Me desarmo voluntariamente. Siempre llega un momento en el que hay que hacerlo porque es la única manera de conocer a tu contraparte. Hay un punto en el que debes obligarte a fingir, aunque sea por un minuto, que no tienes la pistola en la mano, que no estás lista para salir corriendo, que no has practicado de antemano la despedida. Me ha costado entenderlo porque uno se siente mejor si va a todas con el chaleco antibalas, pero es latero: es difícil bailar con el chaleco puesto. Es difícil dar la mano si tienes una granada. Por lo mismo me obligo a dejarla de lado por un rato y a actuar como si sólo fuésemos dos personas conversando en un living, con un cerrito de monedas de diez en medio de nosotros.

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“Yo soy muy sexual. El sexo es una constante, está presente a diario. Quizás lo siento así porque es algo que tengo pendiente: si el ser humano está divido en mente, cuerpo, sentimiento e intuición, mi camino ha sido priorizar la mente y la intuición. He estado toda la vida mirando desde un rincón. Me he pasado la vida preguntándome por qué puedo mover la mano y luego moviéndola. Cuando era más chico no estaba pensando en ir a bailar, lo encontraba fome. Lo sigo encontrando fome. En términos de frecuencia de encuentros sexuales, me gustaría que pasara no sé, día por medio o todos los días, pero no hago mucho para que pase.  Soy super sexual en ese sentido, pero si no tengo pareja no estoy desesperado, no salgo corriendo a buscar a cualquier ser humano. Ahora no hay nadie, hay gente, pero no es gente que me interese. La última vez que tiré fue hace cinco meses y no me pesa tanto. Un exceso de sexo sería si empezara a ser reiterativo.

Un amigo me dijo ‘bájate Tinder, Tinder es como Facebook, ahora todos los tienen’, y fue como ‘puta, si es como Facebook, sí’. Y lo bajé y no entendí eso de estar viendo gente en un catálogo. No pude, tuve que borrarlo, lo encontré muy raro.

Hace un par de años estaba muy metido en un rollo conmigo mismo porque no entendía cómo me veían los otros. Yo pensaba que no me resultaba con la gente porque yo no era una persona atractiva. Entonces entraba en una vorágine súper cuática, pensando que no iba a conocer a nadie en ninguna parte. Si iba a bailar los códigos eran tan notorios que era fome, no había juego porque estaba todo ahí. Y dije ‘ya, si en verdad no hay ningún lugar donde conocer a alguien, cualquier lugar es bueno para conocer a alguien’, entonces empecé a parar a la gente en la calle. Antes de hacerlo lo conversé con mis compañeros de colegio, todos ingenieros, y todos me decían ‘weón, esa wea no va a pasar, obvio que si alguien se te acerca en la calle decís que no’, y todas esas tonteras. Y al día siguiente, iba en el metro medio encañado y me topé a una loca y quise acercarme, pero me dije a mí mismo que no, y al mismo tiempo pensé que si no lo hacía iba a estar de acuerdo con esa manga de gente. Ella se bajó, se iban a cerrar las puertas y yo me bajé, la alcancé y le toqué el hombro. Y ahí entramos en una situación que igual es un cliché: ¿qué le iba a decir? Había hecho todo eso de seguirla, ¿para decirle qué? Le dije: ‘vamos a tomarnos algo’. Y la loca me miró así como ‘¿ah?’. Y le dije: ‘vamos a tomarnos algo, aunque sea un vaso de agua’ y ella me preguntó por qué y yo le dije ‘porque te vi y no sé por qué estoy haciendo esto’ y le dije que sabía que era un absurdo, que era super ridículo. Y ella me dijo ‘es que no te conozco’ y yo le dije ‘pero por eso mismo po, si no vamos, ¿cómo nos vamos a conocer?’. Para mi sorpresa esto funcionó todas las veces. Fue un descubrimiento interesante. Era un ejercicio, un experimento, pero lo dejé de hacer cuando lo entendí. Tengo un problema con eso.

Lo bueno: me di cuenta de que no parezco un violador que te va a matar. Todas me aceptaron, me abrieron su puerta. Eran todas muy distintas entre sí. Una loca era española, otra era del sur, unas eran muy cuicas, otras de otros lugares para nada cuicos, entonces fue como un variopinto de seres humanos que me dejaron entrar. La conclusión fue ‘puta, soy empático, la gente me cree’. Yo les preguntaba sobre eso y me decían ‘es que te miraba y como que no podía desconfiar’. Eso fue bacán. También entendí que no soy repulsivo, me quité eso de encima. Y entendí que todos queremos ser notados en la vida y que es muy bonito que tú vayai caminando un día cualquiera y alguien te toque el hombro y te invite a tomarte un jugo sólo porque tú estabas ahí y te vieron y de repente te volviste un humano dentro de esta masa de gente y cosas. Pero como ya lo entendí siento que sería hacer trampa usarlo a mi favor, porque sabría qué decirle a cada persona para hacerla sentir importante. Dejaría de ser un experimento, un descubrimiento, y pasaría a ser una técnica de manipulación. No me gusta. Creo que si aprendemos cosas no es para manipular a nadie, sino para hacer mejor las cosas. Encuentro feo eso y me aburre la idea”.

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No quiero decir que si todos pensaran como I. en este aspecto el mundo sería un lugar mejor, pero: si todos pensaran como I. en este aspecto, el mundo sería un lugar mejor.

Hace poco menos de un año estaba en otro país, en la pieza de mi mejor amigo, esperando a que organizara las cosas para ver una película. Estaba mirando su biblioteca y entre los libros vi había uno que sobresalía: era el (lamentablemente) famoso The Game, de Neil Strauss. (Porque yo me he pasado la vida viviendo bajo una roca no sabía que este libro es la biblia para algunos hombres que ansían conseguir mujeres. Es el equivalente a un rito de iniciación tribal, pero en este caso es para pasar de virgen a saco de pelotas). Después de hacerle bullying a mi amigo, de escuchar sus excusas y justificaciones por tenerlo en su biblioteca y el por qué no lo estábamos quemando ahora mismo en el jardín, luego de leer unos pasajes en voz alta sobre las técnicas sugeridas –negging, peackoning y un largo y horrible etcétera,- y reflexionar sobre si alguna vez alguien había ocupado conmigo alguna de esas estrategias, nos pusimos a ver la película y me olvidé del asunto. Fast-forward a este año, hasta hace unos cuatro meses atrás cuando de vuelta en Chile y volando bajo, muy bajo, acepté a ir a una cita concertada por Tinder y estas fueron las joyitas que me tiró el sujeto a lo largo de la noche:

-“¡Ahhhh eres súper chica!” [Dicho por un sujeto que medía menos que yo con tacos, apenas me divisó a lo lejos –tuvo que gritarlo un poco- y antes incluso de saludarme].
– “Oye, pero espera, pensé que ibas a ser más chistosa ¿Por qué no eres más chistosa?”. [Dicho cuando llevábamos dos minutos en el auto y me rehusé a contarle un chiste].
– “Eres muy parecida a mi ex…con la que me iba a casar….cuando tenía como veintiséis. Tal vez eres como ella de personalidad. ¿Eres enojona?”. [Mirándome como si yo estuviese naturalmente desenfocada -pensar en Mel (Robin Williams) en Deconstructing Harry-, luego de que le preguntara si tenía algún problema con mi cara].
– “Tienes…como….un….gesto….como un gesto….de…de…de vieja. Pero no es terrible. O sea, es como chistoso. No te ofendas”. [Dicho luego de unos eternos quince minutos de preguntarle qué cresta era lo que pasaba ahora].
– “Ese que está tocando [señalando al escenario donde había un músico] es mi amigo psicoanalista. Llevo quince años en terapia”.
– “Pucha, y ¿qué vamos a hacer con esto? ¿Con nosotros? [¡¿NOSOTROS?!] Como que yo te quise toda esta semana antes de conocerte, pero ahora te veo y…no me pasa nada. ¡NADA!”.

Me quedé porque no supe cómo tomarlo. ¿Con qué me iba a salir después? Sentía curiosidad. No me acordé de The Game enseguida, sino un par de días después, cuando les actuaba a mis amigas el diálogo y una imagen se me vino a la mente: era un collar de perlas de fantasía. Cada perla plástica estaba cubierta con un esmalte barato, amarillento, hiladas entre sí por un hilito fino, una vocecita de niño que repite una y otra vez la misma pregunta.

¿Será necesario explicitar que esta no ha sido la peor cita de mi vida? Sí, está dentro del Top 10, pero no es la peor.

Soy una sobreviviente.

También: yo besé a ese tipo. Así de débil. Guárdate la piedra, yo ya me sepulté.

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“La palabra técnica es el problema, porque implica carencia de sorpresa. La carencia de sorpresa es lo que termina matando las pasiones. Y también me pasaba que cuando me metía por la noche con seres humanos azarosos era más grande el vacío posterior que la gratificación inmediata. Eso es una estupidez. O sea, si es peor la caña que haberme tomado una wea, entonces no está funcionando. El criterio está fallando.

Mi vida sexual es intermitente, estoy tratando de que funcione mejor. He estado pensando últimamente que por mi forma de ser atraigo a seres que están confundidos. Todo esto que te estoy diciendo lo puedo hablar también con una amiga y después, como resultado, le parezco atractivo. Pero esa persona sigue manejando los mismos códigos, a pesar de que diga que quiere romper los códigos. Pero al menos ya no siento que es un rechazo hacia mí y siento que la persona no sabe qué mierda quiere. Entonces mi respuesta ahora es como ‘cuando querai, avísame. Chao’. Entonces estoy más concreto, más seguro. No perdamos el tiempo, loco, la vida es súper corta. Saquémosle el jugo, por todos lados, está lleno de weas muy bacanes. Está lleno de caminos por recorrer.

Es como lo de los cineastas que dicen ‘estoy haciendo videos institucionales por ahora, pero después voy a hacer mi película’ y pasan los años y se quedan ahí. Dicen una cosa, pero al momento de demostrar no pasa nada. Todos queremos el riesgo, pero mucha gente cuando tiene que demostrar que es capaz de tomar el riesgo no da ese paso. Porque, ¿qué tantas cosas arriesgadas han hecho de verdad las personas comunes y corrientes?”.

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Ay, I., ¿de qué estamos hechos si no es de apariencia?

Miro a I. y lo entiendo tal como se entiende un ejercicio matemático al que ya le viste la solución, pero que no puedes resolver por tu cuenta.

Mírame: aquí estoy yo jugando a la escritora. Aquí está él jugando al chico honesto. Acá estamos nosotros jugando a que somos mejores que el resto: más honestos, más reales, más sufrientes, más sencillos. Y acá estoy yo de nuevo, adaptando lo que él dice, acomodando, recortando, reescribiendo. Tecleando, tecleando, tecleando y luego volviendo atrás a reescribir.

La mejor versión de mí misma es la que soy capaz de escribir como si no quisiera escribirla.

I., ¿cuál es tu mejor versión?

I., acá hay un cordero y una serpiente.

¿Cuál eres tú?