Un dos tres. Probando. Un dos tres. Probando.

 [Nota para posproducción: ¿Podemos hacer una secuencia de imágenes? No quiero que haya música de fondo, solo ruido ambiente, y al final un suspiro tan suave que parezca un error, un ruido involuntario.
Quiero ver un caballo blanco atravesando, de madrugada, un campo verde, de ese verde que parece demasiado chillón para ser natural. Del caballo pasamos a una niñita comiendo algodón de azúcar con los dedos: nos detenemos en los labios rosados, nos perdemos en el algodón, y luego, de los dedos pegoteados de azúcar, pasamos a un vaso con jugo de frambuesa en el momento justo en que se derrama sobre un mantel blanco. Del mantel blanco chorreado, pasamos a unas sábanas, y del enredo de sábanas pasamos a unas piernas entrelazadas. Todo se disuelve en blanco].

Dale, G., a ver qué sale:

 “Yo creo que para mí el sexo es todos los clichés y todos los no-clichés. Quizá porque soy una weona muy dada al descanso y muy hedonista, todas las weás en contexto cama me resultan muy atractivas y necesarias y me obsesionan un poco. Entonces el sexo, en tanto es en una cama… jajaja. No, pero en serio, yo no podría culear de pie, no solo por lo de la cama, sino porque pienso que sería incómodo físicamente, que tendría tanta tensión puesta en el cuerpo –los huesos, los músculos– que creo que no podría vivir la experiencia completa. Para mí el sexo tiene que ver mucho con la comodidad, con expandirse.

Espera, quiero aclarar algo, porque cuando me escuché decir eso creo que soné como si hubiese tenido experiencias sexuales muy bacanes, o como si viviera el sexo de una manera muy sana, pero el sexo también es un problema para mí. Me relaciono el 90% del tiempo o más desde la racionalidad, y, no sé, la cortesía, desde otros lugares. No soy tan buena para tener pareja. Mi familia es muy protocolar y muy de mantener la distancia, entonces como que la intimidad, sobre todo física, la desnudez, o que el otro descubra weás de mí me pone muy en jaque. Eso obviamente me gusta y me aterra”.

Oye, pero ni que te hubiese pauteado.

Se imprime.

*

Resulta evidente, cuando uno habla sobre sexo, que hay algo más que el contenido de la conversación en juego. Pienso no sólo en estas conversaciones, sino también en otras, privadas, de coqueteo. ¿Cuánto de lo que uno dice es formulado como un personaje y cuánto es crudo, real? Es una diferenciación tonta, claro, porque lo que quiero demostrar es tan parte de mí como lo que quiero ocultar. Hay maneras especiales de movernos cuando hablamos de sexo, formas en que manejamos nuestra voz, insinuaciones calculadas, sobreentendidos amistosos que permiten protegernos.

Protegernos, pero ¿de qué?

*

“Me considero mucho más heterosexual que homosexual o bisexual, pero yo creo que lo más riguroso sería decir que soy bisexual, porque he tenido relaciones con hombres y con mujeres. Me siento más heterosexual, simplemente. Me gustan mucho más los hombres. En igualdad de condiciones, me llama mucho más la atención un weón que una mina. Es como una rareza que me guste una mina.

Mis rollos siempre han sido con weones, jamás me enrollo a priori con una mina. Con los hombres me comporto de una manera estúpida, me pongo en el rol de la histérica, de dar y quitar, de un día sí y otro no. Entro al tiro en esa lógica horrenda.  En las primeras fases de las relaciones soy muy de apresar al weón, muy de dominarlo, y lo que más me engancha es que no me deje hacerlo. Es algo supertóxico y nunca me ha llevado a nada bueno, pero así es. Cuando me gusta un hombre tiendo a ponerlo al tiro en el lugar de ‘el weón’. Con las minas soy mucho más natural, tal vez porque no me interesan tanto. También creo que las leo mejor, y que esa ventaja, en definitiva, es la que hace todo menos obsesionante, para bien y para mal.

Las relaciones que he tenido con mujeres han sido como accidentes. No es que las haya visto y me hayan gustado. Se producen como accidentes. Desde chica que de vez en cuando me como una mina, pero sin cuestionármelo mucho, en realidad, tomándolo como parte del carrete, de la buena onda, todo bien. Desde muy chica tuve la sensación de que era ridículo limitarse a un solo género”.

*

Cuando no estoy grabando es cuando la gente dice las cosas más reveladoras. No es intencional, es un poco como pasa la vida: off the record, cuando ya uno se ha cansado de ser correcto. Así que quiero que pienses en lo que G. no está diciendo. Es la manera más directa de entenderla.

*

“Con las minas con las que he estado ha pasado así: con C., que era una amiga hacía mucho tiempo, un día estábamos carreteando, me fui a acostar, ella se acostó conmigo y empezamos a agarrar. Un par de días después yo me agarré a un amigo de ella y ella como que se enojó, o más bien, como que me hizo una miniescena, weá que yo encontré graciosísima. Ahí empecé a cachar que yo a ella le interesaba. Ella era muy particular. Una loca de patio, más bien, una paciente psiquiátrica. Tenía un montón de enfermedades mentales, un potpurrí que yo, siendo su amiga, conocía, pero sin detalles. Yo sabía que tomaba pastillas, que iba al psiquiatra, que tenía relaciones muy tóxicas con las mujeres, pero cuando empecé con ella no lo tomé en cuenta porque no me proyectaba nada, ni un día. Duramos como seis meses, pero weona, fueron los peores seis meses de mi vida. Fue como poner el pie en una pesadilla y sacarlo seis meses después. Esto fue hace poco, debo haber tenido veinticinco. C. fue la primera mujer con la que tuve sexo completo”.

*

Nos estamos tomando una cerveza y me doy cuenta de que miro a G. de la manera en que uno mira una foto de uno mismo cuando chico. Pienso en ella y pienso en cosas que parecen inconexas, pero la tienen a ella en común:
– nubes que parecen como deshilachadas en contraste con un cielo celeste,
– la manera en que las cortinas de gasa se mueven por una brisa suave,
– una revista sobre los muslos de una mujer con las uñas pintadas de rojo,
– un cassette grabado, con los nombres de las canciones y las bandas escritos a mano,
– pan con palta,
–  Cleopatra.

Sobre todo, pienso en Cleopatra.

(Y también, ¿qué personaje no sería nunca G.?)

*

“Esta es una historia que le encanta a todas las lesbianas a las que se las cuento: antes de C. yo me comía a F., una amiga que me gustaba un montón y todo, pero tal vez desde un lugar más infantil, de una manera más bien platónica. No teníamos tanta atracción sexual. Yo era hiperheterosexual en ese entonces, me comía a muchos weones, pero un día estábamos agarrando y de repente le dije ‘weona, quiero saber cómo es chupar una vagina’. Estábamos en una cama y todo, pero más bien relajadas, agarrando y conversando intermitentemente, no tan embaladas. Quería hacerle sexo oral para probar cómo era, porque me llamaba la atención el acto. Pensaba que era muy distinto a lo que yo había hecho hasta entonces, y esa era una ocasión bastante única porque hacía mucho tiempo que no agarraba con una mujer, entonces era como ‘weón, tengo que hacerla, si no es ahora no va a ser nunca’. No era algo que me generara ni miedo ni ninguna emoción, era como un interés intelectual, no sabría cómo explicártelo. En general cuando se trata de cosas sexuales no tengo intereses intelectuales: es como que o quiero o no quiero, tiene que ver con el deseo. Pero esto fue ‘qué interesante, tengo que hacerlo’.

 Y nada, no fue nada especial.  No es mi pasión hacerle sexo oral a las mujeres, jaja. Pero en este caso la atracción por el cuerpo de ella no era tan relevante. Me atraía en tanto la quería, me conmovía, la admiraba. Después, con C., la mina loca, ahí sí fue corporalidad a full. Y con la polola que tuve después de ella no pasaba mucho”.

*

No sé cuál es el efecto que uno le puede atribuir a las cosas que ve en internet, pero yo quiero aclarar que acabo de ver, sin querer queriendo, dos horas de clips de Elizabeth Taylor en su rol de Cleopatra y creo que mi cerebro ya no funciona.

¿Qué es de la Taylor/Cleopatra que me recuerda a G.?

En mi versión imaginaria, la Taylor está reclinada sobre un sofacito alargado comiendo uvas, mientras un súbdito la abanica con hojas de palma (esta es una Cleopatra tropical). G. podría perfectamente estar tirada –de la manera más elegante posible– sobre una cama divagando sobre su vida sexual y lanzándome Chocapic a la cara como premio si le hago preguntas inteligentes.

 Pero no es solo eso, ¿cierto?

*

“Todo depende de quién es el otro weón y de dónde te posiciona. Me gusta la dominación, quizás es porque soy floja. Jaja. Que el sexo tenga cierto grado de violencia calla un poco el ruido en mi cabeza. No sé qué me gusta hacerle yo al otro. Nada específico.

Las palmadas en el poto no me gustan porque las encuentro un poco últimas. Son demasiado cliché porno. Me importa más la actitud corporal. Cualquier tipo de golpe que no sea demasiado cliché ni dañino, que no implique clínica, me parece bien, jaja.  La primera experiencia de violencia sexual concreta fue algo que yo nunca había tenido: fueron combos en la cara. Muy medidos sí, sin dolor y sin marcas. Pero el gesto me frikeó mucho. Pasó con un weón con el que estuve en una relación muy cercana y ambigua por años, y con el que no me pude acostar bien nunca (en parte, yo creo, por eso mismo). Pero también creo que eso que me frikeó me introdujo a esa lógica. Quizás sentí un goce que no pude codificar en el momento, que no pude interpretar, pero que quedó en mí.

Jamás me he filmado. Me muero. Me da paja filmarme haciendo cualquier cosa. Pero sí, sexting todo el rato. Cuando tuve mi primer pololo, como a los diecisiete, pasé mucho tiempo sin verlo porque estaba castigada, no podía prácticamente salir de mi casa, entonces teníamos puro cybersexo. No tengo ningún reparo con el sexting, pero tiende a fracasar porque me cargan las weás que me dicen. La sensibilidad con el lenguaje es un arma de doble filo, en ese sentido, porque podría tener mucho más sexting del que tengo, me gusta, pero la ordinariez del prójimo… hace poco un weón  – ex de una amiga que me joteaba– me dijo que quería que le obligara a chuparme las tetas y que le dijera que tenía que hacerlo porque eso era muy nutritivo para él. Fue como ‘oye, tengo que irme, chao que estís bien. BLOQUEAR’. Después me empezó a mandar mensajes de texto y le dije como ‘weón sorry, pero ya fue’. No le dije ‘weón erís una weá  insoportable’, pero era lo cierto. Con ese tipo teníamos una cita fijada y yo sentía que no podía vivir un diálogo así en vivo y en directo. Onda, ¿qué voy a hacer? A distancia lo puedo bloquear, pero en vivo, ¿vomitar? Era demasiado para mí.

No he hecho nada de BDSM porque nunca he estado con alguien que esté metido en eso, pero no por falta de ganas. Cosas con el pipí y la caca, no, para qué. Onda he tenido conversaciones, sexting reciente, con mi primer pololo, y claro, nuestro diálogo era relacionado a las weas que habíamos hecho en el pasado, de ahí partía. Y fabulábamos sobre tener sexo anal y la caca implicada, pero por la profundidad del acto, por lo penetrativo. La caca por la caca, no”.

*

Cada vez me gusta más la idea de Cleopatra-Taylor. Será por los ojos cristalinos, será por la piel blanca, será porque parece de otra época. Aunque no tiene explícitamente el desdén de la Cleopatra popular, lo lleva bajo la piel, y es un desdén dirigido hacia la tontera.

La aplaudo.

*

“Con C. me pasó que yo nunca había hecho eso de culear toda la noche, todo el día. Onda, como que se extendiera la weá. Primero porque normalmente no tienes tiempo y segundo porque te satisfaces. Pero con ella podía estar en esa para siempre, sin problema. Como que el tiempo se detenía y estaba ahí hasta que llevaba doce horas sin comer. Nunca he tenido mejores relaciones sexuales que con la mina loca. Nunca he deseado a alguien con tanta intensidad, tan frenéticamente como a ella. Habría estado culeando con ella todo el día. Habría abandonado mi pega. Sentía que era una weá que tenía que hacer, una vocación. Me pesaba el tiempo que le dedicaba a otras cosas.

La relación en la que me metí con ella era tan tóxica y destructiva… es que esa weona me empezó a cagar desde el día uno. Soñada, jaja, lo que tú pensai de una relación soñada. Entonces como que en ese tira y afloja yo justificaba muchas cosas y pensaba que había una forma de resolverlo, como ‘ah ya, esto falló acá por esto y lo puedo resolver  así y va a estar todo bien’. En esa ilusión, en ese enganche de pensar que hay algo que arreglar y que es posible arreglarlo, se me fueron seis meses”.

¨*

 ¿Cómo describir a alguien? Están las cosas básicas: las características de su cuerpo, por la forma de moverse, por cómo ese cuerpo trata a tu cuerpo o se acopla al tuyo. Pero luego hay otras cosas: qué evoca ese cuerpo, esa cara, a qué te recuerda, qué tipo de historia te dan ganas de construir con ella. Qué historias posibles se tejen incluso antes de que haya una.

Es curioso que a veces un rasgo que a todos les parezca tan evidente de nosotros mismos a nosotros no nos defina tanto. ¿Cuánto de lo que los otros ven en nosotros es algo que queremos que vean? ¿Cuánto se nos escapa? ¿Cuánto es fantasía del observador?

Entonces pienso en nosotros, en todos nosotros, conectados a veces a pesar nuestro. Obligados  –a veces de buena gana, otras no tanta– a reconocer que los otros son parte de nuestra historia.

*

  “Yo tengo muy mala memoria. Así, mal. Me demoraría un rato en pensar cuál es mi primer recuerdo sexual… A ver, ah mira, yo tenía una compañera con la que siempre nos contábamos historias sexuales. Al principio eran cosas que habíamos escuchado o que habíamos leído o que habíamos visto. Y después empezamos a inventar. Las dos sabíamos que eran mentiras, pero las contábamos como si fuesen una historia, era como ‘cacha que el otro día…’. Nadie nunca le dijo a la otra ‘ya, ¿vos cachai que estamos inventando todo esto?’ ni nada. Esto tiene que haber sido en sexto básico.

 De hecho después, con esa weona, como que agarrábamos. Ella me invitaba mucho a su casa, o a que me fuera con ella al campo o a la playa, cosas así, y yo me acuerdo de que yo no me sentía tan cómoda. Era físicamente agradable, pero había algo que me topaba, no era necesariamente culpa, de hecho yo creo que era que yo sentía que de su parte había una especie de dominación. Tengo el recuerdo de haber intuido que ella tenía orgasmos y yo no, porque cuando ella quería parábamos, siempre. Después tuve una vecina con la que pasaba algo similar, pero no recuerdo haber agarrado. Sí habían muchas conversaciones sexuales, o juegos que tenían una tensión sexual que a mí me resultaba extraña. Tampoco me sentía tan cómoda con ella, aunque no recuerdo bien por qué. Ella sí tenía un carácter muy muy fuerte, pero no era el mismo tipo de dominación física.

Soy muy poco romántica para acordarme de primeras veces y cosas así. No me acuerdo de mi edad, pude haber tenido quince. Fue con un amigo. Con el tiempo me he preguntado si él también era virgen. No le voy a preguntar ahora porque tiene una guagua con una mina muy celosa que hace shows en los carretes. Fue cero dramático, fue como llevar la amistad un poco más lejos no más. No fue como ‘oh, perdí la virginidad’. Muy tranqui”.

*

Yo, como G., me olvido. Me olvido de cosas, no sé si es por distraída, práctica, taimada, un poco de vergüenza o si es que simplemente que me parecen tan lejanas que ya no las revisito en mi memoria.

Antes anotaba las cosas apenas pasaban, anticipando el olvido.

Me pregunto si esto de escribir sobre los otros no es sino una manera de rescatar cosas que ya tenía enterradas.