Amores platónicos

Cuando era chica tenía una mejor amiga, F.: de cara redonda y pelo corto a la altura de las orejas, piel blanca y pecosa, dientes pequeños y ojos de un celeste deslavado que me parecía precioso y que, desde el fondo de mi corazón de 9 años, envidiaba. Éramos compañeras de banco, pero más que eso, éramos un pack: si alguien pensaba en mí, debía considerarla a ella, y viceversa. Inseparables. “Uña y mugre”, decía mi mamá. Al final del día, cuando llegábamos a nuestras casas, esperaba su llamado o, ya pasadas un par de horas, la llamaba yo. Recuerdo la felicidad absoluta de escuchar la voz de la otra a la distancia. Teníamos secretos inconfesables -todo lo inconfesables que pueden ser los secretos a esa edad- y planes para el futuro: viviríamos cerca, nuestros hijos serían amigos, nuestros maridos (porque habría maridos), serían amigos también. Tendríamos una vida juntas, porque la vida sin la otra era impensable.

“Terminamos” cuando cumplimos 14: ya no estábamos en la misma sintonía, de la misma manera en que las parejas terminan. Me encontré sola luego de años de devoción platónica. Con el tiempo empecé a tener nuevas amigas, pero estas amistades no eran ni una pizca de intensas de lo que había sido mi amistad con F.: más rígidas, tal vez incluso más competitivas, menos entregadas. Algo se había roto.

Me resulta evidente ahora que ella fue la primera forma de amor que conocí -aparte del de mi familia-. Un amor platónico, con todos sus beneficios, dolores y compromisos.

*

Un amigo me envía un link a un artículo en el que Mark Greene toma un libro de Niobe Way que investiga la soledad de los hombres y la vincula a la pérdida de las amistades de la niñez producto de una exigencia sociocultural de “hacerse hombres”; es decir, de encajar en un ideal de masculinidad donde no pueden darse el lujo de correr el riesgo de ser considerados gay, demasiado suaves o sensibles. En la necesidad de representar ese rol, tienen que negar su lado femenino y adoptar un régimen emocional estricto para probar que son “hombres”.

¿Qué es ser hombre? ¿Hacerse hombre? ¿Ser masculino? A la rápida, el estereotipo del llanero solitario, del hombre que no llora ni se conmueve, de la mirada práctica y desapegada de las cosas. El hombre que usa el sexo como validación de su poder sexual, no como una conexión con el otro. Que es dominante e incluso violento. Si va a mostrar una emoción esa emoción será la ira o la excitación. Es duro, y le gusta ser duro. (Estamos de acuerdo: es un estereotipo que fomenta el sexismo y la homofobia).

A esa pérdida de amistad le sigue una desconexión emocional y un duelo, más o menos consciente. Para encajar en la cajita del macho, hay que matar relaciones y, de la mano, espacios de intimidad. ¿Con quienes se comunican de verdad esos adolescentes y, luego, esos hombres? ¿Cómo se cultiva un espacio de intimidad si con los amigos solo se pueden “hacer cosas” (carretear, hacer deportes)? ¿Con quiénes hablan?

*

“Hablan poco o nada”. O eso es lo que me comenta siempre una amiga. “No tienen lenguaje. Son mudos”. Y cuando dice esto último se refiere a que la manera en que hablan de las cosas es descriptiva o indicativa, basada en cosas que pasan o pasaron o pasarán. No hay gama emocional en su discurso porque para poder identificar lo que uno siente y conectarse con ellos es necesario poder nombrarlo, diferenciarlo de otras cosas, hacerse cargo. Si no se habla, no existe. O se confunde con otras cosas, se diluye.

Podemos estar de acuerdo o no con mi amiga: poco lenguaje, o lenguajes diferentes o simplemente que ella espera más de los hombres con los que se involucra. Pero -PERO- hay algo que decir sobre la dificultad de comunicarse entre hombres y mujeres y entre hombres y hombres. Y algo me hace sospechar que hay algo que se pierde, un potencial de felicidad y placer que podría aprovecharse.

*

Hay una intimidad rica en la amistad, pero hacemos poco por fomentarla. He hablado otras veces sobre lo importante de decirle a nuestras parejas y amigos que nos gustan, que disfrutamos de su compañía y que, cuando están lejos, nos faltan. Hay una fragilidad en la calidad de la conexión con nuestros amigos que no cuidamos lo suficiente. A medida que armamos nuestra vida nos centramos en nuestras parejas y familias, recortamos “el resto”. Es peligroso, más de lo que nos atrevemos a reconocer: son vínculos distintos y poner solo foco en el romance, en el sexo, en la pareja y cortar el resto tiene efectos de harakiri.

*

Hace un montón de tiempo atrás este mismo amigo me mandó el link de un ensayo de Emma Lindsay que hablaba sobre la dificultad de estar soltero y bancarse el que nadie te toque. Pensé en este artículo cuando leía el de Mark Greene. Pensé también en cómo nos vinculamos a los cuerpos de los otros, bajo qué reglas. Pensé en los prejuicios en torno al estar soltero, tal como los plantea Lindsay: estar dañado o incompleto, vivir a medias, necesitar “mejorarte a ti mismo” para estar en pareja, como si estar soltero fuese un defecto del carácter. Estar soltero, especialmente pasado los treinta, es estigmatizante. Pero el asunto que le preocupa de verdad a Lindsay es que nadie la toca. Que hay días y semanas en que nadie la toca. Que ella puede tocarse a sí misma, pero no es lo mismo. Y que el contacto físico con nuestros amigos es tan limitado que ni siquiera está libre de un carácter sexualizado.

Elegimos a nuestros amigos porque nos gustan: ya sea su personalidad, sus chistes fomes, sus cuerpos distintos a los nuestros, sus desbalances emocionales, sus arranques sentimentales, sus excesos y sus carencias. Los elegimos como se elige una pareja aunque, tal vez, con algo más de generosidad: centrándonos en lo bien que lo pasamos con ellos -y no en si nos convienen o no-, en cuán felices nos hacemos mutuamente, en las ganas de ser testigos de sus decisiones, en la curiosidad de ver a dónde los llevará la vida.

El afecto de los cuerpos que queremos es clave. Y no es suficiente tener una comunicación digital: incorporemos las voces, los abrazos, las risas, las miradas. Toquémonos con afecto. Hagámonos cariño en la cabeza. Hablemos -con más o menos lenguaje-, pero pongámonos ahí completos, de cuerpo entero, celebrando que nos gustamos. Cultivemos el amor platónico con la misma intensidad con la que cultivamos el amor romántico.

 

 

Refs.:

Why do we murder the beautiful friendships of Boys? http://bit.ly/2u91HA0

Being single is hard http://bit.ly/2icB4rj

Hay un montón de autores que trabajan la mirada performativa sobre la sexualidad y el género. No me metí en ellos porque la discusión es larga y este post no tiene ganas de convertirse en una discusión teórica.

Cómo cortejan los hombres

Entras a la oficina de tu jefe y está echado hacia atrás, con las manos entrelazadas detrás de la cabeza, los codos apuntando hacia arriba, el pecho hacia afuera. Se levanta y se acerca a ti sonriendo, arquea la espalda y orienta hacia ti su pecho inflado. Te tengo (malas) noticias: o está afirmando su dominancia sobre ti o te está cortejando.

El “pecho inflado” es una postura básica usada a lo largo del reino animal, sinónimo de estar “con la frente en alto” o “la cabeza erguida”. Las criaturas dominantes se inflan. Serpientes, ranas y sapos inflan sus cuerpos. Los antílopes y los camaleones se ponen de costado para hacer notar su tamaño. El venado bura se mueve con recelo mostrando sus cornamentas. Los gatos se erizan. Las palomas se hinchan. Las langostas se alzan sobre las puntas de sus patas y extienden sus pinzas abiertas. Los gorilas se golpean el pecho. Los hombres ponen fotos de su yate en la oficina, arquean la espalda y empujan el pecho hacia afuera.

Enfrentados a un animal dominante, muchas criaturas se encogen. Las personas entornan los pies hacia adentro, curvan los hombros y agachan la cabeza. Los lobos meten la cola entre las patas y se escabullen. Las langostas subordinadas se agachan. Los redactores freelance recogen su cheque sin levantar la vista y corren. Muchas especies se inclinan, haciendo una especie de reverencia. Las lagartijas mueven todo su cuerpo de abajo a arriba. Los chimpancés y los empleados pusilánimes (te estoy mirando, Cárdenas) asienten con la cabeza tan rápido y repetidamente que los primatólogos lo llaman “bobbing” (rebote).

Estas posiciones de encogimiento y agrandamiento se ven en el cortejo también. Las mujeres se encogen o agachan enviando el mensaje “soy inofensiva, ven aquí y defiéndeme”. Otras criaturas se encogen para señalar que son amistosas. Encogerse o inflarse es una manera de señalar disponibilidad e interés. Un dato interesante -aunque no tan sorprendente- es que los hombres se acercan más a las mujeres que proporcionan señales de disponibilidad, y no necesariamente a las más bonitas o atractivas. La fruta que está más cerca del suelo es la primera en ser consumida, pero ya llegaremos a la alimentación.

Otra manera humana de cortejar es el “handicapping” es decir, vestirse un poco mal, usar ropa que se vea poco atractiva o verse desprolijo. Algunas personas se sientan, por ejemplo, donde apenas se notan. Ningún animal -fuera del humano- recomendaría este tipo de cortejo. Sin embargo, la técnica consiste en publicitarse a sí mismos a la inversa: “soy tan buen partido que puedo ganar en el juego del cortejo aun cuando me vista como la cresta”. (Expertos en la materia -amigos cercanos- sitúan el porcentaje de éxito de esta técnica en el 7%. Tal vez no sea tan buena idea).

Y por último, un clásico dilema: ¿quién paga? A pesar de que se vea como una transacción económica más, ésta es clave. A lo largo del reino animal los machos alimentan a las hembras esperando obtener sexo a cambio. El mono le ofrece a la hembra carne o caña de azúcar, la hembra consume su premio y luego se gira y copula con él. La alimentación durante el cortejo es tan frecuente en el reino animal y va tan ligada al sexo, que cuando se trata de insectos se le llama “el regalo nupcial”. Los seres humanos también lo hacemos: los hombres ofrecen un trozo de pescado o carne, o una caja de chocolates a las mujeres. Cuando no pueden ofrecer comida, ofrecen cerveza, cigarros, joyas, ropa o flores. Esto es parte del proceso de cortejo. Hay un intercambio anclado en nuestros cerebros cuando se trata de dar o recibir regalos o comida, lo que puede resultar en sexo o incluso en algo más constante, como el amor. Comprarle comida a alguien es un buen regalo durante el cortejo: como resulta costoso, señala tu estatus financiero y tu generosidad. Sin embargo, OJO: no tiene valor a largo plazo, el intercambio se debe realizar seguidamente, no es acumulable en el tiempo.

*

El antropólogo David Givens y el biólogo Tim Perper han pasado miles de horas estudiando a los americanos en los bares de solteros, y han visto que estos 5 pasos del cortejo se repiten, sin importar el tipo de personalidad:
1- Tener un espacio propio: hombres y mujeres establecen un territorio donde puedan ver y ser vistos (una banca, un lugar en el que puedan apoyarse).
2- Atraer atención hacia sí mismos: se ríen fuerte, mueven los brazos de manera exagerada. Se balancean, se estiran o bailan un poco mientras están de pie, o hacen varias carreras al baño. Se ajustan la camisa, se pasan los dedos por el pelo, se tocan el mentón, se sacan pelusas invisibles de la ropa (self-grooming, aseándose a sí mismos, como los gatos), dejan botados a los amigos para ir a pararse solos al bar.
3- Hablar: las mujeres adoptan tonos de voces más altos y melodiosos que atraen a los hombres, mientras que los hombres mantienen la voz baja y profunda. Lo que funciona mejor son los piropos o hacer preguntas, porque la contraparte debe responder. De hecho, si inesperadamente un hombre recibe un halago, se pone de mejor humor y más amistoso hacia una mujer poco familiar.
4- Tocar: generalmente la mujer toca primero, ya sea el hombro, el brazo o la muñeca, preguntando, por ejemplo, cómo está la comida o si le puede dar la hora. Si él se retrotrae o la rechaza, no lo intentará de nuevo. Si él no responde, ella puede intentar otro toque casual. Si él casualmente la toca de vuelta, los dos empezarán a tocarse el uno al otro de vez en cuando.
5- Marcar el paso o sincronía interaccional: cuando dos personas hacen click, se giran el uno hacia el otro hasta que los hombros se alinean. Luego comienzan a sincronizar sus movimientos. Si él toma su vaso de cerveza, ella toma la suya. Si ella cruza las piernas, él cruza las suyas. Al principio marcan el paso por pocos segundos, hasta que comienzan a moverse de manera sincronizada, a un mismo ritmo. Cuando dos personas se imitan, incluso sus ondas cerebrales se ponen en sincronía.

** Artículo armado con la colaboración humorística de Christian Riquelme
Refs.: Anatomy of Love y Why him, Why her- Helen Fisher