Fisiología
R. es un hombre con cara de niño. Un niño que comienza a perder pelo y a engordar un poco, lo que resulta chocante. Lo miro y pienso que nunca he estado con alguien tan bello. No “guapo”, ni “buenmozo”, sino bello, inocente, como uno de esos querubines renacentistas. Tiene una cabeza redonda como una pelota de fútbol y hay algo en la proporción de sus rasgos –ojos grandes y algo juntos, boca y orejas pequeñas- que lo hace ver infantil. “Cute” sería una palabra más precisa. Tiene el pelo oscuro, casi negro, ondulado y desparramado, ojos azules, la nariz respingada. Normalmente tiene un aire a frustración, como si todo –desde la ropa en adelante, pasando por el tamaño de las calles- le quedara grande, le faltara ajuste, estuviese un tono menos brillante de lo que a él le gustaría. Como si estuviese tratando de armar un grupo para salir a jugar, pero nadie quiere. ¡Nadie! Como si se pasase la vida en esa brecha entre la pena y la felicidad. Porque R. se conmueve con todo y uno no sabe si es porque tiene una sensibilidad a flor de piel o porque está a punto de estallar. Cuando sonríe los ojos se le achinan, la sonrisa es amplia y honesta, y parece un niño que acaba de decir por primera vez un garabato. Y yo, obviamente, lo veo sonreír la primera vez y caigo, caigo, caigo.

  1. Me cuenta que cuando su mujer, bah, su exmujer, era pequeña solía ir con su abuela a museos y cada vez que iban jugaban a imitar las expresiones de los rostros retratados. Hablamos sobre esto ahora que recorremos de la mano un museo de arte contemporáneo y una cachetada fantasmal me vuela la cara, pero disimulo bien. Concordamos: es una idea maravillosa. Casi las puedo ver: caminan por cada una de las galerías e imitan las caras de los retratos y esas caras implican ciertos estados de ánimo y eso ayuda a entender mejor lo que ese cuadro significa. Obvio. Cómo no se me ocurrió antes. Luego dice: “Nosotros hicimos lo mismo en Barcelona. Tenemos una foto de los cinco imitando…”. Lo miro y sonríe, le sonrío de vuelta y siento mis labios tirantes, resecos. Me perdí el nombre de la obra porque me he quedado manoseando la frase “tenemos una foto de los cinco” como si fuese un objeto que nunca antes he visto: la recorro, la pellizco, trato de desarmarla para entender de qué está hecha, pero no, es una sola cosa, no tiene partes, ni un tornillito como para aflojarla. Le suelto la mano, me alejo, finjo interés en algo que él nunca podrá entender, en un brochazo que no existe, me apuro para pasar a la otra galería, para que no me alcance.
  2. Me dice que trabajó de chef gracias a que mintió en su curriculum. Le preguntaron si tenía experiencia y dijo que sí. Le hicieron cocinar tres platos y quedó. Le encanta cocinar, no le costó. Partió al día siguiente. Después de un par de horas el chef lo llevó a un lado y le dijo: “No tienes experiencia, ¿cierto?”. Y él dijo que no.
    Me cuenta esto y se ruboriza e inclina el mentón hacia el cuello y me mira con los ojos juguetones y siento el impulso de hacerle extender la mano y pegarle en el dorso una, dos, tres veces.
  3. Hay algo tremendamente torpe en la forma en que me toca. Y no sé si es que está nervioso o que simplemente es así: torpe, en el más básico de los sentidos, físicamente torpe. Pero cuando estoy con él recuerdo a tantos otros que también eran torpes en principio y luego mejoraron. Hay fe. Hay cosas peores. Así que me siento al borde de su sofá, dejo que me baje los calzones, que me mire, que se acerque como si entre los dos hubiese un tornado que le dificultara avanzar, que saque su lengua y recorra mi muslo, que su mano se apoye sobre mi pierna de la misma forma en que un paraguas se apoyaría sobre una hogaza de pan. Dejo que me mueva hacia la cama y pienso en cuánto me gustaría tirar con el R. con el que estuve en la librería el otro día, el R. que me muestra cosas nuevas, el R. que me habla de los Grateful Dead, el R. al que se le ilumina el rostro cuando le muestro un libro que me gusta, el R. que se inclina hacia mi cuello porque no puede dejar de olerme. Pienso en R., cada vez que lo veo, con los jeans negros ajustados, con la camisa de cuadritos rojos y negros, con el chaquetón con cuello, R. con su piel blanca-blanca y las mejillas sonrosadas y los ojos azules y fantaseo con que es ese R. y no este con el que estoy ahora.
  4. “Mi mejor amigo era puertorriqueño. Cuando vivíamos en Nueva York se me ocurrió invitarlo porque me parecía inconcebible que siendo arquitecto no conociera Nueva York. Es una ciudad maravillosa. Le escribí un email, dijo que no al principio, le dije que le compraría el pasaje, que se quedaría con nosotros, que no admitiría un no. Luego de un par de e-mails más aceptó. Así que llegó a instalarse con nosotros por unos días. La primera noche tocó la guitarra mientras tomábamos vino. Me sentía feliz por poder compartir con mi mejor amigo y mi mujer, escuchando música, bebiendo, comiendo rico. El mundo era benevolente con nosotros, teníamos suerte. La segunda noche, lo mismo. A la tercera me fui a acostar antes que ellos, estaba tan cansado que no me dieron las energías para seguir. A la mañana siguiente me desperté y mi mujer no estaba a mi lado. Me levanté con el corazón palpitando y abrí la puerta de la pieza de al lado. Estaban desnudos, durmiendo juntos. Los miré un rato. Dormían profundamente. Agarré las llaves del auto y manejé por al menos una hora. Lloré, grité, escuché música, apagué la música. Volví. Conversamos y me dijeron que no lo habían hecho. Lloramos, los tres. Luego de dos días me confesaron que sí. Era obvio, pero necesitaba escucharlo. Luego él se fue.
    Después de un tiempo entendí que era un error. Era un error sufrir por todo eso y era un error mi reacción –engañarla con otras mujeres, y ella engañarme a mí con un par más-. Entendí que éramos amor y que de alguna manera ridícula todo esto que había pasado tenía que pasar. Entendí que no había nada que ninguno de nosotros pudiese haber hecho de manera diferente.
    Sí, parece una película, ¿cierto? Una mala película con un latino que toca la guitarra y se tira a mi mujer en mi casa.
    Después hablé con mi mujer y le dije que si le gustaba tanto debía buscarlo, que yo no me interpondría, que necesitaba verla feliz. Le dije lo mismo a él. Que si querían estar juntos, lo hicieran. Pero nunca lo hicieron. Me dio un poco de pena por ella. Sentí que tal vez ella habría sido más feliz con él”.
  5. – Durante una época experimenté un poco.
    ¿Cómo llegamos a este tema? Supongo que le debo haber preguntado directamente si había tenido sexo con otros hombres. De pronto las 6 cervezas me pegan una bofetada.
    -Tenía un amigo, ese del que te he contado, el que murió, con el que íbamos a bares y nos emborrachábamos gracias a que le coqueteábamos a viejos nos compraban cerveza. Yo nunca me lo tomé en serio.
    – ¿Nunca?
    – No, era una fase experimental. Aunque pensándolo bien, tal vez él sí lo hacía más en serio. Una vez estábamos tan borrachos que un viejo ofreció comprarnos una cerveza si le hacía sexo oral en el baño. Y mi amigo lo pensó. Lo consideró unos minutos. Fueron cinco minutos largos. Luego dijo que no.
  6. Me cuenta que su mujer, bah, su exmujer, estaba saliendo con un artista holandés que era fetichista de pies. Me pregunta si alguna vez he conocido a alguien así. Le digo que no, le pido que me cuente más. Me dice: “Estábamos hablando por teléfono y me contó que habían dejado de salir y que la última vez que lo vio se dio cuenta de que tenía una cosa sexual con los pies. Le pregunté si acaso había descubierto eso porque él se había masturbado con su pie. Me dijo que sí. Que había tomado sus pies y había puesto su pene en medio de ambos y que había eyaculado. Me dijo que le había besado los pies, que los había tocado como no había tocado ninguna parte de su cuerpo. Los dos concordamos en que era muy extraño”. Yo le conté de L. y su experiencia con la chicha americana. Nos miramos un rato. De pronto es como si fuese un error no tener un fetiche sexual.
  7. Se sienta sobre el brazo del sillón, yo me paro frente a él, apoyada contra la pared. Estamos conversando sobre como terminar. Así hemos empezado a funcionar: desmenuzamos cada una de nuestra emociones, la proyectamos en el tiempo, la evaluamos, consideramos cómo surgió, en qué momento empezó a existir y después si es sensato o no mantenerla viva. Estamos muy conscientes. Demasiado.
    No lo hemos dicho explícitamente, pero el hecho de que estemos conversando y no teniendo sexo en este momento comprueba que algo se acaba de morir entre los dos. Él posa su pie descalzo, pero con calcetines, sobre mi pie. Es una presión suave. Es la única parte de nuestro cuerpo que se está tocando. Me mira y no sé qué quiere decir su expresión: ¿es pena? ¿es compasión por mí? ¿Acaso cree que él es el que está terminando? ¿Es este contacto con su pie un premio de consuelo? Veo solo dos alternativas posibles: desvestirlo, llevármelo a la cama, dormir con él, despertarme a la mañana siguiente, hacer como que en verdad nada ha cambiado. Seguir saliendo. Irnos a vivir juntos. Seguir mandándonos mensajes todos los días, discutir de literatura, escuchar nuevos discos, ir a conciertos. Acostumbrarme a su mano sobre mi pierna. Añorar su mano sobre mi pierna. Casarnos. Discutir por tener o no un hijo. No tenerlo. Convertirme oficialmente en madrastra-tía de sus tres hijos. Cuidarlos algunos fines de semana. Salir a tomar café con su mujer, bah, su exmujer, cada tanto. Reírnos a sus espaldas de sus manías. Aprender a quererlo de la manera en que se quiere una cicatriz. Empezar a necesitarlo de la forma en que se necesita agua para lavar platos. O no hacer nada de eso y sacarle el calcetín lentamente, tenderme en el suelo, y quedarme dormida junto a su pie.

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