Cómo elegimos a nuestras parejas – Parte II

En la primera parte, después de mucho porcentaje y tendencia estadística que demuestra simplemente qué tipo de decisiones tomamos, los dejé con dos ideas que podrían explicar por qué las tomamos: ya sea porque el mundo es un espejo interno de nuestras aspiraciones, deseos, ganas, roles que queremos jugar, etcétera, o porque definimos nosotros mismos qué historias, amores, promesas o engaños nos merecemos. Continúa leyendo Cómo elegimos a nuestras parejas – Parte II

Cómo elegimos pareja – Parte I

He estado leyendo un montón sobre qué nos hace conectar con los otros emocionalmente y, en especial, al momento de buscar pareja. Lo que sigue es un resumen de las cosas que he ido descubriendo, un par de ideas y la invitación a pensar y a discutir. Va en dos partes porque da para largo. Continúa leyendo Cómo elegimos pareja – Parte I

La trampa mortal

Siempre que alguien menciona el término fidelidad sale alguno con la pregunta retórica, con masajeo de barbilla incluido, sobre si es natural o no. Con “natural” se tratan de cuestionar dos cosas: si está en la naturaleza del ser humano y si es que otros animales, con los que podríamos compararnos, practican algún tipo de lo mismo.
Primero, aclarar una cosa (siguiendo a Helen Fisher): ser monógamo significa estar casado o emparejado con una sola persona. A veces se habla de monogamia sexual, pero en términos estrictos, la monogamia no implica, en su definición, fidelidad. Incluso, cuando se hace hincapié en que esa vinculación sea esencialmente exclusiva en términos sexuales, ésta no queda anulada si es que se producen emparejamientos ocasionales externos a la pareja. Lo que la Fisher dice es que monogamia y fidelidad no son lo mismo. Y que el adulterio en general va de la mano de la monogamia.
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Una manera de mirarlo, dice Fisher, es la siguiente: si en términos evolutivos las especies generan estrategias reproductivas, el matrimonio es tan solo una de ellas. “En algunas culturas los hombres tienen una sola esposa, mientras que en otras tienen un harem. En algunas las mujeres se casan con un hombre por vez, mientras en otras tienen varios maridos de manera simultánea. Pero el matrimonio es solo una parte de las estrategias reproductivas humanas, el sexo extramarital es frecuentemente un componente secundario y complementario de nuestro mix de tácticas de apareamiento”.
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H. Fisher se dedicó a investigar el matrimonio en distintas culturas, y concluyó lo siguiente:
– El matrimonio es un universal cultural: predomina en cada sociedad del mundo, aunque sus manifestaciones varían.
– 16% de las 853 culturas registradas establece como norma la monogamia -una esposa a la vez-. El 84% restante permite que el hombre tenga más de una mujer a la vez. Los hombres buscan la poliginia -tener varias esposas- para propagar sus genes, mientras que las mujeres se unen a harems para adquirir recursos y asegurar la supervivencia de sus hijos (aunque estas sean motivaciones inconscientes para ambos sexos). Sin embargo, tan solo 5% a 10% de los hombres tienen varias esposas simultáneamente en las sociedades en que la poliginia es permitida.
– Excepcionalmente un 0.5% de las sociedades permite la poliandría -una mujer con varios esposos, y si ocurre, sucede bajo circunstancias extraordinarias: por ejemplo, si la mujer es tremendamente rica. El hecho de que la poliandría sea poco frecuente en los humanos y en otros animales tiene una explicación biológica: las aves hembras y mamíferas sólo pueden tener un número limitado de hijos a lo largo de su vida. Para un hombre, la poliandría puede significar un desperdicio de espermios, un suicidio evolutivo.
– Los matrimonios grupales son incluso menos frecuentes que la poliandría. Un caso interesante es el el caso de Oneida, liderada por John Humphrey Noyes en 1830: una comunidad sexual en la que el amor por una persona en particular se consideraba egoísta, donde los hombres de entre 12 y 25 años no podían eyacular a menos que las mujeres fuesen postmenopáusicas, y donde los hombres mayores iniciaban a las niñas pubescentes. Ah, y donde todos debían tener sexo con todos. En corto: a pesar de sostener normas estrictas de convivencia, Noyes no pudo evitar que la gente se enamorara y creara vínculos de parejas, de a dos.
Nosotros, los humanos, parece que estamos orientados a vincularnos de manera íntima de uno a uno.
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Entonces, ¿qué es el adulterio? ¿Tener sexo con el otro? ¿Penetración? ¿Salir con alguien amorosamente? Los Lozi, de Africa, no conciben el adulterio como algo coital: dicen que es adulterio si un hombre acompaña a una mujer casada, con la que no tiene relación alguna, mientras ella camina, o si él le da una cerveza o tabaco. Los Koyfar de Nigeria lo ven así: una mujer que está insatisfecha de su marido, pero que no quiere divorciarse, puede tener un amante legítimo que viva con ella en la misma casa del marido. Los hombres Koyfar tienen el mismo privilegio.
Es cultural, claro. Y como es cultural hay una historia registrable de las ideas que nos hacen considerar algo moralmente aceptable o no. Por ejemplo, un hombre de la China o Japón tradicional era considerado adúltero si tenía sexo con la mujer de otro hombre: el sexo ilícito con una mujer casada era una violación en contra del marido de la mujer y sus ancestros (y el castigo era la muerte). Si un hombre, en la India, seducía a la mujer de su gurú, podía exigírsele que se sentara en una plancha de acero caliente y que luego se rebanara su propio pico. La única salida venerable para un japonés, en este caso, era el suicidio. En las sociedades asiáticas agrícolas tradicionales tener sexo con geishas, prostitutas, esclavas y las concubinas no eran considerado adulterio.
Para las mujeres, en cambio, el asunto era distinto en el Japón, India y la China tradicional. El valor de una mujer era medido de dos maneras: su habilidad para incrementar las propiedades y prestigio de su marido con la dote que ella aportaba al casarse y su capacidad para tener hijos. De ahí se entiende que se exigiera que fuese casta antes de casarse y fiel en adelante -era necesario asegurar la paternidad y no poner en riesgo el linaje familiar-. Básicamente, una mujer infiel ponía en jaque las tierras, riquezas, status y honra de un hombre: tanto sus ancestros como sus descendientes se veían perjudicados por el comportamiento adúltero.
El mix religioso al que la sociedad occidental ha estado expuesta también ha hecho que lleguemos a considerar el sexo fuera del matrimonio como algo prohibido: la abstinencia sexual se ha asociado a la idea de lo bueno, positivo, divino, mientras que el adulterio es considerado pecaminoso (para los dos sexos).
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Fast forward a hoy en día. Nos enamoramos, nos casamos, nos prometemos fidelidad, nos engañamos y varios nos divorciamos. Luego nos volvemos a casar. Y así.
Vemos al adulterio como inmoral y sin embargo, sucede. Lo curioso es que teniendo tanto en contra, pase. Pareciera ser que a pesar de todo lo que intentamos controlarlo, se nos escapa. La cultura intenta ordenarnos, el cuerpo tira.
Motivos darwinistas para el adulterio: por el lado de los hombres, la diseminación de la “semilla”, la variabilidad genética. Por el lado de la mujer, una de dos alternativas para adquirir recursos (fidelidad a un solo hombre vs sexo clandestino con varios para obtener recursos de fuentes distintas). Comprensible.
Motivos individuales para el adulterio: todos los que existen y los que tu cabeza pueda imaginar.
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Este no es un curso de antropología, pero quise hacer esa repasada mental de las cosas que he leído sobre el tema porque me parece que hay algo de lo que debiéramos ser capaces de hacernos cargo: si validamos el matrimonio como un tipo de vínculo social e íntimo deseable y sabemos, al mismo tiempo, que el adulterio es una realidad concreta, ¿por qué no buscar maneras de enfrentarlo? ¿Por qué pareciera tan difícil todavía hablar del deseo del otro en la pareja? ¿Por qué actuamos como hipersorprendidos si ya nos sabemos el guión de memoria?
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Ah, el amor. Ah, las buenas intenciones. Ah, las cosquillas. Qué cosa más linda. Pero también: ay, afírmate cabrito, qué susto. Cuando alguien me gusta mucho me resulta hasta doloroso que mencione a otras mujeres: ese pellizcón de envidia-inseguridad-la-terrible-sensación-de-que-estás-a-punto-de-perderlo-todo. Y sin embargo saber que el otro es un pobre ser humano, igual que uno. Saber que siente y ama y se mueve como uno. Saber que duda, planea, organiza y destruye.
Ah, el amor. Un cuerpo que encuentra a otro cuerpo y decide quedarse con él un rato. Un cuerpo que opta por olvidarse de todo lo que sabe para tomar ese camino de a dos, aunque sea por un periodo acotado.
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Hablo con un montón de gente sobre qué quieren para sus vidas, qué buscan en términos de proyecto personal y con otro. La mayoría me responde que se imaginan en pareja o incluso con hijos. A algunos la sola idea de ser fieles les para los pelos y hace que les cueste pensar en cualquier futuro posible. Otros me dicen que no quieren casarse -porque no se imaginan tirando con alguien toda la vida-, pero sí están abiertos a una relación íntima de largo plazo con otra persona, en la que haya algo de cancha sexual.
Nuestra cultura muestra como deseable el estado de enamoramiento y un montón de gente se casa porque siente esa embriaguez por el otro. La lata es que esa embrigauez la mayoría de las veces pasa -aprox luego de 3 años- y entonces, acabo de mundo: se divorcian porque ya no sienten lo mismo, o se engañan porque no encuentran en su pareja ese estímulo emocional/sexual.
Se abandonan, ya sea porque se quedan en la relación a medias o porque se van.
Algunos antropólogos dicen que somos monógamos seriales (qué, curiosamente o no, me hace pensar en asesinos seriales).
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¿No habrá, acaso, una manera más sana de vincularnos? Si el matrimonio es un camino tomado con una persona a la que quieres, valoras y que dentro de todo es un gran partner para el día a día, ¿no será ese uno de los tantos caminos posibles? ¿Qué pasaría si entráramos al matrimonio teniendo en mente que elegimos alguien no sólo por la subida emocional que nos provoca el otro, sino porque lo consideramos un bacán? ¿Y si en vez de cortar, ampliamos las redes?¿Y si en vez de tratar de poseer /controlar al otro, nos interesara más verlo crecer? Poliamori, maybe. ¿Relaciones abiertas? ¿Acuerdos renovables sobre qué tipo de relaciones queremos tener?
Yo no tengo la solución, obviamente, pero me gusta pensar alternativas.
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Cada vez que pineso en estos temas me acuerdo de un librito maravilloso que le recomiendo a cualquiera que se atreva a sumergirse en el terreno del matrimonio, del compromiso y del sexo: “Here Lies My Heart. Essays on Why We Marry, Why We Don’t and What We Find There”. Con ensayos de un montón de escritores, esta colección es una joyita. En uno de los textos Barbara Ehrenreich se pregunta -y con esto termino-:
“¿Por qué un tipo que es bueno en la cama tiene que ser bueno contando historias para irse a dormir? ¿O un sujeto que puede poner paneles de yeso en el sótano tiene que ser un compañero de cena fascinante? Nadie espera que su pediatra venga a podar los arbustos, o que su contador doble y guarde la ropa lavada y acueste a los niños. Solamente en el matrimonio nos despedimos felizmente del sentido común y esperamos que cada necesidad humana la cumpla un solo -demasiado- humano”.
Refs:
El caso de Oneida: http://bit.ly/2jRZcwd
Anatomy of Love, Helen Fisher
Here Lies my Heart http://amzn.to/2jmv6Ay

Enamoramiento: la montaña rusa emocional

La mayoría de nosotros sabe cómo se siente: de pronto una persona que no era nadie se convierte en el foco de tu vida. Te cuesta dormir, fantaseas situaciones improbables con ella, a la mención de su nombre o de algo que se le relacione te sientes más alerta. Es como si esa persona te hubiese agarrado el corazón (y algo más) y decidido no soltarlo hasta nuevo aviso. Uno sufre pensando en que nunca se concretará o que se arruinará demasiado pronto, y se vive una intensidad tan eufórica que pareciera que uno es meramente el resto descerebrado de su antiguo yo. Se le puede llamar “enamoramiento” o “encaprichamiento” o “atracción”, o, como muy acertadamente me comentó una amiga ayer “¡es que me tiene babosa!”.

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En los setenta Dorothy Tennov se dedicó a estudiar la sensación del amor romántico tomando testimonios de personas que decían sentirse de esa manera. Su hipótesis era que existía un estado psicológico distintivo e involuntario que era posible de identificar, independiente de diferencias socioculturales, de raza, sexo y cualquier otro atributo posible. A este estado ella le llamó “limerencia”.

Tennov definió la limerencia como un “estado involuntario interpersonal que involucra un deseo agudo de reciprocidad emocional, con pensamientos, sentimientos y comportamientos obsesivo-compulsivos, además de la sensación de dependencia emocional respecto de otra persona”. Albert Wakin, experto en limerencia y con una visión algo más fatalista, la define como una combinación de un desorden obsesivo-compulsivo y adicción, o sea, un estado de deseo compulsivo por otra persona. En el mejor de los casos se vive con intensidad y se transforma en amor mutuo sano (o se desintegra solo), en el peor, en un estado psicológico que se apodera de tu vida.

¿Suena exagerado? ¡JA! Lee las siguientes características de la limerencia a ver si has pasado por esto:

  • El elegido: una persona que empieza a cobrar un “significado especial”. Puede ser alguien nuevo o un amigo que comienzas a ver con otros ojos. (Como lo decía uno de los testimonios: “Todo mi mundo se había transformado. Tenía un nuevo eje, y ese eje era ella”).
  • Pensamientos intrusivos e incontrolables sobre el otro: recuerdas y atesoras cosas que el otro dijo, te preguntas qué pensaría de ese libro o película. Cada momento que comparten tiene un peso especial y se vuelve material a examinar mentalmente una y otra vez.
    Al principio estos pensamientos intrusivos son menos del 5% de las horas en que uno está despierto, pero a medida que crece la obsesión, pasan a ser del 85% al 100%. Y ahí comienza la cristalización.
  • Cristalización: no, no es idealización, ya que percibes las debilidades de tu ídolo, pero las descartas y te convences de que esos defectos son únicos y encantadores (además de preferir enfocarte en sus aspectos positivos).
  • Sensación de esperanza, euforia, incertidumbre y miedo: analizas sin fin de cada palabra y gesto para determinar su posible significado. A cualquier señal de reciprocidad -real o imaginada-, sientes euforia. La incertidumbre se vuelve miedo o desesperación si es que el otro rechaza tus avances. La intensidad pasional se mantiene e incluso engrandece ante la adversidad.
  • Experimentas síntomas físicos cuando estás en presencia del otro, como temblores, sonrojarse, sensación de debilidad general o palpitaciones del corazón, incluso tartamudeos. Te sientes extremadamente tímido o nervioso o confundido, como si se te hubiese olvidado cómo hacer hasta las cosas más sencillas: una torpeza sin límites.
  • Ajustas tu horario para maximizar los posibles encuentros con el otro.

Sí, es agotador.

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Pero ¿qué es? ¿Qué nos pasa físicamente que sentimos ese amor-obsesión de manera tan rotunda? Cuando estás enamorado/obsesionado tu cuerpo cambia también. Las investigaciones señalan que este estado es el resultado de un proceso bioquímico en el cerebro. En corto, la glándula pituitaria responde a señales del hipotálamo y libera:
+ Norepinefrina
+ Dopamina
+ Estrógeno
+ Testosterona
+ Feniletilamina (FEA -o PEA, por su nombre en inglés-, una anfetamina natural que causa sensación excitación, euforia y entusiasmo)
Este cocktail tiene poco de inocencia, porque lo que genera es una sensación de euforia. Cómo no, si tu cerebro está generando anfetas.

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Lo de la FEA (o PEA) no es como para tomárselo a la ligera. Michael Liebowitz y Donald Klein estudiaron, en los ochenta, los efectos de la FEA mientras trataban a pacientes que eran “adictos al amor” (love junkies). Estas personas anhelaban tener una relación, y en la urgencia de tenerla, elegían parejas inapropiadas. Luego, cuando eran rechazados, su euforia se volvía desamparo, hasta que volvían a “enamorarse” obsesivamente de nuevo. El “adicto al amor” pasaba entonces de sentirse absolutamente eufórico a sentirse devastado, en una montaña rusa emocional que lo hacía pedacitos.

 Lo que Liebowitz y Klein sospechaban era que este tipo de personas eran adictas a la FEA. Lo que hicieron entonces fue administrarles inhibidores de la MAO, que son antidepresivos que bloquean la acción de una enzima que degrada a la FEA (o sea, estos inhibidores elevan los niveles de FEA). Los resultados apuntaron a concluir que los “adictos al amor” lo eran debido a que carecían de suficientes niveles de FEA. Uno de los casos más ilustrativos fue el de un paciente que luego de un par de semanas de recibir los inhibidores MAO, comenzó a escoger con más cuidado a sus parejas, ya que ya no anhelaba el peak de FEA que le daban sus relaciones desastrosas. Este tipo había pasado años en terapia, pero no había sido capaz de aplicar nada de lo que había aprendido en ella hasta ese momento, porque siempre tenía una reacción emocional demasiado poderosa.

Ok, hasta ahí con la FEA, que explica en parte las sensaciones de euforia que uno siente cuando se está enamorando. Pero hay tanto más antes y después: la cultura también define de quién nos enamoramos, cuándo nos enamoramos y dónde. Cuando encuentras a esa persona de la que te enamoras, la FEA tiene responsabilidad sobre el cómo te enamoras.

Ahora bien, hay que notar que hay gente que nunca se ha enamorado. Se ha registrado que algunas de las personas que no son capaces de “enamorarse” de esta forma sufren de hipopituitarismo, una enfermedad de causa problemas hormonales y “ceguera al amor”, según Helen Fisher. Esta gente tinede a llevar vidas normales, y por ejemplo se casan, sí, pero por compañerismo, porque ese frenesí del que hablamos antes es algo que desconocen.

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No todo dura para siempre y el enamoramiento, según algunos autores, corre esa misma suerte. Tennov midió la duración de este amor romántico desde el momento en que comenzaba el enamoramiento hasta llegar a un sentimiento de neutralidad por el objeto amado. ¿Cuánto dura? “El intervalo más frecuente y también el promedio es entre 18 meses y 3 años”.

Liebowitz, por su parte, sospecha que ese aplanamiento luego de tanta intensidad tiene que ver con un ajuste cerebral: cree que el cerebro no puede mantener ese estado de euforia romántica para siempre, ya sea porque las terminaciones nerviosas se acostumbran a los estimulantes naturales del cerebro o porque disminuyen los niveles de FEA. Él lo plantea así: “Si quieres mantener una situación en la que tú y tu pareja de años quieren seguir sintiéndose super excitados el uno por el otro, tienes que trabajarlo, porque te estás rebelando ante una marea biológica”.

Luego del enamoramiento la sensación de apego comienza a reemplazar a esa locura inicial. El apego es el sentimiento de calidez, seguridad y comodidad que tantas parejas dicen sentir. Cuando empieza a disminuir el enamoramiento y a aumentar la sensación de apego, comienza a operar otro sistema químico: los opiáceos. Se liberan endorfinas, las que son similares a la morfina y generan una sensación de tranquilidad, además de reducir el dolor y la ansiedad. Liebowitz teoriza que las parejas que están en la fase de apego se gatillan mutuamente esta producción de endorfinas, dándose el uno al otro una sensación de seguridad, estabilidad y tranquilidad. ¿Cuánto dura este apego? Se ha estudiado poco, pero sí se sabe que a medida que envejecemos, resulta más fácil sentirse apegados.

Sin embargo, hay esperanza, no todo se acaba aquí. Arthur Aron ha estudiado parejas que sostienen relaciones de largo plazo que son intensas, profundamente conectadas y sexualmente activas, pero sin elementos de obsesividad. Al parecer, la suposición de que el amor romántico no puede existir en relaciones de largo plazo tendría que ver con la confusión entre dos términos: amor romántico y amor apasionado (este último incluiría alta obsesión, incertidumbre y ansiedad). Según Aron, existen relaciones duraderas en las que se mantiene la intensidad, el interés y la sexualidad, mientras que en el caso de las relaciones con un elemento más obsesivo es mucho menos frecuente que perduren. ¿Demasiado bueno para ser verdad o demasiado duro?

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Un comentario final, personal, arrebatado, convencido, expectante, optimista: el unicornio existe. Tal vez sólo hay que salir a buscarlo.

 

Refs:

The Anatomy of Love, de Helen Fisher. También hay una charla TED muy buena: http://bit.ly/1igZglS

Chemical Connections: Pathways of Love http://nyti.ms/2hqxsQp (entrevista a Michael Liebowitz por su libro The Chemistry of Love, 1983).

Love-Variant: The Wakin-Vo I.D.R. Model of Limerence, Albert Wakin http://bit.ly/2ielpGO (propuesta para considerar la limerencia como un problema mental, similar a una adicción a drogas)

Limerence and the biochemical roots of love addiction http://huff.to/2ixpMJR (otra mirada un poco más fatalista sobre lo mismo)

Does a Long-Term Relationship Kill Romantic Love?, Arthur Aron https://www.apa.org/pubs/journals/releases/gpr13159.pdf

 

 

 

 

 

 

 

 

Refs:

The Anatomy of Love, de Helen Fisher.

Chemical Connections: Pathways of Love http://nyti.ms/2hqxsQp (entrevista a Michael Liebowitz por su libro The Chemistry of Love 1983).

Love-Variant: The Wakin-Vo I.D.R. Model of Limerence, Albert Wakin http://bit.ly/2ielpGO (propuesta para considerar la limerencia como un problema mental, similar a una adicción a drogas)

Limerence and the biochemical roots of love addiction http://huff.to/2ixpMJR (otra mirada un poco más fatalista sobre lo mismo)