Cuando yo era chica había una serie de monitos de Heidi que solía ver. Esta Heidi, contra todo pronóstico, era en versión anime. A mí me gustaba Heidi como personaje, pero también me chocaba que fuese tan tremendamente feliz. TAN feliz. Pongámonos en contexto: cuando tienes nueve años y tu vida te parece el motor dramático que mueve al universo y te pones a ver en la tele Heidi mientras comes una marraqueta tostada con palta, la sumatoria de felicidad y energía positiva de la niñita bidimensional no te da. He ahí una niña huérfana a la que llevan a las montañas a vivir con un abuelo huraño al que sólo se puede ganar a punta de amor gratuito y machacar contra el rechazo, y cuando al fin ya todo va bien y tiene un mejor amigo –Peeeeeedrooooo- y su abuelo es cariñoso, la llevan de vuelta a la ciudad a cuidar a una niña inválida que es súper infeliz y está deprimida nivel Dios, etcétera, etcétera, etcétera. A pesar de todo eso Heidi parece la manifestación de la felicidad envasada a presión en un cuerpecito de menos de medio metro. Incomprensible.

Hay gente que tiene lo de Heidi. Gente a la que la buena onda le brota por los poros, sea cual sea la circunstancia. Gente que parece salida de una serie animada. L. es de ese tipo de gente. ¿Se han dado cuenta cómo la gente súper feliz como que no envejece? L. parece tener quince años, pero tiene veinticinco. Una vez conocí a una coreana que tenía cuarenta, pero que parecía de veinte y todavía no me recupero del shock. Y ahora que hablo con L. y la miro y escucho su voz cantarina y la forma en que se expresa pienso que será así, como la coreana: de esas mujeres que uno tiene que mirar por largo rato para descifrar qué edad tienen, buscando pistas poco confiables como canas o manchas de sol, mirándoles las manos para verificar si se les asoman las venas.

*

L. es bajita como yo, tal vez incluso un poco más. Es lo que las abuelas llaman “menuda”. El pelo negro ondeado, sin ser crespo, le llega a media espalda. Tiene la piel blanca, los ojos café oscuros, los labios rosados. No puedo pensar en ella sin imaginarla sonriendo. Creo que nunca la he visto totalmente seria e incluso ahora, cuando trata de ponerse seria, se ve como un niño imitando la seriedad de un adulto: frunce el ceño un poco, se hace un silencio profundo que hace que a mí me de risa porque es como si alguien le hubiese puesto stop, es un silencio que genera vacío y que cada tanto me obliga a preguntarle si está bien y consciente y no ha caído en un espiral de ensimismamiento. Pero seria-seria, seria-negativa, seria-aplanada-emocionalmente, no. Y claro, L. está dentro de mi colección de licenciados en literatura. Mi colección favorita.

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Cuando conocí a L. la odié.

No, es mentira, obviamente no la odié, pero sí en la medida en que uno odia lo que no es. Ay, la envidia. Déjenme replantearlo: cuando conocí a L. yo no estaba pasando por el mejor momento de mi vida. No sabía qué quería, ni quién era ni para dónde iba –sí, sí, acabo de resumir la vida de todo adolescente o veinteañero mamón- y un día llegó L. a mi vida: L., muerta de la risa, L. generosidad infinita. L. chistosa incluso cuando no quería ser chistosa. Y caché que yo estaba medio muerta por dentro, porque la gente que está tan viva tiene ese efecto: te remece y te hace querer lo que ellos tienen. “Envidia sana”, dirían algunos. Yo creo que era envidia a secas, pero ya está.

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¿Por qué uno asume que la gente alegre no se cuestiona nada mucho? Está como ese estereotipo –del que yo abusé todo lo que pude en esa época oscura- de que las personas deprimidas son inteligentes, o viceversa. El supuesto contrario es que las personas alegres son “livianitas”, que no se enrollan por nada. Que son felices precisamente porque no se enrollan por nada. Qué sencillo sería si fuese así.

¿Abrimos la cajita de Pandora?

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Le pregunto: “¿Qué es el sexo para ti?”

Un silencio empieza a crecer. Del tipo de silencio que les comenté antes. Parte como un tallito verde y tímido que luego se va desenredando hasta extenderse y convertirse en un enredadera, y poco a poco empieza a cubrir el suelo de verde, luego sube por mis pies, alcanza mis rodillas, llega a mis caderas, envuelve mi abdomen, se extiende por mi espalda. Me preocupa que después esta habitación sea solo un rectángulo verde, que si alguien abre la puerta lo único que encuentren sea eso: una enredadera tupida. Verde, verde, verde. Nada más.

Después de un rato largo, tan largo que ya casi he desechado la pregunta, dice: “Yo creo que el sexo para mí es la misma pregunta que me estai haciendo: ¿qué es el sexo para mí?”.

*

Entrar en un bosque y no poder salir de él. Ese era uno de mis miedos cuando chica. Perderse en un espacio abierto donde no hay una dirección correcta, donde cualquier camino puede servir, sin puntos de referencia. Hablar con L. tiene ese vértigo: ir corriendo con el corazón palpitando, los gritos de otros niños a lo lejos, alguien que se ríe, la respiración cada vez más pesada, seguir corriendo, seguir corriendo, seguir corriendo, hasta parar de plano y darte cuenta que hace rato estás solo, que lo único que hay a tu alrededor son árboles y piedras y más árboles y más piedras.

*

“Cuando entré a la U me hice amigas lesbianas y empecé a preguntarme qué onda este mundo, como que me daba curiosidad. Y un día me dio mucha pena porque como que empaticé mucho con la wea… puta hay muchas personas que no pueden salir del closet por las familias… y weona me puse a llorar. Sola. A veces lloro por causas perdidas. Onda por la basura. De verdad que es un tema que me complica. Cuando empiezo a pensar en toda la basura que hay en el mundo me complico. ¿Nunca has pensado en toda la basura que hay? Bacán que no llores por la basura, porque no se puede hacer nada. Nada. Lo mismo con los vasos plásticos… bueno, esas causas perdidas me hacen llorar. Entonces cuando lloraba por los homosexuales y las lesbianas me empecé a acordar sobre cuándo había sido la primera vez que me calenté. Llegué a ese recuerdo porque dije ‘por algo estoy llorando, algo me tocó’. Y weona me acordé que la primera vez que me calenté fue a los diez años con una vecina. Porque estábamos jugando al papá y la mamá y yo era la mamá y estaba el hermano de ella que era nuestro hijo y ella como que me daba besos por el cuello o se acercaba no más… Y yo le sentía su perfume, su olor, y fue como ohhhhh y aparte porque claro, ella era un poco masculina y weona ahí…y de ahí ya tengo una laguna mental hasta los veinte. Pero esa wea fue como ‘wow’”.

*

Trámites: ir al banco, ir al supermercado, ir a buscar algo que no es para ti específicamente o ir a buscar algo que no te interesa tanto. A veces yo considero trámites esos actos intermedios que no son actos placenteros en sí mismos, sino que son medios para llegar a un fin: ducharse antes de ir al trabajo (para estar limpia), depilarse (para no tener pelos), comer (para no tener hambre). Hay un cruce eso sí: ducharse y comer pueden ser actos placenteros. Y me acuerdo de una tía que me decía que le encantaba ir a depilarse. Entonces un trámite puede volverse placentero y algo placentero puede volverse un trámite. Considerar:

  • la influencia del ánimo/ emoción para poder disfrutar la experiencia
  • la relatividad de los hechos cada vez que son sujetos a la persona
  • el riesgo brutal de dejarse invadir por ciertas emociones o mecanizaciones
  • el trámite como mecanismo de control vs. el placer como mecanismo de adaptación.

Me agoté.

*

“Yo me inicié muy tarde. Siempre buscaba el momento, era como un trámite. Yo buscaba la instancia con cualquiera: con condón, sin condón, con quien fuera, pero que pasara. Hasta que una vez estando de viaje conocí a un weón muy rico una noche, onda exquisito, como Jim Morrison que es el weón que yo amo, y fue el primer weón que me juzgó por no poder penetrarme. Con los otros yo siempre tenía una excusa: ‘Ay no, estoy nerviosa’ o ‘Ay no, no quiero’… por eso yo en general tengo relaciones sólo de una noche: porque me acomodan, porque así no tengo que justificarme.

Bueno, con este weón nos fuimos a su casa e intentamos culear y no podía. Él era como súper insistente y muy rico. Yo corporalmente estaba lubricada, muy caliente, y él me preguntaba ‘¿Qué onda, qué onda? ’ y yo ‘no sé, no sé’ y me fui. Me puse a llorar, sabía que el weón no me iba a llamar. Yo me iba en dos semanas, volvía a Chile… Como que yo siento un poco que los hombres valoran a las minas por el sexo. Yo tengo amigas que yo pienso que deben ser muy buenas en la cama y que por eso los hombres las siguen. Creo que es súper importante y como no me considero buena, lo evito a toda costa”.

*

Hablo con L. y pienso:

Cosas que he perdido

Cosas que quería perder Cosas que echo de menos Cosas que no me arrepiento de haber perdido
Inocencia / Ingenuidad en cantidades industriales

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Virginidad

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Vivir sin pensar en el futuro

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Fe incondicional en las personas y su capacidad de mejorar

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Tiempo

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*

“Perdí la virginidad oficialmente a los veintitrés con un weón en Chile y costó, porque ahí lo tuve que hablar. Nunca lo había hablado antes, porque con los de una noche no se daba. Había weones con los que me ponía a llorar, pero no entendían. Me acuerdo una vez en un carrete con un gallo que era piloto y que no sé, me debe haber en encontrado rica, me invitó a Madrid al fin de semana siguiente y yo ‘bacán, obvio’. Trabajaba en LAN, entonces me podía llevar a cualquier parte. Después fuimos a su casa e intentamos tirar y no pudimos. Y ahí yo me puse a llorar y a decir ‘ya, estoy chata’. Este era un weón al que había conocido hacía una hora. Tengo eso: yo soy muy muy espontánea y con los weones me da lo mismo contarles. No es una vergüenza. Es un problema de penetración no más. Y ahí el mismo weón va y me dice ‘ya chao, que estís bien’ y me da a entender que obvio que no me iba a ir a Madrid con él porque no pudimos culear. Creo que ese en verdad fue su subtexto y me cargó.

Cuando era virgen yo lo veía todo el rato como algo que tenía que perder rápido. Tenía muy internalizado el concepto de ‘perder la virginidad’. No lo veía como algo lindo. Yo igual soy de un colegio católico y creo que ahí también como que me anduvieron lavando el cerebro. Yo quería perderla a toda costa. Con este gallo se dio que nos llevamos súper bien…él igual después fue un hijo de puta. Él me dio mucha confianza desde el día en que lo conocí. No sé si él lo descubrió o ya lo sabía, porque yo también creo que entre hombres se rumorea. Porque él me tiró una vez una talla: estábamos saliendo, llevábamos un mes o menos y ahí yo todavía no le contaba, pero era esquiva: o sea, pasaba de todo, pero claro, la penetración no. Y él me tiró una talla. Me dijo: ‘Ah, la Virgen de Guadalupe, siempre lo supe´. Muy estúpida la talla. Estaba muy curado, pero weona a mí me dolió tanto, tanto, tanto, que lo interpreté como ‘este weón siempre supo y quiso desvirgarme’ o ‘¿qué feo su trato siendo que para mí es importante’. En ese momento yo caché que me dolía. Porque antes mi actitud era como ‘tengo que perderla, filo’. Lo hablaba con mis amigas de la U (porque las del colegio son súper conservadoras) y tirábamos tallas…pero esa noche esperé que se quedara dormido y me fui llorando y al otro día no le contestaba, tipo ‘chao, cagaste’. Y después lo hablamos y le conté. Le dije ‘puta, yo ya quiero ir a un doctor, porque no puedo con esto’”.

*

Pedir ayuda”. Yo no sé exactamente de dónde saqué esta idea, pero es más o menos así: “si pides ayuda es porque eres débil, no te la puedes y estás abusando del tiempo/ recursos/ buena voluntad del otro. Si otra persona lo puede hacer por ti, ¿por qué no lo puedes hacer tú por ti?” y también “pedir ayuda es reconocer que hay un problema que no puedo manejar” y “pedir ayuda es quedar debiendo”. Este tipo de ideas hacen que me meta en muchos problemas porque me rehúso a pedir ayuda. Y hacen que cuando finalmente pido ayuda me sienta culpable. A la rápida: todos los cuadros de mi casa están colgados chuecos, mi corte de pelo es un no-corte-de-pelo y una vez me corté la chasquilla sola y mi vida social se fue al carajo, he manejado en pésimas condiciones y mi auto ha sufrido las consecuencias, he cargado cajas gigantescamente pesadas y se me han desfondado, me he equivocado en comprar cosas para mi casa –soluciones que tienen más de fantasías con errores técnicos que de solución-, y he pasado momentos tristes sola como dedo por no querer pedir compañía, o sea, tiempo del otro.

Las dos palabras me molestan cuando las tengo que usar: “pedir” y “ayuda”. “Pedir” porque denota la necesidad, “ayuda” porque refuerza la idea de invalidez, la idea de no poder lograrlo si no es con alguien más. O sea, “pedir ayuda” es “necesitar a otro”, que es básicamente lo que la historia, la mitología, las novelas y los cuentos me han enseñado que no hay que hacer. He sido una alumna ejemplar: le puse atención a estas historias. Donde muestras tu herida te ataca el vampiro, si sangras llegan los tiburones, si estás perdida llega el lobo feroz. Donde muestras vulnerabilidad es donde te pegan más fuerte.

Obviamente sé que eso está mal. Que algo en mi cabeza funciona mal porque de buenas a primeras pienso así. Yo, por definición, no pido ayuda. Me toma mucho esfuerzo mostrarme vulnerable, pedir ayuda: afecto, tiempo, energía, cuidado.

 ¿De cuánto me he perdido por no saber pedir?

 ¿A cuánta gente más le pasará lo mismo?

¿L.?

*

 “Es penca. No sé a cuántas minas les pase, porque no es algo que se hable tanto, ¿o sí? Y weona yo a veces he pensado que tal vez me abusaron o que tengo muchas ideas en la cabeza, porque cuando estoy en ese momento pienso muchas, muchas cosas: se me vienen imágenes, no sé, es un poco tétrico. Pero aun así sabiendo que no va a pasar la penetración completa con los hombres, aun así sigo, sigo. Yo creo que he estado con muchos en la cama, pero con muy pocos ha habido penetración.

 Y bueno él me decía ‘yo creo que no tienes que ir a un doctor ni nada’, era tipo ‘corta la wea y ya’, y en el fondo yo también lo apañaba, si tal vez eran puros rollos míos. Y una mañana funcionó. Sangré mucho, mucho, me dolió, pero fue bacán. En la mañana compré unas cervezas y me fui a celebrar con mis amigas. Yo después me fui de viaje a una pega que tenía por un par de meses y él me siguió, pero se quedó muy poco tiempo. La idea era estar un par de meses y estuvo súper poco porque no funcionó. Yo no ponía de mi parte. Un jefe una vez me dijo eso: “si no eris buena, difícil que se queden”. Nunca me han dicho que soy mala, pero es como una idea que me metí.

 Yo sé que si le pongo de mi parte, puedo. Hay maneras: con lubricantes, o relajándome, o leyendo algo erótico, no sé. Yo creo que más que relajándome, es como la cabeza. Fui al ginecólogo antes de ir a esta doctora que es famosa creo, salía en un matinal. Es como especialista en el vaginismo. Y nada po, la doctora me dijo ‘no tienes nada. Tus cavidades…tienes que relajarte, haz deporte, haz yoga, medita’. Como que es una wea mental. Es raro, Vero”.

*

Las historias de L. me recuerdan esto: cuando chica tenía cuidado con los espejos porque me habían dicho lo de los siete años de mala suerte. Mi abuela tenía un espejo de cuerpo entero de esos en tres partes: una central, amplia, y dos laterales, una a cada lado, para poder verse desde todos los ángulos posibles. Ese espejo era un peligro: peligro porque te veías de formas en las que no estabas acostumbrada -a ratos era como si fueses una persona completamente diferente, de perfil o de espalda eres una extraña- y porque era un espejo, o sea literalmente vidrios verticales, delgados, fáciles de romperse. Mi cálculo era que si rompías ese espejo eran en realidad 21 años de mala suerte, así que lo evitaba. Pura matemática.

Un día pasó: se me rompió un espejo. No el de mi abuela, sino uno mío. Y créanme: cada vez que pasaba algo con un tinte negativo durante esos siete años se lo atribuía al espejo y me amargaba un poco: “Si no hubiese roto el espejo…”. Pero había algo tranquilizador en ese embrujo también: tenía fecha de término. Durante esos siete años tal vez fui más tolerante a las cosas penca porque asumía que tenían que pasar. Ahora, cuando pasan cosas penca, es porque pasan cosas penca en la vida, por mala cueva gratuita, porque la vida es un poco así.

 Saber que la vida es un poco así tiene sabor agridulce.

 A veces me dan ganas de romper un espejo.

*

“Yo tenía como trece años o un poco más grande y estaba en la biblioteca con una de mis mejores amigas del colegio, muy equis esta situación. Yo iba mucho a la biblioteca a leer, a estar ahí sentada, a wevear… y esa vez se acerca la bibliotecaria y nos cuenta que está leyendo un artículo sobre el vaginismo y me empieza a hablar. Yo creo mucho cuando la gente decreta weas, soy muy supersticiosa. Creo mucho en el poder de la palabra, creo que tiene mucha fuerza. Y esta pendeja weona, mi amiga, como que me pega en el hombro y me dice ‘Ay, pero si tú vai a tener eso cuando grande po’. Yo todavía me acuerdo de esa wea. Cacha lo absurda. Entonces no sé po, puede que no me haya pasado nada en la infancia o no sé, es como… ¿cómo desenmarañar esta wea?

Cuando me acuerdo de cosas son como weas de la infancia donde también ese mismo año yo era la única que tenía un pololo, entonces era más agrandada. Agarrábamos y yo les contaba a mis amigas. Estaba a punto de hacerlo. De hecho yo tenía más ganas que mi pololo, que era mayor. Pero antes de hacerlo fuimos a un paseo al campo con mis amigas, así medio aquelarre, y todas en círculo contando cosas y yo era la única que tenía historias entretenidas en ese sentido: nadie había dado un beso, cachai. Y yo les empecé a contar y les dije: ‘Ay, el S. me ha intentado meter los dedos, pero yo no sé’ y weona no sabí la encerrona que me hicieron. Me juzgaron, me dijeron que no lo podía hacer nunca… Creo tanto en estos momentos como místicos, no sé cómo definirlos, pero creo en ese poder de la palabra. Y después pasaron dos años y las weonas culeaban y como que no importaba… Es como cuando erí el primero en fumar pito y todos te juzgan y después todos son marihuaneros. Y weona cacha que a mí me dolió la wea, después me daba pena, cachai, como que me acordaba de mi yo infantil. Y hablé con ellas, por separado, y le dije a cada una ‘Yo creo que ni cagando te acordai que me dijeron esta wea, pero me afectó’. Y yo creo que diciendo las weas tal vez se mejoran. Y la lata es que la gente ni se acuerda. Los sensibles somos los que cagamos”.

*

“Los sensibles somos los que cagamos”. Abrazo esa frase de L. como si fuese una amiga que ha vuelto de años de vivir en el extranjero.

“Los sensibles”: los que se acuerdan, los que vuelven atrás, los que echan de menos, los que escuchan todavía las palabras de los que ya no están, los que escriben cartas de amor para botarlas apenas las terminan y salvan un par, de esas inevitables, que tienen que entregar. Los que son como perros: pura emoción, guata, corazón.

Los sensibles, los que no son ni peores ni mejores, solo que su tasa de daño es siempre más alta. Ninguna compañía los aseguraría: salen trasquilados sin importar qué. Ese es su sello.

Los que siguen enamorados de cada una de las personas que alguna vez amaron, incluso de los que llegaron a odiar.

Los sensibles.

*

“¿A quién culpo? No puedo culpar a nadie. A veces siento que tengo rabia adentro. Es como ‘me debería haber enojado con las pendejas de mierda‘. ¿Cómo me dicen que el que me masturbe mi pololo es malo? Me juzgaron. Mujeres de mierda, son las peores enemigas.

¿Tú crees que se puede solucionar, Vero? Pero ¿qué me habrá pasado? Es brígido porque yo amo mi cuerpo. Cuando estoy con un weón soy la primera en empelotarme al toque, cero atado, no tengo ningún problema, excepto con la penetración. Yo le he dado mucha importancia igual a la penetración, porque también puedo disfrutarlo sin, pero siento que el hombre quiere meterla.

Hay weones con los que funciona bien. Nunca me he ido con penetración, pero bien, puedo estar harto rato. Funciona porque *ASTERISCO* estoy curada. No es la relación sexual redonda, pero con ellos es como ‘buena, pude’. Pero siento que todo el rato estoy poniéndome a prueba, como ‘ya, esta vez pude’”.

*

Mi perro, cuando quiere algo, me lo pide. Pertenecemos a especies distintas, pero igual logra comunicarse. Si quiere agua o salir a pasear o jugar o que le haga cariño, me lo pide. No se cuestiona –creo- si yo lo encuentro atractivo/ interesante como para pedirme eso. Lo pide porque es lo que quiere y tiene que asumir la respuesta que le doy: sí o no (bonito también es que no me pueda forzar a hacer ninguna de esas cosas si yo no quiero, lo entiende bastante rápido). Qué distintos somos los humanos. Antes de pedir tomamos en cuenta la viabilidad y los efectos de esa petición. Calculamos. ¿Qué opinará el otro de mí? Si pido esto, ¿cambia la relación de poder? ¿Estoy dispuesto a que se me rechace? Corremos riesgos cuando sentimos que vamos a ganar algo, y esa suposición, ese ponerse en el lugar del otro, nos da impulso para tomar ciertas acciones y descartar otras.

Tengo a mi perro a mi lado mientras escribo sobre L., sentada sobre mi cama. Se acerca lento, como si el hecho de que se mueva lento hará que no me moleste. Inclina la cabeza sobre mi cara y pone su cuello justo frente a mi boca. Es su forma de ofrecerse y mostrarse vulnerable, pero también es su forma de pedir algo a cambio (y de impedirme escribir).

*

“Me siento deseable cuando estoy relajada. Típico cuando no me importa el lugar y voy así casi que sucia…cuando me siento en casa también. Cuando estoy en mi lugar, cuando yo soy la anfitriona. Y en general genero ese espacio en el que yo soy la anfitriona y me siento súper. No solo en el espacio físico de una casa. Sino en el rol de anfitriona. Descubrí también que me gusta mucho masturbarme cuando estoy con los weones al lado y ahí me siento muy rica. He cachado que muy pocos saben masturbar bien, entonces es como ‘weón, lo puedo hacer sola’, y hay weones que se enojan, pero no sé por qué me siento muy bien igual. Y también me siento deseable en ciertos paisajes: en la playa, al atardecer, con un vestido ligero.

Hablo con todos de sexo. Antes cuando era virgen no lo hablaba mucho, más bien lo evitaba a toda costa. Por ejemplo con los juegos del Nunca Nunca partía al baño, o mentía, pero también era una paja mentir sabiendo que había gente que sabía cuál era mi realidad. Después cuando la perdí me relajé e incluso le conté a mí mamá y le dije que estaba feliz y me dijo ‘qué bueno, estabai súper angustiada’. Con mi viejo también. No hay nadie con quién no lo hable. Con cualquiera.

Tomo pastillas. Empecé como hace un año y medio. En verdad las empecé a tomar por el síndrome premenstrual. Eran diez días perdidos al mes porque era mucha depresión, no como suicida, pero bajoneada pal pico, odiando a todo el mundo, y los dolores de regla me hacían terminar tirada en el piso, gritando. Entonces dije ‘no puedo seguir con esto’. Filo, serán hormonas, pero me tienen bien. También siento que me estoy metiendo una wea. Onda me crecieron las pechugas, que no es malo, pero es un poco artificial. Y filo, como que en realidad me acuerdo de los momentos en que estaba mal y con dolor y prefiero tomar pastillas. Con el condón soy un poco irresponsable”.

*

Me pregunto siempre qué tipo de gente me atrae. hago esta pregunta con frecuencia, pero yo no tengo respuesta. Tiene que haber un patrón. Por lo tanto pienso que hay un patrón para los otros y trato de averiguar cuál rol juego yo ahí -cuando se trata de gente que me interesa- o cuán distintos son nuestros gustos. Si sólo supiéramos. SI supiéramos podríamos ahorrarnos la pérdida de tiempo. Si supiéramos las historias a las que queremos pertenecer y las historias que los otros quieren tener con nosotros. Si supiéramos quiénes nos ven como su tipo ideal y quiénes nos ven como una segunda o tercera opción podríamos elegir mejor.

Cuando más chica me gustaban los mayores, me parecía que tenían un aire de misterio y experiencia, una suerte de atractivo que ni yo ni nadie de mi edad tenía. Ahora que tengo la edad de esos a los que solía mirar con algo más que interés entiendo que estaban tan perdidos como yo y que eso que yo interpretaba como fascinante –la forma en que sus cuerpos se veían, la manera en la que hablaban de ciertos temas- era sólo el paso del tiempo sobre su físico y los años que llevaban a cuestas. Ahora, por el contrario, los cuerpos jóvenes me parecen más interesantes… solo que sus cabezas me aburren. Los de mi edad o mayores viven el proceso propio de envejecer que yo misma experimento: la tensión de los músculos ya no es la misma, los cabellos comienzan a encanecer, hay arrugas inesperadas donde antes había piel tersa. No es muy fascinante. Entiendo ahora el efecto que le producía a esos hombres más viejos.

*

“Los hombres que más me calientan generalmente son menores. Como muy menores, porque también tengo cierto control y soy como la bacán po. Me encantaría onda yo tener cincuenta y que mi pareja tuviera veinte. Aparte es como esa relación como de discípulo y vieja rica. De mi edad no me gustan porque estamos en la misma, los mismos atados, la misma generación, no hay nada nuevo. Más viejos  me cohíben y físicamente… también me importa de cierta manera el físico. Que sean como apretados…no modelos, pero bien.

Me calientan caleta esos pendejos tipo hippie, con polera suelta…tengo un perfil, como del colegio San Ignacio, como hijito-de-papá-rico-hippie. Me acuerdo con el weón con el que perdí la virginidad que me gustaba, pero también me gustaba por el drama, por todo lo que significaba, pero no es un weón así que ‘ohhh te llevaría a todas partes’. Para mí eso de que lo pueda llevar a todas partes y me sienta rica es perfect. Poder llevarlo a todas partes. Exhibirlo. Eso me hace sentido. Yo nunca he pololeado. El único pololo que he tenido fue a los quince, con el que mis amigas me decían que no me podía masturbar, después de eso nadie más. Entonces me hace mucho sentido ahora que lo pienso eso de exhibir, exponerlo… es mi decisión”.

*

L. es de esas niña-mujer o más bien mujer-niña. La poesía que leí en mi adolescencia estaba llena de ellas. Eran al mismo tiempo mujeres sexualmente atractivas, pero intocables, con un aura de inocencia que las hacía ver más jóvenes de lo que realmente eran. Son todo lo que el ideal masculino podría haber descrito con adjetivos como “graciosa” y “linda”, comparando su presencia con una flor en medio del gélido invierno o cosas por el estilo.

Mientras hablo con ella trato de calcular el momento en que me revelará que un día decidió dejar de envejecer, que sigue viviendo en sus quince años, que esta conversación jamás ha sucedido porque no nos hemos conocido todavía: nuestros caminos nunca se cruzaron.

Me recuerda a Winona Rider haciendo el papel de Jo en Mujercitas. Me la imagino con un vestido largo y de una tela pesada de color burdeo –¿terciopelo?- que acentúa su fragilidad, con encajes delicados en el cuello alto y en las muñecas, un vestido burdeo que se ve como una mancha roja fugaz que tiñe el paisaje mientras sale de la casa corriendo con los libros bajo el brazo en un día de invierno, tan rápida, tan libre, sin apenas mirar atrás y esperar al resto, corriendo por la nieve a todo dar mientras se le resbala el gorrito amarrado bajo el mentón.

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“No sé si me veo así o es una construcción, pero lo que más me dice la gente es que me veo como relajada. Onda ‘me gustaría ser tan relajada como tú, me dicen’. Y yo pienso ‘weona, en ese aspecto soy cero relajada’. Demás que me veís tranqui, como espontánea. Yo creo que alguien relajado es alguien a quien le importa una mierda todo. Y eso me encantaría.

Soy heterosexual, aunque también soy súper curiosa. Pero no es como que me agarre una mina y piense que soy lesbiana. Ni me lo planteo. Pasan esas cosas, pero no las considero, las veo como dentro de un juego. Onda me agarro una mina y es una lesera. No sé en qué momento… ¿Te convertís en bisexual cuando empieza a ser importante? Ese tipo de preguntas tengo. Onda, ¿tengo que agarrarme a cierta cantidad de hombres y mujeres para ser bisexual? Acá hay un argentino que me da risa porque él dice que es pansexual, pero así yo también po. Porque claro, él dice que es pansexual, pero nunca se ha agarrado a minos, ni transexuales ni nada, sólo se define así. Entonces puta, para eso todos somos todo.

¿Vale como trío darse besos con dos? No, pero no, no lo considero trío. Igual fue chistoso. Fue en un carrete en una discotheque y éramos tres desconocidos sentados en un sillón. Eran una mina y un mino, no nos habíamos dicho ni hola. Fue muy lindo, pero después terminé con la mina en el baño porque la mina me dijo como ‘oye, vamos al baño’. Pero no lo considero trío”.

*

Cada vez que trato de anticipar y hacer consistente un perfil, me equivoco.

Es una bonita equivocación.

*

“Hace poco me iba a acostar con un pendejo y como que no se le paró. Estuvimos como diez minutos no más y yo quedé muy caliente po. Entonces me acordé de otro que vive por acá cerca con el que había salido, porque aquí están todas las casitas conectadas… y weona no me puse ni sostenes ni calzones, me puse el vestido, y le dije al con el que estaba ‘ya, ándate porque me voy a ir a dar una vuelta’ y me dijo que ya po, nos fuimos y me despedí de beso, cara de raja. Y partí donde el otro, sin avisar, a tocarle la puerta. Él la abrió y no le dije nada, sólo me levante el vestido y paaaaaaaa…weona fue bacán. Él cuando me vio hacerlo se tiró al suelo.

 No es una gran historia, pero fue bonito”.

(Ay L., mientras te escucho pienso que si yo tuviera una historia así no podría dejar de pensar en ella ni de contarla. Llegaría a cumpleaños de amigos y esperaría ese momento que me serviría de clave de entrada: alguien mencionaría la palabra puerta o vestido o prácticamente cualquier cosa y les contaría la historia. A pito de nada. Y después le agregaría más elementos y al final esa historia sería una novela, una novela donde el pasaje esencial que definiría la relación de esos dos personajes, la manera en la que evolucionaría o no su relación, las decisiones que tomarían a partir de ese evento, sería ese momento específico: un hombre abriendo una puerta, una mujer levantándose el vestido, un hombre cayendo de rodillas, y ese momento repitiéndose de manera nueva, cada vez, todo el tiempo, por toda la eternidad).

*

“Esta es una wea de mis viejos, pero yo creo que nunca van a leer esto. Pero van a saber que soy yo, ¿cierto? Ya, bueno, cacha que estaba en mi pieza hace varios años atrás y mi mamá salió de su pieza roja, pero muy urgida, caminando rápido detrás de mi perrita, pero yo como qué no caché qué onda, por qué. Y la Luna, mi perrita, no pescaba a nadie más que a mí para bañarla, para tomarla, todo. Entonces como la vi complicada le dije ‘tranqui, yo la voy a buscar’. Y les pregunté qué había pasado, pero estaban callados, callados. Y de repente tomo a la Luna y tenía un condón de mi papá en el hocico, colgando. Yo sólo me acuerdo que la tengo en brazos, los miro, no nos decimos nada, entro al baño con la Luna, le saco el condón, lo meto en un confort, me lavo las manos, salgo y nunca más se habló del asunto. Weona y nunca se habló no más. Filo con la wea. Muy chistoso”.

*

Le pregunto: ¿qué tiene que hacer alguien para seducirte?

Entorna los ojos al cielo y dice “Ahhh, ¡qué linda pregunta!”.

Se queda callada un minuto completo en el que me dan ganas de pasar a otra pregunta, de enterrar esta pregunta en alguna parte. Ponerla entre mi calcetín y mi zapato, por qué no.

Luego de otro minuto completo dice: “Es linda, pero está difícil. Hmmm. Puta, hacerme reír, tener sentido del humor. No agobiarme. Y que valore mi creación o mi modo de vivir. Que me haga sentir valorada. Mi idea romántica es como de esas parejas de artistas…hace poco vi el documental de la Marina Abramovic, esta mina que hace performance, y la loca tuvo una historia hermosa con su mino: se fueron en una casa rodante, la loca seguía haciendo performance y hacía performance con él… yo no estoy creando constantemente, pero siempre tengo la necesidad. Entonces me gustaría un partner así, que aunque no fuera artista me motivara”.

“Me ha pasado muchas veces que he estado en un carrete y me dicen ‘weón te ha joteado toda la noche’ y yo como ‘qué, no, no he cachado’. En parte prefiero no enterarme. Esa tensión sexual nunca la he mantenido con nadie. Hay mucha gente a la que le encanta. Prefiero que pase no más, siempre me entero como cinco minutos antes. Creo que eso de mantener la tensión sexual requiere de mucho talento. Es como lo de estas minas que te digo, las de la cama, creo que son talentosas. Es algo que yo admiro, que me gustaría tener, pero no tengo los huevos. Es un poco crecer. Yo tengo mi coqueteo, pero es desde el humor, desde el ser tierna y contar historias raras, pero esa wea de la mina con el cigarro y mirando… yo las encuentro…las femme fatale me matan. Yo siento que podría hacerlo, pero es meterme en un mundo que implica una entrega. Porque es como ‘sí, voy a tener sexo contigo y va a ser bueno’. Es como ‘weón, no te estoy weveando’. Aparte que las que conozco son como una mirada, luego se van con los weones al baño y vuelven. Lalala. Perfecto. Entonces claro, es una promesa. También podrías mentirles, pero que se desinfle es penca. Y también he visto que hay muchas minas que hacen eso de tensión-tensión-tensión y no se lo tiran esa noche. Y calientan la sopa, calientan la sopa, y yo siento como una responsabilidad: si caliento la sopa la tengo que hacer, obligada. Y otra wea súper mal: si un weón me invita a tomar, tengo que acostarme con él. Es como que le estoy pagando…A una amiga yo le decía medio agobiada ‘puta weona me da paja, quizás a los weones les da paja que no haya penetración’ y ella me decía ‘ay, yo creo que los hombres con ver una teta ya se calientan, filo, igual les gusta’. En verdad es como así po. Como que me doy mucho color”.

*

Me gusta comer. Me gusta comer tanto como tirar y tomar y siento una dualidad emocional hacia la comida, el sexo y el alcohol: quiero todo y nada a la vez. Quiero dominar el impulso y saber lo que me conviene, lo que le hace bien a mi cuerpo y mi cabeza. Quiero, al mismo tiempo, poder probarlo todo,  pero no siempre estoy dispuesta a asumir las consecuencias de probarlo todo. Me gusta sentir que tengo el control de mis apetencias. Me gusta poder decirme, a mí misma, “no”. También me gusta olvidarme de que sé deletrear la palabrita “no”, sepultarla bajo veinte metros y seguirle la corriente a mis impulsos. Y en general, después de eso, me autocastigo. Y así ad infinitum.

Hablar de la comida siempre es más sencillo que hablar de sexo u alcohol. Podría decir que hay un correlato con mi sexualidad, pero eso sería teorizar mucho tal vez. Voy a nombrar algunos de los ciclos por los que he pasado: hubo un verano en que sólo comía sandía, otro verano sólo comía proteína y grasas, después de ese verano me obsesioné con el queso, luego pasé a una relación poco sana con el maní, luego comí durante un año fideos chinos, luego volví a las proteínas y las grasas, luego me obsesioné con las ensaladas, hubo un periodo corto en que no podía dejar de comer cereal (cajas completas de cereal), otro periodo breve –porque es caro- fue el de consumir hummus y pastas de berenjena con tostaditas fingiendo que era light, otro fue el de hacer arroz y fideos de arroz como si fuesen para pequeñas aldeas (pero me lo comía sólo yo), después pasé por otra fase de verduras y smoothies verdes y me sentía moralmente superior a todo el mundo, a partir de eso empecé a comer crudivegano (me duró una semana), luego me obsesioné con los huevos, luego con el huevo y el queso, luego con el queso y el maní, luego de eso con el atún, otro mini periodo (nuevamente, por lo caro) fue el de los camarones. Etc., etc., etc.

 Adivina en qué estoy ahora.

*

“Me gusta que me chupen las tetas. Me encanta, qué onda. Y me gusta yo masturbarme y que me miren. En general yo soy súper de no hacer nada, tal vez de hacerles una paja. También verlos a ellos calientes, sí, me gusta. Me gustan las palmadas en el poto, que me tiren el pelo. Pero eso de amarrar…puta, pérdida de control absoluto, no.

Gimo un poquito y hablo, pero depende del weón. Depende de que él hable y de si yo tengo muchas ganas de decir algo, como ‘oh, qué rico’ o ‘dale’. Si no hay feedback, pero estoy muy caliente y me gusta, filo que no hable, lo digo igual, pero si existe diálogo igual entretenido. Para el diálogo tengo que tener más confianza. Me gusta cuando me dicen weas físicas. Como ‘oh, que eris rica’ o ‘siempre te había mirado, nunca me imaginaba este momento’, o como ‘oh, no pensé que erai así’ o ‘de lo que me estaba perdiendo’.

Hace poco estuve con un weón que era violento y me empezó a hablar de la guerra porque me dijo que él estuvo en situaciones así, que por eso era así, que tenía imágenes muy perturbadoras, y yo le decía como ‘loco, para’, como que expresaba mucha violencia y también me expresaba su violencia en la cama. Entonces era muy raro. Sí, eso de la violencia era muy raro.

No me gusta que me metan los dedos. Me duele mucho. Onda prefiero que me metan el pico. Eso de meter los dedos antes no lo entiendo, y no entiendo por qué me duele más, si son más chicos. Pienso que son como más filudos. No sé, entre que me metan el pico y los dedos prefiero el pico, que es como más redondo, como ovalado, en cambio esto de los dedos es como muy filudo.

Me empecé a masturbar súper grande porque yo nunca me lo había planteado hasta que un día mi hermana chica me preguntó si lo hacía. Yo le respondí ‘no weona, qué onda’. Y ella, que tenía como dieciséis, me empezó  dar tips, a decirme que era muy bacán.

Lo debo hacer como cada diez días, pero puta ya, a ratos lo disfruto, pero después viene la frustración como ‘puta, si esto no es un orgasmo’. Súper mental. Como que me sacaría el cerebro en esos momentos.

Me masturbo, pero externo. Tengo dos vibradores. Uno es más grande que el otro, y uno, el más chiquitito, me lo meto un poco. Pero también tengo dudas…yo creo que es una ignorancia física al punto de que hasta ahora necesito ver fotos de la vagina, mal. Como que no sé cuál es mi orgasmo. Tengo muchos pequeños, entonces no sé si soy multiorgásmica o son como los orgasmitos previos. No tengo la puta idea porque no lo puedo comparar…¿con qué?

¿Con la masturbación lo estoy haciendo bien? No necesariamente me tengo que meter los dedos para tener el orgasmo que quiero. Yo tengo la idea de masturbarme como hombre y entonces hago así, rápido. No soy paciente, cómo voy a estar 20 minutos, no puedo. Qué triste. Es como ya chao, no funcionó. Qué triste igual. Como que no puedo estar tranquila sin saber que no he tenido un orgasmo grande. Me imagino que cuando se logra debe ser la raja, no te importa nada más. Si tengo uno después de esta conversación te lo voy a agradecer siempre. Te dedicaré mis orgasmos. Por ti, Vero. JAJAJA.

Estando de viaje me robé este vibrador en un sex shop. Era carísimo y después a un weón que conocí allá como que le calentó la idea y dijo ‘ya, vamos a probarlo, vamos a probarlo”, pero al final no lo hicimos. Los vibradores los uso sola.

He fingido orgasmos pero sólo cuando estoy bien curada, entonces se me borra y no sé si para ellos fue fingir. O no sé si fingido, porque son estos chiquititos…entonces los agrando, los exagero, pero igual siento que late el corazón…yo creo que si finges no te late tanto el corazón, ¿o sí? Onda me pregunto: ¿las minas que fingen son porque tuvieron estos orgasmos chiquititos o porque no tuvieron nada? Yo nunca he hecho eso de fingir sin tener nada.

Yo no puedo estar con alguien y no haberme masturbado y no mini irme… onda yo puedo sola. Pero si ya está el weón al lado mío tengo que hacerlo porque es más fácil. Entonces aprovecho.

Espera, que me dieron ganas de tomar vino.

Ya, ¿qué? Hmm, me gusta tirar en piezas, no tiene por qué ser en la cama, pero sí, mi lugar preferido es en una pieza. Ese espacio. En un sofá o en la cama o parados, pero en la pieza. Cacha que hace poco cuando estuve de vacaciones lo hice en un hostal y me gustó caleta… pero también era una pieza. Pero era una pieza con camarotes. Me calentó caleta la idea de que podía haber gente. Aparte en ese hostal me conocían, entonces si el dueño se hubiese enterado…era todo medio turbio. El hostal es también el lugar más raro en el que lo he hecho, pero la verdad es bastante tradicional.

Me gustaría ver pornografía, pero no lo hago. Lo encuentro súper explícito. De hecho hace poco estaba hablando con una loca que conocí acá y le pregunté si veía porno, por si tenía algún dato como más soft, y me dijo ‘no, pero leo’, y le dije ‘quéeee, se puede leer pornografía?’.  Así de ignorante. Y me dio una página y me dijo ‘léela y usa tu vibrador’. Pero no funcionó tanto porque igual tenía como faltas de ortografía…como que me calienta más el Rumpy. La página se llamaba como ‘Todo algo’ o ‘Todo erótico’, pero era mala la wea. Me pude hacer una idea del contexto pero  pensaba: ‘¿Por qué escribe así?’. Me funciona mucho más imaginando o acordándome de cosas.

No tengo fantasías recurrentes. No hago sexting, con cueva uso Tinder. Una vez hace años usé el chat Roulette y como que mostré una teta y después quedé como mediourgida, pero la wea es que como que me calenté con eso. Y fue como ‘oye, igual aquí hay un campo interesante’. Pero nunca más. Como que tengo caleta la wea de que nos están grabando por todas partes, que el weón va a hacer una captura de pantalla. Las cámaras vinieron a cagarnos a todos. Por eso nunca me he filmado ni me he tomado fotos”.

*

Pienso en las zancadillas. Son un chiste pesado las zancadillas: siempre hay uno en el rol de exponer al otro con la intención de dejarlo en vergüenza. Hay una edad en que se hacen zancadillas y me imagino que es porque resume todo lo que sentimos a esa edad: el peligro inminente del mundo diciéndonos que no valemos la pena, el riesgo de ser el objeto de risa, el estigma de quedar ridiculizado. La torpeza nos parece vergonzosa y una zancadilla es una forma sencilla de manifestarlo. El que se salva de una zancadilla es hábil, astuto o la suerte estuvo de su lado. Pero es raro que no pensemos que lo vergonzoso es el acto de hacer la zancadilla: el idiota es el que estira el pie para que el otro tropiece. La vergüenza está entonces en no haberlo previsto.

Y ahí mismo aparece la otra palabrita: “tropezar”. Si nos ponemos simplistas podemos decir que hay dos tipos de personas en el mundo: a las que les hacen zancadillas y las que se tropiezan (una tercera opción que no me gusta tanto: los que hacen zancadillas, pero eso es otra calaña). Tropezar es una cosa por completo distinta: tropezar es torpeza innata, es producto de que no te puedas sacar de encima tu propia torpeza. Tropezar te convierte por definición en víctima y victimario.

Aquí, L. y yo, somos del bando de los que se tropiezan. ¿Tú?

*

“Creo hay que encontrar al weón, aunque suene medio cliché. Tal vez hay que encontrar a la persona. Tal vez como intento con tantos…quizás si yo estuviera con uno fijo crearía cierta confianza y estaría súper bien, pero como voy como con uno por fin de semana… Cuando la wea se convierte en algo real…Con el último weón que estuve, R., con el que perdí la virginidad y todo, con él podía salir a comer y nos cagábamos de la risa, pero no lo podía invitar a ciertos círculos. Él tampoco me presentaba a su familia, y yo quería al toque. Es raro, porque a muy pocos les doy la oportunidad, o a casi nadie, y cuando se la doy a alguien quiero como todo: que conozca a mi familia y yo conocer a su familia. A él no podía llevarlo a todos lados porque yo me muevo por muchos círculos. Sueno muy diva, jaja, pero es que tengo amigos muy diferentes.

Con el último que estuve acá, que fue un mes, J., yo me sentía mina, tenía el control. Él de apariencia no se vestía muy bien, pero físicamente es exquisito y yo estaba bacán, pero weona de un día para otro me dejó de pescar y yo pensando que por ser mayor lo tenía en la palma de mi mano y se me derrumbó. Onda yo llorando mal, porque aparte tengo esa wea del llanto cuando me curo. De día me importa, pero me hago la weona, y cuando tomo me pongo a llorar porque me acuerdo al toque de este pendejo.

Yo repetiría a R. porque independiente de que ya no me gusta el weón…no sé si fue mi primer amor, porque siento que estoy muy vieja para decir que fue mi primer amor, creo que el primer amor también involucra más cosas, como el presentarlo. Puede no serlo, pero esa es como mi idea. Pero aunque no haya cumplido con esas cosas, puta, repetiría porque existe mucha confianza. Y también con este pendejo de acá que no me pesca. No tengo pendientes con mis amigos. Me he acostado con mis amigos. Si no me he acostado con ellos es porque son gay o porque hay una relación de mucha confianza que no quiero romper. Me he acostado con ellos porque por ejemplo en un carrete no hay nadie más y estamos muy curados, y eso, es como ya, filo, démosle”.

*

“Del uno al diez me siento como un seis sexualmente, porque no siempre tengo ganas de tirar. Me preocupo cuando pasa un mes en que no he tirado. Me encantaría tener esa frecuencia de parejas, como cuatro veces a la semana, pero a lo que yo tengo acceso es una vez a la semana, cuando hay carrete. Porque ya, igual sé que podría juntarme con alguien…solo que no lo hago. Porque tampoco es tan difícil. Es wea de salir un día equis o hablarle a alguien. La última vez que tiré fue hace dos días, el domingo.

Si veo que no estoy teniendo nada me pongo las pilas. Salgo a carretear y aunque no lo tenga de manera explícita en mente, si pasa es mucho más bacán mi noche. Es como ‘wooo, me fui con alguien’ o él se fue conmigo. Lo hace mucho más entretenido. Independiente de que no haya penetración ni nada, lo encuentro muy entretenido, siempre busco esos encuentros. Es que o sea estar con un weón equis tomando, conversando, tirando, explorar las distintas formas que tiene cada uno es rico, porque no me complico al otro día. Aparte soy cero de dar el número de teléfono, no les pregunto ni el nombre, no me gusta quedar en contacto para nada. Es una wea que aprendí y un poco la trabajé, porque la primera vez que decidí, hace unos cinco años, salir a poncear me lo planteé. Pensé: ‘esta wea debe funcionar’ y me agarré onda a seis en una noche, en la misma discotheque les iba dando besos y lo encontré entretenido, la cagó, y ahí como cada carrete que iba… en el fondo ahí me relajé. Le quité valor a la wea, si en el fondo no lo tiene, si es cuerpo y ahí fue como ‘oooooh voy a conocer muchos más cuerpos, independiente de cómo sean o más bien, cómo se desenvuelvan’, porque como te digo físicamente igual me importa. Onda filo, no nos vamos a ver más. Igual yo también hago todo para no volver a repetirlo: no doy mi celular, no doy ningún dato.

Una vez un weón psycho killer me Googléo y me empezó a enviar esa wea de Gmail+. Fue después de una noche en que salí con una amiga y conocimos a dos weones en Bellavista y él era muy de la postura de que todo es azar, que el universo no junta a la gente, y yo como ‘no, si pasa esto es por algo’. Entonces me pareció muy raro que después él me empezara a mandar mensajes así como ‘weón, estoy pal pico por ti’. Onda weón, tu discurso se fue a la mierda, nos conocimos y ni tiramos ni nada, y te obsesionaste. Él logró contactarme a pesar de lo difícil que es”.

*

Mi abuelo coleccionaba relojes. Los coleccionaba porque eran bonitos, elegantes, masculinos. Apreciaba sus diseños, el cuidado en hacer de cada uno de ellos un ejemplar excepcional. Había trabajo ahí: alguien había pensado en cómo cada uno de los relojes que él escogía debía verse, sentirse en la muñeca, funcionar. A veces usaba unos, a veces otros, pero –es evidente- no podía usarlos todos simultáneamente. Había algunos que nunca le vi puestos. Los relojes, por ser parte de su colección, tenían una existencia inútil o poco funcional. No hacían aquello para lo que habían sido creados: dar la hora para alguien. Porque eso hacen los relojes, ¿cierto? Dan la hora para alguien. ¿A quién le importaría un reloj en el espacio, sin nadie que pudiese valorar su función? Entonces pienso en mi abuelo: pienso en cómo su aprecio por algo que no caracteriza al reloj lo volvía, al reloj, digno de ser coleccionado, pero al mismo tiempo sometía al reloj a ser un no-reloj por cierta –la mayor- parte del tiempo.

Yo colecciono personas.

L.: bienvenida a mi colección.

*

A veces siento que mis emociones son más sofisticadas que mi capacidad de usar el lenguaje. Entonces cuando hablo y quiero expresar una idea que en mi cabeza es sublime, en la conversación aparece como un chancho con tutú bailando tarantela. Otras veces mi manera de decir las cosas –el armatoste de palabras e imaginería y referencias que construyo- es más elegante que mis ideas, entonces sueno a [inserte referencia culta], pero internamente sé que solo soy un perro esperando que le hagan cariño detrás de la oreja y le tiren un palito.

¿Qué quiero decir con esto? Dos cosas:

  • que me gustaría que este perfil de L. estuviese mejor escrito de lo que está y
  • que lo que está bien escrito es fuego artificial. Que mi relleno es eso: relleno.

L. dice: “Me llama caleta la atención que los perfiles que he leído sean licenciados de en literatura. Nosotros podemos escribir y qué brígido que te necesitemos a ti en vez de escribirlas nosotros. Mi relación con el sexo es así. Yo creo que nunca me he enfrentado así a escribirlo, pam.

Después de esta conversación me veo como cero selectiva. Con mis relaciones, cualquiera; con mi cuerpo, cualquiera. Entonces estoy como a la deriva.

¿Tú conocí más gente que le pase, qué tenga vaginismo? ¿Se puede mejorar? Hmm ya. Porque o sea me da lata. Siento que hay culpa, siento que hay weas, y como que digo ya, basta de ponerle nombre. ¿Es como que la mente no quiere y tu vagina se cierra? ¿Tiene relación con que no dejo a ningún hombre entrar a mi vida?

¿Por qué habré dejado esto tan pendiente?

¿A cuánta gente se le irá la vida y no le importó?

¿Tú crees que es algo que hay que solucionar?

El tema está y existe y lo pienso. Pero intento fallido tras intento fallido.

¿Qué me aconsejai?”.

 

 

 

 

 

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