A la primera pregunta que le hago, T. dice:

“Encuentro que preguntarme por mi tendencia sexual es moralista y conservador. Nunca tuve una definición sexual, pero después, haciendo terapia –las diez mil terapias que he hecho–, me he dado cuenta de amores con mujeres que he tenido desde muy chica, sin siquiera haberlos erotizado. O quizás tenía un erotismo diferente, no tan explícito. No te fijabas en las tetas, pero te fijabas en las manos y esas manos portaban un erotismo muy brutal, arrollador. Siempre me interesé por una cierta estética y yo creo que esa estética está vinculada a una especie de feminidad, a lo que encasillamos como femenino.

Me han llamado siempre la atención esos hombres que tienen una cierta ambigüedad. El hombre que la mamá tenía superasumido que era gay y que en realidad no lo es, o el que todo el mundo piensa que lo es. Mi primer pololo, ponte tú, fue un tipo al que su papá lo dejó botado y fue criado por su abuela, sus dos tías y su mamá. Vivían los cinco juntos. Era un tipo de derecha recalcitrante, pero era superfemenino, porque su forma de moverse, sus modelos a seguir, provenían de cuerpos de mujer. De hecho mucha gente –porque el weón era muy facho, pinochetista y católico– me decía que pensaba que era un cola conservador reprimido. Yo creo que no, yo creo que él tenía esa particularidad de que había sido criado por mujeres. No era un weón machista. Era conservador, pero no era machista. Fue la primera vez que me enamoré. De ahí en adelante nunca me pudo gustar el patrón del hombre típico de las minas que dicen ‘me encantan los hombres que me abrazan y me protegen y que son peludos…’. Todo eso me parece de una asquerosidad radical: pensar que el otro tiene que protegerte a través de un cuerpo más grande, más imponente. Me parece enfermo.

A veces pienso que secretamente siempre me ha gustado lo que la gente definiría como una mujer, pero que eso está puesto en distintos cuerpos no más”.

¿Viste? ¿No querías una dosis de T.?

Ahí tienes.

*

“No he estado con tantas mujeres. Tengo una cuestión muy disociada: me parece que las mujeres son demasiado importantes y tienen demasiado espesor y textura como para tomárselas a la ligera, lo que no me pasa con los hombres. Encuentro que los hombres son superlimitados y monocromáticos. Es como de ver una escala de colores: un abanico de pantone es ver a una mujer, con los colores base y sus miles de variaciones, la paleta completa en cuatricromía, mientras que ver a un hombre es como ver un color, distintos tonos, pero uno –por ejemplo, ver múltiples variaciones de cian–. He estado con muy pocas mujeres, pero son las que más me interesan. No podría estar en un carrete bailando y coquetearle a una mina e invitarla a mi departamento, ni cagando. Las mujeres con las que he estado han sido poquitas, no tengo un patrón de gusto de mujeres, a diferencia de con los hombres. He estado con quince hombres –así como estar, de tener una wea más que un beso en un rincón–. Las dos mujeres con las que he estado no han sido para nada femeninas, en el sentido en el que yo podría ser femenina (como que te pintai las uñas, te gustan los zapatos…), pero han tenido una delicadeza y una ternura muy femeninas. Como un temple. No estaría con un camión, no me interesan eróticamente los camiones. Tampoco me interesa una mina tan parecida a mí.

Esta cuestión siempre se la traté de explicar a mi ex, pero nunca lo entendió: por un lado está la mina que te gusta eróticamente, que te atrae y te parece demasiado inteligente, y por otro está la mina que yo quisiera ser. Entonces, claro, yo quisiera ser Natalie Portman, pero no sé si me comería a Natalie Portman. Quizás no me parece tan interesante ella, pero sí sería la raja tener su forro de Closer. Me pasa mucho que yo miro a mujeres en la calle, pero desde un punto de vista como infantil, de ‘cuando grande quiero ser así’. Nunca he mirado a una mujer en la calle con una intención más erotizante. Tal vez por eso las minas que me han gustado han sido parejas de muchos años, relaciones muy serias, conservadoras, estables, blablablá. Tengo la sexualidad muy vinculada a una cuestión amorosa. Y una cuestión amorosa muy vinculada a una cabeza determinada, a una manera de relacionarse y de mirar el mundo. Entonces, no puedo erotizarme con un puro cuerpo”.

*

“Erotizarme con un puro cuerpo”, dice T.

Yo tenía eso antes. Era rico. Era fácil. Lo echo de menos y en algún momento lo perdí. Pero ahora, a medida que voy escribiendo más perfiles, más me distancio de mi cuerpo. Como si tomara prestado el cuerpo de los otros por un rato. Como si escuchar sus historias ya me fuese suficiente.

¿Fome? ¿Egoísta? ¿Facilista? Tal vez. ¿Muerta? ¿Anulada? Yo veo un tallito verde asomando. ¿Irritable? Sí. Difícil. Estos perfiles le están haciendo la vida imposible a la gente que tiene la buena voluntad de aguantarme (¡hola, mamá!).

Las comparaciones poco elegantes pueden ser útiles: en este momento soy como una anoréxica escribiendo un blog sobre recetas de postres con chocolate y caramelo. Caramelo y manjar. Manjar y almíbar. Y el ocasional postsalado de papas fritas. Papas fritas con mayonesa. Mayonesa con kétchup en un bol gigante y tres papas fritas. Glotonería teórica.

Mi debilidad no son los dulces, no. Una comparación más precisa: soy como una alcohólica en recuperación que escribe sobre la infinidad de combinaciones de licores posibles.

*

“El otro día vi a una niña que no me acuerdo ni cómo se llama, pero que había visto antes. Ella era muy muy muy guapa para mi gusto. Era diferente, rara. Es como alguien que ves en la calle y dices ‘esta weona tiene una onda’. Tiene el pelo muy corto, es muy femenina de rasgos, pero a la vez va a contrapelo de esa belleza tradicional. Ella podría perfectamente estar en Mekano. Espera, Mekano no existe, borra esa wea. Podría estar en… ¿Yingo? Bueno, en un programa, bailando. Una mina estupenda, regia, preciosa, según un estándar muy latino: es bien europea, pero la loca no se engrupe con eso. Me seduce alguien tradicionalmente rica que pueda decir ‘pudiendo ser una modelo y estar mostrándome en biquini, hago otra cosa con esa belleza’.

Creo que los amigos más bacanes que tengo me interesan por cómo van a contrapelo de ciertas cosas. Me parece interesante que cada uno vaya forjando un camino diferente al que está impuesto. Las parejas sexuales más interesantes que he tenido han sido así también.

Yo en parte también soy así, también tengo esa necesidad: me gustan los hombres, me gustan las mujeres, me gusta todo. Estoy abierta al mundo a partir de eso. Y eso tiene un costo grande, en términos familiares es enorme, todo el mundo te pregunta: ‘¿Cómo te posicionai frente al mundo?’. Me interesan esas personas que no toman esa posición predefinida. No me gusta la lesbiana combativa. Encuentro que todo esto que me interesa es algo supersingular y por lo mismo me cuesta mucho encontrar gente.

En el mismo sentido, los hombres que me gustan siempre tienen un componente femenino. Un hombre al que le gusta el sexo anal me parece lo mejor del mundo. Me pasó una vez con la pareja sexual más interesante que he tenido: teníamos sexo anal –yo haciéndoselo a él– y él se quejaba como ‘me duele, no, para’ y a mí me parecía demasiado estético, porque una está acostumbrada a ser esa persona. Alguien en la posición en la que él estaba, socialmente, no debería sentir dolor, y en cambio él va y te expone su dolor en la cara, se entrega a ese dolor. Creo que una de las weas que más me erotiza es un weón quejándose. Salud por eso. Me parece demasiado bien. Y bueno, yo me quejo harto, pero no converso. Encuentro atroz los weones que conversan. Una vez un tipo me dijo ‘chúpamela, coma, nombre de la ex’. He escuchado historias de gente a quienes se les sale el nombre de la ex, tipo: ‘Ay, Vero sí’, pero ‘chúpamela, Vero’ es distinto. No me wevees.

Me gustan las minas resueltas en términos físicos, que se sientan relajadas, que mueven su cuerpo de una manera resuelta, eso me parece muy erótico. No me interesaría una mina que está caminando incómoda por la calle –que es lo que hago yo–. No me interesa una weona que está todo el rato tirándose la polera para abajo porque siente que se le ve el rollo. Me interesa alguien que de repente se le ve el rollo y le importa nada, o una loca que ni siquiera te fijai si tiene rollo o no, porque está tan resuelta que no es tema. Eso me pasaba mucho con mi ex: nunca la vi mirándose al espejo y criticándose. Es precioso. Para mí eso es la belleza: alguien que se mira al espejo y que cuando lo hace no siente un hundimiento. Yo cuando me miro al espejo de alguna manera me estoy hundiendo. Me miraba al espejo y era como ‘estoy gorda, estoy fea’ y partía a cambiarme de ropa tres, cuatro veces. Llegaba atrasada a la pega porque me estaba cambiando. Es una angustia que se ha ido agudizando mucho con los años. Creo que las parejas mujeres que he tenido, cada una con sus complejos de otro orden, son personas que se miraban al espejo para arreglarse el pelo y salían no más. Esa libertad de sentir que el cuerpo es algo que está contigo, pero que no es un peso, me parece atractivo. Gente para la cual el cuerpo no es un peso, porque para mí lo es. Me alivia mucho estar con alguien así. No sé si podría cargar con dos cuerpos en una relación. Ya es demasiado doloroso mamarme a mí misma”.

*

Pienso en mi cuerpo. En la relación ambivalente que sostengo con mi cuerpo. Es como si mi cuerpo fuese un pinche incondicional: a veces lo pesco y le hago cariñitos, otras veces no quiero ni saber de su existencia. A pesar de todo, siempre está. Entonces cuando lo quiero, cuando decido que vale la pena, me sorprende lo bien que está para cómo lo trato. Me sorprende que se acabe también: que haya límites entre el resto y yo, que no sea infinito a pesar de que se siente infinito. Me sorprende que atraviese el tiempo y se quede conmigo. Me sorprende que esté aunque lo rechace. Me sorprende que me permita sentir: la manera en que ahora se deslizan mis dedos sobre las teclas, la música que escucho a través de los audífonos, el hilito de aire que entra por mi nariz y llega a mis pulmones. Mi cuerpo. No el tuyo ni el de T. ni el de cualquier otro. Mi cuerpo al que invito a otros a jugar cuando quiero. Mi cuerpo que me permite vestirlo y desvestirlo, que aguanta mis excesos y castigos.

Pienso en el cuerpo de T. y me pregunto cómo el cuerpo de T. piensa en sí mismo.

*

“Hay mucha gente herida por su propio cuerpo. A veces me parece hasta demente ese rollo. Lo he hablado con gente, en análisis, con mis otras parejas, con amigas. Una amiga el otro día me mandaba una foto de una mina diciendo ‘yo quiero ser así, ¿tú creí que puedo llegar a ser así?’ y era una foto de una loca en biquini que debe ser, no sé, cuatro kilos más gorda que yo y yo le decía ‘pero, weona, ¿porque querí ser así?’. Y ella me decía ‘porque me parece que es un cuerpo que está bien’. Y según yo ese es un cuerpo que no está bien, porque yo he estado así y me he odiado. Lo que tú me estai mandando es lo más gorda que he estado y no quiero volver a ese punto por ningún motivo. Entonces me tira un espejo como de odio. Yo tengo esa wea. Y es algo muy doloroso con lo que uno carga. Está todo el rato: te pones un piyama y te encuentras gorda. Yo lo paso mal. Es como estar todo el día caminando arrastrando un cuerpo muerto.

Creo que tiene que ver con el bullying escolar. Yo me rodeé de un mundo muy tradicional, de mucha belleza, de una belleza europeizante muy femenina, y siempre fui alguien abyecto en ese contexto. Era raro, porque me acuerdo de que yo me comía en esa época a uno de los minos del curso, así a escondidas, y el weón tenía una polola preciosa, una muñeca, con esos ojos que llegan a ser blancos de lo celestes. En los carretes íbamos al baño y nos comíamos y después nos acostamos, fue una cuestión muy primaria, animal, y él siempre me dio a entender que le daba vergüenza que yo le gustara porque no era como ellas. Eso es muy ejemplificador de lo que viví en la infancia y en la adolescencia, de que algunos hombres, agarrados con pinzas, tenían la sensación de que yo tenía una cuestión atractiva, pero era una cosa outsider. Eso lo cultivé en algún momento, porque me metí en un universo donde era cultivable, pero después me empezó a pesar, sobre todo en análisis. Ahí caché que era como ‘erís deseable, pero en la medida en que los demás no nos vean’. Yo creo que eso me marcó caleta y ha ido in crescendo hasta el punto en el que estoy ahora: mutilada sexualmente. No me siento capacitada ni para tener un agarrón en el baño”.

*

Dice “un agarrón en un baño” y me da ataque. Me da ataque porque: 1) el baño y 2) el agarrón. Lo que pasa es que últimamente todo eso me parece tan lejano. ¿En qué momento uno se va al baño con alguien más y se toca de manera erótica? ¿O en qué momento uno se toca siquiera con otro? Últimamente mi perro es el único que se me acerca de manera afectuosa y no meramente formal. Me pone su cuello en la cara, se sienta encima de mí cuando trato de dormir, dormimos espalda con espalda. Por eso: un agarrón en el baño. Imposible.

Mi cuerpo: este contenedor de cosas que no se cruzan con otras cosas. Un diagrama de Venn que es un círculo a un lado y otro círculo al otro. Pienso en las distancias, en la gente que me gustaría que me tocara, en la gente que por ningún motivo me gustaría que me tocara. Pienso en mi cuerpo: si fuese un territorio, ¿qué territorio sería? No lo digo así como en general, como un terreno con vista al mar o una parcelita en la montaña. Me refiero a algo más concreto: ¿qué tipo de espacio es mi cuerpo? ¿Es un espacio que invita? ¿Es, tal vez, una llanura? Las llanuras en general son miradas en menos porque no hay nada, pero, si lo piensas, en una llanura se puede construir. Pero no soy una llanura. ¿Es una subida rocosa? ¿Es un montón de tierra a un lado del camino? ¿Es un prado? ¿Es, tal vez, esa continuación incómoda entre la tierra y la arena?

*

“En este momento de 0 a 10 me siento -4 sexualmente. Creo que este es el peor momento para esta conversación, me siento totalmente suspendida. Puedo recordarme en otros momentos. Me gustaría recuperar eso, pero de una manera sana. Los momentos en los que he sido más sexual es cuando he estado muy triste y he terminado en cualquier lado, en cualquier cama, con cualquier persona. Yo creo que eso ha pasado como una forma de escape de mí misma, siempre pensando que el otro me puede recibir y ayudarme a distanciarme de mí. Y lo he pasado pésimo. El tiempo en el que estuve más soltera debe haber sido en el 2008 o 2009. Fue un año en el que estuve con gente que me da vergüenza hasta nombrar, estuve dos veces embarazada y la segunda vez no tenía ni puta idea de quién era. En la farmacia de aquí abajo me compraba la pastilla del día después una vez a la semana. Era, en primer lugar, una exigencia innecesaria hacia mi cuerpo y, en segundo lugar, una autodestrucción brutal, porque en esa época la pastilla del día después en verdad no se daba y tenías que tomarte cuarenta pastillas anticonceptivas. Era una escena angustiante y excesiva.

Las veces en las que he estado sexualizada han sido periodos de mucho exceso: exceso de pito, exceso de copete, salía con tres amigos y me comía a uno cuando íbamos a comprar copete, después entraba y me comía a otro en el baño, después entraba uno al baño y me agarraba al tercero… una wea de muy poco amor propio. Las pocas veces que he tenido sexo casual me borro para soportarlo. O estoy muy muy volada, muy muy curada, al punto que pensai cómo esa persona fue capaz de culearte en ese estado, con ese rostro. Como con el rimel corrido, con un ojo para allá, otro para acá. Cómo esa persona fue capaz de pensar que eso era deseable. Probablemente sé inconscientemente que voy a culear y por eso me borro. Empiezo a tomar, tomar, tomar. Pero no es algo calculado. De hecho, en general cuando he tenido sexo causal he estado con la peor ropa interior. Llegué a carretear con cualquier persona, en cualquier pinta, y cacho que hay un weón ahí que me está mirando, me tomo diez mil copetes y me borro no más. Me gustaría culearme a alguien porque quiero hacerlo sin estar borrada. ¿Por qué tengo que arrastrarme en cuatro patas a la cama? ¿Por qué tengo que llevarme a ese punto para poder disfrutar de mí? Yo creo que esa disociación tengo que empezar a trabajarla.

Me gustaría poder tener una experiencia de exploración sexual, pero más adulta, responsable. ¿Por qué quedar embarazada dos veces en un año? Esa wea no es sana. ¿Por qué quedar embarazada y no saber de quién es? Esa wea está mal. Terminé siendo la amiga abortiva de todas, como que ya tenía un doctorado en eso. Igual también fue bonito para mí porque asistí a varias amigas en situaciones así, ya cachaba todos los motes. Y la primera vez que mi hermana tuvo sexo, por ejemplo, que fue muy grande, como a los veinticuatro, me dijo ‘no me cuidé’ y yo sabía perfectamente lo que teníamos que hacer. Me metí a un chat de minas que abortaban y daba consejos, etc.

Igual yo podría haber trabajado eso de otra manera”.

*

No quiero decir mucho. O sea sí, pero me limitaré. Lo que quiero es preguntar. Y lo que quiero preguntar puede parecer inconexo, pero se puede entender después tal vez:

  • ¿Por qué?
  • Y si es porque sí, ¿qué hace que tú sí y otros no?
  • Y si es que todos, ¿qué hace que a todos nos pase?
  • Y también, ¿cuándo se termina todo esto?
  • Y: ¿se termina?

*

“No tengo tan claro qué tan importante es la frecuencia porque hace mucho que no he estado sola un rato largo. Extrañamente me parece más importante la frecuencia cuando estai soltera que cuando estai en pareja. Los periodos más largos sin han sido en pareja y no sola. En diecisiete años lo más largo sin ha sido esto, como cinco o seis meses. Dos de estos meses han sido mientras he estado soltera, o sea, ahora mismo, porque he querido vivir un duelo conservador. He estado con mucho tiempo de sequía por respeto al otro. En pareja ha sido importante, sí po. No puedo estar tantos meses sin tener relaciones sexuales. Vai soñando weas y pensai que tu pareja cacha. Y soñai con un weón que ni siquiera te interesa. No tengo ninguna fantasía en este momento con alguien importante, pero sí siento que el cuerpo está tironeando. Un plus que tengo es que no tengo el nivel de conservadurismo para tomarme literalmente lo que sueño”.

*

Todos los que me conocen y que han ido últimamente a mi casa saben que estoy llena de plantas. No quiero decir que esto significa mucho, pero significa algo. Y cuando la gente entra a mi casa tiene distintas reacciones. Hay gente que pregunta “¿qué onda con las plantas?”, otra gente me dice “¡plantas!, ¡vida!”. Otra gente me pregunta si me molestan o hace cuánto las tengo. Otra gente hace como si fuese lo más normal del mundo que sobre mi mesa de comedor hayan diez maceteros y que en la cocina, al lado del lavaplatos, hayan otras cinco, y que afuera, en el lavadero, hayan siete, y que en la terraza hayan seis.

Voy a decir algo que seguro me arrepentiré de decir, pero aquí va: las plantas me permiten constancia. Pienso lo siguiente: si puedo cuidar plantas, si logro que vivan y les doy lo básico –luz, agua, no demasiada luz ni demasiada agua– quiere decir que estoy haciéndome cargo de algo sumamente sencillo de manera efectiva. A veces me parece que fallo en eso con la gente: en decirle a la gente de manera sumamente sencilla cuánto me importan, cuánto los necesito. Entonces pienso: si me entreno en demostrar interés real por estas plantas –que lo tengo, en serio– y soy lo suficientemente consistente, tal vez pueda hacer lo mismo con la gente que quiero.

Para mí, eso es frecuencia.

T. no ha ido a mi casa hace años.

*

“Lo que más me gusta es la previa. Todo el mundo dice ‘la previa’ refiriéndose al momento antes de la penetración. Pero yo no estoy hablando de ese chicle, estoy hablando de antes de ese chicle. Creo que ahí yo puedo funcionar más o menos bien y tengo confianza, me siento más o menos cómoda y sé más o menos lo que hay que hacer. Pero cuando ya estoy encerrada en una pieza me queda la cagada, porque me siento gorda, me siento extraña, me siento insuficiente. En realidad lo pienso objetivamente y los weones no se fijan en eso. Quieren meterla y chao, pero para mí sí es importante. Ahí ya me siento insegura. Con las minas no, pero con los hombres sí, es muy distinta la experiencia. Con las minas sabes que realmente no están fijándose en esa wea. Tienes una cierta certeza de que la belleza tiene otros lugares. La última vez que estuve con un hombre lo primero que pensé fue ‘soy más gorda que él’. Yo estaba muy ansiosa, tenía muchas ganas y todo, pero lo único que recuerdo es que me sentía gorda. Entonces cuando llega el momento de la concreción ya no lo paso tan bien. Como que todo el pre me interesa mucho más y creo que me puedo manejar de otra manera, pero después, cuando me sacan la ropa, me parece todo pésimo. O sea, en ese momento te pareces a ti misma pésimo.

Tengo muchas escenas marcadas de mujeres con las que he estado donde la belleza tiene que ver con los pelitos que te crecen en los brazos que son más cortos, algún lunar en la espalda, una mancha de nacimiento o lugares estéticos –como errores, por decirlo así, que resultan muy estéticos porque son singulares–. Nadie más va a tener ese lunar ahí, nadie más va a tener esa mancha ahí, y esa estética me interesa y creo que los hombres no se fijan en esa wea. Yo tengo cicatrices que a las mujeres les han erotizado o que les han parecido un lugar de afecto muy grande y que los hombres ni notan. Son experiencias distintas basadas en qué es lo hermoso en tu cuerpo. Porque en general para mí las mujeres tienen esa atención a la belleza de la singularidad, y los hombres no. Tienen una wea más estándar. Y eso me desanima cuando estoy teniendo sexo con un hombre, porque intuyo que tengo que responder a un patrón definido de belleza en el que yo no ingreso ni aunque me esfuerce.

Creo que soy mucho más atractiva para una mina que para un weón y eso de alguna manera sí define mi sexualidad. Me siento más rica, más plena. Me siento como una sirena versus un pescado tirado en la caleta. Son imágenes extremas: con una mujer me siento bella porque encuentro que la belleza tiene otro lugar, ocupa otro espacio. Y con los weones no po, con ellos ocupa el espacio de la actriz porno y obvio que en ese lugar no estai. Y tampoco me da para esforzarme y ser esa persona. Obviamente quiero ser flaca, tengo un montón de patrones tradicionales y todo, pero entre motivarme para hacer un buen proyecto, una buena pega o un trabajo propio, y motivarme con ir al gimnasio todos los días, me tira mucho más lo primero. Claro, quiero ser linda, pero en realidad no trabajo por ello. Como que no me da el cuero para ser la mina rica. Me interesa mentalmente, pero no hago nada concreto. Entonces tengo que encontrar a un hombre que sea diferente. Weones que ven porno y todo, pero a los que les interese una mina diferente”.

*

Ok, te la voy a describir. Espero que no afecte mucho. De hecho, piénsala y olvídala, porque es más que estas palabras alineadas unas tras otras.

T. tiene los ojos café, la tez mate, el pelo negro y largo, aunque recién se lo cortó un poco. Tiene labios gruesos y la línea de la mandíbula marcada, el cuello largo. El cigarro es un compañero más fiel de lo que nos gustaría. Cruza las piernas y las descruza para volverlas a cruzar. Tiene manos de dedos finos y una voz que va desde lo muy suave y aterciopelado, como se debe sentir meter las manos dentro de un almohadón de plumas, hasta el otro extremo, como lluvia contra techos de latón.

Pienso en Joan Baez cuando pienso en T. Pero no te engañes, porque también pienso en T. no más: en qué pensaría T., en qué opinaría T. Porque más que su cuerpo, T. es opinión. Porque si a T. no le gustas, te enteras. Y si le gustas tienes que saber que es temporal. Tienes que saber que puede que te descarte de un momento a otro. Tienes que saber tomarla en serio. Tienes que saber escucharla y acogerla y no interrumpirla con preguntas tontas, porque le carga la tontera. A menos que sea ella riéndose de su tontera y entonces sí.

*

“El sexo es un poema.

Jaja no, te estoy weveando. Es encontrarse radicalmente con el otro. Tampoco tengo esa cuestión del sexo como armado: a pesar de ser muy insegura con el cuerpo y de sentir que el cuerpo es un peso, cuando ya estoy ahí, estoy. No soy una mina que se va a quedar con la polera puesta o que va a tener una relación sexual tradicional. Me gusta mucho la cuestión exploratoria, me interesan mucho los hombres que no son tan masculinos y que no tienen la estructura de un hombre haciéndoselo a una mina. Me interesa esa movilidad de los cuerpos, esa elasticidad. Pero encuentro que esa elasticidad ocurre cuando al otro en verdad le importas. No quiero decir necesariamente que es amor, que vai a salir de un motel y vai a casarte, pero sí es un otro al que le interesa tanto tu cuerpo como tu cabeza. Necesito sentir que soy necesaria para ese momento. No es lo mismo estar culeando conmigo a estar tirando con la vecina. No tiene que ver con una cuestión necesariamente corporal, sino con que eligió esta cabeza con cierta apertura mental, con ciertas fantasías, con ciertas necesidades. Las veces que realmente he enganchado han sido cuando hay un erotismo así.

Tengo la cabeza muy abierta. Yo soy muy cabeza, pero no en el sentido de racionalidad. No soy una persona lógica, que se deje amoldar, soy una weona de mucha fantasía, de mucho pensamiento conectado con el corazón, para mí el pensamiento existe en este cruce, no está separado. Tengo recuerdos de haber sido muy chica y que la gente siempre me contaba sus cosas porque sabían que yo podía entender casi todo. Onda ‘me comí a mi primo’, ya bueno, ya está, qué te pasó con eso; ‘me comí a mi mejor amiga’, ya está, qué te pasó con eso. Nunca tuve ningún resquemor con nada. Para mí todo está conectado con lo amoroso, es supertransversal, es como un fierro. En ese sentido, podría entender todo… pero cuando el corazón está desapegado de esa comprensión, me queda la cagada. Tengo una ética erótica que tiene que ver necesariamente con el amor, muy cruzado, no he podido separar eso, y siento que en la medida en que no lo pueda separar, todo depende demasiado del otro. Tengo todo depositado en el otro.

Para mí estar en el mundo es vincularte con otro. Entonces, por ejemplo, cuando el otro no está interesado –me ha pasado estar culeando con alguien y cachar que el loco en verdad está en la suya, está moviéndose para el lugar que él quiere, te está dando vuelta para donde él quiere– para mí es como culear con un cojín: no me pasa nada. Cuando no es una cuestión amorosa, puedo estar cinco horas con las piernas abiertas y no me pasa nada. Podría estar viendo tele”.

*

Puedo pensar en otras cosas peores que un cojín para ofrecerle a T., pero un cojín es preciso porque es inofensivo. Y tal vez lo bonito del sexo es que siempre cuando hay otro hay un riesgo: un riesgo que es una aventura, un tocar al otro como territorio desconocido. Y aunque lleves años ese cuerpo no es tu cuerpo (a pesar de que muchas veces se nos olvide).

A veces me despierto desorientada en mi propia casa. Creo que es en general cuando he dormido poco y me siento acelerada. Entonces el orden que le he dado a mis cosas o, de manera más macro, las cosas mismas y su ubicación –la puerta, el corredor, la cocina– me parecen ajenas. No sabría cómo explicarlo. Pero sí puedo decir que esta situación se repite corporalmente: todos sabemos teóricamente dónde están las cosas de cada cuerpo. Todos podríamos nombrar específicamente dónde están las orejas y las manos y los dedos de los pies. Pero cuando te enfrentas a la especificidad de cada cuerpo, ese conocimiento teórico te sirve muy poco, porque saber dónde están las cosas no significa que sepas cómo abordarlas. Porque conocer una ubicación no es conocer el territorio. Y porque, peor todavía, todos los cuerpos difieren.

Aventura. A esto me refería cuando dije “aventura”.

*

“Las mujeres normalmente se dividen entre clitorianas y vaginales. Yo creo que soy anal. Con la estimulación anal puedo lograr cosas que no puedo lograr ni vaginal ni clitorianamente hablando. Es una exigencia de mi propio cuerpo.

Para mí la penetración es fundamental. No entiendo esa wea de las tijeritas de las lesbianas. Es como que llegarai tocándote un codo. Me parece de una hipersensibilidad de la que yo carezco profundamente. Cuando empecé con mi ex, que es superlesbiana, le dije eso. Las dos parejas mujeres con las que he estado no han tenido ninguna relación con la penetración. Entonces yo les decía ‘ya, encuentro bacán que algo te pase con un roce, pero yo no tengo eso’. Y como a los dos meses con mi ex compramos un consolador. Yo elegí el tamaño, la forma, si vibraba o no, porque lo iba a usar conmigo, no con ella. Ese fue el consolador de cabecera. A pesar de eso, de ser muy penetrativa, creo que soy muy penetrativa analmente, lo que no es ni típico de heterosexual ni de lesbiana.

Perdí la virginidad analmente. Era muy pendeja, nos daba mucha vergüenza comprar condones. Duramos dos años y medio, tres años, y nunca usamos condón. Todo el temor de quedar embarazada significaba meterlo por atrás. Era la opción en ese momento. Durante mucho tiempo tuve sexo anal. Y eso siempre me quedó marcado. Ahora, si a mi pareja además le gusta, me parece mucho más atractivo. Para mí esa es una estimulación que me saca de mis casillas. En cualquier otro campo puedes tener cierto control, pero analmente no. Es una cuestión rudimentaria. No es algo que explores en términos eróticos todo el rato, está asociado a otra cosa. Entonces ese desborde, simbólicamente, me parece interesante. Me parecen interesantes todos los lugares que son desbordados. El control me pone un poquito nerviosa. Los hombres siempre tienen ese control: dicen ‘a esa weona me la voy a culear aquí, en este momento’. Creo que las mujeres somos mucho más exploratorias. Y por lo mismo los hombres no dejan que les toquí el poto, los weones se vuelven locos con eso, ‘no soy gay, no me toquí’. Conozco bien pocos que están resueltos con eso.

Si lo pensáramos en términos derechamente genitales, yo no podría estar con una mujer, porque a mí lo único que me interesa del sexo en términos concretos es la penetración. Entonces, a partir de esa definición, no podría estar con una mina, porque la mina no tiene nada que meterte. Si yo lo pensara con ese nivel de simpleza, de forma tan llana, no podría estar con una mina. Sin embargo lo resuelvo de otra manera: a mí me gusta que me penetren, pero me gustan las mujeres. Y eso se puede resolver: comprai una wea y chao. Por eso algunos hombres me parecen tan patéticos en ese sentido: dicen ‘te gusta el sexo anal, eres gay’. ¿Qué es eso? ¿Cómo puede ser que tu erotismo sea tan básico? Todos esos lugares comunes me bajan las hormonas a nivel cero. Ahora que estoy soltera me pasa eso con los hombres en general: los veo hablar sobre sexualidad, los veo moverse y me parecen atroces. Tengo muchas fantasías, sueños, etcétera, pero cuando despierto y estoy sentada en la realidad, nada me erotiza”.

*

Me acuerdo de haber estado tan enamorada de un ex que una vez le dije “te amo tanto que si tú tuvieras otro cuerpo, cualquier otro cuerpo, estaría contigo”. No lo dije, tal vez, de manera tan-tan literal, pero eso fue lo que dije o quería decir, porque es lo que venía sintiendo hacía tiempo: que mi amor, mi necesidad de conectarme con él, mi deseo por su cabeza, mi curiosidad por su manera de pensar, mi fascinación por su sentido del humor no tenían nada que ver –o poquísimo que ver– con su cuerpo. Cuando pensaba en él sexualmente pensaba, sí, en nuestro cuerpos, pero más que nada pensaba en la sensación de caída que sentía cada vez que lo tocaba. Me parecía que no importaba qué cuerpo lo contuviese: yo lo desearía igual.

Después le dije: “Si fueras mujer, tal vez yo sería lesbiana”.

Esa fue una conversación que no terminó muy bien.

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“Tenía la teoría con una expareja mujer de que las relaciones con mujeres son muy espirituales, hasta místicas, y con los hombres son más físicas. Esto lo pensamos luego de años y años de hablar con lesbianas: todas las relaciones entre lesbianas devienen una wea muy compleja en términos interpersonales, muy de ver al otro, muy emotiva, pero muy descorporalizada.

Hay algo que me encanta de las mujeres que es que puedes saber más o menos qué están pensando porque tienes la misma complejidad mental. Me pasa con mis amigas, no solo con las mujeres con las que me he acostado. Puedes adivinar el rollo. Eso es muy interesante porque te metes en una cuestión con mucha textura, con mucho pliegue, y navegas por ahí. Eso lo puedes hacer con una pareja mujer. Y te da una complejidad cotidiana muy rica y muy potenciadora, porque te impulsa a pensar en el mundo todo el rato. El problema de eso es que te conoces a un nivel tan heavy con una mujer que finalmente el erotismo se te escapa. Yo lo pienso de una manera muy concreta: el erotismo es deseo y el deseo es una falta. Tú deseas lo que te falta. Y cuando estás con una mina no te falta nada, porque entiendes la cabeza de la loca, entiendes los problemas que tiene con el cuerpo, entiendes que está con la regla y anda mala onda. Además es un cuerpo mucho menos grotesco. Es diferente ver a un hombre meando que ver a una mina meando. Entonces vai al baño con la loca, ella se está duchando mientras tú estai en el baño, ves su cuerpo todo el tiempo desnudo, y eso genera una completitud bacán en un principio, muy honda, muy profunda, pero hay un punto en que al final está todo completo, entonces no hay ningún hueco, y cuando no hay ningún hueco el deseo se empieza a apagar. Yo hay cosas que he hecho con mujeres, cotidianamente, que nunca haría con un hombre. Desde, no sé, no depilarte, tirarte un peo, sacarte un moco. Onda, lo que haríai tú en tu cotidianidad sola, en toda su ordinariez y domesticidad, lo haces con una mujer. Y con ello algo que se rompe. Yo confiaba mucho en eso: en que eso sostenía una relación de una manera mucho más profunda que con ciertos lugares escondidos, defendía eso a rajatabla, pero después de haberlo vivido con dos relaciones largas me di cuenta que no. Que ahí hay una suspensión del deseo”.

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¿Te acuerdas de ese juego en el que uno doblaba las puntas de una hoja de papel y quedaban cuatro lados de una especie de pirámide? En cada uno de los lados uno escribía respuestas a preguntas que todavía no habían sido formuladas:

No

Tal vez

Repite.

Hablar con T. es como jugar a ese juego. Todo el tiempo.

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“Con mi primera pareja lesbiana tuve la sensación de que el sexo ya no era necesario porque la relación era tan honda y tenía tantos matices y era tan fusionada, que el sexo era algo secundario. Y la wea más cercana que conozco en términos literarios es la experiencia mística, donde, no sé, una monja está tirada arriba de la cruz totalmente erotizada, una monja que se saca la ropa después de la procesión porque está erotizada con la figura de Cristo. Pero Cristo no existe po, weona, no se lo va a culear, y aun así la experiencia más erótica que tiene es mirando la cruz.

Yo sentí eso con mis dos parejas mujeres: eso de verlas cocinando y haber sentido que eso era la máxima experiencia erótica que podía tener. Sentir que el cuerpo ya no era indispensable, ya no era una herramienta necesaria. Ver a mi última pareja cocinando, dibujando, escuchando música, y haber sentido que eso era el peak del erotismo. El problema de esa wea es que es sostenible durante un rato no más.

Lo he hablado con otras lesbianas y con mi primera expareja, con la que queríamos hacer un estudio sociológico de esto: a nosotras dos nos pasó, después a mí me pasó con mi pareja siguiente y ella después tuvo dos parejas posteriores y ahora, que lleva un año pololeando, el sexo casi se acabó. Está en ese momento: ya las viviste todas, ya el otro sabe todo de tu cuerpo, ya no hay misterio. Independiente de todo lo desvinculada que puedes estar con un hombre, el tipo tiene algo que tú no tienes, que no sabes cómo se siente y eso genera un misterio. Con las minas no. En principio eso es bacán porque sientes que el nivel de comprensión y fusión es total, pero ya después de uno, dos, tres, cuatro años, no es tan entretenida esa semejanza. Y esa semejanza va achicando el espacio del misterio hasta el punto en que la fusión es total y te pasan weas rudimentarias. De repente te encontrai con un weón equis que te culeaste hace diez años y te lo quieres culear de nuevo. ¿Cómo sostienes esa tensión? Existen dos vías: o te mutilas para siempre –que es muy brutal– o te cagai a tu pareja. O la tercera: terminas. Eso es lo que siempre he hecho yo. Cachar que el cuerpo te está tironeando y decidir que es el momento en que terminas porque ya no puedes sostener tu propio cuerpo.

Con los hombres siento ese deseo, esa falta, ese arrebato, toda la cuestión erótica por antonomasia que se puede sostener durante mucho tiempo, pero siento que el nivel de la conversación –que es la que te genera la vida– tiene un tope. Es como esos topes de puerta que no te dejan seguir abriéndola. He tenido parejas que me han vuelto loca eróticamente, pero he llorado en el baño pensando: ‘Este weón es un imbécil. Nunca voy a poder formar una vida con esta persona porque tiene una limitación intelectual o emocional’. No es un límite en términos de conocimiento, sino en el sentido de pensar el mundo. Yo no podría estar con alguien con quien no pueda sostener una conversación con cierta espesura. No puedo. Creo que hay minas que pueden hacerla. Ese weón mononeuronal… yo me muero con alguien así. Me hundo en mi propio ser y me voy a la mierda.

Los hombres con los que me relaciono son específicamente femeninos. No me voy a relacionar con un hombre para el que las mujeres son cuerpos, poto culeable y punto. Pero aun así, siendo hombres intelectuales, igual me parecen limitados. Soy exigente respecto de la cabeza con la que me estoy metiendo, pero eso tiene un revés con las mujeres y es que al final la cuestión se descorporaliza totalmente. Tienes conversaciones bacanes, pero después el sexo se disipa.

Me ha pasado siempre que cuando termino con mujeres vuelvo a los hombres porque en el fondo llevo un periodo tan largo de supresión erótica y de explotación de la cabeza, de la intelectualidad, de los afectos, que cuando recupero el cuerpo termino muy erotizada. Ahora estoy muerta, pero todas las noches sueño que me tiro a alguien. Hasta a la gente más extraña, así como el del Domino’s Pizza. A cualquiera. Estoy como exacerbada, todavía autocensurada y automutilada, pero sé que eso en un momento va a brotar y voy a tener que hacerme cargo. Pienso que va a ser con un hombre porque tengo un respeto tan grande por las mujeres que tampoco iría a un carrete lésbico a agarrarme a alguien.

He pensado en la posibilidad de una relación abierta. Yo no creo poder soportar mucho tiempo con un hombre. Con una cabeza masculina, chilena. No sé cómo será en otro lado. Y mis relaciones con mujeres han sido muy conservadoras hacia afuera, así que nunca he hecho swingers ni nada de esas cosas. Con las posibilidades que tengo ahora me deprime pensar en el escenario actual.

Todos mis amigos están cuestionándose esa wea. No sé cómo funciona la ecuación en términos cotidianos. Tengo dos amigas muy cercanas que deben llevar ocho, nueve años, y que culean tres veces a la semana. Les preguntai cómo están con sus parejas y te dicen ‘noooo, la raja, es que es un mijito rico, es lo máximo’. Esta es gente que ha tenido hasta hijos. No sé cómo sostienen esa wea, me parece alucinante. Tú decís cómo se la pueden. O sea, me encantaría, no me parece posible, pero lo he visto. Yo he estado cuatro años sin guagua ni necesidades económicas y no he podido. Estas son minas que conozco desde hace diez, veinte años. Estas parejas se tocan las piernas debajo de la mesa. Llevan nueve años juntos y están como si llevaran un mes. Yo lo encuentro heavy. Lo admiro brígido”.

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Me pregunto qué queremos. Todos. No solo T. ni yo. Todos. Qué queremos. Me aterra pensar que estamos entrampados en algo que, con cierta distancia histórica, nos parecerá nimio. Tal vez nos falta esa distancia.

Tal vez lo queremos todo en uno. A veces pienso que yo no alcanzo a ser uno entero de lo que se supone que soy. ¿Qué quiero que sea el otro? ¿No es, en sí mismo, ya violento pretender un otro que ni siquiera conocemos?

Tanto libro. Tanto poema. Tanta película. Y qué. Lo que yo he encontrado son distintos niveles de conexiones. Gente con la que me gusta conversar, gente a la que me gusta tocar, gente a la que me gustaría ver todos los días, gente a la que me gusta ver una vez al mes o, tal vez, dos veces al año.

El otro día pensaba en qué es exactamente echar de menos. Echar de menos es lo mismo que echar en falta. Echar en falta es decir “acá hay algo que me gustaría que estuviera, pero no está”. El otro día un amigo australiano me dijo “I miss your face” y me pareció la cosa más linda que alguien jamás me ha dicho y tal vez la más honesta. “I miss your face”, no “I miss you”. Tal vez él echa de menos solo una parte de mí, no a mí completa, y eso me gustó. Es mucho más honesto que un “I miss you” genérico. Entonces cuando pienso en qué tipo de pareja me gusta, me gustan cosas específicas también, pero no sé si las encuentre todas en una persona y tal vez eso requiera establecer distintos grados de intimidad. En alguien querré un cuerpo, en otra persona querré tal vez una disposición, en otra persona querré su cabeza. Esperar encontrar en una sola persona todo eso puede ser abrumador. Pero si en vez que querer encontrarlo todo en uno disipo la demanda, tal vez, solo tal vez, sea más justo.

(“Disipo la demanda”. Una vez tomé clases de Economía).

Aunque me muero de susto.

¿Y tú, T.?

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“He pensado en las relaciones abiertas en el sentido de no tener que llegar al punto de tener que culearte a alguien cuando ya estai desesperado. Es como ponerte el parche antes de la herida. No interrumpiría una relación conservadora, lo encuentro muy violento, puedes terminar matándola porque partiste con otro código. Es decirle a la relación ‘falta esto, necesito un tercero que llene ese hueco’. Si yo le hubiese dicho a mi ex a los cuatro años y medio que estaba hasta acá eróticamente, que necesitaba agarrarme a otra persona, hubiese sido exponer una falencia. En cambio si partes de manera abierta es una estructura diferente: asumes que hay un patrón, pero quieres dinamizarlo. O sea estai la raja, estai enamorado, estai motivado. Quizás si partes una relación abierta desde el principio no desarrollas tanto la wea de la posesión. Eso me parece bien atractivo: poder desapegarte de ese nivel de posesión.

No sé si para mí es importante poseer al otro. Creo que es parte de la intimidad, pero creo que eso ha cagado mi intimidad también. La ha hecho muy fuerte y muy profunda y todo, pero a la vez la ha matado. Me gustaría probar algo diferente en ese sentido. Creo que también es un trabajo con el ego. Weona, si al final las relaciones que uno ha tenido han sido maravillosas, pero han terminado y de todas uno se ha recuperado más o menos bien, entonces por qué no asumir eso desde un principio, si ya lo has vivido cien veces. Es en pos de tu relación, no es por nada. Ya cachaste que ese sistema conservador no funciona y quieres tener una relación más o menos sana a partir de otro patrón. Ahora tampoco me iría en una wea masoca de hablar de la wea tipo ‘sí, me culeé a este weón y fue bacán’, hay un límite, pero sí me gustaría no tener la censura. Porque la censura siempre genera una tensión y la tensión siempre genera un deseo. Lo he pensado. Tal vez lo hago y me vuelvo un mono loco o lo odio. Puede ser. Conozco gente que lo ha hecho y a la que le ha funcionado la raja. Relaciones de seis, siete años, que son abiertas. Cuando tienes un ejemplo más o menos cercano pensai que es posible para ti también. Lo probaría, pero desde un principio.

Tengo un modelo de sexualidad por un lado y tengo un modelo de cabeza por otro. Siempre la cabeza es mujer y la sexualidad es hombre.

No sé qué va a pasar en mi futuro, puede que sea entretenido, no lo sé, pero me parece complejo porque se trata de resolver una disociación entre cuerpo y cabeza. No necesariamente en todos lados del mundo es así, pero si he hablado con veinte lesbianas este tema de la deserotización, las veinte tienen la misma experiencia que tengo yo. Yo no sé si pueda resolver la dualidad que tengo. De verdad no lo sé.

Para adelante se ve atroz. El infierno”.