Me cuesta escribir de T. Me viene costando escribir de cada persona que perfilo. Me está costando quitármelos de encima cuando dejamos de conversar. Me impregno de la forma en que hablan de las cosas que les importan y las que no. Me contagio. Es una fiebre, una gripe que no se acaba. Me pierdo en ellos de la manera en la que uno se pierde en la realidad cuando recién despierta luego de un sueño demasiado vívido. Es como enamorarse, pero peor, mil veces peor. Es como hundirse en una piscina y aguantar el aire todo lo que puedes: alrededor hay sólo silencio y tranquilad y sientes cómo el agua te abraza y acoge. Hasta que te mareas y necesitas salir a respirar. Hasta que se te hace evidente que no tienes branquias. Hasta que el cuerpo no te alcanza. Hasta que sacas la cabeza, resignado, para llenar tus pulmones de aire y apenas lo haces te pican los ojos por el cloro y escuchas las voces de otra gente, tal vez de gente a la que quieres, pero la claridad de sus voces y la cercanía de sus cuerpos te recuerdan que en algún momento tuviste eso otro debajo del agua que era sólo tuyo. Y luego viene el resto: empujarte por completo fuera del agua, sentir cómo se te eriza la piel al contacto con el aire, saber que no perteneces a ese mundo acuático ni ahora ni nunca, abrigarte con una toalla que no te alcanza a secar lo suficientemente rápido. Tiritar, tiritar, tiritar.

Los tomo y los dejo ir.

Los tomo y los dejo ir.

Los tomo y los dejo ir.

Es una pesca deportiva.

Y ay, T., cómo me cuesta dejarte ir.

*

“Tengo un recuerdo de cierto erotismo habiendo estado en la U: iba en el metro y me acuerdo de haber visto a una señora que debe haber tenido sesenta, sesenta y dos, y que era la típica vieja Tic-Tac, ese teleserie de TVN sobre una casa embrujada en la que había una vieja superfamosa que tenía el pelo blanco y los ojos azules. Y esta vieja en el metro me recordó mucho a esa señora. Una vieja preciosa. No sé si a la gente le parece tan bella la vejez. Ella tenía un tomate, como el que tengo ahora yo, pero blanco, y las manos hermosas, todas llenas de manchas. Recuerdo haberme puesto a llorar por su belleza. Yo tenía reunión de tesis y llegué llorando donde mi profe, con la que tenía una relación bien cercana, y le comenté esto. Eso me desbordó. Yo era alguien llorando en el metro por nada. Sé que es algo muy particular, muy propio. Si hablo de esto con mis amigas me dicen ‘weona, qué te pasa’, pero a mí me pasa mucho. El paso del tiempo en ciertos cuerpos me parece muy erótico. Este erotismo me desborda emotivamente. Soy una persona de mucha conmoción. Creo que tengo que ordenarme una tecla. Tengo unas tuercas como bien sueltas, pero no sé de dónde viene. El camino de lo obvio –pensar en la abuela, la figura materna, etc.– ya fue”.

*

¿Es justo esto que hago? ¿Es justo darles un cuerpo hecho de palabras a mis perfilados cuando ya tienen un cuerpo en la realidad? ¿Es justo que trate de atraparlos aquí y quedarme un rato más largo con ellos? ¿Es justo que quiera que el resto del mundo los vea como yo los veo?

No es justo, pero no puedo dejar de hacerlo. ¿Viste? Cavé mi propia pequeñita cárcel de palabras cuando empecé este juego. Estás esperando que te cuente cómo es T. Quieres que te la encasille. Que te dibuje un cuerpo que tú también vas a querer conocer. Quieres imaginarte a T. con mis palabras.

Soy un puente y ya no puedo dejar de serlo.

Perdón, T.

*

“La primera vez que sentí que tenía un órgano sexual que no servía solamente para hacer pipí fue cuando en el colegio nos hacían trepar. Tenía como seis, cinco años, no sé, era muy chica. Eran unas trepas inmensas de altas, de muchos metros. Cuando logré llegar arriba, después de que todos me habían empujado del poto, para la cagada, sentí que tenía vagina. Estaba abrazada a la trepa y al bajar sentí un roce muy extraño. Yo creo que esa fue la primera sensación. Después de eso me pasaba todo el recreo trepando, todo el día arriba de la trepa, pero teniéndolo superpoco codificado. De grande, porque nos siguieron obligando a trepar, ya me reía. Mi primera erotización fue con una cosa”.

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Pienso en T. sentada en una silla con las piernas cruzadas, el mentón apoyado en una mano, la otra mano acercándose y alejándose de su boca con un cigarro. Pienso en T. con un cetro, con una antorcha, con doce espadas a punto de ser enterradas en su espada. Pienso en T. como si fuese una de esas cartas del tarot que puede traer tanto buenas como terribles noticias. De esas cartas que uno nunca sabe realmente qué significan. Tal vez son los rasgos de su cara, la mirada, la manera en que mueve las manos o cómo se inclina hacia adelante cuando quiere enfatizar algo o tal vez es solamente que conozco su cabeza y sus palabras y me he enredado en esto antes: he sentido el vértigo, ese que se siente cuando uno se asoma demasiado al balcón. El vértigo por un paso mal dado, el riesgo de sentirse demasiado confiado al asomarse para ver qué pasa allá abajo. El riesgo bonito de estar afuera y expuesto y tan cerca del vacío al mismo tiempo.

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“Yo era chica, tenía trece o catorce años cuando tuve mi primera pareja. No teníamos dónde culear –un clásico a esa edad–, entonces lo hacíamos en su casa, porque él vivía con puras mujeres y todas trabajaban, eran gente muy modesta. Me iba a su casa después del colegio y nos acostábamos ahí. Su mamá y sus tías llegaban más tarde, pero él tenía una abuela que era una anciana como de noventa años, que incluso un par de veces entró, pero no cachaba nada, o sea, se paseaba, pero era un fantasma, así como en Rulfo, y cuando entraba había un bulto en la cama que era yo debajo de las sábanas. Otras veces pasó también que entraba la mamá y yo me escondía en el clóset, en pelota, cagada de frío en invierno, mientras el weón conversaba con ella sobre las tareas del colegio. Como había pocas opciones, teníamos mucho sexo telefónico y en esas circunstancias yo me metía lo que tuviera a mano. Y lo que estaba a mano era una botella que me había regalado una vez un compañero para un cumpleaños. ¿Te acordai en esa época que estaban como de moda las velas y las botellas de colores con estrellas y soles y dibujos con cositas doradas? Bueno, la botella era grande, roja. Tenía el cuello muy largo y finito y después venía el resto. Nada pasó con esa botella de ahí para abajo, eso sí. Era peligroso igual porque era de vidrio, pero era lo que podía usar. Tiempo después conversábamos con varias amigas sobre eso de agarrar lo que había en el velador y cada una tenía su adminículo especial, porque ya cachabai qué te entraba o que te gustaba de tal forma. Una amiga tenía un cepillo que era muy típico de la época, con el mango transparente y con una flor seca adentro, y ella nos decía que lo hacía con el cepillo… y, weona, todas nos habíamos peinado con ese cepillo. Todas. Ella lo llevaba al colegio.

Después, más grande, tuve un conejo, de esos que te estimulan el clítoris, que era muy bacán, y un arnés. El arnés lo tuve en pareja.

Todavía existe esa botella roja. Está en la casa de mis viejos”.

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La pesca deportiva, mirada en concreto, es la pesca más cruel. Es cruel con el pez, es cruel con el pescador.

¿Has ido de pesca alguna vez?

Cuando pescas en serio, la sucesión de eventos es calculada y la intensidad de cada acto va en aumento. Primero tienes que elegir la carnada. Si eres de los que hacen trampa, eliges una carnada viva. Si sigues las reglas, eliges algo que parezca una carnada viva: con plumas, de plástico, pececitos de colores que se mueven como si fueran de verdad. Todo depende de qué tan limpio te gusta jugar, aunque el objetivo final es el mismo. Luego tienes que esperar que pique. A veces pasan horas en las que sólo puedes dedicarte a anticipar cómo será el pez que caerá, cuán dura será la lucha. Horas de imaginar lo que todavía no sucede. Y cuando pasa no es tan simple: hay un forcejeo para atraer el pez hacia ti, un forcejeo que tiene tanto de suerte como de talento. Una vez que el pez se engancha, cuando el anzuelo le ha atravesado la piel y ya hay una herida definitiva, cuando ya lo sacaste y lo ves desesperarse fuera del agua, moviéndose espasmódicamente de un lado a otro, tienes que pegarle fuerte para atontarlo. Hay gente que lo hace con un palo, otros lo golpean contra el bote o lo que sea que tengan cerca. Hay distintos métodos. Todo acto, desde el momento en que eliges la carnada en adelante, está dirigido a ese último instante. Vencedor y vencido.

La pesca deportiva es distinta. Se siguen los mismos procesos, el mismo cuidado para tender la trampa, pero una vez que ya atrapaste el pez, cuando ya le atravesaste la piel con el gancho, cuando ya lo atrajiste hacia ti, cuando ya lo sacaste del agua y puedes mirarlo a los ojos y verlo desesperarse y, a cada sacudida, engancharse más al anzuelo, le quitas el gancho con cuidado y luego de un microsegundo en el que el pez está en tus manos, libre, lo devuelves al agua. Si tienes buena memoria es ese instante el momento crucial que recuerdas: la misericordia, la renuncia.

Luego repites el proceso una, dos, tres, cuatro veces más, esperando que otros peces caigan, añorando la lucha. Porque la pesca deportiva se trata de renunciar al trofeo fingiendo todo el tiempo que la pelea es mortal. Es demostrar compasión en el último minuto. La víctima tiene otra oportunidad, sí. Y luego te vuelves a dar el permiso de volver a jugar.

Toda esta explicación es mentira, eso sí. Ay, somos tan buenos disimulando. La pesca deportiva en el fondo se trata sólo de saber engañar a la mayor cantidad de peces posible para repetir la lucha como si fuera algo nuevo cada vez. La pesca deportiva es sadomasoquista: créeme que cuando tienes un pez entre las manos no hay nada más difícil que volver a lanzarlo al agua. Que olvidarse de él. Que esperar que el próximo pez sea tan bonito como al que dejaste ir. ¿Misericordia? ¿Compasión?

Ja.

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“No veo pornografía, me parece atroz. No es que no la vea porque me parece deleznable, no es un juicio, es sólo que me parece poco atractivo. Si tú me mandai un link, lo voy a ver y te voy a decir si me parece atroz o me parece la raja, pero tengo muy poca experiencia, no podría opinar mucho. No tuve esa curiosidad de ver pornografía cuando pendeja porque fui muy precoz, a los trece años ya estaba culeando como conejo, ¿para qué iba a ver porno? Ya tenía un erotismo propio. No tuve esa pubertad erotizada con la tele o con la masturbación porque tuve una pareja. Y ya de grande… una amiga una vez me llevó una ‘porno’ –así, con trescientas cincuenta comillas– una vez que estaba enferma y la vimos juntas y fue como ‘qué triste esta wea’. A veces cambiando de canal aparece iSat y hay dos weones culeando, pero no me pasa nada. Me imagino que con una porno hecha por una mujer o para mujeres podría pasar algo. No me cierro a nada.

¿Algo que me erotice? Esa es la peor pregunta de la historia. Es que yo tengo gustos muy de vieja. Cuando culeaba con O., escuchábamos un grupo que toca piano clásico. Era bacán porque yo me sentía como la profesora de piano. Tengo una wea afrancesada decimonónica. Me poní un reguetón y podría ponerme a vomitar. Todos los lugares comunes sexualizados me parecen atroces. Podría culear escuchando a Chopin, me parece una wea exquisita, pero cuesta encontrar un compañero en esa. Con O. culeábamos caleta con música clásica, porque es algo que va a contrapelo, porque no vai a culear decentemente, entonces corrompes de alguna manera ese tono. Ese choque me parece interesante. Culear con reguetón es algo totalmente esperable. El reguetón está pidiendo que penetres a alguien, me parece muy monótono. No hay nada que esté hecho para calentar que me caliente.

Una vez con el F. fui a Japi Jane. Esto debe haber sido en abril del año pasado. Él tenía una wea preciosa: la fantasía de ser penetrado. Nunca lo había concretado porque no era gay, pero tenía esa ‘desviación’ –con diecisiete millones de comillas– para el mundo ‘normal’ –normal con diecisiete millones de comillas de nuevo– y quería cachar si su pareja enganchaba con eso. La loca se fue de viaje y de regalo de bienvenida él quería tenerle un dildo. Entonces él me dijo que lo acompañara. Le dije que ya y que de paso vería algo para mí. Yo llevaba muchos meses sin nada. Fue una escena bonita, porque éramos dos amigos compartiendo algo que yo hasta ese momento sólo había hecho con amigas. Hablamos de cosas muy técnicas como: ‘¿Te parece muy grande? ¿Te parece muy chico? ¿Te parece que suena mucho? ¿Es muy silencioso?’, así, con mucho detalle. Cada uno compró el suyo. Yo nunca abrí la caja. Está ahí, en el departamento. Ese nivel. Tuve la intención de usarlo para ver si mi relación podía volver a activarse, no tengo problemas con ese tipo de cosas. He usado juguetes sexuales, pero siempre con otros. Si se trata de hacerlo sola no puedo porque no me resulta inspirador, no me resulta atractivo, no me calienta no más.

Nunca me he masturbado sin un otro, por ejemplo. Tu cara de horror… cierra el hocico, weona, já. Me he masturbado, pero siempre al frente de alguien. No porque no pueda físicamente, sino porque lo encuentro patético. No sé qué es más patético en realidad: responderte esto mismo o la masturbación… pero encuentro que la masturbación es la wea más patética del mundo, de una pobreza espiritual… Es calentarte contigo, con tu cabeza, con tus propias fantasías. Es engolosinarte contigo misma. No me erotiza nada. No enjuicio a los que lo hacen, si es normal, pero me enjuicio mucho a mí misma. No puedo desapegarme de mi subjetividad, no puedo escindirme, no puedo mantenerme en un plano de mero cuerpo. No puedo pasarlo bien sólo con mi cuerpo”.

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No salgo de pesca hace más de diez años, pero eso no significa nada: habría que definir si no lo he hecho porque tomé conciencia de que es un deporte basado en el dolor de otro ser vivo o si ha sido, más bien, por falta de ocasión.