Me toca la cara apenas rozándomela con la punta de los dedos. Acerca y aleja su mano suavemente, como si yo fuese desaparecer de pronto. Hay un límite para esos cariños que no alcanzan a serlo: los alargas y esa brecha entre piel y piel se torna infinita, insoportable, ridícula. 

Le sonrío y le digo que tiene que bajarse. Lo echo de la misma manera en la que alguien decide negarse a bailar su canción preferida. Nos besamos en la mejilla de nuevo. Siento su barba pinchándome la cara. Nos miramos inclinando la cabeza hacia adelante, con las frentes casi tocándose, como si hubiésemos vivido muchos años juntos en otra vida, tal vez demasiados, y como si esta plana plana plana fuese una acumulación de situaciones para llegar a este momento.

Se baja del auto, cierra la puerta.

Acelero.

Me pongo a llorar. 

*

“No me defino por una tendencia sexual. No tengo una categoría, depende del deseo. Nunca me sentí 100% hetero ni 100% gay. No creo en eso.

Es una historia complicada. Yo escribí un libro sobre eso. ¿Cómo empezar? Son cosas sobre las que no hablo mucho, porque me afectan. Cuando fui joven… no sé cómo explicarlo en español. ¿Cómo se llama cuando te dejan tus papás con alguien mientras se van a trabajar?”

Su español tiene un fuerte acento francés -como Pepe Le Pew-, pero además tiene una entonación argentina, lo que a veces me hace preguntarme si me está tomando el pelo. Lleva una camisa blanca, un sombrerito negro. Lleva un año viajando por Latinoamérica.

Trato de concentrarme en encontrar las palabras que busca, pero lo ahogo con alternativas: ¿babysitter? ¿Niñera? ¿Nana? ¿Un cuidador?

– ¿Cuidador? Sí, puede ser un cuidador. El hijo de la persona que me cuidaba a mí y a mi hermano …es que no sé cómo explicar eso en español, apenas sé en francés. ¿Cómo se dice cuando alguien mayor…?

Me mira y lo sé. Lo sé porque he visto esa mirada antes. Pero no quiero saber. Ahora mismo quisiera tomarme un cortito de whisky como para agarrar la entereza que se me acaba de diluir, pero estamos desayunando. Entonces enciendo un cigarro y le escupo la palabra.

– ¿Abusó? ¿Abusó de ti?
– Sí, eso.
– ¿Abusó sexualmente?
– Sí, varias veces.
– ¿Te violó?
– No, no había violencia.
– Pero, a ver, ¿tú querías que pasara?
– No, no tanto. Yo no entendí.
– ¿Y qué edad tenía él?
– No sé, como 14, 15.
– ¿Y tú?
– 6, 7.
– ¿Y también a tu hermano?
– No sé.
– ¿Nunca lo hablaron?
– Creo que sí, pero no sé. Mi hermano no habla de estas cosas tampoco.
– ¿Tus papás saben?
– Mi papá no sabe. Mi mamá sabe. Le conté hace tres años. No me liberó como yo pensé.
– Y, ¿sabes de él?
– Ah, no. No sé dónde está el chico. No quiero saber. Quizás él continua…no sé, no tengo idea.

Quiero, simultáneamente, irme a mi casa y saberlo todo. Quiero tenderme en mi cama y mirar el techo, desconectarme del celular. También quiero retroceder en el tiempo y haber cancelado esta entrevista. Estuve a punto de hacerlo -de cancelar- y no lo hice. Y ahora estoy aquí.

Apenas llevamos dos minutos y medio -cronometrados- conversando y ya puedo ver cómo le duele. Achica los ojos, desvía la mirada, se pasa la mano por el pelo como si eso le fuese a ayudar en algo. Revuelve el café con la cucharita y me aferro a ese acto porque me calma: si él puede revolver su café, yo puedo tomar mi vaso de bebida, él puede comer su pan con huevo, yo puedo fumar un cigarro, dos, tres, y podemos, con toda la normalidad del mundo, hablar. Hablar como si lo que me cuenta fuese historia antigua.

Lo que tengo que hacer ahora es doloroso.

*

“En el momento no sentí que era algo malo. La experiencia traumática es cuando entiendes que lo que pasó estaba mal. Ese es el trauma. Eso fue la cosa difícil, que no se pueda hablar, más que la cosa que yo viví. Fue incómodo, pero no es la acción lo que me afecta, es la sensación de participar en algo malo. Eso no me gusta. Quieres hablar, pero no sabes cómo ni con quién. Porque el mensaje que te entrega la sociedad es que no se hace. Yo escuché que pasa mucho. Y mientras más me hablaban de eso -de cómo tienes que cuidarte, de que te puede pasar algo-, yo peor me empecé  sentir”.

R. le pone mucha azúcar al café. Dos cucharadas, al menos. Me dan ganas de que le ponga tres, cuatro, cinco. Si se pusiera a comer directamente del azucarero, lo aplaudiría. Me dan ganas de pedirme un sándwich. Tal vez incluso una torta. ¿Por qué no cortar la grabadora y comer? Hacer un festín en vez de una entrevista. Otra salida: decirle que no podemos hablar de esto acá porque hay muy poca privacidad. No sería mentir: la mesera viene todo el rato a preguntarnos si queremos algo más, y nos trae cucharas, servilletas, vasos como si fuesen pequeñas ofrendas de buena voluntad. De fondo suena  una música demasiado fuerte, del local de al lado, tan fuerte que R. se ha levantado a alegar, pero nadie le hace caso (tal vez por ser francés, tal vez por el sombrero, tal vez por que si son las 10:00am y un tipo te viene a criticar  el volumen de tu música no puedes, por enttreza, ceder) . El contexto nos obliga a gritar un poco. Él tiene que gritar su historia, y yo, en vez de poder asentir y respirar lento, como si lo entendiera, tengo que vocalizar lo que pienso, y digo cosas como “ahhhhhh” o “entiendo” o “debe haber sido complicado” y sé que suena absolutamente estúpido.

“Después de eso que pasó yo tuve un comportamiento muy sexual. Siempre. Desde entonces yo viví mucho mi sexualidad  con otros chicos de mi edad, no con chicas. Hasta los 12 o 13 yo tenía 5 amigos con los que pasaba, por separado. Yo no sé por qué, porque no había tanto deseo. Era como un mecanismo, más bien. Muchas veces yo no sentía deseo real por hombres. Una vez o dos, tal vez, pero era algo más mecánico, creo. Yo era el que seducía, la mayoría del tiempo. Pasó con todos mis amigos de ese momento, pero jamás hablamos de eso. Hoy en día ya no los veo. Había uno que tenía sentimiento de amor hacia mí, era obvio, por su manera de mirarme, de hablar conmigo, pero yo no sentía eso por él. Creo que la mayoría de los hombres empiezan la vida sexual con otros hombres, pero no lo dicen.

En psicología se dice que los niños viven una fase edípica, pero lo mío era al revés, yo quería matar a mi madre … ¿extraño o no? Yo traté de besar a mi papá un día. Tenía 7 años. Yo no entiendo nada de nada de eso. La única manera en que me lo explico es viéndolo como la continuidad de lo que había pasado con el primer chico. Yo pensaba que era normal, pero no entiendo por qué…. Me recuerdo mucho que mi papá me paró y me habló y me sentí mal.Mal, demasiado mal. No fue duro, pero sí muy rígido. Él tenía mucho miedo de esas cosas”.

*

Me pregunto si su papá sabía. Si de alguna manera lo sospechaban, ambos. Si es que conversaron, aunque fuese sólo sobre ese gesto. Me los imagino en su pieza, de noche, el padre comentándole lo que R. había hecho: “estábamos sentados mirando la tele y de pronto…” o, “pensé que me quería decir algo, pero se me acercó e intentó besarme”. O tal vez no le dio importancia y ni siquiera se lo contó a la mamá de R.. Tal vez se le olvidó.

Y me imagino a R., tratando de entender qué hacer con su cuerpo y el de los otros.

*

“A los 12 años encontré una chica que me encantó y desde entonces me quedé más con las mujeres que con los hombres. Pero jamás me he considerado totalmente una cosa u otra, no existe para mí. Es como las nacionalidades esto de ser gay o heterosexual. Es una manera de separarnos de la humanidad, de escondernos detrás de una categoría.

Cuando conocí a esta chica fue la primera vez que sentí deseo, una sensación física real de deseo. Fue en un campamento de verano y había un lugar donde todas las mañanas nos reuníamos a cantar canciones y estaba esta chica que me miraba y yo sentía una atracción, pero no entendía nada de nada. Un día había un tiempo libre y ella fue a verme donde yo dormía. Llovía, y estábamos los dos, resguardados de la lluvia, y nos dimos un abrazo. Y ahí un abrazo y besito, besito, besito, pero no fue más que eso. Esa fue la primera vez que sentí ternura.

Dos días después ella me dejó por otro chico. Fue tan difícil emocionalmente para mí que no pude parar de llorar. Creo que esta sensación que sentía por ella era sana para mí, me calmaba muchísimo”.

***

Voy en camino a mi casa. En mi casa está mi perro, mis cosas: mis libros, mi ropa, mis recuerdos. Las cosas que quiero, que son parte de mi historia. En mi casa está todo lo que necesito. Cuando me baje de mi auto estaré en mi casa y todo estará mejor. Cuando llegue a mi pieza, R. estará en su pieza también. Tal vez se ponga a ver tele, tal vez se ponga a escuchar música o a leer un libro. Tal vez yo haga lo mismo.

R. estará bien. No es como que esté en un hostal, rodeado de extraños. Está haciendo su viaje en auto, entonces es como si llevase su casa a cuestas. Eso es bueno. Tiene amigos del tango que lo alojan. Conoce gente, no está solo, él mismo me lo dijo.

Sería tonto virar en U e ir a buscarlo.

 ¿Para qué? ¿Para decirle qué?

Oye, ¿cuánto dura un ataque de llanto?

*

“El tango es un poco raro.

Yo trabajé en una escuela de tango como cajero, en la puerta. Yo no bailaba en esa época. Me llamaba la atención: parecía que había un código, un lenguaje que yo no entendía. Una vez había una chica sentada justo detrás de mí, muy guapa y muy joven -ella tenía 17 y yo 18- que me preguntó si yo bailaba. Yo le dije que no, pero desde entonces decidí que nunca más le diría que no a una chica así, y empecé a bailar. Empecé a bailar por la posibilidad de encontrar chicas.

Al principio era horrible. No entendía la música, el ritmo, la chica. Bailé casi dos años y medio hasta que al fin encontré un abrazo que me gustó. Fue con una maestra argentina que estaba de visita. Yo estaba acostumbrado a un abrazo muy de lejos, porque tenía que pensar en la circulación, en el movimiento, en la música, pero mi maestra ni me preguntó y me abrazó y se colgó a mí y mi corazón empezó a dar vueltas y vueltas. Fue algo parecido a la primera vez que abracé a una chica. Pienso que es igual.

Cuando encuentras ese abrazo del tango, te pone en contacto con algo más profundo. Hay gente que dice que te lleva a otro mundo, pero yo creo que te pone en contacto con tu realidad. Te permite detener todo lo que hay dentro. Te calma los monstruos internos. Es como si el tango te diera la oportunidad de compartir tus monstruos con alguien sin que haya repulso [sic]. Y creo que la sexualidad más compleja es eso también. Que tu dolor, tu depresión, tu alegría, que todos los sentimientos se encuentran con otra persona que los acepta. Y ahí está la real libertad. Es cuando encuentras a alguien que te permite ser.

 Para mí el tango no se vive en pasos. No se vive en cómo vas a moverte. Se vive en los silencios. Se vive antes de tomar la decisión de hacer un paso. Durante el momento en que no hay movimiento, pero todo se mueve adentro. Creo que es eso lo que estoy buscando en la sexualidad también.

Si yo tengo mucho deseo por una chica, no significa que ella tenga el mismo deseo. A veces es un problema el querer más que ese abrazo, pero el tango me da la satisfacción de la ternura que busco, entonces me lleno. Para mí la sexualidad y el tango son iguales.

Cuando el abrazo del tango no es cómodo, estoy en la cabeza. Cuando me pasa eso trato de invitar a la persona a sentir. Si me quedo ahí no puedo hacer la experiencia del tango o de la sensualidad. A veces pasa que el primer tango está horrible, o no con tanta sensación, pero me adapto y trato de buscar un buen punto físico de conexión para poder encontrarnos. Las conexiones profundas son raras porque necesitamos, como te digo, dos personas que quieran la misma cosa. Sin eso no vale la pena. Yo hice mucho la experiencia de tener sexualidad y tango de convención, porque hay que hacerlo. Y no tengo control, a veces, de la sensación interna. Me pasa que no quiero tanto y que lo hago porque la otra persona quiere, y no sé cómo salir de eso: del deseo del otro. Si me pasara al revés, no me gustaría. No me gustaría sentir que la otra persona no quiere tanto. Pero la persona lo nota, se da cuenta de que algo falta”.

*

Nos mandamos un par de mensajes.

Son mensajes como los que uno le envía a un amante adolescente, que suenan como si alguien los hubiese pasado por almíbar antes de mandarlos y luego los hubiese tirado a un suelo de gravilla. 

Hay una promesa, de mi parte, en un texto que yo envío. No es que la haya hecho sin pensar, aunque tal vez sí. Tal vez la hice un poco por desesperación, porque era lo único que podía entregarle.

Sabía que la iba a romper. Lo supe al momento de escribirla. Quiero decir que antes de escribirla pensé que sería un bonito gesto, pero que apenas la escribí entendí que era un error.

*

“A mí me gustaría, en mi mundo ideal, tener la fuerza para decir no al sexo. Al principio siento que sí quiero, pero luego se crea una distancia emocional y física. Después viene la depresión. Yo no entiendo por qué actúo así o por qué yo, que conozco la verdad, no puedo salir. Estoy desconectado de ese sentimiento. Creo tensión interior. Me gustaría tener la fuerza de decir que no, pero no puedo. Porque yo quiero cuidar al otro. Pasa igual en el tango cuando uno no quiere bailar con una chica que te invita a bailar. Se supone que es el hombre el que invita, pero no es tan verdad. Es que yo estoy muy gentil. Actúo. Y no entiendo este mecanismo de sobrevivencia -lo siento así, que es para sobrevivir, aunque no es verdad-. La gente actúa para sobrevivir. Por ejemplo, si trabajo en una oficina y no me gusta mi patrón, no voy a decir “eres un pendejo”. En función de sobrevivir tenemos que actuar para conservar lo que tenemos. Pero finalmente es falso. Es como una sociedad de esclavajismo [sic]. Estamos esclavos de nuestros comportamientos sociales que, en nuestro pensamiento, son la manera de vivir o sobrevivir. Pero entonces, ¿cómo se puede dejar este comportamiento al momento de la sexualidad, que es un espacio para encontrar al otro?

Siento que usamos la sexualidad para valorarnos. Si una chica que yo pienso que está bonita y que me gusta me pone atención, eso valora un sentimiento de superioridad, de fuerza interior. Eso te da poder. Muchas veces inconscientemente pongo mi valor en mi poder de seducción, y cuando no la consigo me siento una mierda. La mejor manera de salir de eso es escribirlo, pero en estos días no hago eso, veo pornografía, que es poner algo encima de ese sentimiento, para no sentirme chiquitito adentro. La pornografía juega mucho con eso, con el poder sexual, de atracción. Como si la mujer y el hombre fuesen un material. Son humanos vacíos de emoción”.

***

Pienso en las cosas que yo pongo encima de mis emociones. En las cosas que hago para no sentir cuando estoy triste o me pasa algo que requiere mi atención en serio. Él ve pornografía, yo veo Facebook, que es como ver pornografía, pero con ropa. Una pornografía de la vida de los otros, en vez de mi propia vida. Una pornografía de la vida que no tengo. Una distracción. Entonces, en vez de hacerme cargo de lo urgente, me enfoco en los otros: en cómo los otros se hacen cargo de sus felicidades y sus penas.

No somos tan distintos, R.

**

“Yo tuve una novia por varios años con quien la sexualidad, cuando comenzamos, era lo máximo, una real conexión, pero eso no pasa mucho. No sé, yo bailo el tango argentino y es la mejor analogía de la relación de pareja que conozco. Para vivir una conexión rica, necesitamos dos personas de acuerdo que estén más o menos en el mismo nivel en el plano de las emociones. Si uno anda pensando en su trabajo o en la lista de supermercado, terminan aburridos los dos. Hay que entregarse. Y dos personas que quieren entregarse en la sexualidad me parece algo muy raro, que pasa casi jamás. Estamos en un placer egoísta de querer sentir. Cuando bailo el tango yo quiero hacer sentir. Es igual en la sexualidad. Quiero más que mi propio momento de orgasmo. Creo que no hacemos una real experiencia de sexualidad hoy en día. Estamos muy enfocados en eyacular. Es en función de eso la sexualidad. Para mí, cuando tengo el orgasmo, me corta el deseo. Para la mujer es diferente. A mí me gusta durar más en tiempo, que hacer algo por 15 minutos y ya. Pero buscar a una persona a la que le guste hacer eso es casi imposible.

En el tango, si hay tensión corporal, se transmite. En el sexo igual. Yo creo que necesitamos dos personas desarmadas, que no quieren luchar, que quieren estar juntos por un momentito. Pero estamos constantemente luchando. ¿Cómo se puede dejar eso al momento del acto sexual? Eso es un proceso. Y encontrar una persona que esté en ese modo es difícil. No existe.

Cuando yo tenía 19, me empecé a sentir mal después de tener orgasmos, me sentía sucio. Yo tenía una vida muy activa y creo que no elegía muy bien a mis parejas. Y me acuerdo que no quería tener un orgasmo, porque después la sensación era de rechazo, con cualquier persona. En este momento yo estoy en el proceso de descubrir mi historia de joven, de entenderla. Hoy yo siento que mi sexualidad esta imposible. Por ejemplo, si yo encuentro a una chica que me gusta, me parece bien, muy guapa, en la cama no me pasa nada. No tengo ganas. Y ella tampoco está en la lógica de cuidarme o de hacer durar el placer. A mí eso no me lleva lejos. No hay erección. El problema está más en los ojos del otro, porque piensa que no me excita… Entonces en esta dinámica para mí no se puede sentir”.

*

R. come con ganas y no puedo sino preguntarme cómo puede ser que tenga apetito, mastique y trague mientras me cuenta todo esto. Es admirable, en alguna medida, que conserve las ganas por ese lado, porque cuando me habla es como si estuviéramos diseccionando su propio cuerpo aquí. Y cada pregunta que le hago es como si yo jugase a la enfermera sádica: “A ver, ¿dónde está esa venita? A ver, a ver”. Y R. me estira el brazo, lánguido, porque está dispuesto. Pincho mal y brota sangre, y no se espanta porque él mismo ya lo ha hecho tantas veces, solo.

*

“Mi mecanismo cuando alguien me presenta una posibilidad es ver si funciono. Estoy tan abierto que apenas alguien se interesa en mí me produce curiosidad: wow, ¿cómo puede ser? Porque yo soy normalmente la persona que busca.

No tengo un tipo físico. Puede ser gorda, chica, flaca, grande. ¿Qué no me gusta? El olor puede ser, pero no tanto. Creo que soy un hombre muy fácil, jaja. Me gusta la manera de tocar: me importa si es lleno de intención o si es vacío. Me fijo en la mirada, también. A mí me gusta mucho cuando siento que una persona tiene inteligencia. Por una noche o 15 minutos una persona tonta no me importa. Cuando quiero seducir miro mucho a la persona a los ojos. Me pasa mucho que las chicas me dicen que mi mirada es tan profunda. Es mi mejor arma, creo. Sólo con mirarlas he tenido relaciones. Este viaje también les resulta atractivo…sirve.

A veces sólo busco por buscar. Sólo porque quiero sentirme importante. Pero, ¿por qué? Es un comportamiento que me gustaría dejar. Y ¿cómo puedo saber mi real sentimiento por alguien si estoy en este mecanismo? ¿Si puedo activar este sentimiento con cualquiera? Conocí a una mujer hace un tiempo y creo que hice lo mismo con ella: me quedé porque ella quería, más que porque yo quería. Porque en mi fantasmo [sic] ella es como una mujer wuaau, que no se puede tocar. Muy guapa, muy inteligente, muy atractiva, muy ternura, muy atrevida. Lo que pasó es que vivimos un momento de tango rico donde estaba esa sensación: dos personas que se encuentran y que quieren más. Y luego lo tuvimos. Entonces sí, yo creo que tengo miedo de dejar esa relación porque tengo miedo de que no pase otra vez. Yo soy tan tonto que pienso que no va a pasar otra vez, pero sí va a pasar. Mi historia lo dice”.

*

Cuando me habla de su mirada me mira directamente a los ojos y no puedo sino sonrojarme porque siento que me lo está tratando de demostrar. Me quiere hipnotizar y yo no puedo dejarme. Entonces me fijo en las entradas que le enmarcan la frente, en cómo el pelo le cae hacia atrás, en las manos con dedos finos. Vuelvo a los ojos porque yo no puedo hablar seriamente con nadie si no es mirándolo a los ojos, y me concentro en el color y no sé si es efecto de la luz o qué, pero son amarillos, grises, verdes, café claros. 

*

“Yo no era fiel. Hay una parte de mí que tiene esta adicción al sexo. En momentos de crisis yo puedo ver pornografía seis o siete veces al día. Pero sé que es…no sé cómo se dice… es cuando algo te duele…una compulsión que es una consecuencia de este dolor. No me gusta la pornografía, porque no tiene nada de lo que estoy hablando. Es lo opuesto. Entonces ¿por qué le hago tanto?

Yo creo que trato de cortar el fantasmo [sic] con la pornografía. A veces tengo fantasmos [sic], pero no es algo en lo que me enfoque mucho. Si no los cumplo, no me importa. Hacer sexo en un parque, en una plaza pública…si pasa voy a estar muy contento, pero no voy a provocarlo 100%.

Esto tiene mucho que ver con cómo yo aprendí a escribir. Por ejemplo, cuando vemos una ficción decimos “ah, esta persona tiene mucha imaginación”, pero yo pienso que la gente que escribe de verdad lo hace para parar la ficción, para buscar la realidad, para encontrar su verdad. Entonces escribir es desarmar la ficción que nosotros nos contamos. Vivimos una ilusión sobre qué es la vida y qué queremos de ella, y escribir es la oportunidad de parar de contarte una historia que es falsa, que es una ilusión. Yo corté el fenómeno de los fantasmos [sic] porque son algo que piensas cuando no estás contento con tu vida. Te hacen escapar de tu realidad. Yo siento que escribí tanto sobre lo que es verdad para mí, que los fantasmos [sic] se fueron un poquito.

No sé los términos en español, pero de las cosas que disfruto, me gusta el… ¿cómo se dice blow job? Ah sí, el sexo oral. Me gusta hacer y que me hagan, más que la penetración. Traté de tener sexo anal, pero no funcionó. Me gusta hacerlo. Pero a mí me gusta no llegar al momento de la penetración, porque representa el enfoque sobre el orgasmo, que para mí no es tan importante. Todo lo que hay antes me gusta. Yo creo que hay que estirar. Me gusta que el otro sí llegue. Con mujeres me gusta que el placer no sea para mí, sino para ella.

A veces uso juguetes. No es tan importante, pero si alguien llega con un disfraz, más o menos. Yo jamás he sido fetichista, para mí es agregar algo de nuestra historia mental. Si necesitamos eso para tener éxito, yo puedo tratar y voy a hacerlo con ganas, pero no es algo que si no tengo, no logre la erección. No me gusta la violencia, aunque morder sí. Son cosas que hago cuando las siento.

Creo que encontrar a alguien que quiere estar en la realidad, en el momento de la acción sexual, no es tan fácil, porque la gente está siempre arreglando una historia en su cabeza. Estamos siempre contando mentiras. Yo entiendo cuando lo hago. Yo sé cuando no es verdad para mí. No le presto mucha atención a mis fantasmos [sic]. A mí me gusta sentir la piel de verdad.

Estoy frustrado. Siento mucha frustración hacia muchas cosas: contra la sociedad, contra las mujeres, contra los hombres, contra el machismo, el feminismo, las categorías, contra todo. A mí me gusta dos personas igual, que quieran las mismas cosas. Mi ideal es encontrar una persona que quiera vivir este momento conmigo. Por ahora son mujeres, pero si yo encontrara a un hombre con el que tengo esta sensación, me voy con él, pero no lo he encontrado”.

*

Yo había dejado de fumar hace años. Antes de esta conversación volví a fumar a ratos, cuando salía en la noche, cuando estaba con alguien que fumaba mucho. No soy adicta al cigarro, pero entiendo lo que es para mí.

Ahora me he fumado casi toda una cajetilla. Me duele la garganta y me mareo, porque en realidad no fumo. Fumar no me gusta ni siquiera. Fumo para no hacer otras cosas, como hablar más de la cuenta. Si no estuviera fumando ahora estaría tomando. Si no estuviera fumando ni tomando, estaría comiendo. Si no estuviera fumando ni tomando ni comiendo tendría que estar quieta. Si estuviese quieta, tal vez me desintegraría. Tendría que moverme para evitarlo y eso sería peligroso, porque el único movimiento posible ahora es levantarme de mi silla, rodear la mesa y abrazarlo. A veces lo hago: uso mi cuerpo como si fuese un parche, como si mi cuerpo pudiese sanar a R. y a otras personas. Como si mi cuerpo fuese suficiente. Sé que no solucionaría nada. Así que fumo.

*

“¿Cómo te imaginas para adelante?”.

Es lo que yo me pregunto a mí misma y que evito responder, pero ay, qué suerte tengo, porque la que pregunta aquí soy yo.

R. me mira como si me hubiese decidido a enterrarle un clavo en la pierna. Se queda callado un rato, y yo cuento los segundos: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve …quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve…treintaidós, treintaitrés, treintaicuatro, treintaicinco…cuarenta, cuarentaiuno.

 “Es que las relaciones son tan complicadas por nada. Yo estuve tuve novia por varios años. Estábamos en una relación abierta. Pensé que funcionaría, pero no funcionó. No funciona estar en nada, yo siempre quiero más. Me gustaría dedicarme a una persona, pero no soy capaz. Partimos este viaje juntos, yo encontré otra chica, ella encontró otros hombres…pero el ego es algo bien impresionante a veces. ¿Impredecible? Hay cosas que tú piensas sobre ti, y luego lo que pasa cuando estás frente. Una vez, viajando juntos, encontramos a un chico superlindo, superatractivo, que bailaba superbien. Y sentí tantos celos. Pensé que no me afectaría, pero me afectó. Yo le dije que nosotros estábamos en una relación abierta y un día él se invitó a nuestra cama. Hicimos sexo los tres y fue rico en el momento. Después él quiso hacerlo de nuevo y fuimos a un motel, pero no nos dejaron entrar a los tres. Estábamos ahí, pensando qué hacemos, qué hacemos, y yo sentí que ellos querían, y me fui. Me sentí como una mierda total. Después de eso paré la relación, porque habían pasado también en el pasado cosas que …porque, por ejemplo, cuando yo tenía historias, eran sólo historias, no había nada más, pero ella siempre tenía un sentimiento de amor y yo sentía muchos celos de eso. Y yo me fui cansado [sic] de sentir celos. Y ahí le dije a ella que no más.

Yo pensé que esa era la manera en que yo quería vivir una relación, pero no. Entonces, ¿cómo puedo vivir una relación, si no me gusta cerrada ni abierta?  ¿Cómo voy a buscar? Creo que hay que parar de buscar. Si pasa, pasa.  Pero ese es el discurso consciente, porque yo estoy siempre buscando a alguien que me podría hacer sentir total. Eso también es una ilusión.  Por ejemplo, si tú y yo tenemos una relación, no te puedo dejar el poder de mi sentimiento de mi alegría. No te puedo pedir a ti que me hagas sentir libre. No se pregunta eso. Hay que buscarlo en uno mismo. Entonces creo que voy a encontrar a alguien cuando sepa estar bien solo.

La gente se une porque hay que unirse, porque hay que fundir [sic] una familia, no porque se sientan completos y quieran compartir. Todo ese proceso de la familia no hace sentido para mí. Es bien fuerte eso, ¿no? Esta presión social. Mi papá dice siempre “ahhh , ¿cuando voy a ser abuelo?”. Cuando eres papá, tu problema son los hijos. Cuando eres hijo, tus problemas son tus papás. Algunas familias funcionan bien, pero son raras.  La única razón por la que querría hijos sería para tratar de poner en sus ojos cómo puede ser de lindo el mundo, pero ese es mi sentimiento. Creo que no hay nada peor para un hijo que un papá que quiere algo por su hijo. Los sueños de los papás no son los sueños de los hijos. Es complicado todo eso. Entonces no sé. ¿Por qué yo tengo que hacer un hijo para poner adentro de este cuerpo la conciencia que tengo?

Yo tengo un punto de vista triste sobre la humanidad. Yo creo que es el cáncer del planeta. Tenemos un mundo de posibilidades infinitas y lo que estamos siguiendo es el comportamiento que se graba adentro de nosotros por cuestión de familia, presión social, del dolor que tenemos. No seguimos lo que queremos realmente. Lo que duele en la vida te resulta más presente que lo que te da alegría. Tenemos una representación de nosotros a través del dolor y negar eso me parece falso. Consumimos para no sentir el dolor. Todo lo que es material te hace sentir bien. En el sexo hacemos como si las personas fuesen objetos. La literatura es eso también. Las películas también. “Ay, he tenido un día de mierda, entonces voy a ir a ver Star Wars” y basta. En Star Wars no hay tantas cosas. Entonces una sexualidad compleja, completa, es rarísimo. Yo pienso que casi imposible.

Yo pienso en Dios a la negativa. Todo lo que no sabemos y que no hace parte de la conciencia es del lugar de Dios. Si conozco algo y tengo una explicación científica o una explicación que tiene sentido, está fuera de Dios. Porque no sabemos qué es, entonces decidimos inventar algo. Sin conciencia humana, Dios es todo, porque la ignorancia es total. El mundo de la ignorancia es mucho más grande de lo que sabemos, y eso me calma: saber que no sé tantas cosas. Eso me hace estar consciente de que el mundo es grande, abierto y que puedo decidir ir a ver qué hay más allá. Eso es también lo atractivo de la sexualidad, que es un misterio”.

Se le llenan los ojos de lágrimas y por un rato nos miramos así: como si estuviésemos presenciando cómo se quema nuestra casa. Como si todo lo que hemos acumulado a lo largo de nuestra vida estuviese en llamas y ya fuese demasiado tarde como para salvarlo. Nos sentamos en el jardín a mirar cómo se consume.  Nunca es tan rápido como uno quisiera.

En mi bolsillo, giro entre los dedos el encendedor.

*

Dije que rompí la promesa.

La promesa era ir a verlo a Valparaíso la siguiente semana, donde estaría quedándose un par de días, antes de partir de Chile. Fui poco honesta: le hice creer por un par de días, hasta el día que le había prometido, que iría. Pero no fui.

*

*

*

Escribo esto sentada en una mesita de terraza, a la sombra. Son las tres de la tarde de un viernes. Si levanto la vista del teclado, veo un jardín en pleno verano, lleno de Margaritas blancas. Si me concentro, escucho pájaros. Corre una brisa que hace que las hojas de los árboles se muevan lento y suenen como un río. A lo lejos alcanzo a divisar el lago. Lo bonito de los lagos es que se ven tan calmos de lejos, como una piscina gigante, contenida, una plancha de agua estática, ay, pero de cerca, cuando metes los pies en el agua, ves las piedras y el musgo, las ondas de agua, el movimiento que no para. Tengo un cigarro entre los dedos.