Está de pie en medio la nieve, pero no, eso es decir muy poco. Hay nieve y árboles – ¿tal vez un bosque?-, comienza a anochecer, el cielo se ha vuelto gris. Aparte de nosotras, nadie más. No traje nada para abrigarme, tengo las puntas de los dedos helados. Nunca me preparo para el frío. En cambio ella. Ella, además de pantalones y un chaleco lleva una parka azul, guantes, una bufanda, botas y un gorrito de lana negro que le llega hasta las cejas. Y sobre la nariz anteojos ópticos grandes, como los que usaba mi abuela. Me acerco, me cuesta caminar, se me hunden los pies, se me mojan los calcetines.

Ella enciende un cigarro y me fijo en sus labios gruesos, como de muñeca, pero no, un botón demasiado relleno, inaceptable para una muñeca, excesivamente carnoso. Yo nunca he tenido labios así. Me mira como si tuviéramos todo el tiempo del mundo y yo actúo como si fuese verdad: meto las manos al bolsillo, agarro una pelusita, juego a deshacerla entre mis dedos. Nos ponemos a caminar y los árboles se hacen más tupidos. Lo primero que dice es: “Cuando estoy con hombres me pongo a llorar”. Se quita el gorrito y su pelo –abundante, castaño-oscuro-casi-negro, hasta los hombros- le cae sobre la frente. Se detiene, mira hacia la izquierda, inclina la cabeza. Escuchamos por un minuto: si te concentras puedes oír a lo lejos un ruido de fondo, constante. Tal vez es una retroexcavadora, tal vez es un auto enterrado en la nieve, un motor haciendo demasiada fuerza. Tal vez nos gustaría oír algo más que nuestra respiración.

Caminamos lento y su voz suena suavecita, como si estuviésemos más bien puertas adentro, preparándonos un café, en vez de aquí, tiritando. “Me siento muy y muy poco sexual. Vivo el sexo desde la negación y recién lo estoy descubriendo. Poco sexual porque busco lo sutil y lo calmo, no me siento conforme con mi cuerpo, muchas cosas me avergüenzan. Muy sexual porque con hombres soy capaz de hacer muchas cosas de las que suelo arrepentirme por pudor o por vergüenza, de ahí supongo que deriva el llanto. Con ellos me siento una pornostar y accedo o incluso pido participar en muchas fantasías, como tener sexo anal, golpes, ciertas posiciones. Con las mujeres el sexo suele ser algo relacionado con lo sutil, blanco, claro, con los hombres tiene que ver con dolor y vergüenza. El dolor es algo que busco, no es por ejemplo ‘me duele, no quiero’, es ‘me duele, qué bueno’, me gusta, pero luego me avergüenzo de que algo que me gusta al mismo tiempo me castigue o hiera”. Dice con reticencia estas últimas dos palabras, como si fueran tontas o demasiado expresivas. Algo se empieza a desenvolver y mientras ella sigue caminando pienso en figuritas de porcelana alineadas sobre un escaparate, en el momento en que alguien se apura en tomar café y se quema la lengua, en la forma en que uno se refriega la piel cuando siente que la suciedad no sale. Dice: “En el sexo heterosexual hay una parte totalmente ajena a mí, o que por lo menos no he podido conectar conmigo y la niego, me asusta, me bloquea. Después de tirar con un hombre siento culpa o vergüenza, me dan ganas de salir corriendo, me angustio, siento mucha ansiedad”.

“Durante mucho tiempo me jacté de ser lesbiana. Creo que le tenía miedo a la idea de estar con hombres. La primera vez que lo hice fue con una mujer, a los 14. Era una amiga con la que tenía onda, pero nunca lo hablamos, nunca dijimos que éramos pareja ni nada. No me acuerdo tanto en verdad. Estábamos en una casa en la playa y empezamos a agarrar y terminamos tirando. Duró como 5 minutos. La primera vez que lo hice con un hombre fue a los 19 y luego de que pasó pensé ‘¿esto es tirar con un hombre?’. El sexo con hombres nunca ha sido tan bueno como con el con mujeres, por eso siempre pensé que me gustaban más las mujeres. Me gustan las mujeres o de mi porte o un poco más altas, que no sean muy gordas, intrigantes, que puedan mantener una conversación. Y me gustan los hombres tiernos, no feos, no gordos, inteligentes o que por lo menos su discurso no tenga contradicciones, o sea, que no sean tontos. En general no pido demasiado para acostarme con alguien: si esa persona me pesca y cumple con uno o con varios de mis requisitos, bacán. La gente en general me parece atractiva. Me gustan muchas personas, así que cuando noto algo de interés o atracción, voy. Yo no me la juego por nadie, nunca. Pero si hay algo, voh-dale. Voy no más”, tomo nota y en mi cabeza lo guardo en el cajón de Por-qué-no-se-me-había-ocurrido-antes. “Suelo no cuidarme, porque nunca estoy pensando tener relaciones sexuales con un hombre, nunca es planeado, son por lo general desconocidos, mientras que las mujeres con las que me meto siempre personas que conozco”.

“Me gusta usar calzones con florcitas y sostenes Victoria’s Secret tipo peto, mi lencería es muy estúpida. Me masturbo, creo que todo el mundo debería hacerlo, me parece importante saber qué te excita, qué te estimula. Cuando tengo ganas de masturbarme y me da lata inventar una historia en mi cabeza pongo Redtube, las cosas más típicas, tipo profesor-alumna y chao. En este minuto mi fantasía se resume a estar con L. (*hombre) en una cama King tirando todo el día. Más chica me excitaba mucho la relación de autoridad, siempre muy heteronormada, al estilo de una porno tradicional. Mis fantasías sexuales suelen ser muy heterosexuales y clásicas. Me acuerdo de otra de cuando iba a una psicóloga que era de todo mi gusto y me imaginaba mucho la relación paciente- terapeuta”. Le pregunto qué tipo de persona le gusta, que me nombre un par de famosos: “Nicole Kidman, Meryl Streep, Sigrid Alegría, Julianne Moore, Claudia Di Girolamo, Begoña Basauri, Francisca Imboden, Blanca Lewin, Amparo Noguera…haría la media teleserie jajajaja. Si estuviera viva Marosa di Giorgio, tal vez ella, pero es puro efecto escenario: me gustaría tener relaciones sexuales como las que aparecen en sus poemas”.

“No me gusta mucho tener sexo, me da pena, vergüenza, pero si lo hago prefiero que sea en la cama o en la ducha. Nunca hablo, gimo solamente si sé que no hay alguien que nos pueda escuchar y lo hago solo si la otra persona también gime. Lo que más me gusta que me hagan y lo que menos me gusta es, al mismo tiempo, el sexo anal. Las primeras veces que tuve sexo anal me daba mucha vergüenza la relación con la caca. Luego, cuando tuve parejas sexuales más estables entendí que era normal y muchas veces ellos se preocupaban de limpiarme y de que me sintiera cómoda. Pienso que podría llegar a practicar sadomasoquismo alguna vez en mi vida. Tal vez por eso me da miedo ahondar más en mi relación con los hombres”.

Ya casi ha oscurecido por completo, sopla un viento que me congela las orejas. Cuando hace frío como ahora me castañean los dientes. Es tonto porque siento que esto interrumpe todo, pero no lo puedo evitar. Clac, clac, clac, clac, clac. Mis preguntas suenan burdas, sus respuestas me hacen un hoyito en la piel, como cuando uno pasaba una goma de borrar sobre el dorso de la mano y empezaba a quemar hasta que la piel, roja, inflamada, comenzaba a sangrar. La miro, espero: “He fingido orgasmos con hombres: cuando sé que no me voy a ir y quiero que se termine. Así ellos se van. Y se termina, al fin. El problema con los hombres es que me dan ganas de huir a las 4 de la mañana cada vez que tengo sexo con uno. No es culpa de ellos. Se esfuerzan igual. Y se asustan un poco. Me tratan de tranquilizar, me invitan a caminar, me dicen que me calme. Me carga cuando hacen eso. Algún día se me pasará. Creo”.

Mujeres, hombres. Suavidad, dureza. Cuidado, violencia. “Con las mujeres mi estrategia clásica es invitarlas al departamento a tomar piscolas, a ver series o películas o simplemente a conversar. Si es un carrete con más gente me preocupo de que ninguna de mis amigas se quiera quedar a dormir, porque o si no yo tendría que dormir con mi amiga y mi pinshe en el sillón o pueden haber ciertos desajustes raros, no sé, sería extraño que yo insistiera, por ejemplo, en dormir en el sillón con la mina en vez de dormir en mi cama, qué sé yo, cosas logísticas estúpidas. La ebriedad y el abrazo cuando estamos acostadas es clave para mí”. Se ríe. Entiendo lo que dice y pienso en piezas de ajedrez, en alguien preparando una mesa para sentarse a comer, en un cazador tendiendo una trampa, en el vértigo de un pedazo de piel que toca otro pedazo de piel. “Con un hombre nunca sé cuándo voy a tener sexo sino hasta que lo estoy haciendo. Es extraño. Hay momentos en los que estoy culiando y mi cabeza se da cuenta que estoy teniendo relaciones y wow, ¡con un hombre! Con las mujeres suele ser más pauteado y evidente porque por lo general es con minas con las que tengo minionda y depende mucho más de ellas que de mí. Cuando tengo muchas ganas de estar con una mujer específica me pasa algo similar a cuando estoy con hombres: estoy haciéndolo y me doy cuenta de que estoy con ella y no lo puedo creer”.

“El lugar más extraño donde he tenido sexo ha sido en el Forestal, con un mino que había conocido esa misma noche. A la semana siguiente mi mejor amiga me presentó a su pololo con el que llevaba un mes y era el mismo weón. También en el mar, en Montevideo, con mi ex … A veces me dan ganas de mejorar ciertos encuentros. Tuve una andante con la que tiramos unas tres veces y nunca fue bacán -ella era muy rara para tirar-. Eso me gustaría repetirlo, pero para hacerlo bien”.

Nos quedamos calladas. Pienso en cómo llenar este espacio entre su cuerpo, mi cuerpo, el bosque, la nieve. Ya hay tantas cosas y lo he hecho mal. Pienso en una bolsa con pájaros aleteando furiosos, pienso en escribirle una carta: podríamos sentarnos aquí a escribirnos cartas la una a la otra, frente a frente. No se necesita una mesa para escribir, nos podemos apoyar en nuestras propias piernas. O nos podemos turnar: yo escribo primero apoyada en su espalda, luego ella lo hace en la mía, y así. Pienso en llamar a sus amigas. ¿Y si todas vinieran? ¿Y si ponemos música? ¿Y si agarramos una pala o varias y entre todas cavamos un hoyo y hacemos un fuerte? Nos sentamos lado a lado, apoyadas contra un árbol. Se acuerda de algo, se empieza a reír bajito, dice: “Un tipo con el que me acosté me despertó a la mañana siguiente a las 7am para ‘regalonear’ –hace las comillas con los dedos, el gesto demora un poco en evaporarse, los dedos en el aire unos segundos más de los estrictamente necesario-, quería desayunar, pasear por la ciudad, estar conmigo. Yo lo único que quería era irme, que me dejara tranquila. Lo encontré terrible”. Recortamos la palabra “regalonear” en tiritas y le ponemos un puñado de nieve encima.

Le pregunto cuál es su primer recuerdo sexual. Achica los ojos, ladea la cabeza. Esta es la forma en que sonríe: una línea recta y gruesa se curva hacia arriba lentamente y de un momento a otro estalla y exhibe el cuello como si se fuese a echar perfume: “Me acuerdo de Sigrid Alegría bailando muy sensual en una teleserie que yo veía cuando tenía 10 años. Eso más que sexual era excitante”. Sigrid, verdad, Sigrid. Quiero más. Le pregunto entonces qué la excita y dice: “Me calienta caleta el coqueteo previo, algún roce, el cariñito silenciado, la ingenuidad de ‘¿le gustaré, me gustará?’”. Si estuviéramos en la playa ella vendría desde el mar y se estrujaría el pelo mojado en tu espalda. Comentamos que hace frío, nos reacomodamos. Exhalamos fuerte para que parezca que estamos fumando, ella deja de lado el juego y saca otro cigarro. “He hecho tríos dos veces, las dos con dos hombres. Me parece agotador”. Tiene que serlo, le digo. Nos reímos, palmeamos la nieve, armamos pelotitas chicas, medianas, grandes, del tamaño de un puño cerrado, y las alineamos frente a nosotras.

“He pololeado una vez, con una mujer. Empecé con ella porque me pidió pololeo y no supe decirle que no. Igual, siempre he creído que el amor se da con el tiempo así que me pareció buena idea. Nuestra relación era monógama, súper clásica. Celebrábamos los cumplemeses, nos importaba mucho la fidelidad. Usábamos uno de esos dildos para dos personas de vez en cuando. Una vez me dijo: ‘¿Cachai que llevamos un mes sin tirar?’ y no po, yo no me había fijado. No me interesa tanto la frecuencia, pero lo peor que me han dicho es ‘no, estoy cansada’”. Agarro una ramita que encuentro a mi lado y la empiezo a romper: primero por la mitad, luego la mitad de la mitad y lo mismo con la otra mitad. Y así, en paralelo, hasta que cada pedacito es un fragmento equivalente al otro. Dejo todos los pedacitos juntos en un montón, como si fuese una pirámide, pero no es perfecta y creo que si es que alguien la viera no pensaría que es una pirámide.

Comienza a amanecer. Cuánto tiempo. ¿Qué vamos a hacer con las pelotitas y las ramitas y cómo me voy a salvar de este resfriado? Su voz se suaviza como si tuviésemos que tener mucho cuidado porque estamos a punto de despertar a alguien: “El mejor sexo ha sido con L. Había ido a la casa del pololo de una amiga y había otro loco más, estábamos los cuatro tomando y yo estaba muy ebria. Tengo dos imágenes de esa noche de las que me arrepiento: la primera es él y yo dándonos un beso y yo diciéndole que besa muy mal; en la otra estamos en el baño y él me está metiendo un puño completo en el ano. No entiendo cómo llegué a estar tan dilatada. Luego de eso, me vestí, fui a mi casa y le mandé un mensaje a L. ‘Ven’ decía, y él llegó en media hora, yo lo esperé desnuda y tuve el mejor sexo de mi vida. Me fui cinco veces (aunque me parece que irse muchas veces es solo una forma de jactarse de buen sexo) y no lloré, aunque al día siguiente lo eché muy temprano. En ese momento yo estaba pololeando con mi ex, la engañé”.

“A L. lo conocí trabajando en una librería del centro, en los fines de semana. Estaba siempre muerto así que veíamos películas, comíamos comida china, así se fue dando. Pasamos mucho tiempo juntos. L. es -comilla en el aire, los dedos rascando el vacío- ‘el amor de mi vida’. Sé que es el amor de mi vida porque cada vez que hablamos se me aprieta la guata, y cuando sé que lo voy a ver me dan nervios. Y también porque desde que lo conocí me empecé a proyectar con él. Con él tendría hijos. Antes de él pensaba que nunca querría tenerlos, no me gustan los cabros chicos, nunca me han gustado. La última vez que lo vi fue luego de haber peleado hartas veces. Fue a verme y me dijo ‘Ahora sí, me la quiero jugar por ti‘. Le dije que había comprado un pasaje, que me iba. Se puso a llorar. Hablamos todos los días. Tal vez venga él para acá. Tal vez yo vuelva. Tal vez no”.

La miro. Hay tanto más por anudar, desanudar, reconstruir, soltar. Pero eso no va a ser conmigo. Dejamos nuestras pequeñas esculturas de nieve, nos ponemos de pie con esfuerzo. Tenemos que volver a casa.

 

 

2 comentarios en “M., 25, licenciada en literatura

    1. Sí y no. Creo que siempre es peludo pensar en cifras cuando se trata de sexo. Cuánto es mucho, poco o suficiente como muestra? Tal vez tiras con 30, pero son todos del mismo rango de edad y nivel socioeconómico y país y apertura mental, o tal vez con 4, pero todos muy distintos entre sí. No sé. Lo que sí sé es que creo que esa frase más que un diagnóstico de cómo es el sexo con hombres, es un buen resumen de cómo ella aborda el sexo con hombres: de su escenario mental y disposición.

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