Fisiología

Es alto y flaco. Noto enseguida que tiene unos hombros bonitos, atléticos, como si escalara o hiciese flexiones en su tiempo libre o como si, simplemente, fuese un hijo de Adonis, por nada. Tiene bíceps. Tiene abdominales. Cero por ciento de grasa corporal. Tiene la piel tan morena que me obliga a cuestionar mi bronceado, y eso que yo he invertido tiempo y dedicación científica en el mío. Sus facciones son elegantes, podría protagonizar una película de época: lo imagino usando una toga, o una armadura y un escudo medieval, o vestido de acuerdo a la moda isabelina. Cualquier cosa, menos aquí. Tiene la frente amplia, alargada verticalmente, los ojos cafés con una expresión dulce, una sonrisa blanquísima que hace que me vuelva a latir el corazón anestesiado. Una barba incipiente lo hace lucir como esos adolescentes que le rezan a los dioses para verse más adultos. Tiene manos grandes, con dedos largos, de uñas bien cuidadas.

  1. Entra a la pieza sin polera. Hace tres semanas que no estoy a solas con un hombre en una pieza. Decir “hombre” es bastante generoso porque este se acerca más a un niño, así que lo ignoro. Pero no me deja. Me habla con su inglés con acento francés, con esa pronunciación plagada de erres. Esto es lo que pasa en los hostales: todo el mundo siente que tiene que ser amistoso. Esto es lo que pasa cuando uno viaja como si todavía tuviese veinte en vez de treinta y uno.
    Le respondo sin mucho interés. Es la dinámica del viajero, ya la he vivido: la gente está tan entusiasmada que se vuelve hiperamistosa. Se comparten experiencias, se hacen planes, se siente una conexión intensa. Se termina el viaje y luego toda esa intimidad se reduce a nada. Es como si mientras durara el viaje estuvieras emocionalmente drogada, una versión más sensible y abierta de ti misma. Y luego viene el aplanamiento emocional intolerable, el bajón. Como ya me ha pasado, me cuido: no le doy pelota a nadie hasta que demuestre que vale la pena invertir ese nivel de energía. Puede ser que no tenga idea cómo cocinar ni entienda demasiado del mercado bursátil, pero mi habilidad, mi talento supremo por así decirlo, es ser práctica respecto de mis amistades o afectos. Pienso esto mientras trato de organizar mis cosas en la piececita, respondiéndole monosilábicamente a su intento de conversación. Lo miro de reojo, tendido en la cama inferior del camarote, todavía sin polera. Mi cama es doble y está a veinte centímetros de distancia de la suya.
  1. Es mi primera noche y estoy cansada. Paseamos por la isla, fuimos a un mercado de comida, conocimos más gente. Quiero mi cama. Entramos a la pieza del hostal y me vuelve a chocar su precariedad: está pintada de un rosa anaranjado, mi locker tiene llave, pero por dentro no tiene separación con el otro locker así que es lo mismo que no tener privacidad, la pared está manchada con manchas que no quiero entender cómo llegaron ahí, desde huellas de pisadas hasta manchas de humedad, pasando por rastros de algo sospechosamente rojo. El baño tiene una ducha, pero no tiene ni cortina ni espacio que separe la ducha del suelo, así que todo está constantemente inundado. Sólo tenemos un chorrito mínimo de agua fría, para todo lo que involucre agua. Esta será la primera y última vez que duerma aquí, decido.
    Somos los únicos en la pieza. Falta el tercero, el que ocuparía la cama superior del camarote. Su mochila ha estado ahí desde la mañana, pero se nota que no ha vuelto en todo el día. Nos ponemos pijama. Elijo ponerme una polera con la cara dibujada de Jack Nicholson. Mi pijama normal es una camisola de seda negra con encaje, pero opto por el otro camino: autocontrol, disciplina comportamental, adultez. Me felicito a mí misma.
    Cuando me voy a acostar me pregunta si me molestaría si él durmiese sólo con calzoncillos, hace tanto calor. Me río una octava más fuerte de lo que me gustaría y le digo que no me afecta en nada, que no se preocupe.
    Ya estamos acostados, luz apagada. Dice:
    – Apuesto que no vendrá a dormir.
    – Apuesto a que sí.
    – No, apuesto que no. Es demasiado tarde.
    – ¿Y qué cambia si no viene? Igual no te sirve para tener una cama más grande-, le digo. Me parece un argumento fantástico.
    – Si, tienes razón. Eres suertuda. Te tocó la cama grande.
    – Me la merezco-. (Me castigo inmediatamente por decir algo así. ¿Qué quiero decir? ¿Que he sufrido? ¿Que he dormido sólo en camas chicas toda mi vida? ¿Que soy mejor que él? ¿Que la suerte está conmigo?).
    – Tal vez en medio de la noche me deslizo a tu cama.
    Qué, que, qué, qué, qué. Una parte de mí quiere decirle: “¿y por qué no te deslizas ahora?”. Hago el esfuerzo de repetirme su edad: veintidós, veintidós, veintidós. ¿Qué estaba haciendo yo a los veintidós? Ya sé: nada inteligente, porque no tenía idea quién era, porque era una niñita. Me veía como una mujer, pero era una niñita. Veintidós. Veintidós años. Veintidós años no es nada. Mi hermano chico es tres años mayor que él. Veintidós. Pienso en su cuerpo atlético bajo las sábanas, en su piel bronceada, suave. Y de pronto me acuerdo de D. ¡Claro, D.!
    Estoy saliendo con D., sólo que no estamos en el mismo país, ha sido una relación a distancia. D., el increíble. Me concentro en D.: rubio, alto, flaco, atlético también, surfista. D., sonrisa perfecta. Más perfecta que la de E., por lejos. D., con aire a Clint Eastwood. D., adulto, treinta y seis años, no veintidós. D., que tiene problemas para demostrar que le gusto, pero le gusto, sí, sí, no es idea mía, lo hemos hablado. Hay algo implícito de fidelidad, ¿algo dijimos de que esto era excepcional, que valía la pena respetar…? No, estúpida, fue explícito, porque fuiste tú misma la que le diste el discursito de la exclusividad con cinco vasos de cerveza de más. Claro, D.
    D., el magnífico.
    D., el fantástico.
    Le digo: “Jajajaja. No. Buenas noches”.
  1. La isla está saturada de turistas. Ha sido difícil encontrar otro hostal barato, así que me cambio a una pieza sola, algo más decente, más amplia y más cara. Víctima de mi inconformismo.Nos vemos al día siguiente en la playa. Me presta su máscara para hacer snorkeling, pongo mi boca en el tubo y mientras me sumerjo a pocos metros de la orilla pienso en cómo él vio hace poco lo mismo, con la misma máscara, en el mismo mar. El sol está fuerte y siento la arena en los ojos, el agua tibia envolviendo mi cuerpo. Si me quedo aquí por horas y no salgo más, todo estará bien. Si me concentro en mirar los pececitos y nadar sobre los corales y evitar que las balsas con motor me rebanen, todo estará perfecto.
    En algún momento salgo del agua. Llegan dos alemanas que conocimos la noche anterior. Las dos están en sus veinte. Pienso en mis veinte y en si yo me veía así. No me veía así, no. Lo observo comportarse de la misma forma en que una profesora observa a su alumno preferido jugar en el recreo. Tendida sobre mi pareo me hago la dormida, los ignoro.  En algún momento me despierto porque, oh sorpresa, en verdad estaba dormitando. Está tendido a mi lado y puedo ver lo morena que es su piel. Veinte centímetros, ¿de nuevo? Tan cerca.
  1. Me pregunta si se puede quedar conmigo esta noche conmigo porque no tiene dónde más alojar. Es una pregunta indirecta, incómoda, hecha al pasar, insinuada. Le digo que claro que puede, menos incómoda de lo que me gustaría. Salimos esa noche con las alemanas y conocemos a otro grupo de alemanes y uno de ellos, uno de veinte, no me suelta. Tengo treinta y un años y soy incapaz de deshacerme de un niño de veinte. Quiero aclarar: este niño de veinte tiene la autoestima de un tipo de cincuenta. Cuando le revelo mi edad, lo atrozmente mayor que soy respecto de él, me mira directo a los ojos y me ofrece otro shot de tequila, mientras posa sutilmente su mano en mi rodilla. Miro a E. con cara de perro a punto de ser metido a la ducha. E. asume que me quiero ir con él, con este otro, en vez de con él, delicia francesa. Me rompe el corazón en pedacitos pequeños que aplasto entre mis manos cuando trato de explicarle, sin exponerme tanto, que me quiero ir a dormir, ahora, a mi pieza, con él. “Sálvame”, le digo, y me odio por decirlo.
  2. Me pregunta -de nuevo- si se puede sacar los shorts y dormir en ropa interior. Dios mío. DIOS MÍO. ¿Puede uno grabar mentalmente una pregunta y escucharla todos los días? Esto es tortura. Veintidós, veintidós. Le digo que haga lo que le acomode. Oscar para Verónica, mejor actriz. Se los saca. Me giro al lado izquierdo de la cama, casi al borde. Me tapo. Polera de Jack Nicholson, maravillosa elección de compra, cinturón de castidad improvisado.Obviamente no logro dormir en toda la noche. Juego a hacerme la muerta. Si dejo de respirar puedo sentir cómo su respiración va y viene. Va. Viene. Va. Viene. Me empiezo a marear, empiezo a quedarme dormida. Casi. A punto. Ya.
  1. Me pide disculpas por si hizo algo indebido durante la noche. Mi primera reacción es pensar “¿cómo me perdí eso?” pero luego pienso en las posibilidades. Contrapregunto. Me dice que es sonámbulo. Que se despertó en medio de la noche y se encontró sentado en la cama, hablando. Le digo que nunca me di cuenta y luego me dice, “ah, es que me pegaste como tres veces, como para que dejara de hablar”. Y pienso en P. Pienso que es probable después de años pegándole a alguien para que deje de roncar. Pienso: maldito P.
  2. Es la tercera noche y pasamos por el mismo proceso, solo que no pensé que iba a dormir conmigo porque parecía como que se quedaría con otra gente. Lo asumí de la misma forma en que una madre despechada asume que su hijo prefiere pasar el domingo con otra familia. Y otra vez: la polera de Jack Nicholson, sus boxers, su piel lisa. Entra luz desde afuera así que puedo ver perfectamente su cara. Le gusta hablar antes de dormir y le sigo la corriente, aunque yo soy más bien del tipo que se tiende en la cama y deja de pensar.
    Hablamos sobre el concepto de compartir la cama. Me dice que a veces se llevaba chicas a su pieza y las besaba hasta que en algún momento les decía que no quería tener sexo con ellas, que solo quería abrazarlas. Me mira. Lo miro.
    Le digo: “Mucha gente confunde intimidad con sexo”.
    Me dice: “Sí, pero eso ningún hombre te lo acepta. Mis amigos me tratan de idiota”. Más bien: “meeeis amigorsss me trarrrtan de idiotaaaaa”.
    Yo no soy un pedazo de chocolate bajo el sol.
    Yo no soy un balde de agua derramada sobre un montón de arena.
    Yo no soy una mano que se extiende a largo de un colchón.
  1. Comienzo a quedarme dormida, pero no. Es ahora o nunca. Me giro de derecha a izquierda. Miro su cuerpo tendido sobre mi cama en esta pieza horrible, menos horrible que la anterior al menos. Pienso en las cosas que podría hacerle. Imagino su cuerpo encima del mío. Pienso: tiene veintidós años. Me vuelvo a acordar de mí misma a los veintidós. Me acuerdo de mí misma mordisqueando labios, pensando que eso era sexy. Me acuerdo más chica todavía cuando F. me dijo que le ponía demasiada lengua.
    Calculo:
    – Posibilidades de que sea una buena experiencia
    – Del 1 al 10, grado de vergüenza que sentiré mañana
    – Cualitativamente: expresión facial necesaria a mantener si tengo que interactuar con él mañana.
    Muchas consideraciones.
    Me tiendo de espaldas, pongo la mano izquierda sobre mi pecho, la derecha estirada a lo largo. Me dispongo a dormir y olvidarlo. Es una cosa, un ente, un tronco, un montón de almohadas con una forma humana extrañamente esbelta, pero nada más. Y de pronto esto: su brazo se posa sobre mi brazo.
    Me quedo muy quieta.
    Mi corazón se acelera. No hay novela en esto.
    Mis rodillas –¡mis rodillas, maldita sea!- se tensan.
    Siento que si una mosca volara y se posara en la pared yo sería capaz de percibirla, y él también.
    Siento un peso sobre mi pierna–¿es intencional?- y nos quedamos así un rato.
    Se mueve.
    Sus pies tocan mis pies.
    Nos quedamos así otro rato.
    Y luego de nuevo: mi codo que toca ligeramente su espalda.
    O su espalda que toca mi codo.
    Mi respiración es ligera y me esfuerzo por hacerla más profunda.
    Como si estuviese durmiendo,
    soñando,
    caminado por un bosque,
    hundiendo los pies entre las hojas secas.
    Un bosque
    que se hace
    cada vez
    más
    oscuro
    y
    húmedo.

2 comentarios en “E., 22, ingeniero

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