¿Qué animal eres, U.?

Esta es la primera pregunta que me hago ahora que te miro.

Vamos al grano: quiero encasillarte, sí, pero es sólo porque me servirá para entenderte más rápido. Porque no tenemos tiempo, U., ¿lo tienes presente?

Primero: ¿qué tipo de animal? No me importan tanto las macroclasificaciones, creo que la lógica debe ser inductiva. Partir por los comportamientos para determinar qué animal eres. ¿Qué clase de animal? ¿Uno que se mueve en grupo o solitario? ¿Uno que come cosas vivas o muertas? Lagarto, chinita, rinoceronte, pavo real. Ninguno de esos, no. Jirafa, león, caballo, tortuga. Algo más pequeño. Canario, lauchita, rana, saltamontes. Viste, ya me estoy adelantando, pero es que vamos a llegar, vamos a encontrarte. Tengo que tomármelo con calma. Voy a encontrarte en otro cuerpo y de ahí en adelante todo va a ser fácil. Una vez que te reconozcas en ese animal me mirarás con esos ojos grandes de conejo asustado (no, conejo tampoco) y sólo entonces tendré que decidir qué hacer contigo.

*

¿Cómo se caza un animal como tú?

Bah, no quiero decir “cazar”. Las palabras son trampas. “Atrapar” calza mejor, pero preferiría que tuviese una connotación benevolente, porque lo hago por el bien. Tu bien, mi bien, nuestro bien. Quiero atraparte para poder lucirte, cero daño de por medio. Mi zoológico es el menos brutal que verás jamás. Nada de jaulas compartidas ni traslados traumáticos fuera de tu hábitat. Tendrás una galería para ti sola, como todos los otros. Las paredes son blancas y curvas, mientras que el cielo es acristalado, un vitró que ayuda a dramatizar tu figura a cada momento del día. Es un espectáculo bonito. Tú estarás en el centro de la sala dentro de una cápsula de vidrio de forma tubular y cúpula redondeada. Como un tubo de ensayo, pero al revés. El diámetro es fijo (dos metros) y el alto se define a medida (siempre un metro más alto que el cuerpo). Un montón de espacio, como verás. Ay del que piense que estarás confiscada a ese espacio, eso sería crueldad. Este zoológico es igual a revisar un álbum de fotos: te exhibe en paralelo, sin necesidad de encarcelarte. La gente podrá mirarte -o mirar, más bien, el recuerdo de ese momento en el que fuiste capturada- mientras tú sigues adelante con tu vida.

Ja, ¿viste? Así de optimistas nos ponemos los coleccionistas. Que no te asuste la palabra: en cierta medida todo esto está dirigido a volverte parte de mi colección. (Concuerdo contigo, qué feo decir que uno colecciona gente. Suena a como si uno, el coleccionista, no quedara nunca satisfecho y estuviese en una carrera loca cosificando a los otros… lo que es innegable, pero sigue siendo de pésimo gusto que se revele de manera tan obvia, ¿cierto?).

Volviendo al inicio: el verbo no es “cazar”, ni “atrapar”, ni “coleccionar”. No.

El verbo es… ¿atajar?

Sí, sí. Atajar.

¿Cómo te atajo, U.?

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Lo primero que hay que hacer es mirar. Es lo que dicen todos los manuales: hay que sentarse a mirar y ver cómo se comporta el animal, como si uno no estuviera interviniendo en su hábitat -aunque eso es imposible-, tomar nota y luego rescatar los comportamientos más comunes. Mirar, escuchar, quedarse quieto, dejar que pasen cosas. Shhhhhhhhht.

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Transcripción:

“Siento que he perdido como treinta años de mi vida”.

Nota n°1:

Permítanme aclarar que eso lo dijo U. voluntariamente. Quiero señalarle al lector que yo no estuve azuzándola con un palito en las costillas o privándola de comida y agua para que me revelara lo anterior. Me lo dijo de buenas a primeras y ahora que lo pienso tal vez fue ella la que estaba moviendo una zanahoria de izquierda a derecha para ver a dónde se me iban los ojos.

*

Transcripción:

 “En esos treinta años nunca estuve con minas, estuve con hombres y no lo pasé mal, pero fue raro y nunca estaba feliz, ¿cachai? Era porque estaba con weones, porque no me aceptaba, no me gustaba a mí misma. Hasta hace como cinco años atrás no me sentía resuelta. Ahora sí, o más que antes. Yo creo que uno nunca está del todo resuelto. Ahora me gusto. Lo haría conmigo misma si pudiera.
Igual siento que perdí demasiado tiempo.

Podría decir que soy lesbiana, pero me han gustado hombres durante todo este tiempo también. Me gusta mirarlos, los encuentro inteligentes, simpáticos, ricos, minos, pero no estaría con un hombre. Definitivamente no. Me daría susto ahora llegar a más de un grado dos con un weón. No sé, como que siento que no podría, no sabría qué hacer. No era terrible estar con un weón, pero sentía que faltaba algo. Igual lo pasaba bien, pero porque yo hacía harto la pega mental de estando con la persona imaginarme casi que desdoblada. Eso me calentaba. No es que lo pasara mal, pero sabía que había algo más allá de eso.”

 

Nota n°2:

Los animales más pequeños llevan vidas más aceleradas que los de mayor tamaño, porque sus vidas tienden a ser más cortas (con excepciones, claro. Expertos en biología, absténganse de comentar). Las experiencias de toda una vida se comprimen en un año, por decir algo, porque ese es el tiempo que tienen disponible. Por ejemplo, la Plecia nearctica, un tipo de mosca conocida como lovebug, luego de pasar seis meses como larva en el suelo, vive sus cinco días de adulta apareándose mientras vuela. El macho se acopla a la hembra y sólo se separa de ella durante el día, mientras descansan sobre la vegetación, nunca durante el vuelo ni de noche. Y después se mueren.

 

Nota al margen:

OK, OK. No sé mucho de animales. Lo tengo que admitir porque, ¿por dónde partir? (Lo de los lovebugs lo había leído hace meses, aunque sonó bien, ah).  El único animal que conozco realmente es el perro y eso es porque vivo con uno. Si yo quisiera atrapar un perro le ofrecería comida, le tiraría un palito, le dejaría un bol con agua, le silbaría, le haría un gemido como de lloriqueo -lo hago perfecto-, pero hasta ahí llegan mis tácticas. Mis estrategias carecen de sofisticación.

 Argh, ya me estás costando, U.