Fisiología
L. es alto y ancho. No es gordo, aunque  si por algún motivo perdiera unos cuantos kilos, no me quejaría. Es blanco y pecoso y tiene el pelo colorín y ondulado tomado en un moño. Tiene los ojos chicos, un poco demasiado juntos, de un celeste deslavado, casi gris. A ratos, cuando lo miras y está distraído, se ve como una mujer: tiene los labios rosados, las mejillas sonrosadas como si hubiese estado jugando en un prado verde-verde persiguiendo mariposas, la piel suave, el pelo con más brillo que cualquiera de las cerca de veinte mujeres que estamos en el pub. Hay algo en él tremendamente femenino. Hay una mujer gorda también. Es una mole de musculo y grasa con cara de quinceañera.

  1. Se suelta el moño. Lo hace como si fuese algo espontáneo, pero me mira de reojo, esperando mi reacción. Yo me derrito: este tipo tiene una cabellera mejor que la mía. El pelo colorín-rubio le cae sobre los hombros como si en verdad le perteneciera a una joven irlandesa, y no a un australiano de un metro noventa de altura con veintiocho años de vida.
  2. “Yo soy un tipo abierto de mente. Me da lo mismo lo que pase sexualmente, estoy dispuesto a todo. Pero hay límites. Pocos, es verdad. Una vez salí con una norteamericana. Nos fuimos a tomar a un bar y las cosas se fueron dando. Me invitó a su departamento. Jamás diré que no a una invitación así, soy un caballero. Se veía limpio, aunque algo carente de estilo. Empezamos a besarnos y manosearnos sobre el sofá del living que estaba cubierto de plástico. Nos desvestimos. Estoy hablando de una mujer que era, del uno al diez, un siete. Esto no pasa muy seguido, tengo que aclararlo. Me sentía orgulloso, ni siquiera me había esforzado para hablar con ella. En algún momento me metió algo en el culo. No me asusté porque bueno, dejo que hagan lo que quieran conmigo. Me han metido esas cadenas con pelotitas y vale la pena. No, no, no duele nada ¿Te conté sobre la vez que me junté con un actor del musical y nos fuimos a su casa? Fue durante mi época bi. Seguro que te conté ¿No? Bueno, te cuento después. ¿En qué estábamos? Ah sí, me mete esta cosa de forma cónica por el hoyo del culo y luego de bombearlo un par de veces me cagué. Eso no me lo veía venir. En serio, si hubiese sabido que me iba a cagar…Traté de advertirle, pero era demasiado tarde. Obviamente me cagué no solo sobre el sillón, sino sobre ella. Fue como una explosión. Casi me morí de vergüenza. Salí corriendo al baño, no me importó que ella se quedara ahí toda cubierta de caca. Me lavé, no quería salir de ahí. Lo único que podía pensar era en cómo cresta explicarle, cómo haríamos para limpiar todo: el sofá, la alfombra.  No fue intencional, esto nunca me había pasado, cómo puedo remediarlo, etc. Después de eso claramente no podría volver a intentar nada con ella. Un siete, perdido. Ay, y el olor. Mi propia mierda.  Me demoré sus buenos quince minutos en salir del baño. Cuando abrí la puerta vi fue que ella estaba revolcándose en mi caca, sobre el sofá. El plástico. Todo encajó en ese momento. Se tocaba los pechos, se metía los dedos. Lo estaba pasando increíble sin mí. Me dieron ganas de vomitar. Agarré mi ropa lo más rápido que pude y salí en pelotas a la calle. Y la dejé ahí, revolcándose en mi mierda.
    Ahora que ha pasado el tiempo y me acuerdo de esto pienso: si no hubiese sido mi propia mierda, ¿lo hubiese encontrado sexy y lo habríamos hecho igual? Tal vez. “
  3. Me toma en brazos cuando llega a la fiesta de J., mi mejor amigo. En parte por reflejo, supongo, porque acabo de abrirle la puerta y me lancé sobre él, en parte tal vez porque quiere. Jugamos toda la noche a perseguirnos. Pero ese “jugamos” es más bien un singular, porque yo me estoy tratando de deshacer de un turco de ojos azules con un pañuelo al cuello  y chaqueta con parches en los codos, de metro sesenta y cinco y nombre ridículo (se llama Alp), que me tenía interesada hasta que llegó L.
    L. está tratando de conversar con más gente, yo estoy tratando de conversar con él y, por algún motivo no demasiado misterioso, no puedo dejar de tocarme el pelo y cruzar y descruzar las piernas.
  4. Puedo predecir cómo es L. en la cama: como un perro grande de catorce años. Un San Bernardo, un ovejero. Lo que no significa que vaya a ser poco ágil: L., seguro, es capaz de hacer una performance completa, tal vez incluso cantar. Puedo adivinar que rodará sobre mí, que me sentiré ligeramente asfixiada. Tratará de meter sus dedos por cada posible cavidad y yo diré que no al principio y sonará ridículo, porque, ¿por qué no? Podré tocarle el pelo, agarrar un mechón y enrollarlo en torno mi dedo índice y tironearlo un poco y ver cómo se ve a ratos rubio, a ratos colorín. Podré enredarme entre sus piernas lampiñas y blancas y tocarle la espalda y besar sus hombros pecosos y sentir sus dedos –largos y suaves- recorrer mi piel como si se le hubiese perdido algo.
    Pero no. Son las cuatro de la mañana y L. se queda a dormir en el sofá –ya tiene encima un cobertor floreado y una almohada bajo la cabeza- y yo me voy con el turco que se ofrece a acompañarme hasta la puerta de mi casa caminando. Miro a L. desde la puerta antes de irme y al menos me quedo tranquila de que dormirá solo a menos que se le ocurra tratar de seducir a J. Y no creo que pase, no creo que pase. Por favor que eso no pase.
  5. El turco camina a mi lado y yo acelero el paso y trato de dar zancadas largas para llegar luego. Su voz es un hilo fino, aunque no molesto. Hace frío. Llegamos a mi calle y nos besamos a mitad de cuadra. L. tendría que agacharse hacia mí, encovarse o tal vez levantarme. L. no tendría empacho en acorralarme contra la pared de una casa y hacerlo ahí mismo. Somos, con el turco, casi del mismo porte así que es cómodo aunque ligeramente decepcionante: ¿dónde está el tirón de cuello que tengo tan asociado a dar un beso? Las manos de L. se sentirían grandes y abrirían mi chaqueta, levantaría n mi polera, desabrocharían el sostén, apretarían, rasguñarían… distinto a estos deditos delicados que apenas intentan manosearme. El turco tiene el pelo corto y castaño, la piel dorada, los labios finos, una barba larga perfectamente recortada. Se ve como un juguete, como si la mandíbula fuese removible y se le pudiese encajar a otro muñeco. Las barbas son tan molestas para el sexo oral. Por la forma en que me besa también sé que no será un maestro en ese arte. Tiene un cuello que yo, sin hacer mucho esfuerzo, podría romper. Otras consideraciones cruciales mientras presiono mi cuerpo contra su cuerpo: ¿Cómo suena “ay Alp, dale Alp”? ¿Queda bien contar la anécdota: “Anoche me tiré a Alp…”?  ¿Quién puede levantarse al lado de un “Alp” y ofrecerle desayuno o una toalla para que se duche y se vaya lo más rápido posible?
    No yo.

 

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