Cómo elegimos a nuestras parejas – Parte II

En la primera parte, después de mucho porcentaje y tendencia estadística que demuestra simplemente qué tipo de decisiones tomamos, los dejé con dos ideas que podrían explicar por qué las tomamos: ya sea porque el mundo es un espejo interno de nuestras aspiraciones, deseos, ganas, roles que queremos jugar, etcétera, o porque definimos nosotros mismos qué historias, amores, promesas o engaños nos merecemos. Continúa leyendo Cómo elegimos a nuestras parejas – Parte II

Cómo elegimos pareja – Parte I

He estado leyendo un montón sobre qué nos hace conectar con los otros emocionalmente y, en especial, al momento de buscar pareja. Lo que sigue es un resumen de las cosas que he ido descubriendo, un par de ideas y la invitación a pensar y a discutir. Va en dos partes porque da para largo. Continúa leyendo Cómo elegimos pareja – Parte I

Volver a las canchas

Me escribe una chica que no lo está pasando bien. El tema: el acostumbramiento a los cuerpos, o tal vez a un cuerpo en particular y el cómo volver a las canchas. Y, aturdida por una avalancha de flashbacks de hace años, muy poco elegantes, con muchos pañuelos de papel y mocos, le digo que sí. Que sé de lo que habla.

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Me dice que luego de haber estado con alguien por mucho, mucho tiempo, el volver a la soltería y encontrarse con otros ha generado encuentros sexuales que le han resultado desafiantes: no se siente libre de hacer lo que a ella le gusta, de decir ciertas cosas. Territorio extranjero.

Y es que hay que ir tanteando. Y en el tanteo a veces uno termina caminando en puntas de pies, como para no molestar, como para no parecer rara, como para no desencajar.

Está hablando de sentirse alien. Y ay del que no lo haya vivido, porque es de esas sensaciones para las que uno nunca está listo.

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Quizás porque yo soy irremediable y ridículamente nostálgica -al punto de que a mí misma me agota- me pasa que siempre que estoy con alguien calibro cuánto extrañaré a ese cuerpo, cuánta falta me hará esto que en este momento tengo tan a la mano, cuánto compararé ese cuerpo a otros cuerpos posibles. Y en ese mismo momento empiezo a echar de menos estando presente. Y me pierdo.

Pero ese cálculo no es por nada. Es por que la mayoría de las veces -a menos que ese encuentro sea excepcional, relevante, impactante, estelar, magnífico- las personas pasan. Las relaciones se terminan más temprano que tarde. Nos agotamos y luego es bye, bye, alligator, after a while, crocodile. Sniff.

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Pienso que tal vez todo lo que hacemos respecto del amor y del sexo tiene que ver con encontrar un cuerpo y una cabeza que nos parezcan un hogar posible, o un origen, o una respuesta a una pregunta que no nos habíamos dado cuenta de que nos habíamos venido haciendo hace tiempo.

Bang, bang, bang, paaaafff.

Caer desfallecidos sobre una cama y decirle al otro: “Hazme lo que quieras”.

Para mí el amor -o el comienzo del amor- es adorar un cuerpo y sus particularidades: la forma en que alguien se retuerce cada vez que le da un ataque de risa, la manera en que achina los ojos cuando se siente feliz, la forma en que su piel responde a mi manera de tocarlo. Sus lunares, sus pecas, sus cicatrices, sus leves pliegues de piel que no alcanzan a ser arrugas. Quiero memorizarlo todo y por eso me paso mucho tiempo mirando: porque siento que si no lo hago, ese cuerpo se me evapora.

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Tu cuerpo es mi cuerpo.

O eso es lo que sentimos en algún momento. Como si el cuerpo del otro fuese un territorio conocido al revés y al derecho. Como si lo más normal de la tierra fuese tener ese cuerpo a disposición. Estirar la mano, rozarlo con la punta de los dedos, acercarse a su cuello y olerlo, besarle la oreja.

Y qué fantasía más bonita esa, la de la compenetración absoluta, la de la eternidad del tiempo.

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Después del amor o de una relación larga o de acostumbrarse a un cuerpo tanto que ese cuerpo se ha vuelto un refugio, es duro volver a otros cuerpos. Ese quiebre es un final, y ese final exige un siguiente volumen: una continuación de una historia que ya no es la misma de antes, un giro. Requiere reajustarse, volver a hacer preguntas, partir de cero. Resucitar la curiosidad. Recuperar la paciencia.

La intimidad -de la que creo que hablamos poquísimo para lo importante que es- requiere de tiempo, de intensidad, de voluntad. Y la lata es que normalmente cuando salimos con gente nueva nos armamos con una cantidad de capas protectoras que nos inmovilizan. Cual guerrero medieval en plena batalla, ponerse la armadura es inteligente y sensato, pero al mismo tiempo, limitante -nadie corre cual gacela con tanta protección, nadie es una tina tibia en la que uno sumerge la punta de los dedos si andamos tiesos y nerviosos-. El resultado: la torpeza. Nada fluye. Tener sexo es tan relajado como una clase de crossfit (y no salgan con que aman el crossfit porque incluso los que lo practican saben que es una práctica sadomasoquista disfrazada, que en el fondo es similar a pellizcarse los pezones con pinzas).

¿Cuánto nos demoramos en ver realmente al otro? ¿Cuánto tiempo tendremos que invertir para aprender a saber qué le gusta, para poder proponerle cosas que queremos hacer con él o simplemente hacerle a él? ¿Cuánto tiempo para que entienda la diferencia entre un saludo con un beso con lengua y otro que es solo un roce de labios? ¿Cuánto para decirle en la cama las cosas que apenas nos atreveríamos a escribirle?

Toma tiempo. Eso es todo lo que sé.

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Una felicidad sencilla: cuando en plena calentura se pierde el decoro sin perder de vista al otro. Cuando a pesar de que ese cuerpo nos sea todavía desconocido o ajeno, nos atrevemos a decir: hazme esto, tócame así, dime esto. Cuando el otro en vez de pasmarse, lo hace.

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Pienso en la vergüenza, en el pudor. En cuánto uno deja en la cancha y cuánto se guarda.

Un consejo de mi sabia madre, que pocas veces he seguido: “No te vayas al chancho a la primera, por favor” (viste mamá, te escucho, solo que no te hago mucho caso. Perdóooon). Pero he desobedecido por un buen motivo: porque la situación lo exige. Porque si no hay riesgo -un exponerse, un vulnerarse- el sexo se vuelve fome, un lugar común, mecánico y predecible, polite. Y para tener sexo educadito, mejor ver sola una serie en Netflix.

Si uno va por el camino salvaje, como diría Lou Reed, hay poco de lo que aferrarse, y eso da susto. Proponer algo y que te digan que no. Tocar a alguien de una manera y que no le guste. Decirle que algo te calienta y darte cuenta de que la sola idea les repele. Atroz. Hundámonos todos.

Atroz, pero mejor que nada. Mejor que tener sexo tibión.

Riesgos, pero riesgos buenos, en cualquier caso, porque mientras antes uno sabe qué piso está tocando, mejor, ¿o no?

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Toma tiempo. Toma tiempo desacostumbrarse de un cuerpo y volver a encontrarse con otros. Toma tiempo también porque si uno viene de una relación larga, hay cosas que uno da por hechas -pequeñas comodidades que uno no se cuestiona y que la soltería pone en jaque: hay inseguridades porque a esa persona nueva no tiene por qué gustarle mucho tu cuerpo ni no ser crítico contigo. No tiene por qué mirarte con amor ni mucha tolerancia-. En una relación la base está en la aceptación mutua: este es tu cuerpo, este es el mío, nos gustamos. Con una persona nueva hay un periodo de testeo, de tratar de entender los ritmos del otro. De cachar en qué plano estamos.

Yo no sé si hay tiempos engranados en nuestras cabezas -tiempos para llorar y extrañar, tiempos para odiar, tiempos para recogerse a pedacitos- pero intuyo que sí. E intuyo que lo tiempos son proporcionales también a la intimidad que se ha tenido con esas otras personas. Es más fácil olvidar un enganche pasajero que un enganche intenso y prolongado.

Recuerdo haber salido de una relación hace mucho mucho tiempo y sentirme devastada porque no sabía qué hacer con mi cuerpo ni con mi cabeza para poder pensarlos como algo distintos a los de él, cómo hacer para asumir que tendría una historia que en el futuro sería divergente, con otra persona.

Tal vez no podemos hacernos los tontos con esto: el tiempo que pasamos compartiendo con otros -y, obviamente, con sus cuerpos- es un tiempo en el que nuestros cuerpos se adaptan a su presencia, a su manera de tocar, a la historia que ellos mismos se cuentan y en la que nos incluyen. Cuando esos caminos divergen, requiere de un periodo el volver a nuestro centro a reacondicionar las piezas.

Y es recién ahí damos vuelta la página, empezamos de nuevo, y recién ese comienzo es el puntapié para volvernos a enamorar. O al menos a tirar bien.

La ilusión de otras opciones puede arruinar tu relación

Transcripción traducida y editada del video de Dan Ariely sobre las citas y las relaciones:
Cuando uno empieza a conocer a alguien mejor, ¿qué es lo primero que descubre? Que  esa persona puede decepcionarte en miles de formas. Esto también funciona en las ilusiones ópticas: si sacas fotos de personas y les pones un filtro borroso, todos se ven más atractivos, pero cuándo empiezas a involucrarte en los pequeños detalles de la vida, empiezas a ver arrugas.
 O sea, cuando uno mira a las personas en términos generales, sólo ve las cosas positivas. Esto no sólo pasa con la atracción romántica, sino también en las empresas. Cuando las empresas contratan CEOs externos, en general tienen altas expectativas respecto de ellos. Los datos indican que las empresas están dispuestas a pagar un sueldo más alto a los CEOs externos que a los internos, pero que los externos obtienen peores resultados. ¿Por qué pasa esto? Porque cuando evalúas a un CEO externo lo ves maravilloso, porque no conoces los pequeños detalles. Cuando miras a alguien que no conoces muy bien, todos los pequeños molestos hábitos que tienen van a estar fuera de tu alcance y tú te imaginarás que simplemente no los tienes.Sólo cuando el CEO ingresa a la compañia empiezas a ver esos detalles.
Cuando miras a otras personas sin conocerlas mucho, se ven más gloriosas que cuando las conoces con todos sus detalles. Por ejemplo, imagínate que un día te despiertas en tu cama y estás al lado de otra persona y te preguntas, “¿Es esto lo que quiero para el resto de mi vida, considerando que tengo otras opciones?” -esta es la lógica de Tinder-. Todas esas opciones se ven maravillosas. (A todo esto, cuando se trata de online dating, o incluso en Facebook, la gente sólo presenta su lado positivo). Así que tienes una idea sesgada de que la opción externa es prometedora. Entonces, volviendo atrás, te despiertas al lado de alguien y tienes una pequeña discusión y piensas: “En un click podría tener una cita con alguien más”.
Ahora, imagina que tienes un departamento, y tienes un acuerdo con el dueño que determina que el arriendo se renueva día a día. Todas las mañanas te desiertas y debes decidir si extiendes o no el arriendo. ¿Cuánto invertirías en el departamento? ¿Pintarías las paredes, comparías flores, lo remodelarías? Claro que no. Porque siempre estás con un pie afuera.
Si te despiertas todos los días junto a tu compañero romántico y te planteas “¿sigo en esto o no?”, en el momento en que piensas en un horizonte de corto plazo, las probabilidades de que inviertas en tu relación son mucho más bajas.
Lo que me preocupa es que estar en una relación con un pie afuera continuamente, pensando en cómo el mundo exterior es más tentador o interesante, es una mala receta para invertir en una relación. Las relaciones no son un juego de suma cero: mejoran cuando uno invierte en ellas. Si no crees que vas a estar ahí en el largo plazo, es probable que no inviertas.

Error de atribución y atracción física

Por muy adrenalínico que pueda parecer tratar de meterse la mayor cantidad de comida a la boca y al mismo tiempo verse sexy, los estudios sugieren que tal vez salir a comer en una cita no es lo más efectivo. Tampoco lo es sentarse a tomar hasta que alguno de los dos parezca descerebrado y ya no importe lo incómoda que es la situación. Convendría, como alternativa, ir a ver una película de terror, salir a bailar o juntarse a subir las escaleras del edificio de alguno de ustedes (o jugar a empujarse por las escaleras, al más puro estilo de Lo que el viento se llevó), porque lo que sí funciona es acelerar el corazón del otro (en el sentido más literal posible).

La frasecita a recordar es: “los momentos de ansiedad y de descarga de adrenalina pueden generar un incremento en la atracción sexual”.
Normalmente pensamos que la excitación es el resultado de la atracción sexual, pero lo contrario también pasa.
En algunos casos, cuando la excitación por miedo o intensidad de actividad física se parece a la excitación sexual y hay un objeto presente, el cerebro puede conectar la excitación a la atracción sexual. Es decir, emociones fuertes son catalogadas como atracción sexual siempre que haya un objeto aceptable presente (con “aceptable” quiere decir que sea un objeto al que se le pueda atribuir el contribuir a la excitación sexual. Difícilmente, por ejemplo, una escoba). Esto se llama “atribución errónea de la excitación” y consiste en que a veces, para entender lo que nos está pasando, tratamos de explicarlo desde donde nos hace más sentido, aunque no sea la explicación correcta.

Contexto —Emoción —- identificar la causa de esa emoción–atribución

Ojo: esto no es un posteo para recomendar cómo salir de citas, sino más bien para ejemplificar cómo funcionamos. Efectivamente pasa que en situaciones críticas solemos generar el error de atribución y muchas relaciones que tal vez en contextos más calmados no hubiesen florecido, sí lo hacen en otros escenarios.

Para los curiosos, acá van los estudios:
*En un estudio ya clásico de 1974, un grupo de hombres de entre 18 y 35 años cruzaron un puente para llegar hasta una entrevistadora atractiva. Unos cruzaron un puente alto e inestable (alta ansiedad) y otros cruzaron uno bajo y estable (bajan ansiedad). Al final del puente la mujer les pasaba un cuestionario de imágenes aperceptiva y les sugería que si querían averiguar más sobre el cuestionario, la podían llamar (dándoles su número). Los hombres del puente inestable respondían el cuestionario con contenido más sexual que los otros. Y del otro grupo solo el 12,5% de los 16 participantes llamaron a la mujer, mientras el 50% de los del puente alto la llamaron. (Cabe aclarar que también se testeó un grupo con un entrevistador masculino y otro grupo presentando a la entrevistadora antes y luego de nuevo al final -es decir, habiendo anticipado el estímulo final-).
*Estudios posteriores han encontrado la misma conexión entre estimulación física y atracción sexual. En un estudio de 2003 se evaluó qué tanta atracción sentían los individuos hacia una foto de un individuo del sexo opuesto luego de andar en una montaña rusa. El resultado fue que la excitación residual de andar en la montaña rusa intensificaba la experiencia posterior de atracción entre parejas no románticas (no se mostraba el mismo efecto con personas ya vinculadas emocionalmente).
*Otro estudio comparó el nivel de atracción que sentían las personas hacia alguien del sexo opuesto antes y después de hacer ejercicio. Los resultados indicaron que había una alta correlación entre adrenalina y atracción.

Refs.:
Misattribution of Arousal http://bit.ly/2dujhI5 —artículo súper bien desarrollado que incorpora también otros puntos de vista o contextos, como las relaciones de pareja ya establecidas y los errores de atribución de la excitación.
The effects of Adrenaline of Arousal and Attraction http://bit.ly/2dudkuJ
Love at First Fright http://bit.ly/2dpAHVh
Some Evidence for Heightened Sexual Attraction Under Conditions of High Anxiety http://bit.ly/2e7AsyN

Dale una vuelta: Preferencias raciales

Hace unos meses vi en Australia un capítulo de un programa llamado Insight que se emite en un canal público que se llama SBS -piensa en algo tipo Contacto-. El capítulo se titulaba Dating Race  y abordaba el tema de las parejas interraciales y las preferencias marcadas por cierto tipo de etnicidad al elegir un partner sexual y/o emocional. En Australia, siendo un país con una historia de inmigración racial súper intensa, es bien patente: es muy frecuente ver parejas interraciales de australianos con asiáticas, por ejemplo. Al mismo tiempo, hay muchas comunidades de inmigrantes que sólo se relacionan entre sí. En Chile, creo, recién está empezando a surgir. El programa está en inglés y para el que pueda ver la discusión, se lo recomiendo 100%. Para los que no, les resumo un poco de qué se trata:

– El programa explora las citas interraciales y el amor intercultural, además de examinar lo que la ciencia y la sociología proponen respecto de a quiénes escogemos como nuestras parejas sexuales, analizando si los estereoptipos raciales están en juego y si es que tienen algún impacto.

Las preguntas que uno puede plantearse (o replantearse) son:
– ¿Gravitas hacia un tipo determinado de persona a la hora de escoger salir con alguien?
– ¿Cuáles son los factores que hacen que una persona resulte deseable?
– ¿Es racista preferir salir con un cierto tipo de raza por sobre otra?
– En el caso de preferir salir con un determinado tipo racial, ¿cuánto de objetificación del otro hay de por medio? ¿Es un fetiche o una fantasía? ¿Hay un prejuicio en contra o a favor que estereotipa a cierta raza?

Un estudio hecho por los sociólogos Jennifer Lundquist y Ken-Hou Lin de la Universidad de Massachusetts encontró que en el contexto de las citas online la gente tiende a contactar a alguien de la misma identidad racial que a la de ellos mismos. Los resultados también expusieron una clara jerarquía racial en el proceso de respuesta:

Básicamente, las mujeres blancas prefieren salir con hombre blancos en vez de con hombres no-blancos,  mientras que los hombres blancos prefieren mujeres no-negras en vez de mujeres negras.

Ser de raza negra en el mercado de citas -y ser particularmente una mujer negra- significa que las invitaciones que uno haga serán en su mayoría ignoradas. El único grupo que responde regularmente a hombres y mujeres de raza negra son ellos mismos hacia sí mismos.

Las parejas interraciales comparten ciertas características en comparación con las parejas de igual raza: tienden a ser más educadas, pero porque tienen más exposición. Es decir, viven en ambientes urbanos, en ciudades grandes, donde están expuestos a personas con distintos orígenes.

Las lesbianas se parecen en sus eleccciones a los hombres blancos: son más abiertas a elegir a alguien de raza diferente, mientras que los gays tienden a elegir a gente más parecida a ellos mismos.

Ser de raza mixta puede ser positivo para las citas online porque es una apuesta algo más segura: estás siendo abierto de mente, te interesas en alguien distinto a ti, pero no tan distinto a ti como para que sea de una raza completamente distinta.

La gente tiende a decir que tiene ciertas preferencias raciales, pero en la práctica resulta que eso no coincide con su comportamiento porque al parecer en persona se dan cuenta de que esa idea era un estereotipo. Las preferencias, finalmente, son producto de un proceso interactivo.

 

 

Otros puntos de vista:

Dr Ian Stephen, Macquarie University
Desde una perspectiva evolutiva sentirse atraído a alguien es una manera de encontrar una pareja adecuada, alguien sano que te puede dar hijos sanos. Tener hijos con alguien menos relacionado genéticamente contigo reduce las posibilidades de que tus hijos padezcan determinadas enfermedades.

Bill Von Hippel, psicólogo evolucionista
No hay base evolucionaria para sentirse atraído a alguien de una raza diferente porque en el marco de tiempo en el que estas preferencias se habrían formado nunca nos hubiésemos encontrado con nadie de una raza distinta. Es un privilegio del mundo moderno el poder conocer a alguien que pertenece a un grupo que vive a miles de kilómetros de nosotros. A mi edad, 10, 20, 30 mil años atrás yo solo habría encontrado gente de apariencia muy similar a la mía. Una de las razones por las que no hemos evolucionado para preferir otras razas, a pesar de vernos beneficiados genéticamente al hacerlo, es que no tenemos una historia evolutiva haciendo eso. Lo que pasa ahora es que simplemente nos sentimos atraídos hacia la gente si personalmente los encontramos atractivos, si tienen características que estamos buscando.
No hay evidencia de que la raza sea un factor determinante al escoger pareja.

 

Enton Callander, Universidad de NWS (estudia relaciones interraciales en comunidad gay)
Podemos ser racistas frecuentemente sin querer. Debemos preguntarnos: ¿estamos reproduciendo una jerarquía y marginalizando a la gente que ya está al margen cuando elegimos salir con una raza y no con otra? El contrargumento de esto es que cuando vemos que la gente tiene relaciones interraciales encontramos los mismos tipos de dinámicas de poder. Hay tendencias cuando se trata de atraccción racial, y eso no pasa por accidente: se valoran  las identidades blancas y se devalúan las indias, aborígenes y asiáticas.

 

 

¿Qué opinas? ¿Hay alguna raza con la que no saldrías? ¿Qué ideas marcan esa preferencia? ¿Te fijas en la raza cuando buscas un partner sexual o relacional?