Y yo ponía también mi mano sobre la rodilla de mi abuelo, pero era distinto, porque en esa época él ya estaba enfermo. Y ahora cuando quiero mucho a una mujer –porque he aprendido a quererlas- también pongo mi mano en sus rodillas. Las toco: pongo mis manos en sus cuerpos: en sus hombros, en sus cinturas, en sus rodillas. Las pellizco y dejo que me toquen. Durante un tiempo no dejé que nadie me tocara, menos las mujeres. Sus formas me parecían engañosas, sus cariños invasivos. Ahora entiendo. Ahora es como encontrarse con un doble –un hermano perdido, alguien al otro lado del espejo, un extranjero generoso- y entregarse a ese abrazo largo, a sostener esa mirada cálida, a explorar el cuerpo del otro con curiosidad y desenfado. Esta mano que descansa, entonces, no me molesta tanto, en realidad. Preferiría no sentir su piel, eso sí, y no estar estirándome todo el tiempo la falda hacia abajo. No sé dónde quedó Pablo. ¿Vine con Pablo? Esto siempre pasa. Pablo se va con otra y después, de madrugada, cuando yo ya estoy durmiendo sobre un sofá ajeno, me viene a buscar para llevarme de vuelta. No veo a Pablo.
La vieja se inclina hacia mí. Puedo ver bajo su blusa una curva que asumo que son sus pechos. Su olor inunda la habitación. Hay tanta gente, pero es como si nadie nos viera, porque estamos en una esquina y hace mucho rato que no hablo con nadie más que con ella. Acerca su mano a mi cara y su caricia es lenta y suave. Le beso la mano y hay sorpresa en su rostro. Y luego me acerco y tomo su cara entre mis manos y beso sus labios. Y mi beso es húmedo y el de ella es seco y entiendo que hice algo mal. Que yo no tenía que hacer esto, que le molesta. Me separo lentamente, como si una fuerza antigua, profunda, terrenal, me tirara hacia atrás. Y la veo ahí, con los ojos un poco llorosos, paralizada. Incómoda. Mira alrededor de la habitación, busca, busca y encuentra, y llama con la voz medio quebrada. Yo no puedo decirle mucho. Yo no puedo hablar ahora. Y viene alguien –no lo miro a la cara, no sé quién es- y se la lleva: ella se para con dificultad de la silla y se va del brazo del otro. Y yo me quedo ahí, sentada, esperando que llegue Pablo y me lleve de vuelta a casa.

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