Soltera

Hay un error frecuente que cometen los gringos cuando están aprendiendo a hablar en español: confunden el verbo ser con estar. Entonces, por ejemplo, en vez de decir “estoy cansado” dicen “soy cansado”. En inglés la frase sería “I’m tired”, pero si uno quisiera presentarse a sí mismo, también usaría esa fórmula (“I’m Fulanito”, o sea el verbo “to be”, que es lo más irregular de lo irregular). En español la diferencia entre los verbos ser y estar tiene que ver con la permanencia, la condición a largo plazo y/o la imposibilidad de cambiar una situación. La forma más sencilla es ejemplificarlo diciendo que es hombre o mujer, rubio o moreno, alto o bajo, inteligente o tonto, mientras que está apurado o relajado, triste o alegre, casado o soltero.

Y aquí hay algo interesante. En el lenguaje hay una manera de habitar el quiénes somos y qué hacemos.

Estoy soltera. Soy soltera. En español esta pequeña diferencia es una gran diferencia.

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Lo que más me gusta de aprender otros idiomas es que te abren maneras distintas de pensar el mundo. Un ejemplo interesante e ilustrativo es lo que ha investigado Rafael Núñez respecto de la influencia de la cultura y el lenguaje en la concepción del tiempo. Si bien la metáfora del tiempo como espacio es bastante universal, varía de una cultura a otra, y eso no deja de ser sorprendente.

Los occidentales nos referimos al tiempo con metáforas espaciales respecto de nuestros propios cuerpos: el futuro está adelante, el pasado está atrás (o a nuestras espaldas), decimos que “avanzamos” hacia el futuro, que “dejamos atrás” el pasado. Nuestra línea de tiempo va de izquierda a derecha, coincidente con la manera en que escribimos.

Los aymarás, por el contrario, consideran que el pasado está frente a nosotros y el futuro detrás. Ellos le atribuyen mucho valor al conocimiento obtenido visualmente, o sea, a si lo que se sabe se sabe porque uno fue testigo de ello o no. Entonces, el pasado está frente al hablante -porque lo vio y lo conoce- y el futuro está a sus espaldas -porque lo desconoce o no puede verlo-. Por lo mismo, los aymará pasan mucho más tiempo hablando del pasado que del futuro, porque a este último nadie puede conocerlo ni verlo, y por ende, no tiene mucha relevancia. Esto ha tenido incluso consecuencias históricas: los conquistadores desdeñaban el poco interés que los aymarás mostraban hacia el futuro o al “progreso”.

Los yupno, de Papua Nueva Guinea, consideran que el tiempo fluye cuesta arriba y no es lineal. El pasado, para ellos, va cuesta abajo, en dirección de la boca del río local, y el futuro está en la fuente del río…que está ubicada, precisamente, cuesta arriba. Además, como la fuente del río y la boca no siguen una línea recta, su noción del tiempo es serpenteante también. La forma en que conciben el tiempo está anclada en propiedades topográficas del lugar que habitan. Cuando están en sus casas y no pueden ver el río, al hablar del pasado apuntan hacia la puerta, y cuando hablan del futuro, apuntan a algún lado lejos de la puerta (las entradas a las casas tienen una elevación, y entonces para salir de la casa hay que “descender”. Esto significa también que cada casa tiene su propia línea de tiempo).

Los pormpuraaw, una comunidad remota de aborígenes australianos, tienen una línea de tiempo con un axis de este a oeste: el pasado está en dirección este, el futuro en dirección oeste. El tiempo fluye de izquierda a derecha si están orientados hacia el sur, de derecha a izquierda si están orientados hacia el norte, hacia el cuerpo si están orientados al este o desde el cuerpo hacia el frente si están orientados al oeste.

Más aún, los aborígenes australianos tienen una cosmología centrada en “The Dreaming” (o “el tiempo del sueño”, o “el soñar”). La visión dualista griega-occidental separa la temporalidad de lo eterno y sitúa al sujeto en un punto fijo dentro de un flujo o continuo temporal, mientras que los aborígenes australianos piensan que uno mismo es, fue y será el tiempo del sueño. El tiempo existe en relación vertical con el presente. Los eventos no pasan como una cadena de situaciones que tienen un comienzo u origen, sino que pasan aquí y ahora. La historia es entendida en términos sociales, a través de vínculos entre ancestros y descendientes. El volver a actuar un hecho del pasado -por ejemplo, el representar la crucifixión de Cristo-, para ellos es el equivalente del evento original, o sea, una realidad contemporánea, vívida. Pensar en “dejar atrás el pasado” es más o menos inconcebible, porque el pasado es aquí y ahora y se sigue manifestando a través de los descendientes. Todo lo que sucede en el tiempo tiene implicancias eternas y está muy interconectado.

Uff, ya, todo eso fue un minidesvío para demostrar cómo afecta el lenguaje y la cultura el cómo nos situamos en la realidad.

Volvamos a algo más livianito.

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Hay un tipo que cada cierto tiempo me pregunta si “sigo” soltera. La pregunta jote es, a ratos, molesta: “seguir”, como si estuviese arrastrando un estado por demasiado tiempo. Y es que la gente habla de la soltería como si fuese o una enfermedad o un bien escaso, o incluso como un punto de partida para llegar al destino final (matrimonio) en el que uno puede “quedarse” pasivamente, porque nadie quiso “tomarla” en matrimonio. Te dicen que “ya vas a conocer a alguien” o “disfruta la soltería mientras puedas” o “(qué pena) se quedó soltera”.

A veces siento que la gente me habla en alien, pero también entiendo que estas formas de hablar sobre la soltería están súper ancladas en nuestra cabeza. La metáfora a la base es que “la vida es un camino” y uno de los tantos hitos es transitar de la soltería al matrimonio, donde el matrimonio es un logro, un avance, un nuevo comienzo. Desde esa lógica, ser un soltero adulto es por lo tanto quedarse pegado, estancado, frustrado, fracasar. El matrimonio aseguraría compañía, la soltería te condenaría a la soledad. El matrimonio sería un camino más o menos directo a la felicidad, la soltería sería, en cambio, difícil, amarga.

En este escenario lingüístico-mental es obvio que a muchos el tema de ser solteros les pega fuerte. Me topo muy seguido con gente que no quiere estar soltera, que se la sufre. Y lo entiendo, porque a mí también me pasó: es peludo en un país conservador ser soltero (y si eres mujer, afírmate cabrito, pobre de ti). Hay una suposición, de buenas a primeras, de que uno o está medio dañado o es demasiado jodido o nadie te quiso. Además, agréguenle el hecho de que estar soltera se asocia a vivir en soledad, a una vida medio carente de sentido (sin tener marido ni hijos a los que dedicarse…).

Es harta carga y si uno no tiene la cabeza para sacarse ese peso, se hunde.

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A mí me encanta estar en pareja, pero también me encanta estar soltera, y como soltera, soy una persona que constantemente sale con gente y se enamora y desenamora con intensidad. Conecto rápido, me importa generar vínculos que me aporten, me nutro de personas con cabezas distintas a la mía.

A veces la gente que se la sufre en la soltería me pregunta si me aburro, porque ellos se aburren. Y sé que esto suena a que lo estoy sobrevendiendo, pero: yo nunca me aburro. Es muy loco, porque hubo una época en la que sí, en que lo único que quería era estar en pareja y sentía que estar soltera era como estar condenada al ostracismo -porque, convengamos, Chile país conservador y blablabla-.

Hice el cambio de switch hace rato y los invito a hacer lo mismo. Me parece súper tonto estar en una situación viéndole todo lo que te carga, en vez de todo lo bueno que tiene estar ahí. Si no, te la pasas en falta. El país de la soltería es otra historia, tiene otros códigos, distintos a los del país del matrimonio, otros lenguajes y rituales. Pasar la frontera de uno a otro requiere un montón de adaptación y si uno está más o menos instalado en uno de los dos, debiese convertirse en el mejor ciudadano posible de ese país, ¿no creen? Lo que quiero decir es: es poco probable que seas feliz emparejado si estando soltero estás descontento, porque el goce tiene que venir de ti, de tu capacidad de sacarle el jugo a tu contexto. Los solteros amargados son casados amargados. Los solteros gozadores son casados gozadores (y después, estadísticamente: divorciados gozadores. Y vueltos a casar gozadores. Y así).

Lo que quiero decir es: es poco probable que seas feliz emparejado si estando soltero estás descontento, porque el goce tiene que venir de ti, de tu capacidad de sacarle el jugo a tu contexto. Los solteros amargados son casados amargados. Los solteros gozadores son casados gozadores (y después, estadísticamente: divorciados gozadores. Y vueltos a casar gozadores. Y así).

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Escucho a gente que me comenta que está soltera y que decide guardarse experiencias para hacerlas cuando estén acompañados en el futuro -acompañados de ese alguien que todavía no existe en sus vidas, pero que quieren que exista-. Es como si viviesen más en una vida pensada para mañana: ahorrando experiencias ricas porque más adelante van a estar con alguien con quien sí vale la pena vivirlas. Y no es que eso esté mal, es que es fome. Súper fome. Me parece una pésima idea “guardarse” hipotecando sus experiencias por algo que (se supone) llega mañana.

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Decimos “estar soltera”: como si fuese algo transitorio, algo con la posibilidad de ser alterado para pasar a otro estado. Sí, tiene sentido, porque eso viable. Y además creo que tiene sus ventajas hablar así de situaciones o cosas que nos incomodan o desagradan. Por ejemplo, no quiero decir “soy (una persona) triste”, quiero decir “estoy triste” y pensar que mañana tal vez no lo estaré.  El asunto es que si nos ponemos más rigurosos, cuando uno “está” de cierta manera, lo está entero, completamente, absorbido por esa experiencia. Se siente poco transitorio ese “estar”. Se siente como el “I’m” de los gringos.

Y pucha la fuerza distinta que tiene decir “soy”: “soy mujer / adulta / soltera”. Soy. Soy esto que abrazo como algo que acepto con todo lo que tiene, sus pros y contras. Soy, en este momento, aquí mismito. Sooooy.

Si “soy mujer” es una manifestación del “ser mujer”, “soy soltera” es lo mismo. Y, ¿qué hace una soltera? ¿Cómo se manifiesta la soltería? Haciendo cosas de soltera, pues. Soltereando.

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Hace un par de fines de semana atrás fui a un matrimonio de una prima. Hacía tiempo que no veía a esa parte de la familia. Decidí ir sola. Harta gente me preguntó por qué y la respuesta más sensata es la obvia: porque soy soltera. Y la gente me preguntó también que cómo lo pasé, que si no me aburrí, que con quién hablé. Y la respuesta fue: llegué a las 7 de la mañana a mi departamento, me dolieron los músculos de las piernas como tres días seguidos de tanto bailar con taco alto, conversé con cuanto ser humano se me cruzó, conocí gente nueva y pude hablar largo y tendido con mis familiares. Cosas de soltera.

Refs.:

Usé diferentes fuentes para explicar las diferencias respecto de la concepción del tiempo, aunque todas tienen que ver con las investigaciones de Rafael Núñez (http://bit.ly/2ofoKrz).

“How we make sense of time” http://bit.ly/2eyboQG

“Backs to the future” http://bit.ly/1TUZ4s2

“Time flows uphill for remote Papua New Guinea tribe”  http://bit.ly/2oaOqFA

“Eternity now: aboriginal concepts of time” http://bit.ly/2oNhbJD

Me puse a buscar metáforas sobre la soltería y encontré este libro que me hizo mucho sentido, aunque sea mexicano. Me apoyé en él para escribir ese pasaje. “Las razones del matrimonio” http://bit.ly/2oVLA5P

Cápsula de verano

Se llamaba Tomás y veraneaba en la casa de al lado. Tenía el pelo castaño, con un jopito hacia un lado, los ojos café claro, la piel bronceada. Era flaco y usaba un traje de baño rojo que le quedaba un poco grande. Tenía una de esas sonrisas torcidas, como de vaquero, y contaba chistes fomes y cuándo se reía parecía que le estuviese dando un pequeño ataque respiratorio. Era bajo, sólo unos centímetros más alto que yo, y tenía los dedos delgados, con las uñas muy cortas. Yo tenía frenillos, el pelo tan largo como ahora.

Él tenía 11 años, yo iba a cumplir 10.

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Hay pocas cosas más promisorias que el verano. Es la época del año en la que uno siente que todo puede pasar: hace calor, la gente anda con menos ropa, dan ganas de salir, de ir a nuevos lugares, de escaparse a la playa, de conocer gente nueva. Todos andan de mejor humor, las conversaciones de pasillo son agradables, livianitas. Flotamos de un encuentro social a otro, cual mariposas con relajante muscular. Todos son más gentiles y esa dosis de amabilidad extra los vuelve hasta más atractivos. De pronto Susanita, que nunca te había gustado, llega bronceada a la oficina y cada vez que sonríe empiezas a escuchar tambores africanos, el rugido de la selva, una brisita detrás de las orejas que te levanta los pelos del brazo. Sales a bailar y como por arte de magia ya no todos te parecen tan pasteles así que bailas con el primero que se te cruza y whaaaaam, no paraste más. Conoces a alguien nuevo que no calza en nada con tu estilo de vida y tienes una de las mejores conversaciones del último tiempo y entonces el mundo te parece que es una cajita de sorpresas, llena de gente maravillosa. Y así.

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A veces me acuerdo de Tomás. No pasó mucho entre nosotros, pero en retrospectiva, pasó todo. Me costaba dormir sabiendo que él estaba en la casa de al lado. Al despertar, la tortura del veraneo familiar preadolescente -camarotes, bullying de parte de los hermanos mayores, el intento infructífero de rescatar un resto de cereales y leche- se volvía soportable porque Tomás respiraba. Empecé a odiar mis frenillos, a hacer listas mentales de todos los motivos por lo que me gustaba, a escribir versitos tontos, a combinar mi apellido con su apellido, a marear a mi hermana contándole lo que me había dicho y lo que no me había dicho y lo que eso podía significar ahora, mañana, en mil años más. Nos juntábamos todas las noches con su primo, un amigo y mi hermana hasta tarde -¿diez?- a tomar Coca-Cola y comer papas fritas.

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El verano es como una versión mejorada de nuestra propia vida por un periodo acotado: hacemos lo que “realmente” queremos hacer, vivimos un poquito la vida que nos gustaría vivir. Pero lo que es tan rico del verano no tiene que ver con el verano en sí, sino con la onda mental veraniega. Es como si el verano fuese una excepción al resto del año, como si tuviese sus propias reglas (donde la regla principal es que no hay reglas).

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Ser adulto es bacán. Nadie te cuenta cuán bacán es cuando eres chico. Yo siempre quise ser grande y no lo cambio por nada, pero una gran parte de ser adulto es planear cosas. Organizar, calcular, agendar. Y eso tiene un costo: cuando uno entra en el switch de adulto es muy difícil salirse de ahí. Es como si uno tuviese un Google Translator interno que transformara instantáneamente todo a lenguaje adulto (¿Adultuñol? ¿Adultanglish? ¿Adultinés?), lo que acaba restándole diversión a las cosas. El mundo dice “vacaciones” y uno piensa “¿tengo plata?”. El mundo dice “fin de semana” y uno piensa “tengo que….”. Pero nada de eso es tan grave como cuando el mundo dice “salir / sexo / aventura ” y uno piensa “argh” o “nah”.

Aguanten esa idea.

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Tomás. Acuérdense de él.

Tomás era un niño cualquiera, en realidad. Y yo era una niñita cualquiera. Y lo que pasó es que nos cruzamos y, siendo todo lo niños que éramos, nos gustamos. Esa es toda la historia. Aquí no hay una vuelta de tuerca: compartimos un par de semanas durante un verano, con suerte nos tomamos de la mano. Listo. Se acabó. Fin.

Ah, ¡pero qué linda cápsula de felicidad! ¿Cómo? Porque fue lo que fue. No había una expectativa de nada más. Cuando se acabara el verano yo volvería a mi casa y él a su casa. Yo a mi colegio y él al suyo. Lo único que podíamos tener eran esos días. Era lo que era. Era verano. Y éramos niños.

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Cuando eres chico no hay nada que planear, porque la vida está planeada de antes, por otros. No hay mucho que decidir, pero apenas hay un asomo de libertad lo tomas, no lo cuestionas, ¿O sea que puedo salir a jugar? Dale, voy al tiro, no voy a negociar si esta oportunidad la voy a tener el resto de los días del año, voy no más. ¿O sea que hoy día puedo faltar al colegio? ¡JA! Nadie me lo va a creer, es lo más increíble que ha pasado en la vida. ¿O sea que puedo ver tele / jugar SuperMario hasta que me sangren los ojos? Yaaaaaaaa. Y así. A quién no le pasó. Eras chico y agarrabas lo que podías y le sacabas el jugo porque no sabías si eso se iba a repetir en un futuro cercano.

La vida era demasiado corta como para plantearse si valía la pena o no hacer algo.

Y ante las dudas, uno siempre hacía.

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Fast-forward al presente adulto y a veces me encuentro con primeras citas que son como someterse a una combinación terrorífica de interrogatorio policial y entrevista de trabajo, con minas que se angustian si no las toman en serio para pololear o que se preocupan porque no avanza la relación al ritmo que a ellas les gustaría, con tipos que se guardan de ser cariñosos para no engancharse o ilusionar a las minas, por pura precaución.

Es el switch adulto: el switch que hace que uno se pregunte si una persona que está recién conociendo es alguien de quién se podría enamorar y con quién formar una familia. El switch que hace que cuando tiras por primera vez evalúes qué tan buena fue la experiencia. El switch que hace que calcules, para lograr un determinado objetivo, cuándo tienes que acostarte o no con alguien o que evalúes de acuerdo a esa velocidad si ese alguien vale la pena. El switch que hace que te midas o no en la cantidad de gestos afectuosos para que el otro no se pase rollos (respuesta rápida: vuelve a tu pieza a ver Dawson’s Creek).

El switch que calcula, organiza y setea objetivos.

El switch adulto que arruina las cosas entretenidas.

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Hay ámbitos de la vida en los que es súper bueno ser estructurado. Por ejemplo, en la pega, en los estudios, en las platas, en salud. Pero hay cosas en las que esa cabeza ordenada nos juega malas pasadas, especialmente cuando se trata de las relaciones con los otros. Querer lograr cierta estabilidad económica o rendir físicamente para una competencia es muy diferente a ponerse objetivos relacionales. Con la amistad es donde todavía nos queda algo de sensatez: nadie anda diciendo “este año quiero ser mucho más amiga de la Gabi”, o “quiero lograr que Pepita en verdad me considere su amiga más chora” o “lo único que le falta a Francisco para que de verdad podamos ser amigos es ver esa serie de Netflix o jugar mejor fútbol” o “no quiero nunca más tener amigos cercanos después de lo que me pasó con el Guatón, mi exmejor amigo”. Sería ridículo decir cualquiera de esas cosas. Pero cuando se trata de salir con alguien, de conocer o vincularnos a una persona de forma amorosa o sexual, nos ponemos medio idiotas y aparecen exigencias del tipo “me gusta X, pero me encantaría que fuese un poco más…” o “no, es que la fulanita es sólo para tirar, yo no podría…”.

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Digo que el switch adulto arruina las cosas entretenidas porque las transforma en parte de un programa, con objetivos y funciones por cumplir.

Soy una convencida de que las cosas más lindas de la vida se escapan a esos programas. La capacidad de dejarse sorprender de los niños -esa que decimos que tanto admiramos- tiene que ver con que en sus cabecitas no hay un plan predeterminado para cada cosa, están recién descubriendo cómo funciona más o menos el mundo, entonces están en constante tanteo. ¿Y si hago esto? ¿Y si digo esto? ¿Y si intento esto? Prueba y error, y cero trauma con el error, dándole para adelante.

Los adultos nos aproximamos a las cosas aplicando la experiencia: hemos visto cómo han funcionado cosas parecidas antes, entonces aplicamos esos caminos. Esto es súper práctico para un montón de cosas -por ejemplo, para usar celulares, porque todos más o menos funcionan igual- pero súper penca para otras cosas, por ejemplo, para hacer nuevos amigos o enganchar con potenciales parejas: adiós sorpresa, adiós flexibilidad, adiós posibilidades.

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¿Qué pasaría si trasladáramos esa actitud veraniega / livianita / relajada / exploratoria al resto del año? ¿Qué pasaría si dejáramos de tratar de medir, controlar, hacer que calce el otro en nuestros planes o en lo que pensamos que queremos para nosotros? ¿Y si nos dejamos llevar?

Dejarse llevar, dejarse envolver, dejarse fluir, podrían decir los más hippies.

Bajar las defensas, dejar de controlar, dirán los psicólogos.

Yo diría: dejar de hinchar las pelotas, dejar de joder, dejar de exigir. Tomar lo que hay, dar ese llamado, decir que te importa. Preocuparse de lo que es necesario organizar, soltar lo que es posible soltar. Enfocarse en lo bien que lo estás pasando, no en lo que quieres lograr luego de pasarlo bien. Actuar con la entrega de los 10 años, como si la vida fuese solamente este verano.

Una capsulita de verano, para el resto del año.

Tener ganas

Un amigo me dice que hace años que no le atrae de verdad alguien. Una amiga ya no se calienta con su pareja. Otra me dice que ha pasado tanto tiempo que ya se le olvidó tirar. Un amigo tira, pero sin emoción y eso le arruina el cuento un poco.

Sentimos, a veces, que el deseo se apaga. Pero esa es una manera muy muy fácil de decirlo: “se apaga”, como si alguien más decidiera por nosotros. A veces le ponemos nombre a ese otro al que le echamos la culpa: decimos que nuestra pareja ha cambiado y por eso ya no es atractiva, que los tipos con los que salimos son pencas entonces así no se puede o que nuestro signo zodiacal y las estrellas y bla bla bla. Y así.

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La gente dice “no logro engancharme” o “no me dan ganas de tirar” o “nadie me atrae” o “ya no me caliento” y la sarta de cosas que dicen después hacen que suene a que es algo estático y de causal externa, una condena a la que se han acostumbrado.

“No tiro, pero ya no es tan importante”. Hay gente que es menos sexual (y no me estoy refiriendo a ellos, ni tampoco a trastornos sexuales ni a causas físicas o psicológicas que puedan incidir), pero hay gente para los que el sexo fue importante y de pronto ya no lo es. Algo que era placentero se volvió una lata. Ahí hay que tomar cartas.

“Salgo y salgo con gente, pero nadie me gusta, me aburro”. De toda la gente que conoces, al menos alguien debe calificar para algo, sea o no viable. Nadie dice que tiene que gustarte para casarte, pero sentir esa chispa, ese revoltijo interno, ese temblor antes de ver a alguien que te gusta es un placer que yo creo que tenemos que cultivar. Quizás no te gusta la persona completa -no sé, tiene tal vez gustos en música que te parecen deplorables-, pero sí te gustan partes de ella de las que puedes disfrutar -pueden hablar de películas, te agrada su compañía o tiene unos labios muy besables que usas para ese fin precisamente-.

“No me caliento con nada”. ¡Con nada! ¿En serio? ¿Qué tiene que llegar, el pack completo? Ya, y por último, por tu cuenta: un poco de sexo con la persona que más amas (tú mismo) no le hace mal a nadie. ¿Ni siquiera eso? Si tú mismo no te puedes estimular y entretener, ¿cómo esperas que otro lo haga?

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¿Por qué perdemos la capacidad de gozar de los otros?
En parte creo que hay un seteo bien rígido de cómo debemos gozar del otro: o nos gusta o no nos gusta -absolutista-, y luego si nos gusta, tiene que haber un componente sexual o por el contrario, si no nos gusta no puede haber un componente sexual. Y así.

Mi experiencia me demuestra que la vida es bien al lote y por lo mismo, he tratado de ir cambiando esas ideas. Fantaseo durante el día con gente con la que en la práctica no pasaría nada -juego a “Podría tirármelo?”, un juego muy sencillo para conectar con las ganas-. Me junto con gente que me gusta, pero a veces no me gusta completa y lo paso increíble igual. Me junto con gente que me hace reír -y ahí hay goce- ,con gente que me parece atractiva físicamente -y ahí hay goce de nuevo-, con gente que me estimula intelectualmente -y ahí hay goce-, con gente que piensa distinto a mí -y ahí hay goce-. Y si dejo que alguien me toque -ojo: yo elijo que alguien me toque- ahí hay goce también y disfruto de la experiencia (aunque no sea el amor de mi vida, aunque no cumpla con todo lo que quiero para una relación o ni siquiera para repetir, ¡celebro ese encuentro!).

También creo que esperamos que otros nos resuelvan cosas. Que otros te encanten, fascinen. En Tinder lo veo harto: “quiero alguien que me sorprenda”, “quiero a alguien que me haga reír”, “quiero a alguien que me desarme”. BACÁN, todos queremos eso, pero antes de quererlo tal vez hay que preguntarse si nosotros mismos somos sorprendentes, si nosotros mismos somos alegres y divertidos, si nosotros mismos somos capaces de reinventarnos. Si la respuesta es sí, entonces dale, pon la vara que quieras porque lo más probable es que te llueva gente.

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Si andas apagado, si la gente no te parece tan interesante, probablemente tiene que ver contigo.
Para que el sexo sea fome requiere de dos (o más) personas que sean fomes en la cama.
Para que una conversación sea fome, también.

Si toda tu vida es plana, no es culpa de la gente, es responsabilidad tuya.

Tienes dos opciones, o seguir en la misma o empezar a preocuparte de pasarlo bien: con detalles chicos primero, buscando el placer para ti en cosas que a ti te gustan: desde tomarte un café hasta hacer deporte y no sé, pegarte un agarre de esos buenos con alguien que te gusta. ¿Por qué no? Pero es una decisión que hay que potenciar con ganas: hay que cultivar el goce para que tu vida sea más rica, y para eso tú mismo tienes que tener la disposición para pasarlo bien, de gozar con lo que tienes. Se parte con poco, pero después la vida es una fiesta.

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