Crecí añorando convertirme en una mujer peligrosa. He estudiado la especie tanto como su propia naturaleza lo permite. No ha sido sencillo, porque las mujeres peligrosas son animales raros. Son difíciles de definir, demasiado esquivas como para encasillarlas con rapidez.

Una mujer peligrosa no aguanta un examen demasiado exhaustivo o intenso: hay que hacerlo por tandas, evitando agotarla, aspirando a que ni siquiera lo note. Apenas se siente acosada, se desparrama entre los dedos: se mimetiza con su interlocutor, se desliza como sombra a la salida de emergencia más cercana. 

*

“El sexo es un poco todo. Yo estoy todo el día pensando en sexo, de alguna manera. Cuando estoy caminando por la calle me imagino a todos sin ropa. A veces me carga, porque me imagino a parejas tirando. Es horrible e inevitable. Tengo amigas que no me gustan cómo se ven juntas, e igual me las imagino. Siempre me estoy imaginando cómo puedo impresionar a mi pareja. Estoy en función de eso, buscando. Yo me toco mucho, en todos lados, pero no uso dildos, solo manito o esos vibradores chiquititos que se ponen en el dedo. A veces se cansa mucho la mano, sobre todo cuando uno lo hace a destajo. Me da energía. A veces es solamente funcional. Por ejemplo, si en la mañana me da lata levantarme, me masturbo, tengo un orgasmo y despabilo. Lo hago todos los días, excepto cuando estoy enojada con L., porque cuando lo hago pienso en ella. Encuentro que uno debería masturbarse en todas partes: delante de tu pareja, sola y hasta en el metro, sin que se note tanto. Es importante para ver si te gustan otras cosas y poder decirle al otro.

Me gusta culear cuando estoy triste, cuando estoy llorando, cuando estoy eufórica, cuando estoy curada. Involucro mucho la felicidad y la tristeza. Las veces en que no me ha gustado el sexo es cuando me he culeado por nada a weones que no me gustaban.

Me gusta hablar por hablar, con respiración incluida, para demostrar que estoy súper caliente: tupirse hablando weas sin sentido porque estai demasiado bien, como diría Arjona. Me gusta que me digan weas ordinarias, no sé, como eris una caliente de mierda. Me gustan los golpes en el poto, tirar el pelo, rasguñar la espalda, morder. No me cagaron la vida las cosas que me pasaron cuando chica. Cuando se pone más suavecita la cosa me gusta hablar weas románticas y decir mucho te amo. El te amo nunca sobra, siempre falta. A veces le digo te amo millones de veces. Y eso es bacán, porque se dan todas esas cosas con una persona y en un culeambre: ser la perrita, la princesa, la desconocida, todos esos roles”.

*

Hay que hacer un esfuerzo para hablar de mujeres peligrosas y no terminar cayendo en el cliché. El adjetivo de “peligrosa” suele asociarse con tantas cosas por defecto: locura, crueldad, frivolidad, cálculo. Puede que haya algo de eso, pero también hay tanto más: una mujer peligrosa desafía la conformidad, desprecia la mediocridad, amenaza tus nociones de lo que está bien y está mal.

Una mujer peligrosa no es, necesariamente, culpable de nada, aunque todo el mundo tienda a culparla -es sospechosa, sí-. 

*

“No me siento definida por ninguna tendencia u orientación sexual. Me cargan esas distinciones. En un momento de mi vida, cuando estaba más linda y tenía, no sé, diecinueve o veinte años, era la reina de la heterosexualidad. Me agarré a trescientos mil ochocientos minos, al que quería, cuando quería, pero ahora como que se me dio demasiado vuelta la tortilla, literalmente. Y no creo en las categorizaciones. No creo que alguien sea demasiado algo. ¿Cómo vas a ser toda la vida de una misma manera? No sé qué soy. Soy muy caliente no más, onda, me gustan mucho las personas, el tocarse.

Me podría gustar cualquier persona, siempre que no sea pedante. Un facho o una facha no, ni tampoco podría estar con alguien a quien no le gusten los niños, porque tengo una hija.  O que no le gusten los animales. No me calienta la gente que me cae mal…aunque de repente sí, jaja. Ojalá, en hombres, que no sean poetas. Los odio, se creen la raja. Mundo de editores, de poetas, por favor paren. La falta de humildad es lejos lo que más me mata las pasiones en la vida. Hay cosas mucho más extremas, físicas: no podría estar con alguien con labio leporino o sin una pierna. Es heavy lo que te estoy diciendo, sí sé. Tampoco podría estar con una persona con un retraso mental. Estoy siendo súper sincera.

No me gustan las minas gordas. Sé que es políticamente incorrecto. Yo no soy un palo e incluso he pesado 10 kilos más que ahora. No me refiero a la gente que es gorda por enfermedad, sino a las flojas, a las que no se quieren, que no tienen hábitos o que son mezquinas. Te estoy hablando de 100 kilos para arriba, donde es loca, estai piteada. ¿Por qué te estai haciendo esto? La gorda que se queja de que está gorda es para cachetearla. Todas las minas tenemos ese temita. Ojo, encuentro demasiado barsa también a las minas que quieren tener talla 36 y están en talla 40 y dicen que están obesas, porque están regias igual”.

*

Cómo identificar rápidamente a una mujer peligrosa: si se pinta las uñas de los pies. Esto no es algo para ser tomado a la ligera: así como uno puede identificar un tipo de ave por las características de su plumaje, se puede tipificar a una mujer peligrosa por la manera en que se presenta.

No puedo ver sus uñas ahora porque hace frío y lleva puestos zapatos cerrados, pero podría apostar que las tiene pintadas. Y que las tiene pintadas de rojo.  

*

Cuando yo me fijé en L. fue porque la encontré demasiado enigmática. Yo la miraba y pensaba que jamás me iba a pescar. Me la joteé heavy. Yo la encuentro una mijita rica. Me calienta mucho la inteligencia. Además, es como caballera. Me mata: me abre la puerta de los taxis, te deja pasar primero, te lleva las bolsas. Son weas super machistas, pero que en ella me calientan mucho. Me piropea todo el día.

Yo nunca me había metido con una mina sexualmente siendo adulta, hasta ella. Un día, cuando estábamos recién saliendo, ella iba a ir a mi casa y era obvio que íbamos a culear porque ya nos habíamos dado besos. Y weona me dolía la guata, me dolía todo, estaba nerviosa, tiritaba, mal. Le pedí consejos a mis amigas y me dijeron que ella me iba a guiar, y yo pensaba que no, porque ella no es de la personalidad de hacer todo. La cosa es que no pasó nada porque alguien la llamó y yo igual pensé que algo místico estaba pasando, como que el mundo no quería que culeáramos.

Otro día me invitó a su casa y yo pensé que no iba a pasar nada, porque ella vive con más gente. Me saludó de beso en la cara porque estábamos peleadas -peleamos mucho-, andaba con pijama, y lo primero que me dijo es que le había llegado la regla. Me acosté al lado de ella a leer La caperucita se come al lobo, ese libro medio erótico de Cuneta, y me empecé a calentar más que la mierda, y le di un beso y empezamos así, grado dos, y ella va y me saca toda la ropa y me la hizo. Pasó de todo y no me sentí rara después. Un amigo me preguntó si sentía como un antes y después de haber estado con una mina, pero no. No me siento lesbiana, me siento igual que siempre. Rico no más.

Yo a veces siento que es un karma, una cruz, lo de ser gusto de hombres, pero es mi decisión si yo estoy con ellos o no. A veces L. se pone celosa, pero me tiene que empezar a creer más. Es verdad: me jotean, me miran harto, pero me tienen media podrida. Algunos son minos, pero no me satisfacen. Encuentro que los hombres son un poquito aburridos, incluso”.

*

No tiene solo que ver con cómo se ven, sino con cómo se mueven. Una mujer peligrosa siempre parece que está huyendo de alguien o algo, que está a punto de arrebatarte de las manos lo que más quieres o que tiene algo que tú andas buscando hace tiempo. Es una urgencia: una mujer peligrosa siempre anda contra el tiempo porque el mundo se le pone en contra: huir, atacar, proteger. Tres modos básicos.  

*

“Yo viví y crecí en una ciudad campestre donde estaba todo súper permitido, incluso el incesto. Vi cosas super horribles. Todo lo que te puedes imaginar es poco. Vi a mi hermano culeándose a las nanas, un tío abusaba de mí. Viví weas super raras, pero también pasaron weas bonitas.

Mi primer recuerdo sexual fue con la Maca, éramos muy amigas. Yo tenía como seis años. Ella era Opus Dei -eran catorce hermanos, ¿te podí imaginar? En una pieza dormían cinco, en otra tres-. Ella era flaquita, de pelo negro, super acinturada. Yo siempre más rellenita, más voluptuosa. Dormíamos juntas y, cuando lo hacíamos, sin hablar, nos empezábamos a tocar. Nos dábamos besos con lengua, y eso era raro. Me acuerdo de que nos olíamos harto. Me gustaba el olor a sexo. Súper precoz. Yo no pensaba que estaba haciendo algo malo, pero sí pecaminoso.

No hablábamos de eso. Había vergüenza, obvio. Yo llegaba a su casa y jugábamos y veíamos películas, pero lo único que quería era que pasara. Esto es típico de la exploración infantil, pero yo me exploré demasiado. Yo era súper agrandada, creo que tenía que ver con las películas. Una vez estaba enferma y mientras mi mamá estaba viendo Atracción fatal me hice la dormida, pero me encantaba. Me preguntaba cuándo llegaría el día en que podría hacer esas cosas. Desde chica fui muy sexuada, muy atenta a eso.

También hice cosas con mi primo, típico, pero mi primo no me gustaba tanto. Una vez me chupó las pechugas y encontré que se había sobrepasado: yo no tenía, entonces sentí que me estaba chupando algo que yo no tenía. No me gustó, me dio como rechazo. Nunca más me lo agarré. Fueron como tres años de exploración con él. Y también con una prima, aquí en Santiago, cuando ya tenía siete u ocho años: nos follábamos muñecos de peluche. Nos follábamos a uno morado gigante y después le tomábamos el olor.

Me gusta el olor a secreción vaginal femenina. Es como de mar -no como el choro, sino más rico-, un poco saladito. Me gustan los condimentos y encuentro que es súper condimentado. Eso me gusta. Pero esas cosas las vengo concientizando ahora. Cuando chica no tenía idea, me gustaba no más lo que estaba haciendo”.

*

Un ejercicio sencillo para los novatos: ¿cómo se abre un regalo?

Hay al menos dos opciones, dos tipos de personas: los que lo hacen con cuidado, buscando salvar del daño (inevitable) al envoltorio, como si el papel fuese en parte un regalo también; o rajándolo rápido, lo antes posible.

Adivina cómo los abro yo.

Adivina cómo los abre M.

*

“Mi primer orgasmo fue en quinto básico. Daban Adrenalina, yo me creía Cathy Winter. Tenía el mismo peinado y usaba el delantal abierto como en la teleserie. No me la perdía. Un día estaba viéndola y casi me meaba: me empecé a mover para que no se me saliera el pipí y tuve un orgasmo – yo nunca había escuchado la palabra orgasmo, no sabía lo que era- y me meé del placer. Tuve un orgasmo increíble. Después de esa vez lo intenté de nuevo y no me resultó. Muy frustrante.

Perdí la virginidad a los 19, con el papá de mi…¡no! A los 18, con un rapero culiado. Le mentí a todo el mundo. Siempre dije que era el papá de mi hija. ¿Sabís por qué lo hice?: es que es famoso, no lo puedo nombrar. He estado con varios “famosos”. Él tenía una hija y a mí hasta entonces nunca me lo habían metido, no había perdido la virginidad. El weón quedó negro, onda, qué pasa, qué onda. Lo hice porque me sentí presionada por mi círculo. Todas mis compañeras hablaban de algo que yo desconocía. Yo pensaba que iba a sangrar, a lo gitano. Esperé harto rato también, por nada, aunque tenía un poco de miedo de que me doliera. Soy super alharaca. Me dan un poco de miedo los dolores físicos, pero también me gusta que me peguen. Me daba miedo que me lo metieran, que me rajaran, una wea super brutal. Pero ni me dolió ni sangré y fue la wea más fome del planeta. Qué fome que haya sido así. Demasiado”.

*

El problema de las mujeres peligrosas es que son un riesgo real y, como tal, la humanidad se alinea para anularlas: hay cuentos infantiles que las demonizan, hay historias del día a día que las encapsulan en retratos bidimensionales, hay advertencias sutiles y no tanto en la música, en las películas y en los libros.

No existe ningún animal que no cumpla un rol fundamental en su ecosistema.  Una mujer peligrosa no escapa a esta verdad, por mucho que se pregone la necesidad imperiosa de extinguirlas y evitar su reproducción.

*

“He pasado por situaciones de abuso super dolorosas desde chica, que me han perseguido harto. No me traumo en la cama, pero no ha sido fácil digerirlas.

El primer abuso que sufrí fue a los doce años. Ya me había llegado la regla y estaba en esa edad en que las niñas son más bonitas y usan petitos y falditas. Un día mi papá me fue a dejar a la casa de mi primo -el mismo con el que yo había tenido cosas- para que nos bañáramos en la piscina. El papá de mi primo, Roberto A., era un turco, esposo de la hermana de mi papá. Yo cachaba que él me miraba con cara rara, entonces nunca me acercaba mucho a él, lo saludaba rápido. Yo huelo harto las cosas, sé perfectamente lo que va a suceder, en todo.

Cuando llegué no estaba mi tía y eso me puso muy nerviosa. Estaba él, mi primo y la nana, la Carmencita. En un momento en que yo me estaba bañando quedé sola con este weón -no sé dónde se fue mi primo, lo tengo medio bloqueado-. Recuerdo que él tenía demasiados pelos en el pecho -escribí un poema en el que digo que eran como alambres de púa en el pecho-, y que me abrazaba a cada rato. Yo me salía de la piscina y él me decía “besitos de tío” y me daba topones. Yo tenía miedo de salir corriendo y que él cachara que yo sabía que lo que estaba haciendo era malo. Entonces le daba los besos, pero tratando de que me dejara tranquila. Luego subí a la pieza de mi primo a cambiarme y de repente siento las escaleras. Y este weón entra y yo le pedía que por favor no entrara, que me quería cambiar de ropa, y él me decía pero si yo soy su tío, soy su tío y me abrazaba y me decía yo te quiero mucho, cosita más linda, preciosa. Me abrazaba tan apretado que le sentía el paquete duro. Y por suerte la Carmencita va y grita don Roberto, lo llaman por teléfono, y me fue a buscar y me sacó de ahí. Esto no lo supo nadie hasta mucho después, cuando le conté a mi hermano grande y quedó la cagada y le sacaron la chucha, pero este weón ya le había dado besitos de tío a cuatrocientas pendejas más. Me persiguió mucho tiempo ese weón. Me saludaba con besos cuneteados ponte tú. Yo me quedaba piola. Mi abuelo también: me tocaba el culo como hasta los dieciocho años y yo tenía que soportar esa wea”.

*

Hay entonces un depredador principal: los otros. Hay otro depredador natural, más amplio: la vida. Como si se tratase de un guion cruel, a las mujeres peligrosas las cosas les salen torcidas o les pasan por encima. Como imanes, convocan la intensidad en toda su amplia gama de manifestaciones: desde tragedias hasta felicidades eufóricas. La realidad las aplasta: los valores de las cosas que les pasan resultan más o menos indiferentes a la larga, porque todas las cosas les caen encima como quien arroja un caja fuerte a un peatón desde el décimo piso de un edificio.

*

“Un hito súper importante en mi vida que me hizo entrar a un ciclo super autodestructivo fue cuando se murió mi papá. Yo tenía diecinueve y dos meses después de que pasó me culeé al mundo entero. No lo lloré, me dediqué a tomar.

 Me fui a Papudo con una amiga y me culeé hasta los pescadores, terminaba tirada en la arena. Toqué fondo una noche en que fui a una discotheque en la playa, con mis amigas, y me veía regia, estupenda, y estaba super curada bailando. Un weón se me puso al frente y me lo agarré. Mientras lo hacía sentía que se le caían los dientes adentro de mi boca, pero era porque tenía un aro en la lengua. No cachaba nada, no sabía si era verdad, mentira, si estaba soñando… y por nada terminé en una carretera con el weón metiéndomelo. Fue demasiado feo, demasiado triste. Yo tenía heridas en las rodillas y estaba con los calzones abajo. No encontraba a mis amigas, estaba en una carretera. Una de mis amigas me recogió. Les inventé una historia porque tenía asco de mí misma. Me puse como católica, tipo “Dios me está mirando con mi papá desde el cielo”. Esa noche dormí pésimo. Me acosté con mi mejor amigo -no culeamos- y el weón me hizo cariño todo el rato, pero no le conté. Necesitaba silencio y todo eso. Y soñé que mi papá me retaba: me llamaba por teléfono y yo me bajaba del camarote a contestarle y me decía “¿cómo te estai portando? Te estai portando mal”. Y me dio un número, pero como era un sueño yo no podía escribirlo.

Esa época fue horrorosa. No sé a cuántos weones me habré culeado. Cincuenta, no sé. Después me hice ver, todo solita. Ese fue sexualmente un periodo muy, muy malo. Salí de ahí perdonándome y no haciéndolo más. Estando con quien quería estar. No hay palabras para describir ese periodo. Fueron unos cinco meses destructivos totales, donde estaba todos los días curada, todos los días culeando. Como hedionda. Estaba super flaca y era regia y me vestía bien, pero ¿para qué? Para nada, para puro destruirme”.

*

¿Qué rol cumple una mujer peligrosa? A la rápida y en desorden: mantiene en constante estado de alerta a su entorno, los obliga a estar despiertos. Empuja los límites de todo lo que se le cruza por delante. Testea de qué están hechas realmente las personas que la rodean. Excita. Tienta. Corrompe si hay una grieta.

*

“Después de esos cinco meses horribles tras la muerte de mi papá, conocí a F. Me enamoré de él, pero creo que fue porque estaba buscando un papá -siempre he estado con hombres mayores-. Porque estaba enamorada me quise embarazar altiro y le metí un gol heavy. Lo habíamos hablado, pero él estaba de acuerdo con eso dentro de las maravillas que uno conversa en el amor, pero yo le metí el gol no más. Fue una manera de irme de la casa de mi vieja, a la que odio mucho, y lo logré. En verdad me echaron. Me dijeron puta, asquerosa, perra. A mí me exiliaron de la ciudad donde crecí y de mi familia por hacer cosas que ellos no hacen. Soy como la oveja negra, porque siempre he sido la que ve las cosas familiares feas. En todas las Navidades dejo la cagada, me encanta. Puedo ser muy mala con ellos, pero ellos han sido mucho peores conmigo, porque no me aceptaron. No me aceptaron como nací. Y eso sí que es feo.

Y entonces estuve con F.: amoroso, buen cabro, jesuita, del San Ignacio. Super buenmozo, mis amigas le tiraban los calzones como si fuese el weón más rico del planeta. Es estupendo, pero  era muy celoso y muy papá. Me retaba como cuando uno reta a una niña. Era como si él tuviese dos hijas. Al principio me gustaba harto culear con él porque yo lo calentaba mucho y esa wea me calentaba a mí. Me encontraba la weona más rica del universo. Yo tenía muy buen estado físico porque estudiaba teatro. Hacíamos contorsiones al principio y era bacán, pero eso fue durante un año de ocho. Cuando ya llevábamos harto y mi hija estaba más grande, vivíamos juntos en un departamento en Macul, empecé a hacer un magíster -que no terminé- y llegaba tarde y el weón me tomaba el olor. Se puso celoso heavy, crazy. Se fue a la mierda todo. Yo me hacía la dormida para no culear con él y de repente sentía que el weón me lo estaba metiendo. Después caché que eso es violación, pero en el momento no. Como que yo creía que tenía derecho de hacerlo. Lo hizo varias veces. Nunca lo he hablado con él porque no fue su intención, estoy segura de que en él no había  maldad”.

*

A veces, para entenderlas mejor, es más fácil pensar en analogías. Por ejemplo, las mujeres peligrosas podrían ser como mesas. A simple vista una mesa es pura superficie y función y el observador puede cometer el mayor error posible al juzgar una mesa: verse a tentado a definirla según sus atributos, cuando sus atributos son solo su manera de ser materia, de existir. Casi todas las mesas parecen más o menos similares, lo que las diferencia, por idénticas que parezcan, es a qué tipo de situaciones se exponen, cómo las tratan. ¿Qué tipo de gente convoca entorno a ella? Lo que pasa en torno a una mesa es más revelador que la mesa misma.

*

“Me gusta que me hagan cosas. Soy demasiado regalona. Por suerte a mi pareja actual le gusta eso. Por mí que me esposaran las patas, las manos y me hicieran todo lo que se les ocurriera, que no hubiese límite. O sea, que si quiere meterme una Barbie, que me la meta.

Hay un momento que no sé cómo describirlo: es cuando estai enferma de caliente, tanto que no sabís qué hacer, si morder algo o lo que sea, y que hay una sincronía entre ambas personas y vas se lo dices. Me gusta hablar y decirle no puedo más de caliente, qué hacemos, ¡qué hacemos! Tiene que ver nada más con frotamientos, con sentir la respiración, los gemidos. Es el momento que más me gusta y es bacán porque lo puedo alargar mucho, pero también es desesperante. Cuando es tan rico el placer, llega un punto en que quieres que se termine.

Con los weones no me gustaba que se pusieran condones, esperar con las patas abiertas. Y ahora que lo pienso bien, parece que no me gusta mucho que me lo metan. Obviamente me gustaba culear con weones y tenía orgasmos, rico y no sé qué, pero nada en comparación a lo que tengo ahora, ni a los talones. He fingido orgasmos nivel premios Oscar con weones. Con L. jamás. Por eso creo que ahora estoy en mi mejor momento. Me acuerdo de un weón con el que pololeaba y nunca tuve un orgasmo y yo le decía me hacís terminar altiro, y era solo para no seguir.

Ahora es mucho más fácil llegar. De hecho, L. me molesta y me dice eyaculadora precoz. Puedo tener veinte, veinticinco orgasmos, antes tenía tres. No te estoy weveando. Envídiame. Lo hacemos desde las diez de la noche hasta las siete de la mañana, por ejemplo. Antes me daba paja hacerlo. Somos las dos supersexuales, hiper. A veces me da un poco de susto, cuando me pongo más romántica, que nuestro amor se una solo por eso. Tenemos demasiada química, me siento súper afortunada. A veces le digo que solo me quiere para culear y se enoja, porque obvio que no es así.

Me acuerdo que lo que más me gustaba de estar con hombres era la previa. Regalona po. Barsa. Que me hicieran sexo oral -yo lo hacía, pero por cumplir-. Que me tocaran, que me lamieran, así llegaba. Y después quería que me lo metieran rápido para que se terminara. Era un trámite. Parece que no me gustaba que me lo metieran. Todavía no lo tengo muy claro. Cuando estoy con mi pareja, prefiero que me estimule el clítoris a que me meta los dedos. Con lo que no estoy de acuerdo para nada es por detrás. Eso no está bien. Lo he hecho dos veces, pero weona, ¿a quién le puede gustar esa wea? De verdad no lo entiendo. Después sentís que te estai cagando sola. Como que te tiene que gustar demasiado hacer caca. Eso pienso. Una amiga a la que le gusta por detrás me dice que hay un punto en que puedes tener orgasmos, dentro del hoyo, y me explica la teoría. A mí me carga la teoría, me gusta hacerla. Yo hago lo que se me ocurre en el momento. Si me quiero tirar chela en el cuerpo y después nos chupamos la chela, qué teoría tiene eso, cachai. Tenís que tener una fisiología rara, más dilatada. A mí ni siquiera me gusta hacer caca, porque me duele. Debo tenerlo más chiquitito”.

*

Una mujer peligrosa es incómoda, porque genera emociones extremas en los demás. Tal como cuando una persona que le teme a las arañas ve una, el primer impulso es aniquilarlas.

El que la araña exista, obviamente, no es el problema.

Colecciono mujeres peligrosas como quien se lleva souvenirs de vuelta a cada de cada destino que visita. Las voy archivando en mi memoria, las comparo, las enfrento. Aspiro a convertirme en una. Las guardo en una cajita de cristal. Mira ésta, por ejemplo: con su pelo teñido de rubio, los ojos café, uno de esos abrigos de piel sintética, las uñas y los labios pintados de rojo. Tal vez esto último lo estoy inventando. La memoria es engañosa.

*

“Siempre me siento deseable. Siento que tengo una mirada seductora; me lo han dicho varias personas, y también me miro al espejo y lo siento así. Me gusta cuando adelgazo un poco más, no demasiado, porque me gustan mis curvas. Me siento deseable cuando sé que me miran. Y después de follar con L., por la forma en que me mira: como que siento que está mirando lo más lindo que ha visto en su vida, y me lo dice. Con ella me siento muy deseada. Una vez me dijo que ella no podía no estar tocándome algo, aunque fuese un dedo, un roce. Me encuentra muy hermosa, y a mí con eso me basta y sobra. Pero además me miran harto en la calle, me piropean desde siempre. No tengo vergüenza de mi cuerpo, soy de las que se pasean piluchas. Me gusta cocinar sin ropa. Me gusta mi  cuerpo, no me avergüenzo”.