La puerta se abre lentamente. Mi mano derecha está anclada en jarra a mi cintura, la izquierda está hecha un puño. Es sólo por si acaso: tengo que estar preparada. No he hecho esto antes y no tengo una explicación lógica para justificar por qué lo estoy haciendo ahora. Con “esto” quiero decir que no me expongo a ir a la casa de alguien a preguntarle sobre su vida sexual. En el lapso de tiempo en que la puerta se desliza hacia adentro y él aparece como una sombra demasiado alta considero darme media vuelta, decir que me equivoqué de departamento, esconderme en las escaleras de emergencia.

Fijo la mirada en un horizonte que no alcanzo a distinguir bien y doy uno, dos, tres pasos.

– Estoy adentro, ¿me escuchas, Perro Loco? Pollo Silencioso aquí, sana y salva. Todo se ve OK. Sin amenazas a la vista. Cambio y fuera.

 Pfxs-pfxs-pfxs-pfxs-pfxs. [Así suena el ruido blanco en mi cabeza].

Camino como si fuese territorio minado. Tal vez lo es. No hay nada más amenazante que lo que parece inofensivo.

El departamento es acogedor, debo reconocerlo. La luz cálida del sol de la tarde baña las paredes. A mi derecha hay una mesa de comedor sobrepoblada por libros y papeles sueltos. A la rápida miro en 180° y distingo una guitarra eléctrica con una calcomanía del Che, una guitarra de palo, una bicicleta, una cámara fotográfica.

– Defensas musicales atacadas en cuatro frentes. ¡Atentos, soldados! Inoculación sensitiva en acción. Cambio y fuera.

El living está dominado por un sofá naranja de esos que invitan a tenderse y no levantarse más.

– Atención, alerta amarilla, repito, alerta amarilla, manténganse en posición.

Me siento al otro lado de la mesita de centro –adornada con tres suculentas pequeñísimas y un cerro de monedas de diez (y cuando digo cerro, quiero decir “cerro”: ¿cuánto tiempo ha tenido que transcurrir para poder acumular tantas? ¿Cuánto tiempo entre la primera y la última? Terror).

-¡SOLDADOS! ¡Canten nuestro himno antiderretimiento! LALALALALALAL LA LA LALALALALAL LA LA NO NO NO NO NO ¡NOOOOOO!

Para acomodarme muevo a un lado otro montón de papeles, entre los que distingo un guión (“¡John!”, simpre pronunciado como nombre en mi cabeza) que hojeo como si pudiera alcanzar a entender de qué se trata. Levanto una ceja -o intento levantar una ceja y acabo frunciendo el ceño- y lo miro con aire de conocimiento absoluto.

– Estoy ganando tiempo. Me queda poco oxígeno, compañeros. Envíen refuerzos. Díganle a X. que lo amo y que nunca le perdonaré no haberse quedado conmigo.

A mi derecha hay uno de esos muebles diseñados para ordenar y mostrar una colección de CDs y cassettes. Es de diseño tan noventero que me da un poco de dolor de cabeza. Alcanzo a identificar el Unplugged de Los Tres y una colección de cassettes grabados de Chancho en Piedra. Repito: “una colección de CASSETTES grabados de Chancho en Piedra”.

-Armas en suspenso hasta próximo aviso. Estamos bien. No conozco al sospechoso, pero ya sé de dónde viene.  Descansen. Ah, y no envíen ese mensaje a X., por favor.

*

Me pregunta por mí. Quiere saber qué, cómo, por qué. Le doy la respuesta que le doy a todo el mundo, una respuesta antiargumentos, razonable, seca, probada en cientos de miles de otros sujetos que han intentado destruir mis supradefensas:

– Saber lo que yo pienso sólo te puede jugar en contra.
– ¿Por qué?
– Porque vas a adaptar tus respuestas, vas a querer caerme bien.
[Inoculación verbal enviada, cambio y fuera. Creo que estamos a salvo].

Me mira, ladea la cabeza y dice, muy serio:

– No.

Y en ese mismo minuto me empieza a caer bien.

[¡Aleeeeeeerta rojaaaaaaaa, aleeeeeeeeerta roja! ¡Estoy perdiendo la comunicación! ¡Perro Loco, Toro Sediento, ¿me escuchan?!].
Pfxs-pfxs-pfxs-pfxs-pfxsssssssssssss.

*

Tiene distintos nombres, según él.

“Cada uno inventa una forma que le acomoda para nombrarme. Por alguna razón la gente lo hace naturalmente. ¿Es normal eso? Ah. ¿Yo? Yo lo encuentro exótico”.

Lo miro como se mira una joya que no te puedes comprar o una foto de una época que no alcanzaste a vivir. Hay una brecha grande entre ambas formas de mirar, pero lo que las hace similares es lo que I. genera en el interlocutor.

El interlocutor: yo.

Yo, la indefensa.

Obvio que pasa, me digo, como si estuviese tarareando mentalmente el coro de una canción infantil: obvio que la gente le inventa nombres. Es lo mismo que pasa con las guaguas y los cachorros.

*

“Mi tendencia sexual es heterosexual aburrido. Las mujeres son medias complejas, medias cacho”.

Cuando alguien dice “las mujeres” en cualquier tipo de construcción gramatical se me erizan los pelos. Pero la forma en la que él lo dice me hace sentir que los dos opinamos lo mismo sobre las mujeres, como si yo fuese la excepción. Como si yo fuese parte de su bando. Nuestro bando. Hemos recorrido los mismos caminos, ya no nos vienen con chicas. “Las mujeres”, como si ellas fuesen otra cosa, nativas de tierras con una geografía incomprensible: acantilados y bosques y desiertos y cascadas y cerros con cuevas húmedas (uhhhh, húmedas), todo en solo un kilómetro a la redonda. Agotador, nadie puede. Ellas, las que hablan una lengua extraña que nosotros nunca aprendimos y nosotros, los que luego de años de esfuerzo, confundidos y descorazonados, decidimos rendirnos y abandonar la aventura, hablar nuestra propia lengua, lloriquear un poco por cómo salió todo mal y a pesar de haber puesto todo nuestro esfuerzo, mientras tomamos una cerveza, todos los días, a la misma hora.

Ay, pero cuidado. Cuando esto pasa –lo de sentir que te entregas sin reparos al punto de vista de alguien más-  hay que tomar medidas. Hay que preguntarse:

– ¿Está el tipo usando triquiñuelas para convencerte, para validar su opinión?
– O, ¿es lo que dice, acaso, irrefutable? (en este caso: nada que hacer, ríndete)
– Y: ¿qué tan bajo andas volando, nenita?

*

“Tuve una relación de ocho años y cuando terminé, que fue recién el 2012, fue como empezar de cero. Era como si nunca hubiese entendido nada de las relaciones humanas amorosas. Cuando era chico estaba pendiente de cosas como por qué estamos vivos, por qué nos morimos, y de repente, cuando tenía veinticinco años, terminé y salí al mundo y me di cuenta de que nunca caché cosas básicas, como el lenguaje sexual o la forma en que te mira la gente que está interesada en ti. Eso lo empecé a cachar hace muy poco. Terminé porque sentía que faltaba algo y que si no entendía qué era lo que faltaba podía quedarme en algo muy cómodo, pero sin saber. Y cuando lo hice me di cuenta de que faltaba caleta. Una cosa alucinante.

Viví afuera de Chile y cuando volví, para que no me pesara el regreso, decidí vivir como un turista en Chile. Me empecé a entregar a la ciudad y a sumergirme en el under. Salía caleta solo, exploraba la ciudad nocturna, diurna, extraña. Dentro de eso me tocó ir a mucho after gay, mucha redadas policiales con travestis y cosas así, y ahí empecé a darme cuenta de que mi presencia podía generar un atractivo, porque el homosexual llegaba y se me acercaba de una. Socialmente ahí yo jugaba el rol de la mujer que está en la disco y a la que se le acerca un weón. Yo estaba carreteando y ellos llegaban y me empezaban a decir cosas. Alguien te había mirado mucho rato y después iba y te lo decía. Sería bacán si eso pasara con las locas. Igual me ha pasado, pero en un porcentaje muy ínfimo, y según mis amigos no pasa casi nunca.

Por eso: soy heterosexual, pero estoy aburrido. Aburrido del pimponeo social obvio. Me aburre el trámite de sí, quiero, pero no. Esa wea es una lata. ¿Para qué esta cosa de dos pasos para adelante, pero después quedarse y no hacer nada?

Hace dos días una loca va y me dice ‘¿oye, cuándo nos vemos?’. Y yo le dije ‘no sé po, ahora. Vamos a tomarnos una chela’. Y me dice ‘no, es que estoy enferma’. Bueno, ya, filo. Después voy a un bar y me la encuentro ahí. ¿Para qué? ¿Para qué hacís toda esa wea? No me digai eso. La vida es corta y te puedes morir en cualquier segundo, hay tantas weas importantes en las que enfocarse y tantas cosas en las que sumergirse en vez de estar tratando de entender esas tonteras”.

*

Sentada en su living, frente a él, rodeada de sus cosas, me pregunto cómo. Es un hombre más o menos entero, más o menos organizado. Pienso, al mismo tiempo, que a ratos es como hablar con un cabro de quince años. Luego recuerdo que tiene mi edad y me dan ganas de advertirle que será un caos, que yo llevo años nadando en esta piscina mohosa con pececitos de colores y aquí estoy. También me dan ganas de cachetearlo.

 [No nos quedan defensas ya. Nos estamos tatuando sus signos tribales en la cara, estamos moviéndonos al ritmo de sus tambores, le estamos inventando un nombre, ¡maldita sea! ¿Cuándo llegarán los refuerzos?

Biiiiiip Biiiip Biiiiip. Pfxs-pfxs-pfxs-pfxs-pfxs.

Nadie puede pelear una guerra con walkie-talkie. Esta batalla ya estaba perdida].

Si eres como yo, apenas escuchas a alguien decir de manera honesta que está colgado tratando de entender el mundillo de citas-sexo-amor, entonces sientes la urgencia de pasarle veintitrés lomos enciclopédicos sobre el tema y educarlo antes del desastre. Eres de los que quiere hacerle entender que contar que no entiende sobre esas cosas es como andar sin calzones por la calle y llevar un Post-it pegado en la frente avisándole a los transeúntes. Si eres como yo, la franqueza de la gente como I. te angustia. Si eres como yo te dan ganas de adoptar a I., protegerlo, llevártelo de viaje a un país lejano, darle otra identidad. La gente suele ser menos concha de su madre con los turistas (a menos que “la gente” sea un grupo de taxistas). Ahí tendría una oportunidad de supervivencia. Tal vez ahí lo podrías entrenar en los códigos. Tal vez luego de quince años de reseteo estaría listo.

Quince años.

Si eres como yo sentirás la urgencia de evitarle lo inevitable.