Cambiar tu historia

Fin de año, al fin. Quiero desearles todo lo que todos nos deseamos mutuamente: que los proyectos, que la familia, que el trabajo, que el amor, que los deseos etc., etc., se cumplan. Quiero todo eso para cada uno de ustedes, obvio.

Pero esos buenos deseos me sacan bostezos. Son medios blandos, dulzones, fáciles, complacientes.

Ok, me arrepiento: lo retiro. En verdad no me interesa tanto que se les cumplan todos los proyectos y deseos, no.

Quiero desearles la capacidad de cambiar su historia.

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El único motivo por el que el Año Nuevo como concepto suena tan bien es porque parece el inicio de algo más, lleno de promesas de cambio.

Cuando somos chicos esa ilusión es muy sensata: comenzamos otro ciclo escolar en el que aprenderemos cosas distintas y novedosas. Nos compran útiles escolares nuevos para poder embarcarnos en esa tarea, se vienen nuevos desafíos. Crecemos un par de centímetros, nuestra ropa ya no nos queda, nuestros cuerpos se transforman. Parece casi inevitable: cambia nuestro entorno y nuestro cuerpo, por lo tanto suponemos que porque pasamos de un año a otro nosotros también debemos cambiar, ser distintos.

Cuando somos mayores la ilusión es más difícil de mantener porque dejamos de crecer hace rato, normalmente vivimos y trabajamos en el mismo lugar de un año a otro y nuestras funciones y relaciones son más o menos las mismas. Sí, cambia el año en un dígito, pero ¿qué más cambia?

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La cosa es que la vida no sigue el ritmo del calendario, porque la vida no se subdivide en casilleritos de tiempo que obedecen a un orden superior. Sí, nos acordamos de lo que pasó el 96 y el 99, el verano del 2002 y el invierno pasado, pero es porque nosotros quisimos ordenarlo así, ¿cierto?

La vida sigue, con o sin Año Nuevo, con o sin cambio de mes, con o sin horas. El cambio, si es que sucede, está muy distante de tener algo que ver con un constructo como el tiempo, y no tiene por qué obedecerlo. Entonces, ¿con qué tiene que ver? ¿Cómo se cambia? ¿Es posible el cambio?

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Voy responder eso en diagonal, porque no tengo una respuesta 100% clara, pero sí unas cuantas ideas.

Pensemos un poco en las nociones populares de cambio sobre nosotros mismos que manejamos. Yo identifiqué 3:

  • La gente no cambia: en el fondo, uno siempre es el mismo, todos seguimos teniendo 15 años mentales y esto de ir a trabajar y relacionarnos como adultos es lo mismo que salir a recreo en el colegio. Las mismas envidias e inseguridades que nos tironeaban de chicos nos tironean ahora, sólo que ahora tenemos plata, hablamos de política y podemos comer dulces cuando queremos.
  • La gente cambia, pero gracias a todo lo que ha vivido: puedes cambiar radicalmente, pero eres lo que eres por tu historia. La oruga que se convierte en mariposa: la mariposa no es posible sin la oruga.
  • Siempre puedes ser mejor: este es el discurso de esos posts súper positivos, cargados de buenas intenciones. Más flaca, más culta, (de apariencia) más joven, más interesante, más, más, más, ¡más!

No hay nada de malo con ninguna de esas ideas. A mí me cuesta no estar de acuerdo con las dos primeras lógicas porque me parecen superficialmente opuestas, pero ambas tienen en común la idea de un núcleo duro de cosas que nos hacen ser nosotros mismos. En la primera, la identidad; en la segunda, la historia. Ambas estás súper ligadas: la historia que tenemos tiene que ver con quiénes somos, con las decisiones que tomamos. La tercera me parece simplemente agotadora y una buena técnica de publicidad, aunque eso sólo puede ser una idea mía. (Y a veces yo creo que uno puede querer ser menos: menos wea, menos hinchabolas, menos egocéntrica, menos, menos, ¡menos! … lo que también es agotador).

Las dos primeras, entonces, se anclan en la memoria: si no hay memoria, no hay identidad ni historia. La tercera se ancla en el presente, en una medición constante proyectada a una meta (la lógica del “no ser suficiente todavía, pero algún día…”).

El único problema de la memoria es que es selectiva. Claro, hacemos como que recordamos todo, porque es aterrador darnos cuenta de cuánto olvidamos. Se supone que recordamos lo importante…pero tanto de lo recordado tiene que ver con una selección específica para contar la historia que nos queremos contar.

Aguanten esa idea.

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Una de las cosas que me preocupa es la obsesión que tenemos con la continuidad, con la coherencia. Yo lo peleo en mi cabeza todo el tiempo. Decimos que algo es “raro en Pepito” cuando nos parece que no calza con los comportamientos previos o con la historia que le conocemos. Aplicamos esa misma lógica a nosotros mismos –self-herding, como lo expliqué un par de artículos atrás-: las decisiones que hemos tomado previamente nos parecen las más consistentes y sanas porque…las tomamos previamente. Entonces seguimos tomándolas. Y seguimos siendo súper consistentes haciendo cosas que ya hemos hecho.

Les tengo una noticia que no es noticia: ser consistente es súper bueno si uno ha tomado buenas decisiones, pero es súper mala idea si uno ha tomado decisiones que le hacen ser infeliz, que son pencas o conformistas.

¿Cuántas cosas dejamos de hacer porque no calzan en lo que somos / debemos ser? ¿Cuántas historias posibles se nos pierden?

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¿Qué pasa si en vez de contarnos la misma historia sobre nosotros mismos decidimos contarnos una historia diferente?

No significa olvidarse de quiénes somos -la memoria sigue ahí y ojo, habrá gente muy muy interesada en recordarnos quiénes fuimos, cómo éramos, cómo hemos cambiado-, sino, más bien, en entender que lo que somos es un cuento.

Un cuento: un armado, un relato acondicionado con anécdotas que refuerzan específicamente ciertas cosas que quiénes somos y qué queremos.

Uy, tanta libertad si nos hacemos cargo de eso. Tantas posibilidades. Si lo que somos es un cuento, entonces ¿qué cuento queremos empezar a contarle al mundo de nosotros mismos ahora? ¿Qué versión? ¿Cómo nos armamos como personajes? ¿Qué historias queremos vivir? ¿Qué opciones decidimos tomar?

Como toda historia, hay límites que tienen que ver con la capacidad del autor: no podemos tener TODAS las historias del mundo a disposición, porque no somos autores omnipotentes, no tenemos todos los talentos posibles, pero sí podemos disponer de las historias para las que nos da el cuero, que podemos tolerar, que están a nuestro alcance.

Cuando estoy en una situación que me interesa o me preocupa hago el ejercico de preguntarme: de este momento, ¿cuáles son las historias posibles? ¿Cuáles son los universos paralelos que se bifurcan según el camino que tome? ¿Cuál de esas historias me gusta más?

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Para este año que se viene, para mañana, para un par de horas más, para el siguiente minuto, tal vez en vez de pensar en la lógica cíclica del tiempo, en la coherencia, en el paso a paso, en el cierre de capítulo para continuar otro (que es, en el fondo, parte del mismo libro), ¿por qué no empezar a hacernos cargo de qué historia queremos contar ahora sobre nosotros mismos? Adiós capítulo, adiós caminito con migajas de pan, adiós “ella/él siempre ha sido”.

Bienvenidas las oportunidades
bienvenidas las nuevas experiencias
bienvenidas las nuevas personas
bienvenidas las cosas que queremos seguir haciendo porque las disfrutamos de verdad
bienvenido a “me cansé de aguantar”
bienvenida a “se acabó la buena ondi”
bienvenida a “en verdad soy cero femme fatale /macho alfa”
bienvenida a “waaa ¡nunca me había puesto un disfraz!”
bienvenida a “¿sabís qué? prefiero con la luz prendida”
bienvenida a “llevo 5 años trotando, pero ¡me carga!”
bienvenida a “no necesito comer 7 veces al día”
bienvenida a “ok, voy a empezar a tomar desayuno”
bienvenida a “me carga ser la que organiza todo”
bienvenida a “¿por qué tontera estábamos peleados?”
bienvenida a “ya no quiero estar contigo”
bienvenida a “la cagó cómo me gustas”.

Bienvenida a la historia que queremos empezar a contarnos de nosotros mismos.

Pequeñas emociones, grandes decisiones

Nos encanta creer que somos seres racionales, sensatos. En mi fantasía personal, las decisiones que tomo son reflexivas y tienen que ver con un análisis de pros y contras, con la mejor decisión posible para mí, mi entorno, la ecología y la paz mundial. En la realidad, la cosa no es tan así y unos estudios demuestran que la mayoría de las veces las decisiones que tomamos a largo plazo tienen su raíz no tanto en la razón, si no en la emoción.

Ya, pero ¿qué tipo de emoción? Seguro que si una emoción es capaz de impactar decisiones en el largo plazo, tiene que haber sido importante. No sé, un susto grande -alguien te robó la cartera y ahora decides no ir por esos barrios sola-, un mal rato -tuviste una mala experiencia en un restaurant y nunca volviste-, o incluso una alegría grande -te ganaste un premio considerable en un juego de azar y desde entonces, sigues jugando juegos de azar-. Ojalá fuese así de lineal.

Las emociones son fugaces: nos alegramos o irritamos con facilidad por tonteritas: alguien no te da la pasada en el taco, viste un meme que te causó risa, alguien fue más amable que lo que esperabas en el minimarket. Y después sigues con tu vida tomando decisiones “en frío”. ¿Cierto?

No.

Los estudios que ha hecho Dan Ariely y Eduardo Andrade en torno a la toma de decisiones exploran los efectos que las emociones a corto plazo tienen sobre las decisiones en el largo plazo. Todos podemos reaccionar impulsivamente y luego arrepentirnos de lo que hicimos -decimos que la emoción nos cegó, que estábamos “demasiado enojados”, que “no supimos reacccionar”, que “lo hicimos sin pensar”, que estábamos “demasiado calientes”-. El problema es que las reacciones que tenemos a nuestras emociones pueden determinar patrones de comportamiento completamente desvinculados.

Entonces, un ejemplo más bien positivo: un día te pasa algo que te hace sentir muy feliz y generoso (por ejemplo, tu equipo gana un partido de fútbol). Esa misma noche vas a salir con tu polola y, como estás de buen humor, decides invitarle todo y por qué no, llevarle un ramito de flores -en un acto jamás antes visto-. Un mes más tarde la emoción por el triunfo de tu equipo ya se ha desvanecido, pero de nuevo vas a salir con tu polola, y cuando recuerdas la última vez que salieron, te acuerdas de que pagaste por todo y le llevaste flores, así que decides repetir el gesto. Desde entonces, repites el ritual hasta que se convierte en costumbre. La razón de fondo del gesto original ya no está -la alegría por el triunfo en el partido-, pero tú -como todos nosotros- consideras que lo que hiciste en el pasado es una buena indicación de lo que deberías hacer en el futuro y al mismo tiempo te identificas con tus acciones pasadas (por ej., con ser un “buen pololo”). En resumen, los efectos de la emoción inicial terminan influyendo en una larga cadena de decisiones.

Lo que se activa cuando imitamos nuestra propia historia de decisiones es el proceso de autorréplica: es decir, así como imitamos a los otros o seguimos sus consejos en lo que se refiere a vestimenta o comida -es decir, confiamos en su criterio-, hacemos lo mismo con nosotros mismos. Cuando recordamos las decisiones que hemos tomado en el pasado, nos parecen racionales y en general, buenas e inteligentes porque, ¿qué tipo de idiota querría voluntariamente tomar malas deciones? (Respuesta: nadie, pero todos caemos). Además esas decisiones las tomó la persona que tenemos en más alta consideración (nosotros mismos). Asímismo, los humanos tendemos a recordar las acciones, no las emociones (es más fácil recordar dónde estabas el jueves pasado a las 8pm que qué estabas sintiendo).

Entonces, cuando elegimos actuar en base a una emoción, tomamos decisiones a corto plazo que pueden afectar nuestras decisiones a largo plazo. A esto Ariely le llama cascada emocional. Algo que marca una diferencia sustancial en términos de autorréplica para generar la cascada emocional es si la autorréplica es específica o si es general.

La autorréplica específica se centra en el recuerdo de acciones específicas realizadas en el pasado y repetidas irreflexivamente. Este tipo funciona sólo en situaciones idénticas a las pasadas.
Ej.: fui a la casa de Pepito por primera vez la vez pasada y terminamos agarrando, por lo tanto, la próxima vez que vaya a la casa de Pepito no me parecerá tan mala idea, porque ya tengo el antecedente que lo hice la última vez.

La autorréplica general consiste en tomar nuestras acciones pasadas como una guía general para el futuro y repetir el patrón. Recordamos nuestras decisiones, pero lo interpretamos como un indicador de nuestro carácter y de nuestras preferencias generales. Este tipo de autorrépica nos sirve para responder a la pregunta retórica “¿es esto algo que yo haría?”.
Ej: fui a la casa de Pepito y me lo agarré, eso significa que soy más bien liberal y relajada, por lo tanto, tal vez estoy dispuesta a hacer otras cosas de carácter sexual sin darle mucha vuelta.

Los resultados que ha encontrado Ariely es que la versión general de la autorréplica es la que juega el papel principal en nuestras vidas. Ahora bien, si no hacemos nada mientras sentimos una emoción, no tiene por qué haber efectos en el corto ni en el largo plazo. Pero si reaccionamos a una emoción y tomamos una decisión, podemos crear un patrón de decisiones que siga orientándonos por mucho rato.

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Bueno, ¿y en el sexo? ¿En nuestras relaciones amorosas? ¿En nuestras amistades? ¿En cómo nos comportamos con la gente que recién conocemos o en cómo mantenemos relaciones con la gente que llevamos conociendo años? Yo creo que a veces tenemos la sospecha de que las decisiones a largo plazo que hemos tomado no han sido las mejores -bien en el fondo, algo hace ruido-, pero lo obviamos porque es muy fuerte darse cuenta de que somos tan susceptibles, de que tal vez hay varias cosas en nuestra vida que hemos seguido haciendo sólo porque ya las hicimos antes, influenciados por una emoción pasajera.

Me gustaría ser tan seca como para darles un ejemplo real propio, pero creo que tendría que ser supraultraconsicente de mí misma. Se me ocurren ejemplos, a la rápida, de casos probables que a cualquiera le podrían pasar:

  • Te fue mal en la pega porque te penquearon, llegaste a la casa amurrada y a tu pareja se le ocurre hacer un avance sexual, cariñosón. Lo rechazas porque estás apestada, tal vez no en la mejor de las ondas, discuten. La próxima vez que hace un avance sexual te acuerdas de que la última vez lo rechazaste y que  discutieron y de pronto la decisión màs sensata sensata es rechazarlo de nuevo. Una escalada de desencuentros es posible.
  • Te llamó una amiga para darte una buena noticia -¡están organizando al fin ese viaje de veraneo y todas pueden!-. Cuelgas el teléfono, miras a tu cita, que tienes al frente. Hasta ese momento la cita iba más o menos fome, no tienes nada en común con el tipo y es medio sobradito, de hecho, ibas a irte inventando una excusa. Ahora, sin embargo, te parece que hay que celebrar, y ya que están aquí… Se toman unos tragos de más, se dan un par de besos locos. A los dos días te llama y te invita a salir de nuevo: por qué no, si la otra vez lo pasaste bien, ¿cierto?

 

No podemos retrotraernos a todas las decisiones que hemos tomado influenciados por la emoción, pero sí podmeos cuidar que las decisiones que tomemos en el futuro sean sin la influencia de una emoción a la base -ya sea negativa o positiva-. Cuesta su resto, pero vale la pena el intento.

Refs:
Las ventajas del deseo, Dan Ariely (basado en el capítulo 10).
Lon term effects of short term emotions http://bit.ly/2gEU6oL