Fisiología
Lo más bonito de su cara es que es como si tuviese dos rostros completamente distintos. Podría  jugar todo el día a ver cuál me gusta más. Si lo miras de frente te sorprende la simetría cuadrangular de sus fracciones, las cejas perfectamente horizontales, los ojos azules rasgados, la nariz quebrada, los labios delgados, los bordes de la cara angulosos. Cuando sonríe hay algo misterioso que asoma, como si él supiera más de algo que tú deberías dominar –un aire reprobatorio, burlón-. Una  sonrisa ladeada, que se despliega hacia la derecha, una sonrisa de vaquero, aunque él preferiría colgarse a aceptar que hay algo tan brutalmente masculino en su persona. Luego se gira un poco y lo ves de perfil y todo lo que podía ser amenazante o violento desaparece. De pronto esa mitad de rostro es lo más inocente que has visto. De perfil puedes observar las marcas de acné, la oreja pequeña, las pestañas largas, el pelo cayéndole desordenado sobre ese pedazo de frente. Podría vivir así, pienso, esquivando su rostro de frente y poniéndome siempre en el ángulo preciso para verlo de perfil, sorprendiéndome cada vez que se girara.

Llega atrasado, pedaleando furioso su bicicleta. Nos sentamos en una mesita al interior de un café ambientado en los años sesenta. Pide una donut y un café –su tercer café esta mañana, aclara-. Está trasnochado, trabaja como barman, se acostó a las cinco, durmió cuatro horas. Se le nota. Su piel se ve translúcida, da la impresión de que se va a desintegrar.
Lucha con la donut. En mi plato no queda nada. Somos especies distintas. Me dice que tiene una fijación con las cosas dulces, que son una droga. Y que a todo esto ha dejado las drogas, que está limpio-limpio, que hace tiempo no se sentía tan bien. Que incluso se ha puesto a hacer pan: por eso se atrasó, estaba haciendo pan. Se inclina sobre la mesa, parece agotado. “Es que el pan se demora mucho. Le puse demasiada levadura”. Gotitas de transpiración se deslizan por su frente y pienso que en cualquier momento se me desmaya.
Abre los ojos de manera exagerada cuando habla sobre algo que le preocupa. ¿Qué le preocupa? Todo. Casi todo. Su preocupación suena a irritación, cuelga de una cornisa que está entre la alarma y el desprecio. Le preocupa lo miserables y mezquinos que somos, la brecha entre ricos y pobres, las grandes corporaciones, lo desquiciado que es el sistema económico, el dolor de los animales y la gente que come carne, la sobrepoblación, los trabajos repetitivos, la mala idea de haberse venido a Australia hace dos años y arruinar de paso su carrera, llegar a viejo sin haber hecho nada relevante. La muerte.
No sabe qué hacer con los brazos, dónde dejarlos. Puedo ver la indecisión: arriba de la mesa, debajo de ella, sobre las piernas, arqueados en torno a su cuerpo, las manos revoleteando, yendo y viniendo de él hacia mí mientras habla.
Volvemos a hablar de libros y sugiere que vayamos a ver libros usados. Caminamos, lleva la bicicleta a su lado. Yo he estado aquí antes, pero esta vez es distinto.

Los pasillos se despliegan en paralelo, las categorizaciones van desde lo muy general a lo ridículamente específico. Saltamos de un pasillo a otro: arte contemporáneo, arte australiano, poetas universales, poetas australianos, humor, humor australiano, política, política australiana. Esa es la lógica. Irlanda tiene un pequeño pasillo que resulta llamativo porque bueno, porque no es Australia. Se detiene, me muestra un par de sus autores preferidos. Me dice que su casa está a dos cuadras de la casa en la que W.B. Yeats vivió cuando era un niño. Se sorprende porque no ha escuchado sobre más de la mitad de los nombres. Me digo: soy una ignorante, este barco se hunde, se hunde, se hunde. Recorremos los pasillos, nos agachamos, nos inclinamos el uno hacia el otro, leemos juntos las contraportadas. Nos quejamos de nuestra condición de extranjeros, del absurdo de reconstruir una biblioteca para volver a desarmarla meses después. Pero C. no habla, masculla. Me encuentro en medio de conversaciones que no tengo idea dónde partieron ni para dónde van. Disimulo relativamente bien. Me muevo al pasillo del comportamiento de insectos y animales. Vamos al de la ficción mundial –no “universal”-, que ocupa tres corredores. Le muestro un par de libros, me pregunta cuál es mi libro preferido. Le digo que uno de mis favoritos es Nueve cuentos de Salinger. Dice que no lo ha leído. Le digo que si lo encuentro se lo regalo. Hay tres versiones de The Catcher in the Rye y está Seymour: An Introduction  y Franny and Zooey, pero no Nueve cuentos. (Y aquí se termina nuestra historia de amor. ¿Qué pasó? Quise regalarle un libro y no lo encontré. No pude aguantar más su cara de perrito mojado. Ahora tengo 35 copias y las voy regalando a destajo). Llegamos a teatro. Toma Death of a Salesman de Arthur Miller y dice: “Cuando leí este libro en el colegio me espanté”.  La frase flota entre nosotros y estoy a punto de tomarla y guardármela en el bolsillo para poder, más tarde, imaginarlo joven, adolescente: encogerlo y ponerle más grasa a su cara huesuda y hacer que mire como si no supiera todo lo que sabe y encajarlo en medio de una biblioteca pública  pobre y hacer que sienta frío y que se refriegue las manos contra los jeans. Ahora abre libros como si se le estuviese acabando el tiempo, lee un par de hojas rápido, se culpa por no poder comprarlos, por no haberlos leído antes, promete que algún día los leerá.

Dice: “Quería besar a una chica y tenía susto y no sabía si hacerlo o no. Era inapropiado. ¿Qué opinas?”. Lo miro, en blanco. Me río. Le digo que la decisión acertada era no besarla y apenas lo digo entiendo que está mal. Se encoge, me mira con la boca semiabierta, sus mejillas se sonrojan. Le pregunto de qué estaba hablando. Dice: “No entendiste. Te pregunté si te podía besar”. En mi cabeza había una chica colorina, en la parte de atrás de un auto, vestida de colegiala, y él con los jeans rotos y ella con un rosario en la mano izquierda. Habían ido de paseo, tenían diecisiete años, él estaba nervioso, ella no sabía qué hacer. No sé en qué parte me perdí. Y la pregunta –era una pregunta- queda ahí. Acerca su cuerpo extremadamente delgado, que más que un cuerpo parece un sombra, yo me empino sobre la punta de mis pies, y hay solo un roce muy suave de labios. Nos miramos, nos besamos de nuevo. Me mareo. Sonríe con su sonrisa ladeada.

2.

Vamos a una plaza. La librería se nos hace chica, necesitamos espacio. Caminamos lado a lado. De pronto ya no tenemos mucho de qué hablar. Nos tendemos sobre el pasto. Su cuerpo huesudo se acerca al mío que, en comparación, se siente enormemente expansivo, pesado. Por la posición en la que estamos, en paralelo el uno frente al otro, mi escote revela más de lo que debiese. Jugamos a esto durante un rato: cuánto puede ver, cuánto asoma, qué pasa si tironea mi blusa, qué pasa si se apega más a mí, qué pasa si me presiona hacia su cuerpo. Cuánto podemos frotar sin frotar. Quiero intentar, por una vez, no ir con todo. Como para hacer la excepción. Propone ir a mi casa. Dice “cama” y luego, muy lento, como si fuese una idea que recién se le ocurrió y como si las palabras, una contra la otra, por primera vez se alinearan de esta manera armoniosa: “I want to fuck you”. Ajá. Una parte de mí se siente ofendida. La otra parte –la mayor parte- se siente excitada. 1-0, punto a favor para mí, gracias, gracias. Ni siquiera me esforcé tanto. Me propongo demostrarle que esto –que el café y la librería y el parque y la sonrisa ladeada- no bastan. Históricamente no han bastado y ahora tampoco. Le doy un pequeño discurso de cómo el sexo es más relevante cuando hay emoción y cuando la gente te importa. Trato de sonar convincente, profunda con mi inglés quebrado, mi inglés con acento latino, mi inglés de inmigrante que ha visto series gringas toda la vida. Mi educación sentimental basada en rom-coms. Me inspiro: vamos, más allá del bien y el mal, ya lo he probado todo y desde mi sabiduría infinita puedo definir qué es lo que nos conviene a los dos. Me dice que me encuentra razón mientras acerca su boca a mi cuello y la desliza hacia mi pecho dando besos pequeños, casi imperceptibles, como si no estuviese pasando nada. Podemos escuchar las voces de los niños jugando.

3.

“Pasé mi adolescencia enfermo. Tuve cáncer al intestino, me dijeron que era incurable, que era una condición de por vida, que me moriría probablemente de eso. Un día dejé de comer carne. A los seis meses volví a chequearme y ya no tenía nada. Esos doctores me dijeron que me iba a morir de cáncer, que sufriría toda mi vida. Expertos. No saben nada”. Mastica su tortilla de maíz como si fuese una orden dada por un general extremadamente severo. Los huesos y músculos de su mandíbula se mueven con precisión. ¿Qué tanto esfuerzo se necesita para masticar una tortilla? “Además, no podría seguir comiendo carne sin sentirme parte de esa industria que lucra a partir del maltrato animal. No es que no me guste el sabor, es que sé demasiado sobre cómo funciona ese negocio. A nadie le importa las condiciones en que viven esos animales mientras podamos meternos a la boca algo sabroso. Cómo viven… si es que se le puede llamar vida a eso.”. Alcanza a comerse solo una tortilla, deja la otra sin tocar. No puede más. Yo estoy terminando de comer una tostada con huevos con tocino y palta. Me siento un poco culpable. El tocino sabe maravilloso.

4.

Dice: “La única forma en que se acabarán todos los problemas que tenemos en el mundo es matando gente. Exterminando más de la mitad de la población. Todos lo saben. Los políticos lo saben, los científicos lo saben. Es solo que nadie quiere reconocerlo porque decirlo implicaría hacerse cargo, tener un plan de exterminio. No hay alternativa. No importa el esfuerzo que hagamos. Mientras sigamos sobrepoblando el planeta, nada mejorará”. Se pasa la mano sobre la frente, como si hubiese estado cavando un hoyo por horas. Pero es un hoyo que no va a ninguna parte porque no quiere plantar nada ni descubrir nada y al final lo único que hace es trasladar tierra de un lado a otro. Está transpirando de nuevo. Mira sobre su hombro y me dice “A veces pienso que si la gente me escuchara hablar así me llevarían preso” y una risita aguada se le escapa, con los ojos a punto de saltarle de la cara, las manos aleteando en torno a su rostro.

5.

“Lo único que me da miedo a estas alturas es convertirme en uno de esos viejos que no saben que son viejos”. Lo dice achicando los ojos, con un poco de desesperación en su voz, una pizca de terror que se filtra. “El otro día estaba en la casa de un amigo del trabajo en una fiesta. Nada grande, gente que entraba y salía y en medio de todos estos adolescentes y veinteañeros había un tipo de unos cincuenta años tomando y conversando con unas chicas de veinte. Era grotesco. Ese tipo ha estado haciendo eso desde sus veinte, solo que ya no sabe que se ve ridículo. La segunda persona más vieja de esa fiesta era yo”.

6.

“Uno de los tipos con los que trabajo en la barra me dijo, mientras sorbía whisky: ‘La primera vez que te vi supe que eras un tipo que tenía muchas historias que contar’. Y me miró con los ojos muy abiertos y esperó y esperó y esperó. No le dije nada. Supongo que quería que le contara alguna historia en ese mismo momento, una aventura desquiciada, algo que después podría contarle a otras personas. Pero ya no me acuerdo de nada. Estoy seguro que he tenido aventuras memorables. Por supuesto que las he tenido. Pero no me acuerdo”.

7.

“Durante un tiempo consumí un montón de drogas. En Londres era prácticamente lo único que hacía. Era fácil ir de una fiesta a otra y contar con que siempre había alguien que te ofrecería un poco de cocaína. Lo único que recuerdo de esas veces es haber estado separándola con una tarjetita, en medio de una habitación, rodeado de gente, sin polera. Jaja, ¡yo sin polera! Eso es tan enfermo… porque obviamente yo odio mi cuerpo y jamás me sacaría la ropa frente a  un grupo de desconocidos. Hasta estando solo me avergüenzo de mi cuerpo”.

8.

Se saca la ropa. Su cuerpo es muy delgado. Es lo que esperaba, sí, pero se ve más frágil. Es como si fuese todavía un quinceañero, tiene algo casi infantil. Su piel es muy blanca, la espalda es angosta en relación a su altura, los dedos son alargados y raspan al tacto. El pecho está hundido. Hay algo deforme, algo desproporcionado en él. Sus piernas son ridículamente esqueléticas, me recuerda a un saltamontes. Las mías tienen más carne. Una capa ligera de vello oscuro las cubre, pero solo desde la mitad del muslo hacia abajo. Beso su cuello y noto que se le arruga el pellejo. Tomo una nota mental: le sobra pellejo hasta en el cuello. No hay ni un gramo de grasa en su cuerpo. Es tan alto que no sé cómo abordarlo. Le quito los bóxers negros  -¿qué talla son, S?- y veo su pico rodeado de una cantidad ridícula de vello púbico. Este pedazo de su cuerpo viajó desde los años sesenta, en medio de un festival hippie, hasta aquí: a esta pieza helada, de cielo alto, conmigo en medio de la cama, su opuesto existencial cuando se trata de vello púbico. No hay caso. Nunca puedo predecir cuándo lo tendrán rasurado o no. Sus movimientos son algo torpes, pero aprecio el esfuerzo. Se desliza hacia abajo y  explora: pocas veces, para ser la primera vez, me han mirado con tanto detenimiento. Me dice: “Esta es una vagina bonita”. Pero no me mira, la mira. Y no dice vagina, dice “pussy”. Siento que estoy fuera de esta conversación. Me abre con cuidado, con un cuidado que no había visto hasta ahora, y lentamente acerca su lengua y recorre cada pliegue como si tuviese todo el día por delante. Es como si fuésemos otras personas. Es como si alguien me hubiese llevado de paseo a la playa y estuviésemos sentados mirando el movimiento ondulante del mar.
Después de un rato lo pongo de espaldas y comienzo a frotarme. No quiero que lo meta –implica el condón, detenerse, terminar o acercarse a terminar, pero más que nada implica que me demoré menos de dos o tres citas en romper la promesa que me hice a mí misma en la primera- y lo que hago en cambio es deslizarme sobre él de arriba a abajo. Estoy tan mojada que es casi resbaladizo, apenas siento el roce. Cuando abro los ojos me doy cuenta que todo este tiempo me ha estado observando. Cuando lo miro a los ojos desvía la vista hacia la pared.

9.

Nos hemos visto esporádicamente, somos amigos. Elegimos encontrarnos en un restaurant que para ambos es demasiado caro, pero ninguno se queja. Hablamos un poco de esto y lo otro y luego dice: “Se murió mi perro. Es tonto que lo diga, pero era lo único que me hacía pensar en volver a casa. Estaba demasiado viejo y se le había desplazado un disco, ya casi no podía moverse. Tuvieron que llevarlo al veterinario, era lo único que se podía hacer. Mi mamá me avisó, pero a esa hora yo estaba trabajando, no vi el mensaje hasta el día siguiente. Y esto es lo raro: desde la semana anterior yo sentía un dolor en la espalda- nunca lo había sentido antes, – y la noche que murió dejé de sentirlo. No quiero decir que signifique nada. Solo que eso pasó. Y ahora está muerto”.

10.

Está un poco agitado pero ya no sé distinguir cuándo este estado de agitación es normal y cuando se debe a que le pasó algo. Dice: “Tengo una historia que contarte”.

–     La primera mujer con la que salí en Sydney la conocí por Tinder. Era bonita, nos vimos tres, cuatro, tal vez cinco veces y tuvimos sexo. O cuatro veces. Tal vez fueron solo tres. No nos demoramos tanto. Ya no me acuerdo. En algún momento entendí que ella quería algo más y le di a entender que no. De manera educada. Por mensaje de texto, pero educada. Nos dimos espacio. Esto fue hace rato. Bueno, nunca cortamos la comunicación: me mandaba mensajes cada tanto, podía ser muy dulce o un poco agresiva. Me mandaba fotos de ella. No me quejo de eso. A veces paso por etapas muy solitarias y eso me ayudó. Un día en que me sentía muy deprimido le comenté que tenía sentimientos suicidas, que si tuviese más pelotas lo haría. No sé por qué se lo comenté ¿Tal vez porque no había nadie más disponible? Creo que incluso lloré. Pero le tuve que decir “estoy llorando”, porque esto fue por mensaje de texto. Suena tonto, pero era importante que lo supiera. Se portó bien. Trató de animarme, incluso ofreció que nos viéramos, estaba realmente preocupada.
–     Espera, ¿pero de verdad tenías ganas de matarte?
–     Sí, como todo el tiempo, pero estaba dramatizando un poco más. El asunto es que un día coincido con otra tipa en Tinder y mientras conversamos me empieza a insultar. Esta es una desconocida, no tengo idea quién es y trato de entender qué le pasa. Dice que soy un misógino, que solo tengo sexo y uso a las mujeres como basura, que se nota que tengo un problema psiquiátrico. En vez de negar todo eso juego con ella, le pregunto si tiene daddy issues, trato de entender de dónde viene todo esto. Converso un poco pasivo-agresivo, pero converso. Ahora me doy cuenta de que eso fue un error.
Días después una amiga del bar, con la que trabajo, me dice que me vio en Tinder y que le dio demasiada risa que mi nombre fuese Colum The Asshole. Obviamente esa no era mi cuenta, pero esta tipa cree que estoy tan enfermo que me pondría un nombre así. Y en el perfil decía que hice que mi ex abortara, que solo uso a las mujeres, que no busco nada serio. Una de las fotos de mi perfil era una foto de un pico borrosa. Creo que esa foto puede haber sido efectivamente de mi pico.
–     ¿Le mandaste una foto?
–     No es algo que haga habitualmente. Era una excepción. Ella me mandó un par de fotos suyas. Era lo que había que hacer en ese momento. Esto fue al principio. No pensé que las guardaría. El asunto es que ahora hay al menos 3 perfiles distintos de mí dando vueltas con ese tipo de información. Tuve que borrar Tinder. Sydney es en realidad una ciudad pequeña.
–     Por suerte te vas.
–     Por suerte me voy.

11.

Le cuento que he estado saliendo con R. Le cuento que creo que se está buscando, que no está resuelto, que me comentó que cuando joven, solo por probar, había “jugado” a ser gay con un amigo seduciendo hombres mayores. La idea era que le compraran tragos. Le comento que el sexo con Reid es poco creativo, por decir lo menos. Omito comentarle que el sexo con él era similar. Dice:
–    Suena a que es gay.
–    ¿Por qué?
–  Nadie experimenta si no siente verdadera atracción. Es gay.
Le explico mi concepción el asunto: que no todo es tan estructurado, que fallamos al categorizar, que el extremismo heterosexual y homosexual es una ficción. Mi versión open-minded. Mi versión liberal. Le digo:
–     Ni siquiera tu eres 100% hetero.
Salta hacia atrás, abre los ojos, de su boca sale muy agudo:
–    ¡Perra! – pero no dice perra, dice “Bitch!”.
–   Es verdad.Corto el penúltimo pedacito de tocino y lo combino con el resto de champiñones. Lo llevo a mi boca, mastico lentamente. Nos miramos un rato. Las manos van de un lado a otro: ordena los cubiertos, mueve un salero, se toca el cuello. Se le sonrojan las mejillas de nuevo, una vena gruesa asoma desde su clavícula hasta su oreja. Me sonríe con su sonrisa ladeada mientras me llevo otro bocado perfecto a la boca.

12.

Lo hacemos una vez más en la pieza que arrienda a una pareja que trabaja fuera de la casa durante el día. Muy conveniente. Toco el timbre, sale a buscarme, entramos. Hay un perro pequeño que no para de moverme la cola. Nos sentamos en el living, la televisión está encendida y vemos un programa de sobrevivencia: un hombre subiendo a la cima de una montaña cubierta de nieve, un hombre masticando semillas que recoge del suelo con las uñas sucias. Está bronceado, pero hace frío y lleva un cortaviento rojo, una barba incipiente le cube el rostro. Nos besamos. Siento sus manos huesudas en mi espalda. Me siento sobre él, de frente, tironea mi bufanda, desabotona mi blusa, le digo:

–    Vamos a tu pieza.
Se levanta, pero duda. Me toma de la mano.
–    Es una pieza pobre, dice.
Entramos.
–    Es una pieza pobre.
Una parte de la pared está descascarada por la humedad. Su pieza no tiene nada aparte de una cama doble con una frazada, una sola almohada. Una ventana pequeña permite que entre un resto de luz.

–    Ya embalé todo, antes no se veía tan mal.

Le digo que no importa. Lo desvisto. No importa, no importa. Toco su piel blanca, blanquísima. Me pongo de nuevo encima de él y comienzo a frotarme. Cierro los ojos y cada vez que los abro lo veo mirándome. Pienso en perritos muertos. L., un año atrás, me contó que su ex, para no eyacular tan rápido, pensaba en perritos muertos. Desde entonces cada vez que veo señales de concentración en un hombre mientras lo hacemos pienso que tal vez está pensando en perritos muertos. Así que yo termino pensando en perritos muertos. Gracias, L.

Se va antes de meterlo. Se ríe nervioso. Su brazo se mueve hacia su frente, evita mirarme. Se ríe con esa risa aguda que suena a un animal herido pidiendo ayuda. Acabo y me deslizo hacia su costado. Tratamos de ser casuales, pero no funciona porque él está incómodo y yo tengo frío. Decidimos vestirnos e ir a una librería.

13.

C. se va. En su último día en Sydney desayunamos juntos. Está muerto de sueño, no ha dormido en 20 horas, lleva puesto un suéter celeste que hace que su piel se vea todavía más deslavada, y un pañuelo atado al cuello. Nunca lo he visto con un pañuelo antes y no sé muy bien qué pensar, tal vez es un intento de verse elegante. Uno fallido. Tiene ojeras, se ríe con su risita pervertida, se tapa la boca con los dedos largos, largos. Va en su segunda taza de café. Me pasa un libro, escribe una dedicatoria. No la leo hasta después. Le saco una foto y me mira como si un huracán se hubiese llevado su casa y él estuviese de pie sobre los escombros sosteniendo un conejito de peluche al que le falta un ojo. Tal vez no nos veamos nunca más. Pienso por un microsegundo que esto podría haber resultado. Habla sobre recorrer China con un bolso a la espalda y sus ganas de encontrarse de pronto en medio de una revolución y ser prisionero de guerra. Veo que sus ojos brillan, su cara se transforma, la risita perversa reaparece.

Luego de que nos despedimos lloro. Lloro como si alguien me hubiese quitado algo atrozmente importante, ¿un dedo? No, algo más como una facultad. Como si de pronto hubiese perdido la capacidad del tacto. Pero algo menos importante que el tacto. Como si una parte de mi cuerpo se me hubiese quedado dormida y tal vez la pueda volver a usar en un mes o dos, pero todavía no sé eso y se siente como si estuviese muerta y hubiese perdido la sensación para siempre.
Camino por las calles, todas esas calles que recorrimos juntos y pienso: menos zapatos, menos libros, bototos Goretex, una mochila de 60 litros, dos o tres calzones, camisetas blancas, un par de pantalones, calcetines de bambú.
Un microsegundo.

14.

Pasan los días y luego de una semana me acostumbro a su ausencia. Claro, veo autos antiguos y sé que él los fotografiaría y que yo tendría que sostenerle la bicicleta mientras lo hace. Veo gente comer carne y sé que él pensaría: “al menos no tengo que cargar con esa culpa”. Nos escribimos mensajes sabiendo que no nos volveremos a ver. Es una sensación agridulce. Mensajes van, mensajes vienen. “Te echo de menos”, dice, “Extraño nuestras conversaciones”.

Me llega una foto un par de días después. Una foto de su mano sosteniendo su pico. Pero esto es como un “pene”, más bien: despersonalizado, un resto de carne adjunto a otro resto de carne. La miro con detenimiento: se ve su piel blanca, esa mata de pelo oscura, su pene  se ve rojo, como si lo estuviera estrangulando y en realidad no quisiera estar ahí. Por el ángulo de la cámara y porque se pueden ver las dos manos me pregunto si alguien más tomó la foto. Es una foto meramente descriptiva, una naturaleza muerta.
Le respondo con un signo de interrogación y automáticamente me responde mandando la foto por segunda vez.
La misma foto.