Cuando empecé escribiendo sobre T. estaba muerta. Hablaba de mi cuerpo como un vacío. Como un envase de plástico adentro de un congelador. Como una hielera, pero una hielera con tapa, adentro de un congelador. O mejor: como esas bolsas en las que quedan tres hielos huachos y que a uno se le olvida rescatar del fondo del freezer. Quedan ahí esperando otra ocasión, que alguien las saque de su inutilidad. ¿Se entiende? Me pasaba también algo chistoso (chistoso en el sentido más dramático de la palabra): un amigo me hace cariño en la cabeza cada vez que me ve. Desliza los dedos y llega hasta mi cuero cabelludo. Ese saludo breve, ese cariñito tonto, me estremecía.

El problema de dejar de tocar a otras personas es que te acostumbras a esa brecha. De alguna manera comienzas a subestimar el impacto del cuerpo del otro. Se te olvida tirar. A mí se me olvida tirar. Se me olvida la coordinación. Se me olvida que cuando uno abraza no tiene ninguna gracia que uno sea un cuerpo muerto. Se me olvida también que el otro puede tener olores y gestos y gustos que no son los míos. Me distancio. Los otros se vuelven tan reales como una taza de café fría. Y cuando vuelvo, cuando alguien me vuelve a tocar, me siento de nuevo adolescente y todo me parece confuso. Me toma un rato enchufarme.

Que no se malinterprete: es una confusión maravillosa. Es como sumergirse en una piscina luego de un año de haber estado muerta de frío y con scaldasonno en tu pieza. Al fin, ¡el cuerpo! Al fin, ¡calor!

¿La única lata? La curva de aprendizaje.

*

“A mí no me parece tan bien el sexo tan amoroso. Obviamente me gusta con las parejas, pero el sexo totalmente amoroso se me hace muy plano. Entonces tengo esa wea de una cierta brutalidad, un dolor, que me produce cierto placer. Esa wea además se puede proyectar a la vida cotidiana: alguien que te haga sufrir, derechamente. Yo creo que tengo eso con los hombres, no con las minas. A mí un weón demasiado interesado me parece como llano. Uno demasiado poco interesado sé que es un weón que me va a hacer pico. Me gusta el intermedio: alguien que te pesca, pero ahí no más. Alguien que no me pesca nada también me gusta, eso es lo peor. Porque te va a pescar una vez y te va a dejar botada. Eso me ha pasado: estar en un carrete, ver a alguien y decir ‘este es un weón que me puede hacer mierda, me va a arrastrar por el piso’, y luego ir y meterme con él. Siempre me meto en eso. Es entre placer y displacer. Un weón que te pesca hasta un cierto punto y de ahí en adelante tú no puedes descubrir lo que pasa en su cabeza. Ese lugar es lo que te atrae al final. No te atrae lo que de él se acerca, te atrae lo que de él se aleja. Es una especie de erotismo del maltrato. Pienso de manera concreta que una forma de seducción es el desprecio. Tengo una historia: una hermana de una amiga tenía un pololo que tenía un fetiche con los zapatos. No se podía culear a la mina si no estaba con zapatos de taco alto, le parecía pésimo. Estuvieron como quince años juntos, terminaron, y esta loca empezó a investigar el rollo. Ella tenía como mil zapatos que el weón le había regalado para culeársela. La cosa es que llegó a un chat de fetichistas de zapatos y le pagaron mil dólares por ir a una tienda de zapatos a maltratar a un weón. Se conocieron afuera de la tienda de zapatos, entraron juntos, y la historia era que él le ofreciera zapatos y que ella los rechazara, onda, que le dijera ‘esta wea me queda como el pico, erís un estúpido’. El weón le pagó mil doláres por hacer eso. ¿Qué quiero decir con esta historia? Que el rechazo nos produce placer. Weona, no se tocaron ni el hombro ni la mano, cada uno se fue por su lado después. El tipo pagó por eso”.

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Una pregunta:

¿Qué pasa si todos mis excesos son solo formas de olvidarme de mi cuerpo?

Una contrapregunta:

¿Qué pasa si todos mis excesos son maneras de acordarme de mi cuerpo?

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“Volviendo atrás, a lo del tipo que no me pesca: en la sexualidad es lo mismo. No podría lidiar con una sexualidad tan cómoda. Me interesa un weón que me agarre a chuchadas, que me pegue un par de cachetazos. Con las minas también, pero es más difícil. Me acuerdo que la primera vez que le dije a una polola ‘ya, está bien, bonito y todo, pero pégame unos palmetazos’, se pasó el terrible rollo. Me dijo que no podía lidiar con eso, que le parecía atroz esta necesidad de dolor. Yo creo que se pasó el rollo de que yo quería que me metiera los dedos al enchufe. Y yo le decía ‘te estoy pidiendo que me peguís una cachetada cada cinco minutos, no te estoy pidiendo que me saquí un dedo’. Me interesa una sexualidad más brutalizada. Que la sexualidad sea un límite, que siempre estés al borde de algo. No le temo a la violencia sexual. Ponte tú, con mi primera pareja en el colegio nos amarrábamos con las corbatas y eso era superbonito. Ese objeto que sirve para regularizarte en algún momento te desregulariza. Es distinto amarrarte con un calcetín a amarrarte con las corbatas del colegio. Esos lugares me parecen incluso estéticos.

Me gusta mucho que me ahorquen. Obviamente he tenido una clave para avisar y todo, pero tiendo a avisar cuando ya no puedo más. Por eso para mí el espacio de la cama es un especio de confianza. Hago ese tipo de cosas con parejas, gente con la que tengo una relación personal, estética, erótica, intelectual. Me interesa ese depositar la vida en alguien. También he tenido relaciones violentas con parejas que me han pegado, hombres, pero de alguna manera he escindido eso. Conozco muchas minas a las que las han violentado en términos de ‘equis me toqueteó a los doce años y nunca pude soportar una vinculación entre violencia y erotismo’. No sé cómo logré esa wea mentalmente. Para mí parte de la sexualidad es amarrarte, es pegarte por lo menos unos cachetazos cada cierto rato, ojalá en la cara, porque esa wea de la nalgada es entretenido y todo, pero como que el poto no te duele. Necesito que me duela un poquito. El nalgazo me parece demasiado pussy.

He quedado con moretones, pero no en la cara. Te tendrían que pegar un combo. Pero sí he quedado con marcas en el cuerpo, como en el poto, en las pechugas, en la guata. Si se ve, se ve, pero no tengo algo expositivo con eso. A mí me carga esa wea del perro zorrón tipo ‘ay, me culeé una mina y tengo un chupón’, pero tampoco pienso que deba escindirse el mundo privado respecto del mundo público. Es parte de la vida no más. Si andai con un  chupón, andai con un chupón. No voy a andar con una bufanda en febrero. No quiero exponerlo, pero no tengo por qué ocultarlo. No me parece algo reprochable.

A mí me gusta el sexo anal porque no es totalmente placentero y tiene una cuota de dolor bien importante. Tu cuerpo  no está preparado necesariamente para eso, entonces hay una sensación de desgarramiento en términos capilares. Eso me produce un cierto placer que tiene  que ver con el descontrol corporal. Porque yo soy una weona muy controlada en general. El sexo me interesa como un espacio de descontrol y en esa medida está la violencia, está el sexo anal. Son puros lugares donde el sexo te desborda. Eso me parece bacán. Y me parece bacán cuando un hombre heterosexual te pide sexo anal porque el weón está desbordado también”.

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¿Dónde se acaba mi cuerpo y el del otro y en qué espacio está esa otra cosa que es nosotros haciéndonos cosas? ¿En qué momento ese cuerpo de un extraño se convierte en algo de lo que yo puedo disponer?

Sentí el vacío de ese cuerpo semidesconocido que todavía no sabe tocarme y que tal vez no sepa tocarme nunca. Pensé: ¿qué cosas puedo hacerle a este cuerpo? Y también: ¿qué cosas quiero hacerle a este cuerpo? Y entre esas preguntas se formó un espacio que todavía no puedo llenar.

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“Me gusta la limpieza, pero la pulcritud no. Esa wea del sexo ordenado… no. De que te guíen: muévete para acá, dime esto, haz esto. Me cuesta tanto descontrolarme que cuando ya logré ese descontrol estoy ahí, estoy puesta. Entonces me saca de lo que yo misma intenté abrir. Nunca he tenido una sexualidad así: conservadora, limpia, controlada. Del tipo que sabís que te gusta que te toquen ahí entonces le decí al weón que te toque justo ahí. Y entonces llegas justo en ese momento… Todo ese control me parece un poquito raro. La masturbación me parece parte de eso también, porque en el minuto en que te masturbas, sabes lo que te gusta. Entonces si te estás masturbando y no te gusta que te penetren, no te vas a meter los dedos. La masturbación en principio también está en ese lugar de control. Puede ser que te calientes por una wea equis y te empieces a masturbar por eso, pero cuando ya estás en esa es tu mano y es tu choro. No te vai a andar pegando cachetazos a ti misma. Corta el weveo.

Me encantan los picos circuncidados. Tengo una cuestión con la limpieza, pero no obsesiva. También me parece medio extraña la gente que quiere una limpieza sexual. Creo que la manera más sucia de vincularte con alguien es a través del erotismo. Esa wea de ‘no, yo no me trago el semen’ o ‘no, yo no tengo sexo anal porque puede salir caca’ me parece medio extraña. Yo no tengo eso, aunque sí me parece bacán que hayan ciertas limpiezas mínimas. Y eso me ha pasado con los hombres circuncidados. Muy pocos olores, es como una limpieza por osmosis. No es que el weón se ande enjabonando la pichula. Y con los hombres pasa que cuando tú culeai por rebote con alguien, no sé… tengo muchas escenas de estar caminando con esa sensación como de olor a copete, tabaco, sentir como una cuestión como que estai chorréandote, algo como rancio. Con las minas no te pasa eso, porque hay muy poco intercambio. Hay como una limpieza esencial. Eso me gusta, como que siento menos culpa. Con los weones no, porque ellos te marcan, te mean, eres como un árbol. Eso me colapsa. Me repele ser marcada. Las minas no te marcan fisiológicamente, los hombres sí. Quedai con el olor a semen. Y, como yo no me cuidaba, era mucho más potente. Necesitas una ducha. Tengo muchos recuerdos de haberme duchado pasándome una escobilla por la piel, con mucho asco. Con las mujeres no”.

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Una cosa tonta: a mí me gusta la falta. A mí me gusta el error. Con lo distinto que son los cuerpos masculinos, me gustan por eso, porque son otra cosa. Y si ese cuerpo tiene una falla (la tentación de decir “una falla adicional”), tanto mejor.

Una vez estaba con un pinche en una junta que, dentro de todo, era todo lo civilizada que podía ser: risitas simpáticas, parejas establecidas compartiendo un momento distendido. Todo bien. Hasta que noté que a uno de los hombres de ahí le faltaba un dedo. Nunca más pude conversar hilado sin pensar en ese dedo faltante o, si se quiere, en ese espacio adicional.

 Qué manera de desear tocar esa “falta” durante toda la noche.

Voy a decir algo que a mí me parece crítico: cuando volví a tocar a un tipo, a tocar todo lo que pude tocarlo, no fui capaz de definir si le faltaba una bola o no. No fui capaz. Hay dos explicaciones posibles: o mis conocimientos de anatomía masculina son muy muy precarios o hay un tabú del porte de Alaska sobre las cosas que nos permitimos mostrar y decir de los cuerpos con los que nos involucramos.

¿Cómo puede ser que puedas estar en la cama, piel con piel, y que al mismo tiempo resulte medio violento hablar sobre ese estar en la cama, sobre esos cuerpos?

Esto es, para mí, la definición de la palabra “misterio”.

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“Yo creo que todas mis relaciones sexuales han sido memorables. Un amigo siempre me dice eso: te gusta alguien y agárrate los pantalones, weona. Porque yo soy alguien superaspiracional. Porque me he acostado con toda la gente que me ha parecido imposible. Como que tengo ciertas metas, pero poco racionalizadas.

Creo que la relación sexual más memorable fue con O.: era mi jefe y estaba casado. Teníamos una relación de mucho erotismo, estábamos superexpuestos: yo entraba a la oficina que tenía paredes de vidrio, en un espacio con muy poca movilidad, y me tocaba el brazo y la secretaria estaba mirando. Pasamos de eso a decir ‘sabís, esto es insoportable, vamos a un motel, porque en verdad estamos en una vitrina’. Pasamos muy rápido de nada a todo, fue como una explosión. Nos metimos en un motel que era todo de espejos. O sea, podía al fin ver todo lo que yo no había podido ver. Todo lo oculto despareció en una explosión de visualidad. Yo estaba muy nerviosa y él, en cambio, muy adulto, muy resuelto: esa wea de que te agarran el sostén y te lo sacan en un segundo. Recuerdo estar culeando mirando el techo y verlo así, multiplicado cien veces. Era una visualidad profundamente erotizada y múltiple, desbordada totalmente. Era un motel precioso. Me gustaría mucho volver a ese motel. Después llegamos a actuar ante los otros como ‘aquí no ha pasado nada’ y eso también tiene un cierto erotismo. Me encanta lo prohibido. Me encanta que nadie sepa. No me gusta esa wea expositiva de la gente que se agarra a alguien en los carretes, toda esa cuestión más celebratoria de lo que tú podís lograr no me interesa. Quizá también por eso me gusta mucho estar con mujeres, porque siempre fue un lugar más o menos oculto. Me encanta la gente mayor también. Entonces se conjugaba todo: era alguien mayor, casado, que es tu jefe… con todo en contra. Ese es el culeambre que más recuerdo, con todos sus detalles. El lugar me encanta además. Me llevó a un motel precioso, era como del siglo XIX, unas escaleras increíbles, no sé de dónde sacó esa wea. Lo repetiría cada quince días, mentalmente, por último soñarlo. Estuvo bien. Es que era lindo además él. Ha sido el más potente, pero no el más freak.

El lugar más raro en que lo he hecho ha sido en el auto, con mis papás. Teníamos un jeep de tres corridas. En la primera corrida iban mis papás, en la segunda mi hermana y mis primos, en la tercera mi pololo y yo. Yo iba sentada encima de él, culeando. Alcanzaba a mirar por el espejo a mi papá y trataba de poner cara de normalidad. Años después le conté a mi hermana. El lugar mismo no era tan freak, era el contexto el freak. Lo he hecho en la calle, en autos con los pacos pillándonos, en lugares menos conservadores que un auto. Lo he hecho en el colegio. No tengo muchos límites con eso. En la playa, en carretes, en estacionamientos, en baños, en buses, en mi propia cama, pero una vez mi papá abrió la puerta y me vio sin que yo me diera cuenta. Estaba tan curada. Él me dijo a la media hora ‘oye, tu papá entró, ¿lo notaste?’ y yo no había cachado porque estaba dándole la espalda. En cambio él, que estaba acostado, lo vio. Yo creo que esa wea ha sido lo más horrible que me ha pasado, aunque no sé si tan horrible para mí, sino para mi viejo: yo cacho que nunca se sacó la imagen de la cabeza. A mi favor quisiera decir que he visto a mis papás tirando al menos tres veces”.

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Me gustan las listas. Las listas ayudan a ordenarse, a priorizar. Pero lo que más me gusta de las listas es que se proyectan hacia el futuro. Las cotidianas, al menos. Una lista de supermercado es una anticipación a lo que necesitarás, por ende es optimista: demuestra que crees que seguirás en este mundo, necesitando cosas. Las listas son, en general, optimistas. Incluso las listas retrospectivas, porque implican confianza en nuestra capacidad de análisis o nuestro gusto. Las listas son como una fotografía de quienes creemos que somos. Una fotografía más nítida que la realidad. Una fotografía que es una mejor versión de la realidad, donde las cosas tienen un lugar.

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 “Mi fantasía es culearme a todos los weones que no me he podido tirar y a los que les he tenido ganas. Tengo una lista. Un catastro de personas que quiero agarrarme y que quedaron pendientes durante muchos años. Tengo varias relaciones así. Yo soy una mina que mantiene la tensión, tengo varias relaciones con weones que me agarré, pero que no pasó nada más y con los que se ha mantenido la tensión. O weones que estaban pololeando y que igual te los joteai y que te metí la mano por abajo y todo, pero no termina pasando nada. Me encantaría resolver todos esos momentos. Yo creo que tengo fantasías con esa gente, gente que quedó suspendida, pero que sigo viendo. El problema de eso es que creai muchas expectativas. Pero también en términos concretos la sexualidad es supersimple. Como que irte en una volada de que va a ser el momento de tu vida igual lo encuentro medio enfermo, aunque yo soy muy buena para eso. Quizás es una manera de tapar mi propia inseguridad, es mucho más entretenido. Yo creo que soy una weona que se ve mil veces mejor vestida que desvestida, entonces para mí es mucho más interesante erotizar a alguien en un carrete que estar solos en una pieza con la luz prendida. Esa escena me asusta. Puedo sostener un erotismo muy profundo tomándome un copete, estando en un bar… weona, te estoy hablando que llevo años en eso. Onda, cinco años. Weones que se imaginan que quizás qué, que van a estar con una actriz porno. Y no pasa nada. No es tan importante.

Confío mucho en mi cabeza. Defino el tipo de conversación que puedo tener con esa gente. Además en general con los hombres pienso que les puedo sacar cosas que no hablan recurrentemente. Llegar a ciertas capas de profundidad que no son conversaciones habituales para ellos. Soy muy insistente, me interesa conocerlos. Yo creo que esa wea puede ser relativamente interesante para un hombre más o menos complejo. A mí me gustan los weones complejos. No voy a hablar de esto con un ingeniero comercial que trabaja en una empresa culiada, me muero de lata, y él se muere de lata conmigo, es recíproco. Tengo eso muy instalado, lo de la conversación. Pero no una conversación profunda como ‘qué sientes, qué te parece’, sino que incluso en términos eróticos. Hablar de sexualidad con un weón preguntando qué le pasó en ese momento. Yo creo que mi punto fuerte es el lenguaje y cómo puedo atravesar ciertos lugares. Hay weones que enganchan con eso y otros que no. Y los que no enganchan no me interesan. Puedo sostener una relación de conversación durante años y que nunca pase nada o que pase que te agarrai en un ascensor, te agarrai una teta… que no es nada, ya somos adultos. No significa nada esa wea. Pero puedo sostenerlo mucho tiempo. Y yo creo que lo hago porque soy insegura”.

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Le dije: “¿Te puedo entrevistar?”.

Me dijo: “No”.

No me lo esperaba. No me lo esperaba porque estábamos sin ropa, porque nos habíamos saltado el paso. Porque debería haber sido más fácil entrevistarlo una vez que ya le había quitado cada una de sus prendas. Lo miré un rato. Con lo poco que lo conozco, ya sé las caras que pone cuando trata de hacerse el serio –frunce el ceño, la boca se tensa, mira hacia adelante, hacia a la pared, cuando yo estoy casi encima, con mi pelo tapándole la visión–. Igual le pregunté cosas, pero tal vez a la fuerza porque estábamos en mi casa y yo necesitaba saber. Quería entender su mecánica.

Me dijo: “No me gusta la violencia”.

¿Su secreto?

¿Algo más?

No había secreto.

Hacía lo que quería hacer, dentro de lo que le parecía bien.

Me pareció mortalmente aburrido.

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“He hecho todo lo que he podido hacer, dentro de lo posible. Me he filmado, sí, es bonito. Pero algo genital, no a lo lejos. El sexo es una cuestión rudimentaria, como que uno le pone color no más. Una grabación de lejos puede ser hasta triste. La sexualidad en términos de película porno: ¿cuántas veces la weona se vio fea? Nunca. Cuando me filmé fue algo improvisado, no iba a poner un atril.

No he hecho tríos. Agarré de tríos sí. De hecho con una hermana y un hermano. Es posible que hayan agarrado entre ellos. Yo era muy chica, tenía como diecisiete. Agarrar con dos personas lo he hecho varias veces. He agarrado con dos minas, no culeando, pero sí he hecho todo lo que pueda ocurrir antes de la penetración. Yo creo que tiene que ver con una wea no necesariamente moral, sino de autoestima. Yo no soy aplastante en la sexualidad, me cuesta competir. Me tiendo a sentir insegura. Resolviendo el problema de autoestima podría hacer un trío perfectamente. Lo único que me frena es mi propia inseguridad, sentirme fea, gorda.

O. fue el primer weón que me pidió que lo meara encima. Yo por suerte había leído el kamasutra, estaba preparada. Pero igual le dije: ‘¿Me estai hablando en serio? ¿En serio querís me pare arriba tuyo y te mee?’. Y sí, quería. En principio me parecía asqueroso, pero pensándolo un poco me pareció bacán estar en ese lugar donde nada está establecido. Es algo exploratorio. Como vinculo la sexualidad a un otro siempre, en la medida en la que al otro le caliente algo tal vez a mí me calentaría. Creo que a lo que no he llegado nunca es a la caca. Hay un límite bien difuso, porque tengo recuerdos de haber tenido sexo anal, donde la wea se ponía medio incómoda y todo, pero nunca he tenido un contacto directo y consciente con la caca de otro.

Hombres que hayan tenido experiencias con hombres, eso me atrae. Que sea un cuerpo abierto. Uno busca a alguien parecido a uno: alguien que no tenga límites. Eso de ser homosexual o heterosexual tiene una militancia que me parece poco atractiva. El espacio del cuerpo es tan limitado… ¿cuántas cosas puedes hacer? ¿Veinte? Encuentro rayado ponerse ese límite. Obviamente hay cosas que no me dejaría hacer, hay cosas que transgreden mi subjetividad, pero en términos generales son pocas las cosas: por adelante, por atrás, que te peguen, que te hagan cariño…, entonces ¿por qué no experimentarlas todas?

Una persona que te diga ‘me podí hacer lo que querai, lo que se te pase por la cabeza es posible’ me resulta muy atractiva. Aunque lo que puedes hacer tampoco es tanto. No te puedes multiplicar por cien. Nunca me ha pasado querer hacer algo con una mujer y que ella me diga que no. Pero con muchos weones sí me ha pasado. Eso me parece atroz. Me carga”.

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Adivina el final de la historia:

Opción 1 Opción 2
Cuando se fue, ella se sintió… aliviada devastada

 

La vida podría ser un Excel si fuera tan sencillo.

Pero no es tan sencillo. ¿Cierto?

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“Para mí lo más importante de la sexualidad es la libertad. Uno tiene sus traumas corporales, pero lo fundamental, lo que me gustaría proyectar, es que la sexualidad no tiene que ver con ciertos patrones de belleza ni nada: lo que me erotiza es la distancia con lo tradicional. Eso no significa que yo sea una weona resuelta, pero creo que cuando estoy ahí estoy puesta con toda esa libertad, estando consciente de que lo que puedo hacer tampoco es tan extraordinario. La mecánica es limitada. Dentro de las posibilidades que he tenido corporalmente he hecho todo lo que he podido. Ojalá desear todo lo que pueda. Por eso me interesa tanto el cruce cuerpo-corazón. No quiero decir que esa sea la fórmula, pero a mí me pasa algo en ese lugar y ese es el lugar en el que me puedo ubicar ahora”.